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CAPÍTULO PRIMERO

Más padres tiene que miembros; Acomodad, pues, el mío, La que queréis encajarme Esto de padre postizo.

(Quevedo).

En tanto que sus amores con la bella pastelera absorbían toda la atención de Vargas, ocurrían en su propia familia acontecimientos de la mayor importancia para él, y que, a pesar de que se ponía algún cuidado en ocultárselos, hubiera podido cuando menos sospechar, si no se hallara tan preocupado en sus propios asuntos.

Siete meses hacía que el marqués, gracias, como se ha dicho, a su primo el comendador Hinojosa, había roto sus relaciones con la supuesta viuda del contador de Indias. Hizo en ello el pobre un gran sacrificio a lo que se le dijo que su pundonor exigía, pues tal era la debilidad de su carácter y la pasión que había sabido inspirarle la diestra meretriz que acaso la hubiera perdonado sus infidelidades, dando crédito a las reiteradas protestas de arrepentimiento y enmienda que, aun en el acto de verse sorprendida, le hizo con fingidas lágrimas. Por fortuna Hinojosa, que se hallaba presente, impuso silencio a aquella insolente, y arrancó de sus redes al obcecado amante.

No por esto perdió ánimo Violante: la posesión de un hombre rico, apasionado y tonto era demasiado preciosa para dejarla perder sin que hiciese por evitarlo los mayores esfuerzos. Así, pasados los primeros ocho días después de la riña, y enterada por sus espías de la gran melancolía del marqués, creyó oportuno escribirle un billete lleno de pasión, de arrepentimiento, y de protestas de darse una muerte violenta si su adorado amante no quería perdonarla.

Si el tal billete hubiera llegado a su destino no tiene duda que produjera el afecto que de él se prometió quien lo escribía; pero Hinojosa estaba alerta. Previendo desde luego que Violante no dejaría de intentar el recobro de su perdida cucaña, tomó tan bien sus medidas que la carta cayó en sus manos, y apaleó lindamente al portador prometiéndole que le haría la cabeza añicos si bajo cualquier pretexto osaba volver a presentarse en aquella casa.

El pobre mensajero volvió a la de Violante con las orejas bajas, y pintó con tan vivos colores la manera con que le habían recibido, protestando con tales veras que no volvería aunque en recompensa le ofrecieran todo el oro del mundo, que de allí en adelante no encontró la dama criado que quisiera encargarse de semejantes comisiones.

Tomó entonces el partido de rondar en persona las cercanías de la casa de su amante, decidida a hablarle si lograba la dicha de verle salir solo de ella alguna vez. También esta tentativa salió frustrada. El marqués salía raras veces, y siempre acompañado del inflexible comendador, del cual Violante temía, no sin fundamento, que la tratase con tanto o más rigor que a su criado.

Todas estas dificultades, y la falta que desde el principio empezaron a hacerla los espléndidos regalos del marqués, exasperaron el ánimo de aquella mujer en vez de abatirlo.

El amante por quien vendía al hermano de don Juan, que era uno de aquellos hombres despreciables cuya especie se ha conservado por desgracia hasta nuestros días, que comerciando con las gracias de su persona se humillan hasta el punto de recibir un salario de la ramera descarada, así que la vio sin la mina donde hasta entonces había estado surtiéndose con profusión de cuanto necesitaba para sostener sus vicios, la abandonó sin consideración alguna, desapareciendo de la noche a la mañana y llevándose, de paso, las alhajas que encontró más a mano. Y no era esta sola la desgracia que tenía que experimentar Violante, pues la suerte le reservaba otra que en su situación parecía aun más terrible que todas. A poco tiempo de verse abandonada por sus dos amantes se confirmó en la sospecha que antes había tenido de hallarse encinta. Los primeros días creyó aquella infeliz volverse loca; pero meditando después en su situación formó un plan para salir de apuros que no podía estar mejor combinado.

Redujo a dinero metálico las muchas joyas que aún le quedaban, y aumentando con él y con lo que produjo la venta de sus magníficos muebles el bolsillo que había tenido la prudencia de ocultar a su pérfido amante, se halló con un capital que, depositado en manos seguras, le producía lo bastante para vivir con decencia, si bien con la más severa economía.

