Chapter 2 of 4 · 3992 words · ~20 min read

Part 2

¿De qué valen las cien trompas de la fama? Quien merece la aprobación de una hermosa... Cuando voy yo a la cabeza de mi veterana tropa, y agitando el abanico con sonrisa encantadora, alguna humana deidad me saluda... vaya; es cosa de perder el juicio.—Estando mi escuadrón en Tarragona... A propósito; hoy me ha escrito el ayudante Mendoza. (_Se levanta Marcela y todos, menos don Agapito_). ¡Qué buen muchacho! Se casa por poderes en Daroca con una... Don Agapito, deje usted esa maniobra. Qué diablo...

AGAPITO.

Sí; ya la dejo, que no estoy de humor. Las borlas para mañana. (_Se levanta_).

ESCENA IX.

MARCELA, DON AMADEO, DON MARTÍN, DON AGAPITO y DON TIMOTEO.

TIMOTEO.

¡Oh, señores! Tanta dicha, tanta honra...

MARTÍN.

¡Oh, amigo mío!

TIMOTEO.

Yo estaba arriba con las palomas...

AMADEO.

¡Las tres! (_Va a tomar el sombrero, y lo mismo don Agapito y don Martín_).

TIMOTEO.

¿Dónde van ustedes? Alto ahí, que quiero que coman con nosotros.

AMADEO.

Por mi parte...

TIMOTEO.

¡Cómo! Ninguno se oponga, se resista a mi convite, a mi obsequio. (_A la puerta_). Juan, la sopa.

MARTÍN.

Pero...

TIMOTEO.

No hay pero que valga. No somos gente tan sobria, tan frugal, que nuestra mesa se asuste por tres personas, por tres convidados más o menos.

MARCELA.

Soy muy gustosa en que ustedes me acompañen.

MARTÍN.

Acepto, pues.

TIMOTEO.

Buena olla, quiero decir, buen cocido no ha de faltar; y unas ostras, que no se comen mejores en la fonda de Perona.

AMADEO.

Con mucho placer...

AGAPITO.

No es justo despreciar...

TIMOTEO.

Sin ceremonia; sin cumplimiento. No gusto de etiquetas enfadosas.— Ea; al comedor conmigo.— ¿Qué haces tú que no te apoyas en un brazo?... (_Los tres se lo ofrecen, y Marcela toma el de don Agapito, que está más cerca_). ¡Bravo! Adentro. (_Se lleva como a remolque a don Martín y a don Amadeo_).

MARTÍN.

Maldito goloso...

ESCENA X.

DON AGAPITO y MARCELA.

AGAPITO.

(¡Hola! Me prefiere.) Marcelita, si usted a mal no lo toma, después de comer, quisiera...

MARCELA.

¿Qué?

AGAPITO.

Hablar con usted a solas.

MARCELA.

Muy bien. (¿Qué querrá decirme?)

AGAPITO.

(¡Qué de finezas me otorga! Si digo yo que mi amor navega con viento en popa.)

FIN DEL ACTO PRIMERO.

ACTO SEGUNDO.

ESCENA PRIMERA.

MARCELA y JULIANA.

JULIANA.

Pronto deja usted la mesa.

MARCELA.

Ya han levantado el mantel: no tienen por qué quejarse. Les he servido el café, y huyendo de los cigarros, que maldiga Dios, amén, aquí me vengo, Juliana.

JULIANA.

Pero eso es mucha esquivez, señorita. ¿Qué dirán viendo que se aleja usted tan pronto?

MARCELA.

¿Qué han de decir? Que preciándome de ser amiga suya, los trato con franqueza.

JULIANA.

Eso está bien. El señor don Timoteo, que habla él solo más que diez, en punto a conversación sabrá suplir, bien lo sé, la falta de su sobrina; pero, a mi corto entender, motivos más halagüeños harán sensible y cruel esa retirada.

MARCELA.

¡Cómo! Yo no te entiendo...

JULIANA.

¡Pues qué! ¿Mi señorita no sabe que el invencible poder de sus ojos hechiceros cautivos tiene a los tres?

MARCELA.

¿Qué estás diciendo?

JULIANA.

En verdad, señora, no es menester ser profeta para eso. El amor luego se ve, y en materias semejantes es un lince la mujer.

MARCELA.

Pues yo, que tal no he notado, no lince, topo seré.

JULIANA.

