Part 4
Entonces, buen provecho te haga, muchacho. Aquí, gracias a Dios, hemos acabado con esa locura. El chico se casa dentro de cuatro días, y esta vez ha elegido a una mujer honrada.
EL POTRERO
¡Ah! Sí, él es bien feliz. Debe de ser tan grato amarse con libertad, ante Dios y los hombres; estar orgulloso de aquella a quien se ama; poder decir a todo el que pasa: «¡Miradla; es mi mujer!». Yo voy por la noche, como un ladrón. Durante el día me escondo, ando a su alrededor, y luego, cuando estamos solos, todo se vuelve escándalos y cuestiones. ¿De dónde vienes?... ¿Qué has hecho?... ¿Qué hombre es ese con quien hablabas?... ¡Y cuántas veces, en medio de nuestras caricias, siento unos deseos de ahogarla para que no me engañe más!... (_Aquí los novios, enlazados por el talle, aparecen, atravesando la escena por el foro._) ¡Ah! ¡Que horrible vida de desconfianza y de mentiras! Por fortuna, esto va a terminar. Ahora vamos a vivir juntos, y desdichada de ella si...
BALTASAR
¿Os casáis?
EL POTRERO
No, la robo... Si esta noche estás allá en el aprisco, oirás un fuerte galopar en la llanura. Llevaré a la dama en mis brazos, sobre la silla, y respondo de que la sujetaré bien.
BALTASAR
¿Conque te ama mucho esa maldita arlesiana?...
FEDERICO, deteniéndose en el foro.
¡Oh!
EL POTRERO
Sí... Es un capricho del momento. Y, además, un robo no le sentará mal. Correr a la ventura por las carreteras, rodar de posada en posada, el cambio, el miedo, la persecución: he ahí lo que a ella le gusta sobre todo. Es como esas aves marinas que no cantan sino en medio de la tempestad...
FEDERICO, aparte, con rabia.
¡Es él! ¡Por fin!...
VIVETA
Ven, Federico... ¡No te quedes ahí!
FEDERICO, rechazándola.
¡Déjame!
VIVETA, desolada.
¡Ah! Aún la quiere... Federico...
FEDERICO
Vete... ¡Te digo que te vayas! (_La empuja hacia el interior de la casa y luego vuelve a escuchar._)
EL POTRERO
A mí me da miedo este viaje. Pienso en el viejo que va a quedarse solo, en mis caballos, en la cabaña, en la grata vida de hombre honrado que hubiese llevado allá, si no hubiera tropezado con ella.
BALTASAR
¿Por qué marchar, entonces? Haz lo que ha hecho el nuestro. Renuncia a esa mujer y cásate.
EL POTRERO, bajo.
No puedo... ¡Es tan hermosa!...
FEDERICO, abalanzándose.
¡Demasiado sé que es hermosa, miserable!... Pero, ¿qué necesidad tenías de venir a recordármelo? (_Con risa de rabia._) ¡Un aldeano!... ¡Era un aldeano como yo!... (_Adelantándose a él._) ¡Ah! Mi dicha te causa envidia y vienes a contármelo al salir de sus brazos, cuando todavía tienes en los labios sus besos de la última noche. Pero es que no sabes que, por uno de esos momentos de pasión de que me hablas, por un minuto de tu vida, daría yo toda la mía; todo mi paraíso por una hora de tu purgatorio... ¡Maldito seas por haber venido, chalán del infierno!... Todavía es peor que haberla visto a ella... Tú me traes con su aliento el horrible amor de que estuve a punto de morir. Ahora todo se acabó, estoy perdido. Y mientras recorras los caminos con ella, habrá aquí mujeres que lloren... ¡Pero no! Eso no es posible, eso no ha de ser. (_De un salto se apodera de uno de los grandes martillos que han servido para plantar los mayos._) Vamos, defiéndete, bandido, defiéndete, que te voy a matar; no quiero morir solo. (_El Potrero retrocede. Durante toda esta escena se oye el ruido de los tamboriles que llegan._)
BALTASAR, arrojándose sobre Federico.
Desgraciado, ¿qué vas a hacer?
FEDERICO, procurando desasirse.
No, déjame... Él, primero; después, su arlesiana. (_En el momento en que se arroja sobre el Potrero, Rosa se lanza entre ellos. Federico se detiene, titubea; el martillo se le cae de las manos. En el mismo instante aparece gente sacudiendo antorchas ante la granja, y los farandoleros invaden el patio gritando: «¡San Eloy!... ¡San Eloy!»._)
LOS FARANDOLEROS
¡San Eloy! ¡San Eloy! ¡A la farandola!
