Chapter 4 of 4 · 1511 words · ~8 min read

Part 4

Lo afirmo, y lo corroboro, y lo sostengo, y lo juro.

AGAPITO.

¡Cuánto tarda! Me impaciento.— ¡Oh! Con tisis y sin tisis, ya se verá... Pasos siento.

JULIANA.

Ya está aquí.

TIMOTEO.

Llegó el momento decisivo; esto es, la crisis.

ESCENA XI.

DON TIMOTEO, DON MARTÍN, JULIANA, MARCELA, DON AGAPITO y DON AMADEO.

TIMOTEO.

Bien venida.

AMADEO.

(¡Oh dulce vista!)

MARCELA.

Caballeros, buenas noches.

TIMOTEO.

Aquí tienes tres amantes, o bien tres adoradores, que solicitan, pretenden, anhelan ser tus consortes. Todos tienen buenas prendas, o cualidades, o dotes; y es fuerza que alguno de ellos tu preciosa mano logre. ¿A cuál de los tres eliges? ¿A cuál de los tres escoges?

MARCELA.

Declarados ya los tres, el triste deber me imponen, mi amistad, mi honor, mi estado, de decir a estos señores libremente mi sentir: y pues el poder del hombre, como ha dicho alguno de ellos, no manda en los corazones, yo espero que sin rencor a mi fallo se conformen.

AGAPITO.

Lo prometo.

MARTÍN.

Y yo también.

AMADEO.

Y yo.

MARCELA.

Tres declaraciones he recibido esta tarde que me colman de favores. Ahora bien: responderé a todos tres por su orden.— Don Agapito...

AGAPITO.

¡Ay, Marcela! (Solo a mí me corresponde. Sus ojos lo están diciendo.)

MARCELA.

Aunque me sobran razones para quejarme de usted, pues no sé cuándo, ni dónde le he dado yo fundamento para que tanto blasone de mi soñado cariño...

AGAPITO.

Señora..., yo...

MARTÍN.

Aquí se oye y se calla...

MARCELA.

La indulgencia ha sido siempre mi norte; y mal puedo yo evitar que usted viva de ilusiones. Le perdono su osadía.— Por lo que hace a sus amores, los agradezco en el alma, siquiera por los bombones que me regaló esta tarde; mas le ruego no se enoje si digo que para usted mi corazón es de bronce.

AGAPITO.

¡Qué escucho!

MARCELA.

No hay que afligirse. Siendo tantos los primores de esos pies y de esas manos, mujeres hay, más de doce, a las cuales un marido como usted vendrá de molde, ya que no haga justicia a un mérito tan enorme. Pero le daré un consejo, siempre que a mal no lo tome. Si usted pretende, hijo mío, ser venturoso en amores, déjese de caramelos; robustezca sus pulmones; emancipe su cintura del corsé que se la come; déjese de figurines, déjese de rigodones; que el hombre, ante todas cosas, está obligado a ser hombre.

AGAPITO.

¡Usted también! Vive Dios, que ya no hay paciencia...

TIMOTEO.

¡Pobre don Agapito! Si usted consiente en que yo le adobe, le cure, le restablezca, desencanije y entone...

AGAPITO.

Déjeme usted, que estoy hecho un tigre, un rinoceronte. ¡A mí tal desaire! A mí... Estoy echando los bofes de cólera y de... ¿Qué digo? Eso quieren: que me amosque, y me desespere, y... No; que hay hermosuras mayores muertas por mí.—Sí, señora; y porque usted me abochorne, no dejaré yo de ser la delicia de la corte.

ESCENA XII.

MARCELA, DON AMADEO, DON MARTÍN, DON TIMOTEO y JULIANA.

JULIANA.

(Ese ya va despachado.)

TIMOTEO.

¡Qué estúpido es ese joven, qué necio, qué mentecato, y qué estólido, y qué torpe! No; pues como no se enmiende, o se corrija, o reforme, le anuncio, le pronostico, le presagio mil sofiones; ¡oh!, y exequias prematuras, anticipadas, precoces.

MARTÍN.

¿Conque a quién le toca ahora?

AMADEO.

(Yo tiemblo como el azogue.)

MARCELA.

Al señor don Amadeo.— Sentiré que le incomode mi franqueza. Yo le estimo como a un hermano. Son nobles sus sentimientos; su trato el más ameno; es muy dócil, muy fino, muy consecuente, y me faltan expresiones para ensalzar su talento; mas, por mucho que me honre con su mano, nuestros gustos, nuestros genios son discordes. Él es serio, reflexivo, taciturno; y yo, señores, viva, alegre, bulliciosa. Además, aunque él me adore, jamás podré conseguir que a las musas abandone; y tendré celos de Erato, de Talía y de Caliope.— Mas ya que el hado no quiere que esposo mío le nombre, más tierna amiga que yo no ha de hallar en todo el orbe.

AMADEO.

(_Muy exaltado_). ¿Amiga? ¡Qué profieres! ¿Merece mi cariño tanto agravio? ¡Ah! Rompa ya mi labio, rompa el silencio, pues mi muerte quieres. ¡Oh tú, la más cruel de las mujeres! ¡Oh tú, cuyos hechizos por mi destino aciago adoro a mi despecho! ¿Solo me ofreces de mi amor en pago yerta amistad?—Arráncame del pecho en donde está grabada, arráncame primero, ingrata, impía, tu imagen adorada. La amistad apacible tal vez se cambia en amorosa hoguera; mas ¿dónde el insensible, dónde está el corazón, cobarde, helado, que a la amistad desciende cuando en llama voraz Amor le enciende? No, no. Sé mi enemiga, pues no merece el mísero Amadeo a par de ti ceñirse en los altares la plácida corona de Himeneo. En tanto mis pesares, lejos de ti llorando, en la ribera del lento Manzanares, yo, con voz lastimera, a los vientos daré tristes cantares. ¡Adiós!

