Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
MARCELA o ¿A CUÁL DE LOS TRES?
COMEDIA ORIGINAL EN TRES ACTOS
POR DON MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS
Representada por primera vez en el teatro del Príncipe el día 30 de Diciembre de 1831.
Esta comedia ha sido aprobada para su representación por la Junta de censura de los teatros del Reino en 8 de Mayo de 1849.
QUINTA EDICIÓN
[Ilustración: M. P. D.]
PRECIO: 8 REALES
MADRID: ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE E. CUESTA, _Calle de la Cava-alta, núm. 5._ 1881.
PERSONAS ACTORES
Marcela DOÑA CONCEPCIÓN RODRÍGUEZ. Don Timoteo DON ANTONIO DE GUZMÁN. Don Martín DON CARLOS LATORRE. Don Amadeo DON PEDRO GONZÁLEZ MATE. Don Agapito DON JOSÉ VALERO. Juliana DOÑA RAFAELA GONZÁLEZ.
_La escena es en Madrid, en una sala de la casa de Marcela._
Esta composición pertenece a la Galería Dramática que comprende los teatros moderno, antiguo, español y extranjero, y es propiedad de su editor, _don Manuel Pedro Delgado_, quien perseguirá ante la ley, para que se le apliquen las penas que marca la misma, al que sin su permiso la reimprima o represente en algún teatro del reino, o en los liceos y demás sociedades sostenidas por suscripción de los socios, con arreglo a la ley de propiedad intelectual de 10 de enero de 1879 y publicada en la _Gaceta_ del 12 del propio mes y año.
ACTO PRIMERO.
ESCENA PRIMERA.
MARCELA, DON TIMOTEO, DON AGAPITO y JULIANA.
Don Timoteo y Juliana aparecen en el fondo disputando: Marcela y don Agapito más inmediatos al proscenio, sentados, haciendo aquella una petaca, y este un cordón.
TIMOTEO.
¡Si no quiero! ¿Hay tal porfía? Mi habitación es sagrada.
JULIANA.
¿No he de dar una escobada donde hay tanta porquería?
TIMOTEO.
¿Qué importa? No lo consiento, no lo sufro; y si te atreves...
JULIANA.
Pero...
TIMOTEO.
En tus manos aleves va a morir mi nacimiento. A tal ruina, a tal estrago ya no hay paciencia que baste. Ayer rompiste o quebraste mi Baltasar, mi rey mago. Hoy con los zorros fatales me has hecho trozos, añicos, dos pastores con pellicos, o si se quiere, zagales.
JULIANA.
Pero señor...
AGAPITO.
Lindamente. Primoroso va el tejido.
TIMOTEO.
Reniego de tu barrido.
JULIANA.
(_Entre dientes_). ¡Vejestorio impertinente!
TIMOTEO.
¿Qué dices de vejestorio?
JULIANA.
Yo...
TIMOTEO.
Mira que si me irrito... ¿Qué hace usted, don Agapito? (_Se acerca. Juliana arregla los muebles_).
AGAPITO.
Nada: un cordón de abalorio.
MARCELA.
Agapito es muy amable.
AGAPITO.
Sabe usted cuál se desvela por complacer a Marcela mi amistad inalterable. Prosigo pues mi cordón mientras ella se ejercita en su petaca de pita.
JULIANA.
(¡Qué enfadoso maricón!)
TIMOTEO.
Según parece, es de moda esa labor o tarea entre las damas, o sea... ¿Pero di, no te incomoda esa mano de mortero en la tuya delicada? ¡Qué moda tan desairada! No llega al mes de febrero.
MARCELA.
En algo se ha de pasar el tiempo.
AGAPITO.
Esa bagatela es del gusto de Marcela.
MARCELA.
Mejor es eso que holgar.
AGAPITO.
Y yo diré en todas partes que es obra muy singular, y que la debe premiar el Conservatorio de Artes.
MARCELA.
Alabanza lisonjera, digna de un joven tan fino como usted.
TIMOTEO.
¡Oh! Mi vecino sabe muy bien la manera, el modo y forma de hacer a una dama cumplimientos: es decir...
MARCELA.
(_Se levanta y don Agapito también_). En sus acentos es muy fácil conocer su educación esmerada.