LA GENTE DE LA GRANJA, saliendo al balcón.
¡San Eloy!... ¡San Eloy!... (_Cantos y danzas._)
CUADRO QUINTO
La cámara de los gusanos de seda.
Gran sala, con amplia ventana y balcón en el fondo. — A la izquierda, en segundo término, entrada de la cámara; en primer término, la habitación de los hijos. — A la derecha, una escalera de madera que conduce al granero. Bajo la escalera, una cama medio oculta por cortinajes. — Al levantarse el telón, el escenario está desierto. — En el patio de Castelet se oyen los pífanos y los tamboriles de los farandoleros. En este momento entra Rosa con una lamparilla en la mano. — Deja la lamparilla, va al balcón del fondo y se queda allí un momento mirando bailar; después entra.
ESCENA PRIMERA
ROSA SAMAY, _sola_.
Cantan ahí abajo. No sospechan nada. El mismo pastor se ha equivocado viéndole saltar de tan buena gana: «Eso no será nada, mi ama. El último trueno, como cuando va a acabar la tempestad...». ¡Dios le oiga!... Pero tengo miedo..., y velo...
ESCENA II
ROSA, FEDERICO.
FEDERICO, se detiene al ver a su madre.
¿Qué haces ahí?... Creía que ya no dormías aquí...
ROSA, algo turbada.
Sí. Tengo allá todavía algunos gusanos de seda que no han salido. Es preciso que los vea... Pero y tú, ¿por qué no te has quedado abajo cantando como los demás?
FEDERICO
Estaba muy cansado.
ROSA
¡El caso es que habías tomado con tanto entusiasmo esa farandola!... También Viveta ha bailado mucho. Esa muchacha es un pajarito; apenas tocaba el suelo... ¿Has visto cómo la rondaba el mayor de los Girod? Es tan simpática... ¡Ah! Vais a hacer los dos una buena pareja.
FEDERICO, vivamente.
Buenas noches. Voy a acostarme. (_Le da un beso._)
ROSA, deteniéndole.
Y además, ya sabes, si esa no te gusta, hay que decirlo. Pronto te encontraremos otra.
FEDERICO
¡Oh, madre!
ROSA
¡Eh! ¿Qué quieres? No busco yo la dicha de esa muchacha, sino la tuya... ¡Y no pareces tú muy feliz!...
FEDERICO
Sí..., sí...
ROSA
Vamos, mírame. (_Le coge la mano._) Parece que tienes fiebre.
FEDERICO
Sí... La fiebre de San Eloy, que hace beber y bailar. (_Retira la mano._)
ROSA
(_Aparte._) No sabré nada. (_Volviéndole a coger la mano._) Pero no te vayas; siempre te apartas.
FEDERICO, sonriendo.
Vamos. ¿Qué hay?
ROSA, mirándole cara a cara.
Dime... Ese hombre que vino hace un momento...
FEDERICO, desviando los ojos.
¿Qué hombre?
ROSA
Sí..., esa especie de gitano, de gañán... Te ha hecho daño verle, ¿no es verdad?
FEDERICO
¡Bah! Eso ha sido un instante, una locura... y ¡mira!, te lo ruego, no me hagas hablar de esas cosas... Temería mancharte removiendo todo ese cieno delante de ti.
ROSA
¡Vamos! ¿Es que no tienen las madres derecho a ir por todas partes sin mancharse, a preguntarlo todo, a saberlo todo?... Vamos, háblame, hijo mío. Ábreme tu pecho. Me parece que si me hablases solo un poquito, tendría yo tanto que decirte... ¡Y no quieres!
FEDERICO, dulce y tristemente.
No; te lo ruego. Dejemos eso en paz.
ROSA
Entonces, ven... Bajemos...
FEDERICO
¿Para qué?
ROSA
¡Ah! Quizás estoy loca, pero se me figura que tienes algo malo en la mirada. No quiero que te quedes solo... Ven a la luz, ven... Y además, todos los años, por San Eloy, bailas conmigo la farandola. Este año no te has acordado. Vamos, ven. Tengo gana de bailar. (_Sollozando._) También tengo gana de llorar.
FEDERICO
Madre, madre, te amo..., no llores... ¡Ah! ¡No llores, Dios mío!
ROSA
Háblame, pues, si me amas.
FEDERICO
Pero, ¿qué quieres que te diga?... Pues sí, hoy he tenido un mal día. Era de esperar. Después de tales sacudidas, no se calma uno de repente. Mira el Ródano los días de mistral: ¿acaso no se agita mucho después de haber cesado el viento? Hay que dejar tiempo a las cosas para que se aquieten... Vamos, no llores. Todo eso no será nada... Duerma yo una noche a pierna suelta, y mañana nada... No pienso más que en olvidar, en ser feliz.
