PARTE SEGUNDA
LA FAMILIA DEL TORO ROJO
I
De la escandalosa vida romana, de «la hija de Cicerón» y otras particularidades de una época que mezcló el santoral cristiano con los dioses del Olimpo.
Vió Claudio á Enciso de las Casas casi igual á como era algunos años antes, cuando leía sus conferencias en el Ateneo de Madrid, ostentando en el lado izquierdo de su frac una colección de condecoraciones papales y casi todas las de los Imperios existentes entonces en Europa.
El ilustre diplomático sudamericano tenía ahora algunas canas en su barba rojiza, y el cráneo más desnudo, blanco y lustroso. Sus párpados estaban siempre un poco inflamados, lo que parecía obligarle, mientras hablaba, á cerrarlos y abrirlos con un _tic_ nervioso.
Instalado en Roma, después de ocho meses de vida errabunda, gustaba Borja de conversar con dicho personaje.
Creyendo conocerlo en su justo valor, dejaba sin eco las burlas de muchos que acudían á sus fiestas y tomaban asiento á su mesa, para ridiculizar luego su fervorosa actividad literaria. Guardaba, con las páginas sin cortar, todos los libros impresos en grueso papel que le había regalado Enciso, con pomposas dedicatorias llamándole «eminentísimo poeta». No le interesaba conocer por segunda vez particularidades del Renacimiento italiano leídas en su adolescencia; pero declaraba sinceramente á este diplomático gratuito, ansioso de honores, una excelente persona, amable, tolerante, con afición al estudio y gran respeto á la inteligencia ajena, condiciones que lo colocaban por encima de la mayor parte de sus amigos y parásitos, vulgares de gustos, cobardes ante la novedad, con un pensamiento rutinario.
Se retrató Enciso sin saberlo, al decir una vez á Borja que era capaz de ceder cuanto poseía en América y Europa, sus campos de café, su refinería de azúcar, el palacio comprado en Roma, tal vez hasta su mujer y sus hijas, á cambio de haber sido cardenal en los siglos XV ó XVI, su época favorita.
Dicho palacio romano era un motivo de irónicas conmiseraciones para las personas envidiosas que asistían á sus banquetes. Hombre de negocios en su país, adivinaba Enciso que le habían robado varios nobles de Roma amigos suyos, y especialmente una princesa, gentes que le sirvieron de intermediarios en la compra del edificio; pero esto no amenguaba el orgullo de su posesión, creyéndolo palacio histórico por ser obra del sobrino de un Papa del siglo XVIII, que los maldicientes suponían hijo ilegítimo.
Su interior lo había remozado hábilmente, pues el diplomático honorario mostraba cierto talento natural como ornamentista. De sus viajes por España había traído altares enteros. Las paredes desaparecían bajo tapices, columnas y frontones de madera tallada, con oros pálidos; gruesos angelotes policromos; santos cadavéricos; arquetas taraceadas de nácar sobre mesillas de diversos mármoles; bargueños de construcción moderna, con pistoletazos de perdigones ó de sal que imitaban la perforación de la carcoma; sillones fraileros de cordobán y clavos enormes; cuadros representando sanguinolentos martirios, paisajes versallescos ó mitológicas desnudeces. Las Vírgenes sobre fondo de oro ó los Cristos moribundos alternaban con Venus desnudas. Por algo Enciso pretendía ser un cardenal del Renacimiento reencarnado al otro lado del Atlántico.
Todas las piezas de la casa parecían salones de museo. No quedaba un palmo de pared limpio de adornos, y había que avanzar por los recovecos que formaban los muebles, excesivamente abundantes, casi aglomerados al azar de compras favorables. El comedor parecía revestido de escamas metálicas: tantos eran los platos dorados de Valencia y de Sevilla que ornaban sus muros. El gran salón recordaba al visitante los estudios de ciertos pintores románticos que hace medio siglo fabricaron enormes cuadros de «historia». El mismo amontonamiento híbrido de objetos vistosos é incoherentes. Hasta del techo pendían, como solemnes guiñapos, banderas agujereadas y polvorientas.
Exhibía con orgullo Enciso de las Casas su origen hispano-americano, como si fuese la más alta é interesante de las noblezas. Unicamente la de los príncipes romanos podía compararse con la suya. Era de un hispanismo optimista, que halagaba á Claudio y al mismo tiempo le hacía sonreir.
Para este personaje, cuantos españoles marcharon en otros siglos á América fueron segundones de grandes casas, todos linajudos, todos muy caballeros y de valor heroico, lo mejor de la raza, y se abstenía modestamente de añadir que entre la selección aristocrática que pasó el Océano, los que llevaban sus dos apellidos eran los mejores. Su fe en la sangre noble de los que colonizaron el Nuevo Mundo--como si nunca hubiesen ido allá bandidos, ni buena gente de origen modesto--le hacía considerar con ciega simpatía á todos los que llegaban hasta él procedentes de España. Cuanto más alto ponía á este país y más entusiásticas hipérboles dedicaba á su historia, mayor lustre creía dar á su propio origen y al nombre doblemente famoso, por la aristocracia y por la literatura, que iba á legar á sus hijas.
Apreciaba mucho á Claudio Borja, por ser español y por su apellido. Una de sus curiosidades era averiguar los grados de nobleza de cada uno de sus amigos, para lo cual se valía de varias obras de heráldica, colocadas preferentemente en su biblioteca, y de consultas, pedidas por escrito, á los llamados «Reyes de Armas» residentes en Madrid, técnicos indiscutibles de lo que él titulaba «la ciencia del blasón».
--Usted es de una gran familia histórica--dijo á Claudio--. Pertenece á la nobleza en la que yo hubiese querido figurar de no bastarme la mía, herencia de hombres de espada que pasaron el Océano, ó sea de los conquistadores. Procede usted de la aristocracia papal. ¡Gran familia la de los Borgia! Muchas veces siento la tentación de escribir un libro sobre ellos. Su tío don Baltasar me incitó á que lo hiciese, en su reciente visita; ¡pero son tantas las cosas que debo escribir antes!... Una familia que empieza á figurar en el mundo gracias á Calixto III, el octogenario é incansable cruzado, y termina un siglo después dando un gran santo, el cuarto duque de Gandía, cortesano elegante que se hace jesuíta y acaba por ser San Francisco de Borja. Todos en ella se muestran ardorosos, enérgicos, de vigorosa personalidad. ¡César Borgia y San Francisco de Borja surgiendo de la misma estirpe en el transcurso de pocos decenios!... Unos Borja fueron héroes, otros santos, otros terribles pecadores, pero ninguno vulgar ni mediocre.
Y Enciso había terminado por decir un día, con el aire protector del maestro que da consejos:
--Amigo Claudio, usted que es joven, que empieza ahora su carrera y puede disponer de todo su tiempo, debía escribir algo sobre estos personajes tan calumniados ó mal comprendidos.
Borja acogió fríamente dichas insinuaciones. ¡Escribir!... ¡Trabajar!...
Llevaba ocho meses de inacción, yendo de un lado á otro, con la inútil esperanza del enfermo que pasa de balneario en balneario sin encontrar reposo. Era dueño absoluto de su persona, vivía solo, con entera libertad; ¡mas de qué le servía la libertad!...
Se había dirigido á Madrid al marcharse de la Costa Azul. Fué á modo de una fuga, sin otra despedida que una breve carta.
La noche anterior había hablado con Rosaura tranquilamente. Los dos seguían viéndose; pero quedaba en su memoria el recuerdo de aquella conversación, frente al mar, en lo alto de la pendiente cubierta de flores, bajo la luz rosada del ocaso. Consideraban indudable la separación de que habían hablado; pero transcurrían los días sin que se realizase. Y de pronto Claudio tomaba el tren, dejando en su vivienda una breve carta para que la llevasen á la «villa» de Rosaura.
Era una repetición inconsciente de lo que había hecho la argentina en Marsella un año antes.
Al llegar á Madrid, creyóse libertado para siempre de lo que él llamaba «esclavitud con cadenas de oro». Se imaginó haber suprimido el tiempo al verse lo mismo que antes de que se encontrasen los dos en Aviñón. Al final conseguiría borrar los últimos meses de su existencia.
Vivió en el mismo hotel, visitó á sus amigos antiguos, se mostró discretamente en los lugares donde se reunían estos compañeros de su juventud. Seguían batiéndose y envidiándose entre ellos, lo mismo que antes. Necesitaban verse todos los días, como si la vida les fuese imposible sin este contacto hostil. Otra vez, animados por su presencia, le pidieron dinero, tratándolo con la consideración y el menosprecio de que juzgaban merecedores á todos los ricos aficionados á las Letras.
Había escogido á Madrid como término de su fuga, creyendo encontrar en esta ciudad un ambiente refractario á sus melancolías; pero los recuerdos de aquella mujer fueron saliéndole al paso. Un día, en el barrio de Salamanca, vió el edificio habitado en otro tiempo por Bustamante. Personas desconocidas lo ocupaban ahora. Doña Nati había creído prudente «levantar la casa», imaginando que el alto cargo de su cuñado en Roma sería eterno.
Aquí había visto él por primera vez á Rosaura. Evocaba con todo el relieve de las cosas recientes aquella comida en honor de la viuda de Pineda, así como el amoroso deslumbramiento que parecían sufrir los hombres y la envidiosa admiración de las señoras. Y procuró no pasar más por dicha calle. Era prudente impedir una resurrección molesta del pasado.
Nuevas imágenes fueron emergiendo en su memoria, nunca recordadas cuando vivía al lado de ella.
Un año antes la había visto en su automóvil por el Paseo de la Castellana. Días después, ante los escaparates de una tienda elegante de la Carrera de San Jerónimo, se fijó en unos hombres que miraban al interior, haciendo comentarios admirativos y salaces sobre una dama hermosísima que acababa de entrar, dejando su coche á la puerta. Era la hermosa viuda sudamericana, que no podía mostrarse en las calles sin excitar ávida curiosidad y carnales deseos.
«Esto pasará--se dijo Borja--. Mi fuga está todavía muy reciente. Aún no hace un mes que me separé de ella. Cuando trabaje de veras, estos recuerdos se disolverán como humo.»
Y se dedicó á organizar su trabajo, lo mismo que si preparase un remedio. Alquiló una casa en las afueras de Madrid, llevando á ella libros y muebles que las andanzas de su vida le habían hecho confiar á la custodia de varios amigos. Con repentino optimismo ideó la producción de varias obras literarias que llegarían á hacerse famosas. Indudablemente, su ruptura con Rosaura tenía algo de providencial. Iba á escribir en seguida la novela poemática del papa Luna, contando sus aventuras pontificales de mar y tierra. Luego seguiría dedicándose al género novelesco, produciendo nuevas historias de la vida contemporánea.
Pensó un momento en escribir una novela sobre el tema de sus amores; las voluptuosidades y las inquietudes de un Tannhäuser moderno adormecido á los pies de Venus. Inmediatamente desistió de tal proyecto. Era destapar una herida propia, hundiendo en ella sus dedos, irritándola. Un poeta puede cantar sus dolores. La obra es rápida, un trabajo de horas, que no se prolonga más allá de la impresión momentánea. Al novelista sólo le es dado contar historias ajenas. Su trabajo exige muchos meses. ¡Imposible dedicarse día á día, en un plazo tan largo, á la evocación de penas propias ya casi olvidadas!... Es un suplicio superior á las fuerzas del hombre. Nada de su historia. Contaría las de los otros.
De pronto esta energía productora se vino abajo, y su voluntad desfalleciente buscó excusas.
Había llegado el verano, iniciándose la desbandada de los habitantes de Madrid hacia las costas del Norte. Volvería á trabajar en los primeros meses del invierno. Ahora debía hacer lo mismo que los otros. Pero en vez de dirigirse hacia el mar Cantábrico, como los más, buscó el Mediterráneo, y fué á Valencia, por haber recibido una carta de don Baltasar Figueras.
Ya estaba el canónigo de regreso en su caserón-archivo, haciéndose lenguas de lo que llevaba visto en Roma, gracias al apoyo del embajador español y de aquel diplomático sudamericano, el señor Enciso de las Casas, que él apreciaba como uno de los personajes más importantes de la Ciudad Eterna, después del Papa, por su palacio comparable á un almacén de antigüedades, por su amistad con numerosos príncipes de la Iglesia que asistían á sus banquetes, por los libros que publicaba magníficamente impresos, de los cuales había dado algunos á Figueras, edición especial destinada á los bibliófilos.
Recibió don Baltasar á su sobrino con admirable tranquilidad, como si la existencia del joven y la suya propia no significasen nada al lado de las obras de erudición que llevaba entre manos y los descubrimientos de arte retrospectivo que acaba de hacer en Roma.
No se enteró siquiera de lo que esperaba hacer Claudio al instalarse de nuevo en España. Tampoco le preguntó por la señora de Pineda, ni quiso averiguar los motivos de este cambio de residencia. Como si no lo hubiese visto en la Costa Azul; como si no hubiera almorzado dos veces en la «villa» de aquella dama.
Inmediatamente le habló con entusiasmo de las habitaciones del Vaticano llamadas «Estancias de los Borgia», preocupándose en especial del pavimento antiguo de dichas salas.
Sólo quedaban de él algunos fragmentos de ladrillos, guardados como reliquias artísticas. Había sido hecho indudablemente de azulejos de Manises, adornados con escudos heráldicos en los que figuraba el toro rojo de los Borgia. Traía dibujos de ellos, destinados á la ilustración de su próximo estudio sobre la azulejería valenciana. Y dejándose arrastrar por sus entusiasmos de erudito, enumeró las glorias de este arte, que iniciaron los árabes en Valencia y fué perfeccionado por los cristianos, hasta convertirse en la producción decorativa más importante de la España medieval.
--Los azulejos de Valencia--dijo--, así como sus platos y jarrones de reflejos dorados, los llevaban á todas partes los marinos de Mallorca, y por eso todavía guardan en el mundo el título de «mayólicas». Los azulejeros establecidos en los pueblos de Manises y Paterna eran verdaderos maestros. En los documentos de la época se les designa siempre en latín, con el título honorífico de _magister operis terræ_, y otras veces, cuando sólo fabrican azulejos en forma de ladrillos (en valenciano _rajòles_), se les da igualmente el título latino de _rajolarius_.
La fama de los azulejos de Valencia había llegado á Roma, y cardenales y Papas encargaban las llamadas «mayólicas» para el adorno de sus nuevas construcciones, encontrándolas más alegres y atractivas á la vista que el mármol extraído de los monumentos ruinosos de la antigüedad.
--El primer papa Borja, ocupado en combatir á los turcos, apenas construyó. Además era un jurisconsulto. Alejandro VI, más artista, fué ensanchando el Vaticano y quiso adornar los salones papales con azulejos de Manises, encargando pisos enteros á los _rajolarius_ de aquí, tal vez con arreglo á dibujos hechos por el Pinturicchio. Esto último es lo que me falta averiguar.
A Claudio no le interesaban las preocupaciones del canónigo, y hasta miró á éste con cierta hostilidad. Excelente persona, pero sin corazón. Viejo y además clérigo. Un egoísta, que sólo se preocupaba de sus _magister operis terræ_.
Ni una sola vez nombró á Rosaura. ¡Como si ignorase su existencia! Al pasar por la Costa Azul en el viaje de regreso, su tren se habría deslizado á lo largo del jardín de ella, sin que se le ocurriese buscar con los ojos la «villa» lujosa donde había estado.
Deseó más noticias, é hizo preguntas intencionadas al canónigo, para enterarse de cómo había sabido que él vivía ahora en Madrid, enviándole allá su carta.
--Me lo dijo el señor Bustamante antes de que yo saliese de Roma--contestó con indiferencia don Baltasar, no dando importancia á sus palabras.
Así supo Claudio que don Arístides y su familia se habían enterado de su fuga de la Costa Azul, pocas semanas después de realizarla. Esto le pareció asombroso. Luego se dió cuenta de la continua relación que existe entre el mundo invernal agrupado en torno á Niza y la sociedad diplomática y cosmopolita establecida en Roma. Siempre hay gente que circula entre ambos núcleos, transmitiendo noticias y murmuraciones. Esta especie de policía voluntaria había llevado la nueva de la desaparición del joven, último _béguin_ de la rica viuda argentina.
Sólo estuvo en Valencia unos días. Volvió otra vez á Madrid, no queriendo seguir el viaje en ferrocarril hasta Barcelona. Peñíscola estaba en el camino. Además, saliendo de España por la estación de Port-Bou caería en Aviñón, y esto le pareció equivalente á volcar con un pie la colmena de sus recuerdos, que, como abejas irritadas, le perseguirían en su fuga.
Permaneció una semana en San Sebastián, aburriéndose. Pasó á Biarritz, y el fastidio fué pisando sus huellas.
Al principio de su fuga había creído conveniente enviar á Rosaura algunas cartas y tarjetas postales con saludos corteses, para hacerla saber dónde se hallaba. Ninguna respuesta. Tal silencio le pareció natural. Luego fué espaciando dichos recuerdos epistolares y finalmente se abstuvo de ellos.
Durante el verano sintió repetidas veces la necesidad de escribirla de nuevo; pero ahora fueron cartas largas, con evocaciones melancólicas del pasado, apuntando su deseo de implorar perdón y reteniéndose en seguida por miedo á la humildad del mencionado gesto.
No envió ninguna de las cartas. Después de escritas durante la noche, las dejaba sobre una mesa para echarlas al correo á la mañana siguiente... y lo primero que hacía al levantarse, era romperlas.
«Mejor es así--pensaba--. No intentemos reformar lo que ya está hecho. Debo mantener mi libertad.»
Y se preguntaba vanidosamente si ella habría procedido lo mismo, escribiendo apasionados llamamientos para que volviese á su lado, y rompiéndolos horas después, bajo la rabiosa sugestión del orgullo.
A pesar de que Claudio se juró á sí mismo muchas veces que Rosaura empezaba á serle indiferente, y según transcurría el tiempo su imagen se iba esfumando un poco en su memoria, procuró averiguar dónde vivía.
Estando en París, á principios del otoño, hizo preguntas á muchos conocidos suyos, pertenecientes á la sociedad cosmopolita que cambia de domicilio á cada estación del año, según las exigencias de la moda. Todos acogían sus preguntas con un gesto igual: primero de asombro, luego de duda.
--_¿Madame_ Pineda?... Hace mucho tiempo que no la veo... Es cierto; nada se sabe de ella. ¿Dónde estará?
Los que presumían de mejor enterados daban noticias contradictorias. Afirmaron algunos haberla visto en Deauville durante el verano; otros en Venecia. Uno hasta dijo que la había saludado en Biarritz; pero Claudio estaba allá en la misma época. En realidad, nadie sabía con certeza qué era de ella después del invierno anterior, pasado en la Costa Azul.
Pensó Claudio que tal vez vivía en Londres, cerca de sus hijos. Las decepciones amorosas iban seguidas en esta mujer de un recrudecimiento del cariño maternal.
Sin saber cómo, al principio del invierno se vió Borja en Roma. El señor Bustamante le había escrito á París con tono de padre bondadoso, después de un año de frialdad epistolar; pero no fué esta carta ni el deseo de ver al solemne personaje lo que le impulsó á ir á dicha capital.
Cuando en su reflexiva soledad se preguntaba el motivo de tal viaje, atribuíalo á no existir en el presente momento ningún lugar de la tierra que pudiese ejercer sobre él mayor atracción. Había vuelto á pensar en aquella novela suya cuyo protagonista era el papa Luna, varón tenaz, empeñado en la conquista de Roma, y que nunca llegó á pisar su suelo.
«Yo iré por él--se dijo el joven--. Tal vez en esa ciudad, meta de todas sus ambiciones, vea yo al personaje bajo una nueva luz.»
Además llevaba leídos los manuscritos y artículos de revista que don Baltasar le dió en Niza, apreciaciones sobre los Borgia y el Renacimiento italiano, que despertaron en su voluntad un vivo deseo de volver á visitar la metrópoli papal. Y se instaló en ella pensando que en Roma podría trabajar lo mismo que en Madrid.
Lo recibió como un hijo el ilustre Bustamante, en su palacio de la plaza de España. Toda su familia parecía haber pasado la existencia entera en este edificio destinado á los embajadores españoles acreditados cerca del Papa. Doña Nati se movía dentro de él como si estuviese en su casa paterna.
Nadie hizo alusión á la vida anterior de Claudio. Jamás surgió en sus conversaciones el nombre de la viuda de Pineda. Como si no la conociesen. Se adivinaba que era cosa convenida entre ellos no hablar de lo pasado.
La cuñada del embajador fué la única que, en ciertos momentos, por una agresividad irresistible, mostró intención de recordar á la dama sudamericana, tan aborrecida por ella en otros tiempos. Pero inmediatamente desistía de sus propósitos la viuda de Gamboa, aunque no estuviese presente su ilustre cuñado para llamarla á la prudencia con significativos carraspeos y movimientos de párpados. Estela, por su parte, sentíase tan contenta de ver á Claudio, que para conservar este gozo se abstuvo de preguntarle qué había hecho durante tan largo apartamiento.
Guiaba y mantenía el hombre ilustre la prudencia de su familia dando ejemplo de discreción en sus conversaciones con Borja. Continuaba hablando, como siempre, de las grandes familias hispano-americanas, todas amigas suyas; pero al mismo tiempo, con la pericia del piloto que presiente la cercanía de un peligro oculto, deslizaba su verbosidad entre tantas personas allegadas á la viuda de Pineda, sin nombrar nunca á ésta.
Su propia gloria era el tema ahora de la mayor parte de sus conversaciones. Mostraba una melancolía de grande hombre, mal comprendido y peor remunerado, al quejarse de que su gobierno no se daba cuenta de los inmensos servicios que estaba prestando en Roma. Casi todos los representantes diplomáticos de las repúblicas hispano-americanas eran amigos suyos, y habían pasado por Madrid para recibir los homenajes de la «Fraternidad Hispano-Americana». Esto le permitía figurar á la cabeza de todos ellos, honor que no habían conseguido nunca, según don Arístides, los otros embajadores.
--Soy el cordón umbilical--dijo gravemente á Borja--que une á nuestras hijas de América con la Santa Sede. Todos sus ministros me buscan para que les sirva de intermediario. Habrás notado que esta casa se ve más frecuentada que nunca por la diplomacia de habla española.
Y acto seguido, como si hiciese una concesión, añadió con envidia é ingratitud, sin darse cuenta de ello:
--Unicamente Enciso tiene tanta gente en su palacio. Tal vez tenga más, pues convida á todos los cardenales... Pero él es rico, y gracias á su dinero, que le permite dar banquetes casi á diario, puede creerse un gran diplomático y un verdadero escritor.
Don Arístides tenía que limitarse á dar tés, bajo la dirección económica de su cuñada.
--No hemos venido aquí á arruinarnos--decía agriamente la viuda de Gamboa--. Nuestro gobierno da muy poco para gastos de representación. Con un té cada mes hay de sobra. Que vayan todas esas gentes á matar el hambre á casa de Enciso, divirtiendo su vanidad de fantasmón.
Estos comentarios no impedían que la terrible cuñada de Bustamante fuese la primera en halagar con visitas puntuales y exagerados elogios á la esposa de Enciso y sus numerosas hijas. Era el medio más seguro para que no se olvidasen de invitarla á sus banquetes.
Vióse Claudio rodeado al poco tiempo de igual ambiente que dos años antes en Madrid. Todos lo consideraban como yerno futuro del embajador de España. Ni siquiera hacían alusiones verbales á su noviazgo con la hija. Era algo sobre lo cual resultaban imposibles las dudas.
La tía de la joven lo había vuelto á tratar como un sobrino futuro, reservando para él las avaras dulzuras de su carácter. Lo invitaba á que las acompañase, á ella y á Estela, en sus paseos por los alrededores de Roma, ó en sus visitas á ciertos amigos comunes, disponiendo tales salidas hábilmente, para que los dos «novios» pudiesen hablarse á solas. Y Claudio se dejaba arrastrar por esta complicidad, encontrando un nuevo placer, pálido y discreto, en su trato con la joven.
Siempre, al iniciar la conversación con ella, resurgía en su memoria la imagen de Rosaura. Luego la olvidaba, influenciado por el encanto ingenuo y discreto de Estela. Seguía comparando mentalmente esta atracción con el perfume de la violeta silvestre. Además, llevaba muchos meses de aislamiento, y esta criatura modosita y tímida era una mujer, aunque ¡tan distinta de la otra!...
De pronto, en una de aquellas inconsecuencias de su naturaleza caprichosa, sentíase cansado de Bustamante y su cuñada, así como de toda la tribu (era su palabra) de cardenales, príncipes italianos y diplomáticos de diversas procedencias que acudían como á un refectorio á la mesa de Enciso de las Casas.
El recuerdo de Estela embalsamaba su memoria discretamente. Era el único ser que no le infundía odio en tales momentos, pero le resultaba grato vivir sin verla, manteniéndose recluído varios días en su casa.
Tenía alquilado un «villino» en las afueras de Roma, una construcción «género artista», con pequeño jardín y estudio de pintor, propiedad de un joven yanqui aficionado á diversas artes que se mantenía á la puerta de todas ellas; situación casi igual á la suya en literatura. Se había ido á Nueva York por varios meses, y al conocerse ambos en París, en el salón de un amigo, el norteamericano le arrendaba á última hora su casa de Roma, incluyendo en tal cesión la servidumbre: un ayuda de cámara italiano y su mujer, que actuaba de cocinera.
Tendido en un profundo diván persa, con toldo de seda á rayas sostenido por lanzas, mueble el más importante del estudio, y entre pinturas que Claudio definía como «ultramodernistas», dejaba correr su pensamiento á través del pasado.
Sentía la influencia espiritual de Roma, la presión de un ambiente que hace amar la antigüedad hasta á los seres de gustos más vulgares, con inesperado romanticismo.
Entre los veinticinco siglos de vida de esta urbe, buscaba con predilección un período de cien años marcado por los historiadores con el título de Renacimiento.
También él sentíase agitado por un deseo semejante al de Enciso, que lamentaba no haber sido cardenal en el siglo XV. Le daban envidia los príncipes y _condottieri_ de la época de Segismundo Malatesta y César Borgia, haciendo la guerra entre baile y baile, organizando las fiestas del Carnaval ante ciudades sitiadas, confundiendo en su existencia, para apurarlos de un solo golpe, como el ebrio que bebe de un trago toda su botella, cuantos vicios ha podido inventar el hombre y cuantos placeres ideales guardan las artes.
Moviéndose en pequeños escenarios, eran, sin embargo, para Borja los mayores hombres de acción que mencionaba la Historia. Todos morían jóvenes, como si, pasados los treinta años, no pudiendo ya reservarles la vida ninguna novedad, se marchasen de ella voluntariamente.
Hacía desfilar por su imaginación cuanto había oído á los eruditos sobre dicha época y lo que llevaba aprendido en incesantes lecturas.
Era un período de personajes hambrientos de gloria. Lo mismo los Papas que los soberanos laicos, sólo pensaban en inmortalizar su nombre, y esto les permitía mirar á la muerte cara á cara.
El lujo resultaba mayor que nunca. Los florentinos, que habían llamado siempre «vaqueros» á los romanos por ser su principal riqueza los rebaños salvajes de una campiña abundante en marismas, empezaban á reconocer que esta gente ruda rivalizaba con ellos en lujo y en placeres.
Venecia, Florencia y Nápoles eran de una riqueza considerable. Roma atraía el dinero de toda la cristiandad. El juego causaba tantos estragos en las familias como el amor. Los novelistas á la moda extremaban los modelos que Boccacio les había dejado en sus cuentos, divirtiendo al público con relatos que ponían en ridículo el matrimonio y la familia. Empezaba el teatro en los alcázares de los soberanos italianos, y todas las comedias tenían por base anécdotas lascivas.
Pontífices y reyes se ocupaban igualmente en la organización de las fiestas del Carnaval, como si fuesen un asunto de Estado. Les convenía que el pueblo se entregara á desenfrenadas diversiones, creyéndose de este modo completamente libre. Había que fomentar la inmoralidad estrepitosa del populacho, para que no diese oídos á los revolucionarios.
Respetables personajes tenían esclavas orientales en sus casas é iban además de visita á los palacios de las cortesanas célebres. Escritores famosos ensalzaban el «vicio griego», llegando á decir el poeta Ariosto que todos los humanistas de su época habían incurrido en dicha aberración sexual. Algunos de ellos, para justificarse, alegaban el ejemplo de la antigüedad, recordando á Platón y á Sócrates como de los mismos gustos.
No eran menos inmorales la pintura y la escultura. Se permitían los artistas los más audaces atrevimientos dentro de las iglesias, retratando á los contemporáneos en las imágenes santas. Segismundo Malatesta levantaba un templo en Rímini á la gloria de su amante la bella Isotta, que no sabía leer y escribir--cosa rara en aquella época, por ser las mujeres muy letradas y artistas--, y en el interior hacía colocar estatuas de los dioses olímpicos, figurando Venus desnuda cerca de la Virgen.
Justificaba la corrupción general el excesivo celo y el fanatismo desorientado del virtuoso Savonarola, quien incluía en idéntico anatema la liviandad y los esplendores del arte, como si fuesen pecados iguales.
En vano legislaban príncipes y Pontífices contra el lujo de la época. Un vestido de una de las Sforza hallábase de tal modo cubierto de perlas y bordados, que su valor se estimaba en 5.000 ducados de oro, cantidad equivalente á 50.000 dólares actuales. Los padres sólo podían casar á una de sus hijas, enviando las otras al convento. Una boda iba acompañada de tan fastuosas ceremonias, que arruinaba á una familia.