¿Disimula usted conmigo? Eso, señora, es hacer agravio a mi discreción. ¿O desea usted tal vez que la regale el oído?

MARCELA.

No por cierto. Pero ¿quién te ha contado esas patrañas? En nuestro trato, ¿qué ves sino una amistad sencilla?...

JULIANA.

Me gusta la sencillez. Digo a usted que están prendados de esos hechizos. Lo sé de buena tinta.

MARCELA.

Confieso que muy galantes los tres me suelen decir lisonjas, que ni puedo reprender, porque al fin las alabanzas nunca se oyen con desdén, ni les doy otro valor que el debido al oropel de cortesanas finezas. Uno entre ellos suele ser más pródigo de requiebros.

JULIANA.

Don Martín, sin duda.

MARCELA.

Pues; pero yo le oigo, Juliana, como quien oye llover, porque es aquella cabeza otra torre de Babel; y tan pronto me enamora diciendo que al rosicler de la aurora dan envidia mis ojos, y que el clavel no es más rojo que mis labios, y cosas de este jaez, como me habla de un tordillo que le envían de Jaén, y del pienso, la parada, la patrulla y el cuartel.

JULIANA.

Pues crea usted...

MARCELA.

Ahora dime: ¿no sería una sandez el juzgarme yo querida, solicitada por él? Don Agapito me asedia, y suele decir también sus piropos; pero un hombre que gasta todo su haber en perfumes y en pastillas, víctima de su corsé, bailarín afeminado, ¿cómo es capaz de querer? Resta el poeta, y tú sabes que es la suma timidez para con las damas. Puede que por mí perdido esté de amor; y aun suele mirarme con melosa languidez; pero mientras no se explique mal le puedo comprender. En fin, tiempo ha que me tratan todos ellos. La viudez me da cierta independencia; mas, aunque a solas me ven, de ninguno he recibido hasta ahora ni papel, ni declaración verbal por donde pueda creer que me aman. Los tres me estiman, y no fuera yo cortés si tan finas atenciones me negase a agradecer.

JULIANA.

Sin embargo, muchas veces, mientras una no da pie, callan los hombres, y... Vamos, ya sabe usted que soy fiel. Ese cuerpo ha dado a todos flechazo, sí; yo doy fe.— ¿Cuál de los tres ha logrado inspirar más interés...?

MARCELA.

Vete, que don Agapito quiere hablarme a solas.

JULIANA.

¿Eh? ¿Qué tal?

MARCELA.

Y aquí viene.

JULIANA.

Pronto le verá usted a sus pies, tierno, rendido...

MARCELA.

¡Bobada! Algún nuevo _balancé_ querrá enseñarme, o quizá...

JULIANA.

Ello presto se ha de ver. Yo me voy. (Ya por el pronto cayó en el anzuelo un pez.)

ESCENA II.

MARCELA y DON AGAPITO.

AGAPITO.

Ahora, bella Marcelita, que no está aquí el artillero, y sobre mesa el coplero no sé si duerme o medita, pues sola oírme ha querido colmándome de bondades, voy a usar de mi licencia. Prepare usted el oído...

MARCELA.

(Para escuchar necedades. ¡Paciencia!)

AGAPITO.

No es por vanidad; nací, señora, con tal estrella, que apenas hay una bella que no delire por mí. Yo las dejo suspirar, y prendido en otra red, las miro con menosprecio; que a todas no puedo amar, y mi alma...

MARCELA.

Prosiga usted. (¡Qué necio!)

AGAPITO.

Ya prosigo. El alma mía sola usted ha cautivado, y a la de usted se ha ligado por secreta simpatía. No es dura roca Marcela, no es insensible diamante al tierno amor que me inspira. Sé que por mí se desvela; me lo prueba a cada instante...

MARCELA.

(Mentira.) Permita usted...

AGAPITO.

Seré breve. Pero sus ojos fatales alientan a mis rivales, y esta conducta es aleve. Fijo yo en su corazón, poco me debe afligir algún amor transeúnte.

MARCELA.

Pero ¿qué demostración...?

AGAPITO.

Déjeme usted concluir.

MARCELA.

(¡Qué apunte!)

AGAPITO.

Si a solas está conmigo, su sonrisa encantadora me prueba... pues, como ahora (_Se sonríe Marcela_), que soy su más dulce amigo; mas si viene el atronado de don Martín... ¡fuego en él! o el mustio don Amadeo, hago yo siempre a su lado un ridículo papel.

