Chapter 11 of 29 · 3995 words · ~20 min read

Part 11

--Ya; pero ¿hasta dónde?

--Hombre... pues todo lo más allá que yo pueda.--Y añadió, arrimándose mucho á mí:--¡Ay, Pedro Sánchez de mi alma! no me dejes, no me abandones. ¡Si vieras qué beneficio _nos_ has hecho! ¡Sin ti no soy hombre: tengo que atender á todo; estar en todo, especialmente cuando no es noche de tertulia; ser joven atento y fino con los papás, y, al mismo tiempo, apasionado galán de mi novia; y como la familia ya sabe que lo soy, y en tal concepto me abrió las puertas, tendré que hablar de mis honestos fines, y apuntar propósitos para mañana, y deslizar noticias de mi familia y bienes; y esto no puede ser, porque me reiría yo de mí mismo!... Pero estando tú... ¡oh! tú lo llenas todo: todos te miman, todos te escuchan y casi te adoran; y al amparo tuyo... ya lo has visto... ¡Ay, qué noche, Pedro Sánchez!

--¡Cáspita!--exclamé, apartando de un codazo al fogoso novio de Trinis,--¡pues me honras con el oficio que me das!

--¿Por qué no haces tú lo mismo con Luz?--preguntóme, volviendo á arrimarse á mí.--Pues yo contaba con eso, porque ella está deseándolo... ¡Y mira que es guapa!... y hasta un poco sentimental, como á ti te gustan... ¡Y digo! al ver ella que un mozo de tu estampa... porque, sin adularte, la tienes de primera; y que, además, es mayorazgo rico que viaja para ver mundo, y quizá casarse á su placer... Vamos, que será las puras mieles. ¡Te digo que no merecerás perdón si desaprovechas la ganga!... Mira qué pronto se largaron los papás en cuanto te vieron arrimado á ella.

--Pero ¿en qué casa me has metido?--pregunté con la mayor ingenuidad á mi amigo, al oirle hablar así.

--Pues en una casa muy honrada,--me contestó.

--¡Mucho, cuando se consienten y hasta se preparan esas cosas!

--Así y todo. Óyeme. Del tipo de esta familia, las hay á centenares en Madrid: viven de una jubilación, de un destinillo, de una renta mezquina... de cualquiera cosa; pero viven, y no deben nada á nadie, y son buenas y hasta devotas. Pero tienen la manía de los novios para «las chicas»; y llega uno de éstos, y se va, y no vuelve; y no escarmientan; y reciben otro, ó le buscan, y se larga también, y aun se dan casos de llevarse algo que no tiene vuelta posible; y tampoco escarmientan: á otro en seguida; ¿es un estudiante? él acabará la carrera; ¿es un desdichado sin empleo? él mejorará de posición; ¿es un cadete? él llegará á general. Lo primero es que haya novio, ¡novio á todo trance! Aquí, donde me ves, hago el número cuatro de los que ha tenido Trinis á las barbas de sus adorados papás. ¡Sabe Dios el que harás tú en la larga lista de los de Luz, si te decides á requebrarla!... que sí te decidirás, por la cuenta que _nos_ tiene.

El demonio me lleve si no me entraron ganas de estrellar el álbum que conservaba bajo el brazo, contra los adoquines de la calle, al oir al pícaro estudiante. No me había forjado yo grandes ilusiones con el recibimiento que debí á la familia de don Magín de los Trucos, puesto que sabía que fueron la causa principal de él los falsos informes de mi riqueza dados por mi amigo; pero ¡tanto como escribir coplas por lo fino á una mujer así!...

--Pues tómala como se te presenta, bobo--dijo mi acompañante respondiendo á estos reparos;--y ¡á vivir! Después de todo, ¿qué te importa si no te has de casar con ella? ¡Cuando te digo que _te resientes_ mucho _del país_!...

Y era verdad que me chocaban extraordinariamente aquellas costumbres nunca por mí vistas ni soñadas.