Hecho esto tomó una habitación reducida, conforme a su nueva posición, no muy lejos de la casa del marqués; y sin más asistencia que la de una sola criada, entabló una vida tan retirada como antes la había tenido bulliciosa. Desaparecieron las galas y los adornos, reemplazándolos un modesto hábito del Carmen y un manto negro. En vez de los banquetes y festines se sustituyeron las misas y devociones. En una palabra, en menos de un mes la cortesana Violante se convirtió en una beata, que tenía asombrado a su barrio con la ejemplar vida que hacía.

Por más de tres días fue aquella mujer el objeto de la conversación general en todo Valladolid. Los hombres decían que se había vuelto loca; las viejas, que Dios la había tocado en el corazón; los predicadores, con alusiones sobradamente claras, incitaban a seguir el ejemplo de aquella pecadora a todas las que se hallaban en su caso; pero las mujeres jóvenes y algunos hombres de talento pensaban que aquello no era más que una nueva farsa. Hinojosa opinaba también del mismo modo; y el marqués no opinaba nada, porque como a nadie veía más que a su primo y al capellán Teobaldo, y ambos se guardaban muy bien de hablarle de semejante materia, ignoraba cuanto pasaba.

Desde que Violante adoptó su nuevo método de vida, renunció absolutamente a hacer diligencia ninguna para reconciliarse con el marqués; y el comendador, que al principio había temido que todo aquel aparato de devoción y reforma de costumbres no fuera más que una añagaza para sorprender a su incauto primo, acabó por persuadirse de que la dama no pensaba ya en él. Este era precisamente el punto más importante para la ninfa. Hinojosa era su más temible, o por mejor decir, su único enemigo, pues don Juan ni la conocía, ni pensaba en ella; el padre Teobaldo era un sandio personaje muy fácil de engañar, y el marqués estaba vencido con poquísimo trabajo a favor suyo.

Un mueble, el más indispensable para toda devota, es un director espiritual; y para los fines de Violante lo era entonces extremadamente. Lo importante era hacer una elección acertada. El padre Teobaldo fue la persona en quien primero se fijó; pero reconoció desde luego la imposibilidad de lograrlo, pues aquel capellán, afecto al servicio particular de la familia del marqués, y haciendo una vida sedentaria por hábito, por vejez y por inclinación, no ejercía jamás sus funciones sacerdotales fuera del oratorio de la casa de los Vargas.

Como su vida anterior la tenía a mucha distancia de los eclesiásticos, a excepción de uno que otro cortesano, fue preciso que se dirigiese a varias beatas con quienes había hecho conocimiento desde que ella lo era también; y después de haber escuchado con atención sus informes sobre diferentes religiosos, eligió por fin para su director espiritual a cierto dominico anciano, llamado el padre maestro Retamar, hombre célebre por su piedad, y más aún por su candor y beneficencia.

El bueno del padre la recibió con amor; oyó lo que quiso decirle; le prometió su asistencia y auxilios; y en una palabra, dando crédito a la fingida historia de seducción que le plugo a la ninfa contarle, aunque sin nombrarle por entonces el seductor, se aficionó a ella sobremanera.

Sucedió que Violante tuvo una ligera enfermedad. El padre Retamar fue a verla diariamente, y como su edad y buena reputación le ponían enteramente a cubierto de toda suposición maligna, el resultado fue que todo el que lo supo empezó a creer sincero el arrepentimiento y verdadera la reforma de aquella mujer. Las beatas de aquel barrio se deshacían en alabanzas de la nueva Magdalena: no faltaba entre ellas quien opinase que si continuaba viviendo de aquella manera, podría llegar a ser una bienaventurada.

No dejaba de tener mérito tampoco para Violante la novedad de su posición. Fijar la atención del público había siempre sido su mayor deseo. Hacerlo escandalizando o edificando debía serle, y le era en efecto, indiferente. Además, los placeres la habían ya saciado, y si bien no dejaba alguna vez de bostezar de aburrimiento en la iglesia debajo de su manto, hallaba la compensación en la perspectiva de asegurarse para siempre una fortuna sólida e independiente.

Entre tanto su preñez adelantaba aproximándose a su término, y con él llegaba la época fijada para la ejecución del gran proyecto.

Una tarde, pues, que el reverendo Retamar a la vuelta del paseo había entrado a verla, la halló deshaciéndose en lágrimas con el rosario en la mano, y preguntándola qué era lo que tanto la afligía, respondió la taimada:

—¿Qué ha de afligirme, padre mío? Mis pecados son muchos, pero la pena que por ellos se me impone en este mundo es superior a mis fuerzas.

