PARTE TERCERA
“NUESTRO CÉSAR”
I
Donde Claudio piensa en «las niñas del Vaticano», y se habla del asesinato del duque de Gandía y la ruidosa desesperación de su padre.
Claudio Borja se sintió avergonzado al día siguiente recordando su conducta en casa de Enciso. Luego, para defenderse de su propio remordimiento, se mostró arrogante.
«No volveré á ver á esas gentes--pensó--. Me alegro de lo ocurrido. En realidad, me interesan muy poco.»
Y satisfecho de haber cortado sus relaciones con «el diplomático-artista» y con su antiguo tutor, se juró á sí mismo no permanecer en Roma más de una semana. Necesitaba este plazo para resolver ciertos pequeños asuntos de la vida diaria que tenía pendientes y entregar el «villino» á un amigo de su propietario. Le dolía acordarse de la dulce Estela, «víctima inocente, merecedora de compasión», y á la vez su orgullo le hacía considerar la insolencia de la noche anterior como un acto providencial. Gracias á él iba á librarse de su matrimonio con la hija de Bustamante.
Pasó la mañana en su casa. Rehuyó el salir de ella, temiendo encontrar á alguno de los que habían escuchado sus palabras en el palacio de Enciso. Luego consideró tal aislamiento una acción cobarde. ¿Qué le podía importar que lo saludasen ó fingieran no verle aquellos personajes antipáticos?...
Al salir de su «villino» dirigióse instintivamente hacia la Ciudad Leonina. Frente á la basílica de San Pedro se unió á un grupo de viajeros, entrando en el Vaticano para ver las Estancias de los Borgia, llamadas por el Renacimiento latinizante las _Œdes Borgiæ_.
Repetidas veces llevaba hecha esta excursión, admirando los siete salones donde vivió Alejandro VI. El Pinturicchio había pintado sus bóvedas y los dos tercios superiores de sus muros, quedando desnudo el tercio inferior para cubrirlo con tapices.
Admiraba Borja esta decoración, dispuesta por un Papa artista, protector de pintores y escultores que luego tomaron á su servicio Julio II y León X, usurpándole una parte de su gloria de precursor. Especialmente Julio II (Juliano de la Rovere), había dedicado sus años de vida papal á destruir ó calumniar la memoria de su antiguo adversario. Al cerrar las Estancias de los Borgia, inició una leyenda sacrílega, que se fué agrandando en el transcurso de tres siglos. Como nadie podía ver dichos salones, se hablaba de ellos como de un lugar abominable, cubierto por el Pinturicchio de pinturas lascivas. En uno de los frescos estaba representada la Virgen con el rostro de Julia Farnesio, y el papa Alejandro á sus pies. Todos los Borgia figuraban igualmente en otras pinturas.
León XIII, el Pontífice diplomático, admirador de la obra política de Alejandro VI, daba fin en el siglo XIX á esta leyenda mentirosa, restaurando y abriendo al público los abandonados y misteriosos salones. La calumnia histórica se venía al suelo inmediatamente. Todo falso. Alejandro aparecía de rodillas, pero ante una imagen de Cristo resucitado saliendo de su sepulcro. Por ninguna parte se veía á «la bella Julia». Fueron otros, algunos años después de muerto dicho Papa, los que la copiaron desnuda, abajo, en plena iglesia de San Pedro.
Tampoco resultaba cierto que Lucrecia Borgia fuese la Santa Catalina de uno de los frescos y César el tirano que la condena al martirio. Cuando el Pinturicchio terminó este cuadro, los hijos del Papa eran aún adolescentes.
Lo único que representaba á dicha familia en las famosas Estancias era el toro de los Borgia repitiéndose como un motivo ornamental. La evocación de la historia antigua, á que tan aficionados se mostraban todos en aquella época, había reproducido igualmente en una de las pinturas la apoteosis del buey Apis, por su parentesco con la brava bestia heráldica del escudo del Pontífice.
En el piso superior encontraba Claudio las llamadas Logias de Rafael. En tiempo de Alejandro VI servían de habitaciones á su hijo César, y en ellas debió dar éste algunos de sus banquetes licenciosos.
Saliendo del Vaticano, seguía Claudio la calle llamada del Borgo Novo. Resultaba ahora estrecha, pero en el momento de su apertura fué celebrada con versos y fiestas, por la rectitud de su trazado, que iba suprimiendo callejuelas tortuosas y edificios ruinosos. Al inaugurarse se llamó Vía Alejandrina, por ser el papa Borgia el autor de dicha obra, que dió aire y luz á la vieja ciudad en torno al Vaticano. Esta calle la había abierto para el jubileo de 1500, que atrajo á Roma enormes muchedumbres de peregrinos.
Recordó Borja que uno de los que llegaron á dicho jubileo fué cierto hombre del Norte llamado Nicolás Copérnico. El verdadero estudio de la misteriosa inmensidad astronómica iba á empezar bajo el reinado del mismo Pontífice que había intervenido en los más grandes descubrimientos geográficos.
Paseaba Claudio por la Roma moderna, capital de la unidad italiana, en igual estado de ánimo que Platina y los humanistas de fines del siglo XV. Estos sólo tenían ojos para lo antiguo, considerando indigno de mención lo que no fuese estatuas desenterradas, ruinas de termas ó palacios. Borja menospreciaba la Roma actual y también la remota antigüedad clásica. Sólo merecían su atención los recuerdos del llamado Renacimiento, especialmente de su primera época, cuando los españoles influyeron en Roma por obra de los dos Pontífices compatriotas suyos.
El resto de la tarde y gran parte de la noche, hasta que le acometió el sueño, lo pasó Claudio en aquel «estudio» que era la mejor habitación de su casa, leyendo y reflexionando. Los apuntes manuscritos y artículos impresos entregados por su tío en Niza, meses antes, acababa de encontrarlos por casualidad en una maleta, y su lectura le hizo buscar ciertos libros recientemente adquiridos.
Veía á Alejandro VI triunfante, mas no por esto seguro, después que el rey de Francia huía de Italia. El de Nápoles había abdicado en su hijo, el joven Ferrantino; pero como era incapaz de reconquistar su reino, venciendo á los diez mil franceses acampados en él, España enviaba al célebre Gonzalo de Córdoba, llamado más adelante el Gran Capitán, y éste, con escasos recursos, iba poco á poco expulsando á los enemigos.
También el Papa tenía su guerra. Necesitaba castigar á los feudatarios de la Iglesia que en vez de defenderlo se habían unido á Carlos VIII, haciéndole sufrir grandes humillaciones y poniendo en peligro su vida.
César Borgia había contemplado, en un silencio reflexivo de guerrero, la deslealtad de los barones romanos, mientras organizaba mentalmente el porvenir.
Siguiendo una tradición de familia, vió el Papa, en esta campaña contra los Orsini y otros señores, una oportunidad para engrandecer á su primogénito, el segundo duque de Gandía, y lo hizo venir de Valencia, donde se había instalado como un príncipe, después de casarse con la sobrina de Fernando el Católico.
Conocía Claudio la vida íntima de este jovenzuelo, hermoso, valiente, pero de una inteligencia inferior á la de César y Lucrecia. En los papeles del canónigo Figueras había encontrado la copia de varias cartas dirigidas por el Pontífice á su hijo mayor. Le daba consejos sobre su manera de vivir, recomendándole que no fuese dispendioso y se mostrara siempre afable y bueno con los humildes, procurando en todas ocasiones no dar motivos de intranquilidad ó disgusto á su esposa la duquesa, pues la paz de la familia debía ser más importante para un caballero cristiano que las fugaces aventuras amorosas. Le aconsejaba igualmente que fuese devoto de la Virgen y le reñía por algunas travesuras de su desenfadada juventud.
«Un papa Borgia--pensó--muy distinto al de las leyendas, donde aparecen padres é hijos de tal familia realizando juntos los actos más desvergonzados. De ser ciertas dichas calumnias, ¿cómo Rodrigo de Borja iba á enviar semejantes cartas, recomendando una vida moral y cristiana á hijos que le habían acompañado en sus orgías?... Son cartas de un padre, igual á todos los padres, que ha podido tener sus aventuras amorosas, pero dentro de su casa procura conservar la disciplina tradicional.»
No era hipocresía su devoción á la Virgen. La adoraba de buena fe, sin dejar por ello de ser un gran pecador. Tal mezcla de religiosidad y costumbres licenciosas se encontraba en todos los hombres notables de entonces, quienes unían ingenuamente el cristianismo con el paganismo.
«Su alma compleja--siguió pensando--no la comprendemos los modernos, mas no por eso deja de haber existido. A mí me inspira admiración un Papa pecador y creyente. Cuando se duda de la existencia de otra vida, con sus premios y castigos, el pecado no representa ningún acto valeroso. Algunos Pontífices sucesores de Alejandro VI, uno de ellos León X, fueron sospechosos de ateísmo. Rodrigo de Borja creía en Dios y en la Virgen, estaba seguro de su perdición eterna, y sin embargo, se dejó llevar por sus pasiones ardientes. «Le vencía la carnalidad», como dijo uno de sus contemporáneos. Era de la misma patria de Don Juan, español libertino y católico. Un sincero arrepentimiento podía salvarlo á última hora».
Recordaba Claudio haber visto en Valencia una tabla pintada del siglo XV representando á todos los hijos de Alejandro VI. Tal vez era regalo del mismo Papa, el cual envió numerosos cuadros á las iglesias y conventos de su país. En dicha tabla se mostraba el duque de Gandía con el rostro de perfil, una barbilla rubia cortada en punta, coronado de rosas como un poeta, las facciones puras y tranquilas, un ojo rasgado en forma de almendra y la pupila de expresión dulce, algo burlona.
El primogénito del Pontífice se embarcaba en Valencia, venciendo la disimulada oposición de Fernando el Católico, el cual prefería conservarlo en España para dominar mejor al Papa. Se despedía de su esposa y de sus dos hijos, uno de los cuales iba á ser padre del futuro San Francisco de Borja. Al subir á su galera, cubierta de flámulas y gallardetes como un navío de príncipe, estaba lejos de imaginarse que ya no vería más á sus pequeños, pues empezaba á navegar hacia la muerte.
Todos los hijos del Pontífice se juntaron en Roma. Lucrecia había abandonado á su marido, volviendo al lado de su padre. Se quejaba de que Juan Sforza no la «servía» como era su deber. Además, en el curso de la gran tormenta arrostrada por Rodrigo de Borja, este yerno procedía de un modo alevoso, manteniéndose en secreta relación con sus enemigos.
El primero en llegar era Jofre, nuevo príncipe de Esquilache, con su inquietante esposa la napolitana doña Sancha. Habían vivido durante la invasión francesa ocultos en Calabria, y las victorias de Gonzalo de Córdoba acababan de sacarles de dicho confinamiento, entrando en Roma dos años después de su matrimonio.
Preparó Alejandro una recepción ostentosa á los jóvenes príncipes, saliendo á caballo todos los cardenales y las corporaciones fuera de las puertas de la ciudad, para acompañarlos hasta la presencia del Santo Padre, rodeado de su corte y de los embajadores.
Sancha se hacía gran amiga de su cuñada Lucrecia. Esta no era un modelo de virtud; casi ninguna mujer de aquella época lo era en Italia; pero su reposado temperamento la mantenía al margen de la mala conducta, mientras Sancha, de ardores voluptuosos inextinguibles, no reconocía obstáculo para la satisfacción de su lubricidad, mostrándose audaz y escandalosa en gestos y palabras.
Juntábanse en la corte papal tres mujeres jóvenes. La más vieja de ellas apenas pasaba de los veinte años, y sus dos amigas vivían aún lejos de dicha edad: la bella Julia Farnesio, Lucrecia y Sancha.
Claudio las veía imaginativamente cubiertas de joyas, vestidas con un lujo asombroso, seguras de su influencia sobre los hombres, atrevidas al poder contar con la más alta de las protecciones, tomándolo todo á risa, con la ligereza é inconstancia propias de su edad, y las llamaba en su interior «las niñas del Vaticano».
Julia sólo pensaba en el engrandecimiento de su familia; Sancha, era moralmente la más temible de las tres, buscando el amor por el amor, sin importarle el escándalo, uniendo á su ardorosa sexualidad cierta gracia literaria que le hacía manejar la pluma con soltura, describiendo en largas epístolas las fiestas de entonces.
Durante la solemnidad religiosa celebrada en la basílica de San Pedro con motivo del recibimiento de los príncipes de Esquilache, predicó un capellán del obispo de Segorbe, pedantón español, que, enardecido por la majestad del ambiente y lo escogido del auditorio, habló más de una hora, aburriendo al Papa, muy admirador de la verdadera elocuencia, y á toda su corte. Lucrecia y Sancha, ocupando un lugar prominente del coro, empezaron á bromear en alta voz con la corte de señoras romanas sentadas en el suelo, alrededor de ellas. El Papa, sus cardenales y demás próceres eclesiásticos, que daban muestras de impaciencia ante el interminable sermón, acabaron por mirar benévolamente la desenfadada actitud del grupo femenino.
La belleza morena y picante de Sancha se armonizaba con el esplendor rubio y la hermosura tranquila de Lucrecia, cuyos encantos podían llamarse pasivos. Diversas por su temperamento, se parecían á causa del perpetuo desacuerdo en que vivían con sus esposos. Las dos se quejaban de falta de «servicio» marital, la una por estar casada con un adolescente débil, la otra por los vicios de Juan Sforza, que hacían presentir un pronto divorcio.
El duque de Gandía entró en Roma tres meses después, en Agosto de 1496, desplegando el Papa igual pompa en su recibimiento y haciéndolo figurar un escalón más abajo de su trono, como presunto gonfaloniero ó capitán general de la Iglesia. A los pocos días le confió las tropas pontificias; pero aunque era valiente como todos los Borgia, sabía muy poco del arte de la guerra, y el Pontífice tuvo que colocar á su lado á uno de los _condottieri_ más célebres de entonces, Guidobaldo, duque de Urbino.
Había llegado el momento de recobrar las tierras dadas en feudo á aquellos señores, prontos á la explotación de los Papas en sus horas de debilidad y á abandonarlos en caso de peligro. El mismo plan, madurado en silencio por César Borgia, iba á intentar realizarlo con poco éxito su hermano mayor, el más brillante en apariencia de los hijos de Alejandro y el de menos condiciones intelectuales.
Empezó la guerra atacando á los Orsini, por ser los más temibles entre los feudatarios mencionados. Al principiar el invierno de 1496 todo se mostró favorable para el duque de Gandía y su maestro Guidobaldo, apoderándose de numerosas fortalezas.
El cardenal César Borgia, completamente solo y disfrazado de caballero de Rodas, salía de Roma para examinar de cerca las operaciones militares. Quería estudiar sobre el terreno la estrategia y las maniobras de un capitán famoso como lo era Guidobaldo, amaestrándose secretamente para sus empresas futuras. Con tanta audacia avanzaba en dichas excursiones, que una vez, á orillas del lago Braciano, sólo pudo salvarse de los enemigos gracias á la ligereza de su corcel.
Nadie ayudaba al Papa en esta campaña. Los Savelli, los Colonna y otros feudatarios de la Santa Sede, incluso el señor de Pésaro, marido de Lucrecia, se mantenían expectantes, deseando en el fondo de su ánimo la derrota del Pontífice. Esta surgió inesperadamente á fines de Enero de 1497. Gandía y Guidobaldo levantaron el sitio de Braciano para cortar el paso á un ejército de refuerzo que enviaban los amigos de los Orsini. El choque ocurrió cerca del pueblo de Soriano, una de las batallas más sangrientas y empeñadas de aquella época, que tuvo como final la fuga de las tropas papales. Guidobaldo quedó prisionero, y el duque de Gandía, herido en el rostro, tuvo que huir, luego de batirse valerosamente.
Por suerte para el Pontífice, Ferrantino ó Fernando II, rey de Nápoles, le envió á Gonzalo de Córdoba para que sustituyese al duque de Urbino, y el Gran Capitán español, reorganizando las huestes pontificias, consiguió algunas victorias, que permitieron al Papa ajustar una paz honrosa con los Orsini.
Padre de exagerados afectos, quiso Alejandro engañarse á sí mismo sobre las capacidades militares de su primogénito, y le concedió toda clase de honores, como si realmente hubiese obtenido un gran triunfo.
Tenía á su lado como maestro de ceremonias á un alemán, el famoso Burckhardt, testigo desleal, exagerado y rencoroso, que iba escribiendo en su _Diarium_ cuanto veía hacer de lejos á su protector el Papa, y lo que resultaba más terrible, todo lo que oía decir ó murmurar contra él, prescindiendo las más de las veces de buscar pruebas.
Hablando Claudio con Enciso, éste había concretado su opinión sobre Burckhardt y su famoso Diario:
--Me hace recordar á ciertos hombres de nuestra época que escriben sus Memorias para que se publiquen después de su muerte. Poco á poco se apasionan por ellas, con un cariño de autor; quieren que sean interesantes como una novela; se entristecen cuando transcurren días sin poder añadir algo sensacional, y acaban por aceptar serenamente toda clase de chismes y calumnias, sin otra precaución que poner al frente de ellas un «se dice». Alejandro VI mostraba cierto afecto por los alemanes. Después de los españoles, eran aquéllos los más numerosos en la corte papal. En realidad, el tal maestro de ceremonias sólo intervenía en los actos públicos, sin tener entrada en la vida particular del Papa, como el español Marrades y otros; pero suplió la falta de intimidad recogiendo en su Diario todas las calumnias y murmuraciones de antesalas y plazuelas contra su protector.
El _Diarium_ de Burckhardt, escrito en latín con letra casi ininteligible, había permanecido inédito hasta principios del siglo XVIII.
--Los escritores protestantes--continuaba don Manuel--lo descubrieron con verdadero regocijo, y allí donde el texto no se dejaba entender lo interpretaron suponiendo un nuevo crimen de los Borgia.
Recordó Claudio que con ocasión de las últimas campañas del duque de Gandía, este maestro de ceremonias había escrito en su Diario, con rara justicia, sobre los dos capitanes de la Iglesia que acababan de sacar al Papa de su difícil situación. «El uno, Gonzalo de Córdoba--decía--, es un verdadero hombre de guerra y un verdadero hombre de Estado; el otro, el duque de Gandía, un pobre príncipe de comedia cubierto de oro y de joyas.»
Al restablecerse la paz, tenía el Papa que combatir á los enemigos dentro de su propia casa, siendo el peor de ellos su yerno Juan Sforza.
Pariente de los Sforza de Milán y relacionado con la mayor parte de los adversarios del Pontífice, se había mantenido siempre en actitud ambigua, trabajando ocultamente contra la familia de su esposa. Además, Lucrecia no hacía un misterio de la frialdad y displicencia con que la trataba su marido.
Era este Juan Sforza de carácter inquieto, gritón, calumniador, sin límite ni recato en sus mentirosas invenciones, defectos propios de su mala calidad.
--Indudablemente fué un homosexual--había dicho Enciso--, y los de tal especie ganan á las más terribles comadres en mala lengua.
El dió origen á las acusaciones inauditas contra los Borgia, que luego agrandaron los calumniadores de dicha familia y han llegado hasta nuestra época; él inventó la Lucrecia Borgia falsa y legendaria, atribuyendo á su mujer envenenamientos é incestos.
«De ser los Borgia unos monstruos como él supuso--siguió pensando Claudio--, fácil habría sido para el Papa y sus hijos deshacerse de este Sforza dándole muerte. César demostró en el curso de su existencia que no necesitaba auxiliares para suprimir á un enemigo. Lo hizo francamente algunas veces y por su propia mano.»
En vez de esto, el Papa se limitaba á entablar una acción de divorcio, anulando el casamiento de Sforza con su hija, y para esto nombró un tribunal en el que figuraban las personas más respetables é íntegras de entonces. Como dicha anulación tenía por base el hecho de que Lucrecia aún estaba virgen, fué invitado el marido, según costumbre de la época, á demostrar su virilidad delante de testigos, y se negó obstinadamente á esta prueba.
Su tío Ludovico «el Moro», tirano de Milán, por honor de su familia y para evitar los comentarios regocijados de toda Italia que cubrían de ridículo á un Sforza, le exigió, lo mismo que el tribunal de Roma, que se sometiese á probar su virilidad ante testigos, y tampoco quiso obedecer dicha orden.
A lo vergonzoso de esta confesión tácita de impotencia se unió la amargura de tener que restituir la considerable dote que le había aportado Lucrecia, viéndose obligado, de no hacerlo, á la entrega de su señorío de Pésaro, dependiente de la Santa Sede.
Finalmente huyó de Roma, afirmando que hacía esto para salvar su vida, y no le faltaba razón. Con su facundia venenosa, había empezado á lanzar acusaciones dignas de una mentalidad anormal y que equivalían al mismo tiempo á una demostración de que jamás había amado á su mujer. El fué quien inventó la inconcebible calumnia de que Lucrecia era amante de su padre y sus hermanos. Es seguro que de haber permanecido unos días más en Roma, el mismo César lo habría matado á puñaladas.
«Este hispano-italiano--se dijo Borja--, sereno y frío en los cálculos de la política y la guerra, mostraba una furia que era casi demencia cuando alguien insultaba á sus más próximos parientes. Algunos de sus crímenes no tuvieron otro origen. Además, por un pundonor que parecía heredado de sus abuelos valencianos, nunca quiso encargar á otros sus venganzas de familia. Era él quien debía realizarlas por su propia mano.
El parlanchín Sforza se refugió en Venecia, donde vivían los principales adversarios del Papa, y desde allí fué inventando nuevas atrocidades para la leyenda negra de los Borgia, que muchos años después reprodujeron los propagandistas de la Reforma, con el deseo de hacer daño al Papado, sin pararse á examinar su veracidad ni á sostenerlas con pruebas.
Los Borgia asesinos y envenenadores podían haber matado muchas veces á este calumniador valiéndose del puñal de un esbirro ó de su famoso veneno, inventado por la fantasía de los enemigos. Sin embargo, Juan Sforza siguió viviendo, y del único que procuró librarse fué de su antiguo cuñado. Sólo osaba viajar por Italia cuando César estaba muy lejos. Durante las campañas militares del joven Borgia, el señor de Pésaro se guardó muy bien de ponerse á su alcance, huyendo de su persona como de la hidra.
En aquella época las calumnias de este degenerado fueron comentadas con la afición que muestra siempre el público por los escándalos que afectan á los grandes, pero nadie creyó en ellas. Después de repetir las vociferaciones del señor de Pésaro, la gente se ensañaba con él, diciendo que más fácil le habría sido, para salir del paso honradamente, prestarse á la prueba de su virilidad, y glosaba el abandono en que había tenido á su esposa. Además, cuando el cobarde Sforza, para justificar su fuga de Roma, dijo que los Borgia querían envenenarle, todos recordaron que en esta materia los Sforza eran famosos, y sobre todos ellos Ludovico «el Moro», que se había apoderado del ducado de Milán envenenando públicamente á su sobrino, dueño verdadero de dicho Estado.
Continuaba la corte pontificia en 1497 ofreciendo un aspecto brillante. Todos los hijos de Alejandro VI vivían en Roma, menos Lucrecia, que se había retirado á un convento, algo avergonzada por su divorcio. César, más soldado que cardenal, se instalaba en el castillo de Sant Angelo, vigilando sus obras de reparación. Su cuñada, la ardiente doña Sancha, seguía en relaciones incestuosas con él.
Mostrábase el joven cardenal de Valencia muy reservado en sus amores. Nunca fueron conocidos por indiscreciones suyas. Sancha estaba instalada en el palacio Aleria, cercano al castillo, comunicándose con éste por un pasaje subterráneo semejante al que unía dicha fortaleza y los jardines del Vaticano. Pero César Borgia se preocupaba de la gloria y la riqueza, bases del poder, con preferencia á las voluptuosidades carnales. Sus luchas con los hombres le atraían más que las dulzuras amorosas. Dirigía la nueva fortificación del castillo de Sant Angelo para que resultase un refugio inexpugnable si otra vez venían invasores á atacar al Papado en su capital. Y poco á poco las relaciones entre estos dos grandes apasionados fueron menos frecuentes apartándose atraídos por nuevos afectos.
La sensual Sancha, que dormía en cama aparte, con gran satisfacción de su joven esposo, pudo dedicarse sin obstáculos á la satisfacción de su lascivia, y al llegar á Roma su otro cuñado, el duque de Gandía, mostró por él una pasión más vehemente que la inspirada por César.
Era, en realidad, un hombre superficial, no correspondiendo su carácter á su brillantez exterior. Mas para una hembra como ella resultaba apetecible este varón, de cuya elegancia y vigor masculino se hacían lenguas muchas damas.
Mientras su esposa, doña María Enríquez, y sus dos hijos vivían en Valencia, él amenizaba su celibato temporal en Roma con frecuentes y efímeros amoríos. Hermoso, rico, jactándose de una gran potencia genésica y con una falsa gloria después de sus triunfos debidos al Gran Capitán, era el hombre de moda en aquella ciudad de costumbres licenciosas, donde resultaban contadísimas las mujeres que no se rendían por sensualismo ó por ganancia. Algunas veces permanecía oculto un día entero, sin que esto inquietase á su familia. Se hallaba indudablemente en una encerrona amorosa, esperando la noche para salir de la vivienda de alguna dama y evitar que el escándalo manchase su nombre.
En Junio de 1497 los asuntos de Nápoles volvían á preocupar al Papa. Ferrantino acababa de morir sin descendencia, cuando Gonzalo de Córdoba había expulsado ya á los franceses de casi todo el reino. Su tío Federico, muy amado por los napolitanos, le sucedería en el trono. Por cuarta vez iba á conferir Alejandro VI la investidura del reino de Nápoles.
A César Borgia, hecho camarlengo recientemente, lo nombró legado _a latere_, encargándole la coronación de Federico. Juan le acompañaría, para que el nuevo rey le diese la investidura de los ducados de Benevento, Terracina y Pontecorvo, que acababa de concederle, con el deseo de tener propicio al Papa.
Por vanidad burguesa, al verse la Vannoza madre de un duque tan poderoso y un cardenal que iba á Nápoles como segundo Papa, quiso reunir antes de dicho viaje á sus dos hijos en un banquete de despedida.
Verdadera romana, había empleado todas sus riquezas en la ciudad, adquiriendo muchas casas, especialmente hospederías, que daban buena renta á causa de ser casi continua la afluencia de peregrinos. Numerosos clérigos poseían también posadas, industria fructuosa en las grandes peregrinaciones, y cuando éstas faltaban, volviendo la ciudad á su población ordinaria, dichos edificios daban hospedaje á espadachines y rameras, convirtiéndose sus propietarios eclesiásticos en dueños de mancebía.
La madre de tan grandes personajes se había construído un palacio cerca de la iglesia de San Pedro _ad Vincula_, con una viña á sus espaldas. Además de César y Juan asistieron á la comida su hermano menor Jofre, Sancha su mujer, y el primo de todos ellos, Juan de Borja, cardenal de Monreale.
Era ya avanzada la noche cuando los convidados de la Vannoza se marcharon. Juan y César salieron los primeros: el uno á caballo y el otro en una mula, cabalgadura ordinaria de los cardenales.
Juan llevaba delante de su corcel un palafrenero á pie y en la grupa á un desconocido, pequeño de cuerpo, con una máscara sobre el rostro. Esto no resultaba extraordinario en la Roma de entonces. De noche iban á caballo ó á pie damas y señores con careta, para pasar inadvertidos, é igualmente usaban antifaz los portadores de misivas reservadas. Una vida romántica y tenebrosa, pródiga en amores trágicos, apasionadas intrigas, desafíos y asesinatos, justificaba esta prolongación del Carnaval durante todo el año.
Hacía varias semanas que el duque se mostraba en público con este individuo misterioso, siempre enmascarado, que le acompañaba á todas partes, sin que nadie conociese su enigmática personalidad.
Cuando llegaron ante el palacio Cesarini--habitado ahora por el cardenal Ascanio Sforza, y construído por Rodrigo de Borja cuando aún no era Papa--los dos hermanos se despidieron. Juan pretextó el capricho de un paseo nocturno que deseaba hacer solo, y esto, unido á la presencia del enmascarado, hizo suponer á César que su hermano se encaminaba á una cita galante. Lo mismo creyeron el Papa y todos los de su intimidad, al ver que al otro día, 15 de Junio, el duque no regresaba á sus habitaciones del Vaticano, suponiéndolo oculto en la casa de alguna dama, no pudiendo salir hasta la noche, por miedo á la vigilancia del padre ó del marido.
Empezaron á mostrarse inquietos en el curso del día los allegados al Pontífice. El palafrenero del duque había sido encontrado al amanecer en la llamada «plazoleta de los Hebreos», cerca del sitio donde se despidieron los dos hermanos, herido tan gravemente que apenas podía hablar. El caballo del duque, con silla y riendas, erraba por las calles inmediatas. Interrogado el moribundo, respondió dificultosamente que había seguido á su señor hasta la expresada plazoleta, y allí le había ordenado que esperase una hora y se volviera solo al Vaticano si no le veía aparecer en dicho tiempo. Y no pudo explicar cómo lo habían sorprendido y herido de muerte durante la mencionada espera.
Todavía creyeron á Juan de Borja oculto por una cita amorosa; pero al día siguiente, 16, su persistente desaparición comenzó á justificar las peores conjeturas. En vano el prefecto de Roma con sus tropas de esbirros registró las calles y casas de la barriada donde había desaparecido el primogénito del Pontífice. Sus investigaciones se dirigieron luego hacia el Tíber, testigo de tantos delitos y que guardaba para siempre el secreto de los numerosos cadáveres arrojados á sus aguas. Dos esclavones que habían velado á orillas del río contaron entonces lo que vieron en la noche del 14 de Junio. Uno de ellos guardaba montones de leña recién desembarcada. El otro, batelero de profesión, dormía en su barca, y despertado por el frío nocturno, asistió al mismo espectáculo que su compatriota.
Dos hombres habían salido con precaución, cerca del amanecer, de una calleja inmediata al hospital llamado de los Esclavones para explorar si la ribera estaba desierta. No viendo á nadie, retrocedían, regresando luego con otros dos individuos, que permanecieron junto al Tíber vigilando los alrededores, mientras los primeros tornaban por segunda vez á la calleja. Cuando se mostraron por tercera vez, luego que los vigías les hicieron señales para que avanzasen sin miedo, escoltaban á un jinete, llevando éste sobre la grupa de su caballo blanco, tendido á través, un cadáver cuyos brazos y piernas pendían á ambos lados de la bestia.
Llegó el grupo al borde del Tíber, deteniéndose en un lugar donde desaguaba un albañal. El jinete volvió la grupa de su caballo hacia el río, sus ayudantes tiraron del cadáver, sosteniéndolo por los pies y los brazos, y luego de balancearlo dos ó tres veces para que adquiriese más impulso, lo echaron al agua. Al volver el caballero su montura cara al río, vió flotar la capa de la víctima é hizo un signo. Entonces sus acompañantes arrojaron piedras, hasta que la capa desapareció. Hecho esto, los cinco hombres se reunieron, alejándose por una calleja distinta.
Riñó el prefecto de Roma al humilde mercader de leña y al batelero por no denunciar antes dicho crimen; pero ambos respondieron con sencillez que habían visto en el curso de su vida arrojar al Tíber más de cien cadáveres durante la noche, sin que nadie se inquietase al otro día en averiguar su procedencia.
Esto no era una especialidad del tiempo de los Borgia. En el siglo XV, robos y asesinatos figuraron como accidentes ordinarios en la vida romana, y así continuó ésta bajo los pontificados siguientes.
Trescientos pescadores del Tíber fueron convocados para registrar las aguas, y á mediodía del 16, uno de ellos sacó en su red el cadáver del duque de Gandía, cerca de la iglesia de Santa María del Popolo. El cuerpo de Juan de Borja estaba vestido, con la garganta cortada y el pecho atravesado por nueve heridas. Su elegante justillo no tenía un solo botón sin abrochar. Los guantes largos y perfumados los llevaba pendientes de su cinturón, y su bolsa contenía treinta ducados de oro.
Cubierto con una capa fué llevado en barca hasta el castillo de Sant Angelo, donde lo desnudaron y purificaron, revistiéndolo después con el suntuoso traje de gonfaloniero. En la misma noche fué expuesto el cadáver en Santa María del Popolo y enterrado con gran pompa. El féretro no tenía tapa, viéndose el rostro del muerto. Detrás marchaban doscientos hombres con antorchas, toda la nobleza romana amiga del duque, los embajadores de España y de Milán, muchos cardenales y obispos.