La usura era la principal industria de muchas ciudades italianas. Los judíos, únicos que la ejercían al principio, veíanse suplantados por los cristianos, resultando éstos al fin más sin entrañas que los prestamistas israelitas. El interés de treinta por ciento era ordinario, llegando algunas veces al setenta ú ochenta. Todos querían dinero para divertirse, tomándolo sin fijarse en las consecuencias.
Los que se dedicaban al placer habían hecho voto de morir jóvenes. Nunca se conoció mayor desprecio por la vida ajena. El que tenía un enemigo lo asesinaba por sí mismo ó valiéndose del auxilio de un mercenario. Los grandes mantenían un alquimista de cámara para que les preparase nuevos venenos. La liviandad de esposas é hijas daba origen á terribles venganzas. En la Roma de entonces raro era el amanecer que no se encontraban en las calles varios cadáveres; pero esto no impedía las arriesgadas aventuras de la noche siguiente. Además, según decían los humanistas, «los favoritos de los dioses deben morir jóvenes», y únicamente los burgueses, vulgares y tímidos, podían aspirar á una monótona vejez.
El humanismo que parecía materialista representaba en realidad una gran aspiración espiritual.
«Los hombres de estudio y los artistas--pensaba Borja--vivían postrados á los pies de Venus, divinidad despertada después de tantos siglos de sueño mortal, como las estatuas que iba desenterrando el arado en la campiña romana.»
Venus ya no era solamente la diosa del amor; servía de símbolo á la belleza, á la razón, á la dulzura de vivir, evocadas por el Renacimiento.
Hasta el populacho sentía estos entusiasmos idealistas. Desenterraban los excavadores con sus picos un sarcófago de la antigua Roma, y dentro de él una joven desnuda, blanca como el marfil, con rubia cabellera semejante á los rayos del sol, conservada durante mil quinientos años por un líquido misterioso que llenaba su tumba.
Corrían las gentes á admirarla, dándole en seguida un nombre. Era «la hija de Cicerón». No podía ser otra. Cicerón presidía el Renacimiento, como el mago Virgilio la Edad Media.
Repartíase entre los poderosos el bálsamo protector de «la hija de Cicerón» para usos medicinales, y el cadáver de quince siglos, bello como la antigüedad clásica, se disgregaba á las cuarenta y ocho horas bajo la acción del aire y la luz, falto de su envoltura líquida.
La blanca Venus había vuelto á la tierra.
Veíase el cristianismo invadido por el paganismo. Los altos dignatarios de la Iglesia, bajo el influjo de los humanistas, eran los primeros en realizar la mezcla de las dos religiones, queriendo mostrarse así hombres de su tiempo con refinados gustos literarios.
Dios recibía el nombre de «Júpiter», y el cielo el de «Olimpo». Los santos eran llamados «dioses», los ángeles «genios», Cristo «el sublime héroe», y María «resplandeciente ninfa». Las monjas se veían designadas con el sobrenombre de «vestales», los cardenales eran «senadores», el infierno «el Tártaro» y Santo Tomás de Aquino «el Apolo de la cristiandad». Y tal mezcolanza pagano-cristiana, que iba expresando las cosas del catolicismo con un lenguaje gentílico, conseguía implantarse en los púlpitos y las altas asambleas de la Iglesia, hablando los predicadores en la basílica de San Pedro de «María, madre de los dioses», de «Cristo, dios del trueno», viéndose además comparados los Pontífices por sus aduladores, en italiano y en latín, con César ó Augusto, Aristóteles ó Platón, Cicerón ó Virgilio.
Este amor á la antigüedad no había extinguido las supersticiones, siendo la astrología la más saliente de todas ellas. Hasta los Pontífices creían en la influencia de los astros sobre los destinos del hombre, consultando á los versados en dicho estudio.
Unicamente Pío II, el escritor, y Alejandro VI, el segundo papa Borgia, mantuviéronse al margen de tales engaños. Alejandro hasta se negaba á recompensar varias obras de astrología que le dedicaron sus autores. En cambio, su hijo César Borgia, casi siempre incrédulo, mostraba la misma superstición de todos los hombres de lucha que exponen frecuentemente su vida, y semejante á numerosos capitanes de la misma época, consultaba á los astrólogos antes de emprender una batalla ó poner sitio á una ciudad. Papas célebres como Sixto IV, Julio II, León X, y todavía más adelante Paulo III, se dedicaban directamente á la astrología ó escuchaban con gravedad los diagnósticos celestes de los profesionales. Un médico y erudito como Pablo Toscanelli servía de astrólogo á los Médicis, no perdiendo su fe en dicha ciencia hasta los últimos años de su vida, cuando se vió arruinado, á pesar de que los planetas le habían prometido grandes riquezas.
Todas las soluciones importantes de los soberanos y hasta los asuntos de su vida corriente, como por ejemplo, la recepción de un embajador, un pequeño viaje ó el tomar una medicina, se determinaban consultando antes á las estrellas. Tal era la superstición sideral, que entre las gentes ricas nadie se atrevía á comer, á ponerse un vestido nuevo ó á intentar cosa alguna sin estudiar los astros.
Claudio terminaba siempre sus reflexiones acordándose de los Borgia y de las calumnias que los contemporáneos enemigos de dicha familia habían hecho pesar sobre ella.
Era absurdo juzgarlos con el criterio de los tiempos modernos. Resultaba falto de toda equidad no tener en cuenta su época y el ambiente en que se desarrollaron sus existencias.
«Si los salvajes que aún quedan en la tierra--pensaba Borja--nos parecen repugnantes, es porque la barbarie de sus costumbres contrasta con la civilización más ó menos relativa á que hemos llegado. Pero todavía existen en nuestra vida actual excesos, abusos é injusticias que los siglos futuros tendrán por execrables, mientras que á nosotros nos parecen una consecuencia forzosa del espíritu especial de nuestro tiempo. Para apreciar lo que fueron los Borgia hay que conocer los hombres y las costumbres de su época. Los devotos de ahora piensan con horror en Alejandro VI, Papa con hijos. Es porque en la actualidad el Papado vive como un simple poder espiritual, libre de las impurezas y tentaciones que traen consigo los gobiernos terrenales, y además, vigilado y depurado por los enemigos que tiene enfrente, el anticlericalismo de los incrédulos y las numerosas iglesias protestantes en que se fraccionó el cristianismo.»
Durante los siglos XV y XVI el Papado era todo lo contrario. La Iglesia católica dominaba moralmente á los grandes Estados de Europa, figurando al mismo tiempo como un Estado más, pues gobernaba políticamente á Roma y los territorios de la Santa Sede. El Papa era un soberano como los otros soberanos laicos, un rey electivo, lo mismo que los demás reyes. Y no resultaba Rodrigo de Borja el único Pontífice que tenía hijos y procuraba favorecerlos.
Casi todo el cardenalato de aquella época, del cual había de surgir el futuro Papa, estaba compuesto de ricos señores, acostumbrados á vivir con más ostentación que los príncipes seglares, por ser mayores sus rentas.
Se dedicaban á la protección de las bellas artes, se fortalecían en la caza cuando no podían hacerlo en la guerra, tenían numerosas amantes durante su juventud, que les daban no menos herederos, y llamaban á éstos unas veces sobrinos, por modestia, concediéndoles otras el título de hijos francamente, cuando sentían halagada su vanidad paternal por las condiciones de sus retoños, buenas ó malas.
II
Donde pasan y mueren cuatro Pontífices, mientras el vice-Papa se mantiene treinta y cuatro años esperando su hora.
Tendido en el gran diván de su estudio, seguía recordando Claudio la vida del cardenal Rodrigo de Borja, tan interesante para él como su pontificado.
Duraba treinta y cuatro años, entre la muerte de su tío Calixto III y su propia ascensión á la Santa Sede con el nombre de Alejandro VI.
En dicho período servía á cuatro Papas, Pío II, Paulo II, Sixto IV é Inocencio VIII, conservándolo todos ellos en su alto cargo de vicecanciller de la Iglesia y añadiendo cada uno nuevas prebendas y lucrativos obispados, que convertían al llamado cardenal de Valencia en uno de los más ricos príncipes eclesiásticos.
De actividad infatigable, múltiple y contradictorio en sus acciones, como la mayor parte de los personajes del Renacimiento, dedicaba una mitad de su existencia á los placeres y otra á los negocios de Estado y á la devoción, pues los excesos del libertinaje iban unidos en él á la fe de un sincero creyente.
Esta complejidad no representaba un caso único. Muchos de los hombres de su época fueron iguales. Lorenzo de Médicis peroraba en la Academia Platónica de Florencia sobre la virtud y la moralidad, sosteniendo al mismo tiempo relaciones ilícitas con doncellas y casadas. Escribía poemas en honor de la Virgen y canciones licenciosas de Carnaval para ser entonadas en las orgías.
Si cuatro Papas conservaban á Rodrigo de Borja en su alto cargo de vicecanciller, era porque le creían insustituíble. El llevaba adelante los negocios más difíciles de la Iglesia y bajo su dirección se iba ensanchando el poder político de la Santa Sede.
La muerte de su tío no disminuía su influencia en el Vaticano. Mientras el populacho de Roma se ocupaba en saquear lo que había quedado oculto bajo las ruinas de su palacio ó corría las calles gritando: «¡Mueran los catalanes!», él creaba un nuevo Papa, amigo suyo.
El sienés Piccolomini, bautizado Eneas Silvio, conforme á la moda impuesta por los humanistas, había sido siempre un escritor, fuera cual fuera el alto cargo que desempeñase. Su carácter ligero, agradable, dulce é inconstante parecía un reflejo de su estilo literario.
Había fluctuado durante su juventud del cisma á la legalidad pontifical, sirviendo á unos y á otros en los conflictos del Concilio de Basilea entre el Papa y el anti-Papa. Su juventud era libertina, como la de todos los letrados de su época, teniendo dos hijos de una inglesa que vivió con él y suponiéndole sus enemigos una segunda prole más oculta y numerosa.
Escribía novelas, poemas y libros científicos, con arreglo al gusto contemporáneo. Su compendio de geografía, que dejó sin terminar, describiendo el mundo conocido hasta entonces, especialmente el Asia, sirvió treinta años después á un visionario llamado Cristóbal Colón, figurando entre su reducido caudal de libros junto con otra enciclopedia cosmográfica escrita en el siglo anterior por el cardenal Pedro de Ailly.
Eneas Silvio amaba la Naturaleza, como Petrarca. El mismo se dió el título de «amigo de los bosques», y en su época papal huía, siempre que le era posible, de los palacios pontificios, para instalarse en alguna arboleda de la Umbría, abundosa en encinas seculares. Calixto III, preocupado en hacer la guerra á los turcos, no tuvo tiempo para proteger las artes y las letras; pero fijó sus ojos en este escritor, abriéndole la puerta más grande de la Iglesia, y veinte meses antes de su muerte lo hizo cardenal.
Al reunirse el cónclave, Piccolomini era el más moderno de sus individuos, pero tenía en su favor la popularidad literaria. El hábil Rodrigo de Borja, que sólo contaba en aquel entonces veintiséis años de edad, se propuso, con una audacia propia de su juventud ardiente, hacer Papa á Eneas Silvio, que era como de su familia, pues siempre se mostró agradecido á Calixto, su protector. No dejó que los cardenales se dividieran, sosteniendo cada uno á su candidato particular, y apenas reunido el cónclave, se adelantó á todas las opiniones proponiendo que Piccolomini fuese nombrado Papa por aclamación. Su elocuencia de meridional y la sorpresa causada por su iniciativa obtuvieron un triunfo instantáneo, y el nuevo Papa tomó el nombre de Pío II. Continuó siendo Borgia bajo su pontificado una especie de ministro universal de la Iglesia, pues á esto equivalía su cargo de vicecanciller.
Pío II, á los cincuenta y tres años, se mostraba de gran virtud por estar quebrantado su cuerpo, sufriendo especialmente el mal de gota á consecuencia de haber ido descalzo, por caminos helados, á una iglesia de la Virgen, en Escocia, para cumplir cierto voto hecho durante una tempestad en el mar. Sus dolencias le inmovilizaban en el lecho largo tiempo, y sólo en días de calma podía atender á los negocios del Papado ó á continuar la redacción de su libro _Cosas memorables_, en el que iba transcribiendo historias oídas y todo lo digno de mención visto en sus viajes.
Pequeño de estatura, algo rechoncho, con la cabeza blanca, sus gestos eran una mezcla de severidad y mansedumbre. Vestía modestamente, y su mesa resultaba frugal, contrastando dicha parquedad con el lujo que desplegaban los más de los cardenales.
Eneas Silvio hacía frecuentes viajes, sin miedo á sus molestias. El «amigo de los bosques» se mostraba cada vez más sensible á las plácidas impresiones de la Naturaleza, é ir en busca de ellas era el único placer que podía gozar. Viviendo en las arboledas de la Umbría, daba audiencia ó firmaba sus documentos bajo el ramaje de una encina de varios siglos.
Este Papa, que no amaba la guerra, tuvo que hacerla arriesgadamente al más terrible capitán de entonces, el famoso Segismundo Malatesta, feroz como un oso en sus momentos de cólera, y á otras horas artista de gustos refinados. Dicho monstruo servía á los Papas ó se burlaba de ellos, según convenía á sus intereses de soberano de Rímini.
Adivinando la debilidad de este Pontífice imbele, quiso despojarlo de una parte de las tierras de la Iglesia, mas el antiguo escritor acabó por aceptar la lucha, venciéndolo para siempre.
La impiedad de Malatesta dió á esta guerra el carácter de una pequeña cruzada. El señor de Rímini había matado á muchos clérigos y frailes. Además, colocaba dioses paganos en los templos, y una noche de orgía había ordenado que echasen tinta en todas las pilas de agua bendita de las iglesias de su capital, para que al día siguiente los devotos se viesen, durante la misa, con las caras tiznadas.
Reproducíase bajo el pontificado de Pío II el nepotismo de Calixto III y la invasión de sus conterráneos. Miles de habitantes de Siena corrían á Roma para obtener empleos de su compatriota, á semejanza de los «catalanes» durante el reinado del primer Borgia. Todos los que se llamaban Piccolomini exigían ricas prebendas sin alegar otro mérito que su apellido. Varios sobrinos del Papa ocupaban los primeros cargos laicos de la Iglesia. Repetíase una vez más lo ocurrido bajo los pontificados anteriores, y que lo mismo volvería á suceder en los siguientes.
Protestaba ahora el pueblo de Roma contra los sieneses, herederos de su antiguo odio contra los «catalanes». Mientras tanto, Pío II saboreaba la vanidad de haber vencido á Malatesta, terror de príncipes y Papas, instalándose, siempre que le era posible, en los montes Albanos, entre ruinas de la antigüedad, frente á los lagos Albani y Nemi, cuyas orillas estaban cubiertas entonces de frondosos bosques. El antiguo humanista esperaba encontrar en dichas espesuras «dioses» ó «ninfas», y toda gruta lacustre le parecía el refugio de Diana.
Seis años duró su pontificado, resultando un fracaso la cruzada organizada por él contra los turcos, á imitación de la del primer Borgia. El viejo y entusiasta español Juan de Carvajal, el de la «batalla de los tres Juanes», dirigía esta nueva cruzada, cuyo punto de reunión fué Ancona.
Casi todos los cruzados, españoles y franceses, mientras llegaban las naves que debían llevarlos á Oriente, se mataban entre ellos en continuas pendencias. No encontrando el Pontífice buques ni dinero, moría en Ancona, viendo con tristeza, desde una ventana de su dormitorio, las pocas naves que había conseguido reunir y la muchedumbre sin orden y sin armas, que nunca llegaría á formar un verdadero ejército.
Al recibirse en Roma la noticia de su muerte, se reprodujeron los mismos desórdenes que al desaparecer su antecesor. El populacho dió el grito de: «¡Mueran los sieneses!», matando á cuantos encontraba en las calles. Antonio Piccolomini, duque de Amalfi, sobrino favorito de Pío II, poseía el castillo de Sant Angelo, como Pedro Luis de Borja en el pontificado de Calixto III.
Cuando se reunió el cónclave, unos hablaron de hacer Papa al infatigable y virtuoso Carvajal, otros defendieron al anciano Torquemada, también español, de costumbres austeras, tenido por el primer teólogo de su tiempo. Pero los dos candidatos, á causa de su nacionalidad, se veían desechados. Además, Rodrigo de Borja, agitador incansable y teniendo á su disposición un grupo adicto de electores, procuraba nombrar Papa á un amigo suyo.
El cardenal Pedro Barbo, rico y noble veneciano, muy afecto á los Borgia, había arrostrado las iras de los enemigos de dicha familia cuando facilitó en compañía de Rodrigo la fuga del hermano de éste. Tal interés tenía el cardenal Borja en el triunfo de su compañero Barbo, que se hizo llevar al Vaticano, gravemente enfermo de fiebre, con la cabeza cubierta de trapos y vendas. Otros cardenales se quedaron en cama á causa de la peste reinante, evitándose con ello las privaciones y el encierro del cónclave, y Rodrigo de Borja se aprovechó de tales ausencias para hacer triunfar la candidatura de su amigo.
Barbo, que era de hermoso aspecto, quiso tomar como Pontífice el nombre de Formoso; pero los cardenales opusieron objeciones, por miedo á los comentarios del pueblo. Tampoco permitieron que se llamase Marcos, por ser San Marcos el grito de guerra de sus compatriotas los venecianos, y resolvió finalmente tomar el nombre de Paulo II.
La elección fué acompañada de los desórdenes y saqueos que eran cortejo inevitable de todo cónclave. Barbo y el belicoso cardenal Scarampo, antiguo almirante de Calixto III, ante la posibilidad de ser electos, habían guarnecido sus palacios con soldados y cañones.
Primeramente corrió la voz de que Scarampo era el elegido, y el populacho se dirigió contra su palacio, viéndose rechazado. Luego, al saber que era Barbo el triunfador, intentó asaltar su lujosa vivienda, llena de riquezas y tesoros de arte, siendo igualmente recibido á tiros de bombarda y espingardazos. Al fin, como todos deseaban robar algo, corrieron al monasterio de Santa María la Nuova, por imaginarse que se guardaban allí las riquezas del Papa electo, pero lo encontraron previsoramente guarnecido de tropas. Cuando, engrosadas las turbas, se empeñaron por segunda vez en tomar el palacio Barbo, hizo un convenio el nuevo Papa con los jefes del motín, dándoles 1.300 ducados de oro á cambio de que respetasen su vivienda. Esto no impidió que, al mismo tiempo, los servidores del Vaticano saqueasen la habitación ocupada por el cardenal Barbo durante el cónclave.
Así vivían los Pontífices en Roma. Paulo II tuvo que dar además 30.000 ducados á Piccolomini, duque de Amalfi, para que abandonase el castillo de Sant Angelo y los de Tívoli, Spoleto y Ostia, que le había confiado su tío, el Papa anterior. Queriendo evitar que en lo futuro se repitiesen tales abusos, puso el mencionado castillo, llave de Roma, bajo el gobierno de un hombre seguro. Y por consejo de su amigo Borgia, entregó dicha fortaleza al erudito español Rodrigo Sánchez de Arévalo, que unía poco después una mitra á su cargo de gobernador militar.
Activo y enérgico Barbo como cardenal, le hizo el Papado flojo de carácter, y sobre todo, perezoso y algo misántropo. Empezó á vivir al revés de los demás, haciendo de la noche día, dando audiencia á las dos ó las tres de la madrugada y obligando á esperar varias semanas á sus amigos más íntimos, deseosos de hablarle.
La suciedad de Roma y las charcas de su campiña prolongaban la peste hasta en los meses más fríos del invierno. La mortandad alcanzaba cifras aterradoras. Esto no impedía que el pueblo de Roma se preocupase del Carnaval como de la fiesta más importante del año, y Paulo II dispuso que sus procesiones de máscaras y sus carreras saliesen de la estrechez de la plaza del Capitolio, desarrollándose desde entonces en la calle más larga de la ciudad, la llamada vía Flaminia, que á consecuencia de tales desfiles tomó su moderno nombre de Corso. Una de las innovaciones del Carnaval fué establecer carreras de asnos, carreras de muchachos y carreras de judíos, siendo estas últimas las que divertían más á la grosera muchedumbre.
Tal fomento de las fiestas carnavalescas fué para Paulo II un medio de alejar al pueblo de los manejos revolucionarios. Durante su reinado se descubrió una conspiración que tenía por finalidad asesinar al Pontífice, proclamando la República romana. La dirigían los humanistas, uno de ellos el célebre erudito Platina; pero el más temible por su actividad y su audacia fué el poeta Calímaco.
Su propósito era introducir secretamente en Roma á todos los proscritos, ocultándolos en las ruinas de las casas derribadas para engrandecer el Vaticano. Luego fingirían una riña delante del palacio con los criados de los cardenales que esperaban á sus señores, llamando de este modo la atención de la reducida guardia del Pontífice, y mientras tanto, conspiradores ocultos penetrarían en el Vaticano, asesinando al Papa y á cuantos le rodeaban.
Dicho plan, semejante al de Porcaro años antes, acabó por ser descubierto, fulminando Paulo II terribles anatemas contra la llamada Academia de Roma, donde se reunían los adeptos del humanismo, todos ellos «materialistas y paganos».
Negaban á Dios, según el Papa, afirmando que no hay otro mundo fuera de este visible; que el alma muere con el cuerpo y el hombre puede entregarse á todos los deleites, sin miedo á los mandamientos divinos, cuidándose sólo de no ponerse en conflicto con la justicia criminal del Estado. Eran epicúreos, según las doctrinas de Lorenzo Valla, expuestas en su libro _Sobre el placer_. Comían carne en días de vigilia é insultaban á los sacerdotes por ser inventores de los ayunos y haber prohibido que se tomase más de una compañera. Reproducían las doctrinas del misterioso libro _Los tres impostores_, del que tanto se había hablado en la Edad Media, afirmando que Moisés engañó á los hombres con sus leyes, Cristo fué un adormecedor de pueblos, y Mahoma hombre de gran espíritu, pero asimismo engañador. «Se avergüenzan de sus nombres cristianos--continuaba el Papa--, prefiriendo otros gentílicos, y se permiten también los más escandalosos vicios de la antigüedad».
Calímaco y otros dos humanistas comprometidos conseguían huir de Roma. El célebre Platina sufrió larga prisión en el castillo de Sant Angelo, y como el gobernador de éste, Rodrigo Sánchez de Arévalo, obispo de Calahorra, era también muy versado en letras clásicas, cruzábanse numerosas epístolas en latín entre el guardián y el prisionero, dando por resultado tal correspondencia una creciente dulzura en las condiciones de su cautividad.
El único príncipe de la Iglesia respetado de todos era el anciano Carvajal. Vivía en una casa modestísima, repartiendo su dinero entre los pobres de Roma, avejentado y enfermo prematuramente por los seis años pasados en Hungría oponiéndose al avance de los turcos. Los demás cardenales eran grandes señores, procedentes de familias ilustres ó parientes de Papas, que habían obtenido los más ricos obispados de la cristiandad, derrochando alegremente sus rentas enormes.
Rodrigo de Borja, uno de los más jóvenes, tenía delante á otros príncipes eclesiásticos de mayor edad, que le superaban en opulencia. El más famoso, Scarampo, almirante pontificio, era apodado «el cardenal Lúculo» por los derroches de su mesa. Al mismo tiempo que mantenía numerosos palacios y costosas amantes, daba protección al célebre pintor Mantegna. Otro cardenal, el francés Guillermo de Estouteville, poseedor de incalculables rentas, vivía igualmente como un príncipe seglar, con numerosos hijos, sin miedo á los escándalos que provocaba su vida licenciosa y pensionando también á pintores y escultores.
Al fallecer estos dos magnates eclesiásticos, Rodrigo de Borja quedó á la cabeza de los cardenales que la gente llamaba «aseglarados», á causa de sus costumbres.
Paulo II moría casi repentinamente en 1471 á consecuencia de un hartazgo de melones, después de cenar al aire libre en los jardines del Vaticano, á la hora en que la atmósfera parecía más envenenada por las pestilencias palúdicas.
Como los venecianos habían sido los más influyentes durante el pontificado de su compatriota, el pueblo de Roma los aborrecía, lo mismo que años antes á los sieneses y á los españoles. Otra vez Rodrigo de Borja, que figuraba al frente del importante grupo de cardenales aseglarados, ricos, audaces é inquietos, influyó en la elección pontifical, ayudado por sus compañeros Gonzaga y Orsini, que tampoco eran de mejores costumbres. Fué el elegido un genovés, antiguo fraile, el cardenal Francisco de la Rovere, que tomó el nombre de Sixto IV.
La primera preocupación del nuevo Pontífice y del Sacro Colegio fué buscar los tesoros reunidos por Paulo II durante su pontificado. Poco antes de su fallecimiento había hecho saber al consistorio que guardaba medio millón de ducados para hacer la guerra á los turcos si los príncipes de la cristiandad se decidían á ayudarle. Lentamente fueron descubriendo estas riquezas que el Papa noctámbulo había ocultado en distintos lugares: cincuenta y cuatro copas de plata llenas de perlas, enorme cantidad de oro sin labrar, numerosas piedras preciosas y cuatro depósitos de moneda acuñada, que sumaban más de cuatrocientos mil ducados. Todos estos tesoros se confiaban á la custodia del obispo de Calahorra, alcaide del castillo de Sant Angelo.
Era el cardenal Borja quien ceñía la tiara al nuevo Pontífice, viendo asegurada por tercera vez su autoridad en el manejo de los negocios de la Santa Sede. Pero aunque Sixto IV le apreciaba en mucho y lo favorecía con valiosos donativos, se fué entregando á la influencia de sus nepotes, que formaban dos grupos igualmente rapaces, los Rovere y los Riario, hijos estos últimos de una de sus hermanas.
A la cabeza de los Rovere estaba Juliano, cardenal de carácter ardoroso y enérgico, semejante en costumbres y ambiciones á Rodrigo de Borja, sobrino de Papa como éste, licencioso en su vida, lo mismo que el cardenal de Valencia, amigos ambos unas veces por la comunidad de gustos, y tenaces adversarios en otras ocasiones, hasta los mayores extremos de enemistad. Juliano de la Rovere había de ser el eterno conspirador contra Alejandro VI, ciñéndose la tiara, después de la muerte de éste, con el nombre de Julio II.
En realidad, Sixto IV mostraba mayor afecto por otro sobrino suyo, Pedro Riario, al cual hizo cardenal teniendo veinticinco años. Juliano no pasaba de los veintiocho cuando recibió la púrpura al mismo tiempo que su primo. Muchos contemporáneos tenían la certeza de que el cardenal Riario era hijo, y no sobrino, de Sixto IV, explicándose así que el Pontífice lo prefiriese á Juliano de la Rovere, de más talento y carácter.
Jamás llegaron los Borgia á las fastuosidades de este cardenal Riario, presunto hijo del Papa, el cual pasó repentinamente de ser un pobre frailecito á malgastar las riquezas de la Santa Sede. Le dió su padre tantos obispados, abadías y otros cargos fructuosos, que sus rentas anuales ascendieron á tres millones de francos oro, y aun con esto no tenía bastante para su desatinada prodigalidad.
Sólo comía en vajilla de oro; montaba los más valiosos corceles; su servidumbre vestía de seda y púrpura; iba á todas partes llevando un cortejo de poetas y pintores; daba la importancia de negocios de Estado á la organización en sus palacios y jardines de funciones teatrales y representaciones bélicas. «Quiso competir--dijo Platina, el humanista protegido por él y nombrado por Sixto IV bibliotecario del Vaticano--con todos los personajes antiguos en grandiosidad y magnificencia... lo mismo en las cosas buenas que en los vicios.»
Este joven, que era fraile franciscano meses antes, andaba por sus palacios con vestiduras de oro y «cubría á sus amigas de perlas finas desde la cabeza á los pies». Los personajes que pasaban por Roma, reyes cristianos de Oriente empujados por el avance de los turcos, ó soberanos occidentales, no podían disimular su asombro ante las fiestas con que les obsequiaba el cardenal Riario.
Hacía construir palacios de madera para banquetes de gala que sólo duraban unas horas, deshaciéndolos á continuación. Cada servicio lo anunciaba su senescal entrando á caballo en el comedor, con traje distinto y seguido de músicos que escoltaban los platos.
A una princesa de la dinastía Aragón de Nápoles la obsequiaba con un banquete que duró seis horas, sirviéndose en su transcurso cuarenta y cuatro platos, ciervos enteros asados con su piel, cabras, liebres, terneros, grullas, pavos y faisanes conservando su plumaje. El plato más enorme, llevado en hombros por una docena de servidores vestidos de seda, tenía la apariencia de un oso de tamaño natural, con un palo en la boca. El pan había sido dorado, y los peces, así como otros manjares, llegaban á la mesa cubiertos de plata. En las obras de confitería intervenían los mejores escultores de Roma. Los doce trabajos de Hércules, todos ellos con personajes de dimensiones ordinarias, estaban esculpidos en materias azucaradas. Otro plato era una montaña con una sierpe gigantesca que se movía lo mismo que un reptil viviente.
