Part 10
Muy poco más de veinte años contaba Miquita en 1760 cuando pisó por primera vez el proscenio de Lima, siendo desde esa noche el hechizo de nuestro público.
II
¿Fué la _Perricholi_ una belleza? No, si por belleza entendemos la regularidad de las facciones y armonía del conjunto; pero si la gracia es la belleza, indudablemente que Miquita era digna de cautivar a todo hombre de buen gusto.
«De cuerpo pequeño y algo grueso, sus movimientos eran llenos de vivacidad; su rostro oval y de un moreno pálido lucía no pocas _cacarañas_ u hoyitos de viruelas, que ella disimulaba diestramente con los primores del tocador; sus ojos eran pequeños, negros como el _chorolque_ y animadísimos; profusa su cabellera, y sus pies y manos microscópicos; su nariz nada tenía de bien formada, pues era de las que los criollos llamamos ñatas; un lunarcito sobre el labio superior hacía irresistible su boca, que era un poco abultada, en la que ostentaba dientes menudos y con el brillo y limpieza de marfil; cuello bien contorneado, hombros incitantes y seno turgente. Con tal mezcla de perfecciones e incorrecciones podía pasar hoy mismo por bien laminada o buena moza.» Así nos la retrató hace ya fecha un imparcial y prosaico anciano que alcanzó a conocerla en sus tiempos de esplendor, retrato que dista no poco del que con tan espiritual como galana pluma hizo Lavalle.
Añádase a esto que vestía con elegancia extrema y refinado gusto, y que sin ser limeña tenía toda la genial travesura y salpimentado chiste de la limeña.
III
Acababa Amat de encargarse del gobierno del Perú cuando en 1762 conoció en el teatro a la Villegas, que era la actriz mimada y que se hallaba en el apogeo de su juventud y belleza. Era Miquita un fresco pimpollo, y el sexagenario virrey, que por sus canas se creía ya asegurado de incendios amorosos, cayó de hinojos ante las plantas de la huanuqueña, haciendo por ella durante catorce años más calaveradas que un mozalbete, con no poca murmuración de la almidonada aristocracia limeña, que era por entonces un mucho estirada y mojigata.
El enamorado galán no tenía escrúpulo para presentarse en público con su querida, y en una época en que Amat iba a pasar el domingo en Miraflores, en la quinta de su sobrino el coronel D. Antonio Amat y Rocaberti, veíasele en la tarde del sábado salir de palacio en la dorada carroza de los virreyes, llevando a la _Perricholi_ a caballo en la comitiva, vestida a veces de hombre y otras con lujoso faldellín celeste recamado de franjas de oro y sombrerillo de plumas, que era Miquita muy gentil equitadora.
Amat no fué un virrey querido en Lima, y eso que contribuyó bastante al engrandecimiento de la ciudad. Acaso por esa prevención se exageraron sus pecadillos, llegando la maledicencia de sus contemporáneos hasta inventar que si emprendió la fábrica del Paseo de Aguas, fué sólo por halagar a su dama, cuya espléndida casa era la que hoy conocemos vecina a la Alameda de los Descalzos y al pie del muro del río. También proyectó la construcción de un puente en la Barranca, en el sitio que hoy ocupa el puente Balta.
Un librejo de esa época, destrozando a Amat en su vida, ya pública, ya privada, lo pinta como el más insaciable de los codiciosos y el más cínico defraudador del real tesoro.
Dice así: «La renta anual de Amat como virrey era de sesenta mil pesos, y más doce mil por las gratificaciones de los ramos de Cruzada, Estanco y otros, que en catorce años y nueve meses de gobierno hacen un millón ochenta mil pesos. Calculo también en trescientos mil pesos, más bien más que menos, cada año lo que sacaría por venta de los setenta y seis corregimientos, veintiuna oficialías reales y demás innumerables cargos, pues por el más barato recibía un obsequio de tres mil duros, y empleo hubo por el que guardó veinte mil pesos. De estas granjerías y de las _hostias sin consagrar_ no pudo en catorce años sacar menos de cinco millones, amén de las onzas de oro con que por _cuelgas_ lo agasajaba el Cabildo el día de su santo.»
