Part 15
Allí se vivía en perpetua conspiración. Y, en verdad, que con sobrados motivos. Desde que imperaban los hombres que habían sucedido al tirano Bravo Murillo (copio el estilo de Redondo), _estábamos_ todos los buenos liberales trinando de indignación: á un atentado seguía otro atentado; á un atropello, otro atropello; á una iniquidad, otra iniquidad. Al abrigo de su misma insignificancia personal, consumaban ¡cobardes! la obra infame que sus predecesores solamente se habían atrevido á iniciar. _Nos_ habían aherrojado el pensamiento, apretando los tornillos que los otros pusieran á la prensa; habían atacado la inviolabilidad senatorial, destituyendo senadores por el pecado de votar, conforme á sus conciencias, desempeñando cargos oficiales; en fin, hasta habían devuelto los bienes á Godoy, ¡al amigo de María Luisa! ¿Se podía hacer más? ¡Y todo por cierta _influencia oculta_, á la cual se debió también que, al cabo, y cuando ya la luz iba á hacerse en el seno de la representación nacional, se declarara, de real orden, terminada aquella legislatura! ¡Por entonces sí que hubo movimiento en la redacción! Bujes ardía y chirriaba, como una manga sin engrasar dentro de su apellido, y Redondo no comprendía, ya que el partido yacía en letargo embrutecedor, cómo los adoquines de la calle de las Rejas no se levantaban solos para vengar de tanta afrenta al pueblo esquilmado y oprimido. De modo que en aquellos días, rebosándonos la indignación por encima de los estorbos de la ley, tuvimos tres recogidas y otras tantas causas criminales, que nos costaron mucho dinero y grandísimos disgustos.
Mi padre, que recibía el periódico regalado desde que yo andaba en su administración, no cesaba de conjurarme, por todos los santos de la corte celestial, á que no me dejara inficionar de aquellas endiabladas políticas que podían dar al traste conmigo, y aun con cosa más alta y respetable. Y vean ustedes: yo, que entre las gentes y los fervores de _El Clarín de la Patria_, vivía tan fresco, indiferente y descuidado, me las echaba de terne con mi padre, y le hablaba de «las corrientes del siglo», de «vendas en los ojos», de la «necesidad de transigir y de andar para no ser atropellado», del «viejo obscurantismo», de «la luz de las nuevas ideas...». Nada, pura fatuidad.
En esto había llegado el verano, seco y achicharrador en aquella Libia desconsoladora, sin agua y sin árboles; los teatros estaban cerrados, y mis compañeros de posada y Matica se habían ido á pasar las vacaciones con sus respectivas familias. ¡Cuánto envidié á los primeros, que estarían recreando la vista en los verdes y frescos paisajes de mi tierra, al arrullo del espeso follaje mecido por las auras refrigerantes del Cantábrico, mientras á mí me ahogaba el tibio y espeso ambiente de las calles, que parecía salir de la boca de un horno de fundición!
Valenzuela se quedó también en Madrid, como un simple mortal; pero, á mi ver, en espectativa de los acontecimientos políticos que se sucedían con inusitada frecuencia. Por de pronto, el ministerio había caído al día siguiente de obtener el decreto de clausura de las Cortes, y el incoloro que le había sucedido tras una larguísima y trabajosa crisis, no era _viable_, según el dictamen de expertos doctores en la materia. Se esperaba una situación más vigorosa y acentuada; y se esperaba con tal fe, que el mismo don Serafín renunció á gestionar en favor de su reposición, persuadido de la poca consistencia de aquel Gobierno.
--Pero ¿qué idea le ha dado á usted de meterse en estos líos?--me dijo en mi oficina al día siguiente de haber tomado yo posesión de ella.
Y como me asaltara cierto ruborcillo de decir la verdad á un hombre que me había tenido, y acaso me tenía aún, por un pudiente montañés.
--¡Qué quiere usted!--le respondí:--caprichos de los hombres; compromisos de amistad, y luego, que hay que saber de todo; y como á nadie le amarga un dulce, y éste lo es por muchas razones...
