Chapter 1 of 5 · 3996 words · ~20 min read

Part 1

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La modernización ortográfica ha afectado, sobre todo, a las tildes. No se ha alterado el resto de la grafía de las expresiones y modismos populares.

LA MALQUERIDA

Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en España ni en los países con los cuales se hayan celebrado, o se celebren en adelante, tratados internacionales de propiedad literaria.

El autor se reserva el derecho de traducción.

La Administración y representantes de Jacinto Benavente son los encargados exclusivamente de conceder o negar el permiso de representación y del cobro de los derechos de propiedad.

Droits de représentation, de traduction et de reproduction réservés pour tous les pays, y compris la Suède, la Norvège et la Hollande.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

Copyright, 1927, by Jacinto Benavente.

JACINTO BENAVENTE Premio Nobel de Literatura de 1922.

LA MALQUERIDA

DRAMA EN TRES ACTOS Y EN PROSA

Estrenada en el Teatro de la Princesa en la noche del 12 de diciembre de 1913.

QUINTA EDICIÓN

Printed in Spain.

MADRID LIBRERÍA Y CASA EDITORIAL HERNANDO (S. A.) Calle del Arenal, núm. 11. 1927

MADRID. — Imp. de la Lib. y Casa Edit. Hernando (S. A.), Quintana, 31.

A María Guerrero,

_Jacinto Benavente._

REPARTO

PERSONAJES ACTORES

LA RAIMUNDA SRA. GUERRERO. LA ACACIA SRTA. L. DE GUEVARA. LA JULIANA SRA. TORRES. DOÑA ISABEL SRTA. CANCIO. MILAGROS » RUIZ MORAGAS. LA FIDELA » HEREDIA. LA ENGRACIA SRA. SALVADOR. LA BERNABEA SRTA. RIQUELME. LA GASPARA » RIVAS. ESTEBAN SR. DÍAZ DE MENDOZA. (F.) NORBERTO » DÍAZ DE MENDOZA. (M.) FAUSTINO » MONTENEGRO. EL TÍO EUSEBIO » CARSÍ. BERNABÉ » JUSTE. EL RUBIO » VILCHES.

MUJERES, MOZAS Y MOZOS

En un pueblo de Castilla.

ACTO PRIMERO

Sala en casa de unos labradores ricos.

ESCENA I

La RAIMUNDA, la ACACIA, DOÑA ISABEL, MILAGROS, la FIDELA, la ENGRACIA, la GASPARA y la BERNABEA. Al levantarse el telón, todas de pie, menos doña Isabel, se despiden de otras cuatro o cinco, entre mujeres y mozas.

GASPARA.

Vaya, queden ustedes con Dios; con Dios, Raimunda.

BERNABEA.

Con Dios, doña Isabel... Y tú, Acacia, y tu madre, que sea para bien.

RAIMUNDA.

Muchas gracias. Y que todos lo veamos. Anda, Acacia, sal tú con ellas.

TODAS.

Con Dios, abur. (_Gran algazara. Salen las mujeres y los mozos y Acacia con ellas_).

ISABEL.

¡Que buena moza está la Bernabea!

ENGRACIA.

Pues va pa el año, bien mala que estuvo. Nadie creíamos que lo contaba.

ISABEL.

Dicen que se casa también muy pronto.

FIDELA.

Para San Roque, si Dios quiere.

ISABEL.

Yo soy la última que se entera de lo que pasa en el pueblo. Como en mi casa todo son calamidades..., está una tan metida en sí.

ENGRACIA.

¡Qué!, ¿no va mejor su esposo?

ISABEL.

Cayendo y levantando: aburrida nos tiene. Ya ven todos lo que salimos de casa: ni para ir a misa los más de los domingos. Yo por mí, ya estoy hecha; pero esta hija se me está consumiendo.

ENGRACIA.

¡Ya, ya! ¿En qué piensan ustedes? Y tú, mujer, mira que está el año de bodas.

ISABEL.

