Chapter 3 of 4 · 3992 words · ~20 min read

Part 3

¡Ah, ya lo creo! Pero allá en San Luis hay una viejecita que se aburre de estar sola, y este pensamiento me da valor para marchar... ¡Ah, Virgen santa! Se me olvidaba... ¡Y el fuego que no está dispuesto..., y el desayuno de los hombres..., y precisamente se ha puesto enferma la criada esta mañana...! Pronto, pronto.

MARCOS

¿Quiere usted que la ayude?

VIVETA

Con mucho gusto, capitán. Mire: allá, detrás de la puerta, hay dos o tres haces de sarmientos.

MARCOS, cogiendo los haces.

Ya... ya. (_A la Tripulación:_) ¿Qué haces tú ahí mirándome con esos ojazos?...

VIVETA, cogiendo los sarmientos.

Gracias... Ahora no hay más que soplar...

MARCOS

Yo me encargo de ello.

VIVETA

¡Eso es! Mientras tanto, me acercaré al barco para que me reserven el asiento...

MARCOS, vivamente.

¿Pero, volverá usted?

VIVETA

¡Claro! Debo despedirme de mi madrina... (_Cargando con el paquete._) ¡Aúpa!

MARCOS

Deje, deje. La Tripulación le llevará a usted eso. Pesa demasiado... ¡Eh, marinero!... ¡Vamos!... ¿Qué?... ¿Qué tienes? ¿De qué te asombras? ¿No te digo que cojas esos paquetes?...

VIVETA

Hasta luego, capitán... (_Sale._)

ESCENA III

EL PATRÓN MARCOS, _solo_.

¡Pues estamos bien si esta se marcha! Era lo único alegre y vivo de la casa... Y además tan simpática, tan cortés con todos, tan acertada para darle a uno sus títulos. «Sí, capitán; no, capitán». Ni una sola vez se equivoca... ¡Hola, hola! En medio de todo no sería desagradable ver saltar por el puente de la _Bella Arsenia_ un perdigoncito como ese... ¡Bueno, bueno! ¿Qué me pasa? ¿Es que yo también?... Decididamente: por aquí corren malos vientos. A fe mía que esta arlesiana nos ha vuelto a todos locos. (_Sopla con rabia._)

ESCENA IV

EL PATRÓN MARCOS, BALTASAR.

BALTASAR, apoyado en la mesa, le mira desde hace unos instantes.

Buen tiempo para las gallinetas, marinero...

MARCOS, sorprendido y cortado.

¡Ah! ¿Eres tú? (_Tira el fuelle._)

BALTASAR

El cielo está cubierto de caza, allá hacia la granja de los Girod.

MARCOS, levantándose.

No me hables de eso. Estoy furioso. Me han hecho perder la espera...

BALTASAR

¿Y para calmarte los nervios haces...? (_Imitando el ademán de soplar._) Para eso no hace falta ponerse las botas... (_Se ríe._)

MARCOS

¡Está bien! ¡Está bien, grandísimo bribón! (_Aparte._) ¡Que siempre ha de estar encima de uno ese hombre! (_Viendo que el pastor se instala en la chimenea y enciende su pipa._) ¡Hola! ¿También tú estás citado?...

BALTASAR, sentado junto a la chimenea.

¿Citado?

MARCOS

Sí, hombre... Parece que esta mañana se celebra un gran consejo de familia. No sé que les habrá pasado... Algún otro chisme... ¡Chist! Helos aquí...

ESCENA V

LOS MISMOS, ROSA, FRANCISCO SAMAY.

ROSA

Entre usted, abuelo...

MARCOS

¿Qué ocurre?

ROSA

Cierra la puerta.

MARCOS

¡Oh, oh! Parece que es cosa seria.

ROSA

Muy seria... (_Viendo a Baltasar._) ¿Estás ahí tú?

BALTASAR

¿Estoy de más, ama?...

ROSA

Bien puedes quedarte. Lo que tengo que decirles, lo sabes tan bien como nosotros... Es una cosa terrible, en la cual pensamos todos, y de la que nadie se atreve a hablar. Pero el tiempo urge, y es necesario que hablemos de una vez.

MARCOS

Apostaría que se trata de tu chico.

ROSA

Sí, Marcos, lo has adivinado... Se trata de mi hijo, que se muere. Vale la pena de hablar de ello.

