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CAPÍTULO V

NOTAS DOCENTES

La Academia de Milton. — El Colegio de Wellesley. — ¿Cómo nos juzgan a nosotros? — Psicología de los latino-americanos según el profesor W. R. Shepherd. — El pan-americanismo. — La doctrina Monroe.

Los campos de Massachusets están sembrados de muy buenos colegios. Me tocó en primavera visitar dos de ellos, la Academia de Milton, para niños y el Colegio de Wellesley, para niñas.

A veinticinco minutos de Boston cerca de la aldea de Milton se encuentra la Academia de este nombre. Es una escuela de enseñanza secundaria con internado y medio pupilaje. También admite niñas en calidad de externas; pero no hay propiamente coeducación, porque se las educa en pabellones separados, salvo en la sección preparatoria, adonde concurren niñitos y niñitas de menos de doce años conjuntamente. Esta sección es igualmente sólo para externos.

El establecimiento y los alrededores que le pertenecen presentaban el día que fuí a verlo un bellísimo aspecto. Sólo por la muchachada que se ve jugando en los campos adyacentes puede pensar uno que se halla en un colegio. Por lo demás, nada se ofrece a la vista que evoque las formas generalmente severas, a veces lóbregas y tristes, de los colegios ubicados en los pueblos. Las avenidas por que se hace el tránsito desde la estación, están orladas de árboles en flor; la tierra, de suaves colinas, cubiertas de un tapiz verde brillante, es un deleite para los ojos; y de todo fluye, estimulado por el sol primaveral, un perfume penetrante, tibio y entonador, el rico y sano perfume de los campos y de la vida que se renueva.

En medio de este ambiente, diseminados entre prados, se levantan los edificios de la academia que consisten principalmente en tres chalets, que sirven de residencia para los internos, un pabellón, donde se encuentra el comedor para todos y la cocina, dos pabellones donde se hallan las salas de clases y gabinetes, el gimnasio y la enfermería.

En cada chalet (_dormitory_) viven de quince a veinte alumnos bajo la dirección de un _master_ que es al mismo tiempo profesor. El primer piso está ocupado por un saloncito, una espléndida biblioteca, y un salón de reuniones en cuyas mesas se encuentran revistas, periódicos y juegos de diferentes clases. En el segundo piso están los dormitorios. Cada estudiante tiene su piececita que adorna y decora a su gusto. En el centro hay baños de tina de mármol.

Como he dicho, la academia es una escuela secundaria; pero comprende seis años de estudio y no cuatro como ocurre en la generalidad de las de su clase en los Estados Unidos. También se diferencia de estas últimas en que, según se desprende de su nombre, es del tipo clásico, académico, que predominaba en el país a principios del siglo XIX. Las reformas de la enseñanza han introducido sucesivamente diversas categorías de establecimientos de instrucción secundaria, como ser el liceo comercial (commercial high-school), el liceo técnico (technical high-school), del cual vimos un modelo en Oakland y el liceo integral[7] (cosmopolitan high-school), que comprende dentro de un mismo instituto toda clase de cursos, desde los que tienden a suministrar una instrucción liberal o clásica hasta los destinados a dar una preparación vocacional. Estos son los planteles que cuentan a la fecha con más aceptación en el concepto público, y se pueden citar como más afamados dentro de este orden a los de San Luis y Cincinnati. En el plan de estudios de la Academia de Milton en cambio no figuran ramos comerciales, ni técnicos, ni industriales, ni dispone el establecimiento de talleres de carpintería, herrería y electricidad, tal cual se ven en muchas otras escuelas del mismo grado. Tiene, sí, bien montados laboratorios de física, química y biología. El plan de estudios comprende las siguientes asignaturas:

En primer año: Inglés, Historia, Geografía, Latín y Matemáticas.

En segundo año: se agregan a las anteriores Francés y Alemán.

En tercer año se agregan Griego y Ciencias Elementales.

En cuarto año se mantienen las anteriores y en lugar de Ciencias se introduce Biología.

En quinto año se cambia Biología por Química.

En sexto año se cambia Química por Física.

No deja de aplicarse hasta cierto punto en la academia el procedimiento aceptado hoy por doquiera en los Estados Unidos de la electividad de algunos ramos. Así tenemos que los estudiantes pueden tomar Francés o Alemán, Griego o Ciencias o Biología o Historia. Química es también un ramo electivo y los que entran a estudiarla pueden dejar a un lado la Historia o el Latín.

Fuera de la importancia dada a los estudios liberales y científicos, cabe señalar como otra característica de la academia el interés dedicado a la educación física. Ya hemos mencionado el pabellón de gimnasia. Para ejercicios al aire libre cuentan los alumnos con magníficos campos de juego, de foot-ball, de tennis y con una amplia laguna para patinar en el invierno. Generalmente después de las dos de la tarde no hay clases y los muchachos pueden entregarse a toda clase de deportes.