El mismo maldiciente escritor dice que si Amat anduvo tan riguroso y justiciero con los ladrones Ruda y Pulido, fué porque no quería tener competidores en el oficio.
No poca odiosidad concitóse también nuestro virrey por haber intentado reducir el área de los monasterios de las monjas, vender los terrenos sobrantes y aun abrir nuevas calles cortando conventos que ocupan más de una manzana; pero fué tanta la gritería que se armó, que tuvo Amat que desistir del saludable propósito.
Y no se diga que fué hombre poco devoto el que gastó cien mil pesos en reedificar la torre de Santo Domingo, el que delineó el camarín de la Virgen de las Mercedes, costeando la obra de su peculio, y el que hizo el plano de la iglesia de las Nazarenas y personalmente dirigió el trabajo de albañiles y carpinteros.
Como más tarde contra Abascal, cundió contra Amat la calumnia de que, faltando a la lealtad jurada a su rey y señor, abrigó el proyecto de independizar el Perú y coronarse. ¡Calumnia sin fundamento!
Pero observó aquí que por dar alimento a mi manía de las murmuraciones históricas, me voy olvidando que las genialidades de la _Perricholi_ son el tema de esta tradición. «Pecado reparado, está casi perdonado.»
IV
Empresario del teatro de Lima era en 1773 un actor apellidado Maza, quien tenía contratada a Miquita con ciento cincuenta pesos al mes, que en esos tiempos era sueldo más pingüe que el que podríamos ofrecer a la Ristori o a la Patti. Cierto que la Villegas, querida de un hombre opulento y generoso, no necesitaba pisar la escena; pero el teatro era su pasión y su deleite, y antes de renunciar a él habría roto sus relaciones con el virrey.
Parece que el cómico empresario dispensaba en el reparto de papeles ciertas preferencias a una nueva actriz conocida por la _Inesilla_, preferencias que traían a Miquita con la bilis sublevada.
Representábase una noche la comedia de Calderón de la Barca _¡Fuego de Dios en el querer bien!_, y estaban sobre el proscenio Maza, que desempeñaba el papel de galán, y Miquita el de la dama, cuando a mitad de un parlamento o tirada de versos murmuró Maza en voz baja:
--¡Más alma, mujer, más alma! Eso lo declamaría mejor la Inés.
Desencadenó Dios sus iras. La Villegas se olvidó de que estaba delante del público, y alzando un chicotillo que traía en la mano, cruzó con él la cara del impertinente.
Cayó el telón. El respetable público se sulfuró y armó una de gritos: «¡A la cárcel la cómica, a la cárcel!»
El virrey, más colorado que un cangrejo cocido, abandonó su palco; y para decirlo todo de un golpe, la función concluyó a capazos.
Aquella noche, cuando la ciudad estaba ya en profundo reposo, embozóse Amat, se dirigió a casa de su querida, y la dijo:
--Después del escándalo que has dado, todo ha concluído entre nosotros, y debes agradecerme que no te haga mañana salir al tablado a pedir de rodillas perdón al público. ¡Adiós, _Perri-choli_!
Y sin atender a lloriqueo ni a soponcio, Amat volteó la espalda y regresó a palacio, muy resuelto a poner en práctica el consejo de un poeta:
«Si se te apaga el cigarro no lo vuelvas a encender: si riñes con una moza no la vuelvas a querer.»
Como en otra ocasión lo hemos apuntado, Amat hablaba con muy marcado acento de catalán, y en sus querellas de amante lanzaba a su concubina un _¡perra-chola!_, que al pasar por su boca sin dientes se convertía en _perri-choli_. Tal fué el origen del apodo.
Lástima que no hubiéramos tenido en tiempos de Amat periódicos y gacetilla. ¡Y cómo habrían regozado cronistas y graneleros al poner a sus lectores en autos de la rebujina teatral! ¡Paciencia! Yo he tenido que conformarme con lo poco que cuenta el autor anónimo.