--Ya, ya. Pues calabaza, me alegro de veras. Me gusta á mí este periódico por lo frescas que las canta. ¡Pues como pusiera yo en él la pluma, Santo Cristo del Amparo, con el saco de bilis que yo tengo!... Pero si no la pongo, ya le daré á usted ocasión de ponerla de modo que levante en vilo á algún pillo desorejado...
Y desde entonces iba á verme tres ó cuatro veces á la semana. No con tanta frecuencia visitaba yo á su hija, pero la visitaba. Desde la noche que la hallé sola en la calle y la acompañé á su casa, parecía haberme perdido el respetillo que antes me tenía: verdad que tampoco estaba yo á su lado, desde entonces, tan respetable y formalote como de recién llegado á Madrid. Sin embargo, siempre propendía un poquillo á lo sentimental la hija del buen Balduque. Sabiendo que le gustaban mucho las novelas, le di algunas, y observé que prefería siempre las más empalagosas por lo tiernamente tristes. ¡Pero qué monísima estaba, y cómo le rebosaba la frescura á medida que apretaban los calores del verano!
Como donde menos me abrumaban éstos era en las oficinas del periódico, bastante frescas, relativamente, en ellas me pasaba la mayor parte del día y de la noche; y sobrándome el tiempo hasta para leer, escribía y escribía... ¡Cuánto escribí en aquel verano, y cuánto oculté, como si fuera pecado, ó rompí teniéndolo á crimen imperdonable! Porque la profecía de Matica se cumplió: el olor de la tinta de imprenta me embriagaba, y el ejemplo de los redactores me seducía. Escribí en verso y en prosa, serio y alegre; en fin, escribí de todo y sobre todo; porque, según ya lo he declarado otra vez, con una memoria descomunal y gran facilidad para asimilarme asuntos y estilos ajenos, en poniéndome á escribir no acababa, y daba un chasco al más pintado. Algo de lo escondido se vió, sin embargo, porque mi trato con la gente de la redacción iba siendo ya bastante íntimo y muy continuo. Aplaudiéronmelo, y que quieras que no, lo enviaron á las cajas. Era á modo de reseña humorística de los acontecimientos político-sociales de la semana, que no valía dos ochavos; pero se imprimió, y _alea jacta est_.
Ni César se vió más resuelto y decidido al otro lado del Rubicón, que yo ufano cuando leí conmovido en la sección de _Variedades_ de _El Clarín de la Patria_, el primer parto de mi ingenio que había merecido los honores de la imprenta.
Aquel mismo día cayó el ministerio. ¡Cosa más rara! como diría don Magín de los Trucos. Murmurábase que le había derribado la misma _oculta influencia_ que lo trastornaba todo en aquellos tiempos. Sucedióle otro presidido por el Conde de San Luis, y volvió Valenzuela á gustar las dulzuras del presupuesto. _El Clarín de la Patria_ saludó el acontecimiento con un botasilla que le costó un disgusto de los gordos. Pocos días después me escribía mi padre:
«¡Ahí le tienes ya, hijo mío! ¡Acude á su amparo, que no te le negará ahora que puede y está agarrado en firme; y deja esas interinidades, tan peligrosas para el cuerpo como para el alma!...».
¡Para dejarlas estaba yo, después de haber catado la tinta de imprenta, y teniendo en casa la manera de arrimar una paliza diaria al pícaro manchego!
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XXI
Comenzaba el otoño; tornaban á sus hogares los expedicionarios veraniegos de Madrid, que entonces no eran tantos ni tan varios como ahora; inauguraban sus campañas de invierno los teatros; despolvoreábanse los aristocráticos salones; comenzaba, en fin, á palpitar la vida de invierno en el corazón del adormilado Madrid del estío, y _El Clarín de la Patria_ aún tenía echada la llave á la sección de revistas semanales, crónica razonada del movimiento literario de España, con entretenidas excursiones, á veces, hasta por la elegante indumentaria de salón. Y ¿cómo abrirse aquellas puertas si el que vivía dentro se había mudado de casa? Es de saberse que _Segismundo_ había cambiado su pluma de revistero por la de oficinista en el ministerio de la Gobernación, adonde le había llevado el Conde de San Luis, gran protector de literatos, si es que puede llamarse protegerlos el colocarlos de modo que ó tengan que dejar de escribir, ó que descuidar los asuntos de su cargo. Y que no amengüe en nada la franca exposición de éste mi leal parecer la buena memoria de aquel rumboso prócer, en lo que atañe á su incansable deseo de amparar á los hombres de talento; pues bien sabe Dios que si desapruebo el modo, estoy muy lejos de no aplaudir la intención.