También desfilaban ante las mesas castillos embanderados, todos de confitería, y estas obras eran arrojadas á continuación por los balcones del comedor sobre el populacho, que coreaba desde fuera con sus gritos las músicas del banquete. Igualmente estaban hechos de turrón y otras materias semejantes diez navíos que se presentaban cargados de peladillas en forma de bellotas, por figurar la bellota en el escudo de los Rovere. Como final, aparecía Venus en su carro de nácar tirado por cisnes; una montaña que se partía, saliendo de ella un poeta para expresar en forma rimada su admiración ante tal banquete; y tropas coreográficas de mujeres, bailando danzas antiguas, pretexto, según el gusto de entonces, para excitar la concupiscencia.
En los tres años que duró su cardenalato, gastó Pedro Riario 300.000 ducados de oro (varios millones de la moneda actual), dejando aún deudas por valor de 60.000. Sixto IV le lloraba con un dolor de padre, olvidando sus despilfarros y la enfermedad crapulosa que ocasionó su muerte en pocos días, viendo solamente lo que este joven, digno de su época, había hecho en favor de las artes, protegiendo á pintores, escultores y arquitectos. Todos los poetas de Roma le lloraron en sus versos como un nuevo Mecenas.
La desaparición de Pedro Riario dejó campo libre á las ambiciones de su primo Juliano de la Rovere. Además, éste pudo robustecer su influencia entre los cardenales aseglarados, sin obstáculo alguno, por hallarse Rodrigo de Borja fuera de Roma.
Pretendió Sixto IV organizar de nuevo la cruzada contra los turcos, enviando legados á las principales potencias cristianas para que le ayudasen en dicha empresa. A Borja le encargó que fuese á España, emprendiendo éste el viaje en Mayo de 1472.
Era la primera vez que regresaba á su patria, de la que había salido siendo adolescente, y luego de dicha visita nunca volvió á ella. Según era costumbre, todos los cardenales residentes en Roma escoltaron á su compañero hasta la puerta de San Pablo, dándole el beso de despedida. En el puerto de Ostia tuvo que aguardar á que pasase un furioso temporal, y emprendió su navegación días después en dos naves del rey Ferrante de Nápoles, haciendo escala en Córcega y llegando el 17 de Junio á la playa de Valencia.
Llevaba con él varios obispos italianos, abades, jurisconsultos, poetas, que le servían de secretarios, y dos pintores napolitanos que acabaron quedándose en España.
Valencia era entonces la ciudad más rica del Mediterráneo español y la de costumbres más alegres y libres. Juan II, padre de Fernando el Católico, vivía en incesante lucha con los catalanes, negándose Barcelona á reconocer su autoridad, y todo el movimiento marítimo había pasado á Valencia. Su puerto era desde el reinado de Alfonso V un centro receptor y distribuidor del comercio con Italia.
Recordaba Claudio Borja lo que había leído en las Memorias de un tal Münzer, viajero alemán que visitaba dicha ciudad en el último tercio del siglo XV, admirando sus campos de limoneros, naranjos y palmeras, y aún más la elegancia de sus mujeres.
«Las valencianas--decía el alemán--visten con singular pero excesiva bizarría, pues van descotadas de tal modo, que se les pueden ver los pezones, y además, todas se pintan la cara y usan afeites y perfumes, cosa en verdad censurable. Los habitantes de Valencia acostumbran á pasear de noche por las calles, en las que hay tal gentío que se diría estar en una feria, pero con mucho orden, porque nadie se mete con el prójimo. Las tiendas de comestibles no se cierran hasta medianoche. No hubiera creído que existiera tal espectáculo á no haberlo visto.»
Esta ciudad rica y jocunda, que parecía reflejar las costumbres de la Italia del Renacimiento, situada enfrente, en la otra ribera del Mediterráneo occidental, recibió al embajador del Papa con el mismo aparato que si fuese un rey. Tuvo que pasar Rodrigo de Borja dos días en un monasterio inmediato, mientras preparaban su recibimiento. El cortejo ocupó una extensión de dos kilómetros. El cardenal de Valencia entró á caballo, bajo un palio que sostenían los personajes más importantes de la ciudad, entre timbales y trompetas, por calles cubiertas de ricos tapices, precediéndole todas las parroquias con cruz alzada y numerosas hermandades. En días sucesivos empezaron los banquetes dados por Borja en su palacio episcopal.
Este vicecanciller de la Santa Sede poseía, además de las ricas mitras de Valencia, Cartagena y Oporto, numerosas abadías, y la fortuna heredada de su hermano Pedro Luis. Todas sus rentas las gastaba espléndidamente.
Viviendo en Roma, había vencido en 1461 á los cardenales más opulentos cuando se estableció una pugna entre ellos por quién arreglaría mejor la fachada de su palacio en la fiesta del Corpus. El pueblo romano lo apreciaba como el más generoso y munificente de los príncipes de la Iglesia. También había sobrepasado á sus compañeros del Sacro Colegio al disponer Pío II grandes fiestas para recibir en Roma la cabeza del apóstol San Andrés, y al intentar dicho Pontífice la organización de una escuadra contra los turcos. En esta ocasión era el único que le obedecía, regalando un buque completamente armado.
La gula resultaba, según sus enemigos, el solo vicio ignorado por él. Le gustaba comer un plato único, pero abundante, y cuando fué Papa los cardenales temían como una desgracia que los invitase á su mesa. Tampoco mostraba afición al vino, condición de muchos hombres del Mediterráneo, enérgicos y ardorosos, y cuando lo bebía era mezclado con agua.
Todo esto no fué obstáculo para que el fastuoso cardenal--obispo de Valencia--diese grandes banquetes en su palacio. La ciudad había adornado sus calles en relación con la especialidad de los comerciantes ó menestrales establecidos en ellas. En la Tapinería, donde trabajaban los fabricantes de _tapines_ ó chapines, calzado alto, inventado por los moros, que aumentaba la estatura de las mujeres y cuya moda se extendía hasta Venecia, las casas se mostraban cubiertas de chapines de los más caros, que tenían las suelas con adornos de oro, plata y diamantes. En la calle de las Platerías los orfebres ostentaban sobre tapices de brocado sus obras más suntuosas, y en la Puerta Nueva, cerca del sitio donde se iba á construir poco después la famosa Lonja, aparecían revestidos los edificios, del tejado al suelo, con piezas de ricas telas. Los señores circulaban entre la muchedumbre montados en mulas y llevando á la grupa su dama.
El sobrino de Calixto III era saludado por el pueblo como una gloria nacional. Todos presentían que iba á ser Papa como su antecesor. Tuvo que abandonar la ciudad para ir en busca del rey de Aragón y su hijo, el futuro don Fernando el Católico, que estaban sitiando á Barcelona. Este último se había casado con la princesa Isabel, hermana del rey de Castilla, y necesitaba que le ayudase el cardenal para la legitimación de dicho matrimonio.
Como los que se llamaron después Reyes Católicos eran parientes en tercer grado de consanguinidad, habían visto negada por el papa Paulo II la dispensa necesaria para su casamiento. El Pontífice obedecía á las sugestiones de los reyes de Castilla y de Portugal, opuestos á la mencionada unión. Pero el entonces arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo de Acuña, hombre enérgico, de pocos escrúpulos en las cosas eclesiásticas por considerarlas como propias, falsificó una dispensa del Papa, y el matrimonio pudo realizarse fingiendo los Reyes Católicos no estar enterados de dicha irregularidad.
Después, cuando Isabel la Católica mostró remordimientos, viéndose en estado de concubinaje según las leyes de la Iglesia, el cardenal Rodrigo de Borja, que se había interesado por los dos, como español, obtuvo una bula de Sixto IV, en la cual recriminaba el Pontífice á los contrayentes por haberse ido á vivir juntos sabiendo que su casamiento era nulo; pero de todos modos comisionaba al actual arzobispo de Toledo para que lo revalidase.
Esta dispensa, en realidad, no era gratuita. Sixto IV esperaba que á cambio de ella don Fernando, rey de Sicilia y heredero de la corona de Aragón, diese barcos y hombres para la cruzada contra los turcos.
Luego de pasar varios meses en Cataluña volvió á Valencia el legado para avistarse con don Pedro de Mendoza. Este era entonces obispo de Sigüenza nada más, y Borja le traía el capelo cardenalicio. En adelante fué el famoso cardenal Mendoza, que llegó á ministro universal, llamándole muchos por su influencia «el tercer rey de España».
Viajaba don Pedro de Mendoza con más aparato que los monarcas, siendo su lujo tan grande como el de los más fastuosos cardenales. Entró en Valencia precedido de una música de negros á caballo, entre muchos señores castellanos que llevaban sobre sus pechos pesadas cadenas de oro, y seguido de una escolta de doscientos jinetes y una tropa no menor de halconeros y monteros. Como Borja conocía la esplendidez del prelado de Castilla, lo obsequió con un banquete que hizo recordar á los cronistas de Valencia el lujo de Alfonso el Magnánimo.
Entre ricas tapicerías estaba servida la mesa, con letras góticas sobre el mantel hechas de flores, que repetían la leyenda del escudo episcopal de Borja: _Ave Maria gratia plena_. Ocho obispos pertenecientes á ambas comitivas sentábanse al banquete, con los dos poderosos magnates eclesiásticos y numerosos invitados seglares.
El lavatorio de las manos lo hacían en «grandes bacines de plata dorada con el fondo de esmalte», poniéndose inmediatamente sobre la mesa varias copas llenas de jengibre verde, planta aromática que se mezclaba entonces en todas las salsas. Luego aparecían siete grandes platos con dos pavos cada uno rodeados de numerosas perdices, siendo doradas las cabezas de aquellos animales y pendiendo de sus cuellos cartelitos con el escudo de los Borja. Desfilaban á continuación cuatro fuentes de plata, enormes como rodelas, llevadas cada una por cuatro hombres, en las que había altísimos pastelones rellenos de ocas, ánades, fúlicas, palomos, gallinas, terneras, cabritos y otras viandas. Todos estos manjares eran acogidos con músicas de los ministriles, que ocupaban un tablado, y llevaban su escolta correspondiente de salsas.
A continuación eran presentados dos soberbios platos, teniendo ambos el aspecto de una montaña cubierta de verdura, sobre cuya cúspide se erguía un pavo con todo su plumaje y la cabeza intacta, lanzando por su pico un chorro de agua perfumada. Y mientras los trinchantes cortaban la carne por debajo de las alas, los dos pavos seguían derramando sus fuentes de perfume. Luego venía la «comida blanca», llamada así por ser de leche, huevos y gran abundancia de azúcar, terminándose el banquete con numerosas variedades de confites y conservas dulces.
Duraban muchos días los festejos y mascaradas, y una vez más el cardenal Borja abandonaba Valencia para irse á Castilla, siendo recibido en Madrid con gran pompa y bajo palio, al lado del rey don Enrique, apellidado «el Impotente», que iba á su izquierda. Se esforzaba el cardenal por inclinar al monarca á favor de la sucesión de su hermana doña Isabel, contra las pretensiones de los partidarios de su hija única, apodada «la Beltraneja», por creerla adulterina, ocasionándole todo esto grandes enemistades. Al fin, conseguía que don Enrique hiciera las paces con su hermana y su cuñado Fernando, y en Julio de 1463 volvía de nuevo á Valencia, preparando su regreso á Roma.
Esto fué en el mes de Septiembre. Muchos valencianos de familia noble y otros dedicados á las Letras se dispusieron á seguir al cardenal. Tenían gran fe en su porvenir, repitiendo la tradicional marcha á Roma de los españoles en tiempos de Calixto III.
Varios centenares de caballeros y estudiantes componían ahora el cortejo del legado. Todos se dirigieron al puerto tan alegres «que parecía iban á bodas», según expresión de un cronista contemporáneo. Los del nuevo cortejo y los del antiguo, llegado con el cardenal, se embarcaron en dos navíos venecianos, cuyos capitanes hacían pagar de un modo abusivo el precio del pasaje.
Apenas salidos al mar, se desencadenó una de las horribles tempestades que agitan el Mediterráneo al iniciarse el otoño, acompañándoles dicha tormenta en toda su travesía, que duró más de un mes, por haber tenido que refugiarse en varios puertos.
El 10 de Octubre, hallándose frente á Liorna, se recrudeció la tempestad, y asaltando las olas de través á una de las galeras la echaron á pique, desapareciendo instantáneamente. La otra nave, rota la quilla y descuadernada, pudo aproximarse á tierra, salvándose el cardenal Borja con algunos señores de su séquito.
Al día siguiente aparecían en la playa más de doscientos cadáveres, entre ellos los de tres obispos italianos y otros personajes que habían seguido al legado en su viaje á España. Setenta y cinco familiares de la servidumbre del cardenal se ahogaron igualmente, y con ellos doce jurisconsultos, seis caballeros y gran número de jóvenes valencianos que iban á Roma por el gusto de vivir en ella ó para estudiar en la Universidad de Bolonia.
Todas las ropas y alhajas del fastuoso cardenal se perdieron, así como gran cantidad de valiosos regalos que le habían hecho en España reyes y próceres, y numerosas cajas de vajilla de Manises.
Rodrigo de Borja no llevaba mas que la camisa puesta cuando los tripulantes de la encallada nave lo sacaron en hombros. Su valor sonriente había infundido admiración á los más duros marineros.
Según costumbre de la época, los habitantes de la costa, que consideraban todo naufragio un presente de Dios, se arrojaron sobre el buque, robando lo que no se había llevado el mar y apoderándose igualmente de las ropas de los cadáveres.
Volvió el cardenal de Valencia de su legación en España con las manos vacías, pero Sixto IV le hizo un recibimiento como si hubiese obtenido éxitos enormes á favor de la Santa Sede. En realidad, traía grandes promesas de los reyes españoles para ayuda de la cruzada, pero ninguna de ellas llegó á cumplirse.
A partir de este viaje, empezó Rodrigo de Borja á tropezar con la influencia cada vez más grande del cardenal Juliano de la Rovere. Los dos eran igualmente hábiles, de carácter enérgico y pocos escrúpulos, con arreglo á la política de entonces; pero Borja llevaba la ventaja de su serenidad majestuosa, su valor tranquilo, su cautela, que le hacía contenerse á tiempo y no decir palabras irreparables. Juliano era más impetuoso, y parecía repulsivo á muchos por sus cóleras sombrías y sus venganzas. Adivinando Borja que Rovere preparaba su candidatura para el Papado, empezó también á pensar en su propia persona como aspirante á la tiara.
Celebró el pueblo romano, en 1481, con fiestas é iluminaciones la muerte de Mohamed, el terrible sultán conquistador de Constantinopla. Sixto IV había conseguido reunir una flota de treinta y cuatro barcos, mandada por un cardenal. Esta escuadra pontificia, con otros buques del rey de Nápoles, reconquistó á Otranto, puerto tomado por los turcos; pero después de tal victoria tuvo que volverse, por la flojedad de su almirante y la insubordinación de la marinería, asustada de la gran mortandad que empezaba á causar en ella la peste. Una vez más fracasaba el Papado en su guerra contra los turcos.
Continuó Sixto IV hasta su muerte sustituyendo los cardenales que fallecían con otros, en su mayor parte de vida mundana y pocos años. Mientras tanto, sus numerosos sobrinos, todos príncipes de la Iglesia, eclesiásticos ó laicos, se dedicaban á deplorables operaciones, concediendo por dinero las cosas más santas. Hasta el mismo Papa era acusado, sin prueba alguna, de dedicarse al acaparamiento de cereales para venderlos más caros al pueblo.
Al morir Sixto IV, en Agosto de 1484, el vecindario romano se entregaba á mayores excesos que al finalizar los Papados anteriores. Odiaba ahora á los genoveses, escandalosamente protegidos por el Papa difunto. La muchedumbre asaltó el palacio de su sobrino Jerónimo Riario, saqueándolo de tal modo que sólo quedaron las paredes. Hasta los árboles de su jardín desaparecieron. Todo lo que en Roma pertenecía á genoveses fué robado ó destruído: numerosos almacenes de cereales, dos barcos cargados que estaban en el Tíber, muchas tiendas de comestibles.
Este trastorno general iba á provocar una vez más la guerra civil entre Colonnas y Orsinis. Los vecinos se ocultaban en sus casas. Los palacios de los cardenales aparecían transformados en fortalezas. Especialmente Juliano de la Rovere y Rodrigo de Borja habían guarnecido sus elegantes viviendas con tropas de mercenarios á sueldo, levantando además bastiones de tierra ante las puertas, con abundante artillería. Toda la gente belicosa de la ciudad estaba en armas, dispuesta á la batalla.
Finalmente las gestiones de los cardenales más viejos lograban establecer cierta calma, y se reunía el cónclave para elegir el nuevo Pontífice.
Borja y Rovere iban á luchar frente á frente en esta elección; pero como ambos eran astutos y veían sin engaños la realidad, se dieron cuenta de que aún no había llegado su hora.
El número de cardenales aseglarados había sido aumentado por Sixto IV y ya no era Borja su único capitán. Rovere, sobrino de Papa lo mismo que él, rico, fastuoso, mujeriego y además muy jugador, dirigía igualmente á estos príncipes de la Iglesia semejantes en pasiones y vicios á los magnates laicos.
Algunos cardenales de sanas costumbres pensaron en elegir á su compañero Juan Moles, que era español y se había mantenido ajeno á las contiendas de Roma, viviendo con el decoro de un anciano virtuoso; pero su nacionalidad resultaba un obstáculo, y los italianos desistieron de su candidatura. Todos los embajadores residentes en Roma creían en la elección de Rodrigo de Borja, y él había fortificado su palacio para que no lo saqueasen, considerando seguro, durante algunos días, su próximo triunfo.
Rovere, su adversario, convencido de su propio fracaso, trabajó por crear un Pontífice que se lo debiera todo á él y siguiese su dirección, fijándose en Juan Bautista Civo, cardenal de origen genovés, como su tío Sixto IV. Apeló Juliano á todos los medios para hacerlo triunfar, valiéndose hasta del soborno, y finalmente ganó la votación el cardenal Civo, tomando el nombre de Inocencio VIII.
Era un hombre grande, fuerte, carilleno, extraordinariamente blanco y de ojos muy débiles. Su familia genovesa, aunque pobre, estaba emparentada con la riquísima de los Doria. Tenía dos hijos ilegítimos: Teodorina y Franceschetto. Sus enemigos afirmaban que estos hijos eran únicamente sus predilectos y que había dado la vida á muchos más, haciéndolos ascender algunos comentaristas á siete, y otros á diez y seis.
Sixto IV lo había protegido por su carácter blando y tolerante, que le permitía ser benigno con todos. Juliano esperaba obtener cerca de él una influencia mayor que durante el pontificado de su tío. Todos los embajadores escribían á sus potencias que el cardenal de San Pedro, ó sea Juliano de la Rovere, iba á resultar el verdadero Papa.
Pronto se dió cuenta de que no era tan absoluto su poder como se lo había imaginado en el momento de la elección. El Pontífice tenía un hijo cerca de él, Franceschetto Civo, deseoso de aprovechar la buena fortuna paternal para reunir dinero y entregarse á toda clase de desenfrenos. Como era extremadamente jugador y poco favorecido por la suerte, intervenía en toda clase de negocios á cambio de valiosas comisiones. Mientras tanto, Inocencio VIII parecía preocuparse de la organización de una cruzada, lo mismo que sus antecesores, pero sin éxito alguno. Su única victoria fué traer á Roma al príncipe turco Djem ó Hixem, como decían los españoles.
A la muerte del gran Mohamed, dos de sus hijos se habían disputado la corona imperial. Era Bayaceto quien sucedía al victorioso padre, y su hermano menor, Djem, que contaba con muchos partidarios, tenía que huir de Constantinopla en 1482 para que aquél no lo suprimiese, buscando refugio entre los caballeros de San Juan que ocupaban la isla de Rodas. El Gran Maestre de dicha orden veía en Djem un poderoso medio para tener en jaque á Bayaceto, y ajustaba, finalmente, con éste un tratado, en virtud del cual los llamados caballeros de Rodas guardarían en custodia al pretendiente Djem, á condición de que el emperador turco no atacase su isla, pagando, además, con pretexto de la manutención de su hermano, un tributo anual de 45.000 ducados.
Djem era enviado á unas tierras que los sanjuanistas poseían en Auvernia, y desde entonces los reyes de Francia, de Nápoles y de Hungría, la república de Venecia y el Papa--todos los que deseaban ser temidos de Bayaceto para que les dejase en paz--pretendieron tener bajo su custodia al «Gran Turco», pues así llamaban al príncipe Djem.
Inocencio VIII pudo más que sus contendientes, dando el capelo cardenalicio al Gran Maestre de Rodas, así como muchos privilegios y libertades á la mencionada orden, y el príncipe turco pasó á vivir en Roma con una guardia, para su propia seguridad, de caballeros sanjuanistas. Además, como Djem iba á ser huésped del Papa, éste cobraría en adelante los 45.000 ducados anuales que entregaba el sultán.
Roma entera se puso en movimiento para recibirlo. Tal era el pavor infundido por Mohamed después de la toma de Constantinopla, que había circulado la predicción de que el soberano de los turcos iría un día á apoderarse de la Ciudad Eterna, estableciendo su alojamiento en el Vaticano. Y todos creyeron ver un acto de la voluntad divina al cumplirse tal vaticinio, pero de diferente modo, llegando el «Gran Turco» como cautivo y no como vencedor.
Se aposentó Djem en el Vaticano, y allí vivió tranquilamente varios años, sin dejar de inspirar inquietudes á su hermano Bayaceto, pues una parte del pueblo turco, así como los genízaros, parecían dispuestos á sublevarse á favor suyo si se presentaba en el país.
Otro suceso más importante hizo olvidar la llegada de Djem. En la noche del 31 de Enero de 1492, recibió el Papa la noticia de haberse rendido Granada á los Reyes Católicos el 2 de dicho mes, colocándose en las torres de la Alhambra las banderas cristianas y un gran crucifijo de plata regalado por Sixto IV para que precediese á las tropas en esta última guerra contra los infieles.
La rendición de Granada la consideraron en Roma como una especie de compensación por la pérdida de Constantinopla. Los futuros Reyes Católicos enviaron al Papa cien prisioneros moros, en agradecimiento á los auxilios que les había prestado durante su campaña.
A pesar de hallarse muy enfermo, fué Inocencio VIII en procesión desde el Vaticano á la iglesia de Santiago, en la plaza Navona, que era propiedad de los españoles, celebrando allí una gran fiesta. Los regocijos públicos resultaron numerosos. El embajador español pagó una representación pública de la conquista de Granada, el cardenal Rafael Riario organizó un cortejo reproduciendo la entrada triunfal de los soberanos españoles en dicha ciudad, y Rodrigo de Borja dió en la plaza Navona la primera corrida de toros, á estilo de España, que presenciaron los romanos.
El sultán turco, en relaciones continuas con el Papa desde que éste guardaba á su hermano Djem, le envió como regalo una preciosa reliquia: la lanza con que Longinos había abierto el pecho de Cristo clavado en la cruz. El musulmán Bayaceto garantizaba la autenticidad de dicha reliquia.
Los cardenales más afectos al Papa, presididos por Juliano de la Rovere, salieron lejos de Roma para recibir á los mensajeros turcos, incautándose de la Santa Lanza. Inocencio VIII, próximo ya á la muerte, abandonó el lecho para presidir dicha solemnidad. El arma bendita fué llevada en procesión á través de Roma, hasta las habitaciones particulares del Pontífice.
Al verse Rodrigo de Borja suplantado por Rovere, que ocupaba en la ceremonia el sitio más honorífico después del Papa, quiso abrumar á dicho rival con su riqueza y su gallardía, y asistió al recibimiento de la Santa Lanza vestido lujosamente á la española, montando un brioso corcel, que manejaba con su habilidad de consumado jinete, la espada al costado y en la cabeza una gorra con adornos de perlas, rematada por airoso penacho.
Dicha procesión fué el último acto público de Inocencio VIII. De Junio á Julio estuvo entre la vida y la muerte, y la certeza de su próximo fin agravó la falta de seguridad en Roma.
No pasaba un solo día sin asesinatos. Las turbas vivían olvidadas de todas las imposiciones del orden. El médico del Papa, que era judío, hizo degollar tres niños de diez años--según contaban las crónicas de entonces--, llevando al enfermo la sangre de ellos para que la bebiese, único medicamento capaz de reanimar su vigor. Este remedio monstruoso no era raro en la medicina de aquella época, siempre predispuesta á emplear la sangre humana para fines terapéuticos.
Se negó Inocencio á admitir el terrible brebaje, y en sus últimos días aún tuvo fuerzas para llamar á los cardenales en torno á su lecho, exhortándolos á la concordia, pidiendo que eligiesen un Pontífice mejor que él.
El 25 de Julio de 1492, en las primeras horas de la noche, moría Inocencio VIII. Sus actos más notables habían sido dar ayuda á los Reyes Católicos en la expulsión de los judíos de España y publicar una bula contra las brujas y hechiceros existentes en Alemania, documento que sirvió de base á ulteriores persecuciones de la Inquisición.
También en su tiempo se falsificaron muchas bulas pontificias por empleados de la Santa Sede, ganosos de adquirir dinero fuese como fuese, á imitación de Franceschetto Civo, el hijo del Pontífice. Este, cuando no andaba á altas horas de la noche por las calles de Roma con un grupo de libertinos, intentando penetrar á viva fuerza en las casas donde vivían mujeres bonitas y recibiendo las más de las veces palizas de padres y esposos, se dedicaba al juego en casa del cardenal Riario, que era un incansable tahúr. Una noche perdió Franceschetto 14.000 ducados, y fué á quejarse á su padre de que el cardenal jugaba con cartas marcadas. Así debía ser, pues todos los que jugaban con Riario, aunque fuesen compañeros suyos de consistorio, salían perdiendo.
Claudio Borja recordaba la tumba de Inocencio VIII. Como era un monumento de bronce con hermosas esculturas del arte cuatrocentista, la habían conservado, pasando de la antigua iglesia de San Pedro á la actual basílica. Gracias al valor artístico de dicha sepultura, la memoria de Inocencio VIII se perpetuaba más que la de otros Pontífices superiores á él, caídos en olvido.
Lo designaba la inscripción sepulcral como el Papa bajo cuyo reinado había sido descubierto el Nuevo Mundo.
«Una falsedad escandalosa--pensó Claudio--. El Papa murió el 25 de Julio de 1492, ó sea cuando Colón vivía aún en Palos, sin saber cómo iniciar su viaje por falta de marineros, y Martín Alonso Pinzón lo salvaba reclutando las tripulaciones.»
Esta inscripción de la tumba de Inocencio VIII había sido redactada muchos años después de la muerte de dicho Papa. Los enemigos y calumniadores del español Alejandro VI hasta pretendían robarle la gloria del gran acontecimiento geográfico ocurrido bajo su pontificado.
III
En el que se habla del ruidoso triunfo del vicecanciller, de la bella Julia, «esposa de Cristo», y de su hermano «el cardenal faldero».
Cuando doña Natividad, la cuñada de Bustamante, torcía el curso de su humor agrio contra Enciso de las Casas, formulaba siempre la misma crítica:
--Le gustan las gentes de mala conducta; no lo puede evitar. ¡Un hombre que la echa de cristiano! ¡Un padre de familia con tantos hijos, y una esposa tan buena... y tan tonta!
Si el embajador oía tales críticas, procuraba excusarlas con una benevolencia protectora.
Su rico amigo, y ahora compañero de diplomacia, quería ser ante todo un artista, un escritor. Tenía una concepción romántica de la vida. Todos los grandes hombres, según él, habían llevado una existencia desordenada, hasta incurrir á veces en los mayores vicios. Le parecía imposible el talento sin ir acompañado de escandalosos defectos y hasta de aberraciones. Y por una lógica á la inversa, imaginábase que todos los que vivían emancipados de la moral corriente debían ser de gran talento, aunque no lo demostrasen. Por esto consideraba con irresistible simpatía á los intelectuales y á los pecadores, cual si unos y otros perteneciesen á la misma familia.
Doña Nati no iba completamente descaminada en sus maledicencias. Este personaje que visitaba al Papa todos los meses y mantenía una estrecha relación de amistad con la mayor parte de los príncipes eclesiásticos, se consideraba obligado á ser «un poco bohemio» dentro de la magnificencia de su vida, perdonando fraternalmente á cuantos menospreciaban las conveniencias sociales y morales, manteniéndose al margen de ellas. Por algo escribía libros y coleccionaba cosas antiguas.
La concurrencia á su mesa y sus salones resultaba algo heterogénea. Al lado de los cardenales tomaban asiento gentes de vida aventurera, pero de nombre célebre: aristócratas arruinados y sospechosos, artistas cuyas costumbres eran contadas al oído con guiños de ojo y rubores.
--A mí lo que me interesa--decía Enciso--es que las personas tengan una novela en su vida. Lo importante es ser alguien. El malo acaba por hacerse bueno; Dios perdona á todos, y debemos imitar su bondad infinita.
Esta tolerancia causaba extrañeza á muchos de sus comensales. No podían explicársela en un hombre clasificado para siempre entre las gentes tranquilas y de morigeradas costumbres. Invitaba á todas las familias de su país que pasaban por Roma, y sonreía conmovido agradeciendo los elogios dedicados á su lujosa vivienda.
--Me distingo algo de mis colegas de las otras repúblicas de América--decía con falsa modestia--. Esto consiste en que soy un poco artista. Tengo aficiones que ellos no conocen. ¡Y pensar que en nuestro país no se enteran de la importancia que les estoy dando con mi prestigio en Roma!...
Algunas matronas sudamericanas resumían su admiración deseando para sus hijas un esposo tan rico y tan bueno como Enciso de las Casas.
--¡Qué suerte ha tenido Leonor!--éste era el nombre de su esposa--. ¡Qué marido insustituíble!...