—No digáis eso, hija; no lo digáis: por graves que vuestras penas os parezcan, el Señor, que os las envía, sabrá por qué: llevadlas con resignación, hija, y se os recibirán en descuento de vuestras culpas.

—Padre mío, por mí no lo siento: conozco que todo castigo es poco para mi fragilidad; pero si queréis oírme un momento a solas sabréis la justa causa de mi dolor.

El compañero del padre maestro tuvo la bondad de salirse al cuarto donde estaba la criada, y solos aquel y su penitente, empezó esta a decir:

—Yo, padre, soy viuda de un contador de Indias: volví joven a España, y me establecí por desdicha en Valladolid. Dios ha querido dotarme, según dicen, de alguna hermosura; ella y mi genio festivo atrajeron inmediatamente a mi casa a todos los caballeros más jóvenes, más galanes y también más libertinos de la ciudad.

—Cosa demasiado natural, hija mía, demasiado natural; pero todo eso ya me lo habéis dicho diferentes veces.

—Quiero tomar las cosas desde el principio, para presentaros completo el cuadro de mis desdichas y flaquezas.

Diciendo esto empezó Violante a llorar de nuevo con profundo sollozo, tanto que el pobre fraile tuvo que acudir a su pañuelo, y medio lloroso aún la dijo:

—Confianza en Dios, que es misericordioso; prosiga, hermana, prosiga.

—Muchos fueron los que desde luego me galantearon, pero desechados inmediatamente, tuvieron bastante cordura para limitarse a ser mis amigos, visto que no podían ser amantes. Dos de ellos, sin embargo, se obstinaron. Uno, ¡ay de mí!, el marqués de ***, y otro un don Rodrigo, mancebo de perversas inclinaciones. El primero, lleno de buenas prendas, se fue cautivando insensiblemente mi corazón: el segundo, a quien siempre miré con el más alto desprecio, después de haber intentado en vano rendirme por cuantos medios se le ocurrieron, juró vengarse de mis desdenes, y lo cumplió demasiado. El marqués, padre Retamar, que sabía bien que yo no era mujer para ser su manceba, se limitó mucho tiempo a galantearme con la mayor moderación y respeto, hasta que ya, no pudiendo (decía él) resistir a su amor, me propuso darme su mano. Figuraos si tal propuesta, hecha por un hombre a quien yo amaba tiernamente, sería para mí grata y seductora. Reflexioné, sin embargo, que aunque mi nacimiento fuese honrado, era muy inferior al suyo, y que casándose conmigo iba no solo a indisponerse con su ilustre familia, sino tal vez a exponerse al enojo del rey. Quise más bien renunciar a mi propia dicha que proporcionar tales disgustos a mi amante.

—No se puede obrar con más juicio ni con más virtud. Adelante, que hasta aquí no tenéis motivos de afligiros.

—¡Ah, padre! Veréis en lo que sigue cuán fundado es mi dolor. Declaré, pues, al marqués que estaba firmemente resuelta a no casarme con él, y como le viese, sin embargo, insistir con más fuerza que antes en su proposición, me exalté tanto que juré por la salvación de mi alma no ser jamás su mujer.

—Mal hecho, hija; muy mal hecho: quebrantaste el segundo mandamiento jurando sin necesidad.

—Las consecuencias de aquel malhadado juramento fueron fatales. Desesperado el marqués con mi negativa, enfermó; y negándose a admitir cuantas medicinas se le querían administrar, tres facultativos declararon unánimes que indudablemente moriría. Yo le amaba, padre mío, como aún hoy le amo a mi pesar: le veía morir, y sabía que era la causa de ello. Fui a verle, y me estremezco solo al recordar el estado en que le hallé. Cárdeno el color, hundidos los ojos, sin voz apenas: en resumen, con todas las señales de una muerte próxima. Partióseme el corazón de dolor con tan triste espectáculo. Así que el desdichado me vio dio un profundo suspiro, y en tono sepulcral me dijo: «Tú me matas». ¿Qué había de hacer una débil mujer en tan amargo trance? El amor y la compasión sofocaron el grito de mi conciencia, y le ofrecí que, ya que mi juramento no me permitía nunca ser su esposa, le sacrificaría mi reputación entregándome a sus brazos, si él consentía en tomar las medicinas y sujetarse a cuanto los médicos le ordenasen. Todo lo prometió y cumplió con indecible alegría. Mis cuidados, sus esperanzas y los buenos facultativos le restablecieron en breve tiempo. Yo, padre, también cumplí mi criminal promesa.