FRANCISCO SAMAY

¿Qué es lo que dices?

ROSA

Digo que nuestro hijo se muere, abuelo, y vengo a preguntaros si vamos a contemplar tranquilamente cómo se va al otro mundo, sin hacer nada.

MARCOS

Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que tiene?

ROSA

Tiene que es algo superior a sus fuerzas renunciar a su arlesiana. Tiene que esta lucha le agota..., que este amor le mata.

MARCOS

Nada de eso nos dice de qué muere. Uno muere de una pleuresía, de un aparejo que le cae encima, o arrastrado por una oleada; pero, ¡qué diablo!... Un muchacho de veinte años, fuertemente amarrado a sus áncoras, no va a dejarse llevar por una contrariedad amorosa...

ROSA

¿Lo crees así, Marcos?

MARCOS, riendo.

¡Ja, ja! Hay que venir a Camarga para encontrarse todavía con esas supersticiones. (_Con frivolidad._) Escuche usted esto, hermanita; es la canción de moda este invierno en el _Kursaal_ de Arlés... (_Con fatuidad._)

Felizmente no hay quien muera de amor, felizmente (_bis_) no hay quien muera de amor.

(_Silencio de muerte._)

BALTASAR, en la chimenea.

¡No cantan mal las cubas vacías!

MARCOS

¿Eh?

ROSA

Miente tu canción, Marcos. Hay juventudes de veinte años que mueren de amor; y aun las más de las veces, como encuentran esta muerte demasiado lenta, los que se hallan atacados de ese extraño mal se liberan de la existencia para acabar antes...

FRANCISCO SAMAY

¿Es posible, Rosa?... ¿Crees tú que el muchacho?...

ROSA

Les digo a ustedes que tiene la muerte en los ojos. Mírenle bien y lo verán. Yo hace ocho días que le vigilo; he puesto mi cama en su habitación, y por las noches me levanto para escuchar... ¿Les parece a ustedes que esto es vivir, para una madre? Constantemente tiemblo, tengo miedo de todo por él. Las escopetas, el pozo, el granero... ¡Ah! Y les advierto a ustedes que voy a hacer tapiar esa ventana del granero... Desde allá arriba se ven las casas de Arlés, y todas las tardes el muchacho sube a mirarlas... Eso me espanta... ¿Y el Ródano?... ¡Oh! ¡Ese Ródano! Sueño con él, y Federico también sueña. (_Bajo._) Ayer permaneció más de una hora delante de la casa del barquero, mirando el agua con ojos de loco... Ya no tiene más que esa idea, estoy segura... Si no lo ha hecho aún, es porque yo estoy allí, siempre allí, detrás de él, guardándole, amparándole; pero ya se me acaban las fuerzas y veo que se me va a escapar.

FRANCISCO SAMAY

¡Rosa! ¡Rosa!...

ROSA

Óigame, Francisco. No haga usted lo que Marcos. No alce usted los hombros a lo que le digo... Le conozco mejor que usted a ese muchacho, y sé de lo que es capaz... Tiene toda la sangre de su madre; y yo..., si no me hubiesen dado al hombre a quien quería, sé muy bien lo que hubiera hecho.

FRANCISCO SAMAY

Pero, vamos a ver... A pesar de todo, no podemos casarle... con esa...

ROSA

¿Por qué no?

FRANCISCO SAMAY

¿Sabe usted lo que se dice, hija mía?...

MARCOS

¡Fuego de Dios!...

FRANCISCO SAMAY

Yo no soy más que un aldeano, Rosa; pero estimo tanto el honor de mi nombre y de mi casa, como si fuese señor de Caderousse y de Barbantana... ¡Esa artesiana en mi casa!... ¡Vamos!...

ROSA

Verdaderamente, les admiro a ustedes dos cuando me hablan de su honor. ¡Bueno! ¿Y yo? ¿Qué tendría que decir entonces? (_Adelantándose hacia Francisco._) Veinte años hace que soy su hija de usted, señor Francisco: ¿ha oído usted nunca una mala palabra sobre mi conducta?... ¿Se encontraría en alguna parte una mujer más honrada, más fiel a su deber?... Es preciso que lo diga yo, puesto que ninguno de ustedes piensa en ello... Mi hombre, al morir, ¿no ha dado fe ante todos de mi discreción y de mi lealtad?... Y si yo, yo, consiento en traer esa pícara a mi casa y en darle mi hijo, ese pedazo de mis entrañas, diciéndole: «Hija mía», ¡ah!, ¿creen ustedes acaso que me será menos violento que a los demás?... Y, sin embargo, estoy dispuesta a hacerlo, ya que no hay otro medio de salvarle...