El caso es que como no era decente que _Segismundo_ cobrara con una mano la respetable nómina de su destino, y con otra escribiera en el periódico de más rabiosa oposición de cuantos se publicaban en España, se despidió muy cortesmente de Redondo, con expresiones para todos los demás de la casa; y habiendo acontecido esto, un día me llamó el director á su gabinete, donde estaba con los demás redactores; y después de poner á _Segismundo_ de pancista, de liberal de pega y de otros tales primores, que no había por dónde cogerle, me dijo:
--Hemos acordado ahora mismo que se encargue usted de hacer las revistas literarias.
Necesité que me repitieran á coro todos los presentes estas palabras, para convencerme de que estaba despierto y de que no se burlaban de mí aquellos señores, cada uno de los cuales podía desempeñar el cargo muy gallardamente, al paso que yo...
--No hay excusa que valga--me decían, atajando uno á uno mis reparos.--Es cosa resuelta. Ninguno de nosotros puede dedicarse á eso por falta de tiempo, y aun de dotes que abundan en usted.
Me asustó el piropo, y quise sacudirme de él. Me lo volvieron á echar encima. Expuse mi ignorancia, mi inexperiencia...
--Le hemos oído á usted muchas veces--dijo el gacetillero,--atinadísimas observaciones sobre las obras dramáticas que conoce; y en lo que lleva publicado en _El Clarín_ hay muestras de todo lo que se necesita para ser un revistero en regla...
--No es lo mismo--repliqué,--emitir una opinión hablando familiarmente, que escribir un juicio razonado, que ha de leerse y criticarse...
--¡Qué juicio ni qué calabaza, hombre!--replicó el redactor madrileño, que escribía hasta de teología sin haberla saludado.--¡Medrados estábamos si tuviéramos que conocer á fondo todos los asuntos que ventilamos en la prensa! ¿Para qué es el ingenio, para qué las callejuelas y puertas falsas del arte, de la lengua y del estilo, sino para entrar donde se nos antoje y salir cuando nos acomode, sin temor de que nadie nos cierre el paso ni nos sorprenda ni nos corte la retirada? Es natural--continuó,--por lo mismo que es usted modesto, que le asuste un poco la idea de lanzarse de golpe y porrazo á fallar en última instancia pleitos de tan especial naturaleza; pero si usted reflexiona que, por de pronto, no es de necesidad absoluta que esos fallos sean tan claros que todo el mundo los entienda, ni siquiera que sean fallos, la cuestión cambia de aspecto. Vea usted un plan. Mientras examina usted el terreno y toma posiciones y se acostumbra á mirar cara á cara al enemigo, y al olor de la pólvora y al estruendo de las primeras embestidas; en una palabra, mientras no sea dueño absoluto del campo (que no tardará en serlo), no suelte usted prenda alguna allí donde vacile siquiera, y despáchese con un poco de pirotecnia que deslumbre y haga ruido; donde se considere algo más firme y mejor pertrechado, hunda el arma hasta la empuñadura, ó sacuda el incensario hasta que se acabe el humo. Para hacer esto con valentía y desparpajo y, sobre todo, con acierto, comience usted por dividir las obras que examine en dos grandes grupos: las de nuestros amigos y las de _los otros_. Entiendo por obras de nuestros amigos las comedias, las novelas, los folletos, cuanto publiquen los hombres de nuestras ideas ó de nuestra amistad íntima, ó aquéllos á quienes siquiera hablemos ú oigamos hablar en el café, ó nos merezcan alguna estimación en cualquier concepto simpático; y entiendo por obras de _los otros_ las que publiquen los enemigos de la libertad y no nos saluden en la calle. Pues bien: supongamos que en una obra de nuestros amigos anda muy descuidada la forma; que es una comedia con la cual se duermen los espectadores, ó silban