Chapter 3 of 5 · 3985 words · ~20 min read

Part 3

Yo a nadie ofendo. Lo que digo es lo que dicen todos: que vosotros por ser de la familia, y todo el pueblo por quitarse de esa vergüenza, os habéis confabulao todos pa que la verdad no se sepa. Y si aquí todos creen que no ha sido Norberto, en el Encinar todos creen que no ha sido otro. Y si no se hace justicia muy pronto, va a correr mucha sangre entre los dos pueblos, sin poder impedirlo nadie, que todos sabemos lo que es la sangre moza.

RAIMUNDA.

¡Si usted va soliviantando a todos! ¡Si pa usted no hay razón ni justicia que valga! ¿No está usted bien convencío de que si no fue que él compró a otro pa que lo hiciera, él no pudo hacerlo? Y eso de comprar a nadie pa una cosa así... ¡Vamos que no me cabe a mí en la cabeza!... ¿A quién puede comprar un mozo como Norberto? Y no vamos a creer que su padre dél iba a mediar en una cosa así.

EUSEBIO.

Pa comprar a una mala alma no es menester mucho. ¿No tienes ahí, sin ir más lejos, a los de Valderrobles, que por tres duros y medio mataron a los dos cabreros?

RAIMUNDA.

¿Y qué tardó en saberse? Que ellos mismos se descubrieron disputando por medio duro. El que compra a un hombre pa una cosa así viene a ser como un esclavo suyo pa toda la vida. Eso podrá creerse de algún señorón con mucho poder, que pueda comprar quien le quite de en medio a cualquiera que pueda estorbarle. Pero Norberto...

EUSEBIO.

A nadie nos falta un criado que es como un perro fiel en la casa pa obedecer lo que se le manda.

RAIMUNDA.

Pue que usted los tenga de esa casta y que alguna vez los haya usted mandao algo parecido, que el que lo hace lo piensa.

EUSEBIO.

Mírate bien en lo que estás diciendo.

RAIMUNDA.

Usted es el que tie que mirarse.

ESTEBAN.

Pero ¿no quies callar, Raimunda?

EUSEBIO.

Ya lo estás oyendo. ¿Qué dices tú?

ESTEBAN.

Que dejemos ya esta conversación, que todo será volvernos más locos.

EUSEBIO.

Por mí, dejao está.

RAIMUNDA.

Diga usted que usted no pue conformarse con no saber quién le ha matao a su hijo, y razón tie usted que le sobra; pero no es razón pa envolvernos a todos; que si usted pide que se haga justicia, más se lo estoy pidiendo yo a Dios todos los días, y que no se quede sin castigar el que lo hizo, así fuera un hijo mío el que lo hubiera hecho.

ESCENA III

Dichos y el RUBIO.

RUBIO.

Con licencia.

ESTEBAN.

¿Qué hay, Rubio?

RUBIO.

No me mire usted así, mi amo, que no estoy bebío... Lo de esta mañana fue que salimos sin almorzar y me convidaron, y un traguete que bebió uno, pues le cayó a uno mal, y eso fue todo. Lo que siento es que usted se haiga incomodao.

RAIMUNDA.

¡Ay, me paece que tú no estás bueno! Ya me lo había dicho la Juliana.

RUBIO.

La Juliana es una enreaora. Eso quería ecirle al amo.

ESTEBAN.

¡Rubio!... Después me dirás lo que quieras. Está aquí el tío Eusebio. ¿No lo estás viendo?

RUBIO.

¿El tío Eusebio? Ya le había visto... ¿Qué le trae por acá?

RAIMUNDA.

¿Qué te importa a ti que le traiga o le deje de traer? ¡Habrase visto! Anda, anda y acaba de dormirla, que tú no estás en tus cabales.

RUBIO.

No me diga usted eso, mi ama.

ESTEBAN.

¡Rubio!...

RUBIO.

La Juliana es una enreaora. Yo no he bebío... y el dinero que se me cayó era mío; yo no soy ningún ladrón; ni he robao a nadie... Y mi mujer tampoco le debe a nadie lo que lleva encima... ¿Verdad usted, señor amo?

ESTEBAN.

¡Rubio!... Anda ya, y acuéstate y no parezcas hasta que te hayas hartao de dormir. ¿Qué dirá el tío Eusebio? ¿No has reparao?

RUBIO.

Demasiao que he reparao... Bueno está... No tie usted que ecirme nada... (_Sale_).