TIMOTEO.
¡Oh! Es un joven, un mancebo, que puede decir, me atrevo a afirmar... y nunca errada me salió una profecía, me atrevo a pronosticar que le harán mucho lugar las damas.
MARCELA.
Su bizarría, su trato afable y cortés, su gusto para cantar, su destreza en el bordar, y la gracia de sus pies cuando baila un rigodón, son prendas que sin empeño bastan para hacerle dueño del más yerto corazón.
AGAPITO.
¡Oh, señora! ¡Qué rubor! Me confunde usted. Ya veo...
MARCELA.
Como lo digo lo creo.
AGAPITO.
(Ciega está por mí de amor).
MARCELA.
Su contextura es endeble, pero...
AGAPITO.
Sí, soy delicado.
MARCELA.
Ya se ve; niño mimado...
JULIANA.
(¡Que no conozca este mueble que se están mofando de él!)
MARCELA.
Mas la gordura, el color... son de mal tono. ¡Qué horror! No es de elegante doncel presumir de pantorrillas como un ganapán, un bruto. ¡Qué bello es un rostro enjuto abismado en las patillas! Ni sobre cuello macizo arman bien los corbatines; ni se pintan figurines para un mancebo rollizo. Rostro sano y carrilludo propio es de gente ordinaria. ¡Qué feo al cantar un _aria_ o lanzando un estornudo! ¡Qué mal sobre alfombra turca quien tiene recios jamones; qué mal mueve los talones para bailar la _mazurca_! ¿Qué vale la corpulencia? El hombre alto, mocetón, parece sauce llorón cuando hace una reverencia. ¡Aunque escritores morales viendo a un hombre encanijado clamen: fatal resultado de las costumbres actuales! Puesto que el hombre no es bueno, le prefiero chiquitín; que en pequeño vaso, al fin, no cabe mucho veneno. De gigantesca figura huye amor como del bu. Vamos, valen un Perú los hombres en miniatura.
AGAPITO.
¡Ah, que es celestial consuelo el gustar a tal belleza! Tome usted: tanta fineza bien merece un caramelo. Ah, también una pastilla menos dulce que esa boca.
JULIANA.
(¡Tonto! A risa me provoca.)
AGAPITO.
Tiene esencia de vainilla. (_A don Timoteo y a Juliana_). Vaya unos caramelitos.
TIMOTEO.
Gracias.
AGAPITO.
Son pura ambrosía.
TIMOTEO.
¿Y de qué confitería?
AGAPITO.
Calle de Majaderitos.
MARCELA.
Como usted... es parroquiano, le servirán...
AGAPITO.
De rodillas. Ahí tiene usté; esas pastillas son las que gasta el _soprano_.
TIMOTEO.
¡Eh! Yo os dejo ventilar, discutir tan grave asunto. Por mi parte, he dado punto y me subo al palomar. Allí me hechizo, me encanto, y se me pasan las horas muertas. ¡Son tan criadoras!... Quiero decir, ¡ponen tanto!... Yo no paro, no sosiego hasta pasar mi revista. Conque abur, hasta la vista; hasta después; hasta luego.
ESCENA II.
MARCELA, DON AGAPITO y JULIANA.
AGAPITO.
¿Vuelve usted a su petaca?
MARCELA.
No. La cabeza me duele.
AGAPITO.
Jaqueca. Quitarse suele con parches de tacamaca. ¿Se los quiere usted poner? Bueno será. En dos instantes iré a casa de Collantes...
MARCELA.
¿Para qué? No es menester. En tomando el aire un poco... Bajaremos al jardín.
AGAPITO.
(Ya triunfé de don Martín. Mía es Marcela. ¡Estoy loco!) El brazo. (_Se le da Marcela_).
JULIANA.
(Ya está tan hueco.)
AGAPITO.
La sombrilla. ¡Bravo, bravo! (_La toma de Juliana_). ¿_Allons_? (Mi ventura alabo).
MARCELA.
(Me divierte este muñeco).
ESCENA III.
JULIANA.
JULIANA.