Sí, sí, ¡buena es ella! No sé yo de dónde haya de venir el que le caiga en gracia.

FIDELA.

Pues para monja no irá, digo yo; así, ella verá.

ISABEL.

Y tú, Raimunda, ¿es a gusto tuyo esta boda? Parece que no te veo muy cumplida.

RAIMUNDA.

Las bodas siempre son para tenerles miedo.

ENGRACIA.

Pues, hija, si tú no casas la chica a gusto, no sé yo quién podamos decir otro tanto: que denguna como ella ha podido escoger entre lo mejorcito.

FIDELA.

Que comer no ha de faltarles, dar gracias a Dios, y como están las cosas no es lo que menos hay que mirar.

RAIMUNDA.

Anda, Milagros, anda abajo con Acacia y los mozos, que me da no sé qué de verte tan parada.

ISABEL.

Ve, mujer. Es que esta hija es como Dios la ha hecho.

MILAGROS.

Con el permiso de ustedes. (_Sale_).

RAIMUNDA.

Y anden ustedes con otro bizcochito y con otra copita.

ISABEL.

Se agradece, pero yo no puedo con más.

RAIMUNDA.

Pues andar vosotras, que esto no es nada.

ISABEL.

Pues a la Acacia tampoco la veo como debía estar un día como el de hoy, que vienen a pedirla.

RAIMUNDA.

Es que también esta hija mía es como es. ¡Más veces me tiene desesperada! Callar a todo; eso sí, hasta que se descose, y entonces no quiera usted oírla, que la dejará a usted bien parada.

ENGRACIA.

Es que se ha criao siempre tan consentida... Como tuvisteis la desgracia de perder a los tres chicos y quedó ella sola, hágase usted cargo... Su padre, pajaritas del aire que le pidiera la muchacha, y tú dos cuartos de lo mismo... Luego, cuando murió su padre, que esté en gloria, la chica estaba tan encelada contigo; así es que cuando te volviste a casar le sentó muy malamente. Y eso es lo que ha tenido siempre esa chica: pelusa.

RAIMUNDA.

¿Y qué iba yo a hacerle? Yo bien hubiera querido no volverme a casar. Y si mis hermanos hubieran sido otros... Pero, digo, si no entran aquí unos pantalones a poner orden, a pedir limosna andaríamos mi hija y yo a estas horas: bien lo saben todos.

ISABEL.

Eso es verdad. Una mujer sola no es nada en el mundo. Y que te quedaste viuda muy joven.

RAIMUNDA.

Pero no sé yo que esta hija mía haya podido tener pelusa de nadie; que su madre soy y no sé yo quién la quiera y la consienta más de los dos; que Esteban no ha sido nunca un padrastro pa ella.

ISABEL.

Y es razón que así sea. No habéis tenido otros hijos.

RAIMUNDA.

Nunca va y viene, de ande quiera que sea, que no se acuerde de traerle algo... No se acuerda tanto de mí, y nunca me he sentido por eso, que al fin es mi hija, y el que la quiera de ese modo me ha hecho quererle más. Pero ella... ¿Querrán ustedes creer que ni cuando era chica, ni ahora, no se diga, y ha permitido nunca de darle un beso? Las pocas veces que le he puesto la mano encima no ha sido por otra cosa.

FIDELA.

Y a mí que no hay quien me quite de la cabeza que tu hija y a quien quiere y es a su primo.

RAIMUNDA.

¿A Norberto? Pues bien plantao lo dejó de la noche a la mañana. Esa es otra: lo que pasó entre ellos no hemos podido averiguarlo nadie.

FIDELA.

Pues esa es la mía, que nadie hemos podido explicárnoslo, y tiene que haber su misterio.

ENGRACIA.

Y ella puede y que no se acuerde de su primo; pero él aún le tiene su idea. Si no, mira y cómo hoy en cuanto se dijo que venía el novio con su padre a pedir a tu hija, cogió y bien temprano se fue pa los Berrocales, y los que le han visto dicen y que iba como entristecío.