Profesores y estudiantes forman parte de la Asociación Atlética de la Academia de Milton y del Club Científico. Los alumnos han organizado también el «Club de la Mandolina», el _Glee Club_ (club de la alegría o de los alegres) y el Comité Dramático que tiene a su cargo los entretenimientos teatrales.

Los internos pagan mil dólares al año por instrucción y pensión, los medio-pupilos de los cursos superiores trescientos cincuenta y los de los cursos inferiores, trescientos[8].

Se llama «colegio» en los Estados Unidos a un establecimiento que viene después de la escuela secundaria y forma los departamentos básicos del edificio universitario.

El Colegio de Wellesley es, como he dicho, para niñas y figura entre los más afamados de Nueva Inglaterra. Se halla situado cerca de la aldea de su nombre, a cuarenta minutos de Boston.

Visitarlo fué motivo para mí de un mayor encanto aun que el que me había causado la Academia de Milton. Los campos de Wellesley son más hermosos y el terreno, de ondulaciones más pronunciadas que en Milton, ofrece más bellas perspectivas con prados magníficos y numerosos árboles.

Desde muchos sitios elevados se divisa un precioso lago que se encuentra dentro de los lindes del colegio. En nuestro camino encontramos niñas en bicicleta que corren por las avenidas.

Una vez en medio de los pabellones del colegio, los trajes claros y alegres de centenares de niñas hacen una fiesta de luz y de colores bajo el sol primaveral.

Algunas de las alumnas andan en traje de montar. A nuestro regreso, una partida de ellas pasa al trote de sus cabalgaduras bajo los árboles.

De todos los edificios, el más hermoso es el «Tower Court», donde tienen sus dormitorios alrededor de doscientas niñas. Es un verdadero palacio de estilo gótico, debido a la munificencia de una señora. En el primer piso se encuentran amplios y elegantísimos salones y comedores y en los pisos superiores se hallan las piezas de las niñas que son una monada y de cuyas ventanas se goza del apacible y seductor paisaje de los campos adyacentes.

Fuí invitado por la directora a tomar el lunch en compañía de varios profesores y profesoras. Como siempre ocurre en las comidas escolares de este país, la sobriedad fué la nota característica. Se sirvió una crema, un guiso del cual se ofreció repetición porque no había ninguna otra cosa sólida que comer y, por último, una sencilla compota de postre, y café. Todos los comensales se manifestaron deseosos de conocer algo sobre la educación pública de Chile y les hice una sucinta reseña sobre el particular para satisfacerlos de la mejor manera que me fué posible.

Muchas niñas viven en _sororities_ o hermandades en pequeños pabellones dentro de los terrenos del colegio. Hay una que lleva el nombre de Shakespeare y su hall ha sido construído imitando la vieja casa del gran poeta.

El colegio admite internas, medio-pupilas y externas. Las primeras pagan seiscientos dólares al año, las segundas cuatrocientos sesenta y cinco, y las terceras doscientos veinticinco.

Para los cuatro años de estudio se ofrecen los siguientes cursos: Arqueología clásica, Astronomía, Botánica, Química, Economía y Sociología, Educación, Inglés, Francés, Español, Italiano, Alemán, Griego, Latín, Geología y Geografía e Historia, Higiene, Matemáticas, Filología, Filosofía y Psicología, Física, Arte de hablar, Fisiología y Teología y Música.

Cada uno de estos cursos se subdivide a su vez en gran variedad de asuntos. Dentro de ellos deben las alumnas elegir el número necesario para completar la cantidad de unidades requeridas para graduarse.

El colegio confiere los títulos de Bachiller en Artes y de Maestro en Artes.

Las jóvenes tienen a su disposición una rica biblioteca de 90.000 volúmenes.

Es muy interesante una institución de las alumnas por medio de la cual cooperan al buen gobierno del establecimiento.

De acuerdo con la dirección, han formado ellas una llamada «Asociación en pro del Gobierno del Colegio de Wellesley», que tiene como órganos directivos un Gabinete y una Cámara de Representantes, compuestos de miembros elegidos entre los estudiantes y un Senado en que, además de cierto número de alumnos, figuran algunos individuos de las facultades. Las atribuciones de estos cuerpos se hallan claramente especificadas en sus estatutos. De esta suerte las alumnas toman vivo interés en la marcha del colegio, y se ejercitan al mismo tiempo en las prácticas de la autonomía o _self-government_, lo que no puede ser sino favorable para su educación.

* * * * *

--¿Qué dicen de nosotros por allá, cómo nos juzgan? suele ser una preocupación de los hispano-americanos.

Y la primera de las verdades es que en los Estados Unidos impera por lo común la más perfecta ignorancia sobre nuestros países.

--¿Qué cantidad de indios bravos tienen ustedes en su territorio? me preguntaba un profesor de un colegio de California.