y patean; ó un libro que se cae de las manos y afrenta á la lengua castellana. «Cierto»--diremos,--«que hay algunos desaliños de lenguaje, y algunas contradicciones de carácter, y, si se quiere, también algunos descuidos de monta en la trabazón de la fábula; descuidos, contradicciones y desaliños que no significan nada, absolutamente nada, en las obras de arte, por lo mismo que son de fácil y mecánico remedio, siempre que el autor se digne descender de las altas esferas de su inspiración desbordada para ocuparse en esas prosaicas maniobras de taracea. Pero el fin objetivo, pero la idea, pero los cauces que allí se abren á las corrientes de la nueva civilización; pero el altísimo criterio con que se expone y se desenvuelve esto y lo otro y lo de más allá...». Y aquí derrama usted el talego de todas las ponderaciones, hasta sacar en consecuencia que en la tal obra lo bueno es de lo mejor, y lo malo no pasa de _ligeros lunares_. No hay para qué decir que cuando las obras de nuestros amigos son siquiera medianas en la forma y en el fondo, se voltean todas las campanas de la crítica. Pues supongamos las mejores condiciones de bondad en las obras de _los otros_. «No puede negarse»--diremos,--«que está bastante bien escrita, que tiene cierta gracia, y que interesa _hasta cierto punto_; pero ¿cómo ha de ser bello lo que está concebido en la obscuridad y el frío de los sepulcros, y en la lobreguez de las ruinas? ¿Á qué fin artístico responde el propósito fundamental de este libro ó de esta comedia ó de este drama? ¿Quién le ha dicho al autor que el arte, que es la belleza, puede hermanarse nunca con horribles ideas que pugnan con las corrientes de las modernas sociedades: el frío mortal del invierno con el calor vivificante del estío; la luz con las tinieblas?». Y así le va usted abrumando poco á poco, hasta que le mata, demostrando que la obra que analiza es una verdadera abominación. Si además de lo malo del fondo, por no ser de nuestras ideas, tiene flojilla la forma, cuatro despreciativos garrotazos, y á otro asunto... Desengáñese usted, no hay oficio más cómodo.
¡Ay, Matica de mi alma! ¿por qué retrasaste tu vuelta á Madrid? ¿Por qué no sanaste primero del prosaico romadizo que fué la causa de ello? ¿Por qué no estuviste á mi lado en aquellos infaustos días en que la serpiente me tentó con fruta tan de mi gusto? ¡Tú, con tu buen seso y parecer tan distinto del de aquellas empecatadas gentes, no me hubieras dejado caer en la tentación!... Porque caí, sí, caí sin que me valieran razones ni alegatos que se desvanecían en el humo del incienso con que me trastornaban el juicio mis interlocutores. Llegué á creerlos y á creerme á mí, por ende, capaz de las más altas empresas crítico-literarias; y cuando volvió Matica, muy cerca del fin de octubre, ya era tarde para retroceder. Ya había probado dos veces los deleites de aquel apetitoso magisterio, que á tantos mortales, tan firmes de mollera como yo, ha hecho unos pobres mentecatos antes y después acá. ¡Buenas cosas me dijo! ¡Grandes verdades me cantó palmoteando sobre los mismos testimonios de mi delincuencia!; pero ni Matica ni el Preste Juan eran capaces de convencerme de que no debía continuar la empresa que traía entre manos, desde que yo había leído en todos los periódicos liberales de Madrid, estas palabras, remitidas, como supe andando los meses, por el gacetillero de _El Clarín_: «Están llamando la atención de todos los literatos las revistas críticas que publica en _El Clarín de la Patria_ el distinguido escritor que oculta su verdadero nombre tras el modesto seudónimo de _Pedro Sánchez_. No tiene nuestro colega por qué sentir la deserción del famoso _Segismundo_ al campo enemigo».