FRANCISCO SAMAY

Ten piedad de mí, hija mía; me matas...

ROSA

¡Oh, padre mío! Se lo ruego a usted: piense en su Federico... Usted ha perdido ya a su hijo... Este otro es su nieto, es dos veces su hijo; ¿querría usted perderlo también?...

FRANCISCO SAMAY

Esa boda me matará...

ROSA

¡Y qué! Moriremos todos... ¿Qué importa? ¡Con tal de que el hijo viva!

FRANCISCO SAMAY

¿Quién me hubiera dicho, Dios mío, que habría de ver semejante cosa?...

BALTASAR, levantándose de repente.

Yo sé de uno que no la verá... ¡Cómo! ¡Aquí, en Castelet, una perdida que ha rodado con todos los chalanes de la Camarga!... ¡Pues estaría bien!... (_Arrojando al suelo la capa y el cayado._) Ahí están mi capa y mi cayado, señor Francisco. Deme usted la cuenta para que me vaya...

FRANCISCO SAMAY, suplicándole.

Baltasar, es por el muchacho... ¡Piénsalo! No tengo más que ese.

ROSA

¡Vaya! Déjele que se marche... Se le ha dado demasiada importancia a este criado.

BALTASAR

¡Ah! Con cuánta razón se dice que mil ovejas sin pastor no son un buen rebaño. Lo que falta hace mucho tiempo en esta casa es un hombre que la dirija. Hay mujeres, jóvenes, viejos; falta el amo.

ROSA

Contéstame con franqueza, pastor... ¿Crees que el muchacho sería capaz de matarse si no le diéramos esa mujer?

BALTASAR, con gravedad.

Lo creo...

ROSA

¿Y preferirías verle morir?...

BALTASAR

¡Cien veces!...

ROSA

Vete, miserable; vete, maldito brujo... (_Se lanza sobre él._)

FRANCISCO SAMAY, interponiéndose.

Deja, deja, Rosa... Baltasar es de tiempos más severos que los tuyos, en que se ponía el honor por encima de todo. Yo también pertenezco a aquel tiempo, pero ya no soy digno de él. Voy a darte la cuenta; puedes marcharte, pastor...

BALTASAR

¡No!... Todavía no... Ahí baja el muchacho... Quisiera ver cómo se las van ustedes a arreglar para decirle eso... Federico, Federico, tu abuelo quiere hablarte...

ESCENA VI

LOS MISMOS, FEDERICO.

FEDERICO

¡Calla! ¡Todos aquí!... Pero, ¿qué pasa? ¿Qué les ocurre a ustedes?

ROSA

Y a ti, desdichado, ¿qué te ocurre?... ¿Por qué estás tan pálido, tan febril? Mírele usted, abuelo, ya no es más que la sombra de sí mismo...

FRANCISCO SAMAY

La verdad es que ha cambiado mucho...

FEDERICO, con pálida sonrisa.

¡Bah! Estoy algo enfermo. Pero no es nada, un poco de fiebre; ya pasará. (_A Francisco:_) ¿Quería usted hablarme, abuelo?...

FRANCISCO SAMAY

Sí, hijo mío, quería decirte... Yo..., tú... (_Aparte, a Rosa:_) Díselo tú, Rosa; yo no podría nunca.

ROSA

Escucha, hijo mío: todos sabemos que tienes una gran pena, de la cual no quieres hablarnos. Sufres, eres desgraciado... ¿Es por esa mujer, verdad?

FEDERICO

Haga usted el favor, madre... Habíamos quedado en que no se pronunciaría nunca ese nombre aquí.

ROSA, con exaltación.

Es preciso, sin embargo, puesto que mueres por eso..., puesto que quieres morir... ¡Oh! No mientas... Lo sé; solo has encontrado un medio para arrancar ese amor de tu corazón: irte con él de este mundo... Pues, hijo mío, no mueras; como quiera que sea esa maldita arlesiana, tómala... Nosotros te la damos.