--No, señor, tuve que contestarle, no hay indios bravos entre nosotros... ni negros[9]. Fuera de unos pocos miles de indios más o menos civilizados, el núcleo de la población es de raza blanca homogénea, con un pequeño tanto por ciento de mestizos.

También es cierto que desde la gran guerra ha aumentado visiblemente el interés por nuestro continente, y, en consecuencia, por el estudio del idioma español.

Conocí en San Francisco a una distinguida señora que me llamó mucho la atención. Bajo sus canas de abuela, conservaba notables rasgos de belleza y era sumamente vivaz en su trato y en sus maneras. «Mi marido, nos dijo, no reclama de mí muchos cuidados especiales; todos mis hijos están casados; así fué que de repente me encontré con que no tenía nada que hacer, y para dar un empleo a mi vida, me he puesto a estudiar español. Ustedes ven que no lo hablo tan mal. Estoy dichosa».

Luego sacó de su maletín un librito que llevaba en él y agregó:

--«Es una obra en castellano. Yo no pierdo el tiempo; y, de vuelta, en el auto o en el tranvía, me voy leyendo».

De todo el ser de la señora brotaba la más sana y contagiosa alegría, tan propia de la gente norte-americana, aunque haya llegado a una edad avanzada.

Esta señora estudiaba castellano sin duda por deporte. Unos pocos se dedican a él teniendo en vista el profesorado o el amor a las letras; pero los más lo hacen con el propósito de entregarse a los negocios en el continente meridional.

En casi todas las universidades que visité había cursos de español y en algunas eran bastante numerosos, como por ejemplo en la de California, que contaba con más de trescientos alumnos.

En esta Universidad y en la de Cornell he visto reunirse fácilmente audiencias de más de doscientos estudiantes, y otras personas capaces de seguir y entender perfectamente conferencias en español. También las alumnas del curso superior del Colegio de Wellesley dieron pruebas de poseer la preparación suficiente para entender un discurso que se les pronunció sobre cosas de Chile. El profesor F. B. Luquiens, de la Universidad de Yale, está empeñado en enseñar el castellano siguiendo más bien las formas del idioma hispano-americano y no las del peninsular propiamente dicho. Busca para esto como base los libros y las revistas sud-americanas.

En las escuelas secundarias de Nueva York, el idioma extranjero que más se cultiva es el español. Hay 25.000 estudiantes que siguen esta lengua, mientras el francés cuenta sólo con 20.000, el latín con 15.000 y el alemán con 3.000.

* * * * *

Es claro que no puede haber unanimidad de pareceres para juzgarnos entre los que se han ocupado de nosotros. No han faltado quienes se hayan expresado en términos encomiásticos sobre algunos países de la América Latina, como Rowe, Elihu Root y Roosevelt. Otros han distinguido muy acertadamente entre las naciones del sur del continente y las de los trópicos. Así Eduardo Ross, al afirmar que los pueblos sud-americanos padecen de anemia cerebral, a causa de la obsesión sexual que los domina, tiene el cuidado de agregar que se exceptúan de esta falla orgánica Chile, la Argentina, y el Uruguay[10]. Que haya encontrado por mi parte acertada la distinción entre pueblos meridionales y tropicales, no significa que acepte por completo la afirmación de Ross en lo que se refiere a las gentes tropicales.

Otros no se detienen en distinciones para juzgarnos y nos pasan a todos los hispano-americanos por el mismo rasero. E. L. Bogart, con motivo de entrar a tratar del desarrollo económico de los Estados Unidos, dice: «Sólo cuando los dones de la naturaleza son abundantes e inteligentemente utilizados por el hombre, puede una nación llegar al más alto grado de fuerza y de prosperidad. La existencia por sí sola de grandes tesoros naturales no ha sido bastante para lograr el desarrollo de una raza débil y amante de la comodidad como los latino-americanos»...[11].

El profesor William R. Shepherd de la Universidad de Columbia, ha publicado un estudio sobre la psicología de los latino-americanos, en que los rasgos con que quedamos pintados no son más halagadores que los anteriores[12].

