Chapter 4 of 5 · 3962 words · ~20 min read

Part 4

RAIMUNDA y la JULIANA. Raimunda a la puerta, mirando con ansiedad a todas partes. Después la Juliana.

JULIANA.

¡Raimunda!...

RAIMUNDA.

¿Qué traes? ¿Está peor?

JULIANA.

No, mujer; no te asustes.

RAIMUNDA.

¿Cómo está? ¿Por qué le has dejao solo?

JULIANA.

Se ha quedao como adormilao, pero no se queja de naa, y la Acacia está allí junto. Es que me das tú más cuidao que el herido. Lo de él, gracias a Dios, no es de muerte. ¿Pero es que te vas a pasar todo el día sin querer tomar nada?

RAIMUNDA.

¡Déjate, déjate!

JULIANA.

Pues ven pa allá dentro con nosotras. ¿Qué haces aquí?

RAIMUNDA.

Miraba si Bernabé no estaría al llegar.

JULIANA.

Si vienen con él los que han de llevarse a Norberto, no podrá estar tan pronto de vuelta. Y si vienen también los de Justicia...

RAIMUNDA.

Los de Justicia... La Justicia en esta casa... ¡Ay, Juliana, y qué maldición habrá caío sobre ella!

JULIANA.

Vamos, entra y no mires más de una parte y de otra, que no es Bernabé el que tú quisieras ver llegar; es otro, es tu marido, que no puede dejar de ser tu marido.

RAIMUNDA.

Así es, que lo que ha durao muchos años no puede concluirse en un día. Sabiendo lo que sé, sabiendo que ya no puede ser otra cosa, y que si le viera llegar sería pa maldecir de él y pa aborrecerle toda mi vida, estoy aquí mirando de una parte y de otra, que quisiera pasar con los ojos las piedras de esos cerros, y me parece que le estoy aguardando como otras veces, pa verle llegar lleno de alegría y entrarnos de bracero como dos novios y sentarnos a comer, y sentaos a la mesa, contarnos too lo que habíamos hecho, el tiempo que habíamos estao el uno sin el otro y reír unas veces y porfiar otras, pero siempre con el cariño del mundo. ¡Y pensar que too ha concluido, que ya too sobra en esta casa, que ya pa siempre se fue la paz de Dios de con nosotros!

JULIANA.

Sí que es pa no creerse ya de naa de este mundo. Y yo por mí, vamos, que si no me lo hubieas dicho tú, y si no te viea como te veo, nunca lo hubiea creído. Lo de la muerte de Faustino, ¡anda con Dios!, aún podía tener algún otro misterio; pero lo que hace al mal querer que le ha entrao por la Acacia, vamos, que se me resiste a creerlo. Y ello es que la una cosa sin la otra no hay quien pueda explicársela.

RAIMUNDA.

¿De modo que tú nunca habías reparao la menor cosa?

JULIANA.

Ni por lo más remoto. Y tú sabes que ende que entró en esta casa pa enamorarte, nunca le he mirao con buenos ojos, que tú sabes cómo yo quería a tu primer marío, que hombre más de bien y más cabal no le ha habío en el mundo... Y vamos, ¡Jesús!, que si yo hubiea reparao nunca una cosa así, ¿de aónde me había yo de estar callaa?... Ahora que una lo sabe, ya cae una en la cuenta de que era mucho regalar a la muchacha, y mucho no darse por sentío, por más de que ella le hiciera tantos desprecios, que no ha tenío palabra buena con él ende que te casaste, que era ella un redrojo y ya se le plantaba a insultarle, que no servía reprenderla unos y otros, ni que tú la tundieas a golpes. Y mía tú, como digo una cosa digo otra: pue que si ella ende pequeña le hubiea tomao cariño y él se hubiea hecho a mirarla como hija suya, no hubiea llegao a lo que ha llegao.

RAIMUNDA.

¿Vas tú a disculparle?

JULIANA.