Amat pasó muchos meses sin visitar a la iracunda actriz, la que tampoco se atrevía a presentarse en el teatro, recelosa de la venganza del público.
Pero el tiempo, que todo calma; los buenos oficios de un corredor de oreja, llamado Pepe Estacio; las cenizas calientes que quedan donde fuego ha habido, y más que todo el amor de padre...
¡Ah! Olvidaba apuntar que los amores de la _Perricholi_ con el virrey habían dado fruto. En el patio de la casa de la Puente-Amaya se veía a veces un precioso chiquillo vestido con lujo y llevando al pecho una bandita roja, imitando la que usan los caballeros de la real orden de San Jenaro. A ese nene solía gritarle su abuela desde el balcón:
--¡Quítate del sol, niño, que no eres un cualquiera, sino hijo de cabeza grande!
Conque decíamos que al fin se reconciliaron los reñidos amantes, y si no miente el cronista del librejo, que se muestra conocedor de ciertas interioridades, la reconciliación se efectuó el 17 de septiembre de 1775.
«Yo no sé qué demonios los dos tenemos; mientras más regañamos más nos queremos.»
Pero era preciso reconciliar también a la _Perricholi_ con el público, que por su parte había casi olvidado lo sucedido año y medio antes. El pueblo fué siempre desmemoriado, y tanto que hoy recibe con palmas y arcos a quien ayer arrojó del solio entre silbos y poco menos que a mojicones.
Casos y casos de estos he visto yo... y aun espero verlos; que los hombres públicos de mi tierra tienen muchos Domingos de Ramos y muchos Viernes Santos, en lo cual aventajan a Cristo. Y hago punto, que no estoy para belenes de política.
Maza se había curado con algunos obsequios que le hiciera la huanuqueña el berdugón del chicotillazo; y el público, engatusado como siempre por agentes diestros, ardía en impaciencia para volver a aplaudir a su actriz favorita.
En efecto, el 4 de noviembre, es decir, mes y medio después de hechas las paces entre los amantes, se presentó la _Perricholi_ en la escena, cantando antes de la comedia una tonadilla nueva, en la que había una copla de satisfacción para el público.
Aquella noche recibió la _Perricholi_ la ovación más espléndida de que hasta entonces dieran noticia los fastos de nuestro vetusto gallinero o coliseo.
Agrega el pícaro autor del librejo que Miquita apareció en la escena revelando timidez; pero que el virrey la comunicó aliento, diciéndola desde su palco:
--¡Eh! No hay que _acholarse_, valor y cantar bien.
Pero a quien supo todo aquello a chicharrones de sebo fué a la _Inesilla_, que durante el año y medio de eclipse de su rival había estado funcionando de primera dama. No quiso resignarse ya a ser segunda de la _Perricholi_ y se escapó para Lurín, de donde la trajeron presa. Ella, por salir de la cárcel, rompió su contrato y con él... su porvenir.
V
Relevado Amat en 1776 con el virrey Guirior, y mientras arreglaba las maletas para volver a España, circularon en Lima coplas a porrillo, lamentándose en unas y festejándose en otras la separación del mandatario.
Las más graciosas de esas versainas son las tituladas _Testamento de Amat_, _Conversata entre Guarapo y Champa_, _Tristes de doña Estatira_ y _Diálogo entre la culebra y la Ráscate con vidrio_.
Entre los manuscritos de la Biblioteca de Lima se encuentra el siguiente romancillo que copio por referirse a nuestra atriz:
LAMENTOS Y SUSPIROS DE LA «PERRICHOLI» POR LA AUSENCIA DE SU AMANTE EL SR. D. MANUEL DE AMAT A LOS REINOS DE ESPAÑA
Ya murió la esperanza de mis deseos, pues se ausentan las luces del mejor Febo. Ya no logran las tablas cadencia y metro, pues el compás les falta a los conciertos.