MARCELA.

(Lo creo.)

AGAPITO.

Pretendo, pues, y ya es hora, que ese labio lisonjero ponga fin con un _te quiero_ al ansia que me devora. (_Viene don Amadeo, Marcela le sale al encuentro, y hablan aparte_). Entonces, si gloria tanta que mi ventura completa me disputa un temerario... ¡Calla! ¡Esta es buena! Me planta para hablar con el poeta. ¡Canario!

ESCENA III.

MARCELA, DON AGAPITO y DON AMADEO.

MARCELA.

(_Aparte con don Amadeo_). No, no me lo niegue usted: ocioso es que disimule. ¡Si Juliana me lo ha dicho!

AGAPITO.

(Merece quien esto sufre... Pero no; estará picada, y darme celos presume.)

AMADEO.

Estaba solo. Sentía inspiraciones del numen, y una letrilla amorosa por pasatiempo compuse; pero está tan incorrecta...

AGAPITO.

(Si me ve con pesadumbre, logra su objeto.)

MARCELA.

¿Qué importa? No es razón que se sepulte en el olvido. Veamos.

AMADEO.

Bien: con tal que no la escuche don Agapito...

MARCELA.

¿Y por qué?

AMADEO.

No temo a una mala nube tanto como a un necio.

AGAPITO.

(¡Oh! Sí; aunque se finge voluble, ella me ama. Lleva a mal que sin motivo la acuse... Bien puedo yo ser su amante sin exigir que renuncie a tener amigos.)

MARCELA.

Bien: pues yo haré que desocupe el puesto.—Don Agapito... (_Se acerca a él_).

AGAPITO.

(¡Miren qué pronto sucumbe!)

MARCELA.

Quisiera... Perdone usted.

AGAPITO.

(¿No digo?)

MARCELA.

Mandar por dulces...

AGAPITO.

Aún he de tener pastillas aquí... ¡mas son tan comunes! ¿Usted prefiere bombones, no es cierto?

MARCELA.

Lo que usted guste. (Yo no los he de probar.)

AGAPITO.

No sé si en casa de Núñez los habrá. Si no los tiene, yo veré en Los Andaluces...

MARCELA.

No; yo mandaré a Juanillo...

AGAPITO.

¡Qué! Si ese hombre es tan inútil...

MARCELA.

Es verdad.—Bien; vaya usted: mejor será.

AGAPITO.

Me confunde tanta bondad. Voy volando.— (Ya no es posible que dude de su amor. Para que hiciera tal distinción de ese fútil poetilla, o del insigne don Martín.—¡Ah! ¡Cuál me bulle el corazón de alegría! ¡Digo a ustedes que se lucen, señores míos!) Supongo (_A Marcela con misterio, y haciendo el interesante_) que...

MARCELA.

Ya... (_Riéndose_).

AGAPITO.

Bien, bien; pero urge...

MARCELA.

Sí...

AGAPITO.

(_Muy satisfecho_). Basta, basta.—(Lo más que resiste es hasta el lunes.)

ESCENA IV.

DON AMADEO y MARCELA.

MARCELA.

(¡Habrá títere más...!) Vamos; ya nadie nos interrumpe. Lea usted esa letrilla.

AMADEO.

Será fácil que me turbe.— Léala usted, si merezco tanta dicha, y me disculpe la ruego mi libertad.

MARCELA.

(Temblando está.)

AMADEO.

(Amor me ayude.)

MARCELA.

(_Lee_). «_Letrilla a Laura_».

AMADEO.

(No sangre; hielo por mis venas cunde.)

MARCELA.

(_Lee_). «Mis ojos, que admiran tu talle gentil, a los tuyos piden cadena feliz, y ven en tus labios las gracias reír, contino te dicen que muero por ti. Si veo a tu mano, que envidia el marfil, del arpa divina las cuerdas herir, mi dulce embeleso, mi gozo sin fin te dicen, oh Laura, que muero por ti. Tú ves abrasado mi pecho latir desde que Amor me hiere con dardo sutil. Mis hondos gemidos, mi llanto infeliz, te dicen sin tregua que muero por ti. Erato desdeña mi plectro regir, si no es que te canto gloria de Madrid, y en versos que aspiran a eterno buril, oh Laura, te juro que muero por ti. Cautivo en tus ojos me consumo así cual roto y perdido capullo de abril. Tú me ves, oh Laura, penando morir, y quizá no sabes que muero por ti. Ya es vano el silencio. Yo te adoro, sí. Por ti me atormentan mil penas y mil. Si airada la tumba me quieres abrir... no ignores al menos que muero por ti».