RAIMUNDA.

Pa lo que dice usted de los criados, tío Eusebio... Sin tenerle que tapar a uno nada, ya de por sí saben abusar... Dígame usted si tuviera uno cualquier tapujo con ellos... Pero ¿pue saberse qué le ha pasao hoy al Rubio? ¿Es que ahora va a emborracharse todos los días? Nunca había tenido él esa falta. Pues no vayas a consentírsela, que como empiece así...

ESTEBAN.

¡Qué, mujer! Si porque no tie costumbre es por lo que hoy se ha achispao una miaja... A la cuenta, mientras yo andaba a unas cosas y otras por el pueblo, le han convidao en la taberna... Ya le he reñido yo, y le mandé acostar; pero a la cuenta no ha dormío bastante y se ha entrao aquí sin saber entoavía lo que se habla... No es pa espantarse.

EUSEBIO.

Claro está que no. ¿Mandas algo?

ESTEBAN.

¿Ya se vuelve usted, tío Eusebio?

EUSEBIO.

Tú verás. Lo que siento es haber venío pa tener un disgusto...

RAIMUNDA.

Aquí no ha habido disgusto ninguno. ¡Qué voy yo a digustarme con usted!

EUSEBIO.

Así debe de ser. ¡Hacerse cargo, con lo que a mí me ha pasao! Esa espina no se arranca así como así; clavada estará, y bien clavada, hasta que quiera Dios llevársele a uno de este mundo. ¿Tenéis pensao de estar muchos días en el Soto?

ESTEBAN.

Hasta el domingo. Aquí no hay nada que hacer. Solo hemos venido por no estar en el pueblo en estos días; como al volver Norberto too habían de ser historias...

EUSEBIO.

Como que así será. Pues yo no te dejo encargao otra cosa: cuando estés allí, que estés a la mira por si se presentan mis hijos, que no me vayan a hacer alguna que no quiero pensarlo.

ESTEBAN.

Vaya usted descuidao: pa que hicieran algo estando yo allí, mal había yo de verme.

EUSEBIO.

Pues no te digo más. Estos días los tengo entretenidos trabajando en las tierras de la linde del río... Si no va por allí alguien que me los soliviante... Vaya, quedar con Dios. ¿Y la Acacia?

RAIMUNDA.

Por no afligirle a usted no habrá acudío... Y que ella también de verle a usted se recuerda de muchas cosas.

EUSEBIO.

Ties razón.

ESTEBAN.

Voy a que saquen las caballerías.

EUSEBIO.

Déjate estar. Yo daré una voz... ¡Francisco! Allá viene. No vengas tú, mujer. Con Dios. (_Van saliendo_).

RAIMUNDA.

Con Dios, tío Eusebio, y pa la Julia no le digo a usted nada..., que me acuerdo mucho de ella, y que más tengo rezao por ella que por su hijo, que a él Dios le habrá perdonao, que ningún daño hizo pa tener el mal fin que tuvo... ¡Pobre! (_Han salido Esteban y el tío Eusebio_).

ESCENA IV

RAIMUNDA y BERNABÉ.

BERNABÉ.

¡Señora ama!

RAIMUNDA.

¿Qué? ¿Viste a Norberto?

BERNABÉ.

Como que aquí está; ha venido conmigo. ¡Más pronto! Él, de su parte, estaba deseandito de avistarse con usted.

RAIMUNDA.

¿No os habréis cruzao en el camino con el tío Eusebio?

BERNABÉ.

A lo lejos le vimos llegar de la parte del río; conque nosotros echamos de la otra parte y nos metimos por el corralón, y allí me dejé a Norberto agazapao, hasta que el tío Eusebio se volviera pa el Encinar.

RAIMUNDA.

Pues mira si va ya camino.

BERNABÉ.

Ende aquí le veo que ya va llegando por la cruz.

RAIMUNDA.

Pues ya puedes traer a Norberto. Atiende antes. ¿Qué anda por el pueblo?

BERNABÉ.

Mucha maldá, señora ama. Mucho va a tener que hacer la Justicia si quiere averiguar algo.

RAIMUNDA.

Pero allí nadie cree que haya sido Norberto, ¿verdad?

BERNABÉ.

Y que le arrean un estacazo al que diga otra cosa. Ayer, cuando llegó, que ya venía medio pueblo con él, que salieron al camino a esperarle, todo el pueblo se juntó pa recibirle, y en volandas le llevaron hasta su casa, y todas las mujeres lloraban, y todos los hombres le abrazaban, y su padre se quedó como accidentao...