Sola estoy, y esta pereza... Vamos, el viento del sur me desalienta. Tenía que arreglar el _canezú_ de la señorita; pero para trabajar en tul no estoy ahora. ¿Y qué haré? ¿Murmurar? El avestruz de Juanillo no está en casa; Bonifacio es un gandul; la cocinera... ¡Ah! Gertrudis, que ayer vino de Gallur, y ahí en la casa de al lado sirve a don Pedro Eguiluz... Sí, sí. ¡Qué buena muchacha! Y yo no la he dicho aún... (_Asomada a una ventana_). ¡Paisana! ¡Gertrudis! ¡Hola! Ya viene. Tal cual. ¿Y tú?— (_Se supone que la hablan desde otra ventana_). Me alegro. ¿Sí? Ganas poco; yo cuatro duros y algún regalillo, porque mi ama, Dios la dé mucha salud, es generosa y me quiere; así tengo yo un baúl que da gozo. Te aseguro que mi eterna gratitud... Su tío don Timoteo es un pedazo de atún. Cominero, impertinente... ¡Qué lástima de ataúd! Tan plomo para explicarse, que cuando dice _según_, si detrás no va el _conforme_ no está contento. ¡Jesús! Y luego me da una guerra con su palomar, con su... Vamos; bien dijo quien dijo que el servir es mucha cruz. Mi ama, como viuda y rica, goza de su juventud; ¡oh!, pero con juicio, aunque esto no es hoy día muy común. No le faltan aspirantes; pero ella, sea virtud, sea orgullo, o lo que fuere, no se ha decidido aún por ninguno. Hay un poeta que la mira de trasluz, suspira, gime, se arroba, y no pronuncia una Q. Reverso de su medalla es un compadre andaluz, capitán de artillería, que lo mismo es entrar, ¡prum!, estalló la bomba. Aquella no es boca, no, que es obús. El tercero... ¡y cuál me aburre su terca solicitud! Es un fatuo, un botarate, _post-data_ de hombre; el _non plus_ del lechuguinismo; enclenque, periquito entre ellas... ¡Puf! ¡Qué peste! Siempre moneando, siempre cantando el _Mai piú_, siempre hablando de piruetas, y del solo, y de la _pul_... Hombre que iría al Japón por bailar un _padedú_; y siempre con golosinas... ¡así esta él que no echa luz! Y dale con si el peinado ha de llevar _marabús_, y si es color más de moda el de hortensia que el azul: si el corsé... Mas viene gente. Ya nos veremos. Abur.
ESCENA IV.
JULIANA y DON AMADEO
AMADEO.
Julianita, Dios te guarde.
JULIANA.
¡Oh, señor don Amadeo!
AMADEO.
¿Y tu ama?
JULIANA.
Salió a paseo.
AMADEO.
¡Que siempre venga yo tarde!
JULIANA.
Ahí está don Timoteo.
AMADEO.
Mi corazón solo anhela ver a la hermosa Marcela; y no viéndola mi amor, ese prosaico señor me cansa, no me consuela.
JULIANA.
Puede que lejos no esté...
AMADEO.
¿Quién?
JULIANA.
Mi ama.
AMADEO.
Dímelo. Iré...
JULIANA.
En cuatro saltos...
AMADEO.
Al fin, ¿no me dirás dónde fue? Habla.
JULIANA.
Ha bajado al jardín.
AMADEO.
¿Al jardín? Tú, según creo, te burlas de un afligido. No dijiste...
JULIANA.
Que a paseo salió. ¿Y en esto he mentido al señor don Amadeo?
AMADEO.
No, mas tu chanza enfadosa el tiempo me hace perder. ¡Oh, Marcela! ¡Oh, prenda hermosa! Vuelo al jardín. ¡Oh, placer! ¿Hay suerte más venturosa? Allí entre el verde arrayán la diré mi tierno afán, y que enamorado, muerto... ¿Está sola?
JULIANA.
No por cierto, que la acompaña un galán.
AMADEO.
¡Ah!
JULIANA.
(Se quedó tamañito).
AMADEO.
¡Ingrata y fatal mujer!
JULIANA.
¡Oh! No es tan grave delito.
AMADEO.
¿Y quién pudo merecer...?
JULIANA.
El señor don Agapito.
AMADEO.