Mi voz está perdida y sin aliento; mas ¿qué mucho si el alma le falta al pecho? Estatua seré fría o mármol yerto, sin que Amor en mí labre aras ni templos.
Lloren las ninfas todas del coliseo, que Apolo se retira de los festejos; aquel grande caudillo del galanteo, que al dios de los amores ofrece inciensos. Mirad si con justicia yo me lamento, que tutelar no tienen ya nuestros huertos. No gozarán las flores verdes recreos, por faltar el cultivo del jardinero.
¡Ay! Yo fijé la rueda de sus afectos, y otras fueron pavesas de sus incendios. Ya no habrá Miraflores ni más paseos, en que Júpiter quiso ser mi escudero. Mas ¡ay de mí! infelice que hago recuerdo de glorias que han pasado a ser tormento. Negras sombras rodean mis pensamientos, cual cometa que anuncia tristes sucesos.
¡Oh fortuna inconstante! Ya considero que mi suerte se vuelve al ser primero. Aunque injurias me causen crudos los tiempos, mi fineza y cariño serán eternos. Mi carroza luciente que fué su obsequio, sirva al dolor de tumba, de mausoleo. Pero en tan honda pena, para consuelo me queda un cupidillo, vivo y travieso.
Es su imagen, su imagen, y según veo, original parece, aunque pequeño. Hijo de mis amores, Adonis bello, llora tanta desgracia, llora y lloremos. Si es preciso que sufras golpe tan fiero, mis ojos serán mares, mis quejas remos. Navega, pues, navega, mi dulce dueño, y Tetis te acompañe con mis lamentos.
Bien chabacana, en verdad, es la mitológica musa que dió vida a estos versos; pero gracias a ella, podrá el lector formarse cabal concepto de la época y de los personajes.
VI
Así Lavalle como Radiguet en _L’Amérique Espagnole_, y Merimée en su comedia _La Carrosse du Saint Sacrement_, refieren que cuando el rey de Nápoles que después fué Carlos III de España, concedió a Amat la gran orden de San Jenaro (gracia que fué celebrada en Lima con fiestas regias, pues hasta se lidiaron toros en la plaza Mayor) la _Perricholi_ tuvo la audacia de concurrir a ellas en carroza arrastrada por doble tiro de mulas, privilegio especial de los títulos de Castilla.
«Realizó su intento--dice Lavalle--con grande escándalo de la aristocracia de Lima; recorrió las calles y la Alameda en una soberbia carroza cubierta de dorados y primorosas pinturas, arrastrada por cuatro mulas conducidas por postillones brillantemente vestidos con libreas galoneadas de plata, iguales a las de los lacayos que montaban en la zaga. Mas cuando volvía a su casa, radiante de hermosura y gozando el placer que procura la vanidad satisfecha, se encontró por la calle de San Lázaro con un sacerdote de la parroquia que conducía a pie el sagrado Viático. Su corazón se desgarró al contraste de su esplendor de cortesana con la pobreza del Hombre-Dios, de su orgullo humano con la humildad divina; y descendiendo rápidamente de su carruaje, hizo subir a él al modesto sacerdote que llevaba en sus manos el cuerpo de Cristo.
Anegada en lágrimas de ternura, acompañó al Santo de los Santos, arrastrando por las calles sus encajes y brocados; y no queriendo profanar el carruaje que había sido purificado con la presencia de su Dios, regaló en el acto carruaje y tiros, lacayos y libreas a la parroquia de San Lázaro.»
El hecho es cierto tal como lo relata Lavalle, excepto en un pormenor. No fué en los festejos dados a Amat por haber recibido la banda y cruz de San Jenaro, sino en la fiesta de la Porciúncula (que se celebraba en la iglesia de los padres descalzos, y a cuya Alameda concurría esa tarde, en lujosísimos coches, toda la aristocracia de Lima), cuando la _Perricholi_ hizo a la parroquia tan valioso obsequio.