«Los principales aspectos en que la psicología del latino-americano, dice Shepherd, difiere de la nuestra, son su egoísmo, impulsividad e inmoralidad». Hace el autor algunas sutiles disquisiciones para dar a entender que estos términos no deben ser tomados al pie de la letra sino, como si dijéramos, en un sentido menos amargo; pero lo cierto del caso es que no encuentra otras expresiones para las cualidades que él señala como características. «El egoísmo del latino-americano se presenta ordinariamente en un triple culto: el de la persona, el de las formalidades y el del exclusivismo. Se atribuye a sí mismo una superioridad innata y es, en consecuencia, orgulloso, vanidoso y arrogante. Celoso de su dignidad personal en una forma ultra-aguda, exige que se la respeten absolutamente, sin atenuaciones circunstanciales. Así como en otros días en España y Portugal había el afán de ser hidalgo o fidalgo, de igual suerte el latino-americano necesita ahora figurar como la cabeza de cualquier cosa o, por lo menos, estar seguro de que su nombre ha de aparecer en forma prominente en conexión con alguna importante empresa. Es una especie de manía o enfermedad la de tener algún puesto público. Aparte de esto, se manifiesta el impulso egoísta en un exagerado formalismo, en el rigor con que deben ser observadas las reglas de conducta oficial y social. En todo se revela el triunfo de lo artificial. De aquí proceden el bien pronunciado decoro y etiqueta, la corrección estiradísima, el ceremonial puntilloso que disuenan en países republicanos de donde monarcas y cortes, nobleza y aristocracia, fueron desterrados hace cien años. La conservación también de títulos pomposamente laudatorios para funcionarios e instituciones, de brillantes uniformes para los diplomáticos, de un complicado tren y escoltas militares para los presidentes y aun la banda de seda de colores nacionales y con el escudo patrio bordado en ella que lleva el jefe del Estado en ocasiones solemnes, son incompatibles con la simplicidad democrática. ¿Y qué decir de la costumbre de ponerse frac en pleno día para asistir a funciones oficiales»?...

Se nota la delectación con que el señor Shepherd ha hecho este cuadro en que no ha escatimado el colorido. Un norte-americano puede hacerlo porque pertenece a un pueblo que es efectivamente sencillo y poco ceremonioso; pero no es raro que caiga en exageraciones.

Veamos cómo sigue la pintura:

«Tan poderoso es el convencionalismo en la conducta social que hace virtualmente imposible toda adaptación a condiciones especiales que puedan presentarse. Sería una exageración sin duda afirmar que, mientras el norte-americano sabe mostrarse serio y revestido de dignidad en los momentos oportunos, el latino-americano escoge precisamente para ello los más inoportunos. (El señor Shepherd ha tenido el cuidado de colocar al principio de la frase la palabra «exageración»; pero este es un recurso literario para suavizar el golpe: la afirmación queda y se corrobora con ejemplos como se verá en seguida). Cuando entre los latino-americanos se juntan hombres y niños, aquellos se apartan de éstos en lugar de tomar parte con sana alegría en sus juegos y deportes. No sería compatible con la respetabilidad de gente grave proceder de otra manera. Un norte-americano en un picnic se divierte; un latino-americano se aburre. Aún en un banquete, o en otra comida más o menos festiva, cuando llega el momento de los discursos, la jovialidad que ha podido reinar antes, debe ceder su lugar a una apropiada seriedad; el flujo oratorio que se va a descargar no aguanta bromas. Un extranjero se complace en salpicar su discurso con historietas interesantes; pero un latino-americano quiere mantenerse necesariamente sólo en el plano de la grandilocuencia».

Pasemos a otro aspecto.

«Es propio de los latino-americanos rechazar todo pensamiento de cooperación y carecen, por lo mismo, de verdadera solidaridad social. En lugar de unirse a otras personas en un plan de colaboración mutua, prefieren empequeñecer lo que otros hacen. Se hallan animados de un criticismo que siempre destruye y nunca construye».

Este último rasgo es desgraciadamente a menudo muy cierto; pero luego vuelve el autor a las exageraciones y cae en una afirmación falsa en sus dos términos, tomados en conjunto, como la siguiente:

«Tan arraigada se encuentra esta inclinación a empequeñecer que da lugar a una paradoja. Visita un latino-americano a Nueva York y su actitud es la de un hipercrítico ante todo lo norte-americano. Una vez de regreso en su país entra a censurarlo y vilipendiarlo todo comparándolo con lo que dice haber visto en Norte América».

Criterios llevados a uno o a otro extremo me ha tocado encontrar algunas veces; pero jamás me ha sido dado apreciar que una misma persona haya asumido las dos actitudes. El alma humana es tan compleja, sin embargo, que no sería imposible que se presentara el caso; pero es proceder un poco a la ligera señalar esa característica como propia de un grupo entero de naciones.

Ya hemos expresado que los latinos-americanos son impulsivos.

«Una faz de su impulsividad, dice Shepherd, la hallamos en su verbosidad. En la casa, en la calle, en los negocios, en los halls del congreso reina como soberana la locuacidad. Hacer discursos en cada ocasión y a la más leve provocación es la orden del día. Si, como ocurre muy a menudo, el discurso puede ser leído, tanto mejor porque una larga extensión y la posibilidad de variadas digresiones se encuentran asegurados de esta suerte. Lo último le encanta al latino-americano y él lo llama pintorescamente «mariposear», es decir, pasar de un tópico a otro, como mariposa de flor en flor, sin ahondar ni detenerse por mucho tiempo en ningún tema».

«...El resultado neto del discurso es abundancia de palabras en lugar de ideas, hablar largo y tendido en vez de hablar bien y concretarse a la cuestión».