Cuando llegamos á casa y me encerré en mi dormitorio, mi primer cuidado fué abrir el estuche para ver el álbum. Tenía tapas forradas de terciopelo azul, con esquineros y el rótulo del centro dorados. Le abrí, y arrimándome al velón, comencé á hojearle. Me asombré. Estaba lleno de todos los imaginables artificios poéticos. Había acrósticos hacia arriba, hacia abajo, de través, en diagonal, á la derecha y á la izquierda; estrofas en forma de cáliz, de guitarra, de cruz, de pirámide y de reló de arena; sonetos encerrados en orlas de pichones con guirnaldas en el pico; seguidillas encestadas... ¡qué sé yo! y el nombre de Luz en cada copla; y Luz cantada por todas partes: por los dientes, por los ojos, por el pelo, por el talle, por la voz y por cuanto á la vista estaba y mucho más. Las firmas eran de Eduardo López, Arturo Díaz, Santos Perales, Alfredo Granzones, y así por el estilo. Yo elegí el cuello, por estar casi intacto en el álbum; y en cuanto me hube acostado, «discurrí» materiales para dos décimas, sin que se me quedara perdido en la memoria un solo voquible del catálogo usual y pertinente al caso: tornátil, ebúrneo, alabastrino, mórbido, níveo... nada se me olvidó. Al día siguiente escribí, á pulso y pareadas, las dos décimas; las separé con una flecha punta arriba, y firmé con mi nombre y apellido completos; que bien podían estar tranquilamente allí donde había tantos que no valían más que ellos, ni sonaban mucho mejor. Encima de todo escribí, en gruesa francesilla, que sabía yo hacer muy bien: _Al cuello de Luz_; y se lo llevé por la noche.

Ahora querrán ustedes saber en qué paró aquella historia. Pues paró en que, al cabo, «me declaré» (como decíamos entonces) á la hija mayor de don Magín de los Trucos. Pero ¿cómo no hacerlo, si me echaba unos ojos, y se arrimaba tanto, y me respondía de un modo!... Luego, aquellos estúpidos papás, lo mismo era vernos juntos, que nos dejaban solos, enteramente solos; porque la otra pareja, cada día estaba más distraída y apartada.

Y una noche, saliendo, me dijo mi amigo sonriéndose:

--¿Piensas tú volver?

--¿Y tú?--pregúntele yo á mi vez, y también algo risueño.

--Yo no,--me respondió.

--Pues yo tampoco.

Y no volvimos más.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVI

Dejóme aquella aventura como niño con zapatos nuevos; y tan engolosinado á _la sociedad_, que aun piqué en otras dos por el estilo, si bien un poco más serias, en las cuales me presentaron, respectivamente, el mismo estudiante que me llevó á casa de don Magín de los Trucos, y otro, su compañero, y mío también, de posada: por más señas, aquél que se llegó á la mesa disfrazado de caballero grave con frac de botón dorado.

No tomé tan á pechos estas empresas como la otra, quizá porque las circunstancias no me empujaron; pero cobré con ellas algún apego mayor que el que tenía al adorno exterior de mi persona; y pareciéndome que «en sociedad» saltaba demasiado á la vista el corte provinciano del sastre que me había vestido, atrevíme á reformar un poco mi equipaje con prendas de más autorizada tijera; lo cual me obligó á dar un buen pellizco á mi bolsa, sobre los varios que le iba dando.

Como me vió Matica tan metido en estos trotes y con tan buena vocación, díjome un día, lamentándose de que un buen juicio como el mío se diera con tal ansia á placeres de tan mal gusto:

--Bien que una vez... ó dos, y por variar y saber de todo; pero á pasto y sin conocer otra cosa... vamos, eso no se compagina bien con sus nobles aficiones de otro género.

--Ya ve usted que persevero en ellas,--repliqué en el mismo tono medio de chanza que él empleaba conmigo.

--Sí, pero con intermitencias: sobre todo, mientras duró la campaña de los Trucos... Me lo van á echar á usted á perder, señor Sánchez.

--Pues usted no es un santo, señor Mata, ni los que me han enseñado esos caminos.