FEDERICO

¿Es posible?... Madre... ¡Pero usted no lo ha pensado bien!... Usted sabe lo que es esa mujer...

ROSA

Ya que la amas...

FEDERICO, muy conmovido.

¿De veras, madre, usted consentiría?... Y usted, abuelo, ¿qué dice de esto?... ¿Se sonroja usted, baja la cabeza? ¡Ah! Pobre anciano, cuánto debe costarle... ¡Tanto me han de amar ustedes para hacer por mí un sacrificio semejante!... ¡Pues, no; mil veces no! No aceptaré... Levantad la cabeza, amigos míos, y miradme sin avergonzaros... La mujer a quien yo dé vuestro nombre será digna de él, os lo juro...

ESCENA VII

LOS MISMOS; VIVETA, _por el foro_.

VIVETA, deteniéndose, con timidez.

Perdonen ustedes... ¡Estorbo!...

FEDERICO, deteniéndola.

No..., quédate..., quédate... ¿Qué le parece a usted, abuelo? Creo que a esta no se avergonzaría usted de llamarla hija...

TODOS

¡Viveta!...

VIVETA

¿Yo?...

FEDERICO, a Viveta, sosteniéndola entre sus brazos.

Ya sabes lo que me dijiste: «El mal que una mujer me ha hecho, solo una mujer puede curarlo». ¿Quieres ser tú esa mujer, Viveta? ¿Quieres que te dé mi corazón? ¡Está muy enfermo, muy destrozado por las sacudidas que ha sufrido, pero es igual! Creo que si tú lo intentas, lo conseguirás. ¿Quieres probar, di?... (_El abuelo y la madre quedan alelados, con los brazos extendidos hacia Viveta en ademán suplicante._)

VIVETA, inclinando la cabeza sobre el seno de Rosa.

Contéstele usted por mí, madrina.

BALTASAR, sollozando, coge la cabeza de Federico entre sus manos.

¡Ah, hijo mío, Dios te bendiga por el bien que me haces!

ACTO TERCERO

CUADRO CUARTO

El patio de Castelet.

Lo mismo que en el cuadro primero, pero limpio, reluciente, endomingado. A los dos lados de la puerta del foro, un mayo con guirnaldas de flores. Encima de la puerta, un colosal ramillete de trigo verde, acianos, amapolas, meletas y espuelas de caballero.

Movimiento de mozos y de doncellas en traje de fiesta. Junto al pozo, una criada llenando un cántaro. De vez en cuando llega con la brisa el sonido del pífano, el redoble de los tamboriles.

ESCENA PRIMERA

BALTASAR, MOZOS, CRIADAS.

Baltasar por el foro, sudando y cubierto de polvo.

LOS MOZOS

¡Ah! Aquí está Baltasar.

UNO DE LOS MOZOS

Buenos días, tío Baltasar.

BALTASAR, alegremente.

Salud, salud, jóvenes... (_Va a sentarse al borde del pozo._)

LA CRIADA

¡Dios mío! Cuánto calor tiene usted, pobre pastor.

BALTASAR, enjugándose la frente.

Vengo de lejos y el sol quema... Dame el cántaro... (_La mujer levanta el cántaro y le da de beber._)

LA CRIADA

¿Pero es razonable que a la edad que usted tiene se ponga en semejante estado?...

BALTASAR

¡Bah! No soy tan viejo como creen... Es ese gran tunante de sol al que no estoy acostumbrado... Calcula, hija mía: hacía más de sesenta años que no pasaba un mes de junio en los llanos. (_Los mozos se han acercado y forman corro en torno de él._)

UN MOZO

Es cierto, abuelo. Se retrasa usted mucho este año en llevar el ganado al monte.

BALTASAR

¡Caramba! Sí. Los animales no están contentos; pero, ¿qué quieres?... He casado al padre, he casado al abuelo, y no podía morirme sin casar al chico... Por fortuna, no durará mucho esto: hoy se publican las amonestaciones, primera y última; el jueves los regalos, el sábado la boda. Después, al monte...

LA CRIADA

¿No va usted a descansar nunca, tío Baltasar? ¿Piensa usted guardar el ganado hasta el fin de sus días?...