RAIMUNDA.

Pues nadie podrá decir que ni Esteban ni yo la hemos aconsejao en ningún sentío. Ella de por sí dejó plantao a Norberto, todos lo saben, que ya iban a correrse las proclamas, y ella consintió de hablar con Faustino. A él siempre le pareció ella bien, esa es la verdad... Como su padre ha sido siempre muy amigo de Esteban, que siempre han andao muy unidos en sus cosas de la política y de las elecciones, cuantas veces hemos ido al Encinar por la Virgen o por cualquier otra fiesta o han venido aquí ellos, el muchacho pues no sabía qué hacerse con mi hija; pero como sabía que ella y hablaba aquí con su primo, pues decirle nunca le dijo nada... Y hasta que ella, por lo que fuera, que nadie lo sabemos, plantó al otro, este no dijo nada. Entonces sí, cuando supieron y que ella había acabao con su primo, su padre de Faustino habló con Esteban y Esteban habló conmigo y yo hablé con mi hija y a ella no le pareció mal; tanto es así, que ya lo ven todos, a casarse va, y si a gusto suyo no fuera, pues no tendría perdón de Dios, que lo que hace nosotros, a gusto suyo y bien que a su gusto la hemos dejao.

ISABEL.

Y a su gusto será. ¿Por qué no? El novio es buen mozo y bueno parece.

ENGRACIA.

Eso sí. Aquí todos le miran como si fuera del pueblo mismamente, que aunque no sea de aquí es de tan cerca y la familia es tan conocida, que no están miraos como forasteros.

FIDELA.

El tío Eusebio puede y que tenga más tierras en la jurisdicción que en el Encinar.

ENGRACIA.

Y que así es. Hazte cuenta: se quedó con todo lo del tío Manolito y a más con las tierras de propios que se subastaron va pa dos años.

ISABEL.

No; la casa es la más fuerte de por aquí.

FIDELA.

Que lo diga usted, y que aunque sean cuatro hermanos, todos cogerán buen pellizco.

ENGRACIA.

Y la de aquí, que tampoco va descalza.

RAIMUNDA.

Que es ella sola y no tiene que partir con nadie, y que Esteban ha mirao por la hacienda que nos quedó de su padre, que no hubiera mirao más por una hija suya. (_Se oye el toque de oraciones_).

ISABEL.

Las oraciones. (_Rezan todos entre dientes_). Vaya, Raimunda, nos vamos para casa, que a Telesforo hay que darle de cenar temprano; digo cenar, la pizca de nada que toma.

ENGRACIA.

Pues quiere decirse que nosotras también nos iremos, si te parece.

FIDELA.

Me parece.

RAIMUNDA.

Si queréis acompañarnos a cenar... A doña Isabel no le digo nada, porque estando su esposo tan delicado, no ha de dejarle solo.

ENGRACIA.

Se agradece; pero cualquiera gobierna aquella familia si una falta.

ISABEL.

¿Cena esta noche el novio con vosotras?

RAIMUNDA.

No, señora; se vuelven él y su padre pa el Encinar; aquí no habían de hacer noche, y no es cosa de andar el camino a deshora, y estas noches sin luna... Como que ya me parece que se tardan, que ya van acortando mucho los días y luego es noche cerrada.

ENGRACIA.

Acá suben todos. A la cuenta es la despedida.

RAIMUNDA.

¿No lo dije?

ESCENA II

Dichas, la ACACIA, MILAGROS, ESTEBAN, el TÍO EUSEBIO y FAUSTINO.

ESTEBAN.

Raimunda, aquí el tío Eusebio y Faustino, que se despiden.

EUSEBIO.

Ya es hora de volvernos pa casa, antes que se haga noche, que con las aguas de estos días pasados están esos caminos que es una perdición.

ESTEBAN.

Sí, que hay ranchos muy malos.

ISABEL.