--Cierto; pero esos amigos y yo podemos andar por ellos, porque llevamos armas que le faltan á usted, y no se ofenda, recién llegado de la patriarcal inocencia de su lugar. Yo no quiero hacer de usted un santo: ¡tomáralo para mí!; pero deseo que, ya que el diablo le lleve, sea con su cuenta y razón; es decir, que no me pesa verle tan ágil y bien dispuesto para el mundo, sino que no sepa sacar partido de él, ya que el mundo le tira y le seduce... Vamos á ver, ¿cómo andamos de ropero?

--Pues... tal cual--respondí á tientas, ignorando los fines de la pregunta.--Ya ve usted...

--Sí, para la calle no está usted mal, y para los salones de don Magín de los Trucos; pero ¿no hay más que eso?

--Y otro poco por el estilo... Pero ¿qué pretende usted?

--Hacerle subir dos escalones.

--¡Demonio!--exclamé entre el placer y el espanto.

--Nada de etiqueta. Si la hubiera, no le llevara yo á usted allá ni fuera yo tampoco. Lo que se llama _de confianza_: toda la que puede haber á ciertas alturas. Es una dama de buen gusto que recibe en familia algunas noches á las personas de su intimidad... y á otras que no lo son. Se baila poco, á veces nada; pero se habla mucho y hasta se canta y se lee. Salones lujosos, eso sí; tal cual dama indigesta y algún que otro caballero insufrible... ¿se estremece usted? Es natural, pero mal hecho. Á mucho menos está usted obligado allí que en casa de don Magín de los Trucos. En ésta se llevaba usted las atenciones... y los comentarios de todos; en la otra nadie se fijará en usted, incluso la señora, que, después de responder á la presentación que yo le haré de usted con cuatro frases de pura cortesía, le dejará dueño de andarse por donde se le antoje y de arrimarse á quien más le agrade. ¡Y si fuera usted solo el que no sabrá qué hacerse allí!... Pero muchos habrá de tercera fila en este alfeizar y en aquel rincón, ó á la sombra de los demás, retorciéndose el mostacho ó jugueteando con la leontina, sin que se les ocurra cosa mejor en toda la noche, si no es mirarse á menudo en los espejos, hacer cuatro cabriolas si tocan á bailar, ojear á las chicas guapas y oir lo que les agrade, no dejando allí más rastro ni más huella que los pájaros en el aire... Conque nos haremos una levitilla, con otros ligerísimos accesorios...

--¡No iré!--dije resueltamente, por el sinnúmero de razones que en un instante se me pusieron delante de los ojos.

--¡Pues hemos de ir!--insistió Matica;--porque ha de saber usted que la principal golosina de esos salones es la presencia en ellos de una parte muy considerable del estado mayor de nuestros literatos y políticos. Tendrá usted, pues, ocasión allí de verlos, de palparlos y de oirlos, y hasta de convencerse de que los más de ellos, mientras no _ejercen_, son tan inofensivos y sencillotes ciudadanos como usted y como yo.

Estaría escrito ó no lo estaría; pero es lo cierto que tentándome Matica por un lado, y por otro mis flaquezas y debilidades, desmoronóse aquélla mi fortaleza de cuerdas reflexiones, é hízose todo como mi amigo quería; y una noche me desconocía á mí propio, reflejándome en el espejo de la salita de la posada, embutido en la intachable librea que se exige á los hombres de «buena sociedad» en una tertulia que no es «de etiqueta». Mi cabeza estaba hecha una escarola de rizos (especialmente por el lado derecho, prescripción de la moda reinante á la sazón), y obra eran del mismo peluquero que tal me había emperejilado la cabellera después de raparme la barba hasta sacar lustre al pellejo, las descomunales guías en que terminaban, á diestro y á siniestro, mis negros y lustrosos bigotes.