Al mismo tiempo, los españoles que había capitaneado Juan de Borja en su última campaña se esparcían por Roma, espada en mano, dando gritos de venganza, buscando inútilmente al asesino, siendo por su exceso de celo un verdadero peligro para el vecindario.
Contaba la gente que al pasar el entierro nocturno frente al castillo de Sant Angelo, un grito desgarrador partió de una de sus ventanas. Era el Papa, que se había trasladado por el pasaje subterráneo desde el Vaticano á la fortaleza, para contemplar por última vez el rostro de su hijo preferido, acostado en un féretro, bajo los purpúreos resplandores de doscientas antorchas.
Tan violento fué el dolor de Alejandro, que tomó aspecto de demencia. El hombre meridional, con sus complejidades inexplicables y sus arrepentimientos ardorosos, reaparecía en este varón siempre sereno y jocundo. Tres días estuvo encerrado en su cámara, sollozando como un niño. A través de las puertas se escuchaban sus lamentos entremezclados con rezos é imprecaciones terribles. Del miércoles al sábado no tuvo un solo instante de calma. El cardenal de Segovia, su allegado más íntimo, permaneció en el umbral de su puerta durante los tres días, siendo el único que pudo decidirle finalmente á que comiese un poco.
Después de estos extremos ruidosos de pena se entregó al desaliento, mostrando una humildad que hizo dudar á muchos de su razón. Habló de renunciar á la tiara para dedicarse en absoluto á la penitencia, llevando una vida de asceta. Dejó estupefactos á sus cardenales con un discurso en el que se acusó á sí mismo de ser un objeto de escándalo, pidiendo perdón á Dios y á los hombres, jurando emprender inmediatamente una reforma completa de las costumbres eclesiásticas, purificación que prometían todos los Papas y ninguno osaba realizar.
Entrecortó su discuto con lamentos, se golpeó el pecho, expresando su desesperación ingenuamente, con hipérboles semejantes á las de la poesía oriental: «Si Nos tuviésemos siete tronos--decía--, todos ellos los daríamos por devolver la vida al duque.» Y lo que más le apenaba era recordar que el cadáver de aquel hijo, siempre cubierto de sedas y joyas, el primer elegante de su tiempo, había sido recogido junto á un albañal, en la parte más infecta del Tíber, por una red de pescador.
--¡Lo mismo que un saco de basura!--exclamaba dolorosamente el Pontífice.
Parecía asociarse la Naturaleza de un modo dramático á este dolor ruidoso. Una violenta tempestad empezó á rugir sobre Roma. La lluvia y la crecida del río inundaron las calles. El rayo cayó en las habitaciones privadas del Papa y también sobre el castillo de Sant Angelo, derribando la estatua colosal del arcángel que servía de coronamiento á la antigua _Moles Adriana_. La superstición popular añadió nuevos detalles á este cuadro trágico, asegurando que una procesión de espectros había desfilado durante la noche, bajo el estrépito de la tormenta, por las naves de la basílica de San Pedro, y que el duque de Gandía, en forma de fantasma, vagaba á medianoche por el mencionado castillo pidiendo que le vengasen.
Rodrigo de Borja, hombre de acción en su mocedad, incapaz de sufrir ninguna ofensa, abandonaba de pronto su actitud devota, resignada ante la desgracia, para dar órdenes furiosas al prefecto de Roma y á sus esbirros, así como á los capitanes españoles que estaban á sus órdenes y á todos los que pudieran ayudarle en su venganza. Era preciso encontrar á los matadores del duque, imaginando los más atroces suplicios para su castigo. Pero transcurrieron los días sin descubrir un indicio que permitiese conocer la verdad.
Claudio Borja pensaba en que iban pasados más de tres siglos sin que nadie pudiese aportar una prueba convincente de quién había sido el asesino. En realidad, Juan de Borja, con sus aventuras de amor incesantes y audaces, estaba destinado á perecer de tal modo dadas las costumbres vengativas de entonces.
En los días siguientes al de su muerte, todos creyeron, empezando por su padre, que ésta había sido obra de algún marido celoso. El hecho de quitarse los guantes, pasándoselos por el cinturón de su espada, era una demostración de que lo habían sorprendido y asesinado cuando iba á dar sus manos á alguna mujer. Luego, el misterio de dicha muerte fué agrandando el círculo de los comentarios. La hembra que le había dado la cita nocturna bien podía ser un agente al servicio de los enemigos del duque, deseosos de acabar con él. Además, el recuerdo de aquel enmascarado que le acompañaba desde semanas antes á todas partes y había sido su guía en la noche del crimen corroboraba tal suposición.
Se tuvieron sospechas de los Orsini, enemigos del Pontífice y en especial de Gandía, el cual les resultaba más insufrible que su padre, á causa de su jactanciosa mocedad. Se sospechó también del cardenal Ascanio Sforza, que se había disputado recientemente con Juan; de Bartolomé de Albiano, enemigo suyo; del duque de Urbino, prisionero en el desastre de Soriano, que se mostraba furioso contra los Borgia porque no le habían ayudado á pagar su rescate; de Juan Sforza, el antiguo esposo de Lucrecia, y hasta de los Colonna, siempre amigos de aquéllos.
El Papa examinó estas culpabilidades presuntas con una resignación dolorosa que le hizo mostrarse imparcial y justo. El mismo disculpó al cardenal Sforza, unas veces su colaborador, otras su adversario, cuya acusación parecía, por determinadas circunstancias, la más verosímil de todas. No sólo defendió á su amigo Ascanio, proclamando su inocencia; también hizo lo mismo con otros acusados por la voz pública. Unicamente guardó silencio en lo que hacía referencia á los Orsini. No los acusó, pero se abstuvo de defenderlos como á los otros.
«Indudablemente fueron los Orsini--pensaba Claudio--los que ejecutaron ú ordenaron el asesinato del duque de Gandía.»
Y repasaba en su memoria las opiniones de los pocos historiadores modernos que habían estudiado la vida de los Borgia de un modo concienzudo, sin hacer caso de apasionamientos y mentiras procedentes de aquella época. Aun siendo enemigos de los Borgia, reconocían en este asesinato del hijo mayor del Pontífice una venganza de la familia Orsini, furiosa por la muerte de su mejor capitán, Virginio Orsini, preso en el castillo del Huevo, en Nápoles, y al que sus parientes supusieron envenenado.
El dolor ruidoso del Pontífice conmovió á la cristiandad entera. Todos los reyes le enviaron cartas de condolencia. Hasta el austero Savonarola cesó en sus ataques al Papa, impresionado por la desesperación que mostraba el padre.
Permanecía ahora resignado y silencioso, absteniéndose de nuevas acusaciones. ¿Para qué?... Su hijo no podía resucitar. Transcurrieron nueve meses sin que los maldicientes, ni aun los más exagerados, ligasen á este asesinato el nombre del cardenal César Borgia, que se había ido á Nápoles poco después de dicho suceso para conferir su investidura al nuevo rey. A nadie se le ocurrió la monstruosa suposición de que César hubiese asesinado á su hermano.
Pasados los mencionados nueve meses, se forjó en Venecia tan infame patraña, siendo tal vez su primer inventor el lenguaraz invertido Juan Sforza.
Después de repasar Claudio sus estudios mentalmente, se convencía de la no existencia de pruebas que demostrasen la certidumbre de este fratricidio inútil. César Borgia había cometido crímenes; pero ¿á qué añadirle uno más, inverosímil y sin ningún fundamento?... Bastante tenía con los suyos.
Sus enemigos, para justificar la calumnia, le describían roído por la ambición, viendo en su hermano un obstáculo para su gloria, haciéndolo asesinar con la esperanza de que así conseguiría librarse del cardenalato, ser príncipe laico, sucediendo á Gandía en el mando de las tropas de la Iglesia.
«Todo falso--continuaba diciéndose el joven--. Precisamente Juan de Borja moría asesinado en el momento de su descrédito, después de la derrota que le habían infligido los Orsini en el combate de Soriano, cuando todos estaban convencidos, hasta su mismo padre, por más que lo ocultase, de que era un pobre príncipe de comedia, brillante, simpático, generoso, pero sin condiciones militares ni políticas. Incapacitado de ejercer en lo futuro ningún mando, toda la autoridad positiva de los Borgia iba viniendo á las manos de César. Este no necesitaba ya para conseguir sus fines hacer desaparecer al fracasado duque, crimen horrendo que le podía alienar en cambio el apoyo de su padre y de su familia.»
Resultaba absurda también la suposición de que Alejandro VI había transigido, por miedo ó por mantener incólume el honor de su estirpe, con el asesino de su hijo mayor, luego de confesar César su culpabilidad, como decían los calumniadores. Rodrigo de Borja, violento en sus cariños, era incapaz de aceptar un crimen tan inaudito. Jamás habría podido tener con el supuesto fratricida la confianza que le mostró en los años posteriores, ni sentir entusiasmos tan sinceros por sus victorias.
Algunos, para probar el crimen de César, empleaban como argumento el silencio y la resignación del Papa ante la muerte de su primogénito luego de las manifestaciones coléricas ó desesperadas de los primeros días.
Claudio se explicaba tal cambio de conducta en un hombre sanguíneo, arrebatado en sus pasiones. Después de sus ruidosas y terribles agresividades, caía en una pereza de sentimientos que le impulsaba á la mansedumbre y la tolerancia. Se decía, tal vez, que resulta más doloroso y cuesta mayores esfuerzos castigar á los enemigos que perdonarlos.
Sabiendo que los Orsini eran los autores más ó menos directos de la muerte del duque, no mató á ninguno de ellos. También Juliano de la Rovere, su eterno adversario, y otros cardenales no menos hostiles, estuvieron repetidas veces á merced de su voluntad, pudiendo vengarse en sus personas, y sin embargo el Papa de los innumerables asesinatos y del terrible «veneno de los Borgia» no atentó contra su existencia, ni siquiera alteró su bienestar encarcelándolos.
Quejándose una vez ante sus cardenales de las violencias de César, que realmente era vengativo y no tenía empacho alguno en exterminar á sus adversarios si lo consideraba útil, el Papa dijo así:
--Yo opino de otro modo, tal vez porque no soy joven, y moriré con la conciencia tranquila pensando que en muchas ocasiones pude quitar la vida á gentes que me habían causado grandes daños y sin embargo no lo hice.
Además, César nunca fué en sus combinaciones criminales amigo de tapujos. Luego de organizar el «bello engaño» de Sinigaglia para librarse de sus capitanes rebeldes, se jactó de la maestría con que había preparado dicha ejecución. Mataba él mismo, bajo el imperio de su cólera, ó confiaba el homicidio á sus íntimos, públicamente, asumiendo la responsabilidad.
En plena corte papal, casi en presencia de su padre, daba de puñaladas al español Pedro Calderón, que se había alabado de ciertas privanzas amorosas con su hermana Lucrecia. Estos amoríos, más verbales que carnales, y el _flirt_ epistolar en castellano con Pedro Bembo, futuro cardenal, fueron las dos aventuras conocidas de Lucrecia.
Parecido á todos los hombres de acción de su época, César tenía el orgullo de sus crímenes, apreciados entonces menos severamente que ahora, y justificados, según él decía, por la necesidad de «matar para que no lo matasen».
Durante su corta y ruidosa existencia nadie lo acusó terminantemente y con pruebas del asesinato de su hermano. La mayoría dudó siempre de esta suposición. Sólo al transcurrir los años hizo la calumnia un argumento de los propios triunfos de César, para sostener la hipótesis del fratricidio.
Viéndole victorioso de los tiranuelos italianos, apoyado por el rey de Francia, apoderándose uno tras otro de los pequeños Estados, conquistas que iban á colocar en su cabeza la corona de toda Italia, los enemigos dijeron que «César no habría podido ser nunca lo que era ahora, de seguir viviendo su hermano Juan». Y sacaron la conclusión de que para llegar á ello lo había asesinado. A falta de pruebas materiales de su culpabilidad, esto les parecía suficiente.
Al recordar Claudio Borja dicha imputación criminal, se encogía de hombros.
«Con tal sistema--pensó--todos los que heredan á sus antecesores, ó los que se valen para su propia grandeza de lo que aquéllos prepararon antes, podrían ser acusados igualmente de haberles dado muerte para abrirse camino.»
II
Del terrible don Miguelito y de cómo el cardenal de Valencia pasó á ser duque de Valencia en Francia, casándose y enviando á su padre el Papa una carta con un número 8.
«Ni reforma de las costumbres de la Iglesia--siguió pensando Borja--, ni abdicación de la tiara, ni vida de penitencia. Al Pontífice le ocurrió lo que á muchos hombres enérgicos cuando surgen indemnes de una gran borrasca y recobran su tranquilidad. Fué semejante al marino ó al militar que hace una promesa viendo su existencia en peligro, y después la olvida.»
Su lucha con los turbulentos feudatarios de la Santa Sede, y sus propios intereses de padre, ansioso de engrandecer á sus hijos, le hicieron recobrar el equilibrio de su vida diaria, olvidando al muerto.
César Borgia procedía en todo como un príncipe laico. Cuando se presentaba en público era siempre con la espada al cinto, vestido elegantemente á la española, ó sea de negro, con larga pluma blanca en el birrete. Otras veces lo veían los romanos á caballo, llevando turbante y rico caftán, por gustarle las modas orientales después de su amistad con el príncipe Djem.
Se había hecho fabricar una espada, magnífica obra de arte, en cuya hoja estaban grabados los episodios más interesantes de la historia de Julio César, y una inscripción latina, que luego fué el lema de su existencia, tan corta y abundante en aventuras: _Aut Cesar aut nihil_: «O César ó nada».
Manteníase en su familia una ambición tradicional que podía titularse borgiana. Desde Calixto III, los Borgia deseaban crear un reino en Italia que sirviese de apoyo al Pontificado. César se creía igual á los príncipes reales, destinados á heredar una corona. La única diferencia consistía en que él necesitaba adquirir el reino por su propio esfuerzo, apelando á la astucia y á la espada.
Lo más urgente era librarse de su cardenalato. Luego realizaría lo que no pudieron conseguir ninguno de los Borgia hombres de guerra; ni el arrogante Pedro Luis, predilecto de Calixto III, ni su propio hermano, el hermoso é inútil duque.
Todos sabían en Roma que el cardenal de Valencia pensaba abandonar la carrera eclesiástica. El mismo Papa no hacía un secreto de ello, diciendo que «en vista de su conducta mundana, era mejor que renunciase á la púrpura cardenalicia, para salvar su alma».
Dando ya por seguro este cambio de estado, César concentró su ambición en la casa reinante de Nápoles. Deseaba casarse con Carlota, hija de Federico, al que había impuesto la corona él mismo como legado. Este último monarca de la casa de Aragón rechazó todas las insinuaciones para dar su hija á César Borgia.
--No puedo tener por yerno á un capellán, hijo de otro capellán--dijo rudamente.
Soñaba César con ocupar el trono de Nápoles por herencia. Todos los Borgia se consideraban con derecho á dicho reino, creado por Alfonso el Magnánimo, el amigo de Calixto III, y ocupado por los descendientes de un bastardo valenciano, del que había sido maestro y protector dicho personaje antes de verse Pontífice.
Nápoles, los Estados de la Iglesia y lo que César fuese conquistando luego, formarían un gran reino italiano regido por una dinastía Borgia, protectora de Pontífices elegidos bajo su influencia. Pero el rey Federico siguió negándose á todas las propuestas indirectas de Alejandro y de su hijo.
--Que el Papa--dijo á los intermediarios--cambie las reglas de la Iglesia, si quiere ser mi consuegro, y declare que un cardenal puede tomar mujer.
Dándose cuenta después de su débil situación y necesitado del apoyo papal, se ofreció á unir su sobrino Alfonso, hermano de doña Sancha, con Lucrecia la divorciada del señor de Pésaro. Los dos cónyuges eran de nacimiento ilegítimo, pero esto nada tenía de extraordinario en aquella época de príncipes bastardos. El Pontífice acabó por aceptar dicho matrimonio con la esperanza de que facilitase luego el de César con Carlota de Aragón.
Las bodas de Lucrecia y Alfonso se celebraron en Roma al principio del verano de 1498. Presentábase el novio en la ciudad papal, dotado por su tío el rey de Nápoles con los ducados de Biseglia y de Quadrata. Al contrario de su hermana Sancha, este Alfonso era débil de carácter y algo tímido. Tenía diez y siete años, uno menos que Lucrecia, y no parecía sentir gran entusiasmo por el matrimonio. En cambio, la hija del Papa mostró una verdadera pasión por este joven napolitano, esbelto, elegante y de bello rostro. Su carácter, siempre pasivo hasta entonces, se caldeó con el fuego del deseo. Fué ella la que amó verdaderamente, y el duque de Biseglia se dejó admirar, correspondiendo con cierta tranquilidad á los transportes de su esposa.
De todos modos, el segundo casamiento de Lucrecia no se pareció en nada al que se había roto siete meses antes, pues dentro del mismo año la joven duquesa de Biseglia quedó embarazada.
Alfonso y la hija del Papa se instalaron en el palacio de Santa María in Portico. Adriana y la bella Julia Farnesio ocupaban ahora el palacio Orsini en Monte Giordano. Las bodas de Lucrecia dieron ocasión á largos festejos. Doña Sancha, que era ágil de pluma, relató detalladamente sus magnificencias. El banquete nupcial se celebraba de noche y las danzas duraron hasta la salida del sol.
Mostraba el Pontífice una afición extraordinaria por el baile, atribuyéndolo los italianos á su origen español. Lucrecia y su hermano César eran consumados danzarines. Los cardenales y demás personajes de la corte tenían verdadero gusto en ver bailar á Madona Lucrecia, poseedora de una gracia especial para las danzas españolas, heredada sin duda de sus abuelas paternas. Toda la tribu de los Borja más ó menos auténticos, venidos de España para engrandecerse, los señores romanos afectos á la familia y los cardenales fieles á Alejandro, figuraron en dichas fiestas. De acuerdo con las costumbres de entonces, era un honor servir los platos y las bebidas al Pontífice. Un prócer le escanciaba los vinos, otro le servía de «paje de pañizuelo», ofreciéndole la servilleta. Tres horas duraba el banquete, y antes de levantarse los manteles hacía entrar Su Santidad los regalos destinados á doña Lucrecia: dos fuentes enormes de plata cincelada con dos copas no menores, en cuyo interior había muchas joyas; dos candelabros del mismo metal para sostener hachones; una nave, también de plata, con sus velas desplegadas, y guardando en su casco, bajo llave, toda clase de especias; una caldereta de agua bendita, con su hisopo, y en su interior un collar de oro con numerosas piedras preciosas.
Los cardenales presentes le fueron entregando por turno sortijas y otras alhajas. Madona Lucrecia era una princesa, á la que convenía halagar para tener propicio á su omnipotente padre.
Terminado el banquete, todos se dirigían á las Estancias nuevas, ó sea los salones pintados pocos años antes por el Pinturicchio.
César, cardenal de Valencia, aparejaba una montería en dichos salones. Uno de éstos, donde estaba el sitial de Su Santidad, figuraba un bosque, y en la pieza inmediata existía una fuente con cascadas y varias culebras nadando en ella, para dar un carácter más auténtico al decorado.
Saltaban y rugían á través de los árboles varios invitados y familiares del Pontífice vestidos de fieras: Barleta, en forma de raposo; don Rodrigo Corella, de jirafa; el príncipe de Esquilache, marido de doña Sancha, de pato marino; el prior de Santa Eufemia, hermano del cardenal Borgia, de orifante; don Juan Caños, de ciervo; Nogué, de león, y el cardenal de Valencia, último de todos, en figura de unicornio. El aspecto de estas bestias resultaba convencional. Disfraces de raso y de brocado imitaban con sus colores los de las mencionadas animalías. Unicamente sus cabezas se aproximaban á la realidad de los irracionales representados.
Llegaron bailando á la presencia del Pontífice, fingiendo que reñían unos con otros para beber en el gran tazón, hasta que se presentaba el unicornio, con «un cuerno en la frente, según es de su naturaleza», y establecía la paz entre ellos.
Cuando acabaron estos «bailes de momos», el cardenal de Valencia pidió permiso á Su Santidad para danzar con su hermana doña Lucrecia «la baja y la alta», que era la danza de España más celebrada entonces, y todos hubieron gran placer en ella, por ser ambos los más famosos danzarines de Roma, especialmente en bailes hispanomoriscos, muy de moda en aquel tiempo. El primero en admirar á dicha pareja era el Pontífice. Sonreía embelesado siguiendo los graciosos y elegantes movimientos de sus hijos.
«Era un verdadero padrazo--se dijo Borja--, semejándose en esto á Fernando el Católico, otro hombre temible, también muy padrazo, que lloraba como un niño por los disgustos que le daban sus hijas, y sobre todas doña Juana la Loca, aconsejada por su esposo.»
En estas fiestas palaciegas, hombres y mujeres se trataban de muy distinto modo que en los tiempos presentes. Aunque hubiera sitiales sobrantes, la galantería recomendaba que los hombres se instalasen sobre la alfombra, á los pies de las señoras, apoyando la espalda en sus piernas, y otras veces encima de sus rodillas.
Doña Sancha contaba en su relación que el cardenal de Valencia, fatigado de bailar, venía á sentarse en sus faldas, su marido el príncipe de Esquilache en las rodillas de su hermana Lucrecia, y así los demás invitados.
Todas las damas de la familia Borgia lucían trajes enviados de Valencia, con adornos de oro á martillo y cuentas de vidrio de colores, que se llamaban «á la capellana» y eran entonces la última novedad en el adorno femenino. César y sus compañeros de montería regalaban sus disfraces lujosos á los criados que presenciaban la fiesta, vistiéndose inmediatamente trajes de corte y ciñendo sus espadas para seguir bailando con las señoras.
Al día siguiente celebrábase, en la parte del Vaticano llamada del Belvedere, otra fiesta nocturna, desde las ocho de la noche á las cuatro de la mañana. Varias compañías de truhanes hacían juegos de gimnasia y prestidigitación, empezando á medianoche las danzas de los señores, y otra vez César y Lucrecia, á pedimento del Pontífice, bailaban «la baja y la alta». A la salida del sol les servían una colación de cien platos grandes de confitería que tenían inscritos versos latinos en honor de los cónyuges y de Alejandro VI.
La última fiesta era una corrida de toros en los jardines del Vaticano, á la que asistían más de diez mil personas. Avanzaba el cardenal de Valencia al frente de su cuadrilla, compuesta de doce jinetes, llevando un traje á la morisca como los sarracenos españoles, compuesto de marlota de raso blanca y roja que doña Sancha había bordado de oro, bonete carmesí con penacho, borceguíes azules y una espada forjada expresamente para dicha fiesta. Iba montado en un caballo blanco con ricos jaeces y blandía en su diestra un lanzón, regalo también de doña Sancha. Doce mozos vestidos de raso amarillo y terciopelo carmesí marchaban á pie delante de él.
Los doce caballeros que le seguían eran todos españoles: don Juan de Cervellón, don Guillén Ramón de Borja, don Ramón y don Juan Castellar, don Miguel Corella y otros, vestidos igualmente á la morisca, sobre caballos ricamente encaparazonados.
César costeaba todo este lujo. Los romanos aclamaban al Borgia generoso que les ofrecía, á sus expensas, una fiesta tan interesante. En los estrados ó cadalsos figuraban las damas de la corte pontificia y de la aristocracia de la ciudad, muchas con los mismos trajes á la española que se habían hecho años antes para las fiestas en celebración de la toma de Granada.
Se corrían ocho toros en cinco horas, y el cardenal de Valencia mataba por sí mismo dos de ellos: el primero de una lanzada que le atravesó el pescuezo, acabándolo instantáneamente; el segundo á pie, con su capa en una mano y la espada en la otra.
Le dió tan gran cuchillada, que no necesitó repetir el golpe, haciéndolo caer con el pescuezo partido. El pueblo aclamó al que llamaba «nuestro César», asombrado del vigor inaudito de este joven débil en apariencia y de elegante fragilidad.
En esta evocación de las fiestas profanas que se iban desarrollando en el Vaticano y sus jardines, olvidaba Claudio Borja momentáneamente á César «el único», para concentrar su atención en un personaje que había empezado á figurar al lado de éste, siguiéndole á todas partes como la sombra al cuerpo.
Era un hidalgo valenciano, don Micalet Corella, cuyo nombre castellanizaban los otros españoles residentes en Roma, llamándolo don Miguelito, y al que los italianos dieron meses adelante una celebridad terrorífica, convirtiéndolo en don Michelotto.
Hijo bastardo del marqués de Cocentaina, noble de Valencia, había venido á Roma en compañía de su hermano legítimo Rodrigo Corella, en busca de la protección de los Borgia. Desde el tiempo de Calixto III existía un amistoso comercio entre ambas familias. Alfonso el Magnánimo tenía de confidente íntimo á un Corella, y éste, gran amigo de Alfonso de Borja, había cuidado de la educación del bastardo real don Ferrante, luego rey de Nápoles.
Muchos años después, al ir el cardenal Rodrigo de Borja como legado á España, conocía en Valencia al sucesor de Corella, ya marqués de Cocentaina, residente en dicha ciudad. Los hijos de éste, Rodrigo y Micalet, al ver elegido Papa al amigo de su padre, se dirigían á Roma.
Rodrigo Corella, segundón de ánimo grave, esperando heredar algún día el marquesado de Cocentaina por muerte de su hermano mayor, entraba especialmente al servicio del Pontífice, acompañándole en sus paseos como hombre de confianza, pues á la par que de costumbres tranquilas era muy valeroso. El bastardo don Micalet sentíase atraído por César, y le dedicaba toda su existencia con la fidelidad agradecida que un perro feroz puede mostrar al que lo favorece.
Había ido á Italia como el que va á bodas. Ningún país podía convenirle mejor que éste, por el desprecio absoluto á la vida ajena que mostraban en aquella época lo mismo los grandes señores que las gentes del pueblo.
Para Micalet, matar á un hombre era accidente sin importancia. La estocada frente á frente ó la puñalada por detrás le parecían iguales. Lo interesante era suprimir al enemigo. Su fuerza extraordinaria procedía más de los nervios que de los músculos. Incapaz de olvidar ofensas, y sin respeto alguno para los que fuesen adversarios de sus amigos, pronto adquirió su nombre una terrible celebridad, que contrastaba con lo ruin de su cuerpo, en apariencia débil, y con su exigua estatura, lo que motivó que todos lo tratasen en diminutivo, llamándole Micalet, Miguelito ó Michelotto.
En los últimos años de César, al mandar éste ejércitos, su fiel matón, desconocedor de las reglas y escrúpulos que guían á los otros hombres, se convirtió en un buen capitán de guerra. Fué el jefe de confianza del hijo del Pontífice, y cuando todos lo abandonaron, él se mantuvo leal.
Llamándose el capitán don Miguel Corella, combatió al lado de don Hugo de Moncada y otros españoles célebres, así como de los _condottieri_ italianos de mayor renombre, y tuvo tratos con Leonardo de Vinci, el ingeniero militar de César Borgia. Su vida fué tan corta como la de su protector, marchando detrás de él con la fidelidad amenazante de un mastín.
Siempre bondadoso el Papa para sus compatriotas, veía vagar por los salones del Vaticano á este hombrecito inquietante, con las mandíbulas apretadas y unos ojos pequeños, de mirar agudo y receloso, que parecían ir esparciendo alfilerazos en torno á su persona.
--¡Micalet!... ¡Micalet!--decía Alejandro VI moviendo el índice de su diestra pontifical, como si presintiese alguna mala acción de esta bestezuela temible y la amenazase de antemano.
Varias veces provocó riñas con otros españoles dentro del palacio, sacando á luz sus armas. Prefería el trato con César, que era de su edad, y acabó por vivir cerca de él á todas horas.
Figuraba el Corella legítimo en las fiestas palatinas entre los gentileshombres del séquito del Papa, y éste le había dado varias prebendas, especialmente á raíz de una aventura en que le salvó la vida.
Le acompañaba una tarde Rodrigo Corella en su paseo por una huerta cercana al Belvedere, cuando vieron venir hacia ellos un enorme león. Lo tenían guardado en una casa inmediata y había huído de su jaula. Todo el acompañamiento papal, prelados, domésticos, cubicularios y otros servidores, huyeron despavoridos, dejando solos al Pontífice y al joven español.
--Santo Padre--dijo éste sin perder un momento su calma--, poneos detrás de mí y no os separéis.
Rodrigo de Borja, famoso por su valor tranquilo, siguió estas indicaciones, y Corella, con la espada en la diestra y la capa enrollada en el brazo izquierdo, continuó marchando, siempre de frente á la fiera, teniendo á sus espaldas al Papa, más alto y corpulento que él. Tal situación angustiosa duró largos minutos, mostrándose indeciso el león ante la actitud resuelta de la masa humana formada por los dos hombres. Al fin, los fugitivos, que habían dado la alarma en los jardines del Vaticano, volvieron con numerosos soldados españoles de la guardia del Pontífice, y éstos acosaron el león hasta su jaula, terminando así tan peligroso episodio.
Concedió Alejandro VI varios beneficios á su joven acompañante, asegurándole una renta de 2.000 ducados al año, y hubiese hecho de él un cardenal; pero Rodrigo Corella no quiso dedicarse á la Iglesia, esperando heredar algún día á su hermano mayor, y así fué, volviendo finalmente á Valencia para casarse y tomar el título de marqués de Cocentaina.
El bastardo don Micalet sólo entraba ya en el Vaticano para acompañar á su señor y amigo el cardenal, y si participaba de las fiestas papales era únicamente en corridas de toros ú otros regocijos que exigían fuerza y destreza.
Su nombre empezaba á adquirir celebridad. Para los enemigos de César Borgia, era don Michelotto á modo de un dragón que nunca podían sorprender dormido, pronto á dar el zarpazo de muerte en defensa de su amo. Los calumniadores de la familia papal intentaron hacer una misma persona de don Michelotto y aquel enmascarado que acompañaba al duque de Gandía en la noche de su asesinato. La pequeñez de cuerpo de ambos fué el único detalle para justificar tal identidad, lo que resultaba pueril. El duque Juan conocía perfectamente á Micalet como un familiar de su casa, y no podía equivocarse por más antifaces que se colocara el otro. Al ocurrir el crimen nadie hizo tal suposición sobre don Miguelito, y éste continuó siendo admitido en el Vaticano y tolerado por el Pontífice.
Un mes después de la boda de Lucrecia, el cardenal César Borgia renunciaba á su capelo, y el Sacro Colegio admitía la abdicación. Intentó el embajador de España, Garcilaso de la Vega, oponerse en el consistorio á dicho acto, siguiendo las instrucciones de su rey. Sin duda, Fernando el Católico temía ver convertido en príncipe laico á César Borgia, por creerlo el más temible de los hijos del Papa, poco dispuesto á someterse á su dirección, como lo había hecho el ligero duque de Gandía.
Supo acallar el Pontífice al embajador español y á los cardenales dispuestos á apoyarle, prometiendo que cuantos empleos y beneficios dejase vacantes el cardenal de Valencia al abandonar su estado eclesiástico se repartirían entre los miembros del consistorio amigos de la corte de España, é inmediatamente quedó César desligado de sus votos. En realidad, sólo tenía las órdenes menores y su caso no era sin precedentes.
Al mismo tiempo desembarcaba en Ostia un enviado del rey de Francia con documentos interesantes para el Pontífice y su hijo. Carlos VIII, el de la expedición á Roma, había muerto, heredándole su primo Luis XII. Este vivía mal con su esposa y ansiaba divorciarse para contraer matrimonio con la bellísima Ana, duquesa de Bretaña, unión que satisfacía sus gustos amorosos, aportando á Francia un nuevo Estado.
Conocedor el Papa de los deseos de dicho rey, mostrábase dispuesto á satisfacerlos, pero creía la ocasión propicia para vender caro su consentimiento, creando de tal modo la verdadera grandeza de su hijo. Igualmente veía César en Luis XII el único monarca capaz de apoyar sus ambiciones que asustaban á otros. Vivía rodeado de españoles, el castellano y el valenciano eran las lenguas que empleaba en la intimidad; pero no tenía, como su padre, los recuerdos de la niñez que unen á la tierra originaria. Había nacido en Roma, era verdaderamente un italiano, y mostraba poca afición hacia Fernando el Católico. Conocía muy bien á este viejo é infatigable zorro de la diplomacia, que engañaba á todos los reyes de su tiempo y no podía permitir que alguien medrase á su sombra.
Convenció á su padre de que sirviendo al rey de España serían siempre una especie de autómatas, moviéndose á ciegas, sin saber adónde quería llevarles aquél. Resultaba preferible unirse al monarca de Francia, más inexperto y necesitado del apoyo papal.