BALTASAR

¡Que si pienso!... (_Quitándose el sombrero._) Al gran Pastor que allá arriba está no le he pedido nunca más que una cosa: que me haga morir en plenos Alpes, en medio de mi rebaño, una de esas noches de julio en que se ven tantas estrellas... Por lo demás, no me apuro. Estoy seguro de irme así. ¡Es mi estrella!... Otro trago, gatita mía. (_Bebe; la criada sostiene el cántaro._)

LOS MOZOS, mirándose unos a otros con admiración.

¡Ya sabe que esa es su estrella!...

ESCENA II

LOS MISMOS, EL PATRÓN MARCOS Y LA TRIPULACIÓN.

El patrón Marcos aparece sobre el descansillo de la escalera. Está endomingado, con chaleco de seda, gorra dorada de grandes galones, corbata de seda y camisa bordada.

MARCOS, a Baltasar, que está bebiendo.

¡Eh! Tío Baltasar: reservémonos, que esa bebida se sube a la cabeza...

BALTASAR

Vean ustedes al lindo don Diego, que se da pisto ahí arriba porque tiene una gorra nueva que reluce como la bacía de un barbero... ¿No has ido a misa, mal cristiano, en un día como este?

MARCOS, bajando.

Mil gracias... Hay que ir a buscar la misa demasiado lejos, en este país de salvajes... Y me acuerdo de la tartana... (_Mirando a su alrededor._) ¡Oh, oh! ¡Que empavesados estamos!... ¿Qué harán ustedes el día de la boda, si hacen esto el de los dichos?...

UN MOZO

Pero hoy no solamente son los dichos, sino que también es San Eloy, la fiesta de los labradores.

MARCOS

Por eso se oye roncar a los tamboriles.

EL MOZO

Sí; los cofrades de San Eloy van de granja en granja bailando la farandola. Los tendremos en Castelet antes que llegue la noche.

MARCOS

Pero oye: ¿es que el día de San Eloy es más larga la misa que los demás domingos?... Nuestra gente no acaba de llegar...

LA CRIADA

Seguramente habrán dado la vuelta por San Luis para recoger a la abuela Reinalda.

MARCOS

¡Hombre!... ¿Conque vamos a ver a esa buena anciana? A propósito, tío Estrellas: ¿no es esa una de tus antiguas amigas?...

BALTASAR

Cállate, marinero.

MARCOS, riéndose.

¡Hola, hola! Parece que en tiempo del abuelo Reinaldo... (_Los mozos se ríen._)

BALTASAR

¡Cállate, marinero!

MARCOS

Habéis, como suele decirse, espigado juntos.

BALTASAR, levantándose, pálido, con voz terrible.

¡Marinero!... (_El patrón retrocede, asustado. Los mozos dejan de reír. Baltasar les mira a todos un instante._) Podéis reíros lo que queráis de este viejo loco de Baltasar y de sus estrellas... ¡Pero ese asunto es sagrado!... Prohíbo mentarlo...

MARCOS

Bueno, bueno; nadie ha querido incomodarte. ¡Qué diablo!

LOS MOZOS

De ningún modo, tío Baltasar; ya sabe usted... (_Le rodean. Vuélvese a sentar tembloroso._)

MARCOS, aparte, a la Tripulación.

No he visto una casa como esta para tomar en serio historias de mujeres. Es lo mismo que el otro con su arlesiana. Parecía que todo se había acabado, que ya no había esperanza. Y ahora...

LOS MOZOS, corriendo hacia el foro.

¡Ahí están! ¡Ahí están!...

BALTASAR, muy conmovido.

¡Oh, Dios mío! (_Se aparta a un rincón._)

ESCENA III

LOS MISMOS, ROSA, FRANCISCO, FEDERICO, VIVETA, EL INOCENTE, LA ABUELA REINALDA.

Entran por el foro, todos engalanados, con cofias de encaje y chaquetas rameadas. — La vieja va la primera, apoyándose en Viveta y en Federico.

LA ABUELA REINALDA

Helo aquí todavía, el viejo Castelet... Dejadme, hijos míos, que lo mire un poquito...

MARCOS

Buenos días, abuela Reinalda.

LA ABUELA REINALDA, haciéndole una gran reverencia.