¿Qué dice el novio? Ya no se acuerda de mí. Verdad que bien irá para cinco años que no le había visto.

EUSEBIO.

¿No conoces a doña Isabel?

FAUSTINO.

Sí, señor; pa servirla. Creí que no se recordaba de mí.

ISABEL.

Sí, hombre; cuando mi marido era alcalde, va para cinco años. Buen susto nos diste por San Roque, cuando saliste al toro y creímos todos que te había matado.

ENGRACIA.

El mismo año que dejó tan mal herido a Julián, el de la Eudosia.

FAUSTINO.

Bien me recuerdo; sí, señora.

EUSEBIO.

Aunque no fuera más que por los lapos que llevó luego en casa..., muy merecidos...

FAUSTINO.

¡La mocedad!

ISABEL.

Pues no te digo nada, que te llevas la mejor moza del pueblo, y que ella no se lleva mal mozo tampoco. Y nos vamos, que ustedes aún tendrán que tratar de sus cosas.

ESTEBAN.

Todo está tratao.

ISABEL.

Anda, Milagros... ¿Qué te pasa?

ACACIA.

Que le digo que se quede a cenar con nosotros, y no se atreve a pedirle a usted permiso. Déjela usted, doña Isabel.

RAIMUNDA.

Sí que la dejará. Luego la acompañan de aquí Bernabé y la Juliana, y si es caso también irá Esteban.

ISABEL.

No, ya mandaremos de casa a buscarla. Quédate, si es gusto de la Acacia.

RAIMUNDA.

Claro está, que tendrán ellas que hablar de mil cosas.

ISABEL.

Pues con Dios todos: tío Eusebio, Esteban...

ESTEBAN.

Vaya usted con Dios, doña Isabel... Muchas expresiones a su esposo.

ISABEL.

De su parte.

ENGRACIA.

Con Dios; que lleven buen viaje.

FIDELA.

Queden con Dios... (_Salen todas las mujeres_).

EUSEBIO.

¡Qué nueva está doña Isabel! Y a la cuenta debe de andarse por mis años. Pero bien dicen: quien tuvo, retuvo y guardó para la vejez; porque doña Isabel ha estao una buena moza, ande las haya habío.

ESTEBAN.

Pero siéntese usted un poco, tío Eusebio. ¿Qué prisa le ha entrao?

EUSEBIO.

Déjate estar; ya es buena hora de volvernos, que viene muy oscuro. Pero tú no nos acompañes; ya vienen los criados con nosotros.

ESTEBAN.

Hasta el arroyo siquiera; es un paseo. (_Entran la Raimunda, la Acacia y Milagros_).

EUSEBIO.

Y vosotros, deciros too lo que tengáis que deciros.

ACACIA.

Ya lo tenemos todo hablao.

EUSEBIO.

¡Eso te creerás tú!

RAIMUNDA.

Vamos, tío Eusebio, no sofoque usted a la muchacha.

ACACIA.

Muchas gracias de todo.

EUSEBIO.

¡Anda esta! ¡Qué gracias!

ACACIA.

Es muy precioso el aderezo.

EUSEBIO.

Es lo más aparente que se ha encontrao.

RAIMUNDA.

Demasiado para una labradora.

EUSEBIO.

¡Qué demasiado! Dejarse estar. Con más piedras que la custodia de Toledo lo hubiera yo querido. Abraza a tu suegra.

RAIMUNDA.

Ven acá, hombre; que mucho tengo que quererte pa perdonarte lo que me llevas. ¡La hija de mis entrañas!

ESTEBAN.

¡Vaya! Vamos a jipar ahora... Mira la chica. Ya está hecha una Madalena.

MILAGROS.

¡Mujer!... ¡Acacia! (_Rompe también a llorar_).

ESTEBAN.

¡Anda la otra! ¡Vaya, vaya!

EUSEBIO.

No ser así... Los llantos pa los difuntos. Pero una boda como esta, tan a gusto de toos... Ea, alegrarse... Y hasta muy pronto.