Qué voy a disculpar, mujer; no hay disculpa pa una cosa así. Con solo que hubiea mirao que era hija tuya. Pero, vamos, quieo decirte que pa él, salvo ser tu hija, la muchacha era como una extraña, y ya te digo, otra cosa hubiea sío si ella le hubiea mirao como padre ende un principio, porque él no es un mal hombre; el que es malo es siempre malo, y a lo primero de casaros, cuando la Acacia era bien chica, más de cuatro veces le he visto yo caérsele los lagrimones de ver y que la muchacha le huía como al demonio.

RAIMUNDA.

Verdad es que son los únicos disgustos que hemos tenío, por esa hija siempre.

JULIANA.

Después la muchacha ha crecío, como toos sabemos, que no tie su par ande quiea que se presenta, y despegá dél como una extraña y siempre elante los ojos, pues nadie estamos libres de un mal pensamiento.

RAIMUNDA.

De un mal pensamiento no te digo, aunque nunca había de haber tenío ese mal pensamiento. Pero un mal pensamiento se espanta cuando no se tie mala entraña. Pa llegar a lo que ha llegao, a tramar la muerte de un hombre pa estorbar y que mi hija se casara y saliera de aquí, de su lao, ya tie que haber más que un mal pensamiento, ya tie que estarse pensando siempre lo mismo, al acecho siempre como un criminal, con la maldad del mundo. Si yo también quisiea pensar que no hay tanta culpa, y cuanto más lo pienso más lo veo que no tie disculpa ninguna... Y cuando pienso que mi hija ha estao amenazá a toas horas de una perdición como esa, que el que es capaz de matar a un hombre es capaz de too... Y si eso hubiea sido, tan cierto como me llamo Raimunda que a los dos los mato, a él y a ella, pues creérmelo. A él, por su infamia tan grande; a ella, si no se había dejao matar antes de consentirlo.

ESCENA II

Dichas y BERNABÉ.

JULIANA.

Aquí está Bernabé.

RAIMUNDA.

¿Vienes tú solo?

BERNABÉ.

Yo solo, que en el pueblo toos son a deliberar lo que ha de hacerse, y no he querío tardarme más.

RAIMUNDA.

Has hecho bien, que no es vivir. ¿Qué dicen unos y otros?

BERNABÉ.

Pa volverse uno loco, si fuera uno a hacer cuenta.

RAIMUNDA.

¿Y vendrán pa llevarse a Norberto?

BERNABÉ.

En eso está su padre. El médico dice que no le lleven en carro, que podía empeorarse, que le lleven en unas angarillas, y a más, que deben venir el forense y el juez a tomarle aquí la declaración, no sea caso que cuando llegue allí esté peor, y como ayer no pudo declarar, como estaba sin conocimiento... Si usted no sabe; ca uno es de un parecer y nadie se entiende. Ningún hombre ha salío hoy al campo; toos andan en corrillos, y las mujeres de casa en casa y de puerta en puerta, que estos días no se habrá comío ni cenao a su hora en casa ninguna...

RAIMUNDA.

Pero ya sabrán que las heridas de Norberto no son de cuidao.

BERNABÉ.

Y cualquiera les concierta. Ayer, cuando supieron y que los hijos del tío Eusebio le habían salío al encuentro yendo con el amo, y le habían herío malamente, too eran llantos por el herío. Y hoy, cuando supieron y que no había sío pa tanto y que muy pronto estaría curao, los más amigos de Norberto ya dicen y que no había de haber sío tan poca cosa, que ya que le han herío tenía que haber sío algo más, pa que los hijos del tío Eusebio tuviean su castigo, que ahora si se cura tan pronto, too queará en un juicio, y nadie se conforma con tan poco.

JULIANA.

De modo que mucho quieren a Norberto, pero hubiean querío mejor y que los otros lo hubiean matao. ¡Serán de brutos!

BERNABÉ.

Así es. Pues ya les he dicho que den gracias a usted, que dio aviso al amo, y al amo, que se puso de por medio y hasta llegó a echarse la escopeta a la cara, pa estorbarles de que le mataran.

RAIMUNDA.

¿Les has dicho eso?

BERNABÉ.

