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Part 1



LAS MEJORES TRADICIONES PERUANAS

[Illustration: Signature _Ricardo Palma_]

COLECCIÓN DE ESCRITORES AMERICANOS DIRIGIDA POR VENTURA GARCIA CALDERON

LAS MEJORES TRADICIONES PERUANAS

POR

RICARDO PALMA

CASA EDITORIAL MAUCCI

Gran medalla de oro en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest 1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910

Calle de Mallorca, núm. 166

BARCELONA

Es propiedad de la Casa Editorial Maucci

RICARDO PALMA

Inauguramos esta Colección con el nombre universalmente admirado de Ricardo Palma. Es el más ilustre literato vivo del Continente, el «decano» como él dice sonriendo.

A los ochenta años mantiene intacta esa juventud espiritual que recuerda por su vivacidad, por su _gentilézza_, la gloriosa y florida ancianidad de Voltaire. «Las goteras de esta casa vieja--nos escribía últimamente--continúan amagando el derrumbe final». Pero la casa es fuerte como las mansiones hidalgas; y en su eminente balconaje, sobre el terroso blasón, hay rosas nuevas.

La misma juventud inmarcesible tienen las páginas que siguen. Fueron escritas en muy diversas épocas, algunas son de años maduros, pero parecen todas obra de una mocedad sonriente y colmada, una mocedad que recibiera, de alguna hada limeña y libertina, el milagroso don de la simpatía. Por que no es solo un burlón, un exquisito incrédulo, el que divaga por el antaño quimérico y probable. Se ríe y se conmueve. La Ironía y la Piedad, las dos musas favoritas de Anatole France, inspiran también la fantasía del historiador sentimental.

Las «tradiciones» de Palma son historia y lirismo indisolublemente amalgamados. ¿Hasta dónde son verídicos los cuentos? ¿Cuándo suplió la fantasía las lagunas del añoso cronicón? Muy poco poeta sería quien quisiera exactamente averiguarlo. Ni nos dá tiempo de saberlo el narrador: la verdad histórica le sirve solo de trampolín. En el becerro de convento, en las cuatro líneas de una crónica apolillada, halla pretexto esa imaginación que crea y adivina. Resurge, avanza, danza como en los viejos relojes de montante, un cortejo de señores, de damiselas y de bigardos que se anima con el compás de la hora grácil... Desaparecen las figuras en el paisaje de reloj, la música se extingue y el tradicionista se ha callado. Las tradiciones son brevísimas, sin duda por malicia del relojero espiritual. Estas «novelas homeopáticas», según las llama el mismo Don Ricardo, dejan siempre, con la resonancia evocadora, el prurito de algo más. Como los niños, estamos siempre pidiéndole una conseja nueva.

Y el abuelo es infatigable. Ha escuchado a todas las «tías Catitas», y todos los ilustres centenarios. Sabe dramas pavorosos y cuentos verdes, amores tétricos y devaneos majos, historias de almas en pena y regodeos de frailes, todo el auténtico Decamerón de su alegre Lima, pero también el Año Cristiano de su ayer devoto, crédulo y ensalmado.

¿Era posible resumir en trescientas páginas tan diferentes aspectos de esta vena magistral? Lo hemos ensayado, por lo menos. Los seis tomos compactos de las Tradiciones completas no llegaron siempre, a causa de su misma amplitud, al más vasto público. Se imponía ya la selección manuable que intentamos.

Así, mondada y como realzada la obra antigua en un estuche nuevo, se verá quizás mejor cuanto debemos a este iniciador, a quien le cabe la legítima gloria de haber creado el cuento americano. Hoy que volvemos los ojos a nuestra realidad local, después de tantas excursiones, no siempre felices ni oportunas, sabremos rendir pleito homenaje a Ricardo Palma. Porque rompió con los románticos, se fatigó de traducir a Hugo; y en su ciudad natal, urgentemente, cuando los vestigios coloniales peligraban, empezó a fabricar estos retablos, estas gavetas frágiles, estos zahumados y sobrios relicarios, antes de que un pasado encantador se desmenuzara en la historia sin poetas y se extinguiera para siempre su lejana gracia adorable.