Un convenio secreto se estableció entre el Pontífice y Luis XII. César, que era ahora príncipe laico, iría como embajador á Francia para entregar al rey el documento pontificio divorciándolo de su primera esposa y la dispensa para contraer matrimonio con la bella Ana de Bretaña. Luis XII daría á su vez al hijo del Papa el condado de Valencia (Valence), convirtiéndolo en ducado. Así, el antiguo cardenal de Valencia pasaría á ser duque de Valence y personaje francés, luego de haber figurado como arzobispo español.
La parte secreta del convenio era que el monarca de Francia procuraría el casamiento de César con una dama de familia real (Carlota de Nápoles), y el Santo Padre facilitaría á Luis XII los medios para apoderarse de Milán y Nápoles, con más eficacia que lo había hecho su antecesor. A su vez, Luis XII ayudaría al nuevo duque de Valence á reconstituir los dominios de la Iglesia, fundados al principio de la Edad Media por Pepino y Carlomagno, desposeyendo uno tras otro á los barones feudales que detentaban las antiguas tierras de los Papas, representando un peligro permanente para éstos.
En Agosto de 1498 todos hablaban en Roma de que César iba á partir para Francia, donde le harían duque, pero nadie conocía las cláusulas políticas del tratado, guardadas cuidadosamente.
César, héroe del Renacimiento, terrible y fastuoso, gran amigo de exterioridades, dispuesto á conversar con los artistas de su cortejo, entre dos asuntos políticos ó dos batallas, sobre los dibujos de un tapiz, la autenticidad de una estatua antigua ó el cincelado de un puñal, se ocupó durante varias semanas en sus preparativos de viaje, que fueron enormes, amontonando vestiduras lujosas, pedrerías, armas, jaeces de caballo, libros valiosos, toda clase de ricos presentes.
Para los gastos llevaba 200.000 ducados de oro, cantidad enormísima en aquella época. Gran parte de dicho dinero se la sacaron él y su padre á los judíos residentes en Roma. Su séquito componíase de treinta gentileshombres, un médico, un mayordomo y cien criados, pajes y escuderos. Doce carros y cincuenta mulas de carga llevaban su equipaje. Sus caballos de montar eran tantos que ellos solos ocuparon un navío.
Además del buque de guerra enviado por Luis XII, en el que se embarcó con sus más íntimos compañeros, dos naves de cabotaje y cinco galeras del puerto de Ostia formaron una pequeña flota, acompañándolo hasta Marsella.
Desde este puerto á la Turena, donde se encontraba Luis XII, el viaje de César fué una brillante cabalgata. El cardenal Juliano de la Rovere, residente en Aviñón como legado del Pontífice, había vuelto á buscar la amistad de éste al verle en alianza con el monarca francés. Rodrigo de Borja le cortaba todo camino. Ya no podía encontrar nuevos aliados para combatirlo y le convenía ser su adulador.
Claudio Borja sentía cierto desprecio al pensar en la conducta del futuro Julio II, el cual figuraba en la Historia como hombre enérgico, incapaz de servilismos, no obstante haberse agachado tantas veces ante Alejandro VI, su rival. Este pudo aplastarlo en justa venganza, y lo perdonó con una bondad de varón realmente fuerte, sin sospechar que luego de su fallecimiento sería el encargado de ennegrecer su memoria fabricando una biografía falsa que ha durado tres siglos.
Siempre que hablaba de Alejandro VI con sus íntimos le llamaba «judío», «marrano» ó «circunciso». Como entre los españoles avecindados en Roma los había que eran «marranos», ó sea judíos conversos, los italianos, por odio al extranjero, creían de origen israelita á todos los procedentes de España. En cuanto al apodo de «circunciso», aludía Rovere, al mismo tiempo que á un imaginario judaísmo, á ciertos rumores de la maledicencia popular, que suponían en Rodrigo de Borja, cuando era cardenal y atraía á las mujeres «como el imán al hierro», un monstruoso desarrollo de cierta parte de su organismo.
El hipócrita legado en Aviñón recibía á César como un príncipe real, y tales eran sus fiestas y banquetes al hijo del «circunciso», que en una semana gastó 7.000 ducados de oro. Luego escribía entusiásticas cartas al Pontífice alabando la modestia y las virtudes del que todos empezaban á llamar el duque del Valentinado.
Esto último no lo consideraba Claudio hipérbole adulatoria, pues el valor de las palabras cambia con los tiempos. «Modestia» significaba entonces simpatía, y eran llamadas «virtudes» la elegancia, la cultura y el gracejo en la conversación.
Seguía adelante el duque del Valentinado, siempre de fiesta en fiesta, acogido regiamente por los más altos señores franceses, que habían recibido órdenes de su monarca para obsequiarle cual si fuese un príncipe heredero. En Lyón le daban un banquete pantagruélico, con 360 piezas de volatería ó de caza mayor y 162 platos montados de confitería, corriendo verdaderos ríos de hipocrás y los mejores vinos de Francia. Por Valence, capital de su ducado, pasaba casi sin detenerse, pretextando que debía ser investido por el mismo rey en persona, y también se negaba á recibir el collar de San Miguel presentado por un embajador del monarca, arguyendo que él sólo podía aceptarlo de manos de Luis XII.
Al fin se encontraba con éste en Chinon, y tan esplendoroso era el cortejo de César, que Brantôme hablaba de él en su libro _Vida de hombres ilustres_, mostrándose deslumbrado, como los otros cortesanos, por el lujo del hijo del Papa, y burlándose al mismo tiempo á impulsos de la envidia.
Los grandes señores franceses se reconocían algo rústicos é incultos al lado de este príncipe de origen eclesiástico que traía de Italia todas las exquisiteces de la nueva existencia creada por el Renacimiento. Comparado con ellos, que vivían como hombres de guerra, resultaba un poco afeminado este joven, vestido á todas horas de seda y terciopelo lo mismo que una dama, luciendo armas de oro y piedras preciosas semejantes á joyas, esparciendo al andar perfumes orientales, seguido en su entrada triunfal de servidores que arrojaban puñados de monedas á la muchedumbre. Todos sus corceles llevaban herraduras de plata, sostenidas apenas por un clavo del mismo metal para que se soltasen y las recogiese la plebe.
En la corte de Francia encontró á Carlota, la hija del rey Federico de Nápoles, que perfeccionaba en aquélla su educación, y todos los esfuerzos de Luis XII para que se uniese en matrimonio con César resultaban inútiles.
Carlota de Aragón estaba enamorada de un señor de Bretaña, y Federico, su padre, decía que le era imposible contrariar los afectos de su hija por conveniencias diplomáticas. Tal vez el amor por el bretón no fué mas que un pretexto para librarse de César.
Insistía éste en sus pretensiones matrimoniales por verdadero deseo amoroso ó por orgullo, pues su matrimonio con Carlota no le ofrecía ninguna ventaja política, ya que estaba convenido entre Luis XII y Alejandro VI repartirse los Estados del rey de Nápoles. En aquella época eran frecuentes tales perfidias, y los que estaban al tanto del tratado secreto no extrañaban ver al rey de Francia, al Papa y á su hijo trabajando para que este último se casase con la hija del que proyectaban destronar en breve.
Desde España, el primer político de la época que lo veía todo por oculto que estuviese--y lo que no sabía lo adivinaba--había acabado por presentir la maquinación papal y francesa. Fernando el Católico se indignó al ver que un español convertido en Pontífice intentaba moverse solo, siguiendo una política independiente que podía resultar contraria á la suya. Como era hombre de acciones múltiples y contradictorias, valiéndose á la vez de minas y contraminas, hasta el punto de enmarañar las cosas de tal modo que, finalmente, sólo él conocía el hilo conductor, buscó ponerse de acuerdo en secreto con el rey de Francia para repartirse entre ambos los territorios de Nápoles, si es que la tal partición resultaba inevitable, y envió al mismo tiempo una embajada amenazadora al Papa, pretendiendo asustarlo.
Llegaron los embajadores españoles á Roma en un momento angustioso para Alejandro VI. César se veía muy agasajado en la corte francesa y era duque de Valence, pero su situación resultaba algo ridícula. Todos sabían que había ido allá para casarse con una princesa de sangre real y el matrimonio no pasaba de ser un proyecto.
Desistiendo Luis XII de Carlota de Aragón, le había propuesto casarse con otra princesa del mismo nombre, Carlota de Albret, hermana del rey de Navarra, que también vivía en su corte. Aceptó César á esta joven de buena presencia, sana, fuerte y con discreto carácter, condiciones que hacían presentir en ella una esposa amable y sumisa. Además, mostraba gran amor por este príncipe bello y lujoso, pródigo en deslumbrantes magnificencias. Pero la familia de Carlota de Albret, especialmente su padre, viendo el apuro del rey, explotaban la situación, renovando sus peticiones de recompensas antes de dar á Carlota.
Esto hacía vivir al Papa en continua incertidumbre, viéndose al mismo tiempo rodeado de peligros más inmediatos. Los Colonna y los Orsini, siempre enemigos, acababan de unirse para hacer una guerra común al Papa. Ascanio Sforza, enterado de su alianza con el monarca francés, que ponía en peligro á Milán, lo abandonaba para unirse á Fernando el Católico y al emperador Maximiliano de Austria, proyectando con éstos la convocación de un concilio que quitase la tiara á Alejandro.
Al presentarse los embajadores españoles en el Vaticano á fines de 1498, traían el encargo de amenazar al Pontífice con la convocación del mencionado concilio. La entrevista del Papa español y los enviados de los reyes de España resultaba borrascosa. Empezaron éstos por hablar de los medios ilegales de que se había valido Alejandro VI para obtener su tiara, pero éste les interrumpió enérgicamente:
--Poseo el pontificado--dijo--con más derecho que los monarcas españoles poseen sus reinos, de los cuales se apoderaron sin título legal y contra toda ley de conciencia, pues correspondían en justicia á otros de su familia, con mayores derechos á obtener la corona. Vuestro rey y vuestra reina no son sino intrusos, y yo lo sé mejor que nadie por haberles ayudado y apoyado en su juventud, acción de la que tal vez me arrepiento ahora.
Todo el resto de la entrevista continuaba en el mismo tono, rechazando el Papa las imputaciones que le hacían y de las cuales la más importante era la exagerada protección á sus hijos. Y como aludiesen los delegados españoles á la muerte del duque de Gandía, presentándola como un castigo divino, replicó el Papa, enojado:
--Más castigados por Dios han sido vuestros reyes, pues no tienen descendencia masculina. Ese sí que es castigo, por los repetidos ataques que se permite don Fernando contra los derechos de la Iglesia, para satisfacer su ambición.
De que el Papa tuviese hijos ilegítimos no hablaron una palabra los embajadores, pues el rey católico poseía cuatro bastardos reconocidos y muchos más cuya paternidad no había querido aceptar. En aquel tiempo pocos podían jactarse de su moral doméstica y de la legitimidad de toda su prole. Monarcas, Papas y prelados eran igualmente padres, al margen de las convenciones sociales y de las leyes eclesiásticas.
Quedaban rotos los tratos entre Alejandro VI y los reyes de España. El antiguo legado, que los había conocido simples príncipes en desgracia, legitimando su matrimonio anormal, protegiéndolos con su influencia y dándoles finalmente el título de Reyes Católicos, decía ahora al nombrarlos:
--Son los dos bellacos más grandes que he conocido en mi vida.
En realidad, les llevaba dado más que había recibido de ellos, y don Fernando abusaba de su condición de español queriendo emplear la fuerza espiritual y política del Papado como un arma diplomática. Luis XII tranquilizó á Alejandro haciéndole saber que el rey de España estaba en tratos secretos con él, al mismo tiempo que pretendía asustar al Pontífice con amenazas de concilio y deposición, por ser aliado de Francia.
Se hablaba tanto en Europa de la posibilidad de un concilio y de negar la obediencia al Papa, que Cristóbal Colón, al fundar un mayorazgo, en el mismo año 1498, disponiendo de las riquezas descubiertas por él, que aún eran entonces imaginarias, encargaba á su hijo mayor, Diego, que acudiese en auxilio del Pontífice si un cisma de la Iglesia hacía perder á éste su dignidad ó sus bienes temporales.
Todos los peligros que se cernían sobre Alejandro VI quedaron repentinamente desvanecidos cuando Luis XII le hizo saber, por un mensajero, que el 12 de Mayo de 1499 se había celebrado y consumado el matrimonio de su hijo con Carlota de Albret.
César, que sólo contaba entonces veintitrés años, conseguía con esto cuanto llevaba en su mente al emprender el viaje á Francia venciendo la oposición de los principales Estados de Italia, cuyos diplomáticos pasaban por maestros en dicho arte, é igualmente las maquinaciones de dos zorros tan astutos como el rey de España y el emperador de Austria.
Un correo expedido por el duque de Valence al otro día de su boda llegaba á la Ciudad Eterna á matacaballo para entregar un pliego al Pontífice. En él daba César breve cuenta á su padre de este triunfo diplomático, añadiendo de pasada, en un estilo crudo, propio de la época, su segundo triunfo, puramente matrimonial.
La carta contenía un simple número 8, indicador de las veces que había poseído á la bella y robusta Carlota de Albret.
Claudio se explicaba este «ocho». Era inverosímil que hubiese enviado un correo especial á su padre únicamente para jactarse de tal hazaña voluptuosa. Su lacónica confidencia no estaba dictada por el impudor ó la grosería.
«Denota orgullo--pensó--por la solidez y aguante de esta navarra vigorosa que va á ser la madre de sus hijos. Necesita alegrar con su confidencia al futuro abuelo, ansioso de que la estirpe de los Borja se prolongue, de que lleguen éstos á ser reyes de Italia, ambición persistente en la familia desde Calixto III.
Esta exagerada repetición de los cabalgamientos amorosos era algo común en aquella época de vidas cortas, tumultuosamente apasionadas. Los hombres de alta clase vivían entre continuas hazañas de guerra y de amor, obligándoles las últimas al uso de violentos afrodisíacos para exacerbar su vigor genésico. Tal fué una de las causas de que todos muriesen jóvenes, envenenadas sus vísceras por mixturas excitantes y roedoras.
En el resto de su existencia demostró César pertenecer á la misma especie que todos los hombres célebres por sus hazañas amorosas. Disponía á su arbitrio del ejercicio de sus fuerzas sexuales, dejándolas dormidas cuando le convenía, sin que le estorbasen con el acuciamiento del deseo; centuplicándolas otras veces si lo consideraba útil á sus fines. Esta cualidad era para Claudio el gran secreto de todos los héroes de la seducción agrupados en torno á la figura de su maestro el legendario Don Juan.
Recordaba la breve y obscura historia de la duquesa del Valentinado. También ella escribía al Pontífice mostrando gran entusiasmo por las asiduidades de su esposo. Un matrimonio que empezaba tan generosamente no podía reservarle desilusiones en lo futuro.
Durante cuatro meses, de Mayo á Septiembre de 1499, César y Carlota permanecían en silencioso retiro. Nadie hablaba de ellos, y á su vez, los nuevos duques procuraban vivir lejos de la Historia. De pronto, César tenía que abandonar á su esposa para ir á Roma y emprender la guerra contra los tiranuelos que detentaban las posesiones de la Santa Sede.
El estado físico de la duquesa no la permitió seguir á su esposo. En los primeros meses de 1500 daba á luz una niña, que recibió el nombre de Luisa. Ni ésta vió nunca á su padre, ni Carlota volvió á encontrar á su marido.
Al separarse de ella, iba César Borgia hacia las mayores glorias de su vida, á demostrar en tres campañas nada más que el antiguo cardenal de Valencia era un capitán famoso y á morir como soldado obscuro, sin que los que le daban muerte presintiesen la importancia de su acto.
Dos años se esforzó Carlota de Albret por ir á Italia en busca de su marido y que éste conociese á su hija. Enviaba para ello frecuentes cartas á su suegro el Papa; pero la continua movilidad del ejército pontificio, las inesperadas marchas y contramarchas de su estrategia, los peligros del viaje, la impidieron cumplir su deseo.
Claudio Borja sonreía al pensar en el «ocho» de la carta de César y en los cuatro meses de silenciosa felicidad de la bella Carlota, cuyo recuerdo le acompañó toda su vida, manteniéndola en voluntaria viudez.
Nunca quiso ser de otro hombre, pensando siempre en el único que había amenizado su existencia con tan apasionado vigor. Y moría á la edad de treinta años, sin haber hecho otra cosa que dedicarse á la educación de Luisa, la hija de César Borgia, casada por primera vez con un príncipe de Talmond, muerto en la batalla de Pavía, y finalmente con otro príncipe de la familia Borbón.
III
Las campañas de César, el heroico arremangamiento de faldas de Catalina Sforza y «el bello engaño» de Sinigaglia.
En las evocaciones de sus lejanos ascendientes, asimilaba Claudio el carácter de cada Borgia á la imagen de un animal.
El papa Alejandro le parecía un toro impetuoso, franco en sus arranques, como los que corren por el redondel del circo, acometiendo de frente á todos y dejándose engañar al fin. Los grandes diplomáticos de aquella época--los más retorcidos y astutos de la Historia--lo consideraban un hombre apasionado, y por lo mismo propenso á desorientarse en sus maquinaciones.
A César lo veía como un tigre de dorada piel, ojos de esmeralda y estiramientos peligrosamente elegantes. A continuación convertíalo en pájaro, á causa tal vez de su afición á vestirse, según la moda española, con rasos y brocados negros. Era un ave de presa del mismo color de la noche, las pupilas de fuego y un penacho blanco como remate.
Le parecía el padre más simpático y bondadoso. César tenía, en cambio, mayor elegancia, aun en su lobreguez misteriosa. Abarcaba su ambición más dilatados horizontes, y la vanidad masculina lo ponía á cubierto de las abdicaciones del amor.
Rodrigo de Borja era un enamorado hasta su vejez, dejándose guiar por las mujeres. César las poseía más por ansia de dominación que por verdadero amor, sin obedecerlas nunca, manteniéndolas lejos de sus asuntos, utilizándolas sólo para sus placeres, y mostrando á continuación cierto desprecio por ellas, semejante al de los orientales poseedores de un gran harén.
«De ser mujeriego simplemente, como su padre--pensaba Claudio--, no habría podido realizar lo que hizo en tres años».
Su regreso á Italia esparcía la inquietud entre los soberanos italianos, quienes venían temiendo desde mucho antes las consecuencias de tal viaje.
Claudio Borja se dirigía siempre, en sus paseos por Roma, á los lugares donde se había desarrollado la última parte de la vida de César y de su padre, las Estancias de los Borgia, los jardines del Belvedere, teatro de suntuosos banquetes y fiestas al aire libre, el castillo de Sant Angelo, fortificado por Alejandro VI hasta hacerlo inexpugnable para las armas de aquella época.
Suprimía con la imaginación toda la obra de los Pontífices posteriores, y después de eliminada esta cascara histórica que él llamaba «moderna», creía ver el Vaticano tal como era entonces, con su vida de intrigas y pequeñas guerras, con el populacho al exterior, maldiciente y tornadizo, entusiasmado unas veces por los triunfos de los Borgia, llamando á César «el único», propalando y aceptando en otras ocasiones las calumnias más monstruosas forjadas contra ellos en Venecia y en Florencia, que los cronistas copiaban en sus Dietarios y los embajadores en sus cartas, precedidas simplemente de un «se dice» ó un «según cuentan».
El triunfo de César en Francia sembraba el pánico entre los enemigos de la política pontificia. El cardenal Ascanio Sforza, de carácter pusilánime, no obstante sus intrigas continuas, huía de Roma temiendo la vuelta de César; mas en su perpetua indecisión se abstenía de ir á Milán al lado de su hermano Ludovico «el Moro», para que no le creyesen de acuerdo con éste. Tal ejemplo influía en Alfonso de Aragón, esposo de Lucrecia, el cual escapaba igualmente del Vaticano. Era sobrino del rey de Nápoles, y como el duque de Valence mostraba enojo contra dicho monarca por haberle negado la mano de su hija Carlota, temió las consecuencias de la mala situación en que le colocaba esto dentro de la familia Borgia. Y sin que le amenazase ningún peligro inmediato, salió de Roma, yendo á reunirse con el cardenal Sforza.
Lucrecia no quiso seguirle, á pesar de sus ruegos, considerando inoportuno tal pánico, y su padre la nombró regente de Spoleto, ciudad y territorio gobernados hasta entonces por cardenales legados.
Este nombramiento no resultaba extraordinario. Era un gobierno político, sin ningún carácter religioso, y muchos Estados italianos vivían regidos por mujeres. Lucrecia, de juicio claro y tranquilo para resolver los asuntos públicos, fué objeto de las alabanzas de sus administrados. Más tarde, el Papa le dió el gobierno de Nepi, y al casarse con el duque de Ferrara administró igualmente, en ausencia de su esposo, este principado importante, demostrando poseer las mismas condiciones políticas de su padre y de su hermano César.
Al fin el marido de Lucrecia, convencido por ella, se tranquilizó, volviendo á su lado. La hija del Papa daba á luz en Noviembre un hijo, que recibió el nombre de su abuelo Rodrigo, siendo bautizado con gran pompa en la Capilla Sixtina.
Había penetrado en Italia el rey de Francia, apoderándose el 6 de Octubre de Milán, abandonado por Ludovico «el Moro», quien fué á refugiarse cerca de Maximiliano, emperador de Austria. César Borgia, llegado con Luis XII, organizaba rápidamente un ejército para guerrear por su cuenta contra los barones feudatarios de la Santa Sede que se negaban á obedecerla, y á los que Alejandro había declarado desposeídos de sus territorios.
Iban á empezar las brillantes campañas del nuevo duque. Su ejército se componía de mercenarios facilitados por el rey de Francia ó reclutados por él mismo. Con César Borgia y con Gonzalo de Córdoba iniciábase la verdadera guerra moderna.
Su caballería constaba únicamente de trescientas lanzas, al mando del capitán Ives d’Allegre, el mismo que años antes había cautivado á Julia Farnesio. El bailío de Dijón mandaba una hueste de suizos y gascones, y á estas tropas de procedencia francesa había unido Borgia las compañías de los _condottieri_ Tiberti y Ventivoglio. Además contaba con una legión de españoles, que ascendió algunas veces á 3.000 combatientes, figurando á su cabeza el noble valenciano don Hugo de Moncada, que fué luego uno de los mejores capitanes de mar y tierra de Carlos V, pereciendo como almirante en una batalla naval.
Claudio se detenía á reflexionar sobre la composición de esta tropa española, núcleo, durante tres años, del ejército de César.
Eran los más de sus hombres temibles revoltosos, inclinados á las acciones heroicas y á los actos reprensibles, que sólo podía gobernar un capitán como César, semejante á ellos, cruel y generoso, dispuesto á sostener la disciplina matando, y tolerante al mismo tiempo para los atentados particulares que cometiesen sus gentes, sobre todo en lo referente á mujeres. Estos soldados llegaban de España atraídos por las hazañas del «Valentino», como ellos llamaban á César, ó se habían trasladado desde el vecino Nápoles, desertando las banderas de Gonzalo de Córdoba, por parecerles más fructíferas y gloriosas las campañas del hijo del Papa. Muchos iban á embarcarse años después para combatir contra guerreros cobrizos, explorar tierras de misterio y echar los cimientos de famosas ciudades al otro lado de la mar océana, en un mundo recién descubierto. Otros se quedaban para siempre en Europa, haciendo la guerra en diversos países, como si todo el viejo mundo, sin distinción de idiomas ni fronteras, fuese para ellos interminable campo de batalla.
Uno se llamaba Diego García de Paredes, y era apodado «el Sansón de Extremadura», atribuyéndole la tradición--tantas eran sus fuerzas--el arranque en una iglesia de la pila de agua bendita para que una dama mojase sus dedos en ella con más facilidad, el detener con sola una mano la marcha de una carreta de bueyes, el hacer frente á todas las avanzadas de un ejército, protegiendo de este modo la retirada de los suyos. A otro, también extremeño, Gonzalo Pizarro, lo apodaban «el Romano» en Trujillo, su ciudad natal, á causa de sus campañas en Italia. Mucho antes de servir á César Borgia había tenido un bastardo con una campesina de su tierra, abandonándolo, y este chicuelo, llamado Francisco, que guardaba cerdos y no había tenido tiempo para aprender á leer, conquistaba años adelante á orillas del Pacífico un Imperio enorme, llamado del Perú, gobernando como rey los vastísimos territorios de los Incas vencidos.
Don Michelotto era capitán de una de las más temibles compañías, compuesta de españoles bullangueros y espadachines reclutados en los suburbios de Roma.
También en la hueste italiana los hombres eran de una existencia no menos aventurera. Los había ignorantes y brutales, verdaderas bestias de combate; otros cultos, de gustos artísticos, llevados á la guerra por violencias de su carácter ó aventuras de su historia azarosa. Todos los escritores capaces de manejar una espada, estudiantes de humanidades aburridos de su vida sedentaria, pintores ó escultores que habían descalabrado á un compañero en sus peleas de taller y andaban huyendo de la justicia, se acogían á las banderas del Valentino. Uno de estos soldados se llamaba el Torrigiano, y era el mismo escultor feroz y brutal que, discutiendo con su condiscípulo Miguel Ángel en la iglesia del Carmine de Florencia, lugar de su escuela, le aplastaba la nariz de un tremendo puñetazo, dejando para siempre afeado su rostro con esta desfiguración.
El ejército de César constaba solamente de unos diez mil hombres, pero con abundante artillería. Había observado en silencio el modo de hacer la guerra usado por Gonzalo de Córdoba cuando guiaba al duque de Gandía, aprovechando sus lecciones indirectas y perfeccionándolas. La infantería y la artillería eran sus verdaderas armas. Los peones marchaban, bajo sus órdenes, desembarazados de impedimenta, con gran movilidad. En aquel tiempo de caballería pesada, de jinetes cubiertos de hierro, de marchas lentas y reposos que duraban años ante las plazas sitiadas, César Borgia fué de un lado á otro, buscando á sus enemigos, con celeridad pasmosa.
Recordaba Claudio cómo algunos autores franceses habían comparado la rapidez de movimientos del joven conquistador papal con las campañas que debía realizar sobre el mismo suelo de Italia, tres siglos después, otro caudillo de sus mismos años llamado Bonaparte.
Empezó su guerra atacando á los señores que detentaban los feudos de la Iglesia al otro lado de los Apeninos, sobre la vertiente del Adriático, en las llamadas Romañas y la Marca de Ancona: los Manfredi de Faenza, los Riario de Imola y de Forli, los Malatesta de Rímini, el Juan Sforza de Pésaro, los Montefeltro de Urbino y tantos otros.
Las primeras operaciones fueron seguidas de rápidas victorias, casi sin combate. Abrían sus puertas los vecindarios de muchas ciudades al joven conquistador, recibiéndolo en triunfo. Habían vivido sometidos hasta entonces á la tiranía rapaz de pequeños déspotas, que se hacían guerra entre ellos y siempre estaban de acuerdo para explotar á la plebe. A César Borgia lo aclamaban como un libertador. Conocían su generosidad y sentíanse halagados por sus costumbres democráticas.
El astuto Borgia conquistaba para el porvenir, llevando ante sus ojos la quimera de agrupar todos los Estados italianos en un reino único, obediente al Pontífice, pero gobernado por monarcas salidos de su familia. La jornada iba á ser larga, y él debía acariciar al pueblo, que le serviría de cabalgadura en tal camino, economizando sus fuerzas en vez de molerlo á golpes y agotar su vigor, como hacían todos los pequeños tiranos del Renacimiento.
Se había propuesto una conducta política, concretándola en este lema: «Duro con los grandes, dulce con los humildes». Y para mantener dicha máxima derramó la sangre de sus allegados cuando fué necesario. En varias ocasiones ahorcó ó decapitó á gobernadores suyos, por haber imitado la mala conducta de los señores desposeídos, abrumando al pueblo con injusticias y robos.
Los romañoles, montañeses del Apenino, hercúleos y con gran afición á los ejercicios violentos, veían favorecidos sus gustos por este gran señor, siempre vestido de ricas telas y cubierto de joyas como las damas. Su exterior delicado en apariencia, su rostro fino y sus elegantes maneras ocultaban una fuerza atlética.
En las fiestas populares de los países conquistados por él, la muchedumbre veía al poderoso duque Valentino hablando familiarmente con labriegos y pastores. De pronto se quitaba el jubón de seda y la camisa de blondas, quedando con el torso al aire, é invitaba á hacer lo mismo á los señores que le acompañaban, entregándose á la lucha cuerpo á cuerpo con los más humildes de sus súbditos, siempre que tuviesen una poderosa musculatura, venciéndolos ó siendo vencido por ellos, y estrechando finalmente la mano de su adversario entre aplausos y aclamaciones.
Como la distancia carecía de obstáculos suficientes para intimidar á este jinete incansable, dejaba ir á sus tropas sobre Imola y á todo galope se dirigía á la Ciudad Eterna para ver á su padre, después de un año de separación. Permanecía dos días junto á él y tornaba á partir para Imola en una galopada inverosímil, corriendo en veinticuatro horas lo que exigía para otros varias jornadas.
Seguían las ciudades rindiéndosele sin resistencia. Sublevábase el vecindario contra sus antiguos déspotas, aclamando á César. Eran los castillos de cada población los que se defendían, por haberse encerrado en ellos el señor del pequeño Estado ó su principal lugarteniente.
En Forli, capital de las tierras de la célebre Catalina Sforza--una de las más trágicas figuras del Renacimiento italiano--, ocurría lo mismo. Entregábase la ciudad á discreción, mientras Catalina corría á encerrarse en la fortaleza, dispuesta á morir entre sus ruinas.
Este virago, sin duda heroico, vivió una existencia abundante en desgracias y crímenes. Sus infortunios conmovían á los contemporáneos porque era mujer, pero verdaderamente resultaba superior por la brutalidad de su carácter, más salvaje que viril, á todos los tiranos de su época.
Su padre, antiguo déspota de Milán, exasperaba de tal modo al pueblo, que éste lo mató, haciendo pedazos su cadáver. La mayor parte de sus parientes, todos ellos tiranos, perecían víctimas de motivadas venganzas. Mujer de cuerpo grande y vigoroso, teñida de rubio, como era la moda entonces, violenta en sus amores y en su sistema de gobernar, se había casado muy joven con un Riario, sobrino de Sixto IV y primo de Juliano de la Rovere. Dicho Riario cometía tales atrocidades, que los habitantes de Forli lo mataban, arrojando su cadáver desde lo alto de la fortaleza. En vez de corregir tal castigo popular el carácter de Catalina, lo hizo más autoritario y cruel. Tomó un amante que realizó iguales excesos, provocando una segunda revolución, en la que fué hecho pedazos, lo mismo que el esposo. Después de esto se dedicó ella sola á oprimir y castigar á su pueblo.
Montada á caballo al frente de sus tropas, hizo pasar á cuchillo una parte de la población de Forli, sin perdonar mujeres y niños. Repelida por la muchedumbre hasta la fortaleza de la ciudad y sitiada en ella, le exigieron los sublevados que se rindiese, avisándola que tenían entre sus manos á sus hijos y los harían morir si no capitulaba.
Entonces la rubia amazona, subida en una almena, se remangó las faldas, mostrándose desnuda de cintura abajo, y por toda contestación golpeó con su diestra el blanco globo de su vientre y el musgoso triángulo final. Podían matar á sus hijos: ella guardaba el molde para hacer otros.
Poseedora de Forli y las poblaciones anexas, como viuda de un sobrino de Papa que las había recibido en feudo, este marimacho joven y bárbaramente heroico resultaba un enemigo digno de César. En vano avanzó Borgia á pecho descubierto hasta el pie del castillo para rogar á la Sforza que capitulase, evitando las consecuencias de una lucha desesperada. La terrible hembra no le quiso oir, y el 12 de Enero de 1500, por una brecha abierta á cañonazos, penetraban los asaltantes en el primer recinto. Catalina se refugió entonces en la torre central, apodada «el Macho», pero las minas preparadas estallaron á destiempo, haciendo más daño á los suyos que á los enemigos, y éstos consiguieron apoderarse de toda la fortaleza.
César hizo prisionera á Catalina, tratándola con los honores debidos á su rango, mientras esperaba ocasión de enviarla á Roma, donde la seguían un proceso por haber intentado envenenar al Papa. Los cronistas de Venecia, que aprovechaban todos los sucesos para inventar una nueva calumnia contra los Borgia, escribieron que el vencedor de Catalina Sforza no se había contentado con penetrar en la fortaleza de Forli, haciendo sufrir á su antigua poseedora otros asaltos. También llegaron á insinuar que Alejandro VI había abusado de ella cuando la tuvo cautiva en el Vaticano, cómodamente alojada en el palacio del Belvedere.