A too el que se ha llegao a preguntarme. Y lo he dicho, lo uno, porque así es la verdad, y lo otro, porque no quiea usted saber lo que han levantao por el pueblo que aquí había habío.

RAIMUNDA.

No me digas naa. ¿Y el amo? ¿No ha acudío por allí? ¿No has sabío dél?

BERNABÉ.

Sé que le han visto esta mañana con el Rubio y con los cabreros del Encinar, en los Berrocales; que a la cuenta ha pasao allí la noche en algún mamparo. Y si valiera mi parecer, no había de andar así, como huido, que no están las cosas pa que nadie piense lo que no ha sío. Que el padre de Norberto anda diciendo lo que no debiera. Y esta mañana se ha avistao con el tío Eusebio pa imbuirle de que sus hijos no han tenío razón pa hacer lo que han hecho con su hijo.

RAIMUNDA.

¿Pero es que el tío Eusebio y está en el lugar?

BERNABÉ.

Con sus hijos ha ido, que esta mañana les pusieron presos. Atados codo con codo les trajeron del Encinar, y su padre ha venío tras ellos a pie too el camino, con el hijo chico de la mano, sin dejar de llorar, que no ha habío quien no haiga llorao de verle, hasta los más hombres.

RAIMUNDA.

¡Y aquella madre allí, y aquí yo! ¡Si supiean los hombres!

ESCENA III

Dichos y la ACACIA.

ACACIA.

¡Madre!...

RAIMUNDA.

¿Qué me quies, hija?

ACACIA.

Norberto la llama a usted. Se ha despertao y pide agua. Dice que se muere de sed. Yo no me he atrevío a dársela, no fuera caso que no le prestara.

RAIMUNDA.

Ha dicho el médico que pue beber agua de naranja toa la que quiera. Allí está una jarra. ¿Se queja mucho?

ACACIA.

No, ahora no.

RAIMUNDA.

(_A Bernabé_). ¿Te has traío lo que dijo el médico?

BERNABÉ.

En las alforjas está too. Voy a traerlo. (_Vase_).

ACACIA.

¿No oye usted, madre? Le está a usted llamando.

RAIMUNDA.

Allá voy, hijo, Norberto.

ESCENA IV

La JULIANA y la ACACIA.

ACACIA.

¿No ha vuelto ese hombre?

JULIANA.

No. Desde que sucedió lo que sucedió, cogió la escopeta y salió como un loco, y el Rubio tras él.

ACACIA.

¿No le han puesto preso?

JULIANA.

Que sepamos. Antes tendrá que declarar mucha gente.

ACACIA.

Pero ya lo saben toos, ¿verdad? Toos oyeron a mi madre.

JULIANA.

De aquí, quitao yo y Bernabé, que no dirá lo que no se quiea que diga, que es un buen hombre y tie mucha ley a esta casa, los demás no han podío darse cuenta. Oyeron que gritaba tu madre, pero toos se han creío que era tocante a Norberto, y a que los hijos del tío Eusebio venían a matarle. Aquí, si la Justicia nos pregunta, nadie diremos otra cosa que lo que tu madre nos diga que hayamos de decir.

ACACIA.

¿Pero es que mi madre os va a decir que os calléis? ¿Es que ella no va a decirlo too?

JULIANA.

¿Pero es que tú te alegrarías? ¿Es que no miras la vergüenza que va a caer sobre esta casa, y pa ti muy principalmente, que ca uno pensará lo que quiera y habrá y quien no puea creer que tú has sío consentiora, y habrá quien no lo crea así, y la honra de una mujer no es pa andar en boca de unos y de otros, que naa va ganando con ello?

ACACIA.

¡Mi honra! Pa mí soy bien honrá. Pa los demás, allá ca uno. Yo ya no he de casarme. Si me alegro de lo que ha sucedío es por no haberme casao. ¡Si me casaba solo era por desesperarle!

JULIANA.

Acacia, no quieo oírte, que eso es estar endemoniá.

ACACIA.

Y lo estoy, y lo he estao siempre, de tanto como le tengo aborrecío.

JULIANA.