MARCELA.

Pero oiga usted...

AMADEO.

No. Ya es en vano.

MARTÍN.

Primo...

TIMOTEO.

¡Raras manías!— Mire usted, considere, reflexione, que como no abandone...

AMADEO.

¿Ya va usted a ensartar sus profecías? Cállese usted, y el diablo se lo lleve.— ¡Adiós, mujer aleve! ¡Adiós por siempre! ¡Adiós! Nuevo Macías, víctima moriré de tus rigores. En tiernas elegías cantad, hijos de Apolo, mis amores, y mi tumba llorad, llorad, pastores.

ESCENA ÚLTIMA.

MARCELA, DON TIMOTEO, DON MARTÍN y JULIANA.

MARCELA.

¿Don Martín, lloro o me río? porque a la verdad, yo dudo lo que debo hacer.

MARTÍN.

Reír es lo mejor.

TIMOTEO.

¡Qué _ex abrupto_, qué descarga, qué andanada, qué tempestad, qué diluvio de quejas y de clamores, de lágrimas y de insultos!

MARCELA.

¿Pero habrá perdido el juicio?

MARTÍN.

¿Cómo, si nunca lo tuvo? Ya ve usted, poeta... Pero no hay cuidado: ese es un flujo de palabras. El morirse de amores ya no está en uso.

TIMOTEO.

Ea, vamos; ya está visto que es tu novio o tu futuro don Martín.

JULIANA.

¡Pobre poeta!

TIMOTEO.

Aplaudo, celebro mucho tu buena elección, tu acierto; quiero decir, tu buen gusto.

MARTÍN.

Si merezco tanta gloria, no habrá, señora, en el mundo quien no envidie...

MARCELA.

Usted perdone, don Martín, si le interrumpo.— Confiese usted que no tiene todavía muy maduros los cascos para marido. Aún no está usted muy seguro de quererme solo a mí. Aún están muy en tumulto esas pasiones; y yo, que no fui con mi difunto muy dichosa, antes que humille otra vez mi frente al yugo, lo miraré muy despacio. Palabras que como el humo se disipan, nada prueban, y a quien cumplió cinco lustros, don Martín, no se deslumbra con amorosos arrullos. Aunque un poco atolondrado, usted, no lo dificulto, sería muy buen marido; mas dice un refrán del vulgo que lo mejor de los dados es no jugarlos.

MARTÍN.

¡Me luzco como hay Dios!

TIMOTEO.

Pero sobrina...

MARTÍN.

¿Conque tampoco hay indulto para mí?

MARCELA.

Perdone usted. No es vanidad, no, lo juro, la causa de este desvío con que a tres novios renuncio; pero amo mi libertad y en ella mi dicha fundo. No aborrezco yo a los hombres aunque severa los juzgo. Confieso que para amigos son excelentes algunos; para amantes, casi todos, para esposos... ¡_abrenuncio_! Mi sexo me inclina a ellos; mi razón toma otro rumbo.— No sé al fin quién vencerá, porque yo no soy de estuco. Entre tanto ni desprecio a los hombres ni los busco. Buenas palabras a todos, mi corazón... a ninguno.

MARTÍN.

Esta franqueza me encanta, y sería un necio, un bruto si, ya que aspirar no puedo, aunque de amor me consumo, a una mano tan preciosa, no cifrase yo mi orgullo en elogiar a Marcela y en llamarme esclavo suyo.

JULIANA.

¿Conque no se casa usted?

TIMOTEO.

He de bajar yo al sepulcro sin el consuelo, el alivio, el gusto, el placer...

MARCELA.

Presumo que así será.

TIMOTEO.

Mas ¿por qué? ¿Por qué, mujer? Yo me aburro.

MARCELA.

Boda quiere la soltera por gozar de libertad, y mayor cautividad con un marido la espera. En todo estado y esfera la mujer es desgraciada; solo es menos desdichada cuando es viuda independiente, sin marido ni pariente a quien viva sojuzgada. Quiero, pues, mi juventud libre y tranquila gozar, pues me quiso el cielo dar plata, alegría y salud. Si peligra mi virtud, venceré mi antipatía, mas mientras llega este día ¿yo marido? Ni pintado, porque el gato escarmentado huye hasta del agua fría. Los humanos corazones yo a mi costa conocí. Pocos me querrán por mí; cualquiera por mis doblones.— Celibatos camastrones, buscad muchachas solteras, que muchas hay casaderas. Dejadme a mí con mi luto. Paguen ellas su tributo: yo ya lo pagué, y de veras. No perturbéis mi reposo. Hombres, yo os amo en extremo, pero a la verdad, os temo como la oveja al raposo. Este es necio; aquel celoso; avaro y altivo el uno; otro infiel; otro importuno; otro...

MARTÍN.

¿Está usted dada al diablo?

MARCELA.

No hay que ofenderse. Yo hablo con todos y con ninguno.

FIN DE LA COMEDIA.