RAIMUNDA.

Con Dios, tío Eusebio. Y a la Julia que no le perdono y que no haya venido un día como hoy.

EUSEBIO.

Si ya sabes cómo anda de la vista. Había que haber puesto el carro, y está esa subía de los Berrocales pa matarse el ganao.

RAIMUNDA.

Pues dele usted muchas expresiones, y que se mejore.

EUSEBIO.

De tu parte.

RAIMUNDA.

Y andarse ya, andarse ya, que se hace noche. (_A Esteban_). ¿Tardarás mucho?

EUSEBIO.

Ya le he dicho que no venga...

ESTEBAN.

¡No faltaba otra cosa! Iré hasta el arroyo. No esperarme a cenar.

RAIMUNDA.

Sí que te esperamos. No es cosa de cenar solas un día como hoy. Y a la Milagros le da lo mismo cenar un poco más tarde.

MILAGROS.

Sí, señora; lo mismo.

EUSEBIO.

¡Con Dios!

RAIMUNDA.

Bajamos a despedirles.

FAUSTINO.

Yo tenía que decir una cosa a la Acacia.

EUSEBIO.

Pues haberlo dejao pa mañana. ¡Como no habéis platicao todo el día!

FAUSTINO.

Si es que..., unas veces, que no me he acordao, y otras, con el bullicio de la gente...

EUSEBIO.

A ver por ande sales...

FAUSTINO.

Si no es nada... Madre, que al venir, como cosa suya, me dio este escapulario pa la Acacia; de las monjas de allá.

ACACIA.

¡Es muy precioso!

MILAGROS.

¡Bordado de lentejuela! ¡Y de la Virgen Santísima del Carmen!

RAIMUNDA.

¡Poca devoción que ella le tiene! Da las gracias a tu madre.

FAUSTINO.

Está bendecío...

EUSEBIO.

Bueno; ya hiciste el encargo. Capaz eras y de haberte vuelto con él, y ¡hubiera tenido que oír tu madre! ¡Pero qué corto eres, hijo! No sé yo a quién hayas salío... (_Salen todos. La escena queda sola un instante. Ha ido oscureciendo. Vuelven la Raimunda, la Acacia y Milagros_).

RAIMUNDA.

Mucho se han entretenido; salen de noche... ¿Qué dices, hija? ¿Estás contenta?

ACACIA.

Ya lo ve usted.

RAIMUNDA.

¡Ya lo ve usted!... Pues eso quisiera yo: verlo... ¡Cualquiera sabe contigo!

ACACIA.

Lo que estoy es cansada.

RAIMUNDA.

¡Es que hemos llevao un día! Desde las cinco y que estamos en pie en esta casa.

MILAGROS.

Y que no habrá faltado nadie a darte el parabién.

RAIMUNDA.

Pues todo el pueblo, puede decirse; principiando por el señor cura, que fue de los primeritos. Ya le he dao pa que diga una misa y diez panes pa los más pobrecitos, que de todos hay que acordarse un día así. ¡Bendito sea Dios, que nada nos falta! ¿Están ahí las cerillas?

ACACIA.

Aquí están, madre.

RAIMUNDA.

Pues enciende esa luz, hija, que da tristeza esta oscuridad. (_Llamando_). ¡Juliana! ¡Juliana!... ¿Ande andará esa?

JULIANA.

(_Dentro y como desde abajo_). ¿Qué?

RAIMUNDA.

Súbete pa acá una escoba y el cogedor.

JULIANA.

(_Idem_). De seguida subo.

RAIMUNDA.

Voy a echarme otra falda, que ya no ha de venir nadie.

ACACIA.

¿Quiere usted que yo también me desnude?

RAIMUNDA.

Tú déjate estar, que no tienes que trajinar en nada, y un día es un día... (_Entra la Juliana_).

JULIANA.

¿Barro aquí?

RAIMUNDA.