Tales suposiciones eran absurdas. César, de gustos refinados en sus amores, no podía sentirse atraído por esta amazona admirable á causa de su brutalidad, pero poco atractiva como mujer; y en cuanto al padre, vivía más dominado que nunca por Julia Farnesio.
En cambio, resultaban indiscutibles la bondad y la tolerancia de Alejandro. Tenía pruebas de que Catalina había preparado su envenenamiento, librándose de él por un azar. Podía haberla sometido á un tribunal que la condenase á muerte con todas las formas legales; también le habría sido fácil desembarazarse de ella haciéndola estrangular cuando vivía en el castillo de Sant Angelo ó en la dulce prisión del Belvedere, imitando los procedimientos de otros soberanos. Pero al verla vencida se dejó llevar por su carácter jocundo, incapaz de largas y premeditadas venganzas, permitiendo finalmente que se retirase á un convento de Florencia. De él salió luego para casarse con Juan de Médicis, teniendo un hijo que fué el famoso _condottiere_ Juan de las Bandas Negras.
Dejaba César como gobernador de Forli á un español de su confianza, don Ramiro de Lorca, y pretendía seguir adelante en sus campañas, cayendo sobre los territorios de Pésaro y otros Estados inmediatos, cuando Luis XII, por exigencias de Tribulcio, su representante en Milán, le quitó momentáneamente las tropas francesas que figuraban en su ejército. Esto le obligó á suspender sus operaciones, retirándose á Roma, no sin antes conquistar otras plazas de menos importancia.
Toda Italia se convenció de que la Iglesia tenía por primera vez un gran capitán propio, capaz de defender sus tierras actuales y recobrar las perdidas. Movíanse Alejandro y César por una ambición de familia, «pero no resultaba menos cierto--como dijo Maquiavelo--que después de fallecidos Alejandro y el duque Valentino, la Santa Sede iba á heredar todas sus conquistas».
«La Iglesia--pensaba Claudio--salió agrandada del pontificado de Alejandro VI y no disminuída, como en muchos papados anteriores. Julio II, el vengativo Juliano de la Rovere, que tanto escarnecía á su antiguo amigo Borgia, heredaba de él la paz y el orden establecidos por su autoridad en los Estados pontificios, el aumento de las Romañas y otras provincias, así como la ruina de los barones feudatarios, escarmentados é incapaces de reproducir sus demasías contra los Papas. El cosechó lo que otros habían sembrado.»
Fué la entrada de César en Roma una imitación de los cortejos triunfales de la antigüedad. Le esperaba su padre con una impaciencia que no podía disimular, llorando y riendo al mismo tiempo. Sentíase orgulloso de este hijo de veinticuatro años que, luego de mostrarse en Francia superior á los primeros diplomáticos de Europa, acababa de revelarse un guerrero invencible.
«Ante sus ojos--siguió pensando Claudio--se abrían nuevos cielos. El también soñaba, como César, en un porvenir glorioso. Su vida particular, con todas sus debilidades y pecados, la consideraba independiente de sus funciones de Pontífice. Aspiraba á ser uno de los más grandes Papas, trabajando con desinterés por la prosperidad de la Iglesia. Sus carnalidades de hombre no le impedían sentir una profunda fe religiosa. Era igual á los personajes de su época, creyentes en los dioses paganos, en la astrología, en la magia, y al mismo tiempo en el cristianismo; adoradores sinceros de la Virgen y escandalosamente licenciosos en su vida ordinaria.»
Dios le protegía; estaba seguro de ello. Un nuevo mundo había sido descubierto bajo su pontificado. Y un gran capitán de la Iglesia revelábase ahora en su familia. Cuando sojuzgase á los tiranuelos de Italia, estableciendo en ella la unidad política, el orden y la prosperidad, tendría que pensar en la reconquista de Jerusalén y Constantinopla, aspiración de todos los Pontífices anteriores, que nunca pasó de ser vano proyecto. El y su hijo realizarían tan enormes empresas.
Todo el Sacro Colegio, los embajadores, la curia, la nobleza romana, los ciudadanos notables, salían fuera de la puerta de Santa María del Popolo para recibir con la cabeza destocada al nuevo caudillo de la Iglesia.
César, que había heredado de su padre el genio de la magnificencia, supo mostrarse digno de tan grandiosa recepción. Sus tropas de italianos y españoles, así como su cortejo de caballeros, desfilaron con un orden poco conocido en los ejércitos de entonces, mostrando gran suntuosidad en sus vestimentas. Hasta los carromatos de su bagaje llevaban ricas fundas con el escudo de los Borgia.
En cambio, él, deseoso de llamar la atención por el contraste, iba á la española, su traje favorito, vestido de terciopelo y satén negros, con elegante modestia, pero llevando al cuello el gran collar de San Miguel, presente de Luis XII, distintivo reservado á los príncipes de sangre regia. Además, cada una de sus armas era una joya artística.
Entró en la empavesada ciudad entre cañonazos y volteos de campanas; las mujeres le enviaban flores, sonrisas, besos. El pueblo daba vivas á «nuestro César». Era un capitán victorioso nacido en Roma, el hijo de la señora Vannoza la del Transtevere, y todos creían propia la gloria del hijo del Papa. Por el Corso llegó al castillo de Sant Angelo y luego al palacio papal, recibiéndolo el Pontífice en el célebre salón del Papagayo, destinado á los embajadores.
Modesto y grave, dió gracias el joven caudillo en una corta arenga, inclinándose á continuación ante el Papa para besarle un pie, según el ceremonial; pero Alejandro, con los ojos llenos de lágrimas, le tendía los brazos, estrechándolo en ellos.
Sucedíanse las fiestas, desfilando á través de la ciudad un cortejo simbólico que representaba el triunfo de Julio César. Las glorias de los dos Césares, hijos de Roma, eran confundidas por la muchedumbre entusiástica. Mientras ésta se regocijaba día y noche en mascaradas y bailes, el héroe permanecía al margen de tales diversiones, oculto en su alojamiento del Vaticano, entre caudillos, prelados, escritores y pintores, hablando con ellos de poesía, de historia ó artes plásticas.
Empezó á llevar la existencia anormal de sus últimos años, que le rodeaba de misterio, dando cierta veracidad ficticia á las calumnias de sus enemigos. Gustaba de no ser visto nunca por las gentes que hablaban de él en todo momento. Vivía de noche, dando audiencia en las horas de la madrugada. Si salía por la ciudad, era con antifaz y vestido de negro, para que nadie lo reconociese.
«Particularidad inexplicable--se decía Claudio--. Este hombre tan rápido en sus operaciones de guerra, tan amigo del esfuerzo físico, que consideraba un placer la lucha á brazo partido con sus más vigorosos súbditos, cuando estaba en su casa, rara vez usaba las sillas. Permanecía días enteros acostado en un diván, y así leía ó escuchaba las lecturas de su secretario; así escribía sus breves cartas, comía ó jugaba al ajedrez con sus amigos. En los últimos años de su existencia, cuando no estaba á caballo vivía tendido.»
Todo en él era con exageración y violentas alternativas. Podía galopar días enteros, reventando corceles, y era capaz de pasar una semana lo mismo que un musulmán en su harén, sin sentir necesidad de movimiento.
Después que el Papa le dió la Rosa de Oro, distinción reservada casi siempre á los reyes, que el Sacro Colegio votó unánimemente premiando sus servicios á la Iglesia, dejóse ver otra vez en público, pasando sin esfuerzo de su pereza oriental á la más arriesgada actividad. A espaldas de la basílica de San Pedro se había improvisado una plaza de toros, para dar una corrida, á la que asistió toda Roma.
Mostrábase el héroe en esta corrida á cara descubierta, bajando á la arena con simple jubón y calzas para torear á pie, matando cinco toros con una espada pesadísima y una capa que le servía de muleta. El último toro lo remató de un golpe que era su secreto, hiriéndolo entre dos vértebras tan profundamente que cortaba por entero su pescuezo, y el público rugió de admiración ante dicha habilidad, no pudiendo explicarse tanta fuerza en un joven esbelto y de facciones delicadas. Los embajadores enemigos de la familia papal escribían á sus gobiernos asombrados del valor y la maestría de César, reconociendo el inmenso entusiasmo de los romanos por él.
Pronto empezaron á sentir los Borgia las consecuencias de su triunfo militar en forma de calumnias y ataques anónimos.
Claudio veía imaginariamente al padre y al hijo como si hubiesen metido los pies en un inmenso avispero, no pudiendo defenderse de sus enjambres irritados. Un Papa español osaba hacer lo que ninguno de los Pontífices nacidos en Italia, restableciendo la autoridad de la Santa Sede, desconocida siempre por los tiranuelos que detentaban las tierras de la Iglesia. Un joven romano, cuya sangre era por mitad española, iba á acabar con todos ellos, acariciando el designio de apoderarse más adelante de Florencia y hasta de los Estados que tenía Venecia en la tierra firme, para constituir una Italia única... Y todos los señores, grandes ó mediocres, así como las repúblicas comerciales, difamaban á estos dos extranjeros triunfantes en Roma. Los libelistas escribían contra los Borgia crónicas monstruosas, que empezaban siempre por un «se dice». Forjaban epigramas feroces ó historias inverosímiles, aceptadas sin obstáculo por las muchedumbres, dispuestas siempre á creer todo lo que causa daño á los poderosos.
Nadie mostraba interés en apoyar al Pontífice y á su hijo, y en cambio, eran muchos los que juzgaban conveniente su muerte. Sólo podían proteger á un contado número de autores residentes en Roma, y los demás escribían ó inventaban en el resto de Italia contra la victoriosa familia.
Los mismos españoles instalados en el país contribuían á esta guerra desleal. Los Borgia no podían dar colocación á todos, y con una saña reconcentrada y envidiosa repetían las maledicencias de los noveleros italianos, agrandándolas. Uno de ellos, el capitán Fernández de Oviedo, que fué años después el primer historiador del Nuevo Mundo, acogió en Roma las más absurdas patrañas contra Alejandro y César, culpables en realidad de no haberlo empleado nunca.
En Nápoles, el rey Federico, que adivinaba un próximo ataque del monarca francés y de César Borgia, dió libertad á sus escritores para que agrediesen con la pluma á la familia papal. El rey de España, desde lejos, aprobaba igualmente esta guerra contra un compatriota que había osado emanciparse de su autoridad. Venecia era un foco de propaganda antiborgiana. En Florencia, los consejeros del Estado indicaban á Maquiavelo la necesidad de impedir que César continuase sus campañas «fuese como fuese», lo que significaba, en el lenguaje de entonces, la conveniencia de asesinarlo.
Dos sucesos ocurridos dentro del Vaticano preocuparon por algún tiempo al pueblo de Roma. En Junio de 1500 una tempestad echó abajo la gran chimenea del palacio papal, destruyendo con sus escombros el techo del salón donde daba audiencia Alejandro VI. Dicho derrumbamiento mató á varios de los que rodeaban al Pontífice, pero éste resultaba indemne gracias á una larga viga que al caer formó ángulo encima de su cabeza, librándole de la lluvia de cascotes que indudablemente le habría matado.
Una vez más se mostró el valor tranquilo del Papa, hombre que ya contaba setenta años. Sólo quiso dejarse curar por su hija Lucrecia, sin que se notasen en él signos de miedo; antes bien, creyó en un influjo providencial que velaba por su existencia para que pudiese realizar todos sus planes en pro de la grandeza del Pontificado. Semanas después, cuando los romanos comentaban aún el «milagro» con que Dios había protegido al papa Borgia, un crimen hizo olvidar dicho suceso.
Alfonso de Aragón, duque de Biseglia y marido de Lucrecia, era apuñalado á las once de la noche en la escalinata de San Pedro por un grupo de hombres enmascarados, cuando iba á reunirse con su esposa en el Vaticano. Los agresores huían creyéndole muerto, protegidos por un grupo de jinetes, hasta una de las puertas de Roma. Alfonso, que sólo estaba herido de gravedad en la cabeza y los brazos, llegaba arrastrándose á las habitaciones del Pontífice, pidiendo auxilio, y su mujer sufría un síncope al reconocer su voz.
Sancha y Lucrecia dedicábanse á su curación, y el Papa prohibía bajo pena de muerte que las gentes penetrasen con armas en la llamada Ciudad Leonina, ó sea en los barrios inmediatos al Vaticano. Además, colocó centinelas ante la puerta del dormitorio del herido, á pesar de que le velaban su mujer y su hermana á todas horas. Esta conducta de Alejandro denunció su temor de que volviera á repetirse la intentona de asesinato por parte de alguien que él no se atrevía á castigar.
Mostrábase el esposo de Lucrecia más inclinado á favor de su tío el rey de Nápoles que de la familia Borgia, y dicho monarca napolitano consideraba gran fortuna la posibilidad de que desapareciese César. Este era enemigo suyo y esperaba solamente que el rey de Francia avanzase contra Nápoles para unirse á él. Ofendido, por su parte, el hijo del Papa á causa del menosprecio con que le había tratado Federico cuando solicitó la mano de su hija, incitaba á Luis XII para que se apoderase de Nápoles cuanto antes. Convenía esta conquista á sus intereses políticos, esperando sacar de ella muchos territorios para aquella Italia futura unificada bajo su mando.
La opinión general creyó la tentativa de asesinato del duque de Biseglia obra de César. El tampoco se recató en mostrar el odio que le inspiraba su cuñado.
«Los encargados de ennegrecer á los Borgia--se dijo Claudio--sólo hablan del asesinato del príncipe napolitano y no consignan las declaraciones de César, el cual afirmó que Biseglia, por encargo del rey de Nápoles, había querido matarlo dos veces; una de ellas valiéndose de un arquero muy hábil, para que lo suprimiera desde lejos y sin ruido con un flechazo certero cuando lo viese pasar por un patio del Vaticano.»
Sin duda, su guardia personal, dirigida por el terrible don Michelotto, había descubierto las mencionadas asechanzas, y el duque Valentino se mostraba implacable en tales casos, ordenando matar para que no le matasen.
Explicábase Claudio dicho suceso recordando las costumbres políticas de entonces. Todos reconocían la necesidad y hasta la santidad del crimen de Estado. El que estorbaba á un príncipe debía morir por obra del puñal ó del veneno.
No había gobernante ni personaje rico que dejase de hacer probar viandas y bebidas á sus criados antes de sentarse á la mesa. Tampoco existía Papa, rey, príncipe, cardenal ó simple _condottiere_ que no poseyera un navío de plata con las velas desplegadas, cuyo casco se abría con llave, guardándose en su interior el cubierto propio, la servilleta, la sal y todas las especias, para evitar así un posible envenenamiento. Todo invitado á un banquete enviaba por delante su navío con un doméstico fiel encargado de colocarlo en la mesa, y al llegar lo abría con su llave, sacando el cubierto y las especias, sin que al dueño de la casa le ofendiese tal precaución.
Una de las razones de la vida nocturna de César y su aislamiento de la multitud, que le hacía ir enmascarado, era que así podía librarse más fácilmente de las tentativas de asesinato y envenenamiento urdidas contra él por los tiranuelos de Italia. Ninguno de éstos sentía limpia su conciencia. Todos tenían en su historia uno ó varios homicidios por motivos políticos ó privados.
La muerte del duque de Biseglia fué relatada de diverso modo por cada uno de los embajadores y los folicularios enemigos de los Borgia. Atribuyéronla unos al veneno, los más á la estrangulación.
Contaban que el príncipe napolitano estaba en su dormitorio, convaleciente de sus heridas, conversando con su esposa y su hermana Sancha, cuando llamaron á la puerta. Una de las dos preguntó:
--¿Quién es?
--El diablo--repuso desde fuera una voz burlona.
Se abrió la puerta bajo el rudo empujón de varios hombres. Unos echaron fuera de la cámara á las dos señoras, mientras otro más pequeño, que parecía su jefe, el terrible don Michelotto, estrangulaba en su lecho al duque de Biseglia.
En realidad, este suceso no produjo gran escándalo. Todos vieron en él un crimen de Estado, corriente en aquella época, y los embajadores de las principales naciones no le concedieron en sus despachos extraordinaria importancia. Casi lo atenuaron por odio á César, como si tal asesinato fuese un acto meritorio de gran político.
«El salvajismo de los mencionados procedimientos--pensó Claudio--nos espanta, porque tenemos un alma diversa á la de entonces; porque hemos perdido las nociones del arte de morir, amando más la vida con todas las cobardías que comporta dicho amor; cobardías que los hombres del Renacimiento no conocieron por estar convencidos de que morirían jóvenes.»
Aterrada é indignada Lucrecia por la muerte del padre de su hijo, se retiró á Nepi, cayendo enferma de fiebre; pero transcurridos tres ó cuatro meses volvía á Roma para figurar en las fiestas papales, consolada ya de su viudez.
Mujer de su época, respetuosa ante los crímenes de Estado, la convencía César fácilmente de sus razones para obrar así, en defensa propia, demostrando que su difunto esposo merecía la muerte que él le había hecho dar. La misma razón de Estado consiguió que Lucrecia aceptase, sin oposición alguna, un tercer matrimonio, el más brillante de todos, con el duque Alfonso de Este, soberano de Ferrara, uno de los mejores Estados de Italia.
César iba á empezar de nuevo la guerra. Luis XII, que se había preparado á invadir el reino de Nápoles, enviaba otra vez al Valentino las tropas que le retiró. Esta segunda campaña contra los vasallos rebeldes de la Iglesia también la secundaban las ciudades sometidas á ellos. Oprimidas y arruinadas, acogían al duque del Valentinado como un salvador. Los vecindarios de Pésaro y Rímini sublevábanse contra sus señores al ver las avanzadas del ejército papal.
El primer marido de Lucrecia, implacable calumniador de los Borgia, huía despavorido de Pésaro antes de la llegada de César, que había hecho juramento de matarlo por su propia mano.
Se entregaban las poblaciones ó eran tomadas por asalto después de corto asedio. La única ciudad que opuso una resistencia heroica fué Faenza, debiéndose esto á que los habitantes sentían un sincero afecto por su soberano, Astor Manfredi, casi un adolescente, el mozo más hermoso de su época, valeroso, de nobles sentimientos, y que trataba á sus súbditos con una bondad constante. Reconociendo César el heroísmo de este adversario, lo combatió con toda clase de miramientos caballerescos. En los días que se suspendía la lucha, mantenían los dos jefes y sus tropas relaciones de amistad.
Consideraba Claudio Borja estas campañas del hijo de Alejandro como una obra de artista. Su ejército celebraba las fiestas de Carnaval mientras mantenía el sitio de una de las ciudades de la Romana, y para que los sitiados se divirtiesen igualmente, César hacía entrar en la plaza, como regalo suyo, varios carros cargados de disfraces y caretas.
Su corte militar abundaba en literatos, músicos, pintores y escultores. Su secretario, Agapito de Amalia, era un gran humanista. También acompañaban al duque varios poetas, entre ellos el célebre improvisador Serafino de Aquila.
El ingeniero general de su ejército y constructor de fortificaciones se llamaba simplemente Leonardo de Vinci y era ignorado aún en Italia. Esta profesión de ingeniero del futuro autor de la _Gioconda_ no resultaba extraordinaria en una época cuyos grandes hombres mostraron las más diversas aptitudes. Mientras llegaba la hora de inmortalizarse como pintor, Leonardo de Vinci hacía dibujos para el Valentino, planos de fortalezas, puentes, acueductos, caminos y puertos, ó discurría nuevas máquinas de guerra. Tal multiplicidad en las manifestaciones del talento la mostraban igualmente otros artistas de entonces, aunque ninguno de ellos llegó al proteísmo genial de Leonardo.
De vida aventurera, ansioso de abrirse paso en medio de la general indiferencia, sin sentir los trastornos que causa la atracción de la mujer, con una tranquila asexualidad que le permitía ser dueño de sus acciones, y acusándole algunos injustamente de afición al «vicio griego», Leonardo de Vinci sentíase deslumbrado por este capitán glorioso que acababa de surgir como un astro de rápida trayectoria.
No siendo hombre de espada, le servía como ingeniero y mecánico, pensando incesantemente para él, ofreciéndole todas las semanas un nuevo invento.
«También el artista--pensó Claudio--era distinto en los albores del Renacimiento á como es ahora. Pintores y escultores vivían como simples artesanos, formando gremios semejantes á los de los obreros manuales, sin otras aspiraciones que las de su pequeño círculo, divirtiéndose á su manera y procurando que los señores no los invitasen á sus palacios, pues se encontraban desorientados y tristes en un ambiente superior al suyo.»
Una de sus sociedades en Florencia, titulada «La Cazuela», obligaba á cada uno de sus individuos á asistir á los banquetes comunes, aportando un plato diferente al que llevasen los demás, imponiéndole multas ó penitencias grotescas cuando resultaba igual al de otro socio más antiguo.
Gobiernos y grandes señores empleaban á los artistas célebres en trabajos de guerra. Los escultores con el título de _magister arcium_ construían fortificaciones ó labraban con el cincel pelotas de piedra para las bombardas. Los pintores se esforzaban por inventar nuevas máquinas bélicas, viéndose recompensados por ello con más largueza que por sus cuadros.
Servían los artistas para todo lo que significase estudio, invento ó dirección de trabajos, y muchas veces les pagaban con un tabardo de brillantes colores ó unas cuantas varas de paño para la familia. «Son gentes groseras, que sólo conocen su arte.» Así se expresaba un obispo de la época.
En realidad, no existían especialistas. Todos servían para todo, siendo el gran Leonardo de Vinci el tipo perfecto de estos acumuladores de genio. También se dedicaban á contratistas de trabajos públicos. Miguel Ángel perdió siete meses de su vida dirigiendo en las canteras de Lumi la extracción de piedras, rodeado de excavadores y de carreteros, trabajo que podía haber hecho cualquier maestro de obras. Tal era su aburrimiento durante estos siete meses de capataz, que pensó esculpir toda la montaña, como si fuese un solo bloque, haciendo de ella gigantesca estatua.
El trato con los humanistas educaba y dignificaba á estos genios incultos que vivían como obreros. Se hicieron menos brutales en sus costumbres. Ya no admiraron á un Torrigiano que aplastaba de un puñetazo la nariz de su camarada Miguel Ángel. Y como los humanistas imponían la moda en aquel tiempo, señores laicos y eclesiásticos, viéndoles tratar con deferencia á los artistas, se acostumbraron á hacer lo mismo.
«Fueron los escritores--afirmó mentalmente Borja--los que sacaron de su humildad obrera á los artistas plásticos, iniciando la importancia que gozan en nuestra época el pintor y el escultor.»
César Borgia apenas tuvo tiempo para ejercer el mecenazgo. Su verdadera vida duraba tres años nada más, y fué la de un guerrero, preocupándose sólo de las artes en los raros intervalos de reposo que le dejaron sus campañas. A pesar de esto, su generosidad para los literatos y los artistas resultaba proverbial, designándola los poetas con el nombre de _Liberalita Cesarea._ En sus tiempos de cardenalato, todo el producto del arzobispado de Valencia, que era de los más ricos, gastábalo en mantener escritores, escultores y cinceladores.
No pudo conocer á todos los artistas de entonces, pero protegió á tres, los más famosos: el Pinturicchio, maestro tan admirado años después por Rafael, Leonardo de Vinci y Miguel Ángel.
Una constelación de poetas, algunos de ellos prodigiosos improvisadores, le seguía á todas partes, muriendo jóvenes lo mismo que su Mecenas, á causa de una existencia atropellada y libertina. Muchos escribieron en latín relatando las hazañas de su protector _De Gestis Cesaris Borgia_. Otros cantaban al toro, emblema heráldico de la poderosa familia, dedicando sus versos _Ad Bovem Borgia_, ó exclamaban así en honor del duque de las Romañas, futuro creador de una Italia única:
_Salve Italum o splendor Dux illustrissime Cesar, o Salve Cesar, Maxima fama Ducum._
El arte antiguo iba resurgiendo entre las ruinas de la campiña romana. Con frecuencia, el arado, movido por búfalos, sacaba á luz mármoles prodigiosos ó dejaba descubiertas tumbas cuyos cadáveres, envueltos en vestiduras áureas, se deshacían al quedar en contacto con la atmósfera.
César hacía siempre regalos de valor artístico, enviando á las señoras estatuas antiguas ó ricas joyas cinceladas por sus protegidos. Muchas damas de entonces adoraban las obras de la antigüedad.
A Miguel Ángel lo conoció de un modo extraordinario. Llegaba éste á Roma por primera vez, casi ignorado, y el cardenal Riario, sobrino de Sixto IV, enseñó al joven florentino su museo de mármoles clásicos, dándole á entender que nunca los artistas del presente conseguirían producir obras parecidas.
Fijábase Miguel Ángel en un Amor dormido que tenía un pie roto, y declaraba que dicha obra la había hecho él en Florencia, años antes, enviándola á un vendedor de Roma. Este había quebrado un pie á la pequeña estatua para hacerla pasar mejor por obra remota, vendiéndola en doscientos ducados al cardenal Riario, y no dando al artista mas que treinta.
Procedió el príncipe eclesiástico con avaricia y falta de nobleza. Al enterarse de que tan hermosa obra no era antigua, á pesar de que todos la creían así, protestó exigiendo que le devolviesen su dinero. Entonces intervino César con su generosidad de gran señor, adquiriendo la estatua por su primer precio, y guardándola algunos años. Luego la envió á Isabel de Este, que se la había pedido en repetidas ocasiones, afirmando que le sería imposible dormir tranquila mientras no la hiciese tal regalo.
Desde entonces el escultor florentino empezó á ser célebre, gracias á la intervención de César; pero éste sólo pudo verlo en contadas ocasiones, á causa de sus guerras. Miguel Ángel, poco afecto á las cosas militares, no quiso seguirle en su vida de campamento, como hicieron otros artistas.
Se apoderaba al fin de Faenza el duque Valentino, tratando amistosamente á su heroico defensor. Los dos jóvenes comían juntos y se apreciaban como hermanos de armas.
Conocedor César de los nobles sentimientos de este guerrero casi adolescente, quiso hacer de él uno de sus capitanes. Al perder Faenza y sus tierras, quedaba Astor Manfredi sin fortuna, y aceptó con agradecimiento las proposiciones de Borgia. Siguiendo al caudillo victorioso, que sólo tenía unos pocos años más que él, podría conseguir nuevos señoríos en los países que éste conquistase.
Si César hubiese querido deshacerse de Manfredi, fácil le habría sido en los primeros momentos de su triunfo. Astor se fué con él á Roma, llevando la vida alegre de un héroe joven, en una ciudad de costumbres licenciosas. Su belleza era famosa en toda Italia. Mujeres y artistas conocían de oídas al hermoso señor de Faenza, semejante á las estatuas más puras legadas por la antigüedad.
Una mañana el cadáver de Astor Manfredi apareció flotando sobre las aguas del Tíber con los brazos atados y--según decían algunos, sin poder aducir pruebas--con vestigios del mayor de los ultrajes que puede recibir un hombre. Horas después se encontraban en el río los cadáveres de otros dos jóvenes y el de una mujer desconocida. El Tíber daba estos presentes casi á diario, como testimonio de las bacanales y citas misteriosas de la noche anterior.
Inmediatamente los agentes de Venecia atribuyeron dicha muerte al duque Valentino, como si fuese el único, en aquella Roma depravada, capaz de realizar tales crímenes. Ningún interés le aconsejaba suprimir al señor de Faenza; en cambio, le convenía conservarlo á su lado para que los faenzinos, que amaban mucho á su antiguo príncipe, aceptasen voluntariamente el nuevo gobierno papal. Su única culpabilidad consistió en acceder á los ruegos de Astor, deseoso de acompañarlo á Roma para gozar sus placeres y lujos, en vez de obligarle á que se retirase á otra población, en uso de la libertad que le había concedido.
Todo lo malo de entonces, ocurriese donde ocurriese, era sabido de antemano que lo hacía César Borgia, con asombrosa ubicuidad. Igualmente le atribuían todas las demasías amorosas de los soldados á sus órdenes, los cuales no eran mejores ni peores que otros guerreros de aquella época.
Diego Ramírez, uno de sus capitanes españoles, raptaba á la bella Dorotea Caracciolo, esposa de un militar al servicio de la República de Venecia. Y sin embargo, César se veía acusado como autor directo del rapto, á pesar de que la hermosa Dorotea y el capitán español habían desaparecido y sus relaciones adúlteras databan de mucho antes. En su campaña contra Nápoles, al entrar en Capua, sus tropas italianas se llevaban cautivas á cuarenta mujeres de dicha ciudad, tal vez para exigir rescate por ellas, cosa corriente en las guerras de entonces, pues igual habían hecho los franceses con damas de la corte papal. Acto continuo, los gaceteros de Venecia y Florencia hacían circular por toda Italia la noticia de que César Borgia, en el botín de Capua, se había reservado cuarenta hermosas cautivas para llevarlas á su harén.
El capitán francés Ives d’Allegre reía de tales calumnias contra su compañero de armas, considerándolas estúpidas.
--Las mujeres--decía--no le han faltado nunca al duque del Valentinado. Tiene que defenderse de ellas, tanto es lo que le buscan, y no necesita tomarlas por la fuerza.
En aquel tiempo era imposible mantener agrupado un ejército si no se ofrecía á los soldados, de tarde en tarde, el saqueo de alguna ciudad, con todas sus consecuencias, para su diversión y provecho.
Después de haber tomado á Capua en su campaña contra Nápoles, tuvo que atender César al sitio de Plombino, confiado hasta entonces á sus lugartenientes.
Figuraba en su corte ambulante un ciudadano de Florencia llamado Nicolás Maquiavelo. La República florentina, justamente alarmada por los progresos de César, había encargado al más sutil de sus diplomáticos que le siguiese de cerca para adivinar sus intenciones. El duque, tan diplomático como él, adivinaba esta hipócrita vigilancia, comunicándole únicamente aquello que le convenía decir. De todos modos, Maquiavelo se mostraba cada vez más convencido de que este conquistador de veinticuatro años acabaría por adueñarse de Florencia y demás Estados inmediatos, creando una Italia única y compacta bajo el protectorado de los Pontífices.
Lucrecia se casaba en Roma por poderes con Alfonso de Ferrara, emprendiendo una marcha lenta hacia los Estados de su marido, seguida de majestuoso cortejo. Durante el baile con que se celebró su matrimonio en el Vaticano, mostrábase de pronto un danzarín, vestido elegantemente de negro, con antifaz del mismo color. Bailaba solo, con una maestría y una gracia que hacían retirarse á los demás, atrayendo las miradas de todos los presentes y creando en torno á su persona un silencio admirativo. A los pocos momentos lo reconocían á causa de su habilidad.
--Es nuestro César... el único César. Sólo puede ser él.
Había abandonado sus tropas, llegando á Roma en una de aquellas galopadas que duraban días enteros y eran motivo de que las gentes le viesen á un mismo tiempo en diversos lugares, muy apartados unos de otros. Bailaba algunos minutos nada más en la boda de su hermana y desaparecía tan misteriosamente como había llegado.
El Papa hacía un viaje por mar á Piombino para ver esta última conquista de su hijo, cuyo puerto y murallas reparaba Leonardo de Vinci.
Mostrábase triste Alejandro luego de la partida de su hija para sus nuevos Estados, como si presintiese que ya no la vería más. Después de las fiestas de Piombino y las conversaciones del Pontífice con Leonardo, maravillosamente experto en toda clase de materias, una horrible tempestad ponía en peligro las galeras pontificias ante las costas de Toscana.
Fué una tormenta comparable á la de treinta años antes, cuando el nuncio Rodrigo de Borja volvía de su legación de España. César y los hombres más temibles de su séquito permanecían tumbados, sin voluntad, víctimas del mareo y del terror que inspiran el mar y el viento desencadenados á los que siempre combatieron en tierra. Las tripulaciones se daban por perdidas. Sólo el Pontífice guardó una admirable lucidez, considerando los marinos esta tranquilidad sonriente como algo milagroso.
Continuó el Valentino su guerra contra los señores italianos después de avistarse en Milán con Luis XII de Francia, que le daba públicamente grandes muestras de afecto.
Uno de los _condottieri_ á su servicio, Vitellozzo-Vitelli, fingía haber abierto por su cuenta la guerra contra la República florentina, aunque en realidad trabajaba siguiendo las órdenes de su jefe. De pronto, César empezó á notar que el suelo vacilaba bajo sus pies.