—Dios tenga piedad de vos, hija mía.

—Así sea, como lo espero de su misericordia. Vivimos algún tiempo el uno en los brazos del otro: súpose en la ciudad, y perdí para siempre mi buena opinión. No tardaron nuestros amores en llegar a los oídos de don Rodrigo: la idea de ver a su rival en mis brazos le enfureció de manera que, según he sabido después, trató de asesinarnos a ambos; pero tranquilizándose en breve, meditó y puso en práctica otra venganza más cruel si cabe. Imposible parece que haya hombre que conciba tan infernal proyecto; víctima soy de él, y apenas puedo creerlo. Don Rodrigo se puso de acuerdo para perderme con un primo del marqués llamado el comendador Hinojosa, quien aspirando a manejarlo por sí y apropiarse de parte de sus riquezas, me aborrecía y aborrece mortalmente. Sedujeron a dos de mis criados que, una noche en la cena, me sirvieron un vino infeccionado con cierto licor soporífero, que tardó poco en aletargarme. Lleváronme a mi lecho, y en él se introdujo el traidor don Rodrigo. El marqués, conducido por su primo, me vio a la mañana siguiente en los brazos de aquel malvado. Despertome el ruido de las voces de mi injuriado amante y de su infame pariente. Figuraos mi turbación. El marqués no quiso oírme; don Rodrigo huyó, robándome las joyas que yo llevaba puestas la noche antes. Yo miraría esta desgracia como un bien, pues a ella debo el haber abierto los ojos sobre mis extravíos, si yo sola hubiera sido la víctima de ella; pero una inocente criatura que aún no ha visto la luz, y que debe la existencia al marqués, va a verse en la miseria, privada del consuelo de abrazar a su padre, y sin más amparo que el de una madre infamada por la más atroz de las calumnias.

Al concluir su bien compuesta novela dio Violante una muestra de su talento en el arte de fingir, llorando y sollozando a más y mejor con no poca pena del candoroso dominico.

Este, después de emplear con la mejor fe posible todas las razones que su caridad le sugirió para consolar a la que él creía más desgraciada que culpable, viéndola algo más serena, acabó por preguntarla qué partido pensaba tomar en aquellas circunstancias. Violante contestó que verdaderamente no sabía qué hacer; y que estaba resuelta a seguir los consejos de su reverencia, si tenía la bondad de querer ocuparse en los asuntos de una criatura tan miserable. El fraile protestó que sus deberes y la propensión natural de su corazón le hacían mirar como la más sagrada de sus obligaciones el auxiliar a los menesterosos, de cualquiera manera que lo necesitasen y en su mano estuviese el hacerlo; que en consecuencia aconsejaría a su penitente lo que mejor le pareciese; y que para exponerse menos a errar, lo pensaría detenidamente aquella noche, y a la siguiente mañana volvería a conferenciar con ella. Despidiose, pues, exhortando a Violante a la resignación y a implorar con repetidas y fervorosas oraciones el auxilio del Todopoderoso.

Antes de las diez de la mañana del siguiente día ya el bueno del padre Retamar salía de la casa de su hija de confesión, después de haber convenido con ella en el giro que debía darse a aquel asunto, y de haberse ofrecido espontáneamente a tomarlo todo a su cargo.

Para no perder tiempo se dirigió entonces mismo a la casa del marqués, en donde su hábito y su nombre, ventajosamente conocido en toda la ciudad, le abrieron paso sin dificultad hasta el cuarto del que buscaba, a quien acompañaban en aquel momento el comendador y el padre Teobaldo. Los tres se pusieron en pie para recibir al religioso; y así que este, después de corresponder cortésmente a su saludo, anunció que deseaba hablar reservadamente al dueño de la casa, se retiraron los otros, dejándolo a solas con él.

Hinojosa no lo hubiera hecho si sospechara el negocio que llevaba a su cargo el dominico; pero ¿quién había de figurarse que un hombre a todas luces respetable era, sin saberlo, instrumento de las maquinaciones de una mujer abandonada?

Solos ya el marqués y el padre Retamar, estuvieron algunos instantes en silencio, esperando el primero a que el otro hablase, y sin saber el fraile por dónde principiar. El marqués, cansado de esperar en balde, rompió por fin el silencio.