«El latino-americano es elocuente, sí; pero su elocuencia toma a menudo la forma de una retórica florida, de un derroche de brillante palabrería en que se nota la falta de originalidad. Tanto a su oratoria como a su literatura le faltan espontaneidad ingenua, naturalidad, simplicidad y concretación. Reflejan ellas más sentimentalidad que sentimiento; el pensamiento queda escondido o su ausencia disimulada en medio de la extravagancia y de la exageración lingüística y se echa de menos una verdadera facultad creadora».

¿Acaba de hablar el señor Shepherd de la exageración en el lenguaje como de un rasgo distintivo de la literatura hispano-americana? Sería de creer que él en sus viajes por los países de nuestro continente y en su trato con algunos libros sud-americanos se hubiera dejado picar por ese bicho que debe poner vidrios de aumento en los ojos ya que hemos visto no pocas manifestaciones de su influencia en el ensayo que analizamos.

No se puede negar que los juicios que pronuncia el señor Shepherd sobre la literatura latino-americana son en gran parte exactos; pero me parecen incompletos. Se refieren exclusivamente al tropicalismo. Me imagino al señor Shepherd a este respecto, sentado en su gabinete de trabajo en Nueva York y mirando hacia el sur, para hacer sus observaciones. Escudriña y escudriña; pero, mareado por las selvas ecuatorianas, su vista no alcanzó a percibir nada más allá del trópico, donde, por lo menos la sobriedad en el lenguaje literario no es una cosa rara.

Veamos otros caracteres.

«En lugar de examinar de antemano, lenta, paciente, sistemáticamente la practicabilidad de una medida propuesta y sus posibles resultados, el latino-americano necesita que su panacea se ensaye sobre la marcha, sea que se trate de algo que él ha leído en los libros, o que ha oído como llevado a cabo en otros países. Si esto es aplicable o no a su propio país, le importa poco. Su razonamiento es muy elemental, de la más simple analogía; se reduce a lo siguiente: si una cosa ha sido implantada con éxito en otra parte, puede serlo también entre nosotros».

«El latino-americano, de esta suerte, desea las innovaciones, pero toma a menudo como un progreso lo que es sólo un experimento. No la posibilidad de duración que permite a lo nuevo madurar y llegar a ser realmente sistemático constituyen su objetivo; los cambios producidos por una gran cantidad de proyectos que nunca se convierten en hechos realizados, son su encanto. No es extraño así que sus constituciones políticas no pasen de ser mucho papel en lugar de formar los fundamentos prácticos de sus gobiernos, y que sus instituciones sean únicamente un andamiaje, dentro del cual no se ha podido levantar todavía ningún edificio sólido».

Muy bien; pero una vez más las selvas tropicales perturbaron la vista del autor, lo absorbieron por completo y le impidieron ver la totalidad del campo que ha pretendido estudiar.

«Marcha a la par con todo esto el quijotismo de los latino-americanos, o sea la ausencia de cierta cordura que impide soltar la riendas del dominio de sí mismo. Les seduce tentar lo imposible e ignoran la desproporción que hay entre lo que uno pretende y lo que puede hacer. No van tras la ejecución de una empresa que, aunque difícil, sea realizable, sino que los enamoran lo impracticable y los espejismos de visionarios».

«Así como la impulsividad da lugar a una moción muy repentina, de igual modo el esfuerzo que produce se agota rápidamente y pronto vienen a sucederle la indiferencia y, a veces, la más positiva inercia. El apasionado entusiasmo con que el latino-americano principia cualquier cosa pronto decae. Formará sociedades, asociaciones, ligas, institutos y cuanto queráis, y tomará todos los acuerdos del caso; pero una vez publicados los nombres y retratos de los organizadores e iniciada la indispensable, aunque laboriosa y obscura obra del comité, los grandes hombres (_big-men_) dejan de manifestar interés y lo mismo hacen los pequeños hasta que todo el negocio se hunde en el limbo del olvido. Con poca disposición, al parecer, para toda tarea larga y difícil, regular y continua, el latino-americano vuelve entonces sus ojos al Gobierno, para que éste haga lo que debía haber sido hecho por iniciativa privada».

Desgraciadamente esto es también muy a menudo cierto.

Vamos a llegar a los últimos toques del cuadro.

«Parece que les faltan a los latino-americanos la conciencia moral, el sentimiento de la responsabilidad personal, un claro sentido de distinción entre lo justo y lo injusto, antes que entre lo correcto y lo incorrecto, y una apreciación vigorosamente concreta de las cualidades más esenciales para la diaria tarea del progreso individual y social. Igualmente, por el lado ético de su psicología, se nota la carencia o el insuficiente desarrollo de la tenacidad en los propósitos, de voluntad indomable, de precisión y claridad en lo que se proyecta y se ejecuta y de fuerza de carácter. Así ocurre que el sentido moral en estos pueblos tiende a asumir más bien una forma artística o estética. El latino-americano prefiere, para llegar a un fin, no el más conducente y seguro de los caminos, sino el más fácil y el más bonito».