Para Enciso resultaban molestos y hasta ofensivos estos elogios á su fidelidad conyugal y que todos la considerasen fuera de duda.
--No se fíe, señora--contestaba con una expresión maliciosa según él--. Tal vez la estoy engañando con mi hipocresía. ¡Soy muy diablo!
--¿Usted, Manuel?...
Y quedaba confundido y apesadumbrado al mismo tiempo por la extrañeza casi burlona de las damas. De ningún modo podían admitir que fuese «un diablo». Todas se resistían á creerle de vida desordenada y secreta... «como los hombres de talento».
Definitivamente era un padre de familia que sólo podía pensar en los suyos; un personaje tranquilo, incapaz de tener una historia secreta; un «burgués» que debía quedarse para siempre ante las puertas de la bohemia, sin conseguir penetrar en ella por más que hiciese. Pero esto no disminuía su afecto hacia los que estaban dentro de aquel infierno, cerrado para él.
A Claudio Borja considerábalo interesante á pesar de su gravedad melancólica y poco expresiva. Incluíalo entre los que «tienen novela». Y al español le agradaba que Enciso aludiese en sus conversaciones á la hermosa viuda, mostrando gran aprecio por su persona.
Era el único que parecía acordarse de la existencia de Rosaura, sin duda porque ésta también «tenía novela». Con una discreción sonriente procuraba mencionar á la argentina valiéndose de los más diversos pretextos, y al mismo tiempo sus ojos de pupilas claras, con las córneas un poco purpúreas, miraban al joven como diciéndole: «Lo sé todo y envidio su buena suerte».
En realidad, había pensado muchas veces en Rosaura como algo que se admira de muy lejos, con el convencimiento de no poseerlo nunca. Una mujer así hubiese redondeado su vida de «artista». Pero juzgándola fuera de su alcance, dedicaba una parte de la mencionada admiración á los que habían sido más dichosos que él, viendo en Claudio un reflejo de la personalidad de la otra.
Esta era la causa, tal vez, de que lo invitase con frecuencia á su palacio, conversando ambos en la vasta biblioteca, cuyos libros parecían luminosos por la rutilancia de sus encuadernaciones.
--Yo soy un creyente--dijo una tarde después de haber almorzado con Borja--. Acepto cuantas reglas me imponga la Iglesia; pero al mismo tiempo soy muy humano y conozco las debilidades del hombre, consecuencia lógica de su imperfección. Simpatizo con los Borgia, sin que esto disminuya mi catolicismo. No incurriré en el absurdo de querer hacer de ellos unos santos calumniados, como algunos de sus panegiristas; pero tampoco fueron unos demonios, como quieren sus detractores. En punto á pecados, resultaron iguales á sus contemporáneos, y si alguna vez llegaron un poco más lejos que ellos (un poco nada más), fué por la fogosidad excesiva, por la tendencia al contraste y á desafiar á la opinión, propias de las gentes del Mediterráneo... Todos ellos se mostraron religiosos y creyentes. No hablemos de Calixto III, varón de santa memoria. Alejandro VI, el Borgia más abominado, fué un Pontífice eminente, que manejó con maestría los intereses de la Iglesia y la dejó poderosa, hasta el punto de que su adversario y sucesor Julio II le debe la mayor parte de su grandeza, heredada de él. Usted sabe que Rodrigo de Borja mostró siempre una sincera devoción á la Virgen y llevaba á todas horas una hostia consagrada dentro de un relicario de cristal pendiente del pecho ó de una muñeca, para poder comulgar sin pérdida de tiempo en el caso de que le sorprendiera la muerte.
Hizo don Manuel una pausa, mientras parecía retroceder con su pensamiento á través de la Historia.
--Los que juzgan el pasado con arreglo á su mentalidad moderna--siguió diciendo--se equivocan de un modo lamentable y no pueden comprender el alma de los hombres de aquellos tiempos. Era más compleja que la nuestra; vivían en el período renacentista, donde todos luchaban entre las ansias de placer, despertadas por la literatura, y una educación cristiana adquirida en su juventud. Comprendo perfectamente la devoción mística por la Virgen que mostró el papa Alejandro, la Santa Forma acompañándole á todas horas, y al mismo tiempo sus varios hijos ilegítimos, su lubricidad acometedora, sólo comparable á la del animal que figura en su escudo.
Casi todos los cardenales y muchos Pontífices eran parecidos á él. Aún no se habían purificado las costumbres eclesiásticas para hacer frente á las críticas de los protestantes. Los Papas vivían como reyes, teniendo sus mismos defectos, y los cardenales como príncipes laicos. Estaba lejos todavía el Concilio de Trento con su nueva disciplina eclesiástica. Los pecados de la carne cometidos por gentes de la Iglesia provocaban regocijados comentarios, nunca indignación ó severidad, como ahora.
Enciso se valía de una imagen para aminorar los defectos de Rodrigo de Borja y de los Papas y cardenales de aquella época, igualmente culpables por sus lascivias y escándalos. Los comparaba al soldado que merece castigo por faltar á los reglamentos militares: desobediencia á sus jefes, mal ejemplo para sus compañeros, palabras sediciosas, costumbres desmoralizadoras. Pero este soldado criminal no es un traidor á su país, no ha renegado de su bandera, no ha servido á los enemigos de su patria.
Aquellos Pontífices y cardenales pecadores continuaban siendo, en medio de sus desórdenes, buenos católicos, y muchas veces (el caso de Alejandro VI) servían á la grandeza de la Iglesia mejor que los Papas virtuosos, gracias á su talento y á su carácter. Ninguno de ellos incurría en herejías; antes bien, se mostraban intolerantes y enérgicos en la defensa de la fe.
--Rodrigo de Borja se preocupó en todo momento de mantener la pureza del dogma y ensanchar los dominios de la Iglesia. Esta no perdió nada durante su pontificado; al contrario, aumentó enormemente su poder temporal. Era sobrio en la mesa, apenas bebía vino, nunca se mostró jugador, como Scarampo, los Riario y otros cardenales. Su pecado fué gustarle las mujeres de un modo irresistible, hasta en su más extrema ancianidad, sin incurrir nunca en el «vicio griego», como muchos de sus compañeros de cardenalato... Podía haber ocultado fácilmente sus hijos, por ser ilegítimos, llamándolos «sobrinos», á imitación de otros Pontífices; pero este español era incapaz de tapujos é hipocresías en sus afectos. Amaba á sus retoños con un apasionamiento extremado de meridional; fué un «padrazo», preocupándose sin recato de engrandecerlos. Una lujuria de toro bravo, siempre fecunda, y un ambicioso deseo de elevar á su prole, fueron los dos grandes defectos de este varón, indiscutiblemente superior, por la firmeza de su carácter, por su coraje reposado y sereno y por sus talentos de gobernante, á todos sus contemporáneos.
Animado Enciso por la atención con que le escuchaba Claudio, siguió comunicándole algunas particularidades de la vida de sus remotos antepasados, seguramente desconocidas para él. Guardaba en su biblioteca cuanto se había escrito acerca de los Borja, convertidos en Borgia al establecerse en Roma. Todos le eran familiares; sabía cómo habían sido sus casas, su manera de vivir, sus comidas, sus aventuras.
Describió el segundo palacio de Rodrigo de Borja con arreglo á una carta recientemente descubierta del cardenal Ascanio Sforza, su amigo más íntimo en el Sacro Colegio.
El cardenal de Valencia, frugal en su mesa ordinariamente, daba una espléndida cena á Sforza y otros tres príncipes eclesiásticos, entre ellos Juliano de la Rovere. Todo el palacio estaba adornado con magnificencia, siendo admirables los tapices que cubrían las paredes, representando sucesos históricos. Cada uno de los salones, según la moda de entonces, tenía un rico lecho de aparato, por considerarse este mueble el más importante de todos. Las alfombras y tapices estaban en perfecta armonía de colorido con el resto del decorado. En el último de los salones, el lecho de honor era de tela de oro y las alfombras traídas de Egipto. Había varias credencias ó aparadores, con vajillas de oro y plata cinceladas por los más famosos orfebres de la época.
--En aquel momento--continuó el diplomático--, Borja y Rovere eran amigos. Se juntaban y apartaban según las conveniencias políticas; pero en realidad Rovere mostrábase más implacable en su odio, por no hallarse éste exento de envidia. Sentíase indignado sordamente por los éxitos mundanos del cardenal de Valencia, por aquel «imán misterioso» que atraía de un modo irresistible á las mujeres, según decían los cronistas, por la certeza de que iba á ser Papa antes que él, no obstante la influencia que venía ejerciendo sobre Inocencio VIII, influencia que indignaba á muchos embajadores, haciéndoles gritar que «ya tenían bastante con un Pontífice y no necesitaban dos».
Junto á la cama de Inocencio VIII, enfermo de muerte, disputaban un día ambos cardenales, faltando poco para que viniesen á las manos. Borja, vicecanciller de la Iglesia, no podía admitir los aires de verdadero Papa que se daba Rovere... Y el cardenal de Valencia, siempre alegre, insinuante y cortés, resultaba temible cuando, de tarde en tarde, conseguía algún enemigo que montase en cólera.
Era grande, vigoroso, ágil para la acción, y tenía la costumbre de ir casi siempre en traje seglar y ciñendo espada.
Ascanio Sforza, el cardenal más amigo suyo, gustaba especialmente de la caza, y como recibía al año rentas eclesiásticas por valor de millón y medio de francos oro, ningún monarca de la tierra poseía caballos, perros y halcones como los suyos, con todo el personal necesario para el cuidado de tantas y tan costosas bestias.
--Cardenales como Borja, Sforza y Rovere--siguió diciendo Enciso--no eran una excepción. Casi todos los de entonces, á semejanza de los senadores de la antigua Roma, vivían rodeados de una curia de parásitos, á más de sus numerosos sobrinos ó hijos. Cabalgaban vistiendo traje guerrero, iban á diario con capa y espada, tenían en sus palacios una servidumbre de centenares de personas, aumentándola en caso de peligro con tropas de matones á sueldo. Los más ricos y mundanos capitaneaban una facción de partidarios de su nombre, porfiando entre ellos por quién desplegaría mayor esplendidez en las fiestas del Carnaval, costeando carros triunfales llenos de máscaras, orquestas y cantores para dar serenatas, ó compañías de cómicos que representaban en medio de la calle, ante sus palacios.
La antigua nobleza de Roma veíase humillada por los príncipes de la Iglesia. Cada uno de los cardenales tenía sus pintores, sus escultores, y sobre todo sus humanistas y poetas, que componían obras en loor suyo ó de su familia.
Rodrigo de Borja había tenido un hijo, llamado Pedro Luis, de una dama romana cuyo nombre se ignoró siempre, y una hija, Jerónima, habida probablemente de otra madre. Esto ocurrió algunos años antes de 1468, fecha en que el cardenal de Valencia, que se había mantenido hasta entonces simple diácono, tuvo que recibir la orden sacerdotal para posesionarse del obispado de Albano.
--Después de ser sacerdote continuó su vida irregular, teniendo nuevos hijos. La mujer que le dió mayor descendencia y vivió más tiempo con él fué Juana de Catanzi ó Catanei, una romana apodada «la Vannoza», de la que no ha quedado ningún retrato; pero la opinión general la supone grande, de hermosura rozagante, con carnes pomposas y frescas como todas las mujeres del Transtevere, una especie de Juno popular. Fué la amante de «todo reposo» para Rodrigo de Borja, que además no era tornadizo y predispuesto á cambiar de mujer, dando á sus relaciones ilícitas una tranquilidad familiar. Tal vez esta tendencia al concubinaje permanente y sólido le libró de la más terrible enfermedad de la época, que hacía entonces estragos horribles, y de la que no se libraron cardenales ni Papas. Su enemigo Rovere, menos franco en sus amoríos y también menos consecuente, aficionado á pasar de una mujer á otra sin ligarse con ninguna, fué víctima de la sífilis, y se agravó su dolencia de tal modo, que en una ceremonia de Viernes Santo le fué imposible descalzarse por no mostrar las llagas que el vergonzoso mal había abierto en sus pies.
La Vannoza daba cuatro hijos al cardenal Borja: Juan, que fué segundo duque de Gandía, César, Lucrecia y Jofre. Poseía en Roma una casa cerca del palacio de su amante, y por tres veces se casó con italianos que aceptaron una posición tan deshonrosa á cambio de los buenos empleos proporcionados por el cardenal.
Cuando Borja llegó á Papa ya hacía tiempo que la Vannoza había dejado de ser su amante, pasando á la tranquila situación de madre de sus hijos. Esta mujer moría devotamente en Roma á los setenta y seis años, mucho después de la desaparición de los Borgia. Todas las gentes de su barrio la tenían en altísimo concepto porque costeaba grandes funciones religiosas en la iglesia de Santa María del Popolo, y se había hecho construir en ella una tumba cuyo epitafio latino mencionaba á sus cuatro hijos con una vanidad de plebeya triunfante: Juan, duque de Gandía; César, duque del Valentinado; Jofre, príncipe de Esquilache; Lucrecia, duquesa de Ferrara.
Los dos hijos anteriores del cardenal Borja desaparecieron antes de su papado. Jerónima moría joven y sin historia. Su verdadero primogénito, Pedro Luis (igual nombre que su tío, el favorito de Calixto III), después de una brillante y rápida juventud se extinguía igualmente. El cardenal lo había enviado á España para que hiciese la guerra contra los moros á las órdenes de Fernando el Católico, distinguiéndose en varios combates como soldado ardoroso. Su padre compraba para él un ducado, el de Gandía, consiguiendo, además, que se desposase con doña María Enríquez, hija de un tío del rey don Fernando. El joven tuvo que volverse á Roma en 1488, donde enfermó gravemente, muriendo poco después, y el ducado de Gandía pasó al primer hijo de la Vannoza, el llamado Juan, destinado por su padre á ser hombre de guerra.
César, el segundo hijo de la romana, dedicábalo Rodrigo desde su niñez al estado eclesiástico, sin consultar su voluntad. Seguía con esto la tradición de la familia; el hermano mayor debía ser soldado y el segundo cardenal; lo mismo que Pedro Luis y él, bajo Calixto III.
El eterno vicecanciller era de mano larga para la protección de los suyos. Sixto IV dispensaba al pequeño César, teniendo éste cinco años, del obstáculo canónico para recibir las órdenes, por ser su padre un cardenal-obispo y su madre una mujer casada. A los siete lo hacía protonotario, dándole, además, beneficios eclesiásticos en Játiva y otras ciudades españolas.
Inocencio VIII le nombraba obispo de Pamplona siendo niño aún. Esto no parecía extraordinario en aquel tiempo. Pocos eran los obispos residentes en sus diócesis. Los que recibían la investidura episcopal enviaban á un sacerdote para que gobernase en su nombre, preocupándose solamente de cobrar las rentas de su mitra.
--Yo he leído repetidas veces--continuó Enciso--la carta del cardenal Borja al cabildo de Pamplona anunciándole el nombramiento de este obispo de diez años. Una obra admirable por su amabilidad insinuante y el conocimiento que revela su autor del egoísmo humano. Recuerda el cardenal á los canónigos de Pamplona que es vicecanciller de la Santa Sede, tan poderoso casi como el Papa, y se ofrece á ellos y á su iglesia para servirles en Roma. ¿Cómo no contestar agradecidos?...
Jofre, único de sus hijos, insignificante y sin historia, que recibió el mismo nombre puramente valenciano de su abuelo, fué también en su infancia canónigo y arcediano de la catedral de Valencia. Lucrecia, por su sexo, no podía aspirar á ninguna prebenda eclesiástica, y su padre la destinó á unirse en matrimonio con el hijo de alguno de aquellos señores de la nobleza valenciana, grandes amigos de la familia Borja desde los tiempos en que Calixto III figuraba como secretario del rey Alfonso.
Los contemporáneos de Rodrigo tuvieron á éste por «hombre de ingenio, hábil para todo, de altos pensamientos, sagaz por naturaleza y de admirable actividad en el manejo de los negocios». No era gran orador, pero mostraba una palabra elocuente en conversaciones y pequeñas asambleas, que parecía agrandar sus conocimientos literarios deslumbrando al auditorio.
--Me lo imagino--siguió diciendo don Manuel--cuando ya Pontífice hablaba á cardenales y embajadores. Su voz fué indudablemente abaritonada, en consonancia con su figura majestuosa y sus ojos negros, acariciadores y tenaces. Debió tener mucho de hombre de teatro, expresándose á todas horas con cierta solemnidad, lo que es bastante común en las gentes del Mediterráneo.
Recordó Enciso la relación de un embajador de Venecia á su gobierno, hablando de esta oratoria algo dramática que usaba Alejandro VI, no sólo en los actos públicos, sino igualmente en la vida privada. Cuando el Papa tenía que comunicarle algo secreto (y muchas veces el tal secreto era un engaño diplomático), lo hacía entrar en un pequeño gabinete, cerraba la puerta por dentro, y señalándole un sillón, decía con majestuosa gravedad:
--Sentaos, embajador, y todo cuanto aquí hablemos sólo tres lo sabrán: vos, yo... y Dios que nos escucha.
Levantaba la mano al decir esto señalando al cielo, y era tan solemne el tono de su voz, que al veneciano, no obstante ser un escéptico y tener al Papa por admirable comediante, le era imposible impedir la propia emoción.
Su palacio, sito en el comedio del camino entre el puente de Sant Angelo y el Campo di Fiore, lo consideraban entonces el mejor de Roma.
--Puede usted verlo cuando quiera, querido Borja. Es el actual palacio Sforza Cesarini.
Sólo el cargo de vicecanciller le producía anualmente 8.000 ducados de oro. Sus obispados dábanle mayores rentas, y todos conocían en Roma sus numerosas alhajas, su afición á las perlas, sus tapices, sus ricos ornamentos sacerdotales, su biblioteca abundante en libros de literatura y de ciencias. Como jinete que había empezado á cabalgar á la edad de ocho años, tenía una caballeriza mejor que la del Papa y la de muchos reyes. Todos sospechaban, además, que guardaba ocultos valiosos tesoros en dinero acuñado. Durante treinta y siete años de cardenalato había ido acumulando riquezas, no obstante su generosidad y la opulencia de su vida. Era una reserva irresistible para cuando llegase el momento de entablar la batalla con su adversario Juliano de la Rovere.
La luenga agonía de Inocencio VIII dió tiempo al Sacro Colegio para evitar aquellas alteraciones del orden público que seguían á la muerte de todo Pontífice, y el cónclave se reunió en medio de una relativa tranquilidad. «Sólo han sido unos centenares los heridos y muertos», decía un embajador al relatar los sucesos de Roma después del fallecimiento de Inocencio.
El 6 de Agosto de 1492 se reunía el cónclave en la Capilla Sixtina, compuesto de veintitrés cardenales, y el sermón de costumbre era pronunciado por el obispo español don Bernardino López de Carvajal, describiendo el grave estado de la Iglesia y excitando á los cardenales á «una pronta y buena elección».
Juliano de la Rovere, verdadero Papa durante el pontificado de Inocencio, quería ocupar ahora directamente la silla de San Pedro, apelando al soborno de los cardenales dispuestos á tal venalidad, lo mismo que había hecho en la elección anterior. Como estaba al servicio de los intereses de Francia, se contaba en Roma que el rey Carlos VIII había hecho depositar en un Banco 200.000 ducados para su elección, y otros 100.000 la república de Génova.
Todos los genoveses de Roma daban por seguro el encumbramiento de su compatriota. El rey de Nápoles también parecía inclinarse hacia Juliano.
Frente á él figuraban como candidatos probables el cardenal portugués Costa, varón de austeras costumbres, Ascanio Sforza, el cardenal Caraffa y sólo en cuarto lugar Rodrigo de Borja.
Únicamente el obispo Boccacio, embajador de Ferrara, vió con más claridad que los otros diplomáticos residentes en Roma. «Borgia--dijo en una comunicación á su gobierno--tiene el cargo de canciller, que equivale á un segundo Papa, y tantos obispados, tantas abadías ricas, tantas rentas de miles y miles de ducados, tantos palacios, que tal vez acaben por elegirlo los cardenales, con la esperanza de que así quede vacante lo que ahora posee y poder repartírselo».
Pesaba contra él su calidad de español. Muchos cardenales italianos no querían hablar siquiera de la posibilidad de un Papa extranjero, «un Papa ultramontano», nacido más allá de los Alpes.
Como si Boccacio el de Ferrara hubiese conocido de antemano las intenciones del cardenal de Valencia, éste, que aparecía como el último de los candidatos, fué iniciando hábilmente su obra de amigable soborno frente á los trabajos de la misma índole realizados por su adversario Juliano con el dinero de Francia y de Génova.
Ascanio Sforza, convencido de que no reuniría bastantes sufragios para que lo eligiesen Papa, empezó á escuchar las tentadoras proposiciones de su amigo Borgia. Este le ofreció, á cambio de sus votos, el cargo de vicecanciller, su propio palacio con todos los muebles y riquezas que tanto admiraba Sforza, y además el castillo de Nepi, el obispado de Erlau, que daba una renta de 10.000 ducados, y otros beneficios.
Las fuertes é importantes ciudades de Monticelli y Soriano, que eran suyas, las cedió al cardenal Orsini con la legación de la Marca y el obispado de Cartagena. Al cardenal Colonna, la abadía de Subiaco con todos los lugares fuertes que la rodeaban; al cardenal Savelli, Civita-Castellana y el obispado de Mallorca; á Palavicini, el obispado de Pamplona, que era de su hijo César; al cardenal Michiel, el obispado de Porto, y á los cardenales Sclafenati, San Severino y Riario, otras ricas abadías y valiosos beneficios. Hasta el cardenal Domenico de la Rovere abandonó á su pariente Juliano porque Borgia le ofrecía mayores recompensas. Además, los cardenales aseglarados esperaban bajo su gobierno una existencia más grata aún que la que habían llevado hasta entonces.
Con los votos que Borgia consideraba propios y los del partido de Sforza, llegó á reunir catorce. Le faltaba uno para obtener la mayoría de los dos tercios, pero resultaba difícil conseguirlo. Ninguno de los del bando de Juliano quería ceder, conociendo la rivalidad implacable entre su jefe y Rodrigo. Sólo quedaba el anciano cardenal Gerardo, de noventa y cinco años, casi irresponsable, al que pretendían ganar uno y otro bando; pero el insinuante Borgia y el hábil Sforza consiguieron al fin conquistar á este macrobio, y su voto fué decisivo en favor del cardenal de Valencia.
En la madrugada del 11 de Agosto se abrió la ventana del cónclave para anunciar que el vicecanciller Rodrigo de Borja había sido elegido Papa y tomaba el nombre de Alejandro VI.
Tal noticia fué acogida con estupor en el primer momento. Muy pocos habían creído en la posibilidad de que triunfase. Era un extranjero, un español, y todos temían que surgiese un nuevo cisma si conseguía la tiara un cardenal no italiano.
Aquí pudo verse el prestigio simpático que Borgia había adquirido en Roma y el concepto en que le tenían las diversas cortes de Italia, así como el resto de Europa.
En vano sus enemigos murmuraron contra los procedimientos empleados en el cónclave, y escribió el mordaz Infesura que «Alejandro VI, para ser creado Papa, _había repartido antes sus bienes á los pobres_». Pasado el primer instante de sorpresa, todos reconocieron que este cardenal, versado como muy pocos en los asuntos eclesiásticos por haber sido vicecanciller durante cinco Papados, resultaba el Pontífice más oportuno en aquel momento.
Poseía las condiciones de un gran soberano temporal, y nadie como él guiaría á la Iglesia entre las dificultades presentes. Alababan también su celo incansable para el trabajo, recordando que en treinta y siete años de vida cardenalicia no había dejado de asistir á un solo consistorio, salvo en casos de enfermedad, lo que no podía decirse de ningún otro cardenal.
Al pueblo de Roma, admirador de hermosas exterioridades, le gustó mucho este nuevo Papa, majestuoso como un rey. El célebre Pico de la Mirandola escribió un panegírico en honor del nuevo Pontífice, ensalzando todos sus méritos, hasta el de su hermosura corporal.
--De sus amores faltos de recato--dijo don Manuel--y de sus hijos reconocidos nadie hizo caso. En la Italia de entonces, lo mismo que en las demás naciones cristianas, juzgábanse los escándalos de las altas personalidades eclesiásticas con una indulgencia que ahora nos parece increíble. Era algo que se veía todos los días, mereciendo solamente comentarios regocijados. Los mismos enemigos de Borja hubieron de reconocer que dentro y fuera de Italia fué saludada su elección con sinceras muestras de alegría.
Lo mismo que Juan Pico de la Mirandola (el autor más popular entonces), muchos literatos escribieron para hacer públicas sus esperanzas, viendo en el trono pontificio á «un hombre de condiciones tan eminentes, lleno de fuerzas prometedoras de un brillante y largo Pontificado».
En el atardecer del mismo día de la elección, los «conservadores» de Roma, nombre que se daba entonces á sus ediles, juntos con los ciudadanos más distinguidos de la ciudad, en número de ochocientos, se dirigieron á caballo y con antorchas á la residencia papal, para prestar homenaje al nuevo Pontífice. En las calles llameaban alegres fogatas. El pueblo daba gritos aclamando al antiguo cardenal de Valencia.
Su coronación, el 26 de Agosto, resultó una ceremonia extraordinaria por su fastuosidad. Los embajadores escribían á sus cortes que «nunca se había visto una coronación tan esplendorosa». Toda la nobleza de los Estados pontificios acudía á Roma. Las calles ostentaban ricos tapices, guirnaldas de flores, arcos de triunfo con poesías laudatorias para Alejandro VI, escritas en el estilo pagano, de moda entonces. Tales eran el entusiasmo y la adulación inspirados por Borja, que en uno de los arcos figuraba este dístico:
Un César hizo grande á Roma, y ahora la levanta Alejandro, osadamente, hasta el cénit. Hombre fué aquél; éste un dios.
Los cronistas expresaban con ingenuidad la admiración provocada en el pueblo por este Pontífice «grande de cuerpo, rebosando salud, de aspecto naturalmente majestuoso, montado en un corcel blanco como la nieve, con aire de experto jinete, el rostro sereno, bendiciendo á la muchedumbre con nobleza». Uno de ellos, Miguel Fernus, terminaba el relato de la gran fiesta con estas exclamaciones: «¡Qué serenidad noble en su frente! ¡Qué liberalidad en su mirada! ¡Cómo la veneración que inspira se aumenta con el brillo y el equilibrio de una hermosura enérgica y con la salud floreciente de que goza!»
Tardó la comitiva papal muchas horas en ir desde el Vaticano hasta Letrán, á través de una multitud enardecida que luchaba con los guardias papales para poder tocar los pies del nuevo Pontífice ó su caballo blanco.
Como era en Agosto, el ardor del sol y el polvo flotante en la atmósfera produjeron numerosos desmayos. El mismo Papa, á pesar de su recia complexión, fué acometido de un síncope al echar pie á tierra frente á la basílica de Letrán y no volvió en sí hasta que le rociaron el rostro con agua.
--Esta apoteosis espontánea--siguió diciendo Enciso--, no obtenida por ninguno de los Pontífices anteriores, contrastó con los inauditos insultos y las inverosímiles calumnias de que iba á ser objeto Alejandro, algunos años después, por parte del mismo pueblo romano y de los poetas que ahora le ensalzaban hasta la adulación.
El resto de Italia se unía al entusiasmo de Roma. En Milán y Florencia hubo grandes regocijos públicos para celebrar el advenimiento del Papa español. Pudo influir en Milán el hecho de ser el cardenal Ascanio Sforza pariente del soberano milanés y gran amigo del nuevo Pontífice; pero Florencia se asoció igualmente á dicho homenaje, y hasta en la república de Génova, patria de su enemigo Rovere, todos los que no eran partidarios de la mencionada familia recordaron con gratitud á Calixto III, saludando la elección de su sobrino. En Alemania afirmaban los cronistas que «el mundo tenía mucho que esperar de las virtudes del nuevo Pontífice», y el regente de Suecia le envió embajadores con un regalo de caballos magníficos y preciosas pieles.
Durante los primeros tiempos de su gobierno fué justificando las esperanzas que su elección había hecho sentir á la mayoría de sus contemporáneos. Impuso ante todo el orden en Roma, para que sus habitantes pudiesen vivir tranquilamente.
Sólo en los pocos días transcurridos entre la última enfermedad de Inocencio VIII y la coronación de Alejandro VI se habían perpetrado en Roma doscientos veinte asesinatos. Por voluntad del Pontífice, cuatro delegados suyos oyeron las quejas de los vecinos, y el mismo Alejandro concedió audiencia á los que deseaban presentarle sus reclamaciones directamente.
Para ordenar la hacienda de la Iglesia dió ejemplo de economía, dedicando á los gastos de su casa, todos los meses, setecientos ducados nada más (unos 3.500 francos). Su mesa era de tal simplicidad, que los cardenales, acostumbrados á suntuosos banquetes, consideraban una desgracia recibir convites del Pontífice, especialmente su amigo Ascanio Sforza. El cardenal Juan de Borja, sobrino del Papa, y su mismo hijo César, procuraban también evitar estas comidas de un solo plato.
Todos los embajadores lo elogiaban. Era el Papa deseado que iba á reformar la despilfarradora corte de Roma, á restablecer el orden en la ciudad, á inaugurar una vida pontifical modesta y justa, con arreglo á los principios cristianos. Conocían su existencia anterior, su juventud y su madurez extremadamente alegres, sus amantes y sus hijos; pero en aquella época todos hacían diferencia entre el hombre y la función, y el hecho de que el cardenal Rodrigo de Borja hubiese vivido escandalosamente, como tantos otros, no hacía dudar de que pudiera ser un gran Papa.