—¿No podré saber —dijo— qué motivo es el que me proporciona la honra de esta inesperada visita de vuestra paternidad?

—La honra es toda mía, toda mía, señor marqués; y el motivo que me trae es uno muy grave, en que se halla interesada nada menos que vuestra eterna salvación.

—¡Jesús me valga! Padre maestro, no tardéis en decírmelo.

—No quisiera, señor mío, que se me tuviera por entremetido: protesto desde luego que solo el interés de la religión y el cumplimiento de mis obligaciones como sacerdote es el que me mueve a venir a hablaros.

—Vuestra paternidad puede decir cuanto quiera, seguro de que yo le escucharé con la veneración que todo buen cristiano debe a los religiosos.

—No esperaba yo menos del hijo de vuestros padres (que en gloria estén). Yo los he conocido, señor marqués, y puedo certificar que eran personas de singular virtud y ejemplares costumbres.

—Muchas gracias, padre Retamar, por la merced que les hacéis.

—Justicia y nada más, señor marqués; pero vamos al asunto, que es lo que importa.

Tosió el fraile, limpiose las narices, y después de aclarada la garganta en el tiempo que fue menester para tomar aliento y hacer ánimo, dijo por fin:

—Vuestra señoría no habrá olvidado que en otro tiempo conoció a una señora llamada Violante.

El marqués mudó de color, pero no respondió palabra. Un instante después continuó el padre:

—Yo, señor marqués, aunque indigno sacerdote, soy hace algunos meses confesor y director espiritual de esa afligidísima y arrepentida mujer. Con esto digo bastante para que me supongáis enterado de cuanto ha mediado entre ella y vos. Sí, señor, todo lo sé; y aun lo que vos mismo ignoráis. Un don Rodrigo...

—¡Bribón! —exclamó el marqués.

—Más de lo que su señoría piensa, pues valiéndose de un ardid infame, como puedo probarlo, supo hacer que pareciese delincuente a vuestros ojos la que jamás cometió otro delito que el de ceder a vuestras instancias.

—Padre mío, os han engañado. Yo, yo mismo la he visto en los brazos de don Rodrigo. ¿Qué podrá decir a esto?

—¿Qué podrá decir? Lo que oiréis de mi boca.

Y en seguida refirió el padre Retamar al marqués la fábula que Violante le había contado a él, omitiendo solo, por amor de la paz, la parte que en ella se atribuía al comendador. Para probar la verdad de todo cuanto dijo ofreció presentar la criada que se suponía seducida por don Rodrigo, y que, arrepentida de su delito, estaba pronta a declararlo en forma, siempre que se la prometiese su perdón.

Violante había buscado a la misma criada que la vendió a ella al comendador Hinojosa; y aquella mujer, que solo aspiraba a ganar dinero, importándole poco que para lograrlo se tratase de engañar a desengañar a un marqués tonto, convino desde luego en representar el nuevo papel que se le propuso. Empezó a representarlo el mismo día de que vamos hablando, en casa de su ama, delante del padre Retamar; y este con su testimonio quedó tan convencido de la inocencia de Violante, que hubiera sufrido el martirio por defenderla, lo mismo que por confesar la verdad del Evangelio.

Oyó el marqués con suma atención y no poco enternecimiento la relación de las desgracias de su querida; pero cuando acabó de convencerse de su inocencia fue cuando el padre dominico, con un calor que acostumbraba pocas veces, le hizo saber la vida ejemplar y retirada que después de su separación había tenido Violante.

—Sí —exclamó con indecible gozo—, sí; es inocente, y sus trabajos recibirán la recompensa, y volveremos a unirnos...

—No señor —replicó el fraile—. ¿Podéis hacer la injusticia al hábito de nuestro padre Santo Domingo de creer que un hombre que lo viste se había de mezclar en este asunto para reconciliar a dos amantes, para restablecer unas relaciones ilegítimas, para contribuir a la perdición de dos almas?... No señor: no será así; y estad seguro de ello.

El pobre hermano de don Juan, oyendo aquella filípica, aunque justa, inesperada, se quedó precisamente como un niño sorprendido in fraganti por su pedagogo haciendo alguna travesura de marca mayor. Con los ojos espantados, la boca abierta y las manos cruzadas largo tiempo, aun después de haber acabado de hablar el fraile, escuchaba a ver si tenía algo más que decirle. Entre tanto el padre Retamar, recobrando su acostumbrada calma, volvió a tomar sosegadamente el hilo de su discurso.