Después de este párrafo sería de pedirle al señor Shepherd que dijera qué les queda a los latino-americanos en materia de buenas cualidades.

El mismo señor Shepherd ha comprendido que tal pregunta iba a brotar necesariamente en busca de desahogo, y asume en el último momento una actitud curiosísima e ingenua. Ha comprendido que era menester calmar el escozor de tanto latigazo y no ha encontrado mejor medio que esparcir sobre los verdugones el aceite balsámico de la duda. Tras todas sus afirmaciones contundentes se convierte en una especie de Montaigne, suelta de su mano la balanza de los valores morales y sociales, y dice con toda frescura: «Si los diferentes rasgos constituyen verdaderos defectos o no, si el latino-americano posee virtudes en abundancia para compensarlos en el primer caso, si nosotros mismos tenemos tantos o más defectos de otro orden, son cuestiones que no atañen al asunto principal que se ha tenido en vista. No se trata aquí de la superioridad de los norte-americanos o de la inferioridad de los sud-americanos, sino simplemente de diferencias entre ellos».

«Sin quererlo, escuché una vez en la casa en que vivía en Nueva York, una conversación que un señor sostenía por teléfono con alguien que debía de ser su confidente o amigo». «Le manifesté, decía el señor, con el tono de las más suave unción, con un tono de sacristán santurrón, que no se metiera más en mis asuntos... ¡Ah! sí, se resistió, lloró (se trataba sin duda de una pobre mujer); pero le dí un poco de dinero y tuvo que conformarse». Y continuó el señor hablando con su voz meliflua, untuosa, satisfecho y tranquilo, como si nada grave hubiera ocurrido. Entre tanto, yo veía el drama de una infeliz criatura abandonada y el hombre que hablaba me pareció un traidor que hubiera dado una puñalada por la espalda y que se imaginaba que desaparecía el dolor causado por él, gracias a la beatitud de su palabrería calmada y falsa.

Felizmente el caso no tiene con el del señor Shepherd otra analogía que la del engaño sufrido por ambos sobre la virtud supuesta a las palabras. ¿De manera que, al fin de cuentas, resulta para el señor Shepherd que el egoísmo, la impulsividad, inmoralidad, versatilidad, falta de solidaridad social y tantas otras características por el estilo de los latino-americanos pueden ser defectos o nó? ¿Resulta que el altruismo, reflexión, moralidad, energía, constancia, fuerza de voluntad y carácter de los norte-americanos, pueden ser virtudes o nó? ¿Resulta que entre los dotados con aquellas cualidades, y los adornados con éstas no hay razones de superioridad o inferioridad, sino simplemente de diferencia?

El autor que había formulado en el curso de su estudio, proposiciones tan categóricas y mostrado una conciencia ética tan sólida, concluye por negar todos los valores. ¿Puede significar este cambio la expresión de un estado real de espíritu? Imposible. Lo que ha habido es que el señor Shepherd no se ha resignado a mantener hasta el fin el tono de su trabajo, y, en servicio del pan-americanismo, como veremos luego, ha preferido terminarlo como acaban las discusiones en un salón, con un «Ah, sí, estamos de acuerdo, todo depende del punto de vista», dicho en medio de la más plácida sonrisa de los circunstantes, sin que nadie quede convencido y para que siga la fiesta.

El señor Shepherd es un distinguido e ilustrado profesor de historia, tenido como una autoridad en la que se refiere principalmente a los pueblos del Nuevo Mundo. Es, además, una simpática persona de gentil figura, coronada por una cabeza hermosa, fuerte y prematuramente blanca. Al recorrer el estudio psicológico que acabo de analizar, no he podido representarme al autor, sin embargo, con el continente grave del catedrático y bajo la inspiración, por decirlo así, del espíritu científico y ecuánime de un Aristóteles, sino que sonriéndose bajo la influencia del demonio travieso de Aristófanes o de un sainetista cualquiera. Hay en realidad en el ensayo mucho de la burla risueña, a veces también sangrienta, de la comedia o del sainete.

Suele advertirse, además, falta de ahonde psicológico. Ha dicho el señor Shepherd que los latino-americanos se retraen de jugar con los niños porque son muy ceremoniosos y temen menoscabar su gravedad, si así lo hicieren. Me parece que la causa de ese hecho es más profunda, y por desgracia, más lamentable. La gente adulta que no juega con los niños, procede así, no por respeto a un ridículo decoro externo, sino porque ha perdido cierta sana y pura ingenuidad que le permitiría ponerse en armonía con los pequeños, porque sus espíritus estragados sufren el hábito de los placeres mundanos demasiado salpimentados y no saben encontrar goce en los movimientos sencillos de los niños.

Habiendo ido a ver al señor Shepherd, me pidió mi opinión sobre su estudio.

--Es una caricatura, no un retrato, le dije. Es como si nosotros pretendiéramos hacer una silueta de la mujer norte-americana diciendo, porque hemos visto algunas en esta facha, que es una mujer pintada y mal vestida, que goza de la compañía de un perrito que lleva de una cadena, pudiendo agregar todavía que hay veces en que suele llevar de a dos.