AUTOBIOGRAFÍA

Don Ricardo Palma (nacido en 1833) nos envía a pedido nuestro, al final de una carta, esta simpática y sencilla autobiografía:

«Amorcillos de estudiante me obligaron a dejar la Universidad y aprovechando mi nombramiento de oficial del cuerpo político, me embarqué como contador de nuestra armada. En una larga estación en las islas de Chincha, me leí la Biblioteca de clásicos españoles de Rivadeneyra; de ahí mi devoción por los grandes prosistas castellanos. Naufragué en el Rimac, el 55. Gran partidario de Don José Galvez, tomé parte en el asalto a la casa de Castilla. Salí desterrado a Chile. San Román me nombró Cónsul en el Pará y viajé por Europa y Estados Unidos. A mi regreso entré en la revolución contra Pezet. Trabajaba en el Ministerio de Guerra con Don José Galvez y no volé en el torreón de la Merced porque Galvez me envió en comisión al telégrafo. Entré en la revolución a favor de Balta y fuí su secretario privado y senador por Loreto hasta la administración Pardo. En 1876 me casé y me retiré de la política activa. Cuando la guerra, vivía en Miraflores, me batí en los reductos y los chilenos me quemaron, sin abrirla, la casa y mi biblioteca personal bastante valiosa. Durante la ocupación, viví de mis correspondencias a periódicos extranjeros, especialmente a _La Prensa_ de Buenos Aires. Paz me hizo proposiciones muy ventajosas para que me trasladara a Buenos Aires como redactor de su periódico; acepté; Iglesias y Lavalle me hicieron caer en la tentación de reconstruir la Biblioteca; si los hubiera desairado, no sería hoy pobre de solemnidad. En 1892 fuí a España como representante del Perú para el cuarto centenario del descubrimiento de América; los literatos españoles me colmaron de halagos. En 1912 renuncié la dirección de la Biblioteca por no transigir con imposiciones desdorosas del presidente Leguía. Merecí grandes manifestaciones de desagravio. Dejé la casa donde habité veintiocho años, donde nacieron varios de mis hijos y donde murió mi mujer; y me vine a este pueblo de donde no saldré ya. Distraen mi soledad algunos amigos y las visitas de los extranjeros que, al pasar por Lima, tienen curiosidad de conocerme. Lo último que he escrito, por compromiso ineludible con _La Prensa_ de Buenos Aires, se titula _Una visita al Mariscal Santa Cruz_. Se publicó en el número de 1.º de Enero de 1915.»

LAS MEJORES TRADICIONES PERUANAS

Un predicador de lujo

El padre Samamé, de la orden dominica, en treinta años que tuvo de conventual no predicó más que una vez; pero esa bastó para su fama. De lo bendito poquito.

Lo que voy a contar pasó en la tierra donde el diablo se hizo cigarrero, y no le fué del todo mal en el oficio.

Huacho era, en el siglo anterior, un villorrio de pescadores y labriegos, gente de letras gordas o de poca sindéresis, pero vivísima para vender gato por liebre. Ellos, por arte de birlibirloque o con ayuda de los polvos de pirlipimpim, que no sabemos se vendan en la botica, transformaban un róbalo en corvina y aprovechaban la cáscara de la naranja para hacer naranjas hechizas.

Los huachanos de ahora no sirven, en punto a habilidad e industria, ni para descalzar a sus abuelos. Decididamente las razas degeneran.

A los huachanos de hoy no les atañe ni les llega a la pestaña mi cuento. Hablo de gente del otro siglo y que ya está criando malvas con el cogote. Y hago esta salvedad para que no brinque alguno y me arme proceso, que de esas cosas se han visto, y ya estoy escamado de humanas susceptibilidades y tonterías.

Aconteció por entonces que aproximándose la semana santa, el cura del lugar hallábase imposibilitado para predicar el sermón de tres horas por causa de un pícaro reumatismo. En tal conflicto, escribió a un amigo de Lima, encargándole que le buscase para el Viernes Santo un predicador que tuviese siquiera dos _bes_, es decir, bueno y barato.

El amigo anduvo hecho un trotaconventos sin encontrar fraile que se decidiera a hacer por poca plata viaje de cincuenta leguas entre ida y regreso.