¿Quién es este señor tan elegante?... No le conozco...

ROSA

Es mi hermano, abuela Reinalda...

FRANCISCO SAMAY

Es el patrón Marcos.

MARCOS, apuntándole, y en voz baja.

¡Capitán!...

LA ABUELA REINALDA

Muy señor mío, señor patrón.

MARCOS, furioso, entre dientes.

¡Patrón!... ¡Patrón!... Y no se han fijado en la gorra.

EL INOCENTE, aplaudiendo.

¡Oh! ¡Qué bonitos son este año los árboles de San Eloy!

LA ABUELA REINALDA

Me da gusto volver a ver todas estas cosas. Hace tanto tiempo... Desde tu boda, Francisco...

FEDERICO

¿Recuerda usted estos sitios, abuela?...

LA ABUELA REINALDA

¡Ya lo creo! Aquí, la cámara de los gusanos de seda; allí, el porche. (_Avanza y se detiene ante el pozo._) ¡Oh! ¡El pozo!... (_Sonriéndose._) Es posible, Dios mío, que la madera y la piedra le conmuevan a una hasta tal punto...

MARCOS, aparte a los mozos.

Esperad; vamos a reírnos. (_Se acerca a la vieja, la coge suavemente por el brazo, y le hace dar algunos pasos hacia el rincón en que se ha parapetado Baltasar._) Y a ese, abuela Reinalda, ¿le reconoce usted?... Creo que es de su tiempo...

LA ABUELA REINALDA

¡Bendito sea Dios! Pero es... es Baltasar...

BALTASAR

¡Dios le guarde a usted, Reinalda! (_Da un paso hacia ella._)

LA ABUELA REINALDA

¡Oh!... ¡Oh, mi pobre Baltasar!... (_Se miran un momento sin decir nada. — Todos se apartan respetuosamente._)

MARCOS, burlonamente.

¡Hola, hola! ¡Los viejos tortolitos!

ROSA, con severidad.

¡Marcos!

BALTASAR, aparte a la anciana.

Tengo la culpa. Sabía que iba usted a venir. No hubiera debido quedarme aquí...

LA ABUELA REINALDA

¿Por qué? ¿Para cumplir nuestro juramento?... ¡Bah! No vale la pena. Dios mismo no ha querido que muriésemos sin habernos vuelto a ver, y por eso ha puesto amor en el corazón de estos dos muchachos. Después de todo, bien nos debía eso para recompensar nuestro valor...

BALTASAR

¡Oh! Sí, nos ha hecho falta el valor; cuántas veces, llevando el ganado, veía el humo de su casa de usted, que parecía hacerme señas, diciéndome: ¡Ven!... ¡Aquí está!...

LA ABUELA REINALDA

Y yo, cuando oía el ladrido de tus perros, y te reconocía a lo lejos con tu gran capa, necesitaba fuerzas para no correr hacia ti. En fin, ahora ha terminado nuestra pena, y podemos mirarnos a la cara sin avergonzarnos... Baltasar...

BALTASAR

¡Reinalda!

LA ABUELA REINALDA

¿No te avergonzarías de darme un beso, aunque esté vieja y arrugada como estoy...?

BALTASAR

¡Oh!

LA ABUELA REINALDA

¡Bueno! Entonces, apriétame bien sobre tu corazón, mi buen amigo. Va para cincuenta años que te debo este beso de amistad. (_Se dan un prolongado beso._)

FEDERICO

¡Qué hermoso es el deber! (_Apretando el brazo a Viveta._) Viveta, te amo...

VIVETA

¿De veras?

MARCOS, acercándose.

Dígame, abuela Reinalda: ¿no podríamos ahora dar una vuelta por la cocina, para ver si el asador ha cambiado desde entonces?

FRANCISCO SAMAY

Tiene razón... ¡A la mesa! (_Coge a la anciana por el brazo._)

TODOS

¡A la mesa, a la mesa!

LA ABUELA REINALDA, volviéndose.

Baltasar...

ROSA

Vamos, pastor...

BALTASAR, muy conmovido.

Voy... (_Todos salen por la izquierda. — La escena queda desierta algunos segundos. — Anochece._)

ESCENA IV

FEDERICO, VIVETA. _Salen los dos de la casa_.