He de decir cuatro palabras acerca del estado en que se hallaban mis dominios al empuñar yo el cetro de la crítica. En la novela imperaban las traducciones del francés; y eran los autores preferidos V. Hugo, Dumas, J. Sand, Sué, Paul de Kock y Soulié. La española tenía pocos cultivadores, y no abundaban los lectores que preguntaran por ella. Sabíase, creo que de oídas, que Villoslada había escrito _Doña Blanca de Navarra_, y que era ésta una novela excelentísima al modo de las de Walter Scot; alguna de Fernández y González era bastante más leída y celebrada. Fernán Caballero acababa de publicar _Clemencia_, después de haber adquirido fama con _La Gaviota_ en 1849; Pero es de advertir que, por resabios románticos que quedaban aún en el gusto del público, éste prefería el amor empalagoso é inverosímil de aquella sensible y lacrimosa heroína, al ridículo y extravagante inglés, y las inaguantables escenas á que este punto da lugar, á los sabrosos pasajes y cuadros llenos de color y de verdad, en los cuales entran, como figuras de primer término, don Martín, don Galo Pando, la Marquesa, la Coronela y la tía Latrana. Esto se desechaba por _vulgar_ y poco elegante; y, sin embargo, era la miga del ingenio de Fernán; lo que ha hecho que viva y no muera jamás esa novela, como no morirán _La Gaviota_ ni otras muchas de la misma ilustre autora, precisamente por estar llenas de «vulgaridades» por el estilo. Como efecto de aquella misma causa, gozaban de cuanta boga podían gozar entonces libros en España, _Jarilla_ y _La Sigea_, dos novelas románticas de Carolina Coronado, y _El..._ (no recuerdo qué) _de Monfaucon_, otra que tal de la Avellaneda; en la cual novela andaba la heroína con la cabeza de su amante colgada del pescuezo, por medio de una cadena de plata, suplicio á que la había condenado el bárbaro castellano su marido. Antonio Flores había dado á luz otra de costumbres contemporáneas, con el título de _Fe, Esperanza y Caridad_, abundante en cuadros curiosos y no mal pintados, pero atestada de lugares comunes de novelón por entregas. Vale mucho más que esto su galería de cuadros, _Ayer, Hoy y Mañana_, comenzada á exhibir en 1854, y terminada por completo años después. Reciente estaba también la publicación de _El libro de los Cantares_, de Antonio de Trueba, el mejor y más fecundo cuentista de cuantos se pasean en España, y el autor español más traducido á extrañas lenguas. Ayguals de Izco se había propuesto ser el Eugenio Sué de acá, y no quiero decir cómo lo lograba. De Antonio Hurtado se conocía una novela, _Cosas del Mundo_, premiada recientemente por la Academia de la Lengua. Otra circulaba bastante, de Patricio Escosura, _El Patriarca del Valle_, y se elogiaban una de Juan de Ariza, _Un Viaje al Infierno_, sátira del Madrid entonces, en que había muchos anagramas demasiado transparentes, y otra, _La Dama del Conde-Duque_, bien perjeñada y con mucho sabor de época, de Diego Luque, á la sazón casi un muchacho.
_El Curioso parlante_ había cerrado su cartera de apuntes literarios, y se entretenía en escribir de vez en cuando sobre _Mejoras de Madrid_, mientras saboreaba la gloria del renombre que le habían dado sus _Escenas Matritenses_.
En el _Museo de las Familias_, de Mellado; la mísera y casi andrajosa _Ilustración_, de Fernández de los Ríos, y _El Semanario Pintoresco_, no recuerdo de quién, pero sí que andaba en sus postrimerías, dábanse á luz, entre muchas traducciones, algunos trabajillos sueltos con las firmas precedentes que no han de inmortalizarse allí, y otras tantas que se han olvidado ya, ó que, de seguro, estarán en _Los españoles pintados por sí mismos_, mamotreto célebre en que se declara todo menos lo que el editor se propuso; porque entiendo que en España hay algo más, como color nacional y distintivo, que zapateros de portal, beatas, canónigos, toreros, mozos de cordel y cuanto se inventaría en aquel catálogo de excepciones singularísimas; lo cual no quiere decir que cada figura de por sí no sea digna obra del pincel que la trazó; pero sí que el rótulo del álbum fué mal aplicado, ó no se ajustaron á su sentido los pintores que iban llenando las hojas.