No hace aún veinte años que en el patio de una casa-huerta, en la Alameda, se enseñaba como curiosidad histórica el carruaje de la _Perricholi_, que era de forma tosca y pesada, y que las inclemencias del tiempo habían convertido en mueble inútil para el servicio de la parroquia. El que esto escribe tuvo entonces ocasión de contemplarlo.
VII
Al retirarse Amat para España, donde a la edad de ochenta años contrajo en Cataluña matrimonio con una de sus sobrinas, la _Perricholi_ se despidió para siempre del teatro, y vistiendo el hábito de las carmelitas hizo olvidar, con la austeridad de su vida y costumbres, los escándalos de su juventud. «Sus tesoros los consagró al socorro de los desventurados, y cuando--dice Radiguet--cubierta de las bendiciones de los pobres, cuya miseria aliviara con generosa mano, murió en 1812 en la casa de la Alameda Vieja, la acompañó el sentimiento unánime y dejó gratos recuerdos al pueblo limeño.»
Mosquita muerta
(_Al poeta español Adolfo Llanos y Alcaraz_)
El virrey marqués de Castelfuerte vino al Perú en 1724, precedido de gran reputación de hombre bragado y de malas pulgas.
Al día siguiente de instalado en Palacio, presentóse el capitán de guardia muy alarmado, y díjole que en la puerta principal había amanecido un cartel con letras gordas, injurioso para su excelencia. Sonrióse el marqués, y queriendo convencerse del agravio, salió seguido del oficial.
Efectivamente, en la puerta que da sobre la Plaza Mayor leíase:
AQUÍ SE AMANSAN LEONES.
El virrey llamó a su plumario, y le dijo: «Ponga usted debajo y con iguales letrones:
»CUANDO SE CAZAN CACHORROS.»
Y ordenó que por tres días permaneciesen los letreros en la puerta.
Y pasaban semanas y meses, y apenas si se hacía sentir la autoridad del marqués. Empleaba sus horas en estudiar las costumbres y necesidades del pueblo y en frecuentar la buena sociedad colonial. No perdía, pues, su tiempo; porque antes de echarla de gobierno, quería conocer a fondo el país cuya administración le estaba encomendada. No le faltaba a su excelencia más que decir:
«Yo no soy de esta parroquia, yo soy de Barquisimeto; nadie se meta conmigo, que yo con nadie me meto.»
La fama que lo había precedido iba quedando por mentirosa, y ya se murmuraba que el virrey no pasaba de ser un memo, del cual se podía sin recelo hacer giras y recortes.
¿La Audiencia acordaba un disparate? Armendáriz decía: «Cúmplase, sin chistar ni mistar.»
¿El Cabildo mortificaba a los vecinos con una injusticia? Su excelencia contestaba: «_Amenemén, amén_.»
¿La gente de cogulla cometía un exceso? «Licencia tendrá de Dios,» murmuraba el marqués.
Aquel gobernante no quería quemarse la sangre por nada ni armar camorra con nadie. Era un _pánfilo_, un bobalicón de tomo y lomo.
Así llegó a creerlo el pueblo, y tan general fué la creencia, que apareció un nuevo pasquín en la puerta de palacio, que decía:
ESTE CARNERO NO TOPA.
El de Castelfuerte volvió a sonreir, y como en la primera vez, hizo poner debajo esta contestación:
A SU TIEMPO TOPARÁ.
Y ¡vaya si topó!... Como que de una plumada mandó ahorcar ochenta bochincheros en Cochabamba; y lanza en mano, se le vió en Lima, a la cabeza de su escolta, matar frailes de San Francisco. Se las tuvo tiesas con clero, audiencia y cabildantes, y es fama que hasta a la misma Inquisición le metió el resuello.
Sin embargo, los rigores del de Castelfuerte tuvieron su época de calma. Descubiertos algunos gatuperios de un empleado de la real hacienda, el virrey anduvo _con paños_ tibios y dejó sin castigo al delincuente. Los pasquinistas le pusieron entonces el cartel que sigue:
ESTE GALLO YA NO CANTA, SE LE SECÓ LA GARGANTA.