Perdida ya toda esperanza, dirigióse el comisionado al padre Samamé, cuya vida era tan licenciosa, que casi siempre estaba preso en la cárcel del convento y suspenso en el ejercicio de sus funciones sacerdotales. El padre Samamé tenía fama de molondro y, no embargante ser de la orden de predicadores, jamás había subido al púlpito. Pero si no entendía jota de lugares teológicos ni de oratoria sagrada, era en cambio eximio catador de licores, y váyase lo uno por lo otro.

Abocóse con él el comisionado, lo contrató entre copa y copa, y sin darle tiempo para retractarse lo hizo cabalgar, y sirviéndole él mismo de guía y acompañante salieron ambos caminito de Chancay.

Llegados a Huacho, alborotóse el vecindario con la noticia de que iba a haber sermón de tres horas y predicado por un fraile de muchas campanillas y traído al propósito de Lima. Así es que el Viernes Santo no quedó en Laurima, Huara y demás pueblos de cinco leguas a la redonda, bicho viviente que no se trasladara a Huacho para oir a aquel pico de oro de la comunidad dominica.

El padre Samamé subió al sagrado púlpito; invocó como pudo al Espíritu Santo, y se despachó como a Dios plugo ayudarle.

Al ocuparse de aquellas palabras de Cristo, _hoy serás conmigo en el paraíso_, dijo su reverencia, sobre poco más o menos: «A Dimas, el buen ladrón, lo salvó su fe; pero a Gestas, el mal ladrón, lo perdió su falta de fe. Mucho me temo, queridos huachanos y oyentes míos, que os condenéis por malos ladrones.»

Un sordo rumor de protestas levantóse en el católico auditorio. Los huachanos se ofendieron, y con justicia, de oirse llamar malos ladrones. Lo de ladrones, por sí solo, era una injuria, aunque podía pasar como floreo de retórica; pero aquel apéndice, aquel calificativo de _malos_, era para sublevar el amor propio de cualquiera.

El reverendo, que notó la fatal impresión que sus palabras habían producido, se apresuró a rectificar: «Pero Dios es grande, omnipotente y misericordioso, hijos míos, y en él espero que con su ayuda soberana y vuestras felices disposiciones, llegaréis a tener fe y a ser todos sin excepción buenos, muy buenos ladrones.»

A no estar en el templo el auditorio habría palmoteado; pero tuvo que limitarse a manifestar su contento con una oleada que parecía un aplauso. Aquella dedada de miel fué muy al gusto de todos los paladares.

Entretanto, el cura estaba en la sacristía echando chispas, y esperando que descendiese el predicador para reconvenirlo por la insolencia con que había tratado a sus feligreses.

--Es mucha desvergüenza, reverendo padre, decirles en su cara lo que les ha dicho.

--¿Y qué les dije?--preguntó el fraile sin inmutarse.

--Que eran malos ladrones...

--¿Eso les dije? Pues, señor cura, ¡me los _mamé_!

--Gracias a que después tuvo su paternidad el tino suficiente para dorarles la píldora.

--¿Y qué les dije?

--Que andando los tiempos, y Dios mediante, serían buenos ladrones...

--¿Eso les dije? Pues, señor cura, ¡me los volví a _mamar_!

Y colorín, colorado, aquí el cuento ha terminado.

Las orejas del alcalde

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL SEGUNDO VIRREY DEL PERÚ

I

La villa imperial de Potosí era, a mediados del siglo XVI, el punto adonde de preferencia afluían los aventureros. Así se explica que cinco años después del descubierto el rico mineral, excediese su población de veinte mil almas.

«Pueblo minero--dice el refrán,--pueblo vicioso y pendenciero.» Y nunca tuvo refrán más exacta verdad, que tratándose de Potosí el los dos primeros siglos de la conquista.

Concluía el año de gracia 1550, y era alcalde mayor de la villa el licenciado D. Diego, de Esquivel, hombre atrabiliario y codicioso, de quien cuenta la fama que era capaz de poner en subasta la justicia, a trueque de barras de plata.