¡Oh qué preciosa canción! (¿Seré yo esta Laura bella?)

AMADEO.

Si hay algún mérito en ella es todo del corazón.

MARCELA.

No se llame sin ventura quien maneja así la lira; ni la belleza que inspira tanto amor, tanta ternura.

AMADEO.

¡Ah! Si...

MARCELA.

Nombre imaginario, Laura sin duda será, que los poetas allá tienen otro calendario. Y la razón es muy llana: ¿quién en los versos tolera a una Blasa, a una Sotera, Jerónima o Sinforiana? ¿Y tanta es la perfección de esa Laura? ¿Ha sido fiel el poético pincel? ¿No ha habido exageración?

AMADEO.

(_Con entusiasmo_). Es de las gracias modelo; la formaron los amores; sus ojos encantadores robaron la luz al cielo; flores nacen donde pisa...

MARCELA.

(_Remedándole_). Su dulce voz enajena, y las almas encadena con su hechicera sonrisa; su boca es fragante rosa de Chipre... o de Jericó.— ¿Piensa usted que no sé yo cómo se pinta a una hermosa?

AMADEO.

(Se burla. No me declaro.)

MARCELA.

(¿Tendrá Juliana razón?) ¿Pero quién en conclusión es ese portento raro?

AMADEO.

No seré yo quien le nombre.

MARCELA.

¿Es delito por ventura el adorarla?

AMADEO.

Es locura.

MARCELA.

¡Locura! ¿Eso dice un hombre? ¿Es de áspera condición?

AMADEO.

No, que su agrado enamora.

MARCELA.

¿Es casada?

AMADEO.

No, señora. Más honesta es mi pasión.

MARCELA.

(Yo de mi duda saldré.) ¿Es amiga mía?

AMADEO.

Sí.

MARCELA.

¿Vive muy lejos de aquí?

AMADEO.

No.

MARCELA.

¿Quiere a otro?

AMADEO.

No sé.

MARCELA.

¿Hoy la habrá usted visto?

AMADEO.

Ya.

MARCELA.

¿Puso mala cara?

AMADEO.

No.

MARCELA.

¿Le ha dado a usted celos?

AMADEO.

¡Oh!

MARCELA.

¿Le ha hecho a usted preguntas?

AMADEO.

¡Ah!

MARCELA.

¡Qué lacónico es usté!— Vaya; tome su canción, y a la primera ocasión...

AMADEO.

¡Ah! Ya es inútil.

MARCELA.

¿Por qué?

AMADEO.

Porque su rigor me hiela.

MARCELA.

Cualquiera de esto se halaga; y si tanto amor no paga, lo agradecerá...

AMADEO.

¡Marcela!

MARCELA.

Tome usted sus versos.

AMADEO.

¡Oh!

MARCELA.

¡Dale con tanto gemir! Acabe usted de decir que soy esa Laura yo.

AMADEO.

(_Turbado_). ¡Ah! Si... mi... la...

MARCELA.

(_Riéndose_). Si... mi... la... ¿Me enseña usted el solfeo?

AMADEO.

(Perdido soy. Bien lo veo.)

MARCELA.

(Lástima y risa me da.) Vaya; hable usted con franqueza, monosílabo señor. ¿Soy yo causa de su amor?

AMADEO.

¡Oh desventura! ¡Oh flaqueza!

MARCELA.

De nada me maravillo; y...

AMADEO.

¡Dura fuerza del hado!

MARCELA.

Vaya, hable usted, o me enfado.

AMADEO.

¡Ay, Marcela!

MARCELA.

(¡Ay, tabardillo!)

AMADEO.

¿Conque al fin he de romper mi silencio?

MARCELA.

Sí; ya es hora.

AMADEO.

Pues la que mi pecho adora...

MARCELA.

Ya no lo quiero saber.

AMADEO.

¡Ah! (_Se deja caer sobre una silla_).

ESCENA V.

DON AMADEO, MARCELA y DON MARTÍN.

MARTÍN.