Su verdadero punto de apoyo era aquel ejército siempre invencible, formado con arreglo á la táctica de los tiempos modernos que empezaba á iniciarse entonces, basada en la fuerza demoledora de los cañones y la ligereza de la infantería. Pero este ejército resultaba heterogéneo; los _condottieri_, atraídos por la buena fortuna del joven capitán, eran demasiado numerosos. César sólo podía tener fe en los dos mil ó tres mil españoles alistados bajo sus banderas.
Habían vivido siempre de hacer la guerra sus principales lugartenientes italianos, y empezaban éstos á percatarse de que el joven caudillo, de victoria en victoria, los iría devorando á ellos mismos, pues su autoridad se engrandecía suprimiendo á las antiguas familias feudales. Además, creían llegado el momento de trabajar por su cuenta, quedándose con las tierras conquistadas, y si era necesario matar á su jefe, estaban dispuestos á hacerlo. Pero César no era hombre que tardase en enterarse de un peligro inmediato.
Todos los capitanes importantes que seguían al llamado ahora duque de las Romañas entendíanse secretamente en Septiembre de 1502, provocando una revuelta de sus tropas. Los dos más prestigiosos, Ventivoglio, señor de Bolonia, y Vitellozzo-Vitelli, convocaban á los demás _condottieri_ al servicio de César, ligándose entre ellos con un juramento trágico para desembarazarse del duque.
Juntaban una cantidad de tropas tan extraordinariamente superior á las que se mantenían fieles á César, que la derrota y la muerte del jefe no parecían dudosas; mas el duque de las Romañas, admirado por Maquiavelo, era «el Príncipe» descrito por éste en su libro famoso, y supo desbaratar las maquinaciones sordas de sus enemigos, proponiéndose al mismo tiempo el castigarlos con severidad.
Acababa de tomar á Urbino, destronando á Guidobaldo su soberano, el mismo que sirvió de maestro militar al duque de Gandía. Guidobaldo, _condottiere_ de profesión, se había puesto de acuerdo con sus camaradas, conjurados contra César. Los habitantes de Urbino, enterados de las divisiones en el ejército del gonfaloniero de la Iglesia, se sublevaban contra éste, repeliendo á sus capitanes. A la vez, Pisa llamaba á César para entregarse á él en odio á Florencia, pero el Valentino no se atrevía á emprender dicha campaña después de la defección de sus lugartenientes.
En realidad, estos revoltosos temblaban ante la idea de luchar de un modo decisivo contra su antiguo señor. Además, repugnábales ir muy lejos en su indisciplina, al no sentirse sinceramente unidos entre ellos.
Entablaba César relaciones secretas con muchos de sus antiguos subordinados para dislocar de tal modo la conjuración. Vitellozzo, Paolo Orsini y Oliveretto da Ferino, que eran los tres revoltosos más tenaces é influyentes, le presentaban una serie de reclamaciones abusivas, exigiendo su inmediato reconocimiento y amenazándolo en caso contrario con una franca revuelta.
Paolo Orsini iba á buscar á César en Imola para llevarle este documento firmado por todos los _condottieri_. El duque de las Romañas aceptaba una entrevista con los más principales, y finalmente, designábase como punto de reunión la ciudad de Sinigaglia, que acababa de ser tomada por uno de sus tenientes. El gobernador aún se mantenía en el castillo de dicha ciudad, manifestando que sólo rendiría la fortaleza á César en persona, y esperaba para entregarla á que éste se presentase.
Salió César de Cesana el 26 de Diciembre. El día anterior, al amanecer, el vecindario había visto en la plaza principal el cuerpo decapitado de don Ramiro de Lorca, gobernador de las Romañas desde unos meses antes, y su cabeza clavada en el hierro de una pica.
Permaneció en el misterio esta ejecución del alto personaje español, favorito del duque. Tal vez estaba relacionada con la actitud de los conjurados. También pudo ser, como insinuó César, un castigo ejemplar por su conducta abusiva con los pueblos sometidos á su gobierno.
El 30 de Diciembre llegaba César á Sinigaglia, sin más escolta que una pequeña tropa de españoles, fieles á toda prueba, mandada por don Michelotto.
Nunca mostró tanta audacia ni tan firme seguridad en su buena estrella. Avanzó á sabiendas entre las mallas de la traición, sin guardar ninguna salida para salvarse.
La exigencia del gobernador de Sinigaglia de no entregar su castillo mas que á César era un ardid concertado con los _condottieri_ rebeldes. Estos mantenían disimuladas sus tropas á cierta distancia de la ciudad, para que el duque no sintiese inquietud, y cuando penetrase confiado en ella, con su escolta mandada por don Micalet, todo el ejército avanzaría en un movimiento envolvente, matando á César y á los españoles que lo guardaban.
Borgia, por su parte, tenía pensada otra traición como respuesta á tales preparativos. Era un duelo de disimulo y ligereza. El más audaz, el que pegase antes, sería el vencedor.
«Este descendiente de caballeros de la Reconquista española--se dijo Claudio--era por nacimiento generoso é intrépido. En todos los Borgia la franqueza y la bravura fueron condiciones naturales; pero trasladados al ambiente italiano del siglo XV, tuvieron que adaptarse á él, para poder vivir. Teniendo en torno la traición y la astucia, la mentira y la duplicidad, propias de la corte romana, en medio de eclesiásticos familiarizados con el disimulo y la perfidia, acabaron por sobresalir en esta nueva atmósfera, pues su inteligencia superior y su voluntad férrea les facilitaron dicha transformación. César, nacido en Italia y desarrollando su infancia y su juventud en el mundo papal, resultó el hombre más sutil de su época.»
Encontraba en los alrededores de Sinigaglia á Vitelli, á Paolo Orsini y Oliveretto da Fermo. Las tropas numerosas de éstos se mantenían invisibles lejos de dicha ciudad.
El jefe y sus antiguos tenientes se saludaron con falso regocijo. Los conjurados estaban seguros de que César admitiría todas sus exigencias, por la persuasión ó por la fuerza. No les seguían como escolta mas que dos pequeñas huestes: la que mandaba don Michelotto y la de Oliveretto, esta última de mercenarios italianos.
Don Michelotto marchó delante de todos al entrar en Sinigaglia, con el pretexto de que el enemigo, poseedor aún de la fortaleza, podía atacarlos de pronto. Un puente daba acceso á la ciudad, y don Miguelito, que ya tenía sus gentes dentro de ella, dejó pasar á César y á los tres _condottieri_ nada más. Luego se interpuso, é impidió la entrada de los soldados de Oliveretto, alegando la falta de alojamientos y que era mejor se instalasen en el arrabal.
Mientras Corella realizaba esta astuta maniobra, el duque y sus capitanes traidores llegaban á la puerta del caserón donde iba á instalarse aquél. Los tres intentaron despedirse; pero César los retuvo amablemente, rogándoles que entrasen en su alojamiento para continuar hablando de la toma del castillo de Sinigaglia, que debía realizarse aquella misma tarde, por rendición ó á viva fuerza. Le siguieron los _condottieri_, y el duque los abandonó en un salón, manifestando el deseo de cambiar de ropas ó con otro pretexto más natural y apremiante.
Pasaron unos minutos de espera, y la puerta de la sala se abrió, apareciendo en ella don Michelotto. Inmediatamente su gesto les hizo adivinar la emboscada en que habían caído. Los ojos del hombrecito eran los de un dogo feroz que considera inútil ladrar para morder. Hizo un ademán al grupo de españoles que le seguía, y en un instante los tres _condottieri_ se vieron amordazados y amarrados con cuerdas.
Volviendo en seguida don Michelotto su tropa contra la de Oliveretto, que había quedado en el arrabal, cayó sobre ella, matando á cuantos hombres intentaron resistirse y rindiendo á los más.
El verdadero ejército de los conjurados, que se mantenía esperando órdenes á varias millas de Sinigaglia, al saber lo ocurrido se apresuró á retirarse, no obstante estar mandado por un sobrino y un hermano de los presos. Terminada esta operación tan rápida y eficaz, el duque de las Romañas se posesionó de la fortaleza de Sinigaglia antes de que se ocultase el sol, tal como lo había prometido.
Luego de una especie de juicio muy rápido, Vitellozzo-Vitelli y Oliveretto da Fermo eran estrangulados á la mañana siguiente, en presencia de don Michelotto. César no gustaba de presidir las ejecuciones ordenadas por él. Su elegancia sólo consentía la vista de la muerte en los campos de batalla. Era el sanguinario y puntual Micalet quien atendía á estos quehaceres, inevitables en aquella época.
A Paolo Orsini, el tercer prisionero, lo guardó para conducirlo á Roma y confrontarlo con otros miembros de su familia que habían preparado una conjuración contra la vida del Pontífice. Dicha revuelta debía iniciarse en la capital tan pronto como se recibiesen nuevas de la prisión de César en Sinigaglia, ó de su muerte. Pero la noticia que llegó á Roma fué la del inesperado triunfo de César, y Alejandro VI se apresuró á encarcelar en el Vaticano á todos los de la familia Orsini, un cardenal, un arzobispo, un protonotario de la Curia y varios hombres de guerra.
Después de este golpe certero pudo completar el Valentino sus conquistas, seguido de un ejército fiel y compacto, cuyos capitanes, escarmentados por el ejemplo, no quisieron ya intentar ninguna sublevación contra su invencible señor.
Paolo y Francesco Orsini, cuya complicidad en la conjuración de los _condottieri_ era notoria, fueron ejecutados después de un proceso rápido, pero ordinario y legal.
Los Borgia, tan acusados de asesinos y envenenadores, podían haberse librado en tal ocasión de todos los Orsini, sus peores enemigos. Sin embargo, los de dicha familia presos en Roma quedaron con vida, y el único que murió en la prisión durante el proceso, el cardenal Orsini, fué sometido á toda clase de exámenes para demostrar que su muerte había sido natural, á causa de las emociones sufridas y de sus muchos años, reconociéndolo así sus parientes. Esto no fué obstáculo para que los embajadores de Venecia y de Florencia hablasen de envenenamiento, quedando visible una vez más la mala fe de estos enviados á la corte de Roma, todos enemigos de los Borgia, y especialmente de César, por sus pretensiones á favor de la unidad peninsular.
La astucia de Sinigaglia fué comentada en toda Europa con admiración. El duque de las Romañas había informado á las cortes del juicio y muerte de los culpables, así como de las medidas tomadas en Roma contra la facción Orsini. Casi todos los soberanos respondieron con cartas laudatorias.
Actos como el de César eran considerados entonces de buena guerra y excelente política. Resultaba acción brillante adivinar la traición de los adversarios y valerse de la sorpresa para desembarazarse de ellos con una traición más hábil y pronta.
Maquiavelo no pudo contener su entusiasmo ante la tragedia de Sinigaglia. Como florentino, temía al «Príncipe» que meditaba la conquista de su país; como tratadista político, lo admiraba, viendo en él una brillante personificación de todas sus ideas sobre la vida del Estado.
Y al examinar con qué serenidad y audacia se había ido prestando á las combinaciones de sus enemigos, dejándose envolver á sabiendas por su traición para sorprenderlos mejor, exclamó con un fervor de discípulo:
--¡Oh, el bello engaño!...
IV
De la conversación que sostuvo Claudio en un «dancing» y de cómo Enciso le regaló al día siguiente media estampa de los Reyes Magos de Colonia.
Repentinamente dejó de pensar en los Borgia.
De las múltiples caras de Roma sólo vió la moderna, la víctormanuelesca, calles de reciente edificación, con hoteles imitando los _palaces_ yanquis, legaciones diplomáticas, el mundo, en una palabra, que había frecuentado antes de su imprudente y escandalosa conducta en los salones de Enciso. Pasaba ahora el día entero fuera de su «villino», huyendo de la melancolía «histórica»--así la llamaba--de aquellos alrededores de la Ciudad Eterna, abundantes en ruinas y recuerdos.
Comía en un restorán donde estaba seguro de encontrar compatriotas suyos, pintores y escultores, ó varios secretarios y agregados diplomáticos pertenecientes á legaciones de diversos países de la América que habla en español (no en latín) y que el vulgo llama impropiamente América latina. Gustaba de sus diálogos alegres, sin relación alguna con las resurrecciones históricas que le habían mantenido varios días aislado en un estudio de pintor.
Sólo guardaba de dichas evocaciones un recuerdo insistente, el de la energía varonil de César Borgia, su prontitud en desembarazarse de los enemigos, su desprecio elegante y amable para las mujeres, que le proporcionaba el verse deseado por todas ellas. Y al pensar en esto último, sonreía ligeramente con una expresión--según él--semejante á la del Valentino cuando estaba preparando su terrible encerrona de Sinigaglia.
Influenciado por sus lecturas y sus meditaciones, se creyó poseedor de una parte del carácter complejo y temible de su remoto ascendiente. ¡Lástima que los tiempos actuales fuesen tan distintos á los de entonces y no permitieran el desprecio de la vida ajena y de la propia!...
De todos modos, pensaba hacer algo, sin saber con certeza qué podría ser. Iba creciendo en su voluntad el deseo de ponerse en relación con aquella señora de Pineda, de la que le hablaban muchas veces sus amigos en el restorán y en el café, como si ignorasen ó tuviesen olvidada la vida común que habían hecho ambos un año antes.
Mencionaban á Urdaneta, el general-doctor, sin acordarse nunca de Borja en sus comentarios. Esta preterición le indignó, viendo en ella un testimonio de su insignificancia. Además, le irritaba el tono de envidia con que todos ellos se hacían lenguas de la buena suerte de López Rallo, nombre de aquel diplomático sudamericano que acompañaba ahora á Rosaura en sus viajes.
No conocía personalmente á este joven, pero se lo imaginaba, sin grandes errores de apreciación, teniendo en cuenta lo que había oído á las señoras en el banquete de Enciso y lo que le contaban sus amigos de Roma al hablar con él en la _trattoria_ de artistas donde hacían sus comidas ó en el café.
Algunos de ellos aceptaban con indiferencia la fama de hombre elegante de López Rallo; otros negábanse indignados á admitir su distinción. Un escultor español amigo de Claudio protestaba de que las mujeres lo considerasen interesante.
--Un cursi--decía--, un personaje untuoso, que parece dado á todas horas de barniz. Tiene cierto exotismo en su persona; es un mulatón que alaba á sus nobles ascendientes españoles, y es posible que algún día le veamos con una corona en los gemelos de la camisa y otra en las tarjetas de visita. Lo único que admiro en él sinceramente es su monóculo.
Y todos celebraban, no sin asombro, la rara habilidad de este joven, que le permitía vivir las horas diurnas y gran parte de la noche, cumpliendo todas sus funciones vitales, sin que se desprendiese una sola vez el redondel de vidrio incrustado en una de sus cejas.
Atribuían los amigos de Claudio á este adorno ocular, detrás del cual se mostraba como empañada y moribunda una pupila gris, distinta á la otra descubierta, el agrado con que le acogían en los salones. La coexistencia de tres sangres diferentes en su organismo, «la blanca, la negra y la india», como decía el escultor, condición poco gustada en América, le proporcionaba en Europa cierto prestigio semejante al de los héroes de novelas de viajes. Además, poseía la esbeltez de cuerpo, la ligereza de miembros, la adaptación inmediata al ritmo bailable de todas las razas primitivas, viéndose buscado y admirado como danzarín.
La frivolidad de sus aficiones y su aplomo, producto de una osadía con éxito, le ayudaban á penetrar en todas partes, mirado al principio con recelo y tolerado finalmente.
--Es un hombre--siguió diciendo el escultor--que va á caza de amistades, y debe sentirse feliz cuando se acuesta habiendo sido presentado durante el día á un duque ó un príncipe. En fin, un «arrivista». Según cuentan, habla frecuentemente de su honor y su prestigio, para obligar á esa señora argentina á que se case con él. ¡Como si el muy tunante fuese una doncellita que ve en peligro su reputación!... Tal vez hace valer que su tío es ministro plenipotenciario cerca de la Santa Sede, y él no puede vivir en la irregular y pecadora situación de amancebado.
Reían todos al comentar estas supuestas añagazas de López Rallo para casarse con la rica señora, dando solidez á su incierta posición social.
Claudio conocía al tío de dicho joven, un señor López Rallo del que hablaba mucho Bustamante, apreciándolo como el mayor genio diplomático de la América de habla española. Lo había visto en los salones de don Arístides en Madrid, y una sola vez en Roma, en la Embajada de España. Este personaje ilustre pasaba ahora la mayor parte del año viajando. Su mala salud le hacía ser un alojado continuo de balnearios célebres ó de ciertas poblaciones de Suiza y Alemania donde vivían especialistas famosos en su enfermedad.
Bustamante lamentaba la decadencia de tan eminente amigo. Su silencio diplomático, célebre al otro lado del Océano, se cortaba ahora durante sus visitas con un jadeo acompañado de movimientos aprobativos de cabeza. Hablaba con lentitud, y como muchas veces la otra celebridad diplomática visitada por él era igualmente vieja y tarda en palabras y pensamientos, ocurría que las dos Excelencias iban bajando el tono de su voz y acababan por adormecerse, quedando en meditativa inmovilidad, hasta que un estrépito venido de la calle ó un ruido en la pieza inmediata los despertaba sobresaltados, continuando su pausada conversación.
--Ahora está un poco apagado--había dicho don Arístides á su antiguo pupilo--; pero hay que ver la inmensa obra internacional que lleva hecha este hombre.
La pequeña república representada por él tenía tratados con todas las naciones de la tierra, comerciales, políticos, hasta de propiedad literaria y artística, no obstante carecer el citado país de producciones de este género necesitadas de que las protegiesen. Y todo lo había hecho teniendo en cuenta la inmortalidad de su nombre, cuidándose bien de colocar al frente de cada uno de los mamotretos el título de _Tratado López Rallo y..._ (aquí el nombre del representante de la otra nación). Los tratados López Rallo y consorte eran tantos, que con ellos había formado ya unos cuantos volúmenes, impresos á costa del país que tenía la dicha de contarlo por suyo.
--En realidad, el célebre «tratadista»--dijo uno de los amigos de Claudio, en el café--es hombre bueno, y hay que disculpar su manía. Después de ajustar tantos tratados se ve tan pobre como al principio. Su patria paga mediocremente sus esfuerzos, y se mantiene gracias á su esposa, una señora buena creyente y algo mulata, orgullosa de la gloria marital. Ella es la que lo ha traído junto al Papa, pues prefiere ser diplomática en el Vaticano á ver cortes y reyes, como en su juventud. Se considera así más cerca del cielo, ahorrando camino para cuando muera. Y como López Rallo, sobrino, no tiene ninguna esperanza de heredar, ni posee otra fortuna que su exagerado _chic_ y sus habilidades indiscutibles de bailarín, busca casarse con esa señora de Pineda tan rica... No se le presentará mejor ocasión.
La había conocido meses antes en un balneario de moda, siguiendo al eminente «tratadista». Claudio adivinaba la historia de estos amores, iguales á todos los que atraen y juntan á las gentes frívolas de nuestra época. Primero la proximidad y la confianza por medio del baile; luego la cita, precedida de las vacilaciones de una voluntad titubeante.
Sintió el joven español cólera y asombro, como un enamorado que descubre de pronto la infidelidad de la mujer amada. En vano su buen sentido protestó de tal indignación, encontrándola ilógica. Era él quien había abandonado á Rosaura voluntariamente, desoyendo con tenacidad las palabras de ella, más conocedora de la vida, aconsejándole que se quedase. ¿Qué fantasmas engañadores le habían hecho adoptar esta decisión, moviéndose desde entonces con la incertidumbre de un buque abandonado? ¿De qué le servía la libertad?... Y ella, lógicamente, había seguido nuevos rumbos.
Esto último era lo que no podía admitir Borja. Irritábase su vanidad de hombre ante la idea de que Rosaura le hubiese olvidado completamente. Volvían á su memoria recuerdos íntimos, guardados en púdico secreto, cuya evocación parecía caldear su sangre. Rosaura seguía amándolo; estaba seguro de ello. Nadie podía conocer lo que había sido para él en el misterio de sus voluptuosidades. Resultaba imposible que otro hombre pudiera sustituirlo, hasta el punto de borrar por entero su recuerdo. ¡Quién sabe si le tenía presente en su imaginación á todas horas y por orgullo se sacrificaba, fingiendo ignorar su existencia!...
Presentándose de pronto ante ella todo cambiaría en un momento. Viéndole renacería en su memoria el misterioso pasado. Sólo se ama una vez con honda pasión, que hace llevadera la esclavitud y gratas las abdicaciones de la dignidad.
Sentía además una fiereza sexual, comparable á la petulancia orgullosa que muestran los machos entre los seres irracionales. Esta mujer había sido suya, y al verla de otro, cegábale la cólera egoísta del que defiende su propiedad.
Lamentó no llevar un puñal al cinto como César Borgia. Las costumbres modernas le parecieron despreciables con su dulzura de vivir y las cobardías que ésta impone. Juzgó preferible aquella época del Renacimiento, en la que no se respetaba otra ley que el propio deseo, muriendo todos jóvenes y hartos.
Dos veces llegó, al atardecer, frente al gran hotel donde estaba alojada Rosaura. Podía verla en el _dancing_. Era su hora. Pero acabó por huir, sintiéndose poco después avergonzado de su indecisión.
Otro día, en vez de quedarse titubeando ante la portada del lujoso hotel, entró decididamente, llegando al salón donde bailaban numerosas parejas.
Empezaba á marcharse el público, y tuvo que atravesar la corriente adversa de damas que se envolvían en sus abrigos para salir ó conversaban entre ellas, caminando con lentitud en busca de sus vehículos.
Siguió avanzando hasta los amplios corredores casi desiertos inmediatos al gran salón. Sonaba la música más intensamente al haber bajado de tono el susurro de las conversaciones, aumentándose la sonoridad de techos y muros.
De pie, junto á una de las puertas, paseó Borja su mirada por todo el centro del salón. Hecho extraordinario para él: vió á Rosaura, sin conseguir reconocerla en el primer momento. Bailaba con un joven más alto que ella, de palidez exótica, los cabellos negros y lacios echados atrás, un tipo de mestizo esbelto, llevando un monóculo en su ojo izquierdo. Este hombre fué quien se la hizo conocer. Luego sus ojos se familiarizaron con la adorada imagen, hasta el punto de no ver más al que bailaba con ella.
Ahora la conocía demasiado; la iba desnudando con sus ojos; la contemplaba en su imaginación lo mismo que muchas noches en aquel dormitorio de la Costa Azul, junto al Mediterráneo obscuro, partido por el reguero triangular de plata viva desprendido de la luna, viendo el ébano de sus sombras enlazadas y casi desnudas proyectándose sobre el mosaico de la terraza inmediata con barandas de flores.
La argentina no adivinó su presencia. Sólo tenía ojos para su danzarín y para las otras gentes, á las que saludaba con su sonrisa, por encontrarlas todas las tardes en aquel mismo lugar.
No existía entre los dos la menor relación telepática. En otros tiempos, aunque estuviese vuelta de espaldas, adivinaba Rosaura inmediatamente su proximidad. Ahora los envíos misteriosos de su voluntad y de su recuerdo caían inertes á pocos pasos de él, como proyectiles faltos de impulso.
Le pareció el ambiente de una engañosa fluidez: sólido, duro, impenetrable, y al mismo tiempo, claro como una masa de cristal. Tales fueron su decepción y su desaliento, que sintió deseos de huir, como en las tardes anteriores, cuando llegaba hasta la puerta del hotel. Su pasado estaba muerto y bien muerto. El lo había suprimido voluntariamente. ¿A qué insistir, buscando una resurrección imposible?...
Calló la música, y este accidente sin importancia pareció clavar sus pies en el suelo. Tuvo vergüenza de marcharse, como si sólo pudiera hacerlo aprovechando el baile de ella, cuando ignoraba aún su presencia. Si huía, este danzarín del monóculo iba á enterarse tal vez de su fuga. Necesitaba seguir allí.
A pesar de que López, al cesar el baile, se alejaba de la señora de Pineda, saliendo del salón por otra puerta, Claudio no pensó en moverse. Iba á volver muy pronto, lo había adivinado en su gesto. Luego sintió inquietud, casi pavor, al ver que Rosaura venía hacia él.
Después de haber deseado tanto este encuentro, la vió aproximarse cada vez más grande, como si hubiese crecido monstruosamente en un año de ausencia. De nuevo quiso huir, pero le inmovilizó la triste certeza de que esta mujer avanzaba sin reconocerlo, como si fuese uno de los muchos curiosos ó huéspedes que se situaban en la galería principal, entre el vestíbulo y el salón.
Pasó sin mirarle, sin la menor inquietud nerviosa que le hiciese adivinar su persona. Iba sin duda á dar alguna orden á los empleados que estaban en el vestíbulo ó á la oficina directora del hotel.
Siguió adelante, serena, con el andar gallardo de siempre, y únicamente se estremeció al sonar á sus espaldas la voz de Borja.
--¡Rosaura!...
También ella vaciló un poco antes de reconocerle, pero su duda fué más corta.
Palideció, é inmediatamente aquella sonrisa que tanto conocía Claudio, la sonrisa amable é hipócrita «para las amistades», así como su voz que él había comparado muchas veces á las vibraciones del cristal golpeado por una perla, parecieron esparcir por su rostro un arrebol de amanecer alegre.
--Borja... ¡Es usted!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?
Y le tendió una mano afable y blanda, como á cualquier amigo falto de interés para ella.
Usaba el «usted» á pesar de que estaban solos, acogiéndolo cual si se hubiesen visto semanas antes en otra ciudad. Un encuentro de hotel, ni más ni menos.
El la tuteó, suprimiendo el pasado, como si sólo les separasen unos días de su vida común en la Costa Azul; lo mismo que dos amantes después de una divergencia pasajera, cuando se buscan para la reconciliación.
Al evocar Claudio en los días siguientes este encuentro, le era imposible reconstituir con exactitud lo que había dicho. Sólo conseguía acordarse de que ella le escuchaba en silencio, mirándole fijamente, con gesto de extrañeza, apreciando sus palabras como algo inesperado, molesto é inquietante.
Callaba Rosaura, adivinando la conveniencia de no oponer ninguna respuesta capaz de enardecerle. Era mejor dejar libre el curso de su catarata verbal, que sonaba con una continuidad sorda de confesión y arrepentimiento. De este modo se agotaría esparciéndose sobre una llanura silenciosa, limpia de obstáculos.
Lo único que recordaba Borja era su tono de enamorado humilde que vuelve é implora perdón. Se cumplían las amenazas de la Venus de la Costa Azul, cuando él la había pedido que le dejase partir. Tornaba como un pordiosero. Le era imposible continuar existiendo sin la limosna de su amor. Estaba arrepentido de su locura... De no encontrarse los dos en una galería de hotel, se hubiese arrodillado á sus pies.
--Di que me perdonas... Mírame con ojos misericordiosos. Tómame otra vez. Ahora me doy cuenta de que estoy solo en el mundo. Te necesito como amante, como amiga, como hermana. Al verte comprendo lo que he perdido. Lo veo mejor que hace media hora... Di que me perdonas... ¡Habla!... Insúltame si te place... pero no calles, no sonrías... ¡Ay, tu silencio!
Y ella habló al fin, con frases entrecortadas, alzando los hombros, sin dejar de sonreir.
--¿Qué puedo decirle, Borja? Usted se fué... usted lo quiso. No iba yo á esperar toda mi vida la hora en que se le ocurriese volver. Creí que me había olvidado para siempre. Los hombres como usted se aburren de todo... ¡hasta de la felicidad!
--Yo te he escrito muchas veces...--dijo él apasionadamente, intentando coger sus manos--. Luego un sentimiento inexplicable de vergüenza me hacía romper mis cartas.
Ella contestó, repeliendo aquellas manos audaces y cálidas:
--También yo he roto, tal vez, muchas cartas... Pero esto debió ser al principio, cuando aún me dolía la separación... Afortunadamente, tenemos en nosotros dos fuerzas que nos ayudan á vivir: el olvido y la esperanza; lo que necesitamos para suprimir el ayer y para hermosear el mañana... Lo pasado ya es irremediable. ¿Por qué se empeña, Borja, en resucitar lo que mató usted mismo?... Siga su camino y sea feliz.
Hizo una pausa, añadiendo poco después, como si intentase consolarlo:
--Me han dicho que al fin va usted á casarse con Estela Bustamante. Yo también pienso casarme... no sé cuándo. Tal vez sea algo repentino, que sorprenderá á la gente.
Volvió Borja á hablar con voz sorda, pero ahora su tono era amenazante... Sólo él podía ser su esposo. Considerábase con mayores derechos que todos los hombres. Hasta aquel Urdaneta, á pesar de su leyenda de bravucón, le había cedido el paso. Y formuló promesas de muerte contra todo el que intentase despojarlo de lo que apreciaba como suyo.
Esta despótica pretensión irritó á Rosaura.
--¡Y yo no cuento para nada!--dijo--. ¿Cree que á mí se me deja y se me toma sin consultar mi voluntad, como hacen en los barrios bajos los galanes de gorra y navaja con sus pobres hembras?... Siempre ha sido usted, Borja, un hombre demasiado original en sus afectos. Eso interesa al principio, luego resulta una calamidad... Reconozco que puede ser usted un amante adorable, pero ¡qué marido!... A su lado es imposible la calma. Nunca se sabe de dónde soplará el viento. Y yo, amigo mío, me voy haciendo vieja. Necesito verme querida por mí misma, sin sufrimientos ni sacrificios para mantener la pasión del otro. Me va gustando tener un esposo, no un amante, y usted, Borja, puede serlo todo menos marido de una mujer como yo... Con una jovencita que le adore hasta la ceguera y no conozca sus defectos, marchará usted bien. ¡Pero conmigo, que siempre me vi buscada, no tolerando ninguna dominación de mis enamorados!... Usted es el único con quien me mostré un poco blanda, y reconocerá que me fué muy mal.
De toda esta palabrería, lo que más irritó á Claudio fué la continua alusión que hizo ella á la posibilidad de casarse. Adivinaba el trabajo envolvente del llamado «hombre del monóculo», inculcándola la idea de dar una forma legal á sus amores.
Este danzarín mostraba mayor habilidad que el general-doctor, tal vez por ser más joven que Urdaneta y que el mismo Borja. Las mujeres cercanas á la madurez acogen con una irreflexiva supeditación el ascendiente de la juventud.
Mostró Claudio una agresividad helada y cruel al hablar de este hombre que tanto influía ahora en ella; un _snob_ medio indio, medio negro, ignorante, sin otro talento que el de llevar bien un tercer ojo de vidrio y mover rítmicamente los pies. Nunca estaría tranquila á su lado; bailaría con todas.
Se apresuró Rosaura á interrumpirle con acento de seguridad.
--Bailará conmigo nada más--dijo sonriendo--, ó no bailará con nadie cuando nos casemos. Vamos á cambiar de existencia. Usted no se acuerda de que tengo hijos, y debo dedicarme á ellos, diciendo adiós á esta vida de joven que llevo ya demasiado tiempo.
Luego sintió lástima ante la tristeza de su antiguo amante.
--¿Y así puede olvidarse todo un pasado?--preguntó él con voz temblorosa--. ¿Nada de nuestra antigua felicidad perdura entre nosotros?...
Rosaura habló en el mismo tono, melancólicamente.
--Fué un sueño... un sueño nada más. Olvídelo.
Y con emoción sincera, cual si no pudiese mirar de frente los días ya perdidos, añadió en voz baja, como hablándose á sí misma:
--Un sueño nada más... un sueño hermoso. ¡Ay! ¿quién no ha soñado?...
Luego miró en torno con azoramiento, adivinando una presencia inquietante, y empezó á balbucear:
--Déjeme, Borja. Otro día conversaremos más despacio... Nos veremos tal vez en casa de Enciso. Ahora hay que separarse... La gente se fija en nosotros. ¡Adiós!... ¡adiós! Hasta la vista.
Hablando maquinalmente, como atolondrada, intentó alejarse hacia el vestíbulo. Pero al irse le había ofrecido una de sus manos, y él la guardaba entre las suyas, impidiendo que se marchase.
Por instinto miró en torno, lo mismo que ella. El «hombre del monóculo» estaba á pocos pasos, apoyado en una columna, haciendo gestos de impaciencia. Al verse sorprendido por los ojos de Borja, miró á éste con fijeza agresiva.
Claudio sintió una furia algo pueril, ocasionada por el brillo de aquel disco de cristal, que juzgaba insolente. Se dió cuenta de que si no había visto hasta aquella tarde á López Rallo, éste le conocía desde mucho antes, no pudiendo explicarse cuándo ni cómo. Indudablemente estaba celoso de él. Lo consideraba el único capaz de estorbar su tranquilidad de amante y sus posibilidades de convertirse en marido.