No; deja ahí esa escoba. Recoge todo eso; lo friegas muy bien fregao y lo pones en el chinero, y cuidado con esas copas, que es cristal fino.

JULIANA.

¿Me puedo comer un bizcocho?

RAIMUNDA.

Sí, mujer, sí. ¡Que eres de golosona!

JULIANA.

Pues sí que la hija de mi madre ha disfrutao de nada. En sacar vino y hojuelas pa todos se me ha ido el día, con el sinfín de gente que aquí ha habío... Hoy, hoy se ha visto lo que es esta casa pa todos; y también la del tío Eusebio, sin despreciar. Y ya se verá el día de la boda. Ya sé quién va a bailarte una onza de oro y quién va a bailarte una colcha bordada de sedas, con unas flores que las ves tan preciosas de propias, que te dan ganas de cogerlas mismamente. Día grande ha de ser. ¡Bendito sea Dios! De mucha alegría y de mucho llanto también: yo la primera, que no diré yo como tu madre, porque con una madre no hay comparación de nada; pero quitao tu madre... Y que a más de lo que es pa mí esta casa, el pensar en la moza que se me murió. ¡Hija de mi vida, que era así y como eres tú ahora!...

RAIMUNDA.

¡Vaya, Juliana!; arrea con todo eso y no nos encojas el corazón tú también, que ya tenemos bastante ca uno con lo nuestro.

JULIANA.

No permita Dios de afligir yo a nadie... Pero estos días así no sé qué tienen que todo se agolpa, bueno y malo, y quiere una alegrarse y se pone más entristecía... Y no digas, que no he querío mentar a su padre de ella, esté en gloria. ¡Válganos Dios! ¡Si la hubiera visto este día! Esta hija que era pa él la gloria del mundo.

RAIMUNDA.

¿No callarás la boca?

JULIANA.

¡No me riñas, Raimunda! Que es como si castigaras a un perro fiel, que ya sabes que eso he sido yo siempre pa esta casa y pa ti y pa tu hija: como un perro leal, con la ley de Dios al pan que he comido siempre de esta casa, con la honra del mundo, como todos lo saben... (_Sale_).

RAIMUNDA.

¡Qué Juliana!... Y dice bien: que ha sido siempre como un perro de leal y de fiel pa esta casa. (_Se pone a barrer_).

ACACIA.

Madre...

RAIMUNDA.

¿Qué quieres, hija?

ACACIA.

¿Me da usted la llave de esta cómoda, que quiero enseñarle a Milagros unas cosillas?

RAIMUNDA.

Ahí las tienes. Y ahí os quedáis, que voy a dar una vuelta a la cena. (_Sale. La Acacia y Milagros se sientan en el suelo y abren el cajón de abajo de la cómoda_).

ACACIA.

Mira estos pendientes: me los han regalao...; bueno, Esteban... Ahora no está mi madre. Mi madre quiere que le llame padre siempre.

MILAGROS.

Y él bien te quiere.

ACACIA.

Eso sí; pero padre y madre no hay más que unos... Estos pañuelos también me los trajo él de Toledo; las letras las han bordao las monjas... Estas son tarjetas postales; mira qué preciosas.

MILAGROS.

¡Qué señoras tan guapetonas!

ACACIA.

Son cómicas de Madrid y de París de Francia... Mira estos niños qué ricos... Esta caja me la trajo él también llena de dulces.

MILAGROS.

Luego dirás...

ACACIA.

Si no digo nada. Si yo bien veo que me quiere; pero yo hubiera querido mejor y estar yo sola con mi madre.

MILAGROS.

Tu madre no te ha querido menos por eso.

ACACIA.

¡Qué sé yo! Está muy ciega por él. No sé yo si tuviera que elegir entre mí y ese hombre...

MILAGROS.

¡Qué cosas dices! Ya ves, tú ahora te casas, y si tu madre hubiera seguido viuda, bien sola la dejabas.

ACACIA.

¿Pero tú crees que yo me hubiera casao si yo hubiera estao sola con mi madre?