--La culpa la tienen ustedes mismos, amigo mío, me contestó. Todas mis informaciones las he tomado de autores sud-americanos como Bunge, Colmo, Arguedas, F. García Calderón y otros.

No puede caber duda sobre que esto sea verdad; pero también es cierto que el historiador debe hacer la crítica de las fuentes que utiliza, valorizarlas y rectificarlas con investigaciones más completas.

* * * * *

¿Qué ocurriría con el pan-americanismo si el folleto del señor Shepherd fuera leído por todos los habitantes de ambas Américas y sus proposiciones aceptadas como verdades inconcusas?

No en un caso de difusión tan vasta, pero sí en algún efecto sobre el particular debe de haber pensado el señor Shepherd, porque termina con las siguientes palabras:

«Si tanto los latino-americanos como nosotros manifestamos un espíritu tolerante y amistoso hacia los aspectos de nuestra mutua divergencia, y si ambos nos abstenemos de herir los lados sensibles que dicha divergencia engendra, cuidando más bien de respetarlos, tanto más clara se presentará la perspectiva de esa cordial, completa y genuina inteligencia y cooperación entre las naciones del Nuevo Mundo que hará del pan-americanismo una realidad».

Muy bien dicho; pero, de acuerdo con este párrafo, lo mejor habría sido--para abstenernos de herir los lados sensibles que la divergencia engendra--que el señor Shepherd hubiera resistido a la tentación de escribir su ensayo psicológico.

Este párrafo final se halla colocado a continuación de aquella frase que hemos examinado hace poco en que el señor Shepherd dice que las diversas cualidades de los norte y sud-americanos no entrañan razones de superioridad o inferioridad para unos o para otros, sino simplemente motivos de diferencia. Como estas palabras, se encuentran las anteriores despegadas del contenido sustancial del artículo y casi en contradicción con él: son margaritas puestas sobre un sarmiento.

De todas maneras, debemos agradecer cordialmente al señor Shepherd lo que él desea que ocurra entre los pueblos del Nuevo Mundo; pero la verdad es--contestando la pregunta que formulábamos antes--que si el ensayo de nuestro autor fuera leído y aceptado como cierto por los americanos del norte y del sur, el pan-americanismo sería poco menos que imposible.

Para que subsista una institución como el pan-americanismo, que ha de ser lazo de unión, solidaridad y cooperación entre las naciones de este continente, es menester que haya estimación entre ellas. Y me parece que si los norte-americanos nos creyeran poseedores de los caracteres con que nos pinta el señor Shepherd, no podrían estimarnos.

Por otra parte, una unión fundada tan sólo en la conveniencia de los norte-americanos y en la superioridad de ellos, no sería pan-americanismo, ni cabría que fuera aceptada por nosotros.

Pero me imagino que afortunadamente los más de los norte-americanos que se preocupan de estas cosas, no piensan como el señor Shepherd y nos ven con mejores ojos, sobre todo a las naciones meridionales de nuestro continente. De esta suerte trabajan en los Estados Unidos en pro del pan-americanismo un núcleo apreciable de estadistas, de escritores y de profesores. Debo decir que en casi todos los profesores que conocí encontré los mejores sentimientos hacia los hispano-americanos. Como el pan-americanismo presenta igualmente un aspecto industrial y comercial, que no es de los de menos monta, figuran también entre sus propulsores caracterizados financieros y hombres de negocios[13].

Perturba el franco desarrollo de un verdadero pan-americanismo la propia debilidad de los pueblos hispano-americanos que engendra suspicacias respecto de la política de los Estados Unidos. Esta suspicacia, no se puede negar, ha sido a veces muy justificada de parte de las naciones del mar antillano y de algunas de los trópicos en lo que se refiere sobre todo a la actitud del partido republicano que ha manifestado por lo común tendencias imperialistas.

Para que termine la situación de inferioridad de los pueblos hispano-americanos, no bastarán el crecimiento y los progresos aislados que ellos pueden alcanzar. Es menester que se unan y den lugar a la formación del latino-americanismo, que entraría a ser un miembro poderoso del pan-americanismo, capaz de presentarse dentro de él como una entidad más o menos equivalente a la fuerza enorme que significa la gran República del Norte. Y no se diga que se oponen a la consecución de tan elevado ideal rivalidades y enconos incurables que obran entre los pueblos de este continente, porque semejante aserto puede ser verdadero sólo en lo que se refiere al momento actual o a una perspectiva de corto tiempo; pero las naciones son organismos seculares y se debe pensar en orientar las almas de estos pueblos hacia fines que las edades por venir han de llevar a cabo. Entre Francia e Inglaterra y entre Francia y España, ha habido muchísimas más odiosidades y guerras en el curso de la historia que entre Chile y el Perú, lo cual no ha obstado a que lleguen a convivir en nuestros días en una situación de sincera amistad. ¿Por qué desconfiar de que el tiempo y la sabiduría de los hombres lleguen a producir una armonía análoga o superior entre nuestras colectividades separadas hasta ahora por agrios pleitos?