Después de las miradas que se cruzaron entre ambos, creyó Rallo necesario el aproximarse con una amabilidad fría, dirigiéndose únicamente á la viuda de Pineda, fingiendo no ver al otro, como si le considerase indigno de su atención.
--Señora, la están esperando. Si usted me permite...
Y la ofreció un brazo, lo mismo que si hubiesen terminado un baile y la volviera á su asiento.
Intentó Rosaura apoyarse en dicho brazo, pero no pudo conseguirlo. Algo inesperado, bárbaro, al margen de las convenciones de la vida social, cortó su acción.
Claudio había vacilado un poco ante el inesperado avance de este hombre. Luego creyó que estallaban de pronto todas las bombillas de las lámparas inmediatas, esparciendo llamas en el ambiente hasta hacerlo de fuego flúido. ¡Puñal de César Borgia! ¡Apasionada brutalidad de una vida de acción, más allá de las cobardías de nuestra existencia civilizada y dulce!... Y sin decir palabra, sin el más leve murmullo de cólera, levantó su diestra, abofeteando al hombre que tenía delante.
Su mano realizó el prodigio inútilmente esperado por los admiradores de la estabilidad de aquel monóculo que parecía sujeto con tornillos á la arcada de la ceja. Por primera vez se desprendió el redondel de vidrio de su marco, cayendo al suelo con un retintín que amortiguó el espesor de la alfombra.
Sintióse desarmado su portador. Luego se inclinó para recobrarlo, y una vez vuelto á su lugar, responder á la agresión, luchando cuerpo á cuerpo. Pero Rosaura se interpuso entre los dos, fijando en Borja unos ojos iracundos.
Esta mirada abatió instantáneamente su cólera. ¡Ay! ¡Qué interés el suyo por un personaje que él creía grotesco!...
No pudo seguir sus reflexiones. La hermosa viuda tiraba de su futuro esposo, y éste dejábase conducir sin esfuerzo, llevando en la diestra un cartoncito blanco.
Adivinó Claudio que era una tarjeta suya. De no ver el pequeño cartón, no lo habría creído. Tal vez acababa de darla, accediendo á una demanda de su adversario. También podía ser que hubiese repetido inconscientemente una acción tantas veces vista en las situaciones más dramáticas del teatro y el cinematógrafo.
Salió del _palace_ con aparente tranquilidad. Nadie se había enterado de lo ocurrido. Era la hora anterior á la comida, la más solitaria en todo hotel de lujo, cuando ha cesado el baile y los huéspedes están en sus cuartos, cambiando de vestimenta para bajar al comedor.
Comió Claudio en su _trattoria_ con más apetito que otras veces.
--Me he desahogado--musitaba--. Esto hace bien, digan lo que digan.
Y apreció con cierto orgullo la torpeza de su muñeca un poco tumefacta, como prueba del vigor de su bofetada.
Aquella misma noche, estando en su tertulia habitual, se presentaron dos señores para hablar con él. Venían de su «villino», y el criado italiano, conocedor de las costumbres diarias de Borja, los había enviado al café. Eran los representantes de don Rodolfo López Rallo.
Los presentó Claudio á su amigo el escultor, quedando citado éste con ellos para la mañana siguiente. Necesitaba buscar en seguida á un amigo suyo y de Borja, militar, agregado á la Embajada española, no á la de don Arístides Bustamante, sino á la otra, á la acreditada en el Quirinal, cerca del rey de Italia.
Cuando el joven acababa de levantarse, al otro día, un automóvil se detuvo ante su casa. Poco después vió entrar á don Manuel Enciso, sorprendiéndole en mitad de los cuidados higiénicos de su persona, sin miramiento alguno, como si un suceso de inmensa importancia hubiese suprimido todos los escrúpulos corteses y las fórmulas de buena educación, de las que vivía esclavo el diplomático.
--Lo sé todo--dijo con voz dramática, imitando lo que tantas veces había oído desde su palco en parecidas situaciones.
Uno de los padrinos de López Rallo era el nuevo secretario de su Legación, que acababa de llegar á Roma, y al que no conocía Borja. Por él se había enterado el plenipotenciario de lo ocurrido.
En el primer momento se opuso á que alguien de su casa interviniese en un duelo, cosa prohibida por las leyes de la Iglesia. Era un diplomático católico y no podía incurrir en tal pecado. Pero el joven había hecho constar los deberes del compañerismo, el apoyo que se deben las gentes de la «carrera». Se encontraba en la misma situación que los guardias nobles del Papa, incapaces de dejar impune una ofensa cuando van de uniforme, no obstante ser considerados como militares imbeles. Y Enciso acababa por aceptar las objeciones de su subordinado.
Un interés novelesco parecía enardecer desde dos horas antes la existencia del diplomático-artista. No contento con permitir que su secretario se mezclase en dicho asunto, interesábase por sus resultados, visitando á los dos adversarios.
López Rallo era sobrino del autor de tantos monumentos del derecho internacional. A Borja lo apreciaba no menos, á causa de su apellido y por su antiguo tutor don Arístides Bustamante, aunque ambos viviesen ahora algo separados.
Consideraba inútil hacer gestiones de mediador entre ambos contendientes. Había visto al «hombre del monóculo». Se mostraba irreductible. Quería matar ó que lo matasen. Aquella agresión en presencia de la señora de Pineda le hacía intolerable una vida sin venganza.
La frialdad burlona de Claudio al hablar de su rival le convenció igualmente de la ineficacia por esta parte de toda mediación amistosa.
--¡Ah, las mujeres!... ¡Qué cosa tan terrible el amor!--dijo con falso acento de protesta.
En el fondo de su ánimo, este padre de familia admiraba las violencias y escándalos que acompañan al amor, y parecía contentísimo de intervenir en un lance de la vida real, semejante á los que había conocido hasta entonces únicamente en los libros.
Consideraba lógico que dos hombres quisieran matarse por aquella hermosa viuda, hacia la cual se volvía su recuerdo muchas veces. Todas las mujeres de vida interesante que provocaban batallas entre los hombres ó eran motivo de sus lágrimas, heroínas de teatro y de libro, le hacían pensar inmediatamente en la señora de Pineda. Era para él una concreción de cuantas aventuras y caprichos alegran la existencia humana y la amargan á un tiempo, embelleciendo su natural monotonía. El también, de no ser quien era, habría acabado por hacer locuras, lo mismo que estos jóvenes que le inspiraban una envidia mansa.
--Estoy en relaciones--dijo--con los cuatro testigos que preparan el encuentro. Hasta les he ayudado un poco con mi influencia.
Había conseguido el permiso necesario para que el duelo se efectuase en un jardín, cerca de Roma, propiedad de una princesa austríaca, que ahora tenía embargado el gobierno de Italia, pero exigiendo á los padrinos la más absoluta discreción.
--Que nadie sepa nada. Imagínese usted si en el Vaticano llegaran á enterarse de estas cosas... ¡Un ministro plenipotenciario cerca de la Santa Sede!...
El encuentro iba á realizarse aquella misma tarde. Como él no había presenciado nunca un duelo, deseaba aprovechar la ocasión.
--Les veré sin que ustedes me vean--siguió diciendo--. Me he preparado un escondrijo de acuerdo con el hombre del jardín. No pasará nada grave; me lo dice el corazón.
Esta tranquilidad permitió al buen Enciso mostrarse algo jactancioso en sus apreciaciones sobre el próximo combate. Hubiese preferido un duelo á espada. Aborrecía las armas modernas. La pólvora, según él, había acabado con la poesía de la Historia.
--Además, ya sabe usted, amigo mío, que soy un cardenal del Renacimiento, nacido con cuatro siglos de retraso; uno de aquellos cardenales aseglarados como nuestro Rodrigo de Borja, que se presentaban en las fiestas con espada al cinto, botas altas y plumas en el gorro. La pistola no me parece de mi época; pero debemos resignarnos á los usos de los tiempos de ahora, ya que en ellos vivimos.
Era López Rallo quien había exigido esta arma, creyéndola más eficaz para suprimir á su enemigo. De un combate con armas blancas podían salir, uno ú otro, sin mas que un simple rasguño.
--Dicen que es gran tirador...--continuó Enciso--. A usted también lo creen experto en la pistola y otras armas... Por suerte, yo tengo la corazonada de que no correrá sangre, y nunca me equivoco en mis presentimientos.
Recibió Claudio con gestos despectivos esta afirmación de la habilidad de su adversario. Le parecía bien la pistola. Recordaba sus ejercicios en Madrid, durante varios años, amaestrándose en el uso de diversas armas.
--Hace tiempo que no tiro--dijo--, pero le aseguro que al primer disparo le partiré de un balazo el monóculo. Téngalo por indudable.
Se alarmó Enciso ante esta afirmación, dicha con una sinceridad que le parecía terrorífica.
--No, amigo mío; usted no hará eso. Usted va á limitarse á tirar sin mala intención, y el otro hará lo mismo. Yo se lo exigiré, y me obedecerá. Deben ustedes salir del paso como buenos caballeros, y luego... ¡ya veremos! Hablaré á esa señora para que resuelva las cosas á gusto de todos... no sé cómo.
Después de dudar unos segundos, comprendiendo la inutilidad de su última promesa, se apresuró á añadir:
--Lo importante es lo inmediato, lo que ocurrirá dentro de unas horas.
Tomó cierto aire solemne mientras sacaba de un bolsillo interior de su chaqué un pequeño sobre de los que sirven para tarjetas.
--Va á prometerme, amigo Borja, que guardará esto en el traje que lleve esta tarde. Es el ruego de un hombre que sabe de la vida más que usted... No me pregunte. Obedezca.
A pesar de su tono de mando, se notaba en don Manuel un deseo vehemente de ser interrogado acerca del misterio del pequeño sobre.
Claudio lo mantuvo en su diestra, preguntando con su mirada, antes de guardarlo, y el diplomático se decidió finalmente á revelar su contenido.
Era la mitad de una estampita representando á los Reyes Magos tales como los conservan en la catedral de Colonia. Todo el que llevase este santo papel encima de su cuerpo no podía morir de muerte violenta. Sin duda, en su visita al otro combatiente, le había regalado la primera mitad del sacro fetiche.
--No sonría usted, Borja. Un cardenal alemán, muy sabio y gran amigo mío, me ha hecho conocer infinitos milagros de esta estampa; un varón eminentísimo, incapaz de mentir... No se extrañe de que yo lo crea, á pesar de que soy hombre mundano, «demasiado artista», como dice de mí el tío de su adversario.
Luego adoptó cierto aire pedantesco, para añadir:
--«Existen entre el cielo y la tierra muchas cosas misteriosas que los hombres ignoramos...» Ya sabe usted quién dijo esto, mejor que lo digo yo.
Claudio hizo esfuerzos para mantenerse serio al oir que el gran Enciso citaba á Shakespeare con el deseo de probar la fuerza milagrosa de una media estampa de los supuestos Reyes Magos de Colonia.
Al darse cuenta el diplomático-artista de este asombro de su oyente, añadió con modestia, como si se excusase:
--Inútil reirse de mí. Ya le he dicho que soy de otra época: igual á aquellos personajes que creían á la vez en la Virgen María y en Venus, llevaban sobre el pecho un medallón con la hostia consagrada y se entregaban á la astrología y la magia. Siendo grandes pecadores, no dudaban un momento del poder de Dios y la existencia de la vida eterna... Le repito que soy el último cardenal del Renacimiento, con mujer y cargado de hijos, lo mismo que muchos de ellos... pero todos hijos legítimos.
V
El ocaso y la muerte
Envolvía á Claudio Borja una sensación de paz interior, de indiferencia para cuanto le rodeaba. Era á modo de una brisa refrescante, venida del infinito sólo para él, no pudiendo gozar nadie más su soplo.
Recordaba lo ocurrido veinticuatro horas antes, con el relieve de los hechos recientes. Veía árboles de obscuro follaje limitando el semicírculo de una planicie cubierta de hierba con florecillas. Ante sus ojos, López Rallo, vestido de negro, con el cuello de su chaqué subido, cual si cayese sobre él una lluvia invisible, el codo en escuadra, la diestra cerrada y en alto, sirviendo de remate á este puño una gran pistola.
Claudio estaba en la misma actitud, y á sus espaldas existía indudablemente una arboleda igual á la otra. Enciso debía mantenerse oculto en algún macizo de verdura, jadeante de emoción.
Sonaban tres palmadas, y una voz repetía dichos golpes de manos numerándolos. Los dos bajaban el brazo hasta ponerlo horizontal.
El quería matar, más por egoísmo que por verdadera cólera. Necesitaba desembarazarse del «hombre del monóculo». Y aprovechó un breve intervalo entre las tres palmadas para rectificar su puntería, buscando el brillo de aquel redondel de vidrio, que el otro había conservado por petulancia tal vez.
Oyó el tiro de la pistola que tenía enfrente, un ruido muy lejano, y apretó el gatillo de la suya; mas no pudo escuchar su detonación. En el mismo instante sintió un golpe en la parte alta de su pierna derecha, una contusión, que le hizo recordar la que había sufrido, siendo pequeño, al recibir cierta pedrada en una contienda con otros de su edad.
Se le ocurrió que el proyectil de su enemigo había chocado en el suelo, levantando un guijarro que rebotaba hasta él. No podía ser una herida. Se mantuvo de pie, sin sentir que le abandonasen sus fuerzas, rígido y bien plantado, dispuesto á continuar el combate. Los padrinos les entregarían nuevas pistolas para que prosiguiese el lance. El accidente carecía de importancia.
Lo único que le pareció raro fué el calor de dicha piedra, cuyo contacto resultaba cáustico, igual á una quemadura.
De pronto vió correr hacia él á los cuatro padrinos, á los dos médicos, al encargado del jardín y otras personas que habían estado ocultas presenciando el encuentro. Hasta el plenipotenciario Enciso surgió de entre unos árboles, pálido, alzando las manos á impulsos de su emoción. Todos habían visto vacilar á Claudio, inclinándose á su derecha, sin que él se diese cuenta de ello.
Como si aguzase sus sentidos esta convergencia general hacia el lugar ocupado por su persona, empezó á percatarse de que algo húmedo iba deslizándose á lo largo de su pierna, brotando de la contusión producida por la pedrada caliente. Era sangre que manaba de un orificio repentinamente abierto en su pantalón, más abajo de la cadera derecha.
Todos estos hombres se lo llevaban, quitándole la pistola, sin escuchar sus deseos de proseguir el combate. Tampoco entendía en realidad sus palabras. Vió solamente en torno á su rostro gesticulaciones, ojos inquietos, y escuchó frases que le parecían faltas de sentido.
Pretendieron llevarle en alto, pero Claudio los rechazó, marchando fácilmente por sus propios pies. Una nueva fuerza le hacía invulnerable para el dolor. La pierna herida la consideraba como si fuese de otro, pareciéndole cada vez menos sensible.
Luego se veía acostado en una pobre cama, la del jardinero. Los testigos permanecieron junto á la puerta, dejando así más espacio á los dos médicos, que trabajaban en torno á él, después de haber bajado sus pantalones, para apreciar la herida.
Se dió cuenta de que su cuerpo estaba perforado por un nuevo agujero. Percibió contactos metálicos en la carne rota, pero ningún dolor que resultase intolerable.
Oyó exclamaciones de asombro, y tendido como estaba, no pudo ver los rostros de los que las proferían. Tal vez eran de horror ante la enormidad de aquel desgarrón que apenas si le causaba más daño que un simple pinchazo. Las heridas de muerte inmediata debían ser así.
Un dolor más agudo. Los médicos le hacían una incisión en la parte interior de la pierna, y sintió repentinamente un grato aligeramiento, comparable al del que pierde una muela cariada. El redondo proyectil le había atravesado el muslo, quedando junto á la piel, y los operadores acababan de extraerlo fácilmente por el extremo opuesto.
--Es lo que llamamos nosotros una herida de suerte--dijo el oficial español que le había servido de padrino.
Todos se acercaban á la cama con la confianza de la tranquilidad. Daban explicaciones los médicos hablando de arterias, músculos y huesos que podía haber fracturado la bala.
--Unos cuantos milímetros á la derecha, tal vez uno nada más, y la herida sería gravísima.
Al levantar Borja su cara pálida y sonriente, vió á Enciso en la puerta, mirando á lo alto con devota expresión. Movía la cabeza y hablaba al mismo tiempo con cierta incoherencia para los demás.
--¡Y luego dicen!... ¡Y todavía hay quien duda!...
Le vendaban la pierna, esparciéndose un fuerte olor de drogas antisépticas, é iba por su pie hasta el automóvil, situado frente á la casa del jardinero.
--Esto no es nada--dijo sonriendo.
Los cuatro padrinos le hablaron con cierta timidez. Su adversario lamentábase de lo ocurrido y olvidaba la ofensa recibida. Quería estrechar su mano. Claudio dejó de sonreir é hizo un gesto como si repeliese á un insecto invisible: «¡Ah, no!»
Le parecía ridícula tal proposición, y pasaron por su memoria como personajes simpáticos César Borgia seguido de don Michelotto. ¡Estos eran hombres!... Representaban la brutalidad de la existencia humana con todo su esplendor trágico, sin hipocresías.
Entretanto, Enciso iba diciendo á sus espaldas:
--Indiscutiblemente, un milagro... ¡Un verdadero milagro!
El médico de Borja contestaba, asintiendo con movimientos de cabeza:
--Herida asombrosa, mas no por eso hay que descuidarla.
Anunciaron á Claudio que le acometería la fiebre al cerrar la noche; pero no sufrió la menor alteración en su temperatura, mientras conversaba con todos los amigos del restorán, venidos á visitarle.
Sonaba con frecuencia la campana de la verja de su jardincito. Todas las gentes que había tratado en comidas y bailes cuando estaba en buenas relaciones con el embajador Bustamante venían á dejar su tarjeta y preguntar por su salud. Su duelo era en aquellos momentos tema de conversación en hoteles y legaciones.
Durmió con un sueño normal, como si nada le hubiese ocurrido, sin otra sensación extraordinaria que un fuerte cosquilleo en la herida y un hedor de drogas saturando su dormitorio. El médico que le había examinado la noche anterior, asombrándose de su falta de fiebre, vino á despertarlo á media mañana, seguido de Su Excelencia Enciso de las Casas.
Recibió el herido á éste con un gesto burlón.
--Anoche pensé que de poco me ha servido su estampita de los Reyes Magos.
El otro levantó las manos al cielo. ¿Y aún dudaba del prodigio?... Gracias á su precaución, la bala había atravesado nada más que los «tejidos blandos» de la pierna, como decían los médicos, sin tocar algo esencial que representase un peligro grave.
--Crea usted, amigo mío, que en el primer momento sufrí un gran susto. Anoche todavía estaba impresionado, y hablé de ello con... ciertas personas amigas. En realidad, es ahora cuando me convenzo de que no pasará nada, después de oir las explicaciones del doctor.
Y el médico italiano, complacido de que tan importante personaje diese fe á sus palabras, continuó hablando de la herida. Se mostraba maravillado del vigor del joven, de la fuerza de sus tejidos para rehacerse. En pocas semanas quedaría completamente cerrado aquel orificio de la pierna, sin más que una ligera señal. Podía caminar en aquel momento sin dificultad, cojeando ligeramente, pero resultaba preferible que guardase reposo. Esto facilitaría la cicatrización.
Pasó la tarde solo. Le cansaba recibir visitas, hablando horas y horas con aquellos amigos que venían á su estudio como á un café, llenándolo de humo con sus cigarrillos, conversando siempre del lance y de su adversario.
Estando á solas volvía á caer en aquella tranquilidad sobrehumana que le hacía ver los sucesos recientes como si fuesen lejanísimos. El «hombre del monóculo», y hasta la misma Rosaura, los creía personajes imaginarios conocidos en una novela, cuyas formas vagorosas podía cambiar al capricho de su pensamiento.
Indudablemente existían, pero ¡le interesaban ahora tan poco!... Su voluntad parecía haberse paralizado desde que recibió en una de sus piernas la pedrada caliente.
Con el deseo de entretener estas horas solitarias, buscó sus libros favoritos, abandonados varios días sobre una mesilla árabe del estudio.
Otra vez se puso en contacto con la vida de cuatro siglos antes. César Borgia, que había atravesado su imaginación en el momento de sentirse herido, volvía á buscarle con su fiel y terrible don Micalet.
Empezaba la hora del ocaso para «nuestro César». Iba á ser vencido por las misteriosas é inesperadas combinaciones de la suerte en el momento que se veía más poderoso.
Algo semejante á lo que acababa de ocurrirle á él, recibiendo una herida «estúpida» precisamente cuando se creía más seguro de meter una bala en el ridículo disco de cristal ostentado por su adversario.
«La vida es ilógica--pensó--, y por eso no la dominamos nunca.»
En Julio de 1503 únicamente tenía que hacer el duque de las Romañas un paseo militar por los territorios de la Iglesia, afirmando para siempre la potencia temporal del Pontificado y su propia autoridad. Sólo le quedaban por conquistar unos pequeños feudos de los Orsini, trabajo fácil que había dejado para el último momento.
Cada vez veía más segura su gran empresa de la unificación de Italia. Cierta parte de la Toscana, Perusa, Piombino y las islas de Elba eran ya suyas. Pisa le llamaba, admirándolo como un salvador. Siena no quería defenderse de él. Florencia estaba convencida de que fatalmente acabaría por pertenecer á este capitán invencible.
Después de incorporar la Toscana á los Estados pontificios, podría apoderarse del Milanesado y la República de Génova, donde no le faltaban amigos, atacando finalmente al mayor de sus adversarios, la República de Venecia, poco temible y vulnerable en una guerra terrestre. Terminadas tales conquistas, el reino papal recogería sin dificultad, como frutos maduros, Nápoles y Sicilia, siendo las avanzadas en el Mediterráneo de esta Italia borgiana Córcega y Cerdeña.
Un plan tan vastísimo no podía realizarse durante el pontificado de su padre, que ya contaba setenta y dos años; pero él sólo tenía veintisiete, y recordando las grandes victorias conseguidas en los últimos tres años, bien podía forjarse la esperanza de triunfar antes de la madurez de su vida.
Para ser el verdadero soberano de esta Italia unificada bajo la Iglesia, había ido preparando un Sacro Colegio de cardenales adictos, italianos y españoles. Después de la muerte de su padre, él sería el jefe de los consistorios, eligiendo á su gusto á los futuros Pontífices, y éstos se circunscribirían á ejercer el poder espiritual, delegando en su persona todas las funciones temporales.
«Mas César, siempre vencedor hasta entonces--se dijo Claudio--, ignoraba la existencia del microbio, y unos cuantos gérmenes palúdicos bastaron para derribar de un solo golpe la naciente y famosa dinastía de los Borgia.»
Mantenían las lagunas cercanas á Roma, con sus nubes de mosquitos, la fiebre palúdica todo el verano, matando diariamente centenares de personas.
Se quejaba el Papa, el 12 de Agosto, de un acceso de fiebre; el 16 y el 17 lo sangraban copiosamente, dándole varios brebajes algo extravagantes dignos de la medicina de entonces; y el 18, considerando cercano su fin, se confesaba y pedía la comunión, haciendo que celebrasen una misa junto á su lecho. Al terminarse ésta, sentía venir la muerte; al anochecer le administraban la extremaunción, y fallecía pocas horas después, rodeado de sus domésticos, casi todos españoles, y de algunos cardenales de igual nacionalidad.
César Borgia no podía visitar á su padre. El también estaba enfermo, casi agonizante, en otro piso del Vaticano, encima de la habitación mortuoria del Pontífice.
Era igualmente víctima de la fiebre, agravada por violentos «accidentes terciarios» de la sífilis, enfermedad contraída tres años antes, á mediados de 1500. El antifaz negro que llevaba al principio, por afición á la vida misteriosa y deseo de pasar inadvertido, le resultaba ya necesario para ocultar los estragos de su cara. El príncipe «rubio y bello», reputado como el más hermoso señor de Roma, tenía el rostro violáceo, cubierto de erupciones cutáneas. Su epidermis se había obscurecido. Sus narices empezaban á ser achatadas y muy anchas, acrecentando esta repentina fealdad la horrible leyenda que envolvió los últimos años de César.
El azar de que el padre y el hijo hubiesen caído enfermos de muerte á un mismo tiempo dió nuevo pretexto á los calumniosos «se dice» con que embajadores enemigos y folicularios al servicio de las desposeídas familias feudales abrumaban á los Borgia.
Como todo lo de César debía ser extraordinario, el populacho romano inventó unos terribles procedimientos terapéuticos empleados por el médico español Gaspar Torrella, para salvarlo de su crisis mortal, y que únicamente un hombre de su temple podía soportar. Habían abierto el vientre á una mula, según unos, y á un toro, según otros, para meter desnudo al enfermo dentro del cuerpo de dicho animal, chorreando sangre y agitado por las convulsiones agónicas. A continuación sumergían al paciente en una enorme tinaja llena de agua casi congelada.
Tales invenciones populares obedecían sin duda á que el valenciano Torrella, médico de gran celebridad (hecho obispo por el Papa para que cobrase las rentas de su diócesis), había aplicado á César un tratamiento riguroso de inmersiones frías, y por antítesis, inventaba el vulgo lo del encierro en el cuerpo caliente de un gran cuadrúpedo destripado.
Se salvaba el Valentino, pero su curación era muy lenta y quedaban en su rostro para siempre las huellas de esta crisis mortal.
Como Alejandro VI había muerto á consecuencia de una enfermedad microbiana de rápida evolución, y era grande y obeso de cuerpo, su cadáver se hinchaba inmediatamente, descomponiéndose. Su cara, negra y tumefacta, resultó á las pocas horas inconocible.
Este desfiguramiento no pudo ser disimulado, ni tampoco la súbita putrefacción del cadáver, y como el pueblo no tenía el menor concepto de tales fenómenos orgánicos, dió curso libre una vez más á su fantasía ávida de cosas dramáticas, suponiendo al Pontífice víctima del veneno. En aquel entonces sólo los Borgia podían envenenar, y el crédulo populacho inventó que todo lo ocurrido era obra de una equivocación, por haber tomado el Papa y su hijo en una cena el mismo veneno que destinaban al cardenal Corneto.
Tres meses después de la muerte de Alejandro VI, el humanista Pedro Mártir de Anghiera, protegido de los Reyes Católicos y enviado de España, fué el primero que se hizo eco de este cuento en una de sus muchas cartas, elegantes, amenas, pero escritas con deplorable ligereza. Todos los denigradores del Pontífice difunto se basaron inmediatamente en dicha epístola para hablar una vez más del terrible «veneno de los Borgia», añadiendo nuevos detalles á la leyenda popular.
El Papa y su hijo llegaban á «la viña» ó casa de recreo del cardenal Corneto, acompañados por el cardenal español Remolino y otros dos príncipes de la Iglesia. Alejandro VI había hecho traer á su bodeguero del Vaticano varias botellas de vino, una de ellas con veneno, destinada á Corneto. Pero al llegar, Alejandro y César sentían una sed violenta, y el bodeguero papal les servía con tal precipitación que se equivocaba, dándoles el vino envenenado.
«Y esta historia inverosímil--siguió pensando Claudio--ha vivido tres siglos, copiándola los escritores unos de otros, hasta que, casi en nuestros días, un examen ligero ha bastado para probar lo absurdo de su trama. ¡Varios convidados que llegan á un banquete llevando botellas de vino suyo, para que beba de una de ellas el dueño de la casa nada más!...»
Era verdad que el Papa y César habían cenado en casa del cardenal Corneto, pero el 5 de Agosto, sin que nadie sintiese en los días siguientes la más leve indisposición. Sólo el 10, pasados cinco días, fué cuando el Papa mostró cierto malestar; el 12 sufrió los síntomas preliminares de la fiebre, llamando por primera vez al médico, y no murió hasta el 18.
Contaba setenta y dos años de edad, y estaba gastadísimo por sus preocupaciones de gobernante más aún que por los placeres carnales, prolongados hasta su vejez. A nadie sorprendió su defunción ni tenía nada de extraordinario que César enfermase de fiebre al mismo tiempo que él, pues dicha dolencia perniciosa mataba algunos días en Roma más de cien personas, sin distinción de clase social.
Varios cardenales y arzobispos residentes en la ciudad perecieron en las semanas anteriores al fallecimiento de Alejandro VI. El 1.º de Agosto, diez y ocho días antes de su muerte, vió el Pontífice desde una de las ventanas del Vaticano el entierro de su sobrino Juan de Borja (el menor), cardenal de Monreale. Cual si presintiese su próximo fin, el Papa, que en aquel momento estaba sano, dijo melancólicamente á sus familiares:
--El difunto era vigoroso y abultado como yo. Este verano va á resultar fatal para los que somos obesos.
César, más joven y enjuto de cuerpo, lograba escapar de la muerte, pero con grandes trabajos y quedando por mucho tiempo inmóvil en su lecho.
Hablando semanas después con Maquiavelo, le decía tristemente:
--Todo lo que podía ocurrir después del fallecimiento de mi padre lo había yo previsto y remediado. Pero nunca se me ocurrió pensar que me vería enfermo de muerte al mismo tiempo que él.
A pesar de hallarse moribundo, este hombre extraordinario tenía la lucidez y la energía sobrehumanas de ordenar todo lo preciso para hacer frente al doble desastre, la desaparición de Alejandro VI y su propia agonía.
Varias veces por hora enviaba emisarios á las habitaciones inferiores donde estaba su padre, para conocer los progresos de su enfermedad y finalmente las angustias de sus últimos momentos.
Cuando le dieron la noticia de que el Papa había expirado, llamó á su fiel don Michelotto, hablándole al oído. El fallecimiento del Pontífice era el principio de una guerra, y para sostenerla resultaba indispensable tener mucho oro. Y encargó á su terrible _alter ego_ que se apoderase inmediatamente del tesoro del Vaticano.
Mandatos de tal clase los aceptaba don Micalet como si le invitasen á una fiesta. Espada en mano, exigió la llave del tesoro al camarlengo encargado de su custodia, ahuyentando luego á cuchilladas á otros funcionarios papales. Con tal fervor servía á su amigo y amo, que se llevó á las habitaciones del duque moribundo, no sólo las arcas llenas de dinero, sino también muchas joyas valiosas de la Santa Sede.
Fuera del palacio no era menor el desorden. La tribu de los Orsini, que vivía oculta, temiendo á César, se lanzaba á las calles al conocer la muerte de su padre. Los Colonna formaban un pequeño ejército, avanzando hacia Roma á marchas forzadas. Los Savelli, fugitivos desde años antes, volvían á su palacio, convirtiéndolo en fortaleza. Todos los vasallos de la Iglesia desposeídos de sus feudos y los _condottieri_ enemigos del Papa aparecían repentinamente en la metrópoli pontificia ó en sus antiguas tierras.
Los españoles residentes en Roma y los italianos amigos de los Borgia se veían obligados á levantar barricadas frente á sus palacios ó casas. La Ciudad Eterna estaba en revolución. Por todas partes riñas, choques de partidos opuestos, que hacían sucumbir docenas de personas.
Asaltaban los Orsini las viviendas de los españoles para robarlas y quemarlas. Los Colonna, sus eternos adversarios, olvidaban por unos días el odio secular para vengarse de César y sus amigos.
Las más estupendas ficciones circulaban en Roma sobre la muerte de Alejandro VI, inventadas por las familias enemigas de los Borgia.
Siete diablos habían aparecido junto á su cama para llevárselo, apenas muerto. Esto era porque Alejandro, en el momento de su elección, había vendido su alma al demonio á cambio de doce años de pontificado. «Al morir--según escribía uno de la familia Gonzaga--se levantó en su cuerpo un gran hervor y espumeó su boca como una marmita puesta al fuego.»
Tales patrañas se basaban en la hinchazón y rápida descomposición de su cadáver. Tan voluminoso era al fin, que resultaba difícil acoplarlo en el ataúd é imposible cerrar la tapa de éste.
Mientras tanto, el duque de las Romañas, sobreponiéndose á su desaliento con prodigios de voluntad y ocultando la tristeza que le causaba verse inmovilizado en su lecho, hacía frente á todo. Dictó órdenes imperiosamente, como si no dudase de que continuaba siendo el amo de Roma; se impuso al Colegio de cardenales, obligándolo á reconocer su calidad de gonfaloniero, capitán indiscutible de la Iglesia, no permitiendo que otros se encargasen de reprimir los desórdenes públicos.
Por suerte para él, don Michelotto estaba sano, y al frente de la guardia personal del duque imponía respeto á sus enemigos en las calles. Los alborotadores del bando Orsini y del bando Colonna cesaban en sus agresiones á los españoles así que presentían la proximidad de don Miguelito, el perro feroz de César.