Su señoría era también goloso de la fruta del paraíso, y en la imperial villa se murmuraba mucho acerca de sus trapisondas mujeriegas. Como no se había puesto nunca en el trance de que el cura de la parroquia le leyese la famosa epístola de San Pablo, D. Diego de Esquivel hacía gala de pertenecer al gremio de los solterones, que tengo para mí constituyen, si no una plaga social, una amenaza contra la propiedad del prójimo. Hay quien afirma que los comunistas y los solterones son bípedos que se asimilan.

Por entonces hallábase su señoría encalabrinado con una muchacha potosina; pero ella, que no quería dares ni tomares con el hombre de la ley, lo había muy cortésmente despedido, poniéndose bajo la salvaguardia de un soldado de los tercios de Tucumán, guapo mozo que se derretía de amor por los hechizos de la damisela. El golilla ansiaba, pues, la ocasión de vengarse de los desdenes de la ingrata, a la par que del favorecido mancebo.

Como el diablo nunca duerme, sucedió que una noche se armó gran pendencia en una de las muchas casas de juego, que en contravención a las ordenanzas y bandos de la autoridad pululaban en la calle de _Quintu Mayu_. Un jugador novicio en prestidigitación y que carecía de limpieza para levantar la _moscada_, había dejado escapar tres dados en una puesta de interés; y otro cascarrabias, desnudando el puñal, le clavó la mano en el tapete. A los gritos y a la sanfrancia correspondiente, hubo de acudir la ronda y con ella el alcalde mayor, armado de vara y espadín.

--¡Cepos quedos y a la cárcel!--dijo.

Y los alguaciles, haciéndose compadres de los jugadores, como es de estilo en percances tales, los dejaron escapar por los desvanes, limitándose, para llenar el expediente, a echar la zarpa a dos de los menos listos.

No fué bobo el alegrón de D. Diego, cuando constituyéndose al otro día en la cárcel, descubrió que uno de los presos era su rival, soldado de los tercios de Tucumán.

--¡Hola, hola, buena pieza! ¿Conque también jugadorcito?

--¡Qué quiere vueseñoría! Un pícaro dolor de dientes me traía anoche como un zarandillo, y por ver de aliviarlo, fuí a esa casa en requerimiento de un mi paisano que lleva siempre en la escarcela un par de muelas de Santa Apolonia, que diz que curan esa dolencia como por ensalmo.

--¡Ya te daré yo ensalmo, truhán!--murmuró el juez, y volviéndose al otro preso, añadió:--Ya saben usarcedes lo que reza el bando; cien duros o cincuenta azotes. A las doce daré una vuelta y... ¡cuidadito!

El compañero de nuestro soldado envió recado a su casa y se agenció las monedas de la multa, y cuando regresó el alcalde halló redonda la suma.

--Y tú, malandrín, ¿pagas o no pagas?

--Yo, señor alcalde, soy pobre de solemnidad; y vea vueseñoría lo que provee, porque, aunque me hagan cuartos, no han de sacarme un cuarto. Perdone, hermano, no hay que dar.

--Pues la carrera de vaqueta lo hará bueno.

--Tampoco puede ser, señor alcalde; que aunque soldado, soy hidalgo y de solar conocido, y mi padre es todo un veinticuatro de Sevilla. Infórmese de mi capitán D. Alvaro Castrillón, y sabrá vueseñoría que gasto un Don como el mismo rey que Dios guarde.

--¿Tú, hidalgo, don bellaco? Maese Antúnez, ahora mismo que le apliquen cincuenta azotes a este príncipe.

--Mire el señor licenciado lo que manda, que ¡por Cristo! no se trata tan ruinmente un hidalgo español.

--¡Hidalgo! ¡Hidalgo! Cuéntamelo por la otra oreja.

--Pues, Sr. D. Diego--repuso furioso el soldado,--si se lleva adelante esa cobarde infamia, juro a Dios y a Santa María que he de cobrar venganza en sus orejas de alcalde.

El licenciado le lanzó una mirada desdeñosa y salió a pasearse en el patio de la cárcel.

Poco después el carcelero Antúnez con cuatro de sus pinches o satélites sacaron al hidalgo aherrojado, y a presencia del alcalde le administraron cincuenta bien sonados zurriagazos. La víctima soportó el dolor sin exhalar la más mínima queja, y terminado el vapuleo, Antúnez lo puso en libertad.