—Violante ha reconocido que se hallaba en el camino de la perdición: se ha apartado de él, y está resuelta a no volver a pisarlo. Vuestra mujer legítima bien sabéis que no puede serlo: así, pues, como cristiano estáis obligado a renunciar para siempre a ella. Mas aún nos resta que hablar del más importante, del verdadero objeto que me ha traído a esta casa. Violante está encinta.

—¡Madre mía de los Dolores! ¿Será posible, padre Retamar?

—Tan posible que en breve dará a luz, Dios mediante, una criatura cuyo padre sois.

—¿Yo su padre?... Pero y don Rodrigo...

—Calculad las fechas, señor marqués, y veréis cómo en ese punto no debe quedaros duda.

Tenía el marqués demasiada inclinación a Violante para no creer cuanto bueno de ella le quisiesen decir; y como por otra parte, en consecuencia de su educación monástica, cuando un eclesiástico le hablaba era siempre de su opinión, se dio desde luego por convencido, y lo quedó plenamente de la paternidad con que la dama quiso favorecerle.

Conseguido esto, lo demás era fácil de arreglar. Aunque no sin repugnancia, prometió el marqués no ver a Violante; y aseguró, con el mayor gusto, que reconocería en forma al hijo o hija que ella diese a luz, señalando a su madre una pensión vitalicia de mil ducados sobre todos sus bienes, por medio de escritura legal que había de otorgarse en las veinticuatro horas, contadas desde entonces mismo. Por último, convinieron en que todo lo tratado entre ambos quedaría secreto, pues el marqués no quería exponerse a las reconvenciones de Hinojosa, ni disgustar a su hermano. Inmediatamente el marqués pidió su coche y salió a casa de su escribano a formalizar la escritura de la pensión; y el fraile se fue a dar cuenta del buen éxito de sus diligencias a Violante, quien no tuvo poco trabajo en ocultar su inmensa alegría bajo el velo de una devota conformidad con la voluntad del Señor.

Quince días después dio la beata de nuevo cuño a luz un muchacho robusto, al que el padre Retamar, al bautizarlo con el nombre de don Pedro Alcántara de Vargas, que era el mismo de su presunto padre, dijo que encontraba maravillosa semejanza con el marqués. Este, que en aquel acto vio también por primera vez al tierno infante, se deshacía en lágrimas de gozo, estrechándolo en sus brazos y jurando que todas las facciones eran las de la familia de los Vargas, si bien más bellas por lo que de Violante tenían. El hecho es que el recién nacido era, como lo son todos, un rollo de carne con ojos y facultad para llorar, en cuyo rostro, aún en embrión, solo la ceguedad del cariño encuentra semejanzas que no pueden existir.

No nos atreveremos a decir que el nuevo don Pedro Alcántara fuese en efecto hijo del marqués, pero tampoco a negarlo; y esto en razón a que ni su propia madre podía decir en ello cosa cierta.

Una labradora de Simancas, villa pequeña situada sobre un cerro en las orillas de Pisuerga a dos leguas de Valladolid, buscada de antemano, se llevó al niño para criarlo, y solo se la dijo que era de padres nobles y ricos, sin descubrir quienes fuesen. El padre Retamar quedó encargado de pagar a aquella mujer un espléndido salario, y de suministrarla además cuanto necesitase.

Violante se restableció pronto, y aunque con la pensión del marqués hubiera podido vivir con más lujo, conservó por prudencia su método anterior de vida, sin más diferencia que la de hacer una vez cada semana un viaje a Simancas a ver a su hijo, a quien quería entrañablemente, y de cuya conservación dependía en gran parte su fortuna.

Desde la visita del padre Retamar la amistad del marqués a su primo el comendador empezó a resfriarse tan notablemente que, advirtiéndolo, aquel caballero tomó la resolución de no mezclarse de allí en adelante en darle consejos, visto que el marqués estaba siempre en conversaciones secretas con su capellán, a quien había confiado su secreto.

Justamente estos sucesos coincidieron con el segundo y tercer viaje de don Juan a Madrigal; y ambos hermanos, ocupados en sus amores, cuidaron poco uno de otro, contentos con que no se observasen sus pasos, ni se pusiesen trabas a sus operaciones.

[Ilustración]