--Por desgracia--siguió diciendo don Manuel--, un exagerado amor á los suyos, el deseo de elevar la casa de los Borgia á un poderío permanente, dominó sus pensamientos y designios. En el fondo era lo mismo que había intentado Calixto III al proteger á su sobrino Pedro Luis; pero Alejandro VI ponía en sus deseos mayor vehemencia, y además, sus herederos no eran sobrinos, sino hijos. Apenas se vió Papa recompensó á sus cardenales electores dándoles todo lo prometido, y en el mismo consistorio otorgó á su hijo César (de quince años entonces) el arzobispado de Valencia, creado por el Pontífice anterior á instancias suyas, una de las mitras más ricas de la cristiandad, rentando al año 16.000 ducados de oro. A la vez nombró cardenal á su sobrino Juan de Borja, que era ya arzobispo de Monreale.
Sonrió amablemente el diplomático, como si pidiera á Claudio que le perdonase lo que iba á decir, teniendo en cuenta su calidad de español.
--No hay que olvidar, además, la invasión que sufrió Roma de parientes y compatriotas de los Borgia. Llegaban muchos valencianos sin más título que el de ser de la misma tierra que Alejandro, y mayor número de españoles de otras regiones de la Península, enardecidos por la novedad de ver un Papa compatriota de ellos. Fué á modo de una nube de langosta que se posó sobre el Vaticano, sus dependencias y propiedades. La marcha á Roma en tiempo de Calixto III resultaba insignificante en comparación con la que inició el triunfo de Alejandro VI.
Era éste liberal y dadivoso por naturaleza, y aunque había pasado casi toda su vida en Italia y tenía en ella sus mejores amigos, le gustaba verse rodeado de españoles, hablándoles en el idioma natal. Los empleos más íntimos de su servicio dábalos á gentes de Valencia, con las que podía expresarse en valenciano, lengua familiar de los Borgia.
A estas causas que perturbaron los buenos propósitos del Pontífice, impulsándolo á vivir poco más ó menos como sus antecesores, vino á unirse otra de mayor escándalo, un amor tardío, una pasión senil, que divirtió al principio á las gentes de Roma y luego á toda Italia.
Sus relaciones con la Vannoza no eran ya mas que un lejano recuerdo, atestiguado por la existencia de cuatro hijos: Juan, César, Lucrecia y Jofre. Estos amoríos con la buena moza del Transtevere habían empezado al regreso de su legación en España. Cuando el cardenal Borja tenía cincuenta y dos años, ella contaba ya cuarenta, no inspirando ningún deseo al poderoso personaje. Además, esta romana no menos fecunda que ardiente, al abandonarla el cardenal, tomó un segundo marido, letrado intrigante, sin ningún escrúpulo sobre el pasado de su mujer.
Después de tal separación, Rodrigo de Borja había vivido mucho tiempo sin dar ningún escándalo público, mientras algunos de sus compañeros del Sacro Colegio jugaban desenfrenadamente ó mantenían con ostentación á sus amantes. Sólo parecían preocuparle los cuatro hijos de la Vannoza, atendiendo á su porvenir. Los había alejado de la casa de su madre por juzgar que esta transtiberina guapetona, apasionada, de buenos sentimientos, pero ignorante y vulgar en sus gustos, no podía ser una buena educadora.
Figuraba entonces en la aristocracia romana una sobrina suya, Adriana de Milá y Borja, nieta de Catalina de Borja, la segunda hermana de Calixto III.
--Sabe usted que las hermanas del primer papa Borja, apodadas en Valencia «las Bisbesas» (las Obispas) cuando Alfonso de Borja no era mas que obispo de aquella ciudad, se preocuparon de casar á sus hijas con caballeros de la más alta nobleza valenciana. Las «Obispas» hasta habitaban el palacio episcopal de Valencia, por estar ausente su hermano, recibiendo en sus salones á los novios de sus niñas. Esto lo hicieron tres de las hermanas, pues la menor de ellas, doña Francisca, quedó soltera, muriendo en olor de santidad. Fué una precursora de San Francisco de Borja, en esta familia de individualidades enérgicas, donde todos se mostraron extremados, llegando á ser santos ó grandes pecadores.
Doña Catalina, hermana mayor de doña Isabel, la madre de Rodrigo, contrajo matrimonio con un noble caballero de Játiva, don Juan de Milá, y nieta suya era esta doña Adriana, que pasó á Roma como descendiente de un Papa y sobrina del famoso cardenal vicecanciller, llegando á casarse con Luis Orsini, dueño del lugar de Basanello.
Dicha señora había quedado viuda con un solo hijo, y era muy dada á la vida elegante, ostentando vanidosamente su doble calidad de Borgia y de Orsini. Para el vicecanciller representaba una buena suerte tenerla á mano, y le confió la educación de sus cuatro hijos en el palacio que ella poseía en Roma, cerca de Monte Giordano.
Adriana de Milá, con todas sus pretensiones aristocráticas, era pobre y vivía obediente á lo que le mandase su tío, cada vez más poderoso.
--Hay que reconocer su obra de preceptora--siguió diciendo don Manuel--. Los cuatro hijos de la populachera Vannoza, bajo la dirección de esta Orsini valenciana, adquirieron todos los conocimientos escogidos que podían obtener en aquella época los primogénitos de los príncipes. Debió ser hembra enérgica y algo dura en sus lecciones. Lo prueba el hecho de que los hijos del Papa, cuando fueron personajes célebres, aunque no dejaron de tratar á su prima y maestra, mostraban siempre hacia ella cierta frialdad rencorosa.
Se interrumpió un momento el diplomático, para añadir con malicia:
--Tal vez, aparte de esto, la odiaban por el papel que desempeñó cerca del padre. En los años anteriores á su papado, allá por el 1489, Rodrigo de Borja experimentó una emoción profunda al visitar á su sobrina Adriana. Sus hijos Juan y César ya no estaban al lado de ella. Seguían sus estudios lejos: César en la Universidad de Perusa, aprendiendo las bellas Letras y ejercitándose en todos los deportes de entonces. Lucrecia, destinada á un precoz casamiento de conveniencia política, también se había alejado de su aristocrática prima, así como Jofre. En cambio encontró en el palacio de la Orsini á una jovencita rubia, de una belleza que empezaba á ser célebre en Roma, la cual, según costumbre de aquel tiempo, estaba prometida en matrimonio, desde su niñez, al hijo de Adriana, llamado Ursino Orsini. Dicha adolescente, Julia Farnesio, era de tal hermosura que todos la designaban con el simple nombre de «la bella Julia». La alegría y malicia de su carácter resultaban tan extraordinarias como su belleza. Tenía diez y ocho años, y el cardenal podía ser dos veces su padre, por contar cuarenta más que ella. La viuda de Orsini se percató inmediatamente de la profunda impresión que «la bella Julia» había causado en su tío. Este acababa de cumplir cincuenta y ocho años, la edad de las grandes pasiones para los libertinos viejos que se sienten tentados por una extremada juventud.
Movida Adriana por sus vanidades aristocráticas y un desorientado deseo de engrandecer á su hijo, pensó sin duda en las muchas familias nobles que debían su prosperidad al hecho de haber sido alguna de sus mujeres amante de un rey. Su tío el cardenal podía llegar á monarca algún día, pues los más consideraban segura su ascensión al Pontificado.
La maliciosa y precoz Farnesio pensó lo mismo. Además seducía su vanidad de romana verse solicitada por el más eminente de los príncipes del Sacro Colegio. No salieron fallidos los cálculos de «la bella Julia». Sus amores con este personaje que podía ser su abuelo sirvieron de punto de arranque á la vertiginosa ascensión de la familia Farnesio.
Sólo había producido hasta entonces dicha familia pequeños señores pobres, y á partir del amancebamiento de Julia con el futuro Papa, se encumbró de un modo rápido. Alejandro VI hizo cardenal á Alejandro Farnesio, hermano mayor de su tierna amante. El pueblo romano, al conocer tal nombramiento, dió al nuevo príncipe de la Iglesia el apodo de cardenal _de la gonnella_, «cardenal de la falda» ó «cardenal faldero». Aludía con esto á las faldas de «la bella Julia» y á los libertinajes de dicho Farnesio, más escandalosos y violentos que los de los Borgia.
Este «cardenal faldero» no perdía el tiempo en cortejos, ni atraía á las mujeres «como el imán», según decían de Rodrigo de Borja en su juventud. Robaba simplemente á mano armada todas las que habían excitado sus deseos, aunque para ello tuviese que derramar sangre. Años después, el hermano de «la bella Julia» llegó á ser Papa con el nombre de Paulo III, y la última de las Farnesio, la reina Isabel del mismo apellido, moría en 1758 ocupando el trono de España.
--Sabe usted, querido Claudio, que el protegido del papa Borgia fué más afortunado que éste después de su muerte. Los restos de Alejandro VI los guarda una tumba modesta en la iglesia de Montserrat, que es la de los españoles en Roma, mientras los de Paulo III, el «cardenal faldero», se ofrecen á la veneración del mundo cristiano en un monumento imponente dentro de la basílica de San Pedro, figurando al pie del sarcófago una estatua de la Justicia, para la que sirvió de modelo su graciosa hermana, al principio completamente desnuda, y cubierta casi en nuestros tiempos con una camisa metálica para que no se escandalicen los fieles.
Veíase Rodrigo de Borja elegido Papa en el momento que más intensa era su pasión por esta amante primaveral y maliciosa. Adriana, la suegra de Julia, amparaba dichos amores. La había casado con su hijo Ursino Orsini, y al día siguiente del matrimonio, que se celebró en el mismo palacio del cardenal, salía el joven esposo para su castillo de Basanello, mientras la Farnesio se quedaba en Roma con el título de dama de honor de Lucrecia, hija del vicecanciller. Este, terriblemente prolífico, hacía madre á «la bella Julia», llamada también «la Farnesina», en 1492, poco antes de ser elegido Papa.
--Lo increíble--dijo Claudio--fué que aún tuviese de ella un segundo hijo, Juan de Borja, en 1498, cuando ya contaba sesenta y siete años de edad y cinco de Pontificado.
Este hombre de ardores impetuosos, á pesar de su vejez, satisfacía durante mucho tiempo los sentidos y las ilusiones de «la bella Julia». Mostraba ésta menos cuidado que su sacro amante en ocultar el escándalo de tales amoríos.
Ni ella ni su suegra Adriana, desmoralizadas por las costumbres licenciosas de la aristocracia á fines del siglo XV, veían ningún sacrilegio en el hecho de ser amante de un Pontífice. La Farnesio hasta exhibía su concubinaje por los vivos halagos que proporcionaba á su vanidad.
La envidiaban, la felicitaban, y en vez de huir las gentes de ella, la perseguían con adulaciones y súplicas, implorando su preciosa protección.
Grandes familias de Italia tenían como origen de su poder el haber estado emparentadas con mancebas de Pontífices en los siglos XIV y XV. Así habían obtenido honores y beneficios. Algunos hombres de fe ardorosa y costumbres puras gritaban contra la licencia de la corte papal, pero la gente sólo veía en ellos unos fanáticos, indignos de interés, no dando importancia á la conducta privada de los Papas. Cuando más, reían de éstos, pero sin indignarse.
Al avanzar Alejandro VI en su pontificado, creándose cada vez mayores enemigos á causa de su política, las inscripciones injuriosas y las sátiras anónimas empezaron á llamar á Julia Farnesio «la esposa de Cristo».
Tal apodo sacrílego nunca la hizo llorar; antes bien, despertó su regocijo, encontrándolo ingenioso. Representaba una broma, no un insulto. Lo importante para ella era que prosperasen los Farnesio á la sombra del Pontificado.
--Y hay que reconocer--dijo el joven español, comentando las palabras del diplomático--que consiguió sus deseos. Cuentan que la hermosa y pizpireta «Farnesina», tan fácil en la distribución de sus encantos, después de la muerte de Alejandro VI fué amante de Julio II, el implacable enemigo de los Borgia, para que siguiese protegiendo á su hermano, el futuro Paulo III. Supo trabajar con sus herramientas naturales, de un modo incansable, para el triunfo de la parentela... ¡Un Papa y una reina Farnesio!... Todo gracias á Rodrigo de Borja y á su inagotable capacidad amorosa, simbolizada por el toro rojo, emblema de su familia.
IV
De cómo se casó por primera vez Madona Lucrecia, y su padre partió el mundo en dos pedazos.
Enciso continuó describiendo á Alejandro VI tal como lo veía á través de sus lecturas.
--Si se hubiese limitado á gobernar la Iglesia, sin intervenir en la política de su tiempo, los excesos de su conducta privada habrían quedado olvidados como los de otros Pontífices. Pero el deseo de robustecer la autoridad papal, desobedecida y menospreciada más allá de las puertas de Roma, no le dejó vivir en pacífico egoísmo. Además era español, y Fernando el Católico, el más astuto diplomático de aquella época, pretendía dirigirlo como un autómata, creándole temibles adversarios y dejándolo abandonado algunas veces después de meterlo en difíciles aventuras. Los que juzgan á Rodrigo de Borja como un político sin entrañas, guiado únicamente por su interés personal, olvidan que vivió en un tiempo de reyes ladinos y complicados: el terrible Luis XI de Francia, Fernando V de España y Enrique VII de Inglaterra. Al lado de estos hombres, de un disimulo y una falsía desconcertantes, Alejandro VI y aun el mismo César Borgia resultaban francos y de noble conducta.
Tenía que gobernar el nuevo Papa en medio de la anarquía de los Estados italianos. Su enemigo Rovere, enfurecido por su elección, poníase de acuerdo con el rey de Nápoles, adversario de la familia Borgia desde los tiempos de Calixto III. El reino de Nápoles, así como Florencia y otros Estados, se ensanchaba quitando tierras al patrimonio de la Iglesia.
Pocos soberanos tuvieron que luchar con dificultades tan enormes como Alejandro VI. Apenas sentado en el trono pontificio, Franceschetto Civo, hijo de su antecesor Inocencio VIII, vendía á Virgilio Orsini, capitán general al servicio del rey de Nápoles, los Estados de Cervetti y Anguillara que había recibido en feudo de su padre el Papa. Dicho Orsini no podía poseer los 40.000 ducados que entregó á Civo. Todos sabían que la mencionada cantidad la había facilitado el rey de Nápoles para colocar un pie, de este modo, dentro de los dominios pontificios. Juliano de la Rovere mediaba en la operación para crear conflictos á su adversario.
Indignóse la mayoría del Sacro Colegio contra esta conducta de un cardenal, tan desfavorable para los intereses de la Iglesia, y Rovere huyó de Roma, yendo á encerrarse en la ciudadela de Ostia, junto á la desembocadura del Tíber, juzgada inexpugnable por todos los de la época y que le mantenía en comunicación con Nápoles.
Al mismo tiempo, Ludovico Sforza, apodado «el Moro», que gobernaba el ducado de Milán como tutor de su sobrino Juan Galeas Sforza, negábase á entregar á éste su Estado. Juan Galeas había contraído matrimonio con Isabel de Aragón, perteneciente á la dinastía de Nápoles, y ella impetraba el auxilio del rey napolitano para que defendiese la herencia de su marido.
Para no efectuar Ludovico Sforza dicha restitución, incitaba al nuevo rey de Francia, Carlos VIII, hijo del terrible Luis XI, á que invadiese Italia, apoderándose de Nápoles, cuya corona había pretendido siempre como heredero de los Anjou.
Toda la península italiana se veía envuelta en una red de intrigas, y Alejandro VI necesitaba moverse entre dificultades interminables, armándose unas veces contra Nápoles y ajustando luego alianzas con sus reyes, rechazando las pretensiones de Carlos VIII y fingiendo á continuación admitirlas mientras las combatía en secreto.
Empezaba á vivir junto á él su hijo César, y á pesar de que éste aún no contaba diez y siete años, su padre le hacía saber los secretos y enredos de la vida italiana, teniendo muy en cuenta sus palabras.
--Estos Borgia jóvenes--dijo el diplomático--fueron de asombrosa precocidad á juzgar por las cartas que poseemos de ellos, en las cuales el padre y los hijos tratan de los asuntos públicos. Un hombre de tan gran talento político como Alejandro VI consulta á Lucrecia cuando ésta tiene catorce años. El mayor, Juan de Borgia, hermoso, bravucón y vano, así como Jofre, el más insignificante de todos, sólo piensan en vivir y en brillar, mostrando una deplorable inferioridad mental comparados con César y Lucrecia.
César se había educado en la Universidad de Perusa, entre dos camaradas de estudio y á la vez guardianes puestos por su padre, ambos españoles: Juan Vera, natural de Valencia, que era á modo de ayo suyo, y Francisco Remolino de Ilerda, casi de su misma edad.
Gustaba especialmente de los estudios literarios, escribía versos, y en dicha Universidad le sorprendió la noticia de que su padre era Papa, no volviendo á Roma hasta el año siguiente (1493).
Boccacio, embajador de Ferrara, el único que supo adivinar la elección de Alejandro, se hizo gran amigo de César, describiéndolo como un príncipe laico, elegante y mundano, á pesar de su nombramiento de arzobispo de Valencia y su próxima elevación al cardenalato. Lo veía unas veces vestido de seda, otras luciendo rico traje de caza, siempre con la espada al costado, y apenas si un pequeño redondel abierto en su cabellera recordaba la tonsura eclesiástica. Elogió su humor sereno, su alegría continua, así como cierta modestia en la conversación, que le hacía muy preferible á su hermano Juan, el duque de Gandía.
--Las descripciones de este obispo Boccacio parecen referirse á un hombre de treinta y cinco años, tal era el conocimiento de los negocios públicos mostrado por César y su asombrosa precocidad para juzgarlos... Y en dicha época sólo tenía diez y siete.
Necesitaba Alejandro crearse alianzas para hacer frente á los soberanos italianos y salvar al mismo tiempo los intereses de la Iglesia. Como el rey de Nápoles era su más temible enemigo, procuró buscar auxiliares contra él valiéndose del matrimonio de los suyos.
--No hizo con esto--dijo Claudio Borja--mas que imitar á su amigo Fernando el Católico. Este se proporcionaba aliados en Europa casando á sus hijas, por razones políticas, sin consultar su voluntad ni preocuparse de su porvenir doméstico. La suerte de Juana la Loca y de Catalina de Aragón, mujer de Enrique VIII de Inglaterra, prueban el mal éxito de una diplomacia sin entrañas.
Según costumbre de entonces, el cardenal Rodrigo, antes de ser Papa, había procurado ligar á su hija por medio de una promesa de casamiento con altas familias que acrecentasen el prestigio de los Borja. Y como estaba en relación con los más poderosos nobles de Valencia, ajustaba primeramente el matrimonio de Lucrecia, cuando sólo tenía ocho años, con don Querubín de Centelles, señor del valle de Ayora, y luego, siendo aquélla de once, con don Gaspar de Prócida, conde de Almenara. De no ser elegido Papa, la célebre Lucrecia Borgia se habría casado con un noble de Valencia, yendo á llevar en la tierra de su padre una vida de señora tranquila y sin historia, teniendo muchos hijos y entregándose á austeras devociones al perder su belleza y su juventud.
--Esta era tal vez su vocación verdadera--añadió don Manuel--. Sabe usted que á pesar de sus éxitos mundanos y de la elevada posición en que acabó sus días como esposa de príncipe reinante, usaba cilicio debajo de sus vestiduras lujosas y murió de un mal parto, luego de haber tenido varios hijos.
La elección papal de su progenitor la alejó de España. Alejandro VI no podía ya unir á Lucrecia con un noble de su país. Era poca cosa para una hija única que necesitaba emplear como instrumento diplomático, lo mismo que hacían los reyes.
Dió una indemnización de 3.000 ducados á don Gaspar de Prócida para que no reclamase más á su futura, haciendo valer un antiguo contrato matrimonial firmado ante notario, y casó á Lucrecia con Juan Sforza, señor de Pésaro, pequeño Estado feudatario de la Santa Sede, á orillas del Adriático.
En realidad, no valía éste más que los dos prometidos españoles, pero el modesto señor de Pésaro era sobrino de su gran amigo el cardenal Ascanio Sforza y sobrino también de Ludovico «el Moro», déspota de Milán, interesado especialmente en apoyar al Papa contra Nápoles.
La boda se celebró en Febrero de 1493, con la condición de que los cónyuges no se juntarían maritalmente hasta pasado un año. Lucrecia apenas contaba trece años, y era prudente retardar la consumación del matrimonio. El marido, que ya era de veintiséis, se hizo representar en Roma para la ceremonia nupcial, quedándose en su ciudad de Pésaro, donde celebró tal acontecimiento con una gran fiesta.
--El legado del Papa en Pésaro, un obispo, presidió el baile dado en el castillo para solemnizar la boda. Las danzas duraron toda la noche, y dicho obispo las hizo continuar en las calles, guiando una cadena de invitados que en forma de «farandola» corrió toda la ciudad. En nuestros días resulta difícil imaginarse tal fiesta: un baile en un palacio, el Nuncio del Papa dirigiendo las danzas y colocándose, finalmente, con su sotana violeta, á la cabeza de una larguísima fila de caballeros y señoras, saltando con ellos á través de las calles iluminadas, entre los aplausos y aclamaciones de una muchedumbre popular asociada á tal regocijo. En aquel tiempo parecía todo esto natural y corriente. Por ello insisto, amigo Borja, que para juzgar á los remotos antecesores de usted, es preciso conocer antes las costumbres de la época y formarse una opinión de acuerdo con ellas.
Inquietó al rey de Nápoles el matrimonio de Lucrecia con Juan Sforza. Significaba la unión del Papado con el duque de Milán, y para contrabalancearla restableció el rey Ferrante sus relaciones con Alejandro VI, iniciando un proyecto de matrimonio entre César y una de sus hijas naturales.
Dos bastardos reconocidos y generosamente dotados podían servir para una alianza diplomática en aquellos tiempos que la mayor parte de los príncipes ostentaban un nacimiento ilegítimo. El rey de Nápoles también era bastardo de Alfonso el Magnánimo. Además, no era un secreto que César, arzobispo de Valencia, detestaba la carrera eclesiástica.
Había seguido el Papa ciegamente una tradición de familia. Su hijo mayor, Juan, debía ser hombre de espada, á semejanza de Pedro Luis bajo el reinado de Calixto III. César, el segundo, iba á vivir como cardenal, lo mismo que él en la época de su tío. Pero este segundón, el más notable de todos los Borgia jóvenes, no obstante sus altas dignidades eclesiásticas, seguía ejercitándose en el manejo de las armas, llegando á ser, como su padre en otro tiempo, el primer jinete de Roma. Dotado de igual temperamento ardoroso que su progenitor, y notabilísimo por su belleza varonil, iniciaba á los diez y siete años su historia amorosa, favorecido por las libertinas costumbres de la época y el entusiasmo que inspiraba á las damas. Estas empezaron á popularizar los nombres con que luego le fueron designando sus panegiristas: «el rubio César», «nuestro César», «el único César».
Desde el pontificado de Calixto III, las relaciones de la Santa Sede y Nápoles fluctuaban entre la guerra y la concordia, siguiendo Alejandro VI esta política de balanza. Cuando el Pontífice se encontraba en una situación difícil, el rey napolitano lo combatía; si el Papa se afirmaba, sostenido por un protector poderoso, el monarca de Nápoles hacía toda clase de concesiones para restablecer la amistad.
Bajo la influencia de Ascanio Sforza y deseoso de recobrar las posesiones de la Santa Sede usurpadas por la dinastía de Nápoles, entró Alejandro en una alianza formada por Venecia, Milán y otros Estados italianos. Esta liga iba á proporcionarle tropas con que combatir á Virgilio Orsini, quitándole los dominios de la Iglesia vendidos indebidamente por Civo, el hijo de Inocencio VIII.
Para dar sin duda más fuerza á dicha coalición, en la que representaba Ludovico Sforza el principal poder ofensivo, se efectuaron en el mes de Junio las bodas verdaderas de Lucrecia y Juan Sforza, siendo celebrado tal suceso con uno de los banquetes más famosos de aquella época.
Las necesidades de la política no permitieron el transcurso del año que se había marcado como plazo para que se juntasen los dos esposos, y Juan Sforza entró en Roma á la cabeza de un séquito brillante, entre sus cuñados Juan y César, que habían salido á recibirle.
Lucrecia le vió pasar desde un balcón de su palacio de Santa María in Portico, donde vivía con Adriana de Milá, su antigua educadora, y «la bella Julia», su dama de honor.
El señor de Pésaro, hermoso jinete, la saludaba graciosamente con su gorra, y ella devolvía el saludo á este esposo visto por primera vez. Después de la ceremonia del matrimonio celebrábase un banquete en el Belvedere del Vaticano, al que asistían ciento cincuenta damas de la nobleza romana, los embajadores, los personajes más notables de la ciudad, once cardenales y numerosos obispos. También estaba presente la señora Teodorina, hija de Inocencio VIII, y su hija la marquesa de Gerase. Los hijos de los Pontífices difuntos continuaban figurando honorablemente en la corte de los Papas herederos. Su situación era comparable á la de las familias de los expresidentes de República, que siguen teniendo entrada libre en las fiestas de los presidentes sucesores, si es que no existe una enemistad irreconciliable.
Además, sentábase á la mesa toda la tribu de los Farnesio, escoltando á «la bella Julia». Asistían así completas las dos familias del Papa, la antigua y la moderna, la procedente de «la Vannoza» y la de «la Farnesina».
Duró muchas horas este banquete nocturno, y fué seguido de representaciones cómicas y trágicas, de recitaciones poéticas y bailes lascivos, que excitaron la concupiscencia de los asistentes.
--Este último espectáculo no resultaba extraordinario, dadas las costumbres de la época. Usted no ignora, Borja, que en todas las cortes de la Italia de entonces la alegría de vivir se preocupaba poco de la moralidad. Lo interesante era gozar, fuese como fuese. Una de las diversiones finales, á las cuatro de la mañana, fué ofrecer á los esposos cincuenta copas de plata llenas de confites. Infesura, implacable enemigo de los Borgia, dice en su crónica que fué el mismo Papa quien ordenó que vertiesen los confites en los escotes de las hermosas invitadas. Y como todas las señoras tenían al lado cardenales ó personajes laicos que no eran sus maridos, pues ya existía en aquellos tiempos el uso de separar á los esposos en los banquetes, cada invitado se cuidó de extraer los bombones y almendras azucaradas del escote que tenía más cerca, dando lugar dicha diversión á «muchas risas é inmoderadas palpitaciones de senos».
Varios embajadores que asistieron á la fiesta, y no hablaban de oídas como Infesura, dijeron en las cartas á sus soberanos que el banquete duró hasta el amanecer y se divirtieron mucho en él, pero sin mencionar nada especial que le distinguiese de las otras fiestas de la época.
En realidad, la unión de los dos cónyuges sólo fué aparente. El Papa, cuidadoso de la salud de su hija, dejó para más adelante la realización material del casamiento, ó sea cuando se cumpliese el plazo convenido de un año, fecha en que Lucrecia iría á Pésaro, capital de las tierras de su marido.
--Por su parte, Juan Sforza no tenía ninguna prisa en la consumación del matrimonio, según se vió más adelante. Fué al ir á Pésaro cuando Lucrecia empezó á quejarse de no estar «servida» por su esposo, como ella esperaba, pronunciándose finalmente el divorcio, después de probar que la joven Borgia continuaba virgen. Sforza se vió acusado, por unos de impotencia y por otros de inversión sexual, luego de negarse á realizar la prueba de su virilidad, exigida por los jueces.
Así empezó su vida matrimonial la famosa Lucrecia Borgia, descrita por los enemigos de su estirpe como un monstruo nunca visto desde los tiempos de Mesalina, y calumniada por las invenciones de su primer marido, deseoso de vengar de tal modo un divorcio que le afrentaba como hombre.
--Más de tres siglos--continuó Enciso--ha creído la gente en los crímenes de esta mujer, que fué dulce de carácter y falta de voluntad, como si todas las energías de la familia, los regocijos ardientes y las cóleras terribles se los hubiesen llevado los Borgia varones.
--Víctor Hugo--dijo Claudio--, con la maravillosa difusión de la poesía fijó inconscientemente en la memoria de todos esa Lucrecia monstruosa inventada por los folicularios al servicio de los señores feudales, del cardenal Rovere y demás enemigos de Alejandro VI. En realidad, no sintió otros deseos que verse admirada por su hermosura y su elegancia, casándose y divorciándose según convino á la política de su padre (lo mismo que las hijas de todos los reyes de entonces), y en el curso de su vida sólo tuvo uno ó dos _flirts_ verdaderos. Fué preciso que los historiadores revisasen de nuevo su existencia, casi en nuestros días, para que recobrara su legítima personalidad. Por suerte, únicamente en novelones terroríficos, buenos para porteras, vive ya la Lucrecia Borgia de melodrama que conocimos de niños.
Dos protestantes, el inglés Roscoe y el alemán Gregorovius, estudiando directamente los documentos de la época, se convencían de tan enorme calumnia histórica, emprendiendo la rehabilitación de dicha princesa, comparable por su carácter á las Gracias antiguas, y que los enemigos de la familia Borgia habían pintado como una Euménida sedienta de sangre, con un puñal y un frasco de veneno en sus manos.
