CAPÍTULO VII
Gracias al cielo doy, que ya del cuello Del todo el torpe yugo he sacudido, Y que del viento el mar embravecido Veré desde la tierra sin temello.
(Garcilaso: _Soneto_).
Lo desagradable de la materia del capítulo que precede nos ha hecho pasar rápidamente por ella, refiriendo en pocas páginas sucesos que ocurrieron en diez meses. Preciso nos es, pues, volver a la época de la prisión del infeliz don Sebastián.
Vargas escribió a fray Miguel una carta enterándole de la desgracia ocurrida al rey el cuarto día después de ella, es decir, inmediatamente que la supo. Pedro fue el portador de ella; pero así que llegó a Madrigal supo la prisión del fraile y la de la señora doña Ana, y se guardó muy bien de decir que llevaba para ellos mensaje ninguno, volviéndose inmediatamente a Valladolid a dar cuenta a su señoría de tan tristes sucesos.
Don Juan penetró sin dificultad que don Sebastián estaba descubierto, y no pudo serle dudosa la suerte que le esperaba.
Despreciando el peligro que él mismo corría, lo primero en que pensó Vargas fue en tratar de libertar al monarca portugués del suplicio. Pero cuantos arbitrios se le ocurrieron para ello fueron desgraciadamente infructuosos.
El consistorio protestante, cuyos miembros temblaban por sí mismos, se negó absolutamente a dar ningún paso en favor de don Sebastián; y no contento con esto, rompió absolutamente toda comunicación con el amante de Inés.
La traslación del preso a Madrigal, y el haberse comisionado solo para guardarlo a un alcalde del crimen de la chancillería de Valladolid, frustraron la esperanza de romper sus grillos a fuerza de oro, y por último el arbitrio de intimidar al juez con cartas anónimas, en las cuales unas veces se le amenazaba, y otras se trataba de confundirle haciéndole creer que Gabriel era don Antonio, prior de Crato, no produjo tampoco ningún efecto.
Las angustias de Inés durante el curso de aquel largo proceso fueron inexplicables. La mutación de nombre y el sigilo con que fue conducida al convento en que se hallaba la libertaron sin duda de la persecución personal; pero no se vio solo atormentada por la desgracia de su cuñado, sino que temblaba por la hija de su hermana y por su amante.
Una feliz casualidad quiso que la niña Clarita, que la señora doña Ana amaba en extremo y tenía en su compañía, no se hallara en su celda en el momento en que Santillana fue a arrestarla en ella.
La religiosa que entonces la tenía en su celda, movida de compasión por sus tiernos años, la ocultó, sustrayéndola de este modo a la persecución del tirano; pero como se ignoraba absolutamente el paraje que habitaba su tía, no pudo la compasiva monja darle aviso ninguno.
La vigilancia que se ejercía entonces sobre el convento en particular, y en general sobre toda persona que llegaba a Madrigal, hicieron imposible pensar siquiera en adquirir noticias de la suerte de la hija de don Sebastián.
Muerto ya este y fray Miguel, y decidida Inés, a fuerza de ruegos de Vargas, a casarse con él, pero con la precisa condición de buscar antes a Clarita, el fiel Pedro partió de Valladolid en hábito de peregrino, y gracias a aquel traje, que en aquel siglo se miraba con respeto, llegó sin inconveniente al monasterio de Santa María.
Preguntó en él por sor Magdalena de la Trinidad, religiosa a quien Inés sabía que la señora doña Ana honró con su amistad, y la entregó un billete en el cual la bella morena la suplicaba le diese noticias del paradero de su sobrina. Sor Magdalena era justamente la religiosa que tenía a Clarita en su poder, y al instante informó de ello al peregrino, diciendo que estaba pronta a entregarla en manos de Inés.
Con tan feliz nueva volvió Pedro a su amo, y ya este no se ocupó más que en buscarse un asilo cómodo y seguro en que pasar el resto de su vida lejos de una corte que aborrecía, y en los brazos de una mujer adorada.
Necesitaba para ello un confidente, y ninguno le pareció más a propósito que su primo el comendador. Confiole, pues, exigiendo antes la solemne promesa de guardar silencio eterno, que iba a unirse con una señora igual a él en nacimiento, pero que por razones a él conocidas deseaba vivir en un completo retiro.
Combatió Hinojosa esta resolución hasta que conoció que perdía el tiempo, y después acabó por entrar completamente en las miras de Vargas.
Compró el comendador todos los bienes que don Juan había heredado de sus padres, y con parte del producto le adquirió en la Andalucía una vasta hacienda que, por su posición topográfica, por la fertilidad del terreno, la ostentación de sus límites y la suavidad del clima, era tal como se deseaba.
Después de esto proporcionó él mismo un capellán de confianza que hizo a Inés legítima esposa de Vargas, un año después de la prisión de don Sebastián.
En seguida partieron para Andalucía después de recoger a Clarita, y en breves días llegaron al lugar de su destino.
Jamás se borraron de la memoria de Inés los tristes sucesos de la primera parte de su vida, y el resultado de ellos fue una dulce melancolía que llegó a hacerse habitual en ella.
No así Vargas. La muerte de don Sebastián hizo en él una profunda impresión, y siempre que la recordaba era con horror; pero al verse dueño de su adorada Inés, era el más feliz de los mortales y lo dejaba ver en una inmensa alegría.
Así que los dos esposos estuvieron establecidos en Andalucía, escribió Inés a su tía doña Francisca de Alba, quien no tardó en contestarla y hacerle saber que estaba pronta a entregarle su hacienda, de la que don Juan entró muy pronto en posesión.