¿Don Agapito? Ese mono... No le temo; le desprecio; mas al pesar me abandono al ver que me estorba un necio dicha que tanto ambiciono.
JULIANA.
Grande es sin duda el amor que le inspira a usted mi ama.
AMADEO.
Sí; mas ni un solo favor paga mi amorosa llama, y moriré de dolor. ¿Quién al mirarla tan bella, quién no se abrasa de amores, quién no delira por ella? Envidia tengo a las flores que están besando su huella. Envidia al aire sutil que en torno juega, lascivo, de su cabello gentil, y al ruiseñor que festivo la canta diosa de abril; y a la fuente cristalina que murmurando la llama, y en la enramada vecina envidia tengo a la grama si en ella, ¡ay Dios!, se reclina. Envidio al rojo clavel que la ofrece su carmín; envidio a todo el vergel... y a don Agapito, en fin, porque la acompaña en él.
JULIANA.
¡Qué relación tan discreta, y cómo huele a azahar, a tomillo y a violeta! Para eso de enamorar no hay hombre como un poeta. Bien haya su boca, amén, que con elocuencia tal pinta el favor y el desdén. Ellos suelen sentir mal, ¡pero lo dicen tan bien!
AMADEO.
¡Ah!
JULIANA.
Mas mi señora bella, ¿por qué cuando está presente esos labios siempre sella? ¡Conmigo tan elocuente, y tan cartujo con ella! Declare usted su pasión, porque mentales amores ya de este siglo no son.
AMADEO.
Yo temo que sus rigores...
JULIANA.
¡Eh! No es tan fiero el león. Es preciso ser más franco. Ser cobarde con las damas es querer quedarse en blanco. No se ande usted por las ramas. Herrar o quitar el banco.
AMADEO.
A un desaire, lo confieso, prefiero una enfermedad, y aunque la amo con exceso...
JULIANA.
¡Hola! Vence según eso al amor la vanidad.
AMADEO.
Si Julianita quisiera, pues tan tímido nací, y es de mi bien camarera...
JULIANA.
¿Qué?
AMADEO.
Sé tú mi medianera.
JULIANA.
¡Yo!
AMADEO.
Declárate por mí. Yo te ruego...
JULIANA.
¡Bueno es esto! Pues qué, ¿no tiene usted lengua? O por ventura mi gesto...
AMADEO.
¡Oh! No lo tengas a mengua, que mi amor es puro, honesto. ¡Ah! Si venzo sus desvíos...
JULIANA.
En mi vida me he mezclado en ajenos amoríos, porque el tiempo me ha faltado para ocuparme en los míos. Pero en fin, por compasión, aunque repruebo el oficio, ofrezco mi intercesión.
AMADEO.
¡Oh dicha! A tal beneficio no hay humano galardón. Si fueses tú camarera de las que andan por ahí, dinero y joyas te diera; mas veo prendas en ti superiores a tu esfera. Tu talento es sin igual, y mi pluma no profano... Sí, voy a escribirte ufano el más lindo madrigal que se ha escrito en castellano.
JULIANA.
¡Pues! Dádiva de poeta. ¿Y con esa fruslería me paga usted la estafeta?
AMADEO.
¡Oh! La dulce poesía...
JULIANA.
Buen dinero es la gaceta. Aunque tenga yo talento y guste de madrigales, perdone usted si no miento, daría por veinte reales, no un madrigal, sino ciento. Yo agradeciera, no obstante, tal honor, fineza tal, ¡oh caballero galante!, si envuelto en el madrigal me diera usted un diamante.
AMADEO.
¡Oh Pimpleas! No escuchéis tan horrorosa blasfemia. Huid, ¡oh musas!, ¿qué hacéis?, y hasta Rusia no paréis, aunque os coja la epidemia. ¡Que tú discreta te llames, tú que en el alma cobijas pensamientos tan infames!
JULIANA.
Pues yo...
AMADEO.
Calla no me aflijas. ¡_Oh auri, auri sacra fames_! (_Da una moneda a Juliana_). Toma, pues dinero quieres, y perteneces, mezquina, al vulgo de las mujeres. Mayor será la propina si con celo me sirvieres; ya que por raro portento, cuando las musas están en tan triste abatimiento, no me pudro en un desván descamisado y hambriento. Toma; que la dulce lira solo consagro a la hermosa por quien el alma suspira, no a fámula codiciosa que solo tedio me inspira.— ¡Ah! Perdona. Loco estoy. No te enojes.