¿Y quién te dice que ese no ha sío too el mal, que no has tenío razón pa aborrecerle? Y mía que nadie como yo le hizo los cargos a tu madre cuando determinó de volverse a casar. Pero yo le he visto cuando eras bien chica y tú no podías darte cuenta lo que ese hombre se tie desesperao contigo.

ACACIA.

Más me tengo yo desesperao de ver cómo le quería mi madre, que andaba siempre colgá de su cuello y yo les estorbaba siempre.

JULIANA.

No digas eso; pa tu madre has sío tú siempre lo primero en el mundo. Y pa él también lo hubieas sío.

ACACIA.

No; pa él sí lo he sío, pa él sí lo soy.

JULIANA.

Pero no como dices, que paece que te alegras. Como tenía que haber sío, que no te hubiea él querido tan mal si tú le hubieas querido bien.

ACACIA.

Pero ¿cómo había de quererle, si él ha hecho que yo no quiera a mi madre?

JULIANA.

Mujer, ¿qué dices? ¿Que no quies a tu madre?

ACACIA.

No, no la quiero como tenía que haberla querido, si ese hombre no hubiea entrao nunca en esta casa. Si me acuerdo de una vez, era yo muy chica y no he podido olvidarlo, que toa una noche tuve un cuchillo guardao ebajo la almohada, y toa la noche me estuve sin dormir, pensando naa más que en ir y clavárselo.

JULIANA.

¡Jesús! Muchacha, ¿qué estás diciendo? ¿Y hubieas tenío valor? ¿Y hubieas ido y lo hubieas matao?

ACACIA.

¡Que sé yo y a quién hubiea matao!

JULIANA.

¡Jesús! ¡Virgen! Calla esa boca. Tú estás dejá de la mano de Dios. ¿Y quies que te diga lo que pienso? Que no has tenío tú poca culpa de todo.

ACACIA.

¿Que yo he tenío culpa?

JULIANA.

¡Tú, sí, tú! Y más te digo. Que si lo hubieas odiao como dices, le hubieas odiao solo a él. ¡Ay, si tu madre supiera!

ACACIA.

¿Si supiera qué?

JULIANA.

Que toa esa envidia no era de él, era de ella. Que cualquiera diría que sin tú darte cuenta le estabas queriendo.

ACACIA.

¿Qué dices?

JULIANA.

Por odio naa más no se odia de ese modo. Pa odiar así tie que haber un querer muy grande.

ACACIA.

¿Que yo he querío nunca a ese hombre? ¿Tú sabes lo que estás diciendo?

JULIANA.

Si yo no digo naa.

ACACIA.

No, y serás capaz de ir y decírselo lo mismo a mi madre.

JULIANA.

Te da miedo, ¿verdad? ¿Lo ves cómo eres tú quien lo está diciendo too? Pero está descuidá. ¡Qué voy yo a decirle! ¡Bastante tie la pobre! ¡Dios nos valga!

ESCENA V

Dichas y BERNABÉ.

BERNABÉ.

Ahí está el amo.

JULIANA.

¿Le has visto tú?

BERNABÉ.

Sí; viene como rendío.

ACACIA.

Vamos de aquí nosotras.

JULIANA.

Sí, vamos, y no digas naa, que no sepa tu madre que te has podío encontrar con él. (_Salen las mujeres_).

ESCENA VI

BERNABÉ; ESTEBAN y el RUBIO, con escopetas.

BERNABÉ.

¿Manda usted algo?

ESTEBAN.

Nada, Bernabé.

BERNABÉ.

¿Quie usted que le diga al ama...?

ESTEBAN.

No le digas naa. Ya me verán.

RUBIO.

¿Cómo está el herío?

BERNABÉ.

Va mejorcito. Allá voy con too esto de la botica, si no manda usted otra cosa. (_Vase_).

ESCENA VII

ESTEBAN y el RUBIO.

ESTEBAN.

Ya me ties aquí. Tú dirás ahora.

RUBIO.