Y esto, salva alguna insignificante omisión en que pueda haber incurrido mi memoria, es cuanto daba de sí el género, aunque parezca mentira.
El Duque de Rivas, Zorrilla, Villergas y otros poetas de nota, andaban fuera de la patria, ó calladitos en su pueblo ó á la sombra de un destino. La Avellaneda, la Coronado y García de Quevedo, publicaban tal cual lucubración romántica, de tarde en tarde. El surtido de poesías de los pocos y malos periódicos literarios que existían, corría de cuenta de los Larrañaga, Vila y Goyri, Ribot y otros de quienes ya no me acuerdo ó no quiero acordarme.
El teatro, ya que no por la cantidad, por la calidad de los poetas, tenía más lozana vida que la novela. Bretón de los Herreros, aunque en el crepúsculo de la tarde, iluminaba todavía la escena en que tantos lauros había ganado, con frescas y agradables luces de su inagotable ingenio. Hartzenbusch escribía comedias tan delicadas como _Un sí y un no_; García Gutiérrez, aunque muy tentado del demonio de la zarzuela, no olvidaba del todo á la musa que le inspiró _El Trovador_ y tantas obras coronadas por el aplauso y la admiración del público de su tiempo; Tamayo trepaba á la más alta jerarquía del ingenio dramático con su tragedia _Virginia_; Ventura de la Vega, trabajando también á destajo para la zarzuela, saboreaba los aplausos que le valía _El hombre de mundo_, que aún no había perdido la novedad en los carteles, igual que acontecía con _Don Francisco de Quevedo_, lo único bueno que supo hacer para el teatro el ingenioso _bohemio_, haragán impenitente, Florentino Sanz; de Ayala se estrenaba _Rioja_ con mediano éxito, y de Rubí _De potencia á potencia_ y algo más que no recuerdo; Eguílaz había aparecido el invierno anterior con _Verdades amargas_, comedia ruidosamente aplaudida, y que no por estar plagada de incorrecciones de lengua, y hasta de arte, dejaba de anunciar un poeta dramático de buena cepa; inmediatamente después obtuvo otro gran éxito su drama _Alarcón_; y en la temporada de mi advenimiento á la crítica, su obra, _El Caballero del Milagro_, no fué menos afortunada que las anteriores; Serra emulaba los donaires de Bretón en humoradas tan lindas como _La Boda de Quevedo_; Juan de Ariza escribía comedias muy agradables; y, en fin, y sin contar otras producciones más efímeras ni mencionar otros poetas de menor cuantía, se representaban traducciones tan importantes como _Adriana_ y _Sullivan_, drama este último que valió á Julián Romea los mayores triunfos de su ya entonces larga y gloriosa carrera de actor.
Este hombre insigne, con la Palma y el viejo Guzmán, representaban aquel invierno en el teatro de los Basilios; en el del Príncipe, Arjona con Teodora Lamadrid, Calvo y los Osorios; en la Cruz, Variedades é Instituto, compañías de poco más ó menos, entreteniendo con melodramas, magia y hasta _cuadros disolventes_, el escaso público de que podían disponer.
Aún se representaba de vez en cuando algo del _género andaluz_, puesto de moda años antes por el actor Dardalla y sus imitadores. Yo alcancé á ver todavía _El corazón de un bandido_ en el teatro del Instituto, y _El Tío Caniyitas_ en el del Circo, drama romántico muy afamado la primera de estas obras, y popularísima zarzuela la segunda, de Franquelo y Sanz Pérez, respectivamente, como casi todo lo que se representaba y se había representado del mismo abominable género.