Describía Enciso á Lucrecia tal como la había visto en los documentos de su época, con vestiduras casi siempre blancas y muy bordadas de oro, mangas abiertas, fijas en sus muñecas con brazaletes á la moda española y llevando al cuello una sarta de perlas enormes.
--Las perlas fueron su orgullo y su ambición, apreciándolas tanto como su hermano César, aunque ambos no llegaron nunca al entusiasmo de su padre. Puede llamarse á la perla «la favorita de los Borgia». Muchas veces los embajadores encontraron al Pontífice junto á una ventana del Vaticano contemplando al trasluz gruesas perlas regaladas á Lucrecia. Cuando la hija del Papa fué duquesa de Ferrara, una de sus mayores satisfacciones consistió en poseer el célebre collar de perlas y rubíes que había pertenecido á su suegra.
Todos los contemporáneos alababan su hermosura, su esbeltez, su boca un poco grande, pero fresca y carnosa (una boca de Borgia), sus dientes brillantísimos, su pecho firme y blanco, visible en gran parte por los audaces descotes de entonces, y sobre todo, su dulce sonrisa. Esta alegría de su rostro la había heredado de su padre, rara vez triste, aun en los momentos mas difíciles de su vida, jocundo hasta en su concupiscencia.
Esbelta y graciosa de jovencita, redondeábase luego de formas, sin perder la elegante ligereza de sus movimientos. Había algo en ella de blando, revelador de una voluntad floja y sin iniciativas. Era de pocos nervios, incapaz de resistirse al destino, dejándose llevar por él, buscando solamente las alegrías momentáneas, sin energía para ir más allá de los goces de su vanidad, mostrándose en toda ocasión un instrumento dócil de su familia.
--No heredó la energía de los Borgia, pero sí el talento. Ella y César fueron los hijos de Alejandro más inteligentes. Vivía esclava de su propio medio, haciendo lo mismo que las personas que la rodeaban. Mientras existió su padre mostróse aficionada á los asuntos políticos, y hasta gobernó tierras de la Iglesia en ausencia del Pontífice. Al morir Alejandro y quedar en Ferrara como esposa del príncipe Alfonso de Este, vigoroso soldado, la hija del Papa fué «la perla de las esposas», «la triunfante princesa», «la santa Madona Lucrecia». El poeta Ariosto cantaba sus virtudes, el pintor Ticiano la admiraba al tratarla en su corte... Es una esposa que sólo piensa en sus hijos, en el gobierno de su palacio, y sobrelleva resignada y afable las infidelidades de un marido rudo que en el fondo la adora.
Claudio Borja se la imaginaba en su primera juventud, tal como la habían descrito muchos, creyendo reconocerla en la Santa Catalina pintada por el Pinturicchio, con su rostro gracioso é ingenuo de niña un poco «paradita», orlado de magnífica cabellera rubia y luminosa, comparable á una nube de oro flúido.
--En algunas ocasiones, Madona Lucrecia, que el Papa llamaba siempre á la española, «Doña Lucrecia, mi hija», tenía oculta su esplendorosa mata de pelo dentro de amplia redecilla de oro con una piedra preciosa en cada cruce de sus mallas. Otras veces, orgullosa de tal opulencia capilar, daba suelta á sus chorros esplendorosos, que descendían casi á sus pies. Todavía se conserva en la Biblioteca de Milán un rizo, color oro fuego, de esta beldad hispano-italiana, bucle cuyo tono brillante desafía al tiempo, y que hizo ensoñar tres siglos después á lord Byron, sumido en su contemplación.
Acogió Enciso con una sonrisa escéptica los entusiasmos del joven.
--Siento decirle, querido Borja, que su remota parienta nunca fué rubia. Era una valenciana de tez morena, clara y mate, semejante al color pálido del arroz. César Borgia también debió ser algo moreno, y sin embargo le llamaban las damas de entonces «_il biondo Cesar_»... Tal vez tuvo Lucrecia los cabellos castaños; pero esto no le impidió ser rubia oro ardiente, rubia veneciana, ensalzando su cabellera color de antorcha pintores y poetas. Algo semejante ocurre en la actualidad. Las damas teñidas conocen, mejor que nadie, el secreto de su falsificación, y no obstante aceptan de buena fe los elogios de personas igualmente enteradas de que no son rubias. Ya sabe que vivimos de convencionalismos é ilusiones. ¡Qué haríamos sin la mentira!...
Los alquimistas vendían muy cara la receta de los «cabellos de oro». En España, el mismo tinte recibía el título de «lejía de enrubiar», siendo uno de los secretos de la madre Celestina para ganar dinero.
--Todas las damas de la época eran rubias, hasta el valeroso marimacho Catalina Sforza, de la cual conoce usted el heroico arremangamiento de faldas, apreciado por la Historia como un hecho sublime. De este virago batallador llegó hasta nosotros una receta para enrubiar, escrita por ella misma, á fin de que ninguna otra mujer participase de su secreto. Consistía en ceniza de madera y paja de cebada, hervidas un día entero. A esta lejía se agregaban flores y hojas de nogal durante una noche. Bastaba lavarse la cabeza á la mañana siguiente para tener los cabellos dorados; pero había que secarlos al sol, con peligro de las neuralgias, de que se quejaba con frecuencia Madona Lucrecia.
Una de las preocupaciones de la hija del Papa era el lavatorio de la cabeza, acto indispensable todas las semanas. Cuando partió de Roma para siempre, yendo á reunirse con su tercero y último esposo en Ferrara, invirtió veintisiete días en el viaje. Cada cinco días, el lento y majestuoso cortejo hacía alto en una población para que Madona Lucrecia pudiera «_lavarsi il capo_». Y príncipes, embajadores, damas de honor, escuderos, hombres de armas, suspendían su marcha un día entero, mientras la nueva princesa de Ferrara permanecía varias horas bajo los ardores del sol, llevando encima de sus vestidos un peinador de seda blanca, de gran finura y sutilidad, llamado _schiavonetto_, y en la cabeza un sombrero de paja sin cumbre, por cuya abertura pasaba la cabellera, abrigando sus bordes los ojos y el cuello de la beldad.
--La coqueta Borgia decía que necesitaba lavarse la cabeza todas las semanas á causa de sus neuralgias, y eran, por el contrario, estas teñiduras solares las que exacerbaban los dolores de su cerebro. Indudablemente, César también se teñía la barba, adorno capilar de moda reciente entre los hombres. Todos los jóvenes se dejaban crecer la barba, al revés de sus padres, que habían mantenido durante el siglo XV la costumbre de rasurarse el rostro á la romana. Fueron los humanistas, imitando á los filósofos y poetas griegos, los que resucitaron esta moda, generalizada por Carlos V y Francisco I años adelante.
Enciso volvió á ocuparse de Lucrecia.
--Muy mujer, muy aficionada á vestidos y joyas; ninguna de su tiempo poseyó tantos trajes, y hay que pensar que uno de ellos valía entonces una fortuna. Algo indolente y pasiva, pero de gran talento. Hablaba el italiano, el francés, el griego y el latín. (Inútil mencionar las lenguas castellana y valenciana, que eran las íntimas de su familia.) Sabía igualmente el alemán, aunque menos que los idiomas ya citados, y escribió poesías muy aceptables en algunos de ellos. César también había hecho versos en la Universidad. En esta familia de exaltados y ardorosos, todos tenían algo de poeta. Una hermana de Alejandro VI, doña Tecla de Borja, fué notable poetisa en su tierra, muy loada por el gran trovador Ausias March. Al morir la lloraron casi todos los poetas de Italia.
Claudio se acordó de su tío. Esta señora era la Tecleta que jugaba con su hermano Rodriguet, el futuro Pontífice, en el caserón señorial de Játiva, según le contó repetidas veces el canónigo.
Mientras tanto, don Manuel había abandonado á los hijos de Alejandro VI, para hablar de las aventuras políticas de éste.
Asustado el rey de Nápoles al ver unido el Pontífice con sus adversarios, pedía auxilio á su primo ilegítimo Fernando el Católico para que interviniese en la política del Vaticano. Consideraba dicho rey al papa Borgia como un súbdito, abusando de su españolismo, y le hizo saber, por medio de su embajador en Roma, que siendo la dinastía de Nápoles obra de su tío Alfonso el Magnánimo, la consideraba igual á su propia familia.
--Es justo reconocer que Rodrigo de Borja mostró al principio un afecto sincero por Fernando é Isabel, reyes de origen no muy legítimo, á los que había ayudado en sus primeros años de matrimonio, cuando no eran mas que príncipes. Después de la toma de Granada, apenas ascendido al Papado, les dió el título de Reyes Católicos, que aún usan los actuales monarcas españoles. Todo lo que le pedía don Fernando se apresuraba á concederlo, entre otras cosas, los maestrazgos de las Ordenes militares, regalo que representaba cuantiosas rentas. En realidad, el papa Borgia dió á los Reyes Católicos más que éstos á él. Las exigencias continuas de Fernando fueron causa de que el Pontífice, aconsejado por su hijo César, se inclinase finalmente del lado del rey de Francia, más atento con su persona y con los suyos.
En los primeros tiempos de su pontificado admiraba á Isabel la Católica como una de las damas más hermosas y prudentes de aquella época. Aficionada á trajes costosos y ricas alhajas, era, sin embargo, de una virtud escrupulosa, exagerándola hasta la austeridad. Cuando su marido estaba ausente, aunque sólo fuese por una noche, hacía colocar su lecho en un gran salón, durmiendo rodeada de sus hijos y las damas de palacio, encargadas de velar el sueño de los reyes, que recibían el título de «cobijeras». Así se ponía á cubierto de maliciosas suposiciones en aquel tiempo de grandes escándalos. Todos los héroes de la guerra contra los moros estaban enamorados de doña Isabel, románticamente, sin esperanza y sin carnales deseos. Tenían por «dama de sus pensamientos» á esta reina de un rubio indiscutible, con ojos azules, grandes y tranquilos.
Fernando el Católico inspiraba al papa Borgia un afecto de compadre, y sonreía al hablar de sus hijos ilegítimos, tan numerosos como los suyos. Uno de dichos bastardos era arzobispo de Zaragoza. El cardenal Rodrigo de Borja, en sus tiempos de vicecanciller, había hecho este favor á su amigo, entonces simple heredero de la corona de Aragón. Otro» hijos del rey ocupaban cargos eclesiásticos y las hijas entraban en conventos.
Una vez más el nuevo Pontífice obedeció desinteresadamente las insinuaciones del monarca católico. Lo que á él le convenía, en realidad, era seguir fiel á su primera alianza con el Milanesado y Venecia, detrás de la cual se mantenía oculto el rey francés. Dicha alianza representaba un peligro inmediato, por estar Carlos VIII preparando numerosas tropas para entrar en Italia y apoderarse del reino de Nápoles.
El austero Savonarola que tenía algo de charlatán, como la mayoría de los taumaturgos, enterado en secreto de la próxima campaña invasora de los franceses, anunciábala en sus sermones como una revelación que le había hecho Dios para castigo del Pontífice y del rey tirano de Nápoles. Y en un momento tan crítico, su amigo don Fernando le exigía que abandonase á los más fuertes y se uniera á un monarca próximo á ser destronado...
Sin embargo, aceptó, y los dos reyes procuraron endulzar con seductores presentes su aventurada resolución.
Jofre Borgia, el menor de sus hijos, se casaría con doña Sancha, hija natural de Alfonso de Aragón, heredero de la corona de Nápoles, llevando ésta como dote el principado de Esquilache y el condado de Caliata, en Calabria. Por su parte, Fernando el Católico propuso para Juan de Borja, segundo duque de Gandía, el matrimonio con doña María Enríquez, prima suya, que ya había estado prometida á Pedro Luis, el primer hijo de Alejandro VI.
Al mismo tiempo, don Ferrante de Nápoles procuraba reconciliar con el Papa á todos los enemigos de éste que se habían puesta á su servicio.
--De un lado, el peligro de la invasión francesa, que aún estaba lejos; de otro, la amenaza más inmediata de ver atacados los Estados romanos por el rey de Nápoles, sostenido ocultamente por el rey de España... Y optó, al fin, por esta última alianza, que al mismo tiempo ofrecía brillantes matrimonios para sus hijos.
El cardenal Juliano de la Rovere fué cínicamente á reconciliarse con Alejandro VI, sentándose á su mesa, él y Virginio Orsini, por ordenarlo así el monarca de Nápoles. Virginio entregó 35.000 ducados á cambio del señorío feudal de las tierras de la Iglesia ocupadas por él. Todos quedaron amigos, y Juan de Borja se embarcó en una galera española con séquito de príncipe y gran cantidad de alhajas, para ir á Valencia y casarse allá con la prima de Fernando el Católico.
Pocos días después Jofre se unía por poderes con doña Sancha de Aragón, dejando para más adelante, como ocurrió con Lucrecia, la consumación de su matrimonio. Sancha tenía catorce años y Jofre doce.
A la vez que ocurría esto, llegaba á Roma un enviado de Carlos VIII para solicitar del Pontífice--que aún creía amigo--la investidura del reino de Nápoles, antes de conquistarlo. Y Alejandro, que estaba ya comprometido con el monarca napolitano, sólo dió al embajador vagas palabras.
Los tres matrimonios, efectuados en un solo año, el de Lucrecia, el de Jofre y el del duque de Gandía, habían ocasionado gastos enormes al Papa, empobreciéndolo. Únicamente podía contar con los 35.000 ducados de Virginio Orsini, que en realidad eran de Nápoles, y para reunir más dinero acudió á uno de los expedientes empleados por otros Pontífices: hacer una promoción de nuevos cardenales.
Once príncipes de la Iglesia nombró en un consistorio celebrado en Septiembre de 1493. Dos de ellos era indudable que no habían dado nada á cambio de su nueva dignidad, por pertenecer á la familia del Pontífice: Alejandro Farnesio, más tarde Paulo III, y César Borgia, que sólo contaba diez y ocho años al recibir la púrpura. El público apenas habló de la elevación de César. Encontraba natural esta generosidad de padre, que ya habían mostrado otros Papas. Las ironías y los comentarios escandalosos se concentraron sobre el hermano de «la bella Julia», que entraba de un modo tan retorcido en el Sacro Colegio. Y entonces fué cuando le infligieron el epíteto de «cardenal faldero».
--En la vida extraordinaria de este papa Borgia, de carácter tan complejo--dijo don Manuel--, alternaron las anécdotas íntimas, agrandadas por la crónica escandalosa, las intrigas políticas en incesante juego de balanza y los más grandes sucesos históricos. Un día recibió Alejandro la noticia de que «cierto Cristóbal Colón», que había salido con un centenar de españoles y tres naves en busca de las tierras del Gran Kan de la Tartaria, en el extremo oriental de Asia, atravesando para ello el Océano siempre al Occidente, acababa de encontrar por tan nuevo camino las islas más avanzadas del mundo asiático, trayendo de allá muestras de oro y especiería. Algunos empezaban á sospechar si estas tierras descubiertas, sin más que hombres desnudos y una civilización rudimentaria, no serían de Asia, sino de un mundo completamente nuevo, ignorado hasta entonces.
Alejandro no era un sabio, pero dedicó á la lectura gran parte de su juventud, guardando en su biblioteca todos los libros, impresos ó manuscritos, célebres entonces. Muchas veces había conversado de cosmografía con Eneas Silvio, el Papa cuyo tratado geográfico iba á servir de guía á Colón. Inmediatamente se preocupó de las tierras descubiertas, organizando una misión de frailes españoles para evangelizarlas, é hizo obispo de ellas al padre Boil, religioso catalán.
--Como si el destino de este Pontífice fuese ser el Papa del descubrimiento de América en todas sus zonas, también había despachado poco antes una misión de evangelizadores para que fuesen á recuperar las tierras de la Groenlandia. Sabe usted que la América extremamente septentrional fué conocida por los navegantes escandinavos en el siglo X, estableciéndose en ella algunas misiones cristianas, que acabaron por extinguirse. En los primeros meses del pontificado de Alejandro VI iban de nuevo los misioneros á dicha América fría, levantando otra vez sus pobres iglesias de madera, al mismo tiempo que los frailes españoles elevaban los primeros templos de piedra y ladrillo bajo el cielo tropical de las Antillas.
Claudio Borja quiso hablar, pero Enciso, como si adivinase sus pensamientos, añadió:
--Sé lo que usted va á decir. También hizo Rodrigo de Borja el reparto más grande que se conoce en la Historia. Desde Alejandro el Magno hasta Napoleón, ningún conquistador trató con tanta desenvoltura la faz de la tierra, ni dividió sobre los mapas superficies tan enormes.
Partían los navegantes de la península ibérica al descubrimiento del mundo entero. Los portugueses navegaban al Oriente y los españoles al Occidente, buscando las flotas de unos y otros las riquezas de Asia, las maravillosas tierras del Gran Kan, descritas por Marco Polo y Mandeville. Todos iban en busca de las llamadas Indias.
El descubrimiento de Colón alarmaba al rey de Portugal, agriando sus relaciones con los reyes de España. Era preciso establecer un acuerdo entre ambas monarquías católicas, para que no se peleasen en lo futuro, dejando bien marcados los límites de sus respectivas zonas de descubrimiento.
--Aconsejado por cosmógrafos y marinos y basándose en sus propios estudios, trazaba el papa Borgia una línea de Norte á Sur, más allá de las islas de Cabo Verde, partiendo el globo terráqueo en dos hemisferios. Al Oriente de la llamada «línea alejandrina», todo era para los navegantes portugueses, y al Occidente para los españoles. Que cada cual navegase siguiendo su rumbo propio, hasta que vinieran á encontrarse en la cara opuesta del planeta.
Enciso, influenciado por el entusiasmo que le inspiraba España, se apresuró á quitar importancia á la decisión del Pontífice.
--Muchos autores extranjeros, ignorantes de nuestra historia, han creído ver una gran audacia científica del papa Alejandro en esta partición del mundo. Es verdad que su acto representa el primer reconocimiento público de la redondez de la tierra hecho por la Iglesia. Nunca habían hablado de ello los anteriores Pontífices. Pero resulta falso elogiarlo, como si entonces las gentes de estudio ignorasen que la tierra es redonda y sólo hubieran descubierto Colón y los sabios del Vaticano dicha esfericidad... Usted sabe bien que, antes de la era cristiana, Ptolomeo y Eratóstenes ya habían probado la redondez de nuestro planeta, midiéndolo más ó menos, aproximadamente, á las dimensiones que le da la ciencia moderna. Luego los árabes volvieron á establecer dicha redondez, especialmente su geógrafo Alfagramo. Los moros de España enseñaban en sus escuelas, durante siglos, la esfericidad de nuestro planeta, y los judíos españoles servían de intermediarios, revelando la geografía árabe á los hombres estudiosos de la cristiandad. Una oculta y sincera relación científica unía las escuelas de mezquitas y sinagogas con las bibliotecas de los conventos.
Era cierto que, en los primeros siglos de la Iglesia, algunos Santos Padres no creían en los antípodas y consideraban absurda la afirmación de que el mundo fuese redondo. Durante la primera Edad Media imperaba la geografía mística y absurda del monje bizantino Cosmas Indicopleustes; pero en la segunda Edad Media, á partir del siglo XIII, aurora del Renacimiento, era en España, país de moros, judíos y cristianos, donde más se creía en la llamada «esfera».
--Colón--siguió diciendo Enciso--, en vez de ser perseguido por la ignorancia española, como han supuesto tantos autores ligeramente, copiándose unos á otros, resultó en España un ignorante, comparado con muchos que escuchaban sus planes. Usted sabe que Colón no creía que el mundo fuese redondo, sino más bien en forma de pera, teniendo colocado en su pezón ó parte más alta el Paraíso terrenal. También afirmaba que en nuestro planeta, dividido en siete partes, seis de ellas son tierra firme y sólo una la ocupan los mares. En cambio, un obispo de España, cuando algunos colegas suyos criticaban por rutina el proyecto de Colón de ir hacia Occidente dando vuelta á la tierra, fundándose en que San Agustín y otros autores sacros dudaban de dicha esfericidad, contestó con energía: «San Agustín y otros respetables varones son autoridades en materias teológicas, pero de ningún modo en cosmografía».
Hubo un silencio, y Claudio Borja dijo con aire pensativo:
--De todos modos, fué un acto hermoso é interesante el del padre de Madona Lucrecia partiendo la tierra en dos pedazos. Demuestra la autoridad que aún gozaba entonces el Pontífice, no obstante sus propias liviandades y las de muchos antecesores. Pudo repartir el mundo como cosa propia... Lo malo fué que ya empezaba entonces á moverse en Alemania un frailecillo agustino llamado Martín Lutero.
V
La escandalosa «guerra de la fornicación», y cómo produjo, con diversos nombres, un espectro lívido que todavía existe.
Enciso se aproximó á una de las ventanas de su biblioteca, mirando al exterior.
--Llueve. No se vaya usted aún. Fumemos otro cigarro.
Brillaban calles y techumbres bajo una lluvia tenaz que obscurecía prematuramente el cielo del atardecer.
Claudio Borja, que ya se había puesto de pie para marcharse, volvió á ocupar un sillón, tomando el grueso cigarro ofrecido por el diplomático.
Se quedaría media hora más, esperando que pasase el chubasco. Y reanudaron su evocativa conversación.
--El año 1494--dijo Enciso después de reflexivo silencio--resultó para el papa Borgia el más peligroso de su existencia. A fines de Enero supo la muerte casi repentina del rey Ferrante ó Fernando, aquel bastardo nacido en Valencia, que fué cabeza de la dinastía napolitana de Aragón. Su heredero Alfonso II se apresuró á buscar el apoyo del Papa, único soberano de Italia que podía ayudarle. Veíase amenazado el nuevo monarca por la expedición de Carlos VIII y la hostilidad del pueblo y los barones de Nápoles, tratados con rudeza por el difunto don Ferrante.
Otra vez se consideró Alejandro VI en un dilema angustioso. El rey de Francia le enviaba embajadores amenazándolo con reunir un concilio que le quitaría la tiara si no se unía á él. Julián de la Rovere, separado del rey de Nápoles, empezaba á trabajar por el monarca francés. Además corría el peligro de perder á su íntimo amigo el cardenal Ascanio Sforza, partidario también del rey de Francia por su parentesco con el tirano de Milán.
Quiso contemporizar inútilmente, enviando la Rosa de Oro á Carlos VIII como símbolo de amistad, y prometió al mismo tiempo dar la investidura al nuevo rey de Nápoles; esto último por complacer á su amigo Fernando el Católico.
Presintiendo Alfonso II las justas vacilaciones del Pontífice, por convenirle á éste en realidad ser enemigo de la dinastía napolitana, ratificó las proposiciones que había formulado su padre referente á los Borgia, haciéndolas aún más tentadoras. Su hija natural, doña Sancha, se casaría con el pequeño Jofre Borgia, llevándole además del principado de Esquilache 40.000 ducados de renta y una compañía pagada de cien hombres de armas para su guardia personal. El dote de Sancha sería de 200.000 ducados (más de millón y medio de francos oro). El hijo mayor de Alejandro VI, Juan, duque de Gandía, recibiría del rey de Nápoles el principado de Tricarico, en la Basilicata, y á tal presente irían unidos ricos beneficios eclesiásticos en las diócesis napolitanas para el joven cardenal de Valencia César Borgia, que acababa de recibir las órdenes del subdiaconato, entrando en la vida clerical contra su voluntad.
En Abril se decidía el Papa resueltamente á favor de Nápoles, encargando á su sobrino Juan de Borja, cardenal de Monreale, que coronase á Alfonso II. Jofre le acompañó para consumar su matrimonio con doña Sancha. Cinco días después Juliano de la Rovere se embarcaba en Ostia, la noche del 24 de Abril, abandonando á su hermano Juan la defensa del castillo en la desembocadura del Tíber. Un navío le llevó á Génova, pasando de allí á Francia enviado por Ludovico «el Moro», señor de Milán, para que acelerase la marcha invasora de Carlos VIII.
Alejandro llamó á Roma al conde Pitigliano, encargándole el sitio del castillo de Ostia, y á pesar de la fama de éste como fortaleza inexpugnable, capituló con sólo un mes de asedio.
Durante varias semanas vió satisfecha el Pontífice su vanidad paternal, gozando las delicias de una paz que fué á modo de breve paréntesis en los sucesos de dicho año, tan angustioso para él.
El 7 de Mayo se celebraba en Nápoles la boda de don Jofre y doña Sancha con gran aparato. Alfonso II, padre de la novia, deseaba levantar su crédito ante los napolitanos y los barones de su reino, dando gran brillo á las ceremonias nupciales para inspirar confianza al país, haciéndole creer que su nuevo parentesco con el Pontífice era una garantía contra la anunciada expedición francesa.
Claudio Borja creyó del caso recordar una carta del cardenal de Monreale á su gran amigo el valenciano don Juan Marrades, camarero ó cubiculario íntimo del Papa, contándole lo ocurrido en esta boda para que lo transmitiese al duque de Gandía, residente en Valencia. Dicha carta la guardaba el canónigo Figueras en el archivo de su catedral, y era notable por la alegre crudeza con que relataba en valenciano algunos detalles de las nupcias del pequeño Jofre.
--La moral de aquellos tiempos--siguió diciendo--era más desenfadada que la presente. Usted habló antes del Nuncio del Papa en Pésaro presidiendo un baile hasta el amanecer y conduciendo la última «farandola» por las calles. El cardenal Juan de Borja, según costumbre de la época, fué en compañía de los padres de la novia y otros de la familia á visitar á los nuevos cónyuges cuando ya estaban acostados. En todas las bodas aristocráticas de entonces era de ritual dicha visita, riendo padres y amigos ante las tímidas caricias preliminares de los recién casados.
Hacía elogios el cardenal de la valerosa desenvoltura de su primo Jofre, que aún no había cumplido catorce años. Sin duda debió deslizar una mano bajo las ropas del lecho, pues afirmaba en su carta que salió del dormitorio seguro de que el nuevo príncipe de Esquilache «estaba muy alegre y bien preparado para la batalla».
Esta certidumbre del cardenal-legado fué de corta duración. El menor de los Borgia se convenció pronto de que había caído en la más temible de las esclavitudes sexuales. Doña Sancha, mezcla de napolitana y española, era de un temperamento furiosamente lúbrico, que acortó su existencia. Antes de los veintiséis años de edad, en 1506, murió agotada por sus demasías licenciosas.
--Esta hispano-napolitana--siguió diciendo Claudio--fué culpable, á causa de sus ardores, de la horrible fama que durante tres siglos ha pesado sobre la pasiva y sonriente Lucrecia. Los enemigos de Alejandro, para desacreditar más á su familia, pasaron á la cuenta de la hija todos los desenfrenos de la nuera, y los escritores de la Reforma, arrastrados por el odio religioso, mantuvieron dicho error.
Cuando dos años después los jóvenes príncipes de Esquilache volvieron de Nápoles á Roma para vivir en el Vaticano, doña Sancha, todavía muy jovencita, pero en plena erupción de su temperamento precoz y perversamente lujurioso, se entregó á los mayores excesos, encontrando tal vez una ampliación de sus placeres en el escándalo que provocaban.
--Hacía gala de sus amoríos con sus dos cuñados: Juan y César. Era inútil que éstos guardasen cierta prudencia; ella, con cínicos alardes, se encargaba de hacer saber á todos sus placeres incestuosos. Al mismo tiempo se entendía con otros hombres de la corte papal que eran de su gusto, así eclesiásticos como laicos. Lo raro fué que no atentase contra su propio suegro el Pontífice, pues éste, á pesar de su vejez, continuaba mostrándose alegre y galante con las damas en las fiestas del Vaticano... Alejandro sentíase, en realidad, indignado por la conducta de su nuera y la triste situación de su hijo Jofre. Este sólo deseaba que su mujer le dejase tranquilo y olvidado. Ella lo escarnecía por la prudencia con que cuidaba de su salud, y tales y tan continuos fueron los escándalos dados por la napolitana, que el Papa, en sus últimos tiempos, acabó por encerrarla en el castillo de Sant Angelo, para que no hablasen más en Roma de su ostentosa impudicia.
Al día siguiente de dicho matrimonio, el cardenal de Monreale coronaba con gran aparato á Alfonso II de Nápoles, renovándose acto seguido para el Papa la sucesión de conflictos que llenó todo el curso de 1494, el año más tenebroso de su vida.
Después de haberle abandonado Rovere, hizo lo mismo Ascanio Sforza. Los dos cardenales habían vivido siempre como implacables adversarios; pero se unieron en la presente ocasión para combatir juntos al Papa: Juliano como protegido del rey de Francia, Ascanio como hermano de Ludovico «el Moro», de Milán.
Además, el peligro se alzaba repentinamente para Alejandro VI dentro de su propia casa. Toda la nobleza romana que había recibido sus Estados en feudo de la Santa Sede declarábase en rebelión. Los Colonna, los Orsini, los Savelli y tantos otros, bajo la influencia de Ascanio Sforza, se unían al tirano de Milán y á Carlos VIII.
Más de la mitad de Italia era enemiga del Papa. Sólo podía apoyarse en el rey de Nápoles, y éste á su vez buscaba su protección, temiendo á los señores feudales y al pueblo de sus propios Estados, por tener la certeza de que se sublevarían contra él apenas avanzase la expedición de los franceses.
Se daba cuenta Alejandro de su gran error diplomático, aunque en realidad lo había visto claramente desde el principio. Era su amigo el rey de España quien le había impulsado á tomar esta determinación, más que el propio deseo de engrandecer á sus hijos. Y Fernando el Católico sólo le enviaba palabras de amistad y esperanzas de auxilio, sin que llegasen detrás de ellas soldados ni dinero.