En vano amenazaban á este último con que el rey de España iba á enviar contra él las tropas que tenía en Nápoles, y Luis XII haría lo mismo desde el Norte. Tendido en su lecho de dolor, obligaba á los delegados del Sacro Colegio y á los representantes de los diversos partidos á venir á tratar con él directamente. Mientras Micalet Corella y sus hombres se imponían á los revoltosos, gracias á su disciplina, él, empleando una diplomacia genial, estorbaba que los Colonna se aliasen con los Orsini, atrayéndolos finalmente á su causa.
Otros amigos de indiscutible fidelidad quedaban á su lado, el escritor Agapito de Amalia, su secretario inseparable, y el obispo de Chiusi, llamado Bonafede, un italiano joven y bravo, con más de guerrero que de capellán, tan atrevido y feroz como don Michelotto y dispuesto á dejarse matar por César. Este conseguía siempre que sus íntimos lo adorasen hasta el sacrificio.
Desde su cama iba dictando un nuevo tratado de alianza con Luis XII, que firmó el embajador francés. El Sacro Colegio, obedeciendo sus órdenes, enviaba heraldos por toda Roma para que pregonasen en nombre del gobierno pontificio que todo el que atentara contra el duque de las Romañas ó los suyos sería condenado á la pérdida de la vida y sus propiedades.
El protocolo del cónclave exigía que ninguna persona que llevase armas pudiera permanecer en Roma durante la elección de un nuevo Pontífice, y cumpliendo dicho mandato, los Orsini, los Colonna y otras facciones habían salido ya de la ciudad el 2 de Septiembre.
César tuvo que hacer lo mismo al frente de su pequeño ejército, pero con otro aparato que dichos señores italianos, ostentando el lujo de un gran príncipe seguro de su poder, sobreponiéndose de un modo heroico á su enfermedad para mostrarse en público.
Antes de salir de Roma pagó á sus tropas con las riquezas arrebatadas por don Michelotto. Abrían la marcha trece piezas de artillería, cañones y bombardas, y cien carros conteniendo los equipajes del duque. Su caballería escoltaba este convoy, mostrando todos los jinetes un aspecto uniforme y silencioso, revelador de la sólida disciplina mantenida por una mano severa. Así abandonó el Vaticano, saliendo de él por la puerta Viridaria.
Hasta en la rapidez de esta retirada guardó César las apariencias majestuosas y la dignidad que no le abandonaron nunca. Doce alabarderos lo llevaban en hombros sobre una camilla cubierta de brocado carmesí. Detrás de él venía su caballo de batalla con caparazón de terciopelo negro, bordadas en oro sus armas ducales, y sostenido de las riendas por un paje.
Los embajadores de Alemania, Francia y España lo acompañaron hasta más allá de los muros de Roma. El cardenal Cesarini lo esperaba en una puerta de la ciudad para comunicarle algo importante en nombre del Sacro Colegio, y César contestó con altivez, desde lo alto de sus andas, que no podía darle audiencia.
En realidad, hacía esfuerzos sobrehumanos para guardar su aspecto impasible y no desmayarse. Al amparo de él salió del Vaticano toda la familia Borgia. Su madre la Vannoza había ido á pedirle protección, pues al conocerse la muerte del Pontífice el populacho intentaba asaltar y robar su casa.
Detrás de su lecho portátil iba también don Jofre, pero solo. Su esposa, la liviana doña Sancha, vivía presa en el castillo de Sant Angelo desde algunos meses antes, por orden de Alejandro VI, á causa de sus escándalos. César acababa de ordenar su libertad, encargando á los Colonna que la condujesen á Nápoles.
Habían atraído especialmente su atención los pequeños de su familia, colocándolos en el lugar más seguro de dicha comitiva. Cuatro niños marchaban detrás de su cama ambulante. Dos de ellos eran el duque de Sermoneta, hijo de Lucrecia y del napolitano Biseglia, que había de morir pocos años después, y el príncipe de Camerino, último retoño del Pontífice muerto y de la bella Julia Farnesio. César mostraba un afecto paternal por este hermano tardío. Los otros dos niños eran bastardos suyos, habidos de madres desconocidas, pues sus verdaderos amores procuró siempre mantenerlos en el misterio.
Y ponía fin al cortejo don Michelotto, la espada en la diestra, mirando á un lado y á otro con agresiva inquietud, seguido de sus hombres, que abandonaban Roma de mal talante, como una jauría silenciosa pronta á ladrar y morder al menor incidente.
«Esta retirada--se dijo Claudio--, comparable á una apoteosis, fué el fin de la carrera de César, tan corta y gloriosa. Ya no triunfó más á partir de tal momento. Sólo le quedaban cuatro años de vivir, los cuales fueron en realidad una lenta agonía».
Contaba en el cónclave con el partido español, compuesto de trece cardenales, y desde fuera de Roma, luchando desesperadamente con su enfermedad, envió continuos emisarios al Vaticano, influyendo en la elección pontificia.
Todos los Borjas de carrera eclesiástica habían llegado á cardenales, hasta un Francisco Borja, natural de Sueca, cerca de Valencia, que empezó por cubiculario del Papa, para llegar á ser su tesorero, arzobispo de Cosenza y cardenal de Santa Cecilia. Hubo un momento en que se contaron diez Borjas entre los altos dignatarios de la Iglesia.
Vera y Remolino, los compañeros españoles de César en la Universidad, también recibían el capelo cardenalicio, así como un clérigo de Valencia, Juan Llopis, gran amigo de la familia. Y los demás íntimos de Alejandro, su camarero Marrades, Pedro Carranza y otros, llegaban á ser arzobispos sin abandonar el Vaticano. Hasta el alemán Burckhardt, el autor del _Diarium_, recibía una mitra, mientras continuaba en secreto la fría obra de difamación contra su protector.
Juliano de la Rovere, amigo de los Borgia en apariencia y el más implacable de sus detractores, esperaba ser elegido Pontífice por los cardenales italianos. César ganó su última batalla consiguiendo desde lejos que el cónclave designase á un octogenario, el cardenal Piccolomini, sobrino de Pío II, el cual tenía varios hijos, como la mayor parte de los príncipes eclesiásticos de entonces.
Tomó el mismo nombre de su tío el Papa escritor, llamándose Pío III, é inmediatamente confirmó á César Borgia en sus títulos de gonfaloniero de la Iglesia y duque de las Romañas. Este hombre terrible con sus adversarios era capaz de los más audaces sacrificios para los que se mantenían fieles á él. Pío III, aparte de que la familia Piccolomini había sido siempre amiga de los Borgia, mostraba un amor paternal por César. Lo conocía desde niño y no podía olvidar cómo le salvó la vida en cierta ocasión, combatiendo á sus enemigos personales.
Por desgracia para el duque de las Romañas, el nuevo Papa era tan viejo y estaba tan débil, que ni había podido asistir al cónclave.
Volvió á Roma el gonfaloniero, enviando jefes de su confianza á todos los dominios de la Santa Sede conquistados por él, para tenerlos más seguros. Los enemigos de los Borgia fingían obedecer á Pío III, traicionando al mismo tiempo á su capitán general. Venecia apoyaba en secreto á los feudatarios desposeídos. Florencia enviaba una vez más á Maquiavelo cerca de este enemigo temible, con el encargo de procurar su muerte si lo creía oportuno.
Fernando el Católico le asestó el golpe de gracia. Siempre había visto con recelo y antipatía á este joven formado en su misma escuela. Era el odio del maestro viejo al discípulo audaz é insolente. Gonzalo de Córdoba, obedeciendo á su rey, dió desde Nápoles la orden de incorporarse á sus banderas á todos los españoles al servicio de César Borgia. Don Hugo de Moncada y sus mejores capitanes tuvieron que abandonarlo, precisamente en el momento que más se estrechaba en torno á su persona el cerco de sus enemigos.
Don Miguelito y la tropa mandada directamente por él fueron los únicos en desobedecer dicha orden, quedándose al lado del Valentino por lo mismo que empezaba á obscurecerse su buena estrella.
Al perder el apoyo de tres mil españoles, ejército pequeño, pero el mejor organizado de entonces, los _condottieri_ y los señores feudales desposeídos creyeron llegado el momento de acabar con el conquistador de las Romañas, formando un círculo de tropas alrededor de Roma y acabando por entrar en ella para exigir á Pío III que les entregase al duque «vivo ó muerto».
César se refugió en el castillo de Sant Angelo, haciéndose llevar á hombros por la vía subterránea que comunicaba dicha fortaleza con el Vaticano.
Don Michelotto y otros amigos estaban ausentes, por haberlos enviado á las Romanas á que gobernasen sus principales fortalezas; mas algunos partidarios fieles que permanecían junto á él, especialmente el belicoso obispo Bonafede, bastaban para defender la antigua Mole Adriana, tenida por inexpugnable luego de las obras hechas en ella por Alejandro VI.
Al fin hubieron de renunciar sus adversarios á los procedimientos violentos para suprimirlo, y solicitaron de Pío III que iniciase un proceso contra él, Así transcurrió Octubre de 1503, y como Juliano de la Rovere había conseguido atraerse mientras tanto á todos los individuos del cónclave pertenecientes al partido francés y consideraba segura su elección, creyó llegado el momento de acortar los días del anciano Piccolomini, que ya duraba demasiado.
Hizo el médico del Pontífice una operación torpe pero oportuna en una pierna que tenía enferma, y esto lo mató repentinamente, dejando vacante el trono apostólico. Rovere, á pesar de su odio á los Borgia, se puso en comunicación con César, haciéndole toda clase de promesas á cambio de que le proporcionase los votos de los trece cardenales españoles.
«El futuro Julio II--pensaba Claudio--, tan injustamente alabado por los historiadores de su época, fué peor realmente que el más malo de los Borgia, uniendo á su perversidad la nota antipática de la traición y la hipocresía. Pasó una parte de su existencia insultando á su antiguo amigo Rodrigo de Borja, para adularlo á continuación servilmente, cuando éste le perdonaba sus deslealtades».
Alejandro VI era para él «un judío»; pero esto no le impidió casar á individuos de su familia con parientes de aquél, para asegurar mejor su influencia. Apenas elegido Papa, mandaba cerrar las Estancias de los Borgia, no obstante su belleza artística.
--Yo no puedo vivir--decía indignado--en los mismos lugares que habitó ese «marrano» español, ese circunciso.
Y semanas antes había suplicado á César que le proporcionase el apoyo de los cardenales españoles, debiendo á ellos su elección.
Su pontificado resultaba grande políticamente, porque el hijo de Alejandro VI había preparado sin saberlo dicha grandeza, ensanchando con su espada los Estados de la Iglesia. Lo mismo podía decirse en lo referente á las artes. Miguel Ángel, el primer artista de su tiempo, empezó á trabajar en Roma como protegido de César.
Prometía Rovere al duque de las Romañas una situación bajo su pontificado semejante á la que había tenido con Alejandro VI, pero pronto se convenció el enfermo de que iba á tratarle traidoramente, como siempre.
Apenas elegido Papa con el nombre de Julio II, confirmaba á César su título de gonfaloniero de la Iglesia, pero enviando al mismo tiempo emisarios á todos los Estados dependientes de la Santa Sede para que sustituyesen á los gobernadores amigos de Borgia. Estos agentes volvían á Roma poco después, declarando con asombro que los habitantes de las Romañas adoraban al Valentino y se mantenían fieles á él, no queriendo someterse á la autoridad directa del Papa.
Furioso Julio II por tal desobediencia, quiso encarcelar á César en el castillo de Sant Angelo. Luego, asustado por la protesta de los cardenales españoles, se limitó á tenerlo preso en las habitaciones que ocupaba dentro del Vaticano, ó sea en la llamada torre Borgia.
A principios de 1504 aún estaba el duque de las Romañas tendido en su lecho, rodeado de amigos fieles y procurando no comer más alimentos que los preparados por aquéllos, pues temía, con razón, verse suprimido como el viejo Pío III. La victoria definitiva de los españoles sobre los franceses en el reino napolitano contribuyó á que Julio II no se atreviese á abreviar la vida de su prisionero.
Hasta el mes de Abril de 1504 batalló el Pontífice para arrancarle el gobierno de las Romañas. Aceptaba César la entrega de sus Estados á cambio de la libertad y la vida, enviando órdenes á todos sus gobernadores para que cediesen á los representantes del Papa ciudades y fortalezas. Pero estaban allá don Michelotto y otros españoles, como delegados del duque Valentino, especialmente el castellano Gonzalo de Mirafuente, y se negaban á obedecer los mandatos de su señor.
--Cuando el duque esté libre--contestaba Mirafuente--y me escriba, le obedeceré. Mientras el Papa lo tenga preso, su firma carece de valor para mí.
César ya no estaba en el Vaticano. El nuevo Pontífice lo había trasladado á su castillo de Ostia, junto al mar, prometiéndole una licencia para embarcarse tan pronto como las Romañas se sometiesen.
Solamente algunas ciudades empezaron á acatar á Julio II, lamentando con ruidosas demostraciones verse privadas del gobierno justiciero, y hasta democrático para aquella época, del hijo de Alejandro VI.
Tales manifestaciones populares á favor de César fueron una prolongación de su salida triunfal del Vaticano, un año antes. El 26 de Abril consiguió embarcarse en una galera enviada por Gonzalo de Córdoba, dándole éste además un salvoconducto en nombre de don Fernando el Católico.
Llegaba finalmente César á Nápoles sin otro acompañamiento que su antiguo condiscípulo el español Remolino, ahora cardenal, y su paje Juanito Grasica, de la misma nacionalidad.
Al conversar con Borgia, sintióse Gonzalo de Córdoba seducido por sus vastos planes. Continuaba soñando con la constitución de una Italia única, pero ésta necesitaba vivir al amparo de una potencia vigorosa que la protegiese: España ó Francia.
Ya que su suerte le había empujado á Nápoles, tierra de Fernando el Católico, se ofrecía á emprender la conquista de toda Italia para que fuese de los reyes españoles, lo mismo que Nápoles y Sicilia. Y el Gran Capitán, como virrey, le autorizó para organizar una expedición contra la Toscana.
En menos de un mes tuvo formado un pequeño ejército. Acudían soldados de diversas nacionalidades, seducidos por la noticia de que el duque Valentino proyectaba hacer la guerra de nuevo. Ya tenía la artillería en varias galeras y sus tropas prontas, con el propósito de desembarcar en Pisa, que esperaba impaciente su presencia, cuando fué hecho prisionero por Gonzalo de Córdoba, cumpliendo una orden de los reyes de España.
La política tortuosa é incomprensible para los demás que siguió en todas ocasiones Fernando el Católico abundaba en tales sorpresas. Le convenía por el momento ayudar á Julio II, y éste deseaba tener otra vez al hijo de Alejandro á su disposición para que acabase la entrega de las Romañas. Sólo algunas plazas se habían rendido al Pontífice. Las más importantes continuaban en franca rebeldía, no pudiendo tomarlas las flojas tropas del Papa. Gonzalo de Mirafuente y otros capitanes fieles seguían gobernando las mejores posesiones del duque Valentino.
Para vencer su resistencia, intentó valerse el Pontífice del auxilio de ciertos españoles establecidos en Roma y despechados con los Borgia porque no les habían proporcionado empleos ó dado muy poco en los tiempos de su grandeza.
Uno de ellos, Pedro de Oviedo, antiguo servidor de César, se prestaba á ir á Forli como enviado de Julio II para sobornar al gobernador Mirafuente. Este le afeó su traición, indigna de un español, por ser los Borgia españoles de origen, y luego de acribillarlo á puñaladas lo hizo colgar de una almena.
Como el tesón de los representantes de César iba demorando la entrega de las Romañas, el Papa había buscado el apoyo del rey español.
También recibió Gonzalo de Córdoba el encargo de quitar al prisionero su salvoconducto á nombre de don Fernando el Católico.
Este documento, cuya desaparición interesaba mucho al monarca, no lo poseía ya el cautivo por haberlo confiado á uno de sus lugartenientes italianos, Baltasare de Scipione; mas al fin consiguió el virrey de Nápoles, por medio de los Colonna, apoderarse de él, rompiéndolo.
Resistíase el prisionero durante tres meses á ruegos y amenazas, no queriendo dar nuevas órdenes á sus gobernadores de las Romañas para que entregasen las fortalezas. Al fin cedió en Agosto, y la rendición de sus últimos defensores fué con gran pompa y no menores testimonios de afecto al duque vencido, demostrándose una vez más el gran amor que éste sabía inspirar á los que le rodeaban.
Gonzalo de Mirafuente obligó al Pontífice á darle una suma enorme como reembolso de los gastos que, según él, había hecho para defender la plaza desde que César no pudo socorrerle.
El acto de la entrega de Forli resultaba una marcha triunfal para su guarnición. Mirafuente salía armado de punta en blanco como si fuese á un torneo, llevando delante un heraldo que aclamaba el nombre de César, duque de las Romañas; á su lado, dos tenientes, Fracassa y Numai, y detrás toda su tropa, compuesta de españoles é italianos. La resistencia había durado nueve meses.
Indudablemente, esta aparatosa rendición de Forli, la más tenaz de sus plazas en resistirse, fué á cambio de promesas que Gonzalo de Córdoba hizo á César de acuerdo con las instrucciones de su rey; pero transcurridos nueve días, en vez de ponerlo en libertad lo embarcaba en una galera española, sin permitirle otro acompañante que su paje Juanito Grasica. Dicho buque hizo rumbo á España escoltado por una flotilla de guerra, para impedir que los numerosos partidarios que aún le quedaban á César en las costas de Italia saliesen á libertarlo.
Durante el resto de su vida sintió remordimientos Gonzalo de Córdoba por esta acción desleal. Hasta en el momento de su muerte se acordó de César Borgia, llorando la felonía con que lo había tratado por obedecer las órdenes de Fernando el Católico.
Baltasare de Scipione, el _condottiere_ al servicio de César, que se dejó engañar entregando su salvoconducto, sintió tal indignación ante el proceder del rey de España y de Gonzalo de Córdoba, que, con arreglo á los usos caballerescos de la época, hizo publicar un llamamiento en toda la cristiandad retando á combate á los que quisieran sostener que los reyes Fernando é Isabel no habían obrado como traidores, «con menosprecio de la fe jurada y con vergüenza para su corona real». Y ningún español se presentó, á pesar de que eran muchos los que vivían entonces en Italia, siempre dispuestos á batirse con el más ínfimo pretexto. Todos estaban convencidos de la justicia y verdad de dicho reto.
Lo inconcebible para algunos fué que un hombre como César creyese en la palabra de Fernando el Católico, quien consideraba superfluo dar valor á las promesas en asuntos políticos. El maestro viejo había acabado por engañar al terrible discípulo.
Recordó Claudio el cinismo diplomático de este monarca español grande á su modo. Un embajador francés se quejaba ante él de su falta de sinceridad con Luis XII. Su rey no quería nada con el de España, recordando cómo le había engañado una vez.
--¿Una nada más?--dijo Fernando el Católico, sonriendo finamente--. Yo creo que lo he engañado más de ocho.
Llegaba á Valencia la galera procedente de Nápoles á fines de Septiembre de 1504, desembarcando al prisionero. Era la primera vez que este hijo de español pisaba el suelo de España.
Teniendo quince años lo habían nombrado arzobispo de Valencia, y cuando al fin podía visitar su antigua diócesis, era como cautivo. A los ocho había empezado su carrera dentro de la Iglesia, recibiendo la mitra de Pamplona, y el destino lo iba empujando para morir en Navarra, al otro lado de la Península.
La tierra de sus ascendientes, que durante varios años había escuchado los ecos de sus grandezas y victorias, sólo iba á conocerlo vencido y muerto.
Como los Borgia disponían de tantos amigos dentro del reino de Valencia, el rey no lo dejó permanecer en dicha ciudad, enviándolo al castillo de Chinchilla, cerca de Albacete, fortaleza pobre é incómoda. Allí pasaba varios meses, y tal era su desesperación, que pretendía fugarse del modo más difícil y audaz, puesto de acuerdo sin duda con algunos de sus partidarios en Valencia.
El alcaide del castillo, Gabriel Guzmán, era famoso como hombre forzudo. Un día, cuando mostraba á César el triste paisaje desde lo más alto de la torre principal, aquél lo agarró por sorpresa, intentando arrojarlo desde las almenas al foso, para huir después. La lucha resultaba larga y tenaz, por ser ambos de un vigor hercúleo; mas al fin triunfaba Guzmán, y el prisionero decía riendo que todo había sido una broma para poner á prueba las tan ponderadas fuerzas del alcaide.
Poco después lo trasladaban al castillo de la Mota, junto á Medina del Campo, en plena Castilla, donde no contaba con amigos de su familia.
Isabel la Católica había muerto, el 26 de Noviembre de 1504, en la misma Medina del Campo, cuya fortaleza iba á guardar ahora á este prisionero célebre.
Castilla estaba amenazada de una guerra civil. Parte de la nobleza pedía que Fernando el Católico siguiese gobernando dicho reino en nombre de su hija doña Juana. Los más de los señores, ansiosos de novedades, se mostraban enemigos suyos y partidarios de que reinasen sin tutela doña Juana, que después fué llamada «la Loca», y su marido Felipe el Hermoso, hijo de Maximiliano, emperador de Alemania.
Esta situación anormal vino á favorecer al prisionero de Medina del Campo. Lucrecia Borgia desde su corte de Ferrara, los cardenales españoles residentes en Roma y el rey don Juan de Navarra, influenciado por las súplicas de su hermana Carlota, hacían esfuerzos comunes por conseguir la libertad del duque del Valentinado.
Se negaba el papa Julio II á apoyarlos, y hasta por instigaciones suyas, la viuda de Juan de Borja, duque de Gandía, solicitaba de Fernando el Católico que instruyese un proceso contra César, acusándolo de la muerte de su marido y de su cuñado el duque de Biseglia. Como esta duquesa viuda pertenecía á la familia de don Fernando, muchos creyeron que el proceso era un pretexto inventado por dicho monarca para oponerse pasivamente á todas las demandas venidas de fuera en pro del prisionero.
Dos partidos se habían formado en Castilla: el de don Fernando, teniendo á su frente al duque de Alba, y otro que sostenía los derechos de Felipe el Hermoso y su mujer doña Juana, dirigido por el conde de Benavente. Ambos grupos pusieron sus miras á la vez en el solitario cautivo.
Hubo un momento en que don Fernando creyó que Gonzalo de Córdoba intentaba traicionarle, apropiándose el reino de Nápoles, y su conocimiento de las cosas de Italia le hizo pensar en el duque de las Romañas como el jefe más idóneo para combatir al Gran Capitán. En los mismos días los partidarios de Felipe el Hermoso proyectaban poner en libertad á César Borgia, considerándolo el mejor caudillo para vencer á Fernando el Católico, si es que estallaba una guerra civil.
Todo esto sirvió para que el hijo de Alejandro VI se viese en dicha fortaleza más vigilado que nunca. Púsose el conde de Benavente en relaciones secretas con él valiéndose del capellán que le visitaba en su prisión, y así se concertó una de las evasiones más audaces y peligrosas que se conocen.
Claudio recordaba la considerable altura de la torre del homenaje en el castillo de la Mota.
Facilitaba dicho clérigo á César una cuerda muy larga, pero aun así resultaba corta, quedando á varios metros del suelo. El único criado de Borgia, un español admitido á su servicio pocos meses antes, fiel hasta la muerte por la seducción natural que ejercía el duque sobre todos sus allegados, se prestaba á ser el primero en descender por la cuerda, y al llegar á su extremo caía, rompiéndose las piernas. Allí quedaba sin poder moverse, hasta que salían las gentes de la fortaleza, matándolo.
Dejábase deslizar César á continuación. Llevaba manos y brazos envueltos en trapos; pero tan largo era el descenso, que estas envolturas se desgastaban, cortando la cuerda sus carnes. Luego quedaba indeciso al final de aquélla, viendo debajo de él á su criado con las piernas rotas.
La alarma dada por los centinelas ponía término á su incertidumbre. El alcaide, desde lo alto de la torre, cortaba la cuerda para que se matase, y César caía lo mismo que su doméstico. A pesar de su magullamiento, atravesaba á nado el foso de agua fría, subiendo á gatas la escarpa opuesta. Allí le esperaban tres ballesteros del conde de Benavente, é izándolo en un caballo, lo llevaban á todo galope á Villalón, lugar fuerte del que era señor el citado prócer.
Un mes necesitó en este nuevo encierro para restablecer sus fuerzas. Su evasión la había efectuado el 25 de Octubre de 1506, y cuando á fines de Noviembre pudo salir oculto de Villalón, todavía llevaba los antebrazos y las manos envueltos en vendajes.
Con dos hombres conocedores del país y fingiéndose los tres mercaderes que iban de feria en feria, se dirigieron á Santander, embarcándose allí para Laredo y Bermeo. Luego reanudaron su viaje terrestre por Bilbao, Durango, Mondragón y Vergara, llegando finalmente á Pamplona el 3 de Diciembre.
Resultaba admirable una vez más, en este viaje peligroso, la energía de César Borgia. Todas las autoridades estaban avisadas de su fuga. Sumas cuantiosas eran ofrecidas al que lo descubriese. Los tres mercaderes se vieron detenidos por los alcaldes de dos poblaciones; pero con tanta serenidad y habilidad contestaba el que parecía más importante de aquéllos, que inmediatamente los soltaron.
El detalle más triste de esta fuga novelesca fué la identificación que iban haciendo los perseguidores de César Borgia al seguir su pista. Todos los que declaraban haber visto á los tres mercaderes hacían mención especial de uno de ellos, «de cara muy fea, algo negro, las narices anchas». Era el hijo de Alejandro VI, el «_príncipe biondo e bello_» tan admirado años antes por las damas romanas.
Ya libre al lado del rey Juan de Navarra su cuñado, procuró el duque Valentino regularizar sus embrollados asuntos. A Luis XII de Francia le reclamó el pago de la dote de su mujer Carlota de Albret, que nunca había hecho efectivo, así como las rentas que le correspondían por su ducado de Valence.
Dicha reclamación resultaba inútil. Para que le pagase Francia, necesitaba seguir la política de Fernando el Católico, aliado otra vez á Luis XII; y él, por su parentesco con el rey de Navarra y su fuga de Medina del Campo, venía á figurar entre los amigos de Felipe el Hermoso y el emperador Maximiliano. Por esta última razón, lo que hizo el rey francés fué recuperar el Valentinado, quitándoselo para siempre.
Rotas sus relaciones con Luis XII, aceptó el mando de las tropas de su cuñado, y sin miedo á potencias tan fuertes como España y Francia, puso en abierta hostilidad con ellas al pequeño reino de Navarra, para preparar el triunfo de Felipe el Hermoso.
Antes creyó necesario dar fin á una guerra insignificante que existía entre el monarca navarro y uno de sus feudatarios, Luis de Beaumont, conde de Lerin, súbdito rebelde--lo mismo que los vasallos romanos desleales con el Papa--, el cual se defendía de su legítimo señor sostenido por Fernando el Católico.
En esta pequeña campaña sin gloria iba á perecer obscuramente el capitán que había intentado la unificación de Italia.
El 11 de Febrero de 1507 atacó la plaza de Viana, cerca de Logroño. Las fuerzas con que contaba César podían hacerle dueño de dicha población rápidamente. Sus defensores carecían de víveres, y algunas bandas del conde de Lerin se movían durante la noche en torno al campamento de los sitiadores, buscando ocasión para introducir un convoy en la ciudad.
Dichas operaciones nocturnas ocasionaban frecuentes escaramuzas, y un amanecer, al notar César Borgia que varios grupos de enemigos intentaban una de las mencionadas sorpresas, se armó rápidamente, no acabando de colocarse bien las piezas de su armadura, y montó á caballo, sin que en realidad fuese necesaria su presencia, galopando hacia los partidarios de Beaumont, ya en retirada. Tal era su ímpetu, que no volvió la cabeza atrás para enterarse de si era seguido.
Le perdieron los suyos de vista, y al percatarse los adversarios de que sólo era un jinete quien venía en su persecución, le hicieron frente, encontrándose de pronto César rodeado de enemigos. Sintieron éstos aumentar su osadía á la vista de las ricas armas del caballero, y como eran muchos, lo abrumaron bajo una lluvia de golpes.
La armadura, colocada con precipitación, tenía algunas piezas sueltas, y uno de los atacantes consiguió meterle un lanzazo por el sobaco, que le hirió de muerte, derribándolo de su corcel. Como aún intentaba defenderse en el suelo, lo remataron á golpes, despojándolo de su envoltura metálica, así como de gran parte de sus ropas valiosas.
Al ver el conde de Lerin la riqueza de dicha armadura, de las más finas que se fabricaban en Italia, quedó absorto, no pudiendo adivinar quién sería este enemigo poderoso, muerto sin gloria en un barranco. Al volver al sitio de la lucha con un grupo de los suyos, vió el cadáver del misterioso jinete, medio desnudo, y arrodillado junto á él y llorando á un mozo con aspecto de paje.
Era Juanito Grasica, que había vivido en tierra española todo el tiempo de la prisión de su señor, sirviéndole de intermediario con los que preparaban su fuga, y viniendo luego á Navarra á unirse con él.
Había seguido de lejos al duque en este amanecer, distanciado por la velocidad de su corcel, y acabó por descubrir su cadáver.
Beaumont y los suyos preguntaron á Juanito quién era el gran señor recién muerto, y el paje contestó entre gemidos:
--Don César de Borja, duque del Valentinado y de las Romañas.
Mostráronse los enemigos asustados de su propia obra, lamentando Beaumont que tan alto personaje, famoso en toda la tierra, hubiese venido á morir allí como un pobre montañés de los que guerreaban en sus partidas.
Quedaba el cadáver en la iglesia de Santa María de Viana, bajo una tumba monumental, mezcla de las gracias del Renacimiento y las nobles formas del gótico florido español.
Figuraban en ella los reyes de la Sagrada Escritura en actitud dolorosa, reflejando la emoción causada por la muerte de tal héroe, y sobre el sarcófago, un pomposo epitafio en castellano empezaba del siguiente modo:
Aquí yace en poca tierra El que toda le temía; El que la paz y la guerra En la su mano tenía...
«Pero estaba escrito--siguió pensando Claudio--que ninguno de los Borgia dejase un monumento firme, recordando su paso por la tierra. Calixto III y Alejandro VI, después de ser enterrados en San Pedro, han venido á parar á una iglesia española de Roma. La tumba de Lucrecia, princesa reinante de Ferrara, es hoy una simple losa con caracteres borrosos. Este monumento regio de César, costeado por el monarca de Navarra y que describieron varios autores españoles durante el siglo XVI, desapareció en el siglo XVII, siendo hecho pedazos».
El cadáver de César lo sacaban de la iglesia para volverlo á enterrar en plena calle. Fué esto venganza de un prelado á cuya diócesis pertenecía Viana.
Don Pedro de Aranda, obispo de Calahorra, había sido acusado de judaísmo en 1498 y encerrado en el castillo de Sant Angelo, prolongándose varios años su proceso. Era mayordomo de Alejandro VI, y éste tuvo que proceder así por exigencias de la Inquisición española y de Fernando el Católico, quienes veían con malos ojos el refugio concedido en Roma por el Pontífice á los judaizantes fugitivos de España.
Además, le fueron confiscados al obispo Aranda diez mil escudos de oro y otros diez mil que tenía en poder de varios banqueros, sumas considerables que sirvieron en parte para costear el suntuoso viaje de César á Francia, cuando le nombraron duque del Valentinado.
Murió Aranda á consecuencia del encarcelamiento, y uno de sus descendientes, también obispo de Calahorra, no podía hacer visitas á la iglesia de Viana sin mirar con ojos de odio la tumba del hijo de Alejandro VI.
Y como en aquel entonces ya se había generalizado la falsa leyenda de los Borgia, aprovechó una restauración del templo para hacer pedazos la ostentosa tumba y echar fuera los restos de César.
El obispo judaizante perseguido por la Inquisición quedaba vengado.
VI
«¡Y no la veré más!»
Llevaba Claudio Borja varios días recluído en su casa, sin otro ejercicio que cortos paseos, apoyado en un bastón, por el jardín del «villino». Todas las tardes recibía la visita de sus amigos, instalándose éstos en el estudio como si fuese una prolongación de aquel café, lugar de sus reuniones, para hacer compañía al que llamaban por antonomasia «el herido».