RAIMUNDA.

¡Pobre! ¡No, no podía haber sido él!

BERNABÉ.

Y como se susurra que los del Encinar y se han dejao decir que vendrán a matarlo el día menos pensao, pues toos los hombres, hasta los más viejos, andan con garrotas y armas escondías.

RAIMUNDA.

¡Dios nos asista! Atiende: el amo, cuando estuvo allí esta mañana, ¿sabes si ha tenío algún disgusto?

BERNABÉ.

¿Ya le han venío a usted con el cuento?

RAIMUNDA.

No...; es decir, sí, ya lo sé.

BERNABÉ.

El Rubio, que se entró en la taberna y paece ser que allí habló cosas... Y como le avisaron al amo, se fue allí a buscarle y le sacó a empellones, y él se insolentó con el amo... Estaba bebío...

RAIMUNDA.

¿Y qué hablaba el Rubio, si pue saberse?

BERNABÉ.

Que se fue de la lengua... Estaba bebío... ¿Quiere usted que le diga mi sentir? Pues que no debieran ustedes de parecer por el pueblo en unos cuantos días.

RAIMUNDA.

Ya puedes tenerlo por seguro. Lo que hace a mí, no volvería nunca... ¡Ay, Virgen!, que me ha entrao una desazón que echaría a correr too ese camino largo adelante y después me subiría por aquellos cerros, y después no sé yo ande quisiea esconderme, que no parece sino que viene alguien detrás de mí, peor que pa matarme... Y el amo... ¿Ande está el amo?

BERNABÉ.

Con el Rubio andaba.

RAIMUNDA.

Ve y tráete a Norberto. (_Sale Bernabé_).

ESCENA V

RAIMUNDA y NORBERTO

NORBERTO.

¡Tía Raimunda!...

RAIMUNDA.

¡Norberto!... ¡Hijo!... Ven que te abrace.

NORBERTO.

Lo que me he alegrao deque usted quisiea verme. Después de mi padre y de mi madre, en gloria esté, y más vale, si había de verme visto como me han visto todos..., como un criminal, de nadie me acordaba como de usted.

RAIMUNDA.

Yo nunca he podido creerlo, aunque lo decían todos.

NORBERTO.

Bien lo sé, y que usted ha sío la primera en defenderme. ¿Y la Acacia?

RAIMUNDA.

Buena está; pero con la tristeza del mundo en esta casa.

NORBERTO.

¡Decir que yo había matao a Faustino! Y pensar que si no puedo probar, como pude probarlo, lo que había hecho todo aquel día; si, como lo tuve pensao, cojo la escopeta y me voy yo solo a tirar unos tiros, y no puedo dar razón de ande estuve, porque nadie me hubiea visto, me echan a un presidio pa toda la vida.

RAIMUNDA.

¡No llores, hombre!

NORBERTO.

Si esto no es llorar; llantos los que tengo lloraos entre aquellas cuatro paeres de una cárcel, que si me hubiean dicho a mí que tenía que ir allí algún día... Y lo malo no ha concluío. El tío Eusebio y sus hijos y todos los del Encinar sé que quien matarme... No quien creerse de que yo estoy inocente de la muerte de Faustino, tan cierto como mi madre está bajo tierra.

RAIMUNDA.

Como nadie sabe quién haya sío... Como nada ha podido averiguarse..., pues, ya se ve, ellos no se conforman... Tú, ¿de nadie sospechas?

NORBERTO.

Demasiao que sospecho.

RAIMUNDA.

¿Y no le has dicho nada a la Justicia?

NORBERTO.

Si no hubiea podido por menos pa verme libre, lo hubiea dicho todo... Pero ya que no haiga habío necesidá de acusar a nadie... Así como así, si yo hablo... harían conmigo igual que hicieron con el otro.

RAIMUNDA.

Una venganza, ¿verdad? Tú crees que ha sío una venganza... ¿Y de quién piensas tú que pue haber sío? Quisiera saberlo, porque, hazte cargo, el tío Eusebio y Esteban tien que tener los mismos enemigos; juntos han hecho siempre bueno y malo, y no puedo estar tranquila... Esa venganza tanto ha sío contra el tío Eusebio como en contra de nosotros; pa estorbar que estuviean más unidas las dos familias; pero pueden no contentarse con esto, y otro día pueden hacer lo mismo con mi marido.