Gracias al cielo doy, que al fin ya libre me veo...

MARCELA.

¿De quién?

MARTÍN.

De don Timoteo. Bufando de rabia estoy.

MARCELA.

¿Pues cómo?...

MARTÍN.

¡Malditos sean sus sinónimos eternos! Hay hombres de los infiernos que cuando hablan aporrean. No acabará en quince días, a no hacerle yo acostar, y torna a sus profecías; y retorna al nacimiento... ¡Digo! ¡Pues tenía traza de dejarme meter baza! ¡Oh, qué hablador tan sangriento! Aquello era por demás. ¡Hija, qué nube! ¡Qué nube! Intención mil veces tuve de enviarle a Satanás. No lo puedo resistir; me desesperan, me endiablan esos que hablan, y hablan, y hablan sin respirar ni escupir. Sirve en mi cuerpo un alférez que es hablador furibundo, y se llama don Facundo Valentín Pérez y Pérez. No hay poder hablar con él. ¡Sí, sí, facilito es eso! En soltando la sin hueso a ninguno da cuartel. Un día se puso a hablar conmigo: yo le quería interrumpir. ¡Bobería! Sintió que iba a estornudar. En tan crítico momento ¿qué hacer? La boca me tapa, el estornudo se escapa, y prosigue con su cuento. ¡Digo! Esto es ser hablador. Pues con tanta algarabía, por cartujo pasaría al lado de ese señor. Es mucha, mucha crueldad. ¡Válgame Dios, qué carcoma!... No lo tome usted a broma: eso es una enfermedad. Vamos; aún me dan sudores. ¡Qué suplicio! ¡Qué agonía! ¡Jesús! ¡Mala pulmonía en todos los habladores!

MARCELA.

Cuenta con la maldición.

MARTÍN.

Pues qué, ¿me puede alcanzar?

MARCELA.

No; a usted no, que es para hablar la suma moderación; mas, ¡oh prodigio admirable! En el próximo aposento, a usted le ha dado tormento un hablador perdurable. Pues véame usted; yo sudo de fatiga y de pesar, porque acabo de lidiar con un sempiterno mudo.

MARTÍN.

¡Mudo! ¿Y quién...?

AMADEO.

¡Ábrete, abismo!

MARTÍN.

¡Calla! ¿No es mi primo aquel?— Diga usted, Marcela: ¿es él ese mudo?

AMADEO.

¡Ay Dios!

MARCELA.

El mismo.— Nunca gusté de llorones. ¿Dónde hay cosa más molesta que oír solo por respuesta suspiros e interjecciones?

MARTÍN.

¿Pero cuál es tu quebranto? Amigos somos los dos. Habla; di...

AMADEO.

¡Pluguiera a Dios que no hubiese hablado tanto!

MARCELA.

Amor le saca de tino; mas no sé quién le avasalla. Si se lo pregunto, calla; solloza si lo adivino. Y por cierto que hace mal, y procede como necio; que de sensible me precio, si no de sentimental. Siento los males ajenos; soy su amiga verdadera; y satisfacer debiera mi curiosidad al menos. Pero si tanto le halaga dentro del pecho su pena, guárdesela enhorabuena, y buen provecho le haga.

AMADEO.

Yo...

MARTÍN.

¡Quita allá, que eso es mengua! ¡Nada! A salir del barranco.— A bien que yo soy más franco: no me morderé la lengua. Yo no soy nada hablador, que de prudente me paso; pero cuando viene al caso hablo más que un sangrador. Precisamente deseo ahora más que nunca hablar: ¡tal dieta me ha hecho pasar el señor don Timoteo! Ya que usted me da licencia, y puesto que el Dios vendado al más lego, al más callado da facundia y elocuencia, basta, basta de tormento; salga del pecho mi afán, que estoy hecho un alquitrán, y si no canto, reviento. No hay que dudar de mi fe, porque Dios me hizo soldado, que Aquiles fue enamorado, y Marte mismo lo fue. No sirve contra Cupido el vestir férrea coraza, que cual si fuera de estraza la taladra el fementido. Harto he mostrado a mi dama celebrando su belleza, la intensidad, la fiereza de esta pasión que me inflama. Ni Amadís, ni Beltenebros, ni cuantos de amor bramaron, a sus bellas regalaron tantos, tan dulces requiebros; mas temiendo sus enojos, admiro mi cobardía, no la he dicho todavía: «Muerto me tienen tus ojos». Mis intenciones son rectas: bien lo puede conocer; pero está visto, es mujer que no entiende de indirectas. Yo con mi amor no la ultrajo, porque al fin soy caballero. Pues pecho al agua. ¿Qué espero? Echemos por el atajo.