JULIANA.
Bagatela. Tan quisquillosa no soy.
AMADEO.
Hazme dueño de Marcela y cuanto quieras te doy.
JULIANA.
¿No baja usted al jardín?
AMADEO.
No, que me siento con vena, y quiero a mi serafín hacer una cantilena. Ábreme su camarín.
JULIANA.
Vaya usted, que abierto está.
AMADEO.
(_Distraído_). Voy, voy. La primera estrofa... (_Se retira gesticulando como quien compone versos_).
JULIANA.
La cabeza perderá, y luego si una se mofa...
ESCENA V.
JULIANA y DON MARTÍN.
MARTÍN.
¡Oh, Juliana! ¿Cómo va?
JULIANA.
(Otro loco rematado). Muy bien, señor don Martín.
MARTÍN.
Mucho de verte me agrado. Desde Cádiz a Pequín no hay un cuerpo más salado.
JULIANA.
Es favor que...
MARTÍN.
No, mujer. Y ese color..., ¡cosa rara! Y el cutis... No hay más que ver. Hoy has estrenado cara.
JULIANA.
¡Yo!
MARTÍN.
No es esa la de ayer. A fe mía, Julianita, si no me hubieran flechado los ojos de la viudita... ¡Ah! Pero aún no he preguntado por tu bella señorita. ¿Salió ya del tocador?— ¡Que un hombre de mi calibre esté perdido de amor!— Y ella independiente, libre, fresca, tranquila... ¡Qué horror!— ¿Qué hace el viejo estrafalario? ¿Recompone el nacimiento, o le echa alpiste al canario?— Hoy pasó mi regimiento revista de comisario. La vida de un militar es vida perra, Juliana. Suena el clarín. ¡A montar!, y por tarde y por mañana... Es cosa de reventar. Conque anda; sé diligente. ¿Puedo entrar? Pasa recado.— El vecino encanijado ahí estará. ¡Vaya un ente! Ya me tiene estomagado.— ¿No respondes? Tú estás lela.
JULIANA.
¡Si usted no me deja hablar!
MARTÍN.
Vamos, ¿dónde está Marcela?
JULIANA.
Ha bajado a pasear.
MARTÍN.
¿Al Prado? ¿En la carretela?
JULIANA.
No. Al jardín.
MARTÍN.
¿Con el pelmazo de su tío?
JULIANA.
No señor. Bajó...
MARTÍN.
Terrible embarazo es un viejo... ¡Ah! ven, primor: te quiero dar un abrazo.
JULIANA.
¡Eh! ¿Qué hace usted?
MARTÍN.
No hay escape. Vamos, si al fin ha de ser, ¿de qué sirve?... ¡Ay, mona!... (_Va a abrazarla, y Juliana, encogiendo el cuerpo, se le huye y le deja con los brazos abiertos_).
JULIANA.
¡Zape!
ESCENA VI.
DON MARTÍN.
MARTÍN.
Se escapó. ¿Cómo ha de ser? Pero como yo la atrape... Ea, vamos al jardín... Mas ¿quién sube? ¡Hola! Es la viuda, y el enfadoso arlequín la acompaña; sí, no hay duda. ¡Formidable paladín!
ESCENA VII.
MARCELA, DON MARTÍN y DON AGAPITO.
MARCELA.
¿Usted por aquí, mi amigo? Muy buenos días.
MARTÍN.
Estoy a los pies de usted, señora.
AGAPITO.
Saludo a usted...
MARTÍN.
Servidor. (_Se sienta Marcela, y en seguida don Martín a la derecha y don Agapito a la izquierda_).
MARCELA.
Hoy hace un día admirable.
AGAPITO.
Casi, casi pica el sol.
MARTÍN.
Se equivoca usted: no pica.
AGAPITO.
A mí sí.
MARTÍN.
Pues a mí no.
AGAPITO.