El peligro inminente le hizo pensar en la seguridad de su familia. Lucrecia vivía en Pésaro con su esposo. Este Juan Sforza, sobrino del duque de Milán, no podía permanecer tranquilo en Roma desde que el Papa desertó la liga formada por milaneses y venecianos, uniéndose con Alfonso II de Nápoles. Creía más prudente vivir lejos de la Ciudad Eterna, en sus tierras propias, y Alejandro VI dejó que se llevase á su esposa.
También temía Borgia los horrores de una invasión, pensando en «la bella Julia» y demás mujeres de su familia ilegítima. Todas ellas siguieron á Lucrecia en dicho viaje, con pretexto de pasar el verano junto al Adriático, y en realidad para mantenerse á cubierto de la próxima guerra. La «Farnesina», doña Adriana de Milá y «la Vannoza» emprendieron el viaje á Pésaro. El único de sus hijos que permaneció en Roma cerca de él fué César, ayudándole con una serenidad de juicio y una sangre fría impropias de sus pocos años.
Se esforzó el Papa por hacer frente al próximo avance francés. Como Venecia estaba en relaciones con el sultán de Constantinopla, envió á éste un agente secreto, llamado Bocciardo, pidiéndole aconsejase al gobierno veneciano que se pusiera de parte de Nápoles. El hecho de guardar en su poder á Djem, hermano del sultán Bayaceto, facultaba al Pontífice para intentar dicha gestión. Al mismo tiempo, el enviado debía pedir al jefe del Islam que pagase anticipada una anualidad por el mantenimiento de su hermano en Roma. Dicha pensión, de 40.000 ducados, serviría al jefe de la Iglesia para defenderse de la invasión francesa.
Mientras tanto, Carlos VIII justificaba sus preparativos guerreros con un fin falsamente religioso. Luego que se apoderase del reino de Nápoles, iría á conquistar Constantinopla y Jerusalén (¡el eterno pretexto de la cruzada!); pero ni él ni sus capitanes pensaban en cumplir tales promesas.
Salía de Roma el Pontífice para avistarse con Alfonso II cerca de la frontera napolitana, examinando los medios de resistir con las armas á los invasores. Alejandro VI y el joven cardenal César sostenían la conveniencia de ir al encuentro del adversario con un movimiento ofensivo, aprovechando la dispersión de sus fuerzas en el avance. Alfonso temía salir del reino con sus escasas tropas, por miedo á la sublevación que seguramente estallaría apenas se alejase.
El 3 de Septiembre pasaba el rey de Francia la frontera de Saboya. Iban con él 15.000 hombres de armas y escuderos, 8.000 arcabuceros gascones, 6.000 alabarderos suizos, 1.500 arqueros franceses y 150 cañones enormes. Esta aglomeración de hombres armados, la más grande en realidad que se había visto en aquella época, no llevaba tiendas de campaña, ni víveres, ni dinero. Las tropas vivían sobre las tierras conquistadas. Además, este ejército de franceses iba hacia la rica Italia en el mismo estado de ánimo que las andrajosas y famélicas brigadas de la República, tres siglos después, cuando el principiante Bonaparte las mostraba desde lo alto de los Alpes la tierra de promisión.
Carlos VIII, hijo degenerado del terrible Luis XI, era feo de rostro, débil de piernas, poco inteligente, pero con un insaciable apetito genésico. La campaña de Italia iba á servirle para conocer nuevas mujeres, uniendo al deleite carnal el incentivo de la violencia.
--Esta expedición francesa--dijo Borja--no pudo ser más fácil ni proporcionar mayores placeres. Tan imponente número de guerreros atravesó la mayor parte de Italia sin esgrimir sus armas, pudiendo entregarse finalmente en Nápoles á la más ruidosa de las orgías. Sólo á la vuelta, al salir de la península, tuvieron que pelear una sola vez, con verdadero empeño, para abrirse paso. En realidad la tal campaña merece el nombre de «guerra de la fornicación». No hicieron otra cosa el joven rey de Francia, apodado «el Cabezudo» por su fealdad, y los 30.000 hombres de su ejército.
Enciso acogió con gestos afirmativos el título de dicha guerra. Resultaba exacto.
Dos soberanas, la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de Monteferrato, abrían la península al joven conquistador. La primera lo recibía espléndidamente en Turín y la segunda en Casale. Entradas triunfales sin ningún combate previo, justas y torneos antes de los grandes banquetes, por la noche danzas con las damas, y luego el reposo de cada héroe en un lecho de finas telas, «con carnes dulces que palpar». Si el monarca y sus paladines llegaban con el deseo de conseguir numerosas conquistas femeninas, las hermosas señoras italianas mostrábanse aún más vehementes y prontas á entregarse, olvidando á padres y maridos, con la esperanza de alegar luego el haber sido forzadas por los invasores.
--Todos los documentos de aquel tiempo, lo mismo las crónicas particulares que las comunicaciones diplomáticas, hablan de la fornicación general de las tropas y de sus capitanes, empezando por el rey. Según testimonio de los franceses, las bellas italianas no esperaban á ser violadas ó solamente rogadas, sino que se ofrecían espontáneamente. Después de haber gozado de todas maneras la hospitalidad de la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de Monteferrato, se hacía prestar Carlos VIII, con una franqueza admirable, las joyas de estas hermosas damas, empeñándolas para pagar á sus tropas. Luego la orgía continuaba en el Milanesado.
La joven esposa de Juan Galeas, verdadero señor de Milán, se echaba á los pies del rey francés haciéndole saber que el usurpador Ludovico «el Moro» guardaba á su sobrino preso, para conservar el gobierno del país. Lloró Carlos VIII de emoción escuchando tan justos lamentos; pero como Ludovico era quien le abría la península italiana, dejándolo entrar en Milán, se enjugó las lágrimas y siguió adelante. Poco después, Galeas moría envenenado por su tío, para que la viuda no hiciese más protestas.
Pasaba de Milán á Florencia el ejército invasor, siendo acogido en todas las ciudades lo mismo que en Turín: fiestas, torneos, banquetes, fornicación general y al marcharse grandes contribuciones de guerra.
César Borgia abandonó Roma, encerrándose en Orvieto--ciudad confiada á su gobierno por el Papa--para improvisar su defensa.
Este hijo de español nacido en Roma empezó á mostrar un orgullo italiano, del que parecían desprovistos los más de sus compatriotas. Ya que todos se sometían al invasor y numerosas mujeres aumentaban tal bajeza con su liviandad escandalosa, él sería el único en protestar por medio de las armas. Y la sola resistencia que encontraron los franceses antes de su llegada á la frontera de Nápoles fué la de Orvieto. Contra su ciudadela chocaron inútilmente las olas de la invasión, teniendo que seguir adelante.
Mientras Carlos VIII avanzaba desde Florencia á Roma, dos grandes contrariedades entristecieron al Papa, que había quedado solo.
Bocciardo, su agente secreto, desembarcaba cerca de Ancona, en el Adriático, con un enviado turco de Bayaceto, portador de los 40.000 ducados de la pensión de Djem. Ambos viajeros caían en poder de una banda capitaneada por Juan de la Rovere, hermano del cardenal, expulsado del castillo de Ostia. Se apoderaba aquél de los 40.000 ducados, dejando en libertad al mensajero del sultán. A Bocciardo manteníalo preso, y despojado de todos sus papeles lo enviaba al cardenal Juliano, que había venido de Francia en el séquito de Carlos VIII.
Sirvió la pensión de Djem para los gastos de la campaña, y los papeles fueron utilizados por Juliano, quien los desfiguró, publicándolos luego para desacreditar á su adversario. Basándose en dichos documentos falsificados, inventó una calumnia digna de su violento carácter, diciendo que Bayaceto proponía al Papa la muerte de su hermano Djem, ofreciéndole 300.000 ducados á cambio de su cadáver.
--Esta calumnia demasiado grosera--dijo Claudio--no produjo el efecto que esperaba Juliano. Se deshizo sin tocar á su enemigo. Era posible que Bayaceto hubiese escrito dicha proposición. Varias veces intentó, en el Pontificado anterior y en el de Borgia, asesinar á su hermano por medio de enviados turcos ó de italianos, que aceptaban sus planes sin realizarlos nunca. El interés de los Papas era, por el contrario, guardar á Djem para tener en respeto al Gran Turco y percibir la pensión anual de 40.000 ducados. Matarlo equivalía á suprimir «la gallina de los huevos de oro», pues el mantenimiento de dicho personaje no costaba ni la décima parte de la cantidad recibida.
--Nadie hizo caso del violento Juliano de la Rovere, es cierto--añadió Enciso--. Mas transcurrido un siglo, los escritores de la Reforma recogieron la olvidada calumnia para acusar al papa Borgia de la muerte de Djem, ocurrida meses después, y perfectamente explicable por sus excesos alcohólicos, cuando ya estaba en manos de Carlos VIII.
Al llegar el rey de Francia á Lucca, encontraba al cardenal Piccolomini, sobrino de Pío II, hombre bondadoso y transigente, encargado por el Papa de intentar un acomodamiento con él. Conocían los del séquito real la situación desesperada de Alejandro VI, sin medios de resistencia, abandonado de todos, con su propia vida en peligro. Los barones romanos sublevados no esperaban mas que una ocasión favorable para apoderarse de la capital pontificia y tal vez para asesinarlo.
Se negó el monarca á recibir á Piccolomini, alegando no tener necesidad de intermediarios para hablar con el Papa. Ya trataría con éste directamente durante las fiestas de Navidad, que era cuando pensaba entrar en la Ciudad Eterna.
Un gran disgusto de índole privada vino á unirse en Noviembre al desaliento político de Alejandro VI. La «bella Julia», siguiendo uno de sus caprichos, se había separado de Lucrecia en Pésaro para ir á Viterbo, donde estaba su hermano el cardenal, en compañía de una cuñada suya y doña Adriana de Milá.
Varios jinetes franceses, mandados por Ives d’Allegre, el mismo que iba á ser años adelante compañero de armas de César Borgia, hicieron prisioneras á las tres damas, pidiendo por ellas rescate, como de costumbre. La guerra y el bandidaje apenas se diferenciaban entonces.
--A pesar de que Ives d’Allegre habló con entusiasmo de la belleza de Julia á Carlos VIII, éste se negó á verla, decisión que no se explica, tratándose de un hombre de insaciable curiosidad en el conocimiento de beldades italianas. Tal vez Rovere y los otros cardenales que iban con él evitaron, por toda clase de medios, que llamase á la bella prisionera, temiendo que ésta lo sedujese con su hermosura y lo inclinara á favor de Alejandro VI.
Mostró el Papa las angustias de un viejo enamorado al enterarse del suceso, haciendo toda clase de gestiones para la liberación de las cautivas. Envió inmediatamente los 3.000 ducados de rescate exigidos por el capitán Allegre y despachó á dos cardenales para que solicitasen de Carlos VIII la cesión de las prisioneras, protestando de la indelicadeza de dicho rapto. Las tres damas fueron enviadas á Roma con fuerte escolta, y el cubiculario secreto del Papa, Juan Marrades, su hombre de confianza, salió á recibirlas fuera de la ciudad.
Su cautiverio sólo había durado cuatro días, y Borgia se consoló momentáneamente de sus inquietudes políticas al ver otra vez á «la bella Julia».
Tal accidente, digno de la «guerra de la fornicación», hizo reir á media Italia.
Ludovico «el Moro» protestó al enterarse del modesto rescate fijado por el capitán francés.
--¡Tres mil ducados!--dijo--¡qué locura! El Santo Padre habría dado diez veces más, cien veces más, por entrar otra vez en posesión de su bella concubina.
Aproximábanse á Roma, al mismo tiempo, por un lado el ejército francés y por otro un ejército napolitano, cuyo auxilio no podía inspirar confianza, ya que su jefe, el duque de Calabria, aconsejaba al Pontífice que huyese de su capital, refugiándose en Nápoles.
Alejandro no sabía qué hacer. Su valor sereno y confiado le evitaba las ofuscaciones del pánico. Seguía esperando un auxilio providencial, aunque ignoraba de dónde podía venir. Los reyes españoles, que le habían empujado á la situación presente, sólo enviaban promesas.
Hubo un momento en que resolvió huir, por no verse con Carlos VIII, que pensaba exigirle el reconocimiento de sus derechos sobre el reino de Nápoles. Pero ya era tarde. Las avanzadas francesas galopaban por la campiña romana, y desde el Vaticano podía ver el Papa á sus jinetes en las alturas del Monte Mario. El castillo de Sant Angelo, muy descuidado por sus antecesores, no podía oponer una resistencia seria.
--Iba á empezar para él--dijo Enciso--un verdadero calvario, que duró un mes; pero tan larga prueba hizo palpable hasta dónde llegaban su habilidad y su firmeza, consiguiendo finalmente salir victorioso de tantos peligros.
Aceptó que Carlos penetrase en la ciudad con sus tropas, pero á condición de mantenerlas en la ribera izquierda del Tíber. En los últimos días de Diciembre, algunas fracciones del ejército invasor se alojaron en Roma, fuera de la llamada Ciudad Leonina, cometiendo iguales atropellos que en las otras poblaciones italianas, especialmente en la persecución de las mujeres.
Mientras tanto, el monarca francés consultaba á sus astrólogos el día más favorable para hacer su entrada en la Ciudad Eterna. Estos designaron el de San Silvestre, y el 31 de Diciembre penetró Carlos en Roma con el aparato de un triunfador, dando por segura, los enemigos de Rodrigo de Borja, la pérdida de su tiara. Rovere y los cardenales que iban en el séquito real proyectaban la reunión de un cónclave que le depondría, nombrando á otro Pontífice.
Escuchó Alejandro pacientemente todas las imperativas exigencias de los delegados del joven monarca. Pedían la entrega inmediata del príncipe Djem, y que permitiese una guarnición de franceses en el castillo de Sant Angelo. César Borgia seguiría en rehenes á Carlos VIII hasta que éste conquistase Nápoles, y el Pontífice debía darle en seguida la investidura de dicho reino, legitimando así sus derechos como heredero de los Anjou.
Ante unas exigencias tan rudamente expuestas por los enviados regios, no había mas que aceptarlas con una abdicación vergonzosa, ó romper las entrevistas, negándose á todo. Alejandro no hizo ni una cosa ni otra. Discutió, dió largas á la resolución de cada una de las peticiones. Cuando se veía obligado á responder acto continuo, sufría un síncope, y era preciso dejar el asunto hasta el día siguiente.
César había abandonado á Orvieto al ver la plaza libre de sitiadores, y adelantándose á éstos con uno de aquellos galopes sorprendentes que empleó luego en sus campañas, estaba otra vez al lado de su padre. El aconsejó la única medida enérgica que se podía adoptar, y el 7 de Enero, Alejandro y sus cardenales abandonaron en secreto el Vaticano por el pasaje subterráneo que une éste al castillo de Sant Angelo, refugiándose en dicha fortaleza, como si pretendieran defenderse desesperadamente.
Tan grande era aún el prestigio del Papa, que el rey de Francia no osó atacarlo ni deponerlo, como le aconsejaban Juliano de la Rovere, Ascanio Sforza y tres cardenales más que figuraban en su séquito. Temía el descontento que pudieran provocar dichos actos en Francia y fuera de ella. Al mismo tiempo, el Pontífice y sus cardenales fieles se daban cuenta de que el castillo de Sant Angelo no podría resistir un verdadero asalto, y esta doble consideración hizo que por ambas partes se reanudasen las conferencias, poniéndose de acuerdo finalmente el 15 de Enero.
Dicha convención casi fué un triunfo para el Pontífice, al que todos creían perdido días antes. El príncipe Djem quedaba confiado al rey de Francia en todo el curso de la expedición contra los turcos; pero el Papa continuaría cobrando del sultán la pensión de 40.000 ducados. César Borgia iba á acompañar á Carlos VIII en su campaña durante cuatro meses, no en rehenes, sino como legado pontificio, con todos los honores debidos á tan alto cargo. Una guarnición francesa ocuparía Civita-Vecchia mientras el ejército del rey atravesaba los Estados de la Iglesia y Juliano de la Rovere se reinstalaría en el castillo de Ostia.
Alejandro VI, en compensación, debía conservar el castillo de Sant Angelo, recibir testimonio de obediencia públicamente del rey de Francia, gobernar con entera libertad sus Estados y ser protegido por dicho monarca contra todo ataque. ¡Y ni una palabra sobre el reconocimiento de los derechos de Carlos VIII al reino de Nápoles, que era lo que deseaba evitar Borgia!... Tal omisión y el juramento de obediencia del rey francés al Pontífice representaban una victoria diplomática enorme, un triunfo de su autoridad espiritual.
Volvía Alejandro, por el mismo pasaje secreto, desde el castillo á su palacio, recibiendo con gran majestad á Carlos VIII. Hizo tanta impresión en el joven monarca este Pontífice, al que veía por primera vez, y lo sedujo luego con tan agradables palabras en la intimidad, que ya no habló de su investidura de Nápoles, contentándose con dejar dicho asunto para otra ocasión.
Necesitaba el conquistador partir cuanto antes. Roma estaba amenazada por el hambre. Las tropas francesas habían devorado cuantas reservas se guardaban en la ciudad y sus cercanías. El pueblo no podía sufrir la arrogancia de los invasores. Diariamente surgían peleas. Los muchos españoles residentes en la ciudad se batían en todas las encrucijadas con estos soldados insolentes enemigos de los Borgia. Los alabarderos suizos excitaban especialmente la cólera popular. En su embriaguez perseguían y violaban á las mujeres hasta en mitad de las calles, mostrándose las plebeyas romanas menos fáciles que las altas señoras.
El 28 de Enero de 1495 abandonó Carlos VIII la capital pontificia al frente de sus tropas. César Borgia cabalgaba á su derecha, llevando sobre su vestido de viaje la capa roja de cardenal. Había aceptado, con aparente conformidad, este papel de legado que disimulaba su verdadera condición de rehén. Los que le conocían sospechaban que tanta mansedumbre debía ocultar algún propósito secreto.
Veinte carros, con vistosas fundas ostentando las armas de los Borgia, contenían el equipaje del joven cardenal. La primera etapa fué de Roma á Marino, y cerca de esta última población dos de los mencionados carros tuvieron que apartarse de la vía y quedar inmóviles por habérseles roto las ruedas. Eran los únicos que verdaderamente iban cargados con la vajilla preciosa y otros objetos de uso del legado.
La etapa resultó más larga al día siguiente, y la comitiva regia llegó á Velletri, donde el monarca francés, el príncipe Djem y César debían ocupar distintos alojamientos, preparados por el obispo de dicha ciudad.
Acompañó el cardenal de Valencia al rey hasta su casa, retirándose luego á la que le habían destinado. Una guardia de honor velaba en torno á su persona como representante del Pontífice, aunque en realidad su misión era la de vigilarle. Al cerrar la noche, César huyó de su alojamiento por una puerta trasera, vestido de caballerizo. Atravesó las calles á pie, sin darse prisa, para no llamar la atención, salió al campo, y en la Via Apia, lejos de las últimas casas de la ciudad, un hombre surgió de un grupo de árboles para ir á su encuentro, llevando de la rienda un caballo magnífico. Era un hidalgo de Velletri que César Borgia había conocido durante su permanencia en Marino el año anterior, cumpliendo una misión del Papa. Admirable jinete, saltó el cardenal sobre el fogoso corcel y á todo galope volvió á la Ciudad Eterna, entrando en ella antes que apuntase el día.
Nadie lo vió, ni su mismo padre. Sólo, mucho tiempo después, se supo que había vivido oculto en la casa de un español, Antonio Flores, auditor de la Rota, eclesiástico humilde, muy favorecido luego por los Borgia y que llegó á ser Nuncio en Francia.
Al enterarse Carlos VIII de la desaparición del cardenal, montó en cólera, considerando esta fuga como una afrenta para él. Su indignación aún fué en aumento al ser registrados los diez y ocho carros cubiertos con fundas blasonadas, que no se habían movido de Velletri por ignorar sus conductores la huída de su amo, viéndose que sólo contenían sacos de tierra y piedras. Esto demostró la premeditación de dicha fuga, y cuando una partida de jinetes fué en busca de los otros dos carros que se habían detenido en la jornada anterior por rotura de sus ruedas, resultaron tan invisibles como el cardenal de Valencia.
Encontró el pueblo de Roma muy graciosa la jugarreta de César. Era hijo de su ciudad: un verdadero romano, nacido de una transtiberina. Además todos se mostraban furiosos por los atrevimientos de los invasores. Los Borgia eran mirados ahora con cariño, y César fué de pronto el héroe popular, ayudando á tal prestigio su misteriosa desaparición.
Inventó el entusiasmo público venganzas patrióticas, atribuyéndolas al joven cardenal. Hasta propaló que unos suizos ebrios del ejército invasor habían penetrado en casa de «la Vannoza», violando á esta matrona, que todavía se conservaba apetecible, y su hijo, sabedor del atentado, había ido matando á puñaladas á sus autores. La noticia era falsa, pues «la Vannoza» estaba en Pésaro al lado de su hija Lucrecia; pero de todos modos el pueblo admitía como indiscutibles cuantas heroicidades vengadoras le contasen del que llamaba «nuestro César».
Mientras tanto, el Pontífice, alarmado por una fuga de la que su hijo no le había hecho la menor confidencia, daba excusas á Carlos VIII y ordenaba que un grupo de burgueses de Roma, amedrentados por el acto del cardenal de Valencia, fuese á Velletri inmediatamente para protestar del insulto inferido al rey francés y suplicarle que no se vengase en su ciudad.
Tuvo Carlos que seguir adelante, furioso por esta burla que le privaba de llevar junto á su persona un legado de la Santa Sede, dando apariencias de aprobación papal á su guerra. Esto hizo pensar á los cardenales enemigos de Borgia si la fuga sería una combinación del padre y el hijo, pues ayudaba perfectamente á la política de Alejandro.
En el mismo Velletri sufrió Carlos otra molestia. Al día siguiente de la huída de César se le presentaron unos embajadores españoles, enviados por Fernando el Católico, para protestar contra su expedición á Nápoles y la ocupación de las fortalezas del Papa. Al fin llegaba para Alejandro el apoyo de su amigo el rey español, aunque sólo fuese en forma de protesta diplomática.
Siguió adelante el joven conquistador, menospreciando dicha reclamación, en busca de una victoria que no podía ser más fácil. La guerra resultaba un simple paseo militar.
En vista de la flojedad y escasez de sus tropas, el rey de Nápoles había huído á Sicilia, abandonando sus Estados. A pesar de que nadie osaba oponer resistencia, el ejército invasor, ávido de pillaje, saqueó é incendió algunos pueblos al pasar la frontera napolitana, y esto fué suficiente para que las más de las ciudades apresurasen su rendición. Unas pocas semanas bastaron á Carlos para posesionarse del reino napolitano sin tirar de la espada.
El 22 de Febrero ya había entrado en Nápoles con honores de héroe. Llegaba el momento de cumplir sus promesas de cruzado, marchando sobre Constantinopla, luego de pasar por Grecia, que le esperaba impaciente para librarse de los turcos.
Tres días después de entrar en Nápoles moría el príncipe Djem. Contra toda verosimilitud, los enemigos del Papa le atribuían la muerte de este príncipe, diciendo que lo había entregado al rey de Francia, envenenado con un mes de anticipación, como si esto fuese posible.
Verdaderamente, el hermano del sultán sentíase enfermo desde mucho antes, á consecuencia de sus excesos en la comida y la bebida. El célebre pintor Mantegna, que le visitó repetidas veces en su alojamiento del Vaticano, declaraba que Djem comía de ordinario cinco veces al día copiosamente, y estaba ebrio á todas horas. Era gran jinete, pero á pie resultaba grotesco por su extremada gordura y la fealdad de su rostro.
César Borgia y su hermano Juan habían tenido con él cierta intimidad, y más de una vez, por la influencia de dicho trato amistoso, los dos hijos del Papa se mostraron en las calles de Roma con turbante y caftán, montados á la turca, imitando el aspecto del príncipe cautivo.
--Alejandro VI--dijo Enciso--no tenía ningún interés político en la muerte de Djem. Mientras viviese seguiría cobrando del sultán la pensión de 40.000 ducados. En cambio, de continuar Djem al lado de Carlos VIII, éste iba á verse en la obligación de aprovechar la influencia del cautivo, marchando inmediatamente á la conquista de Constantinopla. Era al rey de Francia, que nunca pensó seriamente en dicha conquista, á quien convenía la muerte del príncipe turco, y si existió envenenamiento, á él debe atribuirse... Pero en realidad Djem murió de sus excesos, que aún fueron mayores al abandonar el Vaticano y seguir á un ejército en el que todos iban ebrios ó acuciados por la lujuria.
La vida de Carlos VIII en Nápoles resultaba un final digno de la «guerra de la fornicación». Allí se desarrollaban las fiestas más suntuosas y las mayores aventuras libertinas. Ni el rey ni sus capitanes parecían acordarse ya de la promesa de guerrear contra los infieles. El ejército se iba empequeñeciendo con alarmante rapidez á causa de los excesos venéreos y las enfermedades. Todo Nápoles era una orgía. Además, estos vencedores sin combate maltrataban á los napolitanos, lo mismo que habían hecho en los otros países, robándolos individualmente é imponiéndoles fuertes contribuciones.
Commines, embajador de Francia en Venecia, escribía á su rey, alarmado por la opinión que empezaba á levantarse en Italia, aconsejándole que retrocediese cuanto antes.
Fernando el Católico creaba desde España una liga contra Carlos VIII, entrando en ella el Papa, el emperador de Austria, Venecia y hasta el mismo Ludovico «el Moro», que había abierto á los franceses las puertas de Italia y estaba arrepentido en vista de sus excesos. Dicha liga fué proclamada el 12 de Abril de 1495, y Carlos tuvo que replegarse inmediatamente hacia la frontera francesa para que no le cercasen los aliados dentro del reino de Nápoles.
No tenía barcos para evadirse por el Mediterráneo, y España y Venecia dominaban con sus flotas este mar, así como el Adriático. Debía volver á salir por los Alpes, lo mismo que había entrado, y para ello necesitaba atravesar otra vez las tierras pontificias.
Dejando una parte de su ejército en Nápoles, mandado por el duque de Montpensier, tomaba el camino de Roma, anunciando su regreso al Papa con las palabras más amables. Pero Alejandro, zorro viejo, no iba á caer en las trampas puestas por este mancebo alegre. Tal vez quería apoderarse de César Borgia, llevándolo á su lado como escudo protector para atravesar la Italia sublevada, entrando en Francia. Además, le placería mucho vengarse de un cardenal, más joven que él, que lo había puesto en ridículo con su fuga de Velletri.
Para que el Papa le esperase en Roma, le ofreció un regalo inmediato de 100.000 ducados y un tributo anual de 50.000 á cambio de la investidura de Nápoles. Como aún tenía parte de sus tropas en dicho reino, consideraba indiscutible su conquista, no pudiendo imaginar que Fernando el Católico enviase un ejército desde España para quitárselo.
Ni las ofertas del rey, ni las amenazas de los embajadores franceses, conmovieron al Papa; é imitando la táctica de César, huyó de Roma con veinte cardenales, refugiándose en Orvieto.
Carlos apenas se detuvo en Roma para ir también á Orvieto; mas entonces, Alejandro, que no quería verle á todo trance, se marchó á Perusa mientras las tropas de la liga formada contra aquél se iban reuniendo en Parma.
Tal noticia hizo desistir al rey francés de su entrevista con el Santo Padre, y precipitó su retirada hacia los Alpes, al mismo tiempo que Alejandro retrocedía tranquilamente á Roma guiado por César, quien meses antes había salido de su escondrijo en la casa del clérigo Flores, y seguía á su padre en estas hábiles marchas y contramarchas.
Hubo de librar Carlos una furiosa batalla para abrirse paso á través de los confederados. El peligro le hizo combatir valerosamente, siendo esta lucha la única digna de mención en toda la guerra.
Aunque consiguió ponerse en salvo, tuvo que dejar en manos del enemigo todos los bagajes de su ejército, así como el botín robado en Nápoles. Hasta los objetos personales del monarca quedaron abandonados en el campo de batalla, especialmente una colección de pinturas representando á todas las beldades «conocidas» por Carlos VIII en Italia.
--Aseguran que el rey cambiaba casi todos los días de amante--dijo Borja sonriendo--, y su expedición duró once meses. Calcule usted, don Manuel, cuántos serían los retratos de las damas.
Esta guerra de una batalla única resultaba terriblemente mortífera por los combates de la fornicación más que por los de las armas. Una demencia lujuriosa parecía haberse apoderado de los treinta mil hombres desde que atravesaron los Alpes. Cierto cronista napolitano que dió alojamiento á dos señores franceses relataba cómo cada uno de ellos tenía ordinariamente siete hermosas jóvenes ó mujeres casadas á su servicio, las cuales se renovaban, disputándose sus caricias.
--Además, dicha guerra--siguió Borja--hizo conocer una de las grandes calamidades que todavía aflijen á los humanos. El espectro lívido de la sífilis tomó cuerpo repentinamente, aterrando á todos con la visión explosiva de su fealdad. Es probable que existiese antes, pero en una forma distinta, confundiéndose con la lepra... Por un misterio todavía inexplicable, exacerbado tal vez dicho mal por las licenciosas costumbres del Renacimiento, se difundió de pronto como un estallido, abarcando igualitariamente á todas las clases sociales, royendo las narices y las gargantas de reyes y Papas, diezmando las naciones con la ferocidad de una epidemia. Los medios curativos de entonces, con su ineficacia, facilitaron estos progresos del mal.