MARCELA.

(¡Oh, qué exordio impertinente!)

MARTÍN.

¿Qué dice usted?

MARCELA.

Nada digo. Prosiga usted.

AMADEO.

¡Ah!

MARTÍN.

Prosigo, que ya he soltado el torrente. Hay mujeres cuyo oficio es barrenar corazones, y con dulces ilusiones sacar a un hombre de quicio. Mujeres que a su pesar son imán de los placeres; y en fin, señora, mujeres que es forzoso idolatrar. Graciosas, discretas, bellas, y apacibles como el cielo, ¿cuál es el hombre de hielo que no suspira por ellas? Una entre todas domina, como suele en los collados entre tomillos menguados descollar gigante encina. Por ella estoy con el Credo en la boca; y no, no es chanza, si no cumple mi esperanza dará conmigo en Toledo. Si el hombre más insensible la adora mal de su grado, ¿qué haré yo, desventurado? ¡Yo, que soy tan combustible! Pues ese dulce martirio; esa deidad de la tierra, que me mueve tanta guerra, que me infunde tal delirio; ese apetecido bien; esa suspirada aurora; ese prodigio...

ESCENA VI.

DON MARTÍN, MARCELA, DON AMADEO y JULIANA que llega corriendo.

JULIANA.

¡Señora!

MARTÍN.

Maldita seas, amén.

JULIANA.

Venga usted, que hay novedad.— Yo estoy loca.

MARCELA.

¿Qué ha ocurrido?

JULIANA.

Que Clitemnestra ha parido con toda felicidad.

MARTÍN.

¡Clitemnestra!

JULIANA.

¡Pobrecita!

MARCELA.

¡Oh, qué gozo! ¿Y cuántos?

JULIANA.

Tres.

MARTÍN.

¿Se puede saber quién es?...

JULIANA.

¿Quién ha de ser? La gatita.— Venga usted: el uno es negro; otro tiene un collarín...

MARCELA.

Perdone usted, don Martín.— (_Se va corriendo_). Vamos, vamos.

ESCENA VII.

DON AMADEO y DON MARTÍN.

MARTÍN.

¡Pues me alegro! ¡Oh, mujer aleve, ingrata! ¡Con la palabra en la boca me deja como una loca porque ha parido la gata!

AMADEO.

¡Oh cielo!

MARTÍN.

¡Tratarme así! ¡Si lo veo y no lo creo!— ¿Qué dices de esto, Amadeo? Responde.

AMADEO.

¡Triste de mí!

MARTÍN.

¡Quedamos lindas figuras para adornar un retablo!

AMADEO.

¡Ay!

MARTÍN.

Jeremías del diablo, ya la paciencia me apuras. ¿De qué te quejas, maldito?

AMADEO.

De mi desdicha.

MARTÍN.

Si es tanta, mala angina en tu garganta, pon en las nubes el grito; desahoga el corazón; truena, y no con esa calma te estés repudriendo el alma con tanta lamentación. En el café mucho hablar. Vaya; ¿quién te pone tasa? Y en entrando en esta casa solo sabes suspirar. (_Le hace levantar_). Levanta; deja de hacer en ese rincón el búho, y reneguemos a dúo de esa funesta mujer. Toma parte en mi rabieta, y pues tanto me ultrajó, llámala tú, como yo, frívola, falsa, veleta. Por mucho que tú te asombres de su garbo sin segundo, di que Dios la ha echado al mundo para acabar con los hombres. Di conmigo, pues me mata: «Mujer inicua y sin fe, permita Dios que te dé veinte arañazos la gata».

AMADEO.

No la haré yo tal agravio; no tomaré tal venganza. Solo para su alabanza osaré mover el labio. Mientras con saña importuna te quejas de su desvío, yo la pondré, primo mío, en los cuernos de la luna. Diré que eclipsa la gloria de Cleopatra, de Lucrecia, y de aquella que en la Grecia dejó perpetua memoria. Diré que es, cual otro Edén, aquel rostro afable, hermoso. Diré que es grato y sabroso hasta su mismo desdén. Con tierna solicitud, si tanto puede mi acento, encomiaré su talento, ensalzaré su virtud. Diré que es dulce, sencilla, cuerda, apacible, donosa; y diré en verso y en prosa que es la octava maravilla.