Y como de costumbre, su excelencia no quiso dejar sin respuesta el pasquín, y mandó escribir debajo:
PACIENCIA, YA CANTARÁ Y A ALGUNOS LES PESARÁ.
Y se echó a examinar cuentas y a hurgar en la conducta de los que manejaban fondos, metiendo en la cárcel a todos los que resultaron con las manos sucias.
La verdad es que no tuvo el Perú un virrey más justiciero, más honrado, ni más enérgico y temido que el que principió haciéndose la mosquita muerta.
Lo que pinta por completo su prestigio y el miedo que llegó a inspirar es la siguiente décima, muy conocida en Lima, y que se atribuye a un fraile agustino:
«Ni a descomunión mayor, ni a vestir el sambenito, tiene pena ese maldito durecido pecador. Mandinga, que es embaidor, lo sacó de su caldero: vino con piel de cordero teniéndola de león... Mas ¡chitón, chitón, chitón!, la pared tiene agujero.
La misa negra
CUENTO DE LA ABUELITA
(_A mis retoños Clemente y Angélica Palma_)
Vé y cómprame un pañuelo para la baba: en la tienda del frente los hay de a vara. (Popular)
Erase lo que era. El aire para las aves, el agua para los peces, el fuego para los malos, la tierra para los buenos, y la gloria para los mejores; y los mejores son ustedes, angelitos de mi coro, a quienes su Divina Majestad haga santos y sin vigilia.
Pues, hijitos, en 1802 cuando mandaba Avilés, que era un virrey tan bueno como el bizcocho caliente, alcancé a conocer a la madre de San Diego. Muchas veces me encontré con ella en la misa de nueve, en Santo Domingo, y era un encanto verla tan contrita, y cómo se iba _elevada_, que parecía que no pisaba la tierra, hasta el comulgatorio. Por bienaventurada la tuve; pero ahí verán ustedes cómo todo ello no era sino arte, y trapacería y embolismo del demonio. Persígnense, niños, para espantar al Maligno.
_Ña_ San Diego, más que menos, tendría entonces unos cincuenta años e iba de casa en casa curando enfermos y recibiendo por esta caridad sus limosnitas. Ella no usaba remedios de botica, sino reliquias y oraciones, y con poner la correa de su hábito sobre la boca del estómago, quitaba como con la mano el más rebelde cólico _miserere_. A mí me sanó de un dolor de muelas con sólo ponerse una hora en oración mental y aplicarme a la cara un huesecito, no sé si de San Fausto, San Saturnino, San Teófilo, San Julián, San Adriano o San Sebastián, que de los huesos de tales santos envió el Papa un cargamento de regalo a la catedral de Lima. Pregúntenselo ustedes, cuando sean grandes, al señor arzobispo o al canónigo Cucaracha, que no me dejarán por mentirosa. No fué, pues, la beata quien me sanó, sino el demonio, Dios me lo perdone, que si pequé fué por ignorancia. Hagan la cruz bien hecha, sin _apuñuscar_ los dedos, y vuelvan a persignarse, angelitos del Señor.
Ella vivía, me parece que la estuviera viendo, en un cuartito del callejón de la Toma, como quien va para los baños de la Luna, torciendo a mano derecha.
Cuando más embaucada estaba la gente de Lima con la beatitud de _ña_ San Diego, la Inquisición se puso ojo con ella y a seguirla la pista. Un señor inquisidor, que era un santo varón sin más hiel que la paloma y a quien conocí y traté como a mis manos, recibió la comisión de ponerse en _aguaite_ un sábado por la noche, y a eso de las doce, ¿qué dirán ustedes que vió? A la San Diego, hijos, a la San Diego, que convertida en lechuza salió volando por la ventana del cuarto. ¡Ave María Purísima!
Cuando al otro día fué ella, muy oronda y como quien no ha roto un plato, a Santo Domingo, para reconciliarse con el padre Bustamante, que era un pico de oro como predicador, ya la esperaba en la plazuela la calesita verde de la Inquisición. ¡Dios nos libre y nos defienda!