Una mañana, cerca ya de mediodía, vino á visitarle Enciso de las Casas. En días anteriores se había valido del teléfono para preguntar por el estado de Borja, excusando su ausencia y justificándola con las grandes ocupaciones que le imponía cierta cuestión entre el gobierno de su país y el Vaticano. Atento siempre á cumplir las reglas del buen trato social, creía faltar á sus deberes no yendo en persona á pedir noticias.
Al presentarse ahora, volvió á hablar de sus importantes labores diplomáticas, celebrando á continuación el buen aspecto del convaleciente.
--¿Quién diría que tiene usted la pierna atravesada de un balazo? ¡Qué encarnadura vigorosa!... Es usted un verdadero Borja, digno de sus ascendientes.
Permaneció indeciso algún tiempo, como si temiese lo que iba á decir y el mal efecto que pudiera causar en su oyente.
--Ríñame, amigo mío--dijo de pronto con aire resuelto--. Aunque soy más viejo que usted, tal vez he cometido una chiquillada que le molestará, pero no dude que lo hice con buena intención. ¡Me asusté tanto al verle chorreando sangre en aquel jardín!...
Y bajo la mirada interrogativa de Claudio siguió expresándose con tono de excusa.
--Los médicos dijeron que la herida no era grave; pero yo juzgué oportuno cumplir mis deberes de amigo avisando al único de sus parientes que conozco. En resumen: necesito decirle que remití un largo telegrama á Valencia anunciando á su tío don Baltasar todo lo ocurrido.
Claudio acogió con inquietud las ultimas palabras.
--Luego envié otro telegrama quitando importancia al suceso; pero sin duda creyó el canónigo que mi segundo aviso era simplemente una treta para tranquilizarle, y se atuvo á mis primeras palabras. Total: que don Baltasar llegó anoche á Roma, esta mañana vino á verme, y ahora está en la Embajada de España hablando con el señor Bustamante.
En el primer momento no ocultó Borja su enfado contra este plenipotenciario tan bondadoso, tan simpático é inoportuno. Pero al fin se mostró sereno, acogiendo la noticia con afectada indiferencia. El canónigo Figueras ya estaba en Roma y era inevitable el verle. Escucharía con paciencia su sermoneo, si es que en realidad se interesaba por este episodio de la vida moderna, menos conmovedor para él que los otros que iba descubriendo en documentos antiguos.
No podía dudar, sin embargo, del afecto del santo varón. El era tal vez el único ser contemporáneo capaz de hacer vibrar su sensibilidad. Esto del duelo y el balazo debía haber sacudido como una catástrofe telúrica el venerable caserón, envuelto en discreto silencio, allá en la tranquila calle de Caballeros.
Según contó Enciso, había preparado Figueras rápidamente su viaje, y al tomar el tren se imaginaba encontrar en Roma moribundo á Claudio. Este tuvo, no obstante, la sospecha de que también debía haber influido en tal resolución el hecho de vivir él en la Ciudad Eterna. ¡Ver una vez más las Estancias de los Borgia, con los restos de la azulejería de Manises encargada por Alejandro VI!...
Volvería don Manuel acompañando á Figueras aquella misma tarde. Ya lo había preparado para que no agobiase á su sobrino con inútiles quejas ni reprimendas morales. Era conveniente olvidar lo pasado ó pensar sólo en ello para ponerle remedio. Todo lo ocurrido debía apreciarse como una aventura descabellada, propia de la juventud.
Acogió Borja con débil sonrisa de agradecimiento los buenos propósitos de Enciso. La presencia de éste acababa de despertar en su memoria muchos recuerdos adormecidos.
Vaciló antes de hacer una pregunta que desde algunos minutos antes se agitaba en su pensamiento, pugnando por exteriorizarse.
--¿Y Rosaura?--dijo al fin.
Ahora fué el diplomático-artista quien titubeó.
--Esa señora--repuso después de larga pausa--debe estar ya lejos de Roma en los presentes momentos. Me dijo que se marchaba hoy... ¡Ay, querido Claudio! La vida cambia incesantemente y nosotros también. Ya sabe usted que la existencia es á modo de una rueda, y cuando nos imaginamos ir siempre hacia arriba, en una ascensión sin término, nos vemos cabeza abajo. La que usted llama Rosaura ha dejado de merecer tal nombre poético. Es simplemente la señora viuda de Pineda, y pronto pasará á ser la señora de López Rallo. Se casa, querido amigo, y se casa con verdadero fervor, como si fuese á conocer por primera vez el matrimonio. Una mujer tan interesante, tan... poética, sólo habla de las cosas del hogar, embelleciéndolas con verdadero entusiasmo.
Y Enciso mostraba en palabras y gestos una desilusión de padre de familia cansado de los monótonos placeres caseros y admirador secreto de irregularidades y aventuras al ver á esta dama novelesca, perpetuo ídolo de sus ensueños, igual á su propia esposa y á la mayor parte de las mujeres que encontraba en los salones.
--Yo no sé--continuó--qué potencia de sugestión tiene ese muchacho del monóculo. ¡Quién podía imaginarse á Rosaura «la perfecta casada», pensando nada más que en sus hijos y deseosa tal vez de tener otros en su segundo matrimonio!...
Siguió escuchándole Claudio con cierta frialdad. Examinaba su interior, para saber si tales palabras despertaban en él ecos dolorosos. Realmente, no sufrió celos ni le agitó la cólera. Creía que le hablaban de otra mujer, distinta á la que él había conocido. Hasta sintió cierto deseo de reir imaginándose á Rosaura con este nuevo aspecto de hembra tranquila y procreadora. Era semejante á las llamadas «burguesas» que tantas veces excitaron las risas de los dos en el jardín de la Costa Azul.
La había creído igual á una de esas aves marinas cuyas alas son fuertes como las del águila y puramente blancas como las de la paloma, volando sobre la inmensidad oceánica, viendo las olas altísimas cual insignificantes arrugas de la llanura azul, y ahora resultaba un ave de corral, ansiosa de vivir entre polluelos.
--Yo creo, amigo Claudio--continuó el diplomático--, que esa bofetada dada por usted en el hotel no pudo ser más oportuna... para el otro. Tal incidente sirvió para que Rosaura se interesase por ese mozo como nunca, sufriendo angustias al pensar en su suerte, admirando su actitud valerosa. Para las mujeres, el hombre que aman resulta siempre un héroe. De ser López el herido, ella lo habría curado, lo mismo que se ve en las novelas, enternecida por su desgracia. Como ha tenido la buena suerte de que el herido sea usted, ella lo admira como triunfador. De todos modos, lo ama más fervorosamente que antes del choque de ustedes dos.
La consideración de su vencimiento y de que Rosaura creía al otro más valiente amargó por primera vez á Claudio, reflejándose en su rostro la molestia que le causaban tales palabras.
Enciso debió darse cuenta de sus pensamientos, y se apresuró á añadir:
--No crea que vive tranquila y orgullosa después de lo ocurrido. Al contrario, parece muy inquieta. Teme que usted vuelva á tener cuestiones con López Rallo. Dice que conoce su carácter, y que, sin duda, buscará al otro para perturbar la felicidad... de ellos dos... Sé bien lo que digo. Puedo afirmarlo, pues lo he escuchado de su propia boca.
Y sonriendo al evocar el recuerdo de una visita grata, contó á Borja cómo dos días antes la señora de Pineda le había suplicado que fuese á verla en su hotel.
En dicha entrevista le revelaba sus planes futuros de existencia, su matrimonio con el secretario de legación.
--Adivinará usted--siguió diciendo--que no me llamó únicamente para darme tales nuevas. Quería que yo la acompañase aquí mismo, presenciando una conversación de ustedes dos. Necesitaba verlo para pedirle en nombre de su antigua... amistad que la deje tranquila y no se acuerde más de su persona. Quiere que acepte los hechos, como ella los aceptó en otro tiempo. «Lo pasado fué un sueño, amigo Enciso, un sueño nada más. ¡Ay! ¿quién no ha soñado?...» Estas fueron sus palabras.
Asintió Claudio con movimientos de cabeza, permaneciendo silencioso. Lo mismo que había dicho Rosaura cuando se hablaron en el hotel.
--Usted reconocerá--continuó el diplomático--que el encargo resultaba un poco... difícil para mí. Las mujeres encuentran natural todo lo que favorece sus deseos. Figúrese un hombre como yo, tranquilo, de costumbres respetables, trayéndola aquí para presenciar una entrevista tempestuosa de antiguos amantes... Y si, por el contrario, la conversación se dulcificaba, con un grato desfile de recuerdos melancólicos, ¡imagínese qué papel para un ministro plenipotenciario cerca del Papa!... A mí me gustan las cosas novelescas... pero hasta cierto punto.
Y parecía vibrar en su voz un lejano eco de aquella envidia mansa, de aquel tranquilo despecho con que había comentado siempre las historias amorosas de la bella argentina, tan admirada por él.
--Por fortuna, ella misma desistió de la visita cuando le propuse que viniese sin mí, dándole las señas de esta casa. Por nada del mundo se atreve á quedar á solas con usted. Tal vez tiene miedo á que los recuerdos puedan más que su voluntad; y esto, querido Claudio, resulta lisonjero para un hombre... En resumen: se limitó á rogarme que influyese con usted para que no moleste más á ella ni á su futuro marido. Hoy se han marchado de Roma no se adónde. Verdaderamente, después del duelo, su existencia aquí no resultaba grata. Tenía que permanecer en sus habitaciones del hotel, sin atreverse á bajar al comedor ni al salón. En nuestro mundo se comenta todavía el suceso... Todos los que no la conocen querían verla. Las mujeres se ocupaban envidiosamente de su buena suerte. ¡Dos jóvenes queriendo matarse por una viuda con hijos!... Y exageraban su edad para dar cierto aspecto ridículo al choque de ustedes...
Eran más de las doce, y Enciso quiso marcharse. Antes de partir creyó del caso dar por adelantado algunos de los consejos que seguramente iba á oir Borja de boca de su tío.
--Don Baltasar piensa como nosotros dos. ¿Se extraña usted y quiere saber quién es el otro?... Me refiero á don Arístides. Mi ilustre amigo le quiere como siempre. Lamenta un poco lo que ocurrió aquella noche en mi casa; pero ahora, gracias al tiempo transcurrido, lo ve con frialdad, lo mismo que lo vi yo desde el primer momento. Una humorada un poco fuera de tono; un capricho genial de poeta, como digo á todos... Las cosas se arreglarán, amigo Claudio. Déjese llevar por las exigencias sociales como si fuesen olas dulces. Después ya se saldrá de la corriente, cuando lo juzgue oportuno, para hacer sus gustos, pero siempre sin escándalo... Siga los consejos de nosotros tres, que le queremos.
Al quedar solo el joven, resurgió en su memoria la imagen de Rosaura tal como la veía un año antes, entre las florestas de la Venusberg.
En días anteriores era una pálida imagen, falta de vida, logrando evocarla sin que despertase en él vibración alguna. La tenía cerca, podía verla en cualquier momento, repitiendo la escena del _dancing_, perturbando sus nuevos amores, y la convicción de tal potencia le mantenía inactivo, en resignada calma. Al saberla ahora lejos, fugitiva con aquel hombre de gustos frívolos, hábilmente egoísta para asegurarse una vida de lujo por medio del matrimonio, fuera ya de su alcance, imposibilitado de adivinar dónde se encontraba, resurgía en su recuerdo como la Venus medieval emerge ante los ojos del caballero Tannhäuser, desnuda, luminosamente blanca, cual una nube hecha carne, entre las valvas de la enorme madreperla que le sirve de lecho.
Ya no la comparaba ahora con un ave doméstica. Desplegaba sobre la inmensidad azul sus alas blancas de paloma de Afrodita, majestuosa como un águila, pero en su vuelo iba hacia otro.
--¡Y no la veré más!--dijo con voz de lamento--. ¡Ay! ¿quién me la devolverá?...
Seguía pensando en esto á media tarde, cuando llegó don Baltasar Figueras, acompañado hasta la puerta del «villino» por un doméstico de la Embajada de España.
El canónigo se mostró discreto. Con una curiosidad casi infantil quiso ver y tocar el vendaje que aún llevaba el joven en la pierna herida. Escuchó luego el relato del encuentro, formulando preguntas pueriles para explicarse ciertos detalles.
--¡Las majaderías que hacen los hombres!...
Pero á tal exclamación unía cierto orgullo, pensando que uno de su familia había expuesto la vida tranquilamente, como lo hicieron en otros siglos, yendo de torneo en torneo, ciertos caballeros andantes del reino de Aragón que ostentaban ante su nombre el título de «Mosén».
Evitó alusiones directas á la dama que él había conocido en la Costa Azul, autora inconsciente de tales hechos dramáticos. Su honestidad eclesiástica le hizo evitar estas y otras escabrosidades de la conversación.
--Creo que después de las tonterías que llevas hechas--dijo con un acento severo que no causó mella en su oyente--, renunciarás á tu vida actual. La verdadera culpa de todo la tiene tu existencia de vagabundo, sin familia, sin mujer, sin casa. Esta mañana hemos hablado de ello don Arístides y yo. El se muestra dolido, y con razón, de lo que ha pasado; pero te quiere, y lo mismo ese pobre ángel de Estelita, y hasta su tía, que tiene su geniazo, pero en el fondo es una buena de Dios. Te perdonan y te esperan. No digas que no; para algo me ha traído la Providencia aquí. Les harás una visita conmigo. Nada de hablar de lo que ya está olvidado. Yo te ayudaré... Volverás á vivir con la familia de tu antiguo tutor, lo mismo que antes de que conocieras á esa señora. Lo que debe ser será. Como don Arístides goza de tanto poder en el Vaticano, puede arreglar tu boda en pocos días, suprimiendo trámites. Te advierto que no me voy de aquí sin dejarte casado con Estelita.
Y creyó que con esto quedaba dicho todo.
A la mañana siguiente salió Borja por primera vez de su casa, para buscar al canónigo en un hotelito de la calle del Governo Vecchio, muy frecuentado por clérigos á causa de su proximidad á la Ciudad Leonina, y que le había servido de alojamiento en todos sus viajes á Roma.
Andaba Claudio sin dificultad, apoyándose ligeramente en su bastón, gozando las delicias del movimiento, del aire libre y del sol, en una mañana suave, cuya luz dorada, cernida por nubes sutiles, daba cierto color de naranja á las piedras antiguas.
Figueras, al salir de su alojamiento, le hizo saber que estaban invitados á almorzar en la Embajada de España á la una de la tarde. Pero era oportuno presentarse antes, para que se restableciese la cordialidad entre Claudio y la familia de don Arístides.
--Ahora son las diez. Nos iremos allá á las doce, cuando disparen el cañonazo en el castillo de Sant Angelo.
Como ya no le inspiraban preocupaciones los asuntos de su sobrino, volvió otra vez á pensar en «su tema», excitado por el ambiente de Roma.
--Necesito ir, antes del almuerzo, á echar un vistazo á las famosas Estancias, decoradas por el Pinturicchio.
Mientras caminaban hacia el Tíber, siguiendo luego por el puente de Sant Angelo y las calles rectas y estrechas de la Ciudad Leonina, don Baltasar formuló una vez más sus protestas contra los «grandes calumniados», como él llamaba á los Borgia.
--A Lucrecia ya le hicieron justicia. El protestante Gregorovius y otros historiadores han probado que esta dama, muerta á los treinta y nueve años, de mal parto, no fué nunca la mujer sensual ni la envenenadora inventada por los enemigos de su familia, y que ciertos poetas de nuestra época ennegrecieron aún más, caprichosamente. Siendo princesa de Ferrara, ella que en su juventud había figurado como la mujer más elegante de Europa, renunció á las vanidades mundanas, se despojó de joyas y ornamentos, entregándose á la vida piadosa, fundando monasterios y hospitales, sin abandonar por ello el cuidado de sus hijos ni los deberes representativos de una princesa reinante. Su muerte, ocurrida en 1519, fué la de una buena madre, mostrándose serena, piadosa y cristiana hasta el último momento. Todavía en la antevíspera escribió doña Lucrecia de su propio puño al pontífice León X, con el que estaba en correspondencia frecuente. Por sus cartas sabemos que hacía diez años que llevaba bajo sus vestiduras majestuosas un áspero cilicio y dos años que se confesaba todos los días, comulgando semanalmente.
Todo el pueblo de Ferrara lloró su muerte. Alfonso de Este, su esposo, rudo soldado que escribía al pie de su firma «bombardero», como el mejor de sus títulos, vivió quince años más, pero acordándose siempre de ella.
Sin fijarse en que Claudio no parecía mostrar en aquel momento gran interés por esta rehabilitación histórica, el sacerdote continuó:
--El último en morir de la familia Borgia fué don Jofre, príncipe de Esquilache. Este joven, que César tuvo siempre como «hombre para poco», débil de cuerpo y encogido de ánimo, debió sentirse feliz al verse solo en la tierra.
Su mujer, la inflamable doña Sancha, había fallecido en 1506, luego que César la hizo sacar del castillo de Sant Angelo, donde estaba encerrada por orden de su suegro el Papa, enviándola á Nápoles. Al morir, aún no había cumplido veintisiete años.
--Aquella gente vivía muy aprisa, yéndose del mundo antes de tiempo. A pesar de su mala fama, he leído, en cartas de algunos españoles de entonces, que fué doña Sancha «muy acabada y valerosa princesa, y muy favorecedora de España». Fuese como fuese, lo cierto es que don Jofre, viéndose viudo á los veintitrés años, se marchó á nuestro país, donde casó con una hija del conde de Albaida, quedándose allá, en la obscura y humilde dicha de los que no tienen historia.
Mostró Claudio Borja un repentino deseo de saber algo que había excitado su curiosidad repetidas veces.
--¿Y don Michelotto?--preguntó--. Nadie habla de él después de la muerte de César, ni figura durante los últimos años de éste, cuando estaba prisionero en España.
Sonrió el canónigo, haciendo al mismo tiempo un gesto de cómico terror.
--¡Micalet Corella!... ¡Qué tipo!... Efectivamente, nada he leído sobre el final de su vida terrible. César salió de Italia sin poder verle. Don Miguelito, luego de defender como perro rabioso los dominios de su amigo y señor, cayó prisionero de los florentinos con otros partidarios de César, y el nuevo papa Julio II consiguió que se lo enviasen á Roma, encerrándolo en el castillo de Sant Angelo. Aquí le hizo dar tormento con la esperanza de que confesase los crímenes de César. El testimonio de este hombre considerábalo precioso para incoar un terrible proceso contra el duque de las Romañas... Pero el duro don Micalet aguantó toda clase de suplicios sin hablar, manteniéndose fiel á su protector. Indudablemente le preguntaron acerca de muchos delitos imaginarios que César no había cometido nunca. ¡Le inventaban tantos!... Como si no tuviese bastante con los que resultan completamente ciertos...
Calló Figueras, repasando sus recuerdos, para añadir poco después:
--Ni una palabra sobre don Michelotto, luego de su encierro en Sant Angelo. La noche cae sobre su nombre. Tal vez murió á consecuencia de los tormentos. Es posible igualmente que recobrase su libertad y lo mataran en una emboscada al verle solo, sin el auxilio de aquellos temibles compañeros de aventuras, que había tenido que licenciar. ¡Resultaban tan numerosos sus enemigos!... También pudo ser que consiguiera huir á España y pasase el resto de su existencia al lado de su hermano el marqués de Cocentaina, aquel Corella de nacimiento legítimo, que salvó al papa Borgia de un león, aquí cerca, en el Belvedere. Nada tendría de extraño que en nuestra tierra viviese y muriese como un hidalgo, buen creyente, pasando los días en la iglesia del pueblo y relatando sus aventuras á los hijos de su hermano.
Después de oír esto, Claudio Borgia volvió á acoger con indiferencia las palabras de don Baltasar.
Se iban cruzando en las estrechas calles con damas extranjeras que volvían de la iglesia de San Pedro. Eran norteamericanas pertenecientes á una peregrinación. Sin saber por qué, las encontró el joven alguna semejanza con la mujer que llevaba en su pensamiento. En realidad, no existía ningún parecido físico; eran rubias las más, y la otra tenía los ojos y el pelo negros. Pero había de común entre ellas cierto aire de soltura gimnástica, la buena conservación de la carne por los cuidados higiénicos, esa uniformidad del bienestar que caracteriza á la mujer rica. La ausente era una viajera como todas ellas, y la vida de gran hotel, de _dancing_, de _sleeping_, de lujosos trasatlánticos, las unificaba con el mismo aire inconfundible é indescriptible que aglomera á los individuos de una nación, emparentándolos, aunque sus aspectos particulares sean distintos.
Después de varios días de encierro, le impresionaba el continuo paso de estas extranjeras, que en otro momento le habían parecido transeuntes vulgares.
«¡Y no la veré más!--pensaba--. ¡Y la he perdido para siempre!...»
El canónigo continuó hablando.
--Así como ahora existe una Lucrecia completamente distinta al monstruo que inventó la fantasía, también empieza á dejarse ver un Alejandro VI que no es el bandido creado por sus calumniadores. Yo soy clérigo y me está prohibido hablar contra los Papas; mas sin incurrir en pecado, puedo establecer una diferencia entre los hombres y la sagrada función pontifical que ejercieron, y te digo que Juliano de la Rovere, ó sea Julio II, procedió como un malvado al denigrar á su antecesor, acogiendo todas las calumnias, por disparatadas que fuesen, para difundirlas, y dando protección á cuantos quisieron escribir contra los Borgia... El tal Rovere, tú sabes que tuvo hijos, lo mismo que Alejandro VI, y además fué aficionado á otras cosas infames no conocidas por nuestro compatriota.
Al surgir la reforma protestante, necesitaban sus escritores concretar sobre la cabeza de algún Pontífice todos los vicios y delitos de la corte de Roma durante siglos, y Julio II les daba ya hecho el trabajo con la leyenda contra los Borgia, de reciente formación.
Este Papa, que fué grande por lo mucho que le dejaron preparado ó realizado Alejandro VI y su hijo, continuó la calumnia contra ellos, aun después de muerto, por medio de los escritores que aceptaron á ciegas su falsa y apasionada información.
El mayor defecto de Rodrigo de Borja había sido tomar á risa lo que inventaban contra él: su falta de miedo al juicio de la posteridad, su bondadosa pereza, que nunca se tomó el trabajo de rectificar la mentira diaria.
--Que hablen--decía--. Al pueblo romano hay que permitirle el insulto, y así se deja gobernar mejor.
Los enemigos del Papado encontraban á su disposición un Pontífice, víctima expiatoria preparada por otro Pontífice. Además era español, del país que sostuvo con su espada la unidad religiosa del mundo. ¿Qué más podían desear?...
--Y durante tres siglos, casi hasta nuestros días, los historiadores se han copiado unos á otros, sin tomarse el trabajo de subir hasta las fuentes originales.
Luego el canónigo añadió, con una cólera reconcentrada que no podía inspirarle ningún suceso contemporáneo:
--Hasta los españoles aceptaron la calumniosa leyenda de los Borgia, dejándose influenciar por autores extranjeros que repiten falsedades sin comprobarlas antes. Sólo en el curso de nuestra vida ha empezado á verse un nuevo Alejandro VI. Yo mismo--dijo con cierta modestia--he contribuído un poco á tal justificación. El hombre que escribe á su hijo unas cartas que sólo éste debe leer, dándole consejos morales é instrucciones religiosas, no tiene la menor relación con el monstruo sádico inventado por los folicularios de aquella época, celebrando orgías con toda su familia.
Le hizo insistir el entusiasmo en sus afirmaciones optimistas y enérgicas.
--Alejandro fué un gran Pontífice, y hasta su hijo César (la peor persona de la familia) resulta igual á los príncipes de su época. Sólo se diferencia de ellos por tener más talento y mayores condiciones de energía y actividad. Muchos de los crímenes que le atribuyen son indignos de su inteligencia y su carácter. Cuando César se decidía á obrar como malvado, por razones políticas ó particulares, realizaba sus delitos con una franqueza bárbara ó con una habilidad diplomática que arrancó gritos de admiración á Maquiavelo.
Marchaba Claudio al lado suyo sin oirle, pero él continuó su peroración como si el otro le escuchase, y una sonrisa irónica acompañó sus palabras.
--¡El veneno de los Borgia!... Ya sabes cómo lo fabricaban; una invención absurda, digna de la medicina y la farmacopea de aquellos tiempos, si es que realmente se puso en práctica alguna vez. Hartaban á un cerdo de alimentos cargados de arsénico, luego lo apaleaban, y la baba que iba soltando la recogían para que sirviese de veneno. Es cierto que el arsénico deja sus huellas en los envenenados, pero más discretas, menos visibles y escandalosas que las mencionadas por los enemigos de los Borgia. Cuando un cardenal ó un gran señor moría cubierto de pústulas ó grandes abcesos con numerosos orificios, era voz general que lo había matado el «veneno de los Borgia». ¡Como si de faltarles este veneno no hubiesen llegado á morir nunca! ¡Como si no existiesen enfermedades entonces!... Precisamente acababa de aparecer la terrible dolencia vergonzosa que tú sabes, extendiéndose por toda Europa, sin respetar á Papas ni á reyes. Para su curación se recetaban los remedios más extravagantes. Tampoco se conocía la verdadera naturaleza de la diabetes, y hay que pensar la vida de continuo banqueteo y excesos en bebidas y dulces que llevaban los próceres y prelados del Renacimiento. Apenas enfermaba alguno de ellos, perdiendo sus fuerzas y cubriéndosele el cuerpo de abcesos, se atribuían dichos tumores al «veneno de los Borgia». Era el resto del tósigo que se escapaba por la epidermis, y el único remedio, según la medicina de la época, consistía en beber caldo de culebra negra ó buscar centenares de perros, gatos ó gallos, abriéndolos vivos para aplicarlos con todo su calor sobre el enfermo.
Hizo una pausa el canónigo, y añadió:
--Indudablemente, dar veneno á los enemigos era entonces una regla aceptada por todos los jefes de gobierno. Los más de los príncipes tenían á su devoción alquimistas encargados de buscar nuevos tósigos, y una de las mayores preocupaciones de Alejandro y su hijo no fué envenenar á los demás, sino librarse ellos del veneno ajeno, cuyos verdaderos efectos resultaban más disimulados que el de muchas enfermedades naturales, mal conocidas en aquel tiempo.
Habían llegado á la plaza de San Pedro, admirando Figueras, como siempre, las columnatas semicirculares y la enorme cúpula de la basílica.
Mostróse emocionado una vez más por el aspecto majestuoso del monumento. Era un símbolo de la universalidad de sus creencias... Y acto seguido acopló en su imaginación el recuerdo del Pontífice que él llamaba «su Papa» á dicha grandeza arquitectónica.
--Nunca puedo ver esto--dijo--sin pensar en nuestro Alejandro. Sé bien que se construyó luego de su muerte, pero nadie me negará que durante su pontificado llegó el catolicismo á su mayor grandeza. Después de los primeros siglos del triunfo de la Iglesia, la cristiandad romana empezó á perder gente, en vez de aumentar sus prosélitos. Los griegos nos abandonaron, llevándose una parte de Europa, y luego de muerto el papa Borgia, sus inmediatos sucesores perdieron otra parte al rebelarse los pueblos afectos á la Reforma. El catolicismo, tal como es actualmente, inicia su desarrollo bajo el gran Papa español. En su tiempo se descubre la América; él es quien reparte el mundo entre españoles y portugueses; Colón le escribe en castellano (á pesar de que Rodrigo de Borja llevaba viviendo en Italia tres cuartas partes de su existencia) contándole que ha descubierto trescientas leguas de la costa de Asia, el Japón y un sinnúmero de islas inmediatas. Veinte naciones americanas son ahora católicas, al otro lado del Océano, por haber nacido á la vida cristiana en tiempos de nuestro Alejandro. Más de cien millones de seres acatan á Roma en el opuesto hemisferio por el proselitismo del papa Borgia, que se apresuró á enviar misioneros á América en el segundo viaje de descubrimiento. Se comprende el orgullo de aquel Pontífice. ¿No habríamos incurrido nosotros en el mismo pecado?... Realizaban los españoles el prodigio de llegar á Asia por Occidente (pocos sospecharon entonces que se había descubierto un nuevo mundo), y el Pontífice consagrador de tan inaudita hazaña era también español. Un creyente como Alejandro VI debía ver en ello la mano de la Providencia.
Claudio sólo pensaba en la visita que iba á hacer hora y media después á don Arístides y su familia.
Seguiría su destino. Una voz burlona parecía gritarle desde el fondo de su memoria: «¡Adiós, caballero Tannhäuser!»
Iba á acabar su vida de locuras. Se contentaría con una existencia reposada, dulcemente monótona, sin delirios felices y sin conflictos. Sería el marido de Estela; y la misma voz lejana repetía como un eco lamentoso: «¡Pobre Estela!»
Se aproximaron á una puerta del Vaticano, y el canónigo, como si hablase ante una muchedumbre de diversas creencias y razas, siguió diciendo:
--Y para los que no pertenecen á nuestra religión, el pontificado de Alejandro VI representa un gran acontecimiento histórico, el mayor tal vez de nuestra raza... ¿Qué éramos los blancos nacidos en Europa? Una minoría de la humanidad aglomerada en un continente estrecho. ¡Quién sabe si, faltos los blancos de expansión, debilitados en una lucha incesante por la propiedad del exiguo suelo, esos pueblos de Asia que parecen inmensas colmenas ó interminables nidos de hormigas habrían acabado por caer sobre los nuestros, esclavizándolos por la fuerza de su inmensa superioridad numérica!... Pero descubrimos los españoles el mundo americano en tiempos del papa Borgia, y gracias á nosotros pudo Europa desarrollarse en la más prolongada de las masas continentales, donde se repiten dos veces, á un lado y á otro de la línea ecuatorial, todos los climas y todas las riquezas, triunfando con ello definitivamente el hombre blanco sobre el resto del planeta.
Como si por primera vez se diese cuenta de la distracción de su sobrino, cesó de andar y se volvió hacia él, señalando el palacio grandioso que tenían enfrente.
--Me imagino--dijo con entusiasmo--la emoción de Rodrigo de Borja á mediados de 1493, cuando sólo era Papa unos meses y el Pinturicchio iba trazando sus primeras figuras en los salones que ahora llaman Estancias de los Borgia. Había empezado á difundirse una noticia entre los miles de españoles avecindados en Roma ó acudidos á ella para solicitar mercedes del cardenal compatriota recientemente elegido Papa.
Uno de estos españoles-romanos, clérigo aragonés, llamado Lorenzo de Cosco, que añadía á su calidad de presbítero el título de «generoso y literato», traducía al latín, idioma universal de entonces, la carta escrita por un tal Colón, desde Lisboa, á un judío converso, el magnífico Gabriel Sánchez, tesorero del rey Fernando el Católico.
En ella relataba el marino las peripecias de su viaje con un centenar de españoles y tres barcos á través del Océano.
--Iban en busca de las tierras del Gran Kan de la Tartaria, y las habían encontrado por la ruta de Occidente, aunque sin poder llegar á su capital, la rica Calambú, ó sea el moderno Pekín, descrita por Marco Polo y Mandeville. El Papa español, entusiasmado por este suceso providencial, facilitaba la impresión de la carta traducida por Cosco, enviándola á todos los soberanos de la tierra... Y lo raro del caso fué que Alejandro VI, que había vivido la mayor parte de su existencia en Italia, hablase de Colón llamándolo español. También el italiano Jacobo Trotti escribía á su señor, el duque de Ferrara, sobre las nuevas tierras descubiertas por el «español» Colón... Esto resulta otro misterio histórico, necesitado de luz, como la falsa leyenda de los Borgia. ¿No lo crees así?...
Nada dijo Claudio. Tal vez no había oído las palabras de don Baltasar; pero éste, sin percatarse de su indiferencia, siguió hablando:
--El papa Borgia fué el primero que hizo saber á los hombres, de una manera que puede titularse oficial, el descubrimiento de América, que aún no se llamaba América, y cuya verdadera naturaleza nadie había llegado á presentir. ¿No te conmueve este recuerdo, evocado aquí mismo, antes de que subamos á ver sus famosas Estancias?...
Cogió á Claudio de una solapa, mirándolo de cerca, al hacer dicha pregunta, y el joven, aunque ignoraba á causa de su preocupación lo que había dicho el canónigo, aprobó moviendo la cabeza.
Un lamento continuo seguía resonando en su interior. Era lo único que podía oir:
«¡Y se fué para siempre!... ¡Y no la veré más!»
FIN
«Fontana Rosa» Mentón (Alpes Marítimos) Junio-Septiembre 1926
[NOTA 1: Esta novela es la segunda y última parte de la titulada EL PAPA DEL MAR, del mismo autor.--_Nota del Editor._]