Matica, envuelto en ancho gabán, las manos en los bolsillos y el sombrero puesto, se hallaba á mi lado, viendo cómo yo me calzaba los guantes de color de lila, sin dejar de mirarme al espejo y dando á menudo pataditas en la estera para acomodar los pies en las flamantes botas de charol que los oprimían. Haciendo estaba los últimos contoneos, puestos ya los guantes y estirados los pliegues de la levita, cuando me dijo mi amigo:

--En verdad te repito, Pedro Sánchez, que eres el más gallardo mozo que ha pisado madrileños salones, y te añado que provoca la ira de Dios quien, manejándose con la libertad y la gracia que tú debajo de las prensas de la moda, se queja todavía de timidez y apocamiento.

Hablaría el amigo con el corazón en la lengua, aunque no en justicia; pero yo sudaba de miedo y de zozobra. Púseme el sombrero, me cubrí con la capa y salimos. Las diez menos cuarto marcaba el reló del Buen Suceso cuando atravesábamos la Puerta del Sol. Qué calle tomamos ni en qué portal nos detuvimos, no he de declararlo, porque no es de necesidad, amén de que, si este relato ha de ser fiel reflejo de la pura realidad, no debo ser aquí muy minucioso en detalles de que apenas me daba cuenta en aquella ocasión. Creí observar, en la penumbra de mi razón calenturienta, desorientada, como cuando se está entre la vigilia y el sueño, que subíamos por una ancha y bien alumbrada escalera; que la puerta del primer piso se nos abría sola y sin necesidad de que llamáramos á ella; que alguien nos despojó de la capa á mí y del gabán á mi guía; que éste me condujo, casi á remolque, hacia unos cortinones, por entre los cuales se veían mucha luz y los dibujos de una alfombra y gente que se movía; que una vez dentro de _aquello_ que me deslumbró por los colores y los reflejos y el rumor y el movimiento, vi señoras y caballeros en caprichoso revoltijo, unas sentadas, otros de pie; éstos hablando, aquéllas riendo; que Matica hizo unas reverencias medio maquinales, y que yo le imité con otras tantas; que pasamos á otra estancia, donde cerca de una chimenea había otros grupos y una dama entre ellos, gentil y apuesta matrona, la cual nos salió al encuentro; que mi conductor la dijo de mí yo no sé qué, y que ella, tendiéndome una mano cual no la cincelara en alabastro el mismo Miguel Ángel, me dijo, descubriendo al decirlo, con una sonrisa de pecado mortal, una dentadura de tentaciones, algo que sonaba muy bien y parecía muy al caso, á lo cual respondí yo, ciego y balbuciente, una sarta de majaderías; que la dama habló algo más, y muy familiarmente, con Matica, y que éste, después que la dama nos dejó, saludó á muchas personas que parecían muy complacidas de verle allí; que en estas exploraciones del terreno, me iba yo rezagando poco á poco, y que, al fin, volvió á cogerme el amigo por su cuenta, y me llevó á paraje donde el aire parecía más respirable, la luz menos deslumbradora y el peso de la fascinación más llevadero.

Estábamos, como quien dice, fuera de escena, aunque sin perderla de vista. Convencíme de que nadie me miraba; y como en esto se revolvió todo el concurso, porque se puso á cantar, acompañándose al piano, un galancete muy acaramelado, que se las echaba de tenor, llevóse éste los ojos y hasta las maldiciones de la tertulia en masa, y acabé yo de tranquilizarme. Limpiéme el sudor que copiosamente corría por mi faz; me arreglé el vestido á mi gusto, y por entonces me creí orientado en el terreno. Lo observó Matica y me dijo, tan pronto como el seudo-tenor acabó su romanza y el público de aplaudírsela:

--Ya ve usted que aquí no se come á nadie, mientras no se hagan majaderías, como ese desdichado que acaba de cantar. ¡Qué cosas dirán ahora los mismos que le aplauden, de su voz, de su estampa y hasta de su desfachatez!; y él, en tanto, ¡véale usted cómo se pavonea! Se juzga más tenor que Mario y Tamberlick. Pues no faltará alguna Alboni de _doublé_, que dentro de un rato nos dé un nuevo disgusto por el estilo... y tan satisfecha y ufana; y usted, que en nada se mete, porque tiene sentido común, temblando de miedo á una mirada y á una crítica que han de cebarse en otros, por ser harto merecedores de ellas.