Por la tía de Inés supo el marqués Domiño el lugar de su retiro, y a él fue a terminar sus días. Poco más de dos años sobrevivió aquel fiel servidor, aquel anciano venerable, a su amigo y rey; y no pudiendo ya en ellos hacerle otros servicios, se ocupó en redactar una relación de sus desgracias, de la cual se ha sacado la que vamos a terminar.
Olvidose Domiño de decirnos cuál fue la suerte de don Carlos, don Francisco y Abenamal, y así nada podemos decir de ellos. Pero lo que sí refiere puntualísimamente es que jamás se vio esposo más tierno que don Juan, mujer tan amante y tan digna de ser amada como Inés; fruto de su amor fue, a los diez meses de matrimonio, un niño de que el marqués Domiño fue padrino, poniéndole por nombres Sebastián Miguel de los Santos.
Por una partida de bautismo existente en un libro antiquísimo de una parroquia vecina parece que este niño casó, ya hombre y siendo caballero del hábito de Santiago y maestre de campo de los reales ejércitos, con doña Clara Contiño, pues tales nombres se dan a los padres del bautizado.
Es de presumir que esta doña Clara fuese la hija de don Sebastián y llevase el apellido de su madre, no pudiendo usar el de su desdichado padre.
El marqués, hermano de don Juan, tuvo el disgusto de que el niño don Pedro Alcántara muriese de sarampión, y su madre en un hospicio haciendo verdadera penitencia de sus muchas culpas.
Al fin de la relación de Domiño se encuentra una nota que dice así:
«Es fama que don Rodrigo de Santillana, inmediatamente después de haber jurídicamente asesinado al infelice don Sebastián (Q. D. D. G.), marchó al Escorial a dar cuenta a su rey de todas las circunstancias de aquel suceso. Después de una larga conferencia con Felipe, en la cual tal vez dejaría ver demasiada convicción de que el muerto era en efecto don Sebastián, regresó a Madrid, en donde inmediatamente fue preso. Se asegura que le dieron garrote secretamente en la cárcel de Corte para sepultar con él tan atroz misterio».
Si así fue, debemos admirar la sabiduría de la Providencia que castigó a don Rodrigo, haciendo que el crimen de que para engrandecerse fue instrumento ocasionara su ruina.
Vargas heredó el marquesado, pero no varió su plan de vida. Las caricias de su mujer, la educación de su hijo y las distracciones campestres le parecieron siempre preferibles al bullicio de la corte.
Alguna vez que otra los dos esposos lloraban juntos las desgracias de don Sebastián; pero muchas más horas eran las que pasaban deliciosamente enlazados el uno en brazos del otro, contemplando las gracias infantiles del niño don Sebastián.
Si hay alguna felicidad en la tierra, en la compañía de una mujer amable y virtuosa es donde aconsejo a mis lectores que la busquen.[2]
[2] Para satisfacer enteramente la curiosidad del lector, solo nos queda que decirle que la significación de las iniciales S. R. L., de que se habla en el capítulo 2.º del tomo 3.º, nos parece debe ser _Sebastianus rex Lusitanæ_; esto es, Sebastián, rey de Portugal.
FIN DEL TOMO CUARTO Y ÚLTIMO
ADVERTENCIAS
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir a la orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra a su semejante.
(Cervantes: _Prólogo al Quijote_).
Al público nada tengo que decirle: o la obra le agrada, o no. En el primer caso unos y otros hemos llenado nuestro objeto; los lectores divirtiéndose; yo saliendo airoso de mi empresa. Si, por el contrario, no le gustase esta novela, será un mal que sentiré, pero que es irremediable, y que todas las apologías posibles no bastan a evitar. Esta advertencia se dirige únicamente a mis amigos, a los que pueden tener algún interés por mi reputación literaria.
El editor de la colección de que forman parte estos volúmenes, haciéndome más favor del que merezco, me invitó a unir mi nombre al de literatos que bajo todos aspectos me son superiores. Muchos de ellos, que me honran con su amistad, se empeñaron en persuadirme de que la empresa no era superior a mis fuerzas; y más por complacerlos que por otra cosa, di principio a la obra que hoy ve la luz. Pero entonces me hallaba en Madrid, donde me era fácil proporcionarme todo género de auxilios en libros y consejos, y cuando concluí el capítulo 4.º del tomo 1.º me hallé, por un golpe de fortuna, confinado en un rincón de Andalucía. No he tenido, pues, a la vista ni un solo libro de historia, ni un mapa, ni un amigo a quien consultar.
Es imposible que mi composición no se resienta de este aislamiento total. A los veintiséis años, después de dos de emigración, seis de servir en las filas del ejército, y, de estos, tres en la Guardia Real, donde el tiempo me bastaba apenas para atender a las obligaciones de mi empleo, no puedo haber adquirido aquellos conocimientos sólidos, aquella instrucción profunda que hacen capaz a un escritor de componer sin el socorro de los maestros del arte.
Mi memoria es probable que también me haya sido infiel en algunos puntos históricos. En una palabra, este escrito, a que le bastaba ser mío para valer poco, ha tenido además la desgracia de escribirse en circunstancias tales que le hubieran hecho imperfecto aun siendo parto de más claro ingenio.
Pido, pues, a mis amigos que me juzguen con indulgencia, y que por lo menos no se avergüencen de haberme alentado a escribir.
De todos modos, me someto a su censura; doy por justas cuantas críticas hagan de este escrito, y solo formo empeño en que me conserven el afecto que me han manifestado en circunstancias bien críticas, del cual aprovecho con ansia esta ocasión de darles públicamente las más sinceras gracias. — _P. de la E._
ÍNDICE
Páginas TOMO III III-I
TOMO IV IV-I
Advertencias IV-121