Part 5
¡Ah, os habéis concertado en too este tiempo! Yo no tengo que creerme de naa. Ni de coplas ni de habladurías. Me creo de lo que es la verdad, de lo que yo sé. Tan bien lo sé, que casi no han tenío que decírmelo. Lo he adivinao yo, lo he visto yo. Pero ni siquiera... Tú no. ¿Cómo vas a tener tú esa nobleza? Pero él sería más noble que me lo confesara a mí too. Si bien pue saber que yo no he de ir a delatar a nadie... No por vosotros, por esta casa que es la de mis padres, por mi hija, por mí. ¿Pero qué vale que yo no lo diga, si lo dicen toos, si hasta las piedras lo cantan y lo pregonan por too el contorno?
RUBIO.
Deje usted que pregonen; usted es la que tie que callar.
RAIMUNDA.
Porque tú lo quieres. Pues mira que solo de oírtelo a ti, ya me entran ganas de gritarlo ande más puedan escucharme.
RUBIO.
No se ponga usted así, que no hay razón pa ello.
RAIMUNDA.
No hay razón, y habéis dao muerte a un hombre. Y ahí tenéis a otro que han podío matar por causa vuestra.
RUBIO.
Y ha sío lo menos malo que ha podío suceder.
RAIMUNDA.
¡Calla, calla! ¡Asesino, cobarde!
RUBIO.
A usted le dicen, señor amo.
ESTEBAN.
¡Rubio!...
RUBIO.
¡Qué!...
RAIMUNDA.
Así ties que bajar la cabeza delante de este hombre. ¡Qué más castigo! ¡Qué más caena que andar atao con él pa toa la vida! Ya tie amo esta casa. ¡Gracias a Dios! ¡Pue que mire más por su honra de lo que has mirao tú!
ESTEBAN.
¡Raimunda!...
RAIMUNDA.
¡Qué!, también digo yo. ¡Pue que conmigo sí te atrevas!
ESTEBAN.
Ties razón, ties razón, que no he sío hombre pa meterme una onza de plomo en la cabeza y acabar de una vez.
RUBIO.
¡Señor amo!...
ESTEBAN.
¡Quita, quita! ¡Vete de aquí, vete! ¿Cómo quies que te lo pida? ¿De rodillas quies que te lo pida?
RAIMUNDA.
¡Ah!
RUBIO.
No, señor amo. Conmigo no tie usted que ponerse así. Ya me voy. (_A Raimunda_). Si no hubiea sío por mí no habría muerto un hombre, pero quizá que se hubiea perdío su hija. Ahora, ahí le tie usted, acobardao como una criatura. Ya se ha pasao too; fue una ventolera, un golpe de sangre. ¡Ya está curao! Y pue que yo haiga sío el médico. ¡Eso tie usted que agradecerme, pa que usted lo sepa!
ESCENA IX
RAIMUNDA y ESTEBAN.
ESTEBAN.
No llores más, no quieo verte llorar. No valgo yo pa esos llantos. Yo no hubiea vuelto aquí nunca, me hubiea dejao morir entre esas breñas, si antes no me cazaban como a un lobo, que yo no había de defenderme. Pero no quiero tampoco que tú me digas naa. Too lo que puedas decirme me lo he dicho yo antes. Más veces que tú pueas decírmelo, me he dicho yo criminal y asesino. Déjame, déjame; ya no soy de esta casa. Déjame, que aquí aguardo a la Justicia, y no voy yo a buscarla y a entregarme a ella porque no pueo más, porque no podría tirar de mí pa llevarme. Pero si no quieres tenerme aquí, me saldré en medio del camino pa dejarme caer en mitá de una de esas herrenes, como si hubiean tirao una carroña fuera.
RAIMUNDA.
¡Entregarte a la Justicia, pa arruinar esta casa, pa que la honra de mi hija anduviea en dichos de unos y otros! Pa ti no tenía que haber habío más Justicia que yo. En mí solo que hubieas pensao. ¿Crees que voy a creerme ahora de esos llantos porque no te haya visto nunca llorar? El día que se te puso ese mal pensamiento tenías que haber llorao hasta secársete los ojos, pa no haberlos puesto y ande menos debías. Si lloras tú, ¿qué tenía que hacer yo entonces? Y aquí me ties, que quien me viera no podría creerse de too lo que a mí me ha pasao, y no sé yo qué más podía pasarme, y no quieo recordarme de naa, no quieo pensar otra cosa que en ver de esconder de toos la vergüenza que ha caío sobre toos nosotros. Estorbar que de esta casa puea decirse que ha salío un hombre pa ir a un presidio, y que ese hombre sea el que yo traje pa que fuea como otro padre pa mi hija. A esta casa, que ha sío la de mis padres y mis hermanos; ande toos ellos han vivío con la honra del mundo; ande los hombres que han salío de ella pa servir al rey, o pa casarse, o pa trabajar otras tierras, cuando han vuelto a entrar por esas puertas han vuelto con tanta honra como habían salío. No llores, no escondas la cara, que ties que levantarla como yo cuando vengan a preguntarnos a toos. Que no se vea el humo, aunque se arda la casa. Límpiate esos ojos. ¡Sangre tenían que haber llorao! Bebe una poca agua. ¡Veneno había de ser! No bebas tan aprisa, que estás too sudao. ¡Mira cómo vienes, arañao de las zarzas! ¡Cuchillos habían de haber sío! ¡Trae aquí que te lave, que da miedo verte!
ESTEBAN.