¿Qué voy yo a decirle a usted? Que aquí es ande tie usted que estar. Que está usted en su casa y aquí pue usted hacerse fuerte; que eso de andar huíos y no dar la cara no es más que declararse y perdernos...

ESTEBAN.

Ya me ties aquí, te digo; ya me has traío, como querías... Y ahora tú dirás, cuando venga esa mujer y vuelva a acusarme, y les llame a toos y venga la Justicia y el tío Eusebio con ellos... Tú dirás...

RUBIO.

Si hubiea usted dejao que los del tío Eusebio se las hubiesen entendío solos con el que está ahí... naa más que herío, ya estaría too acabao... Pero ahora hablará ese; hablará su padre dél, hablarán las mujeres... Y esas son las que no tien que hablar. Lo de Faustino naide puede probárnoslo. Usted iba junto con su padre, a mí nadie pudo verme; tengo buenas piernas y me habían visto casi a la misma hora a dos leguas de allí. Yo adelanté el reló en la casa ande estaba, y al despedirme traje la conversación pa que reparasen bien la hora que era.

ESTEBAN.

Bueno estaría too eso si después no hubieas sío tú el que ha ido descubriéndose y pregonándolo.

RUBIO.

Tie usted razón, y aquel día debió usted haberme matao; pero es que aquel día es la primera vez que he tenío miedo. Yo no esperaba que saliea libre Norberto. Usted no quiso hacer caso e mí cuando yo le decía a usted: «Hay que apretar con la Justicia, que declare la Acacia y diga que Norberto le tenía jurao de matar a Faustino...». ¿Va usted a decirme que no podía usted obligarla a que hubiea declarao..., y como ella ya hubiéamos tenío otros que hubiean declarao de haberle entendío decir lo mismo?... Y otra cosa hubiea sío; veríamos si la Justicia le había soltao así como así. Pues como iba diciendo, que no es que quiea negar lo malo que hice aquel día, como vi libre a Norberto y pensé que la Justicia y el tío Eusebio que había de apretar con ella, y toos habían de echarse a buscar por otra parte, como digo, por primera vez me entró miedo y quise atolondrarme y bebí, que no tengo costumbre, y me fui de la lengua, que ya digo, aquel día me hubiea usted matao y razón tenía usted de sobra... Por más de que el runrún andaba ya por el pueblo, y eso fue lo que me acobardó, principalmente en oír la copla, que too el mal está de esa parte, créamelo usted, de que Norberto y su padre, por lo que había pasao entre usted y Norberto, ya tenían sus sospechas de que usted andaba tras la Acacia... Y esa es la voz que hay que callar, sea como sea, que eso es lo que pue perdernos, que el delito por la causa se saca; por lo demás... que no supiean por qué había muerto, y a ver de ande iban a saber quién lo había matao.

ESTEBAN.

Eso me digo yo ahora... ¿Por qué ha muerto nadie? ¿Por qué ha matao nadie?

RUBIO.

Eso usted lo sabrá. Pero cuando se confiaba usted de mí, cuando me decía usted un día y otro: «Si esa mujer es pa otro hombre, no miraré naa». Y cuando me decía usted: «Va a casarse, y esta vez no pueo espantar al que se la lleva; se casa, se la llevan de aquí, y ca vez que lo pienso...». ¿No se acuerda usted cuántas mañanas, apenas si había amanecío, venía usted a despertarme: «Anda, Rubio, levántate, que no he podío pegar los ojos en toa la noche; vámonos al campo; quieo andar, quieo cansarme...»? Y ca uno con nuestra escopeta, cogíamos y nos íbamos por ahí aelante, los dos mano a mano, sin hablar palabra, horas y horas... Allá, cuando caíamos en la cuenta, pa que no dijesen los que nos vían que salíamos de caza y no cazábamos, tirábamos unos tiros al aire: pa espantar la caza, que decía yo, pa espantar pensamientos, que decía usted; y al cabo de andar y andar nos dejábamos caer, y tumbaos sobre algún ribazo, usted siempre callao, hasta que al cabo soltaba usted como un bramío, como si se quitara usted un peso muy grande de encima, y me echaba usted un brazo por el cuello y se soltaba usted a hablar y a hablar, que usted mismo, si hubiea usted querío recordarse, no hubiea usted sabío decir lo que había hablao; pero too ello venía a parar en lo mismo: «Que estoy loco, que no pueo vivir así, que me muero, que no sé lo que me pasa, que esto es un castigo, que esto es un infierno...». Y vuelta a barajar las mismas palabras; pero con tanto barajar, siempre pintaba la misma: la de la muerte... Y pintó tanto, que un día..., el cómo se acordó, ya usted lo sabe, pa qué voy a decirlo.