Juzgábame yo en aquel instante completamente sereno, y así se lo dije á Matica; el cual me preguntó dándome una palmadita en el hombro:

--¿Puedo fiarme de esa serenidad?

--Respondo de ella--contesté,--mientras me halle en este sitio.

--Pues aprovechémosla antes que se pierda, para examinar el cuadro. Por de pronto, ya usted ve que aquí hay de todo, como en botica: algunas mujeres hermosas, otras que quieren aparentarlo y no lo consiguen, aunque se lo figuran; hombres de varias cataduras, más ó menos simpáticas... lo mismo que le había pronosticado á usted. No quiero hacerle una revista minuciosa de las mujeres, porque no me diga usted, al hablarle de algunas, que me complazco en arrancarle las cándidas ilusiones que acaricia sobre el sexo en general; ni tampoco de sus cómplices del otro sexo por la misma razón caritativa. Voy á lo que nos importa y por lo cual hemos venido aquí esta noche. ¿Ve usted, junto á la puerta de aquel gabinete, un hombre no muy alto, bastante grueso, de pecho prominente, imperiosa mirada, y con un bigotazo negro que le cubre media barbilla? González Bravo, el famoso orador que tan fiera tormenta desencadenó esta tarde en el Congreso con su candente palabra.

De los dos que hablan con él, el pequeñito y enjuto, bien hecho y elegante, de frente espaciosa, acentuada nariz, ojos algo saltones, negra patilla casi unida al bigote, es Ventura de la Vega.

--¡El autor de _El hombre de mundo_!--exclamé devorándole con la vista.

--El mismo. Pues fíjese usted ahora en aquel grupo de damas en íntima y, al parecer, agradable conversación con dos caballeros. El anciano de blanca, rizosa y muy poblada cabeza, altísima frente, alongada faz, á la cual sirven de adorno unas patillas tan blancas y espesas como el cabello; pulcro y atildado en el vestido, y que aún mira á las señoras como los lechuguinos de sus buenos tiempos, con lentes de oro, cuyas cinceladas cachas no suelta de su diestra, es Martínez de la Rosa. No quiero ofender la ilustración de usted ponderándole sus muchos, grandes y ya gloriosos talentos.

El que con él comparte la tarea de entretener el corrillo, hombre afable, malicioso y risueño si los hay, que parece hablar tanto con los fruncidos ojuelos como con la boca que más bien se adivina que se ve bajo sus rubios y desmayados bigotes, Patricio Escosura, el hombre que brilla lo mismo cultivando la política, que el teatro, que la historia, que la novela. Tiene indudablemente mucho talento; pero, salvo mejor parecer, picando en tantas cosas á la vez, no le hallo verdaderamente completo en ninguna de ellas.

Repare usted en estos dos personajes que vienen hacia nosotros en íntima conversación. El menos joven de ellos y de más modesta apariencia, pero atractivo y simpático, aunque para hermoso le falta mucho, es Rubí.

--¡El autor de _La trenza de sus cabellos_!--exclamé.

--Sí, y de _Borrascas del corazón_--añadió Matica con picaresca sorna;--pero, sobre todo, de _El arte de hacer fortuna_, una de las más lindas y mejor _cortadas_ comedias del teatro moderno. No confundamos en esas otras dos el talento de la actriz que las ha popularizado, con el escaso valer de ellas. El que viene con Rubí...

Cortó aquí bruscamente su discurso Matica, porque se le llevó consigo, asiéndole por la cintura al pasar, el que venía con Rubí, mozo que ya me había llamado la atención por lo gentil de su cabeza, que estaba pidiendo los hombros, la ropilla y los gregüescos de un poeta contemporáneo de Quevedo y Villamediana.