Eso va en naturalezas. (_Don Martín habla al oído con Marcela_). Yo tengo una complexión... Vaya una pastilla... (_Se la presenta_).
MARCELA.
(_Aparte con don Martín_). Usted se burla. Sé que no soy ningún monstruo...
AGAPITO.
Una pastilla...
MARCELA.
Pero el cielo no me dio las gracias que usted pondera.
MARTÍN.
Pues no es exageración. Esos ojos, esa boca son obra del mismo amor. Modestia sin sosería, gracia sin afectación... Y luego habrá quien alabe las bellezas de Moscú, de París, de Filadelfia, de Edimburgo, del Japón... ¡Eh! No hay nada comparable con el gracejo español, con ese garbo, ese brío... En la boca de un cañón me vea yo si... ¿Qué es eso? (_Tropieza con su brazo en el de don Agapito, que seguía ofreciéndole su pastilla_).
AGAPITO.
Una pastilla...
MARTÍN.
¡Eh! No soy amigo de golosinas.
AGAPITO.
Suavizan mucho el pulmón.
MARTÍN.
(_Gritando_). Si yo lo tengo de hierro, ¿qué diablos?... ¡Pues como soy que me gusta la fineza!
AGAPITO.
¿Las quiere usted de licor? (_Don Martín sigue hablando aparte con Marcela_). Aquí he de tener algunas de marrasquino, de ron...
MARCELA.
¡Dejaría usted de ser andaluz! En fin, le doy mil gracias por la lisonja.
MARTÍN.
Lo digo de corazón. Si no lo sintiera así, no dude usted que...
MARCELA.
Mejor. Así lo agradezco más. Tengo una satisfacción en gustar a mis amigos. Sabe usted cuán franca soy. No me quiero parecer, aquí para entre los dos, a esas que arañan a un hombre si las dicen una flor; o bien frunciendo el hocico, con amerengada voz, clavando en tierra los ojos, suelen responder: «Favor que usted me hace.—¿Sí? ¿De veras?— Para que lo crea yo.— ¡Eh! No diga usted esas cosas, que me cubro de rubor.— ¡Oh, qué malos son los hombres!— Vaya, calle usted por Dios...». Y nunca saben salir de este mismo diapasón.
MARTÍN.
Nunca he gustado de tontas.
AGAPITO.
Algunas conozco yo que, a fe mía...
MARCELA.
El hombre fino, de mundo, de educación, es galante con las damas, y, siempre que su pudor no ofenda, si las requiebra cumple con su obligación. Porque eso de si el _poplín_ es más de moda que el _gro_; si recibió más aplausos el contralto que el tenor: «¿Se divierte usted? ¿Estuvo muy concurrido el salón?...», son estériles recursos, por más que entre col y col se suela mezclar un poco de amable murmuración.
AGAPITO.
Ciertamente...
MARCELA.
Ni a una dama se la ha de hablar del Mogol, de la guerra de los rusos, de si vino el paquebot de la Habana, de...
MARTÍN.
A las bellas se les debe hablar de amor.
AGAPITO.
Y cuando más, de algún baile, de alguna...
MARTÍN.
(_A Marcela_). Prendado estoy de ese carácter amable.
AGAPITO.
Marcelita... (Se acabó: no me deja meter baza. (_Se levanta_). ¿Hay hombre más hablador?).
ESCENA VIII.
MARCELA, DON MARTÍN, DON AMADEO y DON AGAPITO.
AMADEO.
(¡Eh! Ya acabé mi letrilla. Jamás Apolo...) Señora...
MARCELA.
Beso a usted la mano.
MARTÍN.
¡Oh, primo!— Pues señor, vuelvo a mi historia. (_Habla al oído con Marcela_).
AMADEO.
(¡Ingrata! ¡Apenas me mira; me saluda desdeñosa, y habla con otro en secreto! Yo no sé cómo soporta tantos ultrajes mi amor). (_Se pasea. Don Agapito, aburrido, se pone a trabajar en su cordón_).
MARCELA.
¡Que siempre ha de estar de broma este don Martín!
AGAPITO.