NORBERTO.

Por tío Esteban no pase usted cuidao.

RAIMUNDA.

¿Tú crees...?

NORBERTO.

Yo no creo nada.

RAIMUNDA.

Vas a decirme todo lo que sepas. A más de que, no sé por qué, me paece que no eres tú solo a saberlo. Si será lo mismo que ha llegao a mi conocimiento... Lo que dicen todos...

NORBERTO.

Pero no es que se haiga sabío por mí... Ni tampoco pue saberse; es un runrún que anda por el pueblo naa más. Por mí naa se sabe.

RAIMUNDA.

Por la gloria de tu madre vas a decírmelo todo, Norberto.

NORBERTO.

No me haga usted hablar. Si yo no he querido hablar ni a la Justicia... Y si hablo me matan, tan cierto que me matan.

RAIMUNDA.

Pero ¿quién pue matarte?

NORBERTO.

Los mismos que han matao a Faustino.

RAIMUNDA.

Pero ¿quién ha matao a Faustino? Alguien comprao pa eso, ¿verdad? Esta mañana en la taberna hablaba el Rubio...

NORBERTO.

¿Lo sabe usted?

RAIMUNDA.

Y Esteban fue a sacarle de allí pa que no hablara...

NORBERTO.

Pa que no le comprometiera.

RAIMUNDA.

¿Eh? ¡Pa que no le comprometiera!... Porque el Rubio estaba diciendo que él...

NORBERTO.

Que él era el amo de esta casa.

RAIMUNDA.

¡El amo de esta casa! Porque el Rubio ha sío...

NORBERTO.

Sí, señora.

RAIMUNDA.

El que ha matao a Faustino...

NORBERTO.

Eso mismo.

RAIMUNDA.

¡El Rubio! Ya lo sabía yo... ¿Y lo saben todos en el pueblo?

NORBERTO.

Si él mismo se va descubriendo; si ande llega principia a enseñar dinero, hasta billetes... Y esta mañana, como le cantaron la copla en su cara, se volvió contra todos y fue cuando avisaron a tío Esteban y le sacó a empellones de la taberna.

RAIMUNDA.

¿La copla? Una copla que han sacao... Una copla que dice... ¿Cómo dice la copla?

NORBERTO.

El que quiera a la del Soto tie pena de la vida. Por quererla quien la quiere le dicen la Malquerida.

RAIMUNDA.

Los del Soto somos nosotros, así nos dicen, es esta casa... Y la del Soto no pue ser otra que la Acacia... ¡Mi hija! Y esa copla... es la que cantan todos... Le dicen la Malquerida... ¿No dice así? ¿Y quién la quiere mal? ¿Quién pue querer mal a mi hija? La querías tú y la quería Faustino... Pero ¿quién otro pue quererla y por qué le dicen Malquerida?... Ven acá... ¿Por qué dejaste tú de hablar con ella, si la querías? ¿Por qué? Vas a decírmelo too... Mira que peor de lo que ya sé no vas a decirme nada...

NORBERTO.

No quiera usted perderme y perdernos a todos. Nada se ha sabío por mí: ni cuando me vi preso quise decir naa... Se ha sabío yo no sé cómo, por el Rubio, por mi padre, que es la única persona con quien lo tengo comunicao... Mi padre sí quería hablarle a la Justicia, y yo no le he dejao, porque le matarían a él y me matarían a mí.

RAIMUNDA.

No me digas naa; calla la boca... Si lo estoy viendo todo, lo estoy oyendo todo... ¡La Malquerida, la Malquerida! Escucha aquí. Dímelo a mí todo.... Yo te juro que pa matarte a ti tendrán que matarme a mí antes. Pero ya ves que tie que hacerse justicia, que mientras no se haga justicia el tío Eusebio y sus hijos van a perseguirte, y de esos sí que no podrás escapar. A Faustino lo han matao pa que no se casara con la Acacia, y tú dejaste de hablar con ella pa que no hicieran lo mismo contigo. ¿Verdad? Dímelo todo.

NORBERTO.

A mí se me dijo que dejara de hablar con ella porque había el compromiso de casarla con Faustino, que era cosa tratada de antiguo con el tío Eusebio, y que si no me avenía a las buenas, sería por las malas, y que si decía algo de todo esto... pues que...

RAIMUNDA.

Te matarían. ¿No es eso? Y tú...

NORBERTO.