Quedéme, pues, solo, y volví á tener miedo, ¡mucho miedo! porque no bastaba á tranquilizarme el ver algunas estatuas de carne y hueso, como yo, en otros apartados términos del cuadro. Al fin tendría que salir á la luz; y en saliendo, era hombre perdido. Claro que allí no se comía á nadie, como decía Matica; pero eso no obstaba para que á mí me devorara una gusanera de pensamientos que me habían acometido de pronto. «Todas esas gentes»--reflexionaba yo,--«sin contar los hombres ilustres que acabo de conocer de vista, valen, tienen y servirán para algo; y estando aquí, están en su natural elemento, siquiera por su educación y trato frecuente de unos con otros; pero yo, ¡ánimas benditas!... ¡Si supiérais, elegantísimas damas y distinguidos caballeros, y, sobre todo, vosotros ilustres personajes, príncipes del talento, que este mozo tan emperejilado que os contempla desde aquí es un mísero hidalguete montañés que anda en Madrid á caza de un destinillo que le ofrecieron en su lugar; que gasta en lujos ridículos el puñado de pesetas que le echó su padre en el bolsillo para que no se muriera de hambre en la corte mientras perseguía la limosna del destino; que ésta es la segunda vez en su vida que huellan sus pies, hechos á trepar ásperos breñales, la velluda alfombra de los salones _de tono_; que este sudorcillo que baña su rostro y este azoramiento de su mirada, son de miedo á que le pongáis en la necesidad de _hacer algo_ para justificar su presencia entre vosotros, porque no sabe nada, absolutamente nada de lo que hay que hacer aquí, ni nunca las vió más gordas!...».

Felizmente nadie me conocía en aquel concurso, y si no me delataban mis propias imaginaciones... En esto, oí á mi derecha un rumorcillo, un charrasqueo, el sonar de una cosa que, sin saber por qué, cuajó la sangre en mis venas. Volví los ojos hacia allá... ¡Virgen de las Angustias! ¡cuáles no serían las mías al ver que aquello era un abanico _que entraba_; y detrás de él, Pilita; y con Pilita, Clara; y con las dos, Manolo!; y los tres me vieron, y los tres se asombraron, cada cuál á su modo; y yo no me morí entonces de repente, porque la señora de la casa, que salió á su encuentro, los distrajo; y con esta tregua me repuse un tantico. Pero no podía tener ya sosiego completo con aquellas nuevas gentes en escena; las únicas que, por saber quién yo era, tenían derecho para reirse de mí, y para hacer que me dieran una corrida en pelo los demás.

Resolví largarme cuanto antes; y discurriendo estaba el modo de hacerlo sin dar con ello un nuevo testimonio de mi agreste encogimiento, cuando volvió Matica.

--Perdone usted--me dijo,--que le haya abandonado unos instantes (¡yo los reputaba siglos!). Este doncel que me llevó consigo, es mi paisano y amigo de la infancia, Adelardo Ayala, el autor de _Un hombre de Estado_ y de _Los dos Guzmanes_; todo un ingenio de la Corte del Buen Retiro, conservado de milagro desde el siglo diez y siete para honra y gloria del muy prosaico en que usted y yo vivimos.

Atrevíme todavía á buscar con los ojos al insigne poeta que tanto ruido hizo después en el teatro español, y más tarde en el de la política; y sin dejar de contemplarle, cuando hube dado con él, dije á Matica con entera resolución:

--No me siento bien aquí, y voy á marcharme á casa.

--¡Qué oportunidad!--respondió el amigo.--Precisamente cuando venía á darle á usted una gran noticia... Pero, en fin, si usted no quiere oirle, váyase bendito de Dios.

--¿Oir á quién?--pregunté, con un poco de curiosidad.

--No hace un cuarto de hora que ha llegado: mírele usted.

Y me señalaba un hombre ya maduro, macizo, vulgar, tipo de mayordomo bien acomodado, y, por apéndice, tuerto.

--¿Y quién es ese señor?--torné á preguntar.

--Pues ese señor es el mismísimo Bretón de los Herreros.

--¡Ave María Purísima!--exclamé, haciéndome cruces.--Jamás me lo hubiera imaginado así.--¿Y dice usted que le vamos á oir?...

--Justamente: los que nos quedemos.