ROSA, con gravedad.
¿No piensas más que en eso?
FEDERICO, volviendo la cabeza.
Nada más...
ROSA, mirándole con gran fijeza.
¿De veras?
FEDERICO
De veras.
ROSA, tristemente.
Entonces, tanto mejor...
FEDERICO, dándola un beso.
Buenas noches... Voy a acostarme. (_Rosa le sigue con la mirada y la sonrisa hasta la puerta de la habitación. Apenas se cierra la puerta, el aspecto de la madre cambia, y se torna terrible._)
ESCENA III
ROSA, _sola_.
¡Es un infierno ser madre!... Poco faltó para que muriese cuando di a luz a ese hijo. Después ha estado enfermo mucho tiempo... A los quince años tuvo también una grave enfermedad. Le saqué de todo por milagro. Las arrugas de mi frente pueden decir cuánto he temblado, cuántas noches en vela he pasado... Y ahora que he hecho de él un hombre, ahora que es fuerte, y tan hermoso, y tan puro, no piensa más que en arrancarse la vida, y para defenderle contra sí mismo tengo que velar aquí, ante su puerta, como cuando era pequeñito. ¡Ah! En realidad hay ocasiones en que Dios no es razonable. (_Se sienta sobre una banqueta._) Pero si es mía tu vida, mal hijo. Te la he dado, te la he dado veinte veces. Fue tomada día por día de la mía. ¿No sabes que he necesitado toda mi juventud para darte tus veinte años? Y ahora quieres destruir mi obra. ¡Oh! ¡Oh! (_Apaciguada y triste._) Verdad es que también sufre mucho mi pobre hijo. Su odioso amor le domina todavía, y yo era una loca pensando que alguien podría curarle. ¡Tiene la enfermedad de su madre! Los corazones como los nuestros no saben amar más que una vez... Pero no es culpa mía. No me deben castigar por eso; vamos a ver..., ¿qué puedo hacer yo más de lo que he hecho?... Yo le decía: «Tómala..., te la damos». Como no la hubiese ido a buscar yo misma... Si a lo menos supiera dónde encontrar a esa pícara, la traería a la fuerza... Pero es demasiado tarde. Se ha marchado, y precisamente por eso quiere morir él... ¡Quiere morir! ¡Cuán ingratos son los hijos!... También yo, cuando mi pobre marido murió y tenía mis manos entre las suyas al expirar, sentía vivo anhelo de marchar con él... Pero tú estabas allí, tú; no comprendías bien lo que pasaba, pero tenías miedo y gritabas. ¡Ah! Al primer grito tuyo eché de ver que la vida no me pertenecía, que no tenía derecho de marcharme... Entonces te cogí en mis brazos, te sonreí, canté para dormirte, con dolor en el corazón, y aunque viuda para siempre, tan pronto como pude, me quité las tocas de luto para no entristecer tus ojos de niño... (_Con un sollozo._) Lo que hice por él entonces, bien podía hacerlo él por mí ahora... ¡Ah, pobres madres! ¡Cuán dignas de compasión somos! Lo damos todo, y no se nos devuelve nada. Somos las enamoradas a quienes se abandona siempre. Y, sin embargo, nosotras no engañamos nunca y tenemos tal arte para envejecer... (_Óyense tamboriles y ruido de danzas._) ¡Qué noche! ¡Qué velada!... (_Ábrese vivamente la puerta de la habitación._) ¿Quién es?
ESCENA IV
ROSA, EL INOCENTE.
Sale el Inocente de la habitación de la izquierda, con los pies desnudos, los rubios cabellos en desorden, sin blusa, sin chaleco, solo con un pantalón de pana sujeto por un tirante. — Brillan sus ojos; su fisonomía muestra viveza e inteligencia inusitadas.
EL INOCENTE, aproximándose, con un dedo sobre los labios.
¡Chist!
ROSA
¿Eres tú?... ¿Qué quieres?...
EL INOCENTE, en voz baja.
Acuéstese usted y duerma tranquila... ¡No ocurrirá nada esta noche!...
ROSA
¡Cómo! Nada... ¿Conque estás enterado?...