--Contigo, Antúnez, no va nada--le dijo el azotado;--pero anuncia al alcalde que desde hoy las orejas que lleva me pertenecen, que se las presto por un año y que me las cuide como a mi mejor prenda.

El carcelero soltó una risotada estúpida y murmuró:

--A este prójimo se le ha barajado el seso. Si es loco furioso no tiene el licenciado más que encomendármelo, y veremos si sale cierto aquello de que el loco por la pena es cuerdo.

II

Hagamos una pausa, lector amigo, y entremos en el laberinto de la historia, ya que en esta serie de TRADICIONES nos hemos impuesto la obligación de consagrar líneas al virrey con cuyo gobierno se relaciona nuestro relato.

Después de la trágica suerte que cupo al primer virrey D. Blasco Núñez de Vela, pensó la corte de España que no convenía enviar inmediatamente al Perú otro funcionario de tan elevado carácter. Por el momento e investido con amplísimas facultades y firmas en blanco de Carlos V, llegó a estos reinos el licenciado La Gasca con el título de gobernador; y la historia nos refiere que más que a las armas, debió a su sagacidad y talento la victoria contra Gonzalo Pizarro.

Pacificado el país, el mismo La Gasca manifestó al emperador la necesidad de nombrar un virrey en el Perú, y propuso para este cargo a D. Antonio de Mendoza, marqués de Mondéjar, conde de Tendilla, como hombre amaestrado ya en cosas de gobierno por haber desempeñado el virreinato de Méjico.

Hizo su entrada en Lima con modesta pompa el marqués de Mondéjar, segundo virrey del Perú, el 23 de septiembre de 1551. El reino acababa de pasar por los horrores de una larga y desastrosa guerra, las pasiones de partido estaban en pie, la inmoralidad cundía y Francisco Girón se aprestaba ya para acaudillar la sangrienta revolución de 1553.

No eran ciertamente halagüeños los auspicios bajo los que se encargó del mando el marqués de Mondéjar. Principió por adoptar una política conciliadora, rechazando--dice un historiador--las denuncias de que se alimenta la persecución. «Cuéntase de él--agrega Lorente--que habiendo un capitán acusado a dos soldados de andar entre indios, sosteniéndose con la caza y haciendo pólvora para su uso exclusivo, le dijo con rostro severo: «Esos delitos merecen más bien gratificación que castigo; porque vivir dos españoles entre indios y comer de lo que con sus arcabuces matan y hacer pólvora para sí y no para vender, no sé qué delito sea, sino mucha virtud y ejemplo digno de imitarse. Id con Dios, y que nadie me venga otro día con semejantes chismes, que no gusto de oirlos.»

¡Ojalá siempre los gobernantes diesen tan bella respuesta a los palaciegos enredadores, denunciantes de oficio y forjadores de revueltas y máquinas infernales! Mejor andaría el mundo.

Abundando en buenos propósitos, muy poco alcanzó a ejecutar el marqués de Mondéjar. Comisionó a su hijo D. Francisco para que recorriendo el Cuzco, Chucuito, Potosí y Arequipa, formulasen un informe sobre las necesidades de la raza indígena; nombró a Juan Betanzos para que escribiera una historia de los incas; creó la guardia de alabarderos; dictó algunas juiciosas ordenanzas sobre policía municipal de Lima, y castigó con rigor a los duelistas y sus padrinos. Los desafíos, aun por causas ridículas, eran la moda de la época y muchos se realizaban vistiendo los combatientes túnicas color de sangre.

Provechosas reformas se proponía implantar el buen D. Antonio de Mendoza. Desgraciadamente, sus dolencias embotaban la energía de su espíritu, y la muerte lo arrebató en julio de 1552, sin haber completado diez meses de gobierno. Ocho días antes de su muerte, el 21 de julio, se oyó en Lima un espantoso trueno, acompañado de relámpagos, fenómeno que desde la fundación de la ciudad se presentaba por primera vez.

III

Al siguiente día D. Cristóbal de Agüero, que tal era el nombre del soldado, se presiento ante el capitán de los tercios tucumanos, D. Alvaro Castrillón, diciéndole:

--¡Mi capitán, ruego a usía me conceda licencia para dejar el servicio. Su majestad quiere soldados con honra, y yo la he perdido.