Yo me creí de todo, y la verdad, tomé miedo, y pa que la Acacia se enfadara conmigo, pues principié a cortejar a otra moza que naa me importaba... Pero como luego supe que naa era verdad, que ni el tío Eusebio ni Faustino tenían tratao cosa ninguna con tío Esteban... Y cuando mataron a Faustino..., pues ya sabía yo por qué lo habían matao: porque al pretender él a la Acacia, ya no había razones que darle como a mí; porque al tío Eusebio no se le podía negar la boda de su hijo, y como no se le podía negar, se hizo como que se consentía a todo, hasta que hicieron lo que hicieron, que aquí estaba yo pa achacarme la muerte. ¿Qué otro podía ser? El novio de la Acacia, por celos... Bien urdío sí estaba. ¡Valga Dios que algún santo veló por mí aquel día! Y que el delito pesa tanto, que él mismo viene a descubrirse.

RAIMUNDA.

¡Quie decirse que todo ello es verdad! ¡Que no sirve querer estar ciegos pa no verlo! Pero ¿qué venda tenía yo elante los ojos?... Y ahora todo como la luz de claro... Pero ¡quién pudiera seguir tan ciega!

NORBERTO.

¿Ande va usted?

RAIMUNDA.

¿Lo sé yo? Voy sin sentío... Si es tan grande lo que me pasa, que paece que no me pasa nada. Mira tú, de too ello, solo me ha quedao la copla, esa copla de la Malquerida... Ties que enseñarme el son pa cantarla... ¡Y a ese son vamos a bailar toos hasta que nos muramos! ¡Acacia, Acacia, hija!... ¡Ven acá!

NORBERTO.

¡No la llame usted! No se ponga usted así, que ella no tie culpa.

ESCENA VI

Dichos y la ACACIA.

ACACIA.

¿Qué quie usted, madre? ¡Norberto!...

RAIMUNDA.

¡Ven acá! ¡Mírame fijo a los ojos!

ACACIA.

Pero ¿qué le pasa a usted, madre?

RAIMUNDA.

¡No, tú no pues tener culpa!

ACACIA.

Pero ¿qué le han dicho a usted, madre? ¿Qué le has dicho tú?

RAIMUNDA.

Lo que saben ya toos... ¡La Malquerida! ¡Tú no sabes que anda en coplas tu honra!

ACACIA.

¡Mi honra! ¡No! ¡Eso no han podío decírselo a usted!

RAIMUNDA.

No me ocultes naa. Dímelo too. ¿Por qué no le has llamao nunca padre? ¿Por qué?

ACACIA.

Porque no hay más que un padre; bien lo sabe usted. Y ese hombre no podía ser mi padre, porque yo le he odiao siempre, ende que entró en esta casa pa traer el infierno consigo.

RAIMUNDA.

Pues ahora vas a llamarle tú y vas a llamarle como yo te digo: padre... Tu padre. ¿Entiendes? ¿Me has entendío? Te he dicho que llames a tu padre.

ACACIA.

¿Quie usted que vaya al campo santo a llamarle? Si no es el que está allí, yo no tengo otro padre. Ese... es su marido de usted, el que usted ha querido, y pa mí no pue ser más que ese hombre, ese hombre: no sé llamarle de otra manera. Y si ya lo sabe usted too, no me atormente usted. ¡Que le prenda la Justicia y que pague too el mal que ha hecho!

RAIMUNDA.

La muerte de Faustino, ¿quies decir? Y a más.... dímelo too.

ACACIA.

No, madre; si yo hubiera sío consentidora, no hubieran matao a Faustino. ¿Usted cree que yo no he sabío guardarme?

RAIMUNDA.

¿Y por qué has callao? ¿Por qué no me lo has dicho a mí too?

ACACIA.

¿Y se hubiera usted creído de mí más que de ese hombre, si estaba usted ciega por él? Y ciega tenía usted que estar pa no haberlo visto. Si elante de usted me comía con los ojos; si andaba desatinao tras mí a toas horas; y ¿quiere usted que le diga más? Le tengo odiao tanto, le aborrezco tanto, que hubiera querío que anduviese entavía más desatinao, a ver si se le quitaba a usted la venda de los ojos, pa que viera usted qué hombre es ese, el que me ha robao su cariño, el que usted ha querío tanto, más que quiso usted nunca a mi padre.

RAIMUNDA.

¡Eso no, hija!

ACACIA.