FEDERICO, llamando a Viveta cerca del pozo.

Viveta, escucha, mírame... ¿Qué tienes? No estás contenta.

VIVETA

¡Oh! Sí, Federico mío.

FEDERICO

Cállate, no mientas; tú tienes algo que te atormenta y te amarga la alegría de nuestros esponsales. Sé muy bien lo que es: te asusta tu enfermo. Todavía no estás segura de él... Pues, sé feliz; te juro que estoy curado.

VIVETA, meneando la cabeza.

A veces cree uno eso, y después...

FEDERICO

¿Te acuerdas de aquel año en que estuve tan enfermo? De todo el tiempo de mi enfermedad no me ha quedado más que una cosa en la memoria. Era una mañana en que por primera vez habían abierto la ventana. ¡La brisa del Ródano olía tan bien aquella mañana!... Habría podido señalar una por una todas las hierbas sobre las que había pasado. Y, además, no sé por qué, pero el cielo me parecía más transparente que de costumbre, los árboles tenían más hojas, los hortelanos cantaban mejor, y yo me encontraba bien... Entonces entró el médico, y dijo, mirándome: «¡Está curado!...». Pues bien; ahora que te hablo estoy como aquella mañana; es el mismo cielo, la misma paz de todo mi ser, y solo siento un deseo: apoyar la cabeza en tu seno y quedar así siempre... Ya ves que estoy curado.

VIVETA

¿Luego es verdad que me amas?...

FEDERICO, en voz baja.

Sí...

VIVETA

¿Y la otra?... ¿No piensas ya en aquella que tanto daño te hizo?...

FEDERICO

No pienso más que en ti, Viveta...

VIVETA

¡Oh! Sin embargo...

FEDERICO

¿Por qué cosa quieres que te lo jure?... Tú eres la única en mi corazón, yo te lo digo... No hablemos de ese triste pasado. Ya no existe para mí.

VIVETA

Entonces, ¿por qué conservas cosas que te lo recuerdan?

FEDERICO

Pero... si no conservo nada.

VIVETA

¿Y esas cartas que tienes ahí?...

FEDERICO, asombrado

¡Cómo! ¿Tú lo sabías?... Sí, es verdad; las he guardado mucho tiempo. Tenía una maldita curiosidad por conocer a ese hombre; pero ahora, mira. (_Se desabrocha la chaqueta._)

VIVETA

¿Ya no están ahí?...

FEDERICO

Baltasar fue a devolverlas esta mañana.

VIVETA

¿Has hecho eso, Federico mío? (_Colgándose de su cuello._) ¡Oh! ¡Qué feliz soy!... Si supieras cuánto me han hecho sufrir esas malditas cartas... cuando me apretabas sobre tu pecho y me decías: «¡Te amo!». Siempre las sentía allí, bajo tu ropa, y eso me impedía creerte.

FEDERICO

¿De modo que no me creías, y, sin embargo, querías ser mi mujer?

VIVETA, sonriendo.

Eso me impedía creerte; pero no me impedía amarte...

FEDERICO

Y ahora, si te digo: «¡Te amo!», ¿me creerás?...

VIVETA

¡Dímelo! ¡Vamos a ver!

FEDERICO

¡Oh, amada mía! (_La estrecha sobre su pecho, y después, enlazados los dos, marchan despacito y desaparecen unos instantes detrás del porche._)

ESCENA V

LOS MISMOS, EL POTRERO, BALTASAR.

Mitifio entra precipitadamente, da algunos pasos por el patio desierto, y luego, cuando va a llamar a la casa, ábrese la puerta y aparece Baltasar.

BALTASAR, volviéndose.

¡Eres tú!... ¿Qué quieres?

EL POTRERO

¡Mis cartas! (_En este momento la pareja de enamorados entra en escena._)

BALTASAR

¡Cómo! ¿Tus cartas?... Pero si se las he llevado a tu padre esta mañana. ¿No vienes de tu casa?

EL POTRERO

Hace dos noches que duermo en Arlés.

BALTASAR

¿De manera que eso continúa?...

EL POTRERO

¡Siempre!...

BALTASAR

Hubiera creído, sin embargo, que después de lo de las cartas...

EL POTRERO

Cuando somos cobardes por ellas, las mujeres nos perdonan todas las cobardías.

BALTASAR