MILAGROS.

¡Anda! ¿No te habías de haber casao? Lo mismo que ahora.

ACACIA.

No lo creas. ¿Ande iba yo a haber estao más ricamente que con mi madre en esta casa?

MILAGROS.

Pues no tienes razón. Todos dicen que tu padrastro ha sido muy bueno para ti y con tu madre. Si no hubiera sido así, ya tú ves, con lo que se habla en los pueblos...

ACACIA.

Sí, ha sido bueno; no diré yo otra cosa. Pero yo no me hubiera casao si mi madre no vuelve a casarse.

MILAGROS.

¿Sabes lo que te digo?

ACACIA.

¿Qué?

MILAGROS.

Que no van descaminados los que dicen que tú no quieres a Faustino, que al que tú quieres es a Norberto.

ACACIA.

No es verdad. ¡Qué voy a quererle! Después de la acción que me hizo...

MILAGROS.

Pero si todos dicen que fuiste tú quien le dejó.

ACACIA.

¡Que fui yo, que fui yo! Si él no hubiera dao motivo... En fin, no quiero hablar de esto... Pero no dicen bien; quiero más a Faustino que le he querido a él.

MILAGROS.

Así debe de ser. De otro modo, mal harías en casarte. ¿Te han dicho que Norberto y se fue del pueblo esta mañana? A la cuenta, no ha querido estar aquí el día de hoy.

ACACIA.

¿Qué más tiene pa él este día que cualquiera otro? Mira, esta es la última carta que me escribió después que concluimos... Como yo no he consentío volverle a ver..., no sé pa qué la guardo... Ahora mismito voy a hacerla pedazos. (_La rompe_). ¡Ea!

MILAGROS.

¡Mujer, con qué rabia!...

ACACIA.

Pa lo que dice..., y quemo los pedazos...

MILAGROS.

¡Mujer, no se inflame la lámpara!

ACACIA.

(_Abre la ventana_). Y ahora a la calle, al viento... ¡Acabao y bien acabao está todo!... ¡Qué oscuridad de noche!

MILAGROS.

(_Asomándose también a la ventana_). Sí que está miedoso; sin luna y sin estrellas...

ACACIA.

¿Has oído?

MILAGROS.

Habrá sido una puerta que habrán cerrao de golpe.

ACACIA.

Ha sonao como un tiro.

MILAGROS.

¡Qué, mujer! ¿Un tiro a estas horas? Si no es que avisan de algún fuego... Y no se ve resplandor de ninguna parte.

ACACIA.

¿Querrás creerte que estoy asustada?

MILAGROS.

¡Qué, mujer!

ACACIA.

(_Corriendo de pronto hacia la puerta_). ¡Madre, madre!

RAIMUNDA.

(_Desde abajo_). ¡Hija!

ACACIA.

¿No ha oído usted nada?

RAIMUNDA.

(_Idem_). Sí, hija; ya he mandao a la Juliana a enterarse... No tengas susto.

ACACIA.

¡Ay, madre!

RAIMUNDA.

¡Calla, hija! Ya subo.

ACACIA.

Ha sido un tiro lo que ha sonao; ha sido un tiro.

MILAGROS.

Aunque así sea; nada malo habrá pasao.

ACACIA.

¡Dios lo haga! (_Entra Raimunda_).

RAIMUNDA.

¿Te has asustao, hija? No habrá sido nada.

ACACIA.

También usted está asustada, madre.

RAIMUNDA.

De verte a ti... Al pronto, pues como está tu padre fuera de casa, sí me he sobresaltao... Pero no hay razón para ello. Nada malo puede haber pasao... ¡Calla! ¡Escucha! ¿Quién habla abajo? ¡Ay, Virgen!

ACACIA.

¡Ay, madre, madre!

MILAGROS.

¿Qué dicen, qué dicen?

RAIMUNDA.

No bajes tú, que ya voy yo.

ACACIA.

No baje usted, madre.

RAIMUNDA.