ESTEBAN.

¿No quies callar?

RUBIO.

Cuidao, señor amo, cuidao con ponerme la mano encima. Y no vaya usted a creerse que antes, cuando veníamos, no le he visto a usted la intención, que más de cuatro veces se ha quedao usted como rezagao, y ha querío usted echarse la escopeta a la cara. Pa eso no hay razón, señor amo, no hay razón. Nosotros tenemos ya siempre que estar muy uníos... Yo bien sé que usted está ya pesaroso de too y que si pudiea usted, no quisiea usted verme más en su vida. Si con eso se quedaba usted en paz, ya me había quitao de elante. Lo que ha de saber usted es que a mí no me ha llevao interés nenguno; lo que usted me haiga dao, por su voluntad ha sío. A mí me sobra too; yo no bebo, no fumo, toos mis gustos no han sío siempre más que andar por esos campos a mi albedrío, lo único que me ha gustao siempre, eso sí, es tener yo mando... Yo quisiea que usted y yo fuéramos como dos hermanos mismamente; yo hice lo que he hecho porque usted hizo confianza de mí, como pue usted hacerla siempre, sépalo usted. Cuando los dos nos viéamos perdidos, me perdería yo solo, que ya tengo pensao lo que he de decir. De usted ni palabra, antes me hacen peazos; por mí, ni la tierra sabrá nunca naa. Diré que he sío yo solo, yo solo, por... lo que fuea, que a nadie le importa... Yo no sé lo que podrá salirme: diez años, quince. Usted tie poder pa que no sean muchos; luego, con empeños, vienen los indultos; más han hecho otros, y con cuatro o cinco años han cumplío. Lo que yo quieo es que usted no se olvide de mí, y cuando vuelva, que yo sea pa usted, ya lo he dicho, como un hermano, que no hay hombre sin hombre, y uníos los dos podremos lo que queramos. Yo no quieo naa más que tener mando, eso sí, mucho mando; pero pa usted, usted me manda siempre... ¡El ama! (_Viendo llegar a Raimunda_).

ESCENA VIII

Dichos y RAIMUNDA. Raimunda sale con una jarra; al ver a Esteban y al Rubio se detiene asustada. Después de titubear un momento, llena la jarra en un cántaro.

RUBIO.

Con licencia, señora ama.

RAIMUNDA.

Quita, quítateme de delante. No te me acerques. ¿Qué haces tú aquí? No quiero verte.

RUBIO.

Pues tiene usted que verme y oírme.

RAIMUNDA.

¡A lo que he llegao en mi casa! A mí, ¿qué ties tú que decirme?

RUBIO.

Usted verá. Más tarde o más temprano nos ha de llamar a toos la Justicia. En bien de toos, bueno sera que estemos toos acordes. Usted dirá si por habladurías de unos y otros puede consentirse de echar un hombre a presidio.

RAIMUNDA.

No iría uno solo. ¿Piensas tú que ibas a escapar?

RUBIO.

No he querío decir lo que usted se piensa. Iría uno solo, pero ese no sería ningún otro más que yo.

RAIMUNDA.

¿Qué dices?

RUBIO.

Pero tampoco es razón que yo me calle pa que los demás hablen. Usted verá. A más de que las cosas no han sío como usted se piensa. Todas esas habladurías que andan por el pueblo han sío cosa de Norberto y de su padre. Y esa copla tan indecente que a usted le ha soliviantao, haciéndole creer lo que no ha sío...

RAIMUNDA.