MARTÍN.

¡Qué fuego! ¡Qué ponderar! Estoy de oírte pasmado. O la viuda te ha flechado, o yo no sé qué pensar.

AMADEO.

¡Ah! Sí; mi pecho la adora, y en él su imagen grabada...

MARTÍN.

¡Mire usted con qué embajada me sale el primito ahora! Yo bien decía entre mí: este pisó mala yerba; pero es tanta tu reserva... Nunca obsequiarla te vi... Yo atendía a otro negocio, y con mi afán no advertía... Pues escucha: juraría que tenemos otro socio.

AMADEO.

¡Otro! ¿Y quién?

MARTÍN.

Don Agapito.

AMADEO.

Sí, pero en vano porfía.

MARTÍN.

Querer a ese hombre sería imperdonable delito; bien lo conozco. No obstante, como amor todo es chiripas...

AMADEO.

¡Qué! ¡Si da dolor de tripas solo el mirar su semblante! Menospreciarle debemos, porque a un bicho tan cuitado le honraría demasiado...

MARTÍN.

Calla, que aquí lo tenemos.

ESCENA VIII.

DON MARTÍN, DON AMADEO y DON AGAPITO con un cucurucho de dulces.

AGAPITO.

Todo Madrid he corrido por traer de los mejores, hasta que al fin..., ¡oh, señores! ¿Y Marcela? ¿Dónde ha ido? (_Don Martín y don Amadeo rodean a don Agapito y le hablan con mucho misterio_).

MARTÍN.

A una solemne función.

AGAPITO.

¿A estas horas? No sospecho...

AMADEO.

Está postrada en su lecho... la viuda de Agamenón.

AGAPITO.

¡Eh, señores! Esa chanza...

MARTÍN.

No es ilusión.

AMADEO.

¡Oh maldad! ¡Oh perfidia!

MARTÍN.

¡Oh liviandad, que está clamando venganza!

AGAPITO.

Vaya, basta de tramoya, que es para aspar a cualquiera...

MARTÍN.

¡Oh Atrida! ¡Más te valiera haber fenecido en Troya!

AGAPITO.

Pues digo que es buen humor...

AMADEO.

¡Ay, señor don Agapito. tres de una vez! ¡Oh delito!

MARTÍN.

¡Y el uno es negro! ¡¡Qué horror!!

AGAPITO.

Véame yo confundido si entiendo un solo vocablo.

AMADEO.

¡Silencio!

AGAPITO.

Pero ¿qué diablo...?

MARTÍN.

¡Chist!... Clitemnestra ha parido.

AGAPITO.

¿Clitemnestra? Por mi abuela...

MARTÍN.

¿Quiere usted que lo repita?

AGAPITO.

(_Dando palmadas_). ¡Ah! ya entiendo. La gatita, la gatita de Marcela. Por vida... Me alegro mucho. Voy corriendo; Voy a ver... (_Despidiéndose_). Señores...

MARTÍN.

¿Puedo saber qué encierra ese cucurucho?

AGAPITO.

Son bombones, capuchinas, almendras garapiñadas, yemas acarameladas y pastillas superfinas. ¿Gusta usted, don Amadeo? ¿Y usted...?

MARTÍN.

La ventura alabo de don Agapito. ¡Bravo! Ya hay dulces para el bateo. Corra usted...

AMADEO.

Corra usted; sí. Mi enhorabuena le doy.

MARTÍN.

Cuidarla mucho.

AGAPITO.

Voy, voy.— El negrito para mí.

ESCENA IX.

DON MARTÍN y DON AMADEO.

MARTÍN.

¿Has visto, primo, en tu vida más ridículo animal?

AMADEO.

Ya se iba amoscando un poco.

MARTÍN.

¡Oh! Y si él se enoja, es capaz... de caerse muerto.—Pero dejémosle acariciar a su Clitemnestra, y vamos a otra cosa más formal. ¿Conque amas a la viudita?

AMADEO.

¿Y quién, oh primo, verá tantas gracias en su rostro y en su cuerpo celestial sin sentir dentro del pecho un amoroso volcán?

MARTÍN.