Pa que le aborreciera usted como yo le aborrezco, como me tie mandao mi padre que le aborrezca, que muchas veces lo he oído como una voz del otro mundo.

RAIMUNDA.

¡Calla, hija, calla! Y ven aquí, junto a tu madre, que ya no me queda más que tú en el mundo, y ¡bendito Dios que aún puedo guardarte! (_Entra Bernabé_).

BERNABÉ.

¡Señora ama, señora ama!...

RAIMUNDA.

¿Qué traes tú tan acelerao? De seguro nada bueno.

BERNABÉ.

Es que vengo a darle aviso de que no salga de aquí Norberto por ningún caso.

RAIMUNDA.

¿Pues luego?...

BERNABÉ.

Están apostaos los hijos del tío Eusebio con sus criados pa salirle al encuentro.

NORBERTO.

¿Qué le decía yo a usted? ¿Lo está usted viendo? ¡Vienen a matarme! ¡Y me matan, tan cierto que me matan!

RAIMUNDA.

¡Nos matarán a toos! Pero eso tie que haber sío que alguien ha corrío a llamarlos.

BERNABÉ.

El Rubio ha sío, que le he visto yo correrse por la linde del río hacia las tierras del tío Eusebio; el Rubio ha sío quien les ha dao el soplo.

NORBERTO.

¿Qué le decía yo a usted? Pa taparse ellos quieren que los otros me maten, pa que no haiga más averiguaciones; que los otros se darán por contentos creyendo que han matao a quien mató a su hermano... ¡Y me matarán, tía Raimunda, tan cierto que me matan!... Son muchos contra uno, que yo no podre defenderme, que ni un mal cuchillo traigo, que no quiero llevar arma ninguna por no tumbar a un hombre, que quiero mejor que me maten antes que volverme a ver ande ya me he visto... ¡Sálveme usted, que es muy triste morir sin culpa, acosao como un lobo!

RAIMUNDA.

No ties que tener miedo. Tendrán que matarme a mí antes, ya te lo he dicho... Entra ahí con Bernabé. Tú coge la escopeta... Aquí no se atreverán a entrar, y si alguno se atreve, le tumbas sin miedo, sea quien sea. ¿Has entendío? Sea quien sea. No es menester que cerréis la puerta. Tú aquí conmigo, hija. ¡Esteban!... ¡Esteban!... ¡Esteban!...

ACACIA.

¿Qué va usted a hacer? (_Entra Esteban_).

ESTEBAN.

¿Qué me llamas?

RAIMUNDA.

Escucha bien. Aquí está Norberto, en tu casa; allí ties apostaos a los hijos del tío Eusebio pa que lo maten, que ni eso eres tú hombre pa hacerlo por ti y cara a cara.

ESTEBAN.

(_Haciendo intención de sacar un arma_). ¡Raimunda!

ACACIA.

¡Madre!

RAIMUNDA.

¡No, tú no! Llama al Rubio pa que nos mate a toos, que a toos tiene que matarnos pa encubrir tu delito... ¡Asesino, asesino!

ESTEBAN.

¡Tú estás loca!

RAIMUNDA.

Más loca tenía que estar; más loca estuve el día que entraste en esta casa, en mi casa, como un ladrón, pa robarme lo que más valía.

ESTEBAN.

Pero ¿pue saberse lo que estás diciendo?

RAIMUNDA.

Si yo no digo naa, si lo dicen toos, si lo dirá muy pronto la Justicia, y si no quieres que sea ahora mismo, que no empiece yo a voces y lo sepan toos... Escucha bien: tú que los has traído, llévate a esos hombres que aguardan a un inocente pa matarlo a mansalva. Norberto no saldrá de aquí más que junto conmigo, y pa matarle a él tien que matarme a mí... Pa guardarle a él y pa guardar a mi hija me basto yo sola, contra ti y contra toos los asesinos que tú pagues. ¡Mal hombre! Anda ya y ve a esconderte en lo más escondido de esos cerros, en una cueva de alimañas... Ya han acudido toos, ya no puedes atreverte conmigo... ¡Y aunque estuviera yo sola con mi hija! ¡Mi hija, mi hija! ¿No sabías que era mi hija? Aquí la ties. ¡Mi hija! ¡La Malquerida! Pero aquí estoy yo pa guardarla de ti, y hazte cuenta de que vive su padre... ¡Y pa partirte el corazón, si quisieras llegarte a ella!

TELÓN

ACTO TERCERO

La misma decoración del segundo acto.

ESCENA I