EL INOCENTE
Sé que mi hermano tiene un gran pesar y que usted me hace acostar en su cuarto temiendo que el dolor acabe con él... Por eso hace varias noches que no pego ojos... Hace algún tiempo que se encontraba mejor, pero esta noche ha sido muy mala... Ha vuelto a llorar, a hablar solo. Decía: «¡No puedo..., no puedo!... ¡Tengo que irme!...». Por fin se acostó. Ahora duerme, y me he levantado callandito, callandito, para venir a decírselo a usted. ¿Por qué me mira usted así, madre?... ¿Le sorprende a usted que vea tan claras las cosas y que tenga tanto entendimiento?... Pero ya sabe usted lo que decía Baltasar: «Este niño se despierta, se despierta».
ROSA
¿Es posible?... ¡Oh!... ¡Oh mi Inocente!
EL INOCENTE
Madre, me llamo Juanito. Llámeme Juanito. Ya no hay inocentes en esta casa.
ROSA, vivamente.
Calla..., no digas eso.
EL INOCENTE
¿Por qué no?
ROSA
¡Ah! Estoy loca... Es ese pastor con sus cuentos... Ven, querido mío, ven que te mire. Me parece que no te he visto nunca, que me nace ahora un nuevo hijo. (_Poniéndole sobre sus rodillas._) ¡Cómo has crecido, que hermoso estás! ¿Sabes que te parecerás a Federico? Ahora sí que hay verdadera luz en tus ojos.
EL INOCENTE
¡A fe mía, sí, creo que ahora estoy enteramente despierto!... Lo cual no impide que tenga mucho sueño y que me vaya a dormir, porque me caigo... ¿Quiere usted darme otro beso?
ROSA
¡Que si quiero! (_Le besa apasionadamente._) ¡Te debo tantas caricias! (_Le acompaña hasta el cuarto._) Vete a dormir, hijo mío, vete.
ESCENA V
ROSA, _sola_.
¡Ya no hay Inocente en esta casa! Si esto fuese a traernos desgracia... ¡Ah! ¿Qué estoy diciendo?... No merezco esta inmensa alegría nueva... ¡No, no! No es posible. Dios no me ha devuelto un hijo para quitarme otro... (_Inclina la cabeza un momento ante una imagen de la Virgen incrustada en la pared; va hacia la puerta del cuarto y escucha._) Nada..., los dos duermen. (_Cierra la ventana del foro; pone en orden algunos objetos, algunas sillas; luego entra en su alcoba y corre la cortina. A través de las vidrieras del foro se ve despuntar el alba._)
ESCENA VI
FEDERICO; ROSA, _en la alcoba_.
FEDERICO, entra medio vestido, con aspecto extraviado; escucha y se detiene.
(_Aparte._) Las tres. Ya viene el día. Pasará lo mismo que en el cuento del pastor. Luchó toda la noche, y luego por la mañana..., luego por la mañana... (_Da un paso hacia la escalera; después se detiene._) ¡Oh, es horrible!... ¡Qué despertar van a tener todos aquí!... Pero es imposible. No puedo vivir. Siempre la veo en brazos de aquel hombre. Se la lleva, la estrecha, la... ¡Ah, visión maldita, yo te arrancaré de mis ojos! (_Se lanza a la escalera._)
ROSA, llamando.
¡Federico!... ¿Eres tú? (_Federico se detiene en medio de la escalera, titubeando, con los brazos tendidos._)
ROSA, saliendo precipitadamente de la alcoba, corre al cuarto de los niños, mira y da un grito terrible.
¡Ah! (_Se vuelve y ve a Federico en la escalera._) ¿Qué...? ¿Adónde vas?...
FEDERICO, extraviado.
¿Pero no los oyes allá, hacia el aprisco?... Se la lleva... ¡Esperadme, esperadme!... (_Se abalanza; Rosa corre tras él desesperadamente. — Cuando llega a la puerta que está en medio de la escalera, Federico acaba de cerrarla. — Rosa golpea con rabia._)
ROSA
¡Federico, hijo mío!... ¡En el nombre del cielo! (_Golpea la puerta, la sacude._) ¡Abre, abre!... ¡Hijo mío!... Llévame, llévame contigo a la muerte... ¡Ah!... ¡Dios mío!... ¡Socorro! ¡Mi hijo!... Mi hijo va a matarse... (_Baja la escalera como una loca, se precipita a la ventana del foro, la abre, mira, y cae dando un grito terrible._)
ESCENA VII
LOS MISMOS, EL INOCENTE, BALTASAR, EL PATRÓN MARCOS.
EL INOCENTE
¡Madre!... ¡Madre!... (_Se arrodilla junto a su madre._)
BALTASAR, al ver la ventana abierta, se lanza a ella y mira hacia el patio.
¡Ah! (_Al patrón Marcos, que acaba de entrar:_) Mira por esa ventana; verás si se muere de amor.