--Nunca perecieron tantos personajes á un mismo tiempo como en aquella época--dijo Enciso--. Y como los enfermos morían cubiertos de abcesos, desfigurados por hediondas gangrenas, atribuía el vulgo tales defunciones á envenenamientos preparados por la venganza ó la codicia. Todos consideraban dichas lacras un exceso de ponzoña que se escapaba á través de la piel.
Muchas muertes originadas por el legendario veneno de los Borgia eran verdaderamente obra de la sífilis, atribuyéndose al mencionado tósigo el aspecto horrible que presentaban los atacados de dicha enfermedad. Y como ésta se cebaba con preferencia en ricos y poderosos, el vulgo encontraba fáciles razones para suponerlos envenenados.
--Lo raro fué--dijo Borja--que al mismo tiempo que la epidemia sexual se difundía por Europa, los descubridores españoles la encontrasen en América, dándola el nombre de «mal de bubas». Tal dualidad hizo que durante mucho tiempo se atribuyese á los pobres indígenas del Nuevo Mundo el terrible regalo de la sífilis hecho al mundo viejo.
Puso término Enciso al asunto con expresión escéptica.
--En este suceso nadie está de acuerdo y no existe una sola verdad. Cada cual sostiene la suya. Durante varios siglos, la terrible dolencia propagada por la expedición de Carlos VIII ha tenido un origen denigrante para el vecino, según se hablase de ella á un lado ó á otro de los Alpes. Los italianos la llaman aún «mal francés» ó «mal gálico», y los franceses la conocieron con el nombre de «mal napolitano».
V
La inconveniente conducta de Claudio Borja en el palacio de Enciso de las Casas.
Algunos días después, la vida monótona y plácida, alimentada por recuerdos históricos, que venía llevando Claudio Borja en Roma, quedó conmovida por dos opuestos motivos.
El embajador Bustamante lo llevó á su despacho á la terminación de uno de aquellos almuerzos «de confianza» á que le invitaba frecuentemente, y empezó á hablarle con la autoridad cariñosa de un antiguo tutor, recordando su amistad íntima con el padre de Claudio. Siempre consideraba al joven como de su familia. Hasta podía decir que Estela y él se habían criado juntos, no obstante la diferencia de algunos años entre sus respectivas edades. Don Arístides no había perdido de vista la «afinidad electiva» que ligaba á los dos.
--En Madrid todos daban por seguro vuestro matrimonio. Después... después pasó lo que pasó. No hablemos de ello. Yo también soy hombre, y he tenido mis debilidades, de las que no quiero acordarme... Pero ahora, por suerte, parece que mi hija y tú habéis vuelto á ser novios. No me lo niegues; se ve claramente. Estela vive más contenta, y mi cuñada me ha dicho que cuando salís los tres juntos, vosotros dos procuráis marchar delante de ella, hablando á solas, lo que satisface y molesta al mismo tiempo á la pobre Nati.
Y el solemne personaje creía llegado el momento de intervenir en este asunto amoroso. Era preciso darle una solución, ya que empezaba á resultar inexplicable para los amigos de la casa. ¿Cuándo se casaban?...
Luego, Bustamante le fué explicando con aire paternal la conveniencia de adoptar pronto dicha resolución. Era hora de que terminase su vida de soltero, sin finalidad y sin provecho alguno. Trabajaría mejor al lado de su esposa, en una casa propia, llevando la existencia ordenada de todos los varones dignos de respeto que sirven á la sociedad, recogiendo al mismo tiempo provechos y honores. Hasta le insinuó hábilmente lo que iba á ganar en consideración social siendo yerno del embajador Bustamante. Podría pretender en España honorables cargos públicos; se vería admitido en Roma, por derecho propio, en el mundo de los representantes diplomáticos, que don Arístides trataba ya como si fuese su ambiente natal.
Reconoció que Borja se veía aceptado en dicho mundo como un joven simpático y de cualidades recomendables; pero tal vez el mayor de sus méritos consistía en ser allegado á la familia del embajador de España.
Quedó Claudio indeciso ante las insinuaciones de su antiguo tutor. En realidad, no había hablado jamás de casamiento con Estela. Como se tuteaban desde niños y existía entre ellos una confianza de camaradas, podían conversar de todo, cual si sus destinos tuviesen una finalidad común, pero sin concretar nunca el carácter de tales destinos. Se miraban sonrientes, se estrechaban las manos, tenían en sus palabras y movimientos una confianza igual á la de los muchachos que se entregan juntos á sus juegos; mas nunca habían hablado concretamente de amor. ¡Notaba él tal distancia entre sus conversaciones con Estela y otras desarrolladas en un hermoso jardín frente al Mediterráneo!...
Jamás la había besado ni sentido la tentación de hacerlo. Era á modo de un amigo dulce, plácido, de una simpatía reposante para él... y que llevaba faldas. Tal vez la amaba sin darse cuenta de hasta dónde podía llegar su pasión, pero con un amor distinto á los otros que había conocido en su existencia.
A dichas consideraciones se unió un poco de cólera contra la tía de Estela. Aquella doña Nati, agria de carácter, obligada á enormes esfuerzos para mostrar una amabilidad falsamente maternal, ¿con qué derecho se metía á interpretar sus sentimientos, dando como noviazgo digno de matrimonio lo que era solamente dulce amistad de los tiempos de su infancia?...
Extinguida esta protesta interior contra la viuda de Gamboa, volvió Borja á considerar las proposiciones de don Arístides con el mismo respeto que cuando vivía sometido á su tutela. ¿Por qué no casarse?... Alguna vez tendría que imitar el ejemplo de los demás, y mejor era Estela que cualquiera otra de las mujeres que podían salirle al camino. Aquellas embozadas promesas de honores alcanzados por el hecho de ser yerno de Bustamante no le emocionaban. Sólo tenía en cuenta el dulce carácter de ella, ó mejor dicho, su ausencia de verdadero carácter, lo que le haría plegarse en todo á las costumbres y las ideas de su esposo.
Y contestó finalmente al embajador admitiendo sus consejos. Estaba dispuesto al matrimonio, siendo don Arístides quien debía arreglar lo necesario para que se realizase.
Hombre imaginativo, acostumbrado á concentrar voluntad y deseos en la última idea aceptada, apreció Claudio su casamiento como una dicha un poco monótona, dulce y pálida, semejante á uno de esos días de bruma ligeramente enrojecida por el sol, en que personas y cosas parecen acolchadas flúidamente, dando á los movimientos una sensación de blandura silenciosa y elástica.
Además, por una regresión caprichosa de su pensamiento, él, que nunca se preocupaba de la moral, considerándola incompatible con el arte y el amor, admiró la pureza y la inocencia de esta joven, cualidades que meses antes habría llamado «el dote natural de una muchacha algo tonta». Hasta se dijo que la vida común con una mujer ingenua, simple de carácter, influiría en su porvenir, libertándole de las angustias y contradicciones mentales que habían amargado su juventud. Esta Elisabeta iba á hacer del caballero Tannhäuser un personaje «ponderado y ecuánime», como decía don Arístides al completar el retrato de cualquiera de sus amigos hispano-americanos.
A partir de dicha entrevista, Claudio y Estela se consideraron futuros esposos, sin que ninguno de los dos hubiese dicho una palabra concreta. El padre y la tía se encargaron de fijar la próxima unión y hacerla saber á todos los que frecuentaban la Embajada.
Sintió Borja en torno de él un nuevo ambiente más favorable. La vida de la alta sociedad romana consiste en comidas y fiestas que hacen encontrarse casi á diario á las mismas gentes. Existen más Embajadas y Legaciones que en ninguna otra capital del mundo. La representación diplomática es doble: una para el Papa, otra para el rey de Italia. Y los dos representantes de un mismo país, en el Vaticano y en el Quirinal, se miran con rivalidad, queriendo superarse mutuamente. Esto hace que todos los días se celebre alguna recepción, á la que acuden los diversos grupos de los dos ejércitos diplomáticos acampados en Roma, llevando detrás de ellos la aristocracia pontificia ó la puramente italiana, á más de los extranjeros distinguidos que están de paso.
Acompañando á Estela se dejó tomar Borja poco á poco por el engranaje de esta doble existencia vana y representativa. Comió todas las noches en una Embajada ó asistió á un baile, viéndose rodeado de gentes frívolas y solemnes, respetuosas de las jerarquías hasta la superstición, las cuales le miraban con nuevos ojos al saber que era futuro yerno de Su Excelencia Bustamante.
Rara era la noche en que no se ponía el frac. El «villino» alquilado sólo le servía para dormir. Almorzaba invariablemente con don Arístides y su familia en el palacio situado en la plaza de España. Manteníase silencioso el embajador, sonriendo á los suyos con aire distraído, cual si estuviese resolviendo en el magín angustiosos problemas internacionales. Claudio y Estela sonreían igualmente comentando con frivolidad las murmuraciones de aquella Roma diplomática, que en el fondo les interesaba muy poco.
Era doña Nati la que hablaba más, desahogando la acidez de su carácter contra el gobierno de Su Majestad Católica. ¿Cómo quería tener buenos embajadores pagándoles tan parcamente?...
Enumeraba cantidades con tono rabioso, comparando el sueldo de Bustamante con el que recibían ministros y embajadores de otras naciones más poderosas. Así se explicaba que los mencionados diplomáticos pudiesen dar tantas fiestas, mientras ella, encargada de la administración de la Embajada, debía ir espaciando las suyas con diversos pretextos, ocupándose en estudiar la manera de que costasen menos, sin perder su falsa brillantez. Y una vez más repetía: «Nosotros hemos venido á servir á nuestro país, no á arruinarnos».
El millonario Enciso de las Casas buscaba á Borja en muchas de estas fiestas, para hablarle aparte, tomando aires de grande hombre anulado por sus deberes oficiales.
--De seguir mis gustos, querido Borja, me quedaría en mi biblioteca, estudiando, escribiendo. En realidad, soy un escritor, no un diplomático; pero debo sacrificarme por mi país. Si yo me retirase, aquella república no se cuidaría de tener una representación digna cerca del Papa.
Fingía despreciar la frivolidad de una existencia de continuas recepciones, en las que se veían siempre las mismas gentes, y sin embargo, asistía á todas ellas, aun sintiéndose enfermo, y no pasaba semana sin que diese una comida en su palacio-museo.
Al hablar á Borja de su futuro parentesco con don Arístides Bustamante, sonrió casi lo mismo que el embajador. «Hace usted bien--parecía decir con su sonrisa--. Llegó la hora de la seriedad, joven. Debe usted casarse, como todos nosotros».
Y los mudos consejos de sensatez iban acompañados de cierta envidia sin rencor, una envidia semejante á la del niño ante los goces destinados á las personas mayores. No podía olvidar la buena suerte de Claudio con aquella Rosaura que simbolizaba para él todas las tentaciones de la vida.
Una noche, en los salones de la Embajada francesa, buscó á Borja para darle una noticia:
--¿Sabe usted quién está en Roma?... La viuda de Pineda. Tal vez venga esta noche. No la he visto; pero sé que está aquí por un joven que es secretario de una Legación sudamericana y la visita con frecuencia.
Luego fué examinando con ansiosa curiosidad á todas las damas que entraban en el salón, como si esperase ver de un momento á otro á la bella argentina.
Acogió Claudio la noticia con aparente frialdad, no pudiendo conocer Enciso la verdadera impresión que causaba en él. Tal vez era de sorpresa nada más, y pasado el primer momento, no pareció interesarse por la próxima llegada de Rosaura.
Ella no vino finalmente, y al salir don Manuel de la fiesta con su mujer y tres de sus hijas, las abandonó por unos momentos, para hablar otra vez á Borja:
--Indudablemente no ha podido venir--dijo sin nombrar á la viuda de Pineda, como si á ellos dos les fuese imposible preocuparse de otra persona--. Pienso visitarla mañana en su hotel, y la verá usted en casa muy pronto. Vamos á dar una modesta comida uno de estos días; pequeña fiesta entre amigos para celebrar cierta distinción que acabo de recibir, sin mérito alguno.
El millonario representante gratuito de su país hablaba siempre de modestos banquetes, pequeñas fiestas y distinciones recibidas inmerecidamente. Un grande hombre debe expresarse así. Lo que no impedía que fuese á la caza, sin descanso, de condecoraciones y dignidades académicas, y para «las modestas comidas de amigos», vistiese á una docena de domésticos, propios y alquilados, con casaca de seda amarilla, calzón corto y peluca blanca, que hacía chorrear de sudor las frentes de estos pobres italianos disfrazados. Su alma de cardenal de otros siglos, en la que se mezclaban la devoción y el pecado--aunque este pecado fuese sólo de pensamiento--, creía indispensable una servidumbre aparatosa, en consonancia con el aspecto de su palacio.
Al recibir Borja por escrito una invitación de Enciso de las Casas, abundante en ingenuas confidencias, se enteró de que el banquete era para celebrar una gran cruz pontificia que acababan de concederle, la única que faltaba en la brillante colección con que cubría el lado izquierdo de su frac.
Acompañó á don Arístides y su familia en la noche fijada por la invitación, encontrando desde los primeros peldaños de una escalinata del siglo XVIII, que era motivo de orgullo para Enciso--enorme como la de un museo, con balconajes de mármol y bustos de diosas y héroes--, á todos los domésticos de los días de gala, ostentando sus pelucas y sus libreas de seda color oro.
Salió el dueño de la casa á recibirlos en la puerta del gran salón. Aunque el banquete era de los «sencillos», y los altos personajes amigos suyos venían simplemente de frac, sin las condecoraciones reservadas para las comidas oficiales, él se había colocado en el lado izquierdo de su pecho una placa de falsos brillantes, con la imagen de un santo en el centro, y una banda bicolor sobre la pechera de la camisa, insignias de la nueva distinción que el Vaticano dejaba caer sobre él.
Debía dar tal muestra de gratitud á Su Eminencia, que estaba entre los demás invitados: uno de los muchos cardenales amigos suyos, á los que adoraba unas veces, no pudiendo vivir sin ellos, ó repelía con momentánea indiferencia, según las fluctuaciones de su apasionada amistad, pues mostraba caprichos y veleidades de coqueta nerviosa en sus relaciones con el Sacro Colegio.
Ahora su grande hombre era un cardenal que figuraba en todas las comisiones para los asuntos del Vaticano, y había vivido mucho tiempo fuera de Roma, como Nuncio del Papa en importantes capitales.
--Es el futuro Pontífice--decía Enciso con tono misterioso--. Estoy bien enterado y no puedo equivocarme. La tiara es para él.
Y sus amigos se acordaban de las numerosas veces que les había hecho la misma confidencia respecto á otros cardenales, designando como Papa futuro á todo el que era en aquel momento su amigo favorito.
Como el embajador de España y su séquito familiar llegaban un poco retrasados por culpa de doña Nati, los saludos en el gran salón de techo altísimo, muros cubiertos de cuadros y muebles dorados, con sedas rojas, fueron muy rápidos. Además, todos se conocían. Eran unas treinta personas pertenecientes á la diplomacia papal y á la antigua nobleza romana, servidora por tradición del Vaticano.
La presencia del príncipe de la Iglesia estorbaba esta noche la confraternidad con los diplomáticos acreditados en el Quirinal y ciertas gentes extremadamente mundanales que otros días invitaba Enciso. El único á quien no conocía Su Eminencia era Borja, y el dueño de la casa lo presentó á este sacerdote delgado, pálido, de pómulos salientes, frente alta y ojos de cuencas profundas que miraban con una expresión alternativamente grave ó maliciosa.
El cardenal lo acogió lo mismo que si le conociese de mucho antes. Igual hacía con todos. Vivía entre las gentes como si nadie pudiera sorprenderle, como si nada le fuese ignorado y adivinase con anticipación todo lo que podía ocurrir.
Mientras pasaban los invitados al enorme comedor, construído doscientos años antes, sin tener en cuenta el espacio, por unas puertas tan amplias que podían atravesarlas tres parejas á la vez, don Manuel habló unos momentos á Borja, considerando preciso darle una explicación.
--Estaba invitada por mí, pero á última hora se ha excusado. Sin duda no quiere ver á sus antiguos amigos. Prefiere estar sola, ó mejor dicho, acompañada nada más por el que es actualmente su predilecto.
Y la sonrisa con que el plenipotenciario acompañó sus últimas palabras hizo daño á Borja.
Fueron sentándose los invitados con arreglo á la sabia distribución del dueño de la casa. A pesar de lo frecuentes que resultaban sus banquetes, todos ellos eran precedidos de una conferencia de Enciso con su secretario, apreciando ambos los méritos de cada comensal, para que ninguno se colocase indebidamente con relación á los otros.
Su Eminencia era esta noche el personaje más alto. Aparte de sus méritos propios, necesitaba mostrarle agradecimiento Enciso, pues á él debía su última distinción. Únicamente don Arístides, por ser embajador, podía igualársele, y los dos ocuparon los mejores puestos de la mesa. Se aburrió Borja entre un periodista católico, compatriota de don Manuel, de paso en Roma, y cierta condesa de escote flácido, que ostentaba uno de aquellos apellidos romanos tantas veces leídos por él en la historia de los Borgia.
Además, la comida no era digna de aprecio en este palacio de banquetes frecuentes. Resultaba vulgar y descuidada, como la de los hoteles de muchos huéspedes. El dueño no podía fijarse en su preparación, por preocuparle más el aspecto de sus salones y el orden jerárquico de sus invitados.
Sonreía el cardenal á todos los de la mesa, cuidándose de dedicar una palabra amable á cada uno de ellos, con arreglo á sus gustos ó su patria. Este prócer eclesiástico usaba la amabilidad como una herramienta profesional.
Borja no lo perdió de vista en el curso de la comida. Era el más interesante de los convidados. Admiraba la sonrisa enigmática de sus labios sutiles, la expresión felinamente acariciadora de sus ojos profundos. ¿Qué estaría pensando Su Eminencia de toda esta gente que lo rodeaba con devoción, de la cual sólo Bustamante se atrevía á tratarlo con cierta familiaridad, por su categoría de embajador?...
Maquinalmente fué apurando Borja las copas que tenía delante, y que llenaban acto seguido los servidores empelucados. Parecía buscar con este continuo beber una compensación al solemne aburrimiento de la comida y á la mala calidad ostentosa de los platos.
Cerca de los postres, un repentino silencio hizo sonar con extraordinario diapasón, en un extremo de la mesa, las voces de doña Nati y otras señoras de la diplomacia sudamericana, hablando todas ellas en español.
Se estremeció Borja al oir el nombre de la señora de Pineda. Estaban sin duda hablando mal de Rosaura.
Fijóse igualmente Enciso en dicho diálogo, á causa del repentino silencio, y miró adonde estaban la cuñada de Bustamante y las otras, con una expresión dulcemente correctiva, cual si les aconsejase tolerancia con los ausentes.
A pesar de esto y contra la voluntad de don Manuel, la conversación sorprendida se hizo general, por el deseo que siente todo grupo humano de abandonar las frases banales y corteses, los diálogos sin objeto, entregándose al comentario mordaz, que anima voces y gestos con maligno placer.
Muchos dejaron de hablar á su vecino para enterarse de lo que decían estas damas vehementes en alta voz. Las más de ellas habían olvidado el italiano y se expresaban en español. Todos los de la mesa lo entendían. El mismo cardenal había vivido varios años como Nuncio del Papa en una república de la América del Sur. Seguía sonriendo de un modo enigmático, mirando á unos y á otros mientras hablaban, sin que nadie pudiese traslucir su pensamiento.
Doña Nati y sus compañeras de diálogo dábanse noticias mutuamente sobre la hermosa argentina, recién llegada á Roma, exagerando la expresión de su voz para mostrarse escandalizadas ó desdeñosas... Huía del trato con las personas decentes; por eso no aceptaba invitaciones. Todas las tardes la veían bailar á la hora del té en el _dancing_ del gran hotel donde estaba alojada. Ahora iba con ella cierto joven secretario de Legación.
Varias señoras mostraron extrañeza por tal «amistad». Conocían á dicho joven; unas lo menospreciaban por insignificante, otras hacían relación de sus defectos. Las más bondadosas en sus comentarios compadecían á Rosaura luego de haberla admirado tantas veces.
--¡Ella tan hermosa, tan elegante!... No comprendo ese capricho.
Por una tendencia instintiva al contraste, registraban el pasado de la hermosa viuda, hablando de Urdaneta, el general-doctor, al que todas conocían; personaje ya algo decadente, pero que había tenido sus tiempos de «hombre irresistible».
Descendiendo luego en sus recuerdos, empezaban á balbucear, como el que sospecha que puede decir una inconveniencia, quedando mudas finalmente, mientras sus ojos miraban á un mismo punto de la mesa, cambiando de dirección al encontrarse con los de Borja.
El dueño de la casa, siempre tolerante y afable, creyó del caso pasar de los gestos disimulados á las palabras para cortar dichas murmuraciones.
--Un poco de caridad, señoras. Piensen que es una amiga, y que esta noche debía haber estado entre nosotros.
Pero no resultaba fácil cortar de golpe la murmuración, por tratarse de una persona que las más de las mujeres presentes odiaban y admiraban á un tiempo.
Obedeciendo la esposa del plenipotenciario á una ojeada de éste, se levantó de la mesa, y todos pasaron al gran salón, donde iban á ser ofrecidos el café y los licores. Formaron diversos grupos; pero el de doña Nati y sus amigas fué atrayendo á los demás invitados. Muchos arrastraron sus sillones hasta este corro de señoras ó permanecieron junto á él, de pie y silenciosos, para enterarse de la conversación.
Los que no conocían á la rica argentina sentíanse interesados, por haber leído y oído muchas veces su nombre. Otros que se decían amigos suyos mostraban un malsano placer asistiendo impasibles á este despedazamiento verbal de la ausente, y si la defendían era con una flojedad que exacerbaba más las críticas. Su Eminencia manteníase aparte con los señores de la casa, el embajador español y unas damas italianas que preferían seguir hablando en su idioma.
Acabó por mostrarse francamente irritada la viuda de Gamboa al notar que sus compañeras de murmuración sentían aún cierto afecto admirativo por Rosaura. Su antigua enemistad le hizo expresarse con terrible encarnizamiento.
--Lo que yo no me explico es que una mujer de conducta tan irregular pueda ser recibida en casas respetables.
Esta agresión produjo un silencio temeroso en los oyentes, apreciándola todos como un ataque á Enciso de las Casas. Doña Nati no se dió cuenta de su torpeza y siguió dejándose arrastrar por su moralidad peleadora. Como su sobrina era la única señorita que había asistido al banquete y estaba con su padre al lado del cardenal, siendo todas las que le escuchaban casadas ó viudas, empezó á expresarse crudamente.
--Eso no es una señora... ¿En qué se diferencia de una cocota? Sólo en que no pide dinero á los hombres. ¿Quién sabe si el dinero tiene que darlo ella?... Porque á mí no me digan ustedes que es una belleza. Unicamente los tontos pueden admirarla. Hay que verla de cerca, como yo la he visto muchas veces... Pinturas, arreglos, artimañas de mujer mala, que las verdaderas personas decentes nos resistimos á usar.
Había olvidado la presencia de Claudio Borja. Hablaba de la moral con autoridad, como si fuese algo propio que le perteneciera desde su nacimiento. Por esto miró en torno con extrañeza, cual si no creyese en sus sensaciones auditivas al quedar cortada su peroración por una voz varonil, algo temblona de cólera, lo mismo que la de ella.
--¡La moral! ¿Qué es eso?... Hay muchas morales: la del vulgo, la de los envidiosos que murmuran, la de las malas personas... y la de las gentes superiores, que están más allá de los prejuicios burgueses.
Después de mirar la cuñada del embajador á un lado y á otro, acabó por fijarse en Claudio Borja. ¡Era él quien hablaba!...
No le produjo menos extrañeza su rostro pálido, con las alillas de la nariz palpitantes y un brillo de agresividad en los ojos. Era una cara de hombre que necesita pelear. Sin duda había bebido.
Reconoció el mismo Borja en su interior dicho estado anormal. Efectivamente, sentíase algo ebrio; pero estaba seguro de que en completa abstinencia habría hecho lo mismo.
Su voz dura se extendió por todo el salón, creando el silencio de los otros; mas este mutismo escandalizado, en vez de imponerle respeto, pareció exacerbar su acometividad. Y siguió hablando al grupo de señoras, sin miramiento alguno, como si fuesen hombres, fijos sus ojos en la tía de su novia.
¿Qué tenían que decir contra la señora de Pineda?... Todo envidia, desesperación por no poder igualarse con una mujer superior. A ella le era lícito vivir más allá de la moral corriente, al margen de las preocupaciones vulgares, con un derecho que las demás no conseguirían nunca. Su moral era la moral de las diosas de la antigüedad. Podía hacerlo todo; para eso había nacido más hermosa y más inteligente que las otras mujeres. Las que la criticaban no pertenecían á su misma especie. Sus palabras malignas las comparaba al croar de las ranas frente á una majestuosa estatua de Venus erguida en la orilla de un estanque. ¿Qué sabían ellas de la verdadera belleza y del amor?...
--Todas creen haber vivido y haber amado porque comen, duermen, y repetidas veces en su existencia conocieron á un hombre. Y se van del mundo imaginándose que lo saben todo... El amor es como el talento, como la riqueza, como la hermosura: el privilegio de unos pocos. Y los que nacieron para conocer de veras el amor no están sometidos á las mismas leyes vulgares que el gran rebaño en el que figuramos los demás. No podemos entender su modo de razonar, y lo juzgamos indigno... Dejen tranquilas á las personas superiores, ya que les es imposible comprenderlas.
Tuvo que callar de pronto, sintiéndose entre dos voces que le interrumpían: una de ellas á sus espaldas, la del embajador Bustamante, el cual le había puesto su diestra en un hombro:
--¿Qué dices?... ¿Qué disparates son esos?... ¿Estás enfermo?... ¿Qué te pasa?
Y al mismo tiempo la viuda de Gamboa, roja de cólera, se abanicaba rudamente, fijando en el joven los dos rayos de sus ojos, mientras decía entre balbuceos:
--Claro... ¡fueron tan amigos! El señor se acuerda de aquella vida escandalosa que nos afrentó á todos... ¡Y mi cuñado piensa dar su hija á un hombre así! Yo me he opuesto siempre... ¡siempre!
Pero de pronto calló, obedeciendo á una mirada de don Arístides.
La intervención de Enciso, que había acudido también al oir las palabras de Borja, puso fin á este rápido incidente.
Los invitados, como si obedeciesen á una consigna, se juntaron en pequeños grupos, hablando, con voces exageradamente altas, de asuntos que no les interesaban.
Claudio se vió solo de pronto. Todos fingían ignorar su presencia, alejándose. Al mirar en torno, únicamente encontró los ojos de Su Eminencia fijos en él. Nada de severidad. Continuaba sonriendo para su persona, lo mismo que para los otros. Su mirada seguía brillando felina y acariciante. Tal vez apuntaba en ella un nuevo interés. ¿Quién sabe si lo consideraba más digno de su atención que al principio del banquete, cuando lo habían presentado como uno de tantos jóvenes de aquel mundo frívolo y solemne?...
También encontró la mirada furtiva de unos ojos agrandados por el asombro y el dolor, los ojos de Estela, que parecían preguntarle: «¿Qué has hecho?»
Bebió con lentitud dos tazas de café, manteniéndose erguido junto á una mesa antigua de mármoles incrustados. Hasta los servidores se acercaban á él con titubeos, no obstante su porte falsamente majestuoso, como si temieran incurrir en el desagrado de la respetable concurrencia.
Aún latía en su interior la cólera que le había hecho prescindir de las conveniencias sociales, diciendo lo que pensaba con insolente franqueza. Quiso desafiar con su presencia á los que simulaban no verle. Se quedaría allí para demostrarles que no le inspiraban miedo.
Luego sintió de pronto todo el peso de aquella reprobación que le circundaba, y fingiendo interés por los cuadros y estatuas de los varios salones, fué pasando de una obra á otra, hasta llegar á la puerta del más lejano de aquéllos... y huyó.
Mientras un servidor, también con peluca blanca, le entregaba en la antesala su sombrero y su gabán, una mano amiga le tocó en la espalda.
Enciso, enterado de su fuga discreta, venía á despedirlo. Le estrechó la diestra silenciosamente, haciendo un gesto melancólico, lo mismo que si le saludase en un entierro.
El grande hombre parecía sinceramente apenado por lo que acababa de ocurrir. ¿Qué pensaría su amigo el futuro Papa?...
Mas no por ello el apretón de su mano y su mirada parpadeante dejaron de ser afables. Quería hacerle ver que continuaba teniéndolo por amigo suyo. Tal vez hasta le parecía su conducta justa y lógica.
Había defendido á una mujer que él mismo juzgaba adorable. Además estaba ligado á ella por su pasado. ¡Muy bien! Lo terrible era que hubiese hecho esto en su casa.
Acompañó silenciosamente á Borja hasta la meseta final de su majestuosa escalinata, oprimiéndole siempre una mano y sin decir palabra. Creyó el joven adivinar sus pensamientos. El «diplomático» abominaba de su franqueza escandalosa; el «escritor» la creía admirable.
Por algo había dicho muchas veces la tía de Estela que este padre de familia simpatizaba de un modo instintivo con todas las gentes de conducta irregular.