La política de los demócratas de los Estados Unidos ha sido favorable al pan-americanismo, por cuanto no se ha dejado llevar por fantasías imperialistas. En dos discursos pronunciados en ocasiones solemnes, uno en Mobile en octubre de 1913, y el otro en Washington en enero de 1916, con motivo del Segundo Congreso Científico Pan-americano, el Presidente Wilson ha hecho declaraciones importantes y tranquilizadoras sobre las pretensiones de los Estados Unidos, que no significarían ninguna amenaza para la integridad territorial e independencia de las naciones latinas del Nuevo Mundo.

Pero de todas maneras, si éstas no se unen y no elevan de este modo su poder e importancia, sería de temer que el pan-americanismo no fuera nada más que una asociación formada por una gran nación rodeada de una clientela de pequeños estados.

No vendría sino a confirmar este temor la actitud de rechazo del tratado de paz asumida por la mayoría del Senado norte-americano, entre otras razones, por una celosa defensa de la doctrina Monroe.

Es sabido que en el tiempo en que fué formulada por el Presidente que le dió su nombre, vino esta doctrina a satisfacer una necesidad vital de los nacientes estados del Nuevo Mundo. Significó el «América para los americanos» un grito de política genial, un arma defensiva alzada para resguardar de las ambiciones europeas la autonomía y los territorios de las repúblicas de este lado del Atlántico que entonces se debatían en medio de las dificultades y debilidades de sus primeros ensayos de vida libre; fué un «vade retro» lanzado por las nuevas democracias en contra de las viejas monarquías absolutas de derecho divino agrupadas en la Santa Alianza.

Tuvo en aquellos momentos la doctrina exclusivamente el carácter político que le correspondía, y en nuestros días, a falta de otra aplicación mejor, ha tomado también caracteres económicos. Con el trascurso de los años y el afianzamiento de los estados hispano-americanos, desapareció la posibilidad de que los europeos pudieran establecer colonias propias en el Nuevo Mundo; pero no por esto ha dejado de ser el monroísmo una preocupación constante de los políticos norte-americanos. Mas la doctrina ha perdido por completo en su concepción la claridad que la distinguía en un principio, cuando tenía un fin también claro que llenar y ha sido objeto de las más variadas lucubraciones respecto de su significado. Dicen ahora los monroístas que la inversión de capitales extranjeros en un país atrasado puede conducir fácilmente a la absorción económica y que ésta se convierte pronto de una manera abierta o disimulada en tutelaje político. Agregan que en la América Latina abundan las oportunidades para tales manipulaciones y que los Estados Unidos deben estar, en consecuencia, muy listos para intervenir a tiempo.

De aquí seguramente la nerviosidad con que la mayoría del Senado ha defendido el mantenimiento de la doctrina de Monroe dentro de la interpretación exclusiva del gobierno norte-americano; pero creemos que los pueblos latino-americanos que tienen que considerar esa doctrina como un principio que ya cumplió con su misión, no pueden dejar de estimar tal exclusivismo como contrario a la igualdad y confraternidad pan-americana e inaceptable para su independencia y soberanía.

NOTAS:

[7] Acertada expresión propuesta por la señora Amanda Labarca en su bien informado e interesante libro sobre «La Escuela Secundaria en los Estados Unidos».

[8] Más detalles sobre la enseñanza secundaria en los Estados Unidos pueden verse en la citada obra de la señora Amanda Labarca Hubertson. Volveré también sobre este asunto en la introducción del ensayo sobre las universidades norte-americanas.

[9] El problema racial en los Estados Unidos es serio. Hay diez millones de negros, y, éstos son fuertes, altivos y díscolos. El odio y desprecio de raza entre blancos y negros está palpitante y ha dado lugar en los últimos tiempos a choques sangrientos.

[10] South of Panamá. En el librito intitulado «Las Democracias Americanas y sus deberes», me he ocupado del sociólogo Ross y de su obra.

[11] E. L. Bogart. Profesor de economía de la Universidad de Illinois. The Economic History of the United States. P. I.

[12] The Journal of Race Development, enero 1919.

[13] Entre los intelectuales se destaca en esta labor el señor Pedro H. Goldsmith, alto funcionario de la Institución Carnegie. Por su sincero entusiasmo, su amor a las literaturas hispano-americanas y por su deferencia afectuosa hacia los latino-americanos, es una verdadera encarnación del pan-americanismo.

Deseo no dejar de declarar aquí también que lo dicho respecto del señor Shepherd se refiere sólo al ensayo que hemos analizado. Su labor ha sido y es mucho más vasta, y lo considero animado de las mejores intenciones en pro del pan-americanismo.

[Ilustración]