D. Alvaro, que distinguía mucho al de Agüero, le hizo algunas observaciones que se estrellaron en la inflexible resolución del soldado. El capitán accedió al fin a su demanda.

El ultraje inferido a D. Cristóbal había quedado en el secreto; pues el alcalde prohibió a los carceleros que hablasen de la azotaina. Acaso la conciencia le gritaba a D. Diego que la vara del juez le había servido para vengar en el jugador los agravios del galán.

Y así corrieron tres meses, cuando recibió Don Diego pliegos que lo llamaban a Lima para tomar posesión de una herencia; y obtenido permiso del corregimiento, principió a hacer sus aprestos de viaje.

Paseábase por _Cantumarca_ en la víspera de su salida, cuando se le acercó un embozado, preguntándole:

--¿Mañana es el viaje, señor licenciado?

--¿Le importa algo al muy impertinente?

--¿Que si me importa? ¡Y mucho! Como que tengo que cuidar esas orejas.

Y el embozado se perdió en una callejuela, dejando a Esquivel en un mar de cavilaciones.

En la madrugada emprendió su viaje al Cuzco. Llegado a la ciudad de los incas, salió el mismo día a visitar a un amigo, y al doblar una esquina sintió una mano que se posaba sobre su hombro. Volvióse sorprendido D. Diego, y se encontró con su víctima de Potosí.

--No se asuste, señor licenciado. Veo que esas orejas se conservan en su sitio y huélgome de ello.

D. Diego se quedó petrificado.

Tres semanas después llegaba nuestro viajero a Guamanga, y acababa de tomar posesión en la posada, cuando al anochecer llamaron a su puerta.

--¿Quién?--preguntó el golilla.

--¡Alabado sea el Santísimo!--contestó el de fuera.

--Por siempre alabado amén--y se dirigió Don Diego a abrir la puerta.

Ni el espectro de Banquo en los festines de Macbeth, ni la estatua del Comendador en la estancia del libertino D. Juan, produjeron más asombro que el que experimentó el alcalde hallándose de improviso con el flagelado de Potosí.

--Calma, señor licenciado. ¿Esas orejas no sufren deterioro? Pues entonces hasta más ver.

El terror y el remordimiento hicieron enmudecer a D. Diego.

Por fin, llegó a Lima, y en su primera salida encontró a nuestro hombre fantasma, que ya no le dirigía la palabra, pero que le lanzaba a las orejas una mirada elocuente. No había medio de esquivarlo. En el templo y en el paseo era el pegote de su sombra, su pesadilla eterna.

La zozobra de Esquivel era constante y el más leve ruido le hacía estremecer. Ni la riqueza, ni las consideraciones que, empezando por el virrey, le dispensaba la sociedad de Lima, ni los festines, nada, en fin, era bastante para calmar sus recelos. En su pupila se dibujaba siempre la imagen del tenaz perseguidor.

Y así llegó el aniversario de la escena de la cárcel. Eran las diez de la noche, y D. Diego, seguro de que las puertas de su estancia estaban bien cerradas, arrellanado en un sillón de vaqueta, escribía su correspondencia a la luz de una lámpara mortecina. De repente, un hombre se descolgó cautelosamente por una ventana del cuarto vecino, dos brazos nervudos sujetaron a Esquivel, una mordaza ahogó sus gritos y fuertes cuerdas ligaron su cuerpo al sillón.

El hidalgo de Potosí estaba delante, y un agudo puñal relucía en sus manos.

--Señor alcalde mayor--le dijo,--hoy vence el año y vengo por mi honra.

Y con salvaje serenidad rebanó las orejas del infeliz licenciado.

IV

D. Cristóbal de Agüero logró trasladarse a España, burlando la persecución del virrey marqués de Mondéjar. Solicitó una audiencia de Carlos V, lo hizo juez de su causa, y mereció, no sólo el perdón del soberano, sino el título de capitán en un regimiento que se organizaba para Méjico.

El licenciado murió un mes después, más que por consecuencia de las heridas, de miedo al ridículo de oirse llamar el _Desorejado_.

Una vida por una honra

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL DÉCIMOQUINTO VIRREY DEL PERÚ

I