(_A don Amadeo_). Amigo, poco favorable sopla el viento para nosotros. Don Martín es quien la logra. Mire usted qué amartelado, qué ufano está... No me importa. Yo sé bien que si Marcela de algún galán se enamora, será de mí, porque al cabo y al fin, aunque no me toca alabarme... ¡Ah, qué ocurrencia! ¿Por qué no hace usté unas coplas satíricas contra ese hombre que tanto nos encocora?
AMADEO.
No estoy para coplas.
AGAPITO.
Pero...
AMADEO.
Ni jamás contra personas determinadas...
AGAPITO.
No le hace. La venganza es muy sabrosa. Pero ya se ve, no siempre las deidades de Helicona... ¿Y que tiene usté entre manos ahora?
AMADEO.
Nada. (¡Qué mosca es el hombre!)
AGAPITO.
¿Algún soneto a los desdenes de Flora? ¿Algún agudo epigrama? ¿O bien algunas estrofas?
AMADEO.
¡Hombre!...
AGAPITO.
¿O quizá algún poema al céfiro y a la aurora?
AMADEO.
No pienso...
AGAPITO.
¿Alguna elegía? ¿Alguna oda? ¡Oh!, las odas...
AMADEO.
No señor. Voy a escribir, no con tinta, con ponzoña, una sátira sangrienta contra hombrecillos de alcorza, que solo tienen talento para bailar la gavota; que por un yerro de imprenta son hombres y no son monas; que huelen a majaderos al través de tanto aroma; que si España fuera Egipto, pudieran pasar por momias; que con su voz de falsete los oídos me destrozan; que con su extraña figura siempre a risa me provocan; que con sus gestos me pudren, me empalagan con sus modas... y en fin, con necias preguntas, me fastidian, me sofocan.
AGAPITO.
Ya; pero eso ha de entenderse con quien...
MARCELA.
Doblemos la hoja, don Martín, y guarde usted para quien no le conozca esas frases de cartilla.
MARTÍN.
¿Y por qué ha de ser lisonja, y no...?
MARCELA.
¡Por Dios, don Martín! Mire usted que no soy tonta.
MARTÍN.
(Otra será su respuesta cuando me declare en forma.)
MARCELA.
Amigo don Amadeo, ¿teme usted que se le coman? ¿Cómo así, tan retirado?
AMADEO.
Quien de prudente blasona, señorita, se retira si conoce que incomoda.
MARCELA.
¡A mí incomodarme usted! Con decirlo me sonroja. Don Martín me estaba hablando; y como siempre es chistosa su conversación...
MARTÍN.
(Yo venzo.)
MARCELA.
Me hacen gracia hasta las bolas que suele ensartar.
MARTÍN.
¡Marcela!
MARCELA.
Yo le oigo como una boba. Ni era cosa de dejarle con la palabra en la boca.
AGAPITO.
¡Sí; fácil es!
MARCELA.
Yo no gusto de insípidas ceremonias, y trato con confianza a mis amigos. Ahora soy de usted.
AMADEO.
(¡Oh dulces ojos! ¡Oh voz que el alma me roba!) Marcelita...
MARCELA.
¿Piensa usted publicar alguna obra de su ingenio?
MARTÍN.
Mal hará, si no es alguna espantosa novela donde haya espectros, y violencias y mazmorras, y almas en pena, y suicidios... y en fin, eso que está en boga. Sobre todo, gran cartel, con cada letra tan gorda, y te haces hombre. Si aspiras a merecer la corona de escritor clásico, puro; si cuidas más de la gloria que del dinero, ¡ay de ti!, ningún cristiano te compra.
AMADEO.
No me desvela el afán de verme impreso. Es tan poca la confianza que tengo en mis versos...
MARCELA.
Es muy propia del verdadero saber la modestia.
AMADEO.
Usted me honra. (¡Oh bella!)
MARCELA.
Mas yo, que soy su amiga y admiradora, y por usted me intereso tanto...
AMADEO.
(¡Bien haya tu boca!)
MARCELA.
Siento que versos tan lindos, y que justamente elogian sujetos de ciencia y gusto, el público desconozca, cuando hace gemir las prensas tanta fementida copla.
AMADEO.
(¡Ah!...) La aprobación de usted es mi más satisfactoria recompensa.
AGAPITO.
(Estoy volado.)
MARTÍN.