¡Raimunda, mujer! ¡Ten lástima de mí! ¡Si tú supieras! Yo no quiero que tú me digas naa. Pero yo sí quiero decírtelo too. Confesarme a ti, como me confesaría a la hora de mi muerte. ¡Si tú supieras lo que yo tengo pasao entre mí en too este tiempo! ¡Como si hubiea estao porfiando día y noche con algún otro que hubiea tenío más fuerzas que yo y se hubiea empeñao en llevarme ande yo no quería ir!
RAIMUNDA.
¿Pero cómo te acudió ese mal pensamiento y en qué hora maldecía?
ESTEBAN.
Si no sabré decirlo. Fue como un mal que le entra a uno de pronto. Toos pensamos alguna vez algo malo, pero se va el mal pensamiento y no vuelve uno a pensar más en ello. Siendo yo muy chico, un día que mi padre me riñó y me pegó malamente, con la rabia que yo tenía, me recuerdo de haber pensao así en un pronto: «¡Mía si se muriese!». Pero fue naa más que pensarlo, y en seguía de haberlo pensao entrarme una angustia muy grande y mucho miedo de que Dios me le llevara. Y ende aquel día me apliqué más a respetarle. Y cuando murió, años después, que ya era yo muy hombre, tanto como su muerte tengo llorao por aquel mal pensamiento, y así me creía yo que sería de este otro. Pero este no se iba. Más fijo estaba cuanto más quería espantarle. Y tú lo has visto, que no podrás decir que yo haiga dejao de quererte, que te he querío más cada día. No podrás decir que yo haiga mirao nunca a ninguna otra mujer con mala intención. Y a ella no hubiea querido mirarla nunca. Pero solo de sentirla andar cerca de mí se me ardía la sangre. Cuando nos sentábamos a comer no quería mirarla, y ande quiea que volvía los ojos la estaba viendo elante de mí siempre. Y las noches, cuando más te tenía junto a mí, en medio del silencio de la casa, yo no sentía más que a ella, la sentía dormir como si estuviea respirando a mi oído. Y tengo llorao de coraje. Y le tengo pedío a Dios. Y me tengo dao de golpes. Y me hubiea matao y la hubiea matao a ella. Si yo no sabré decir cómo ha sío. Las pocas veces que no he podío por menos de encontrarme a solas con ella, he tenío que escapar como un loco. Y no sabré decir lo que hubiea sío de no escapar: si la hubiea dao de besos o la hubiea dao de puñaladas.
RAIMUNDA.
Es que sin tú saberlo has estao como loco, y alguien tenía que morir de esa locura. Si antes se hubiea casao, si tú no hubieas estorbao que se casase con Norberto...
ESTEBAN.
Si no era el casarse, era el salir de aquí. Era que yo no podía vivir sin sentirla junto a mí un día y otro. Que too aquel aborrecimiento suyo, y aquel no mirarme a la cara, y aquel desprecio de mí que ha hecho siempre, too eso que tanto había de dolerme, lo necesitaba yo pa vivir como algo mío. ¡Ya lo sabes too! Y casi pue decirse que ahora es cuando yo me he dao cuenta. Que hasta ahora que me he confesao a ti, too me parecía que no había sío. Pero así ha sío, ha sío pa no perdonármelo nunca, aunque tú quisieas perdonarme.
RAIMUNDA.
No está ya el mal en que yo te perdone o deje de perdonarte. A lo primero de saberlo, sí, no había castigo que me pareciera bastante pa ti. Ahora ya no sé. Si yo creyera que eras tan malo pa haber tú querío hacer tanto mal como has hecho... Pero si has sío siempre tan bueno, si lo he visto yo, un día y otro, pa mí, pa esa hija misma, cuando viniste a esta casa y era ella una criatura, pa los criaos, pa toos los que a ti se llegaban, y tan trabajador y tan de tu casa. Y no se pue ser bueno tanto tiempo pa ser tan criminal en un día. Too esto ha sío, qué sé yo, miedo me da pensarlo. Mi madre, en gloria esté, nos lo decía muchas veces, y nos reíamos con ella, sin querer creernos de lo que nos decía. Pero ello es que a muchos les tie pronosticao cosas que después les han sucedío. Que los muertos no se van de con nosotros cuando paece que se van pa siempre al llevarlos pa enterrar en el campo santo, que andan día y noche alrededor de los que han querío y de los que han odiao en vida. Y sin nosotros verlos, hablan con nosotros. ¡Que de ahí proviene que muchas veces pensamos lo que no hubiéamos creído de haber pensao nunca!
ESTEBAN.
¿Y tú crees...?
RAIMUNDA.
Que too esto ha sío pa castigarnos, que el padre de mi hija no me ha perdonao que yo hubiea dao otro padre a su hija. Que hay cosas que no puen explicarse en este mundo. Que un hombre bueno como tú puea dejar de serlo. Porque tú has sío muy bueno.
ESTEBAN.
Lo he sío siempre, lo he sío siempre; y de oírtelo decir a ti, ¡qué consuelo y qué alegría tan grande!
RAIMUNDA.
¡Calla, escucha! Me paece que ha entrao gente de la otra parte de la casa. A la cuenta será el padre de Norberto y los que vienen con él pa llevársele. No deben de haber venío los de Justicia, que hubiean entrao de esta parte. Voy a ver. Tú anda allá dentro, a lavarte y mudarte de camisa, que no te vean así, que paeces...
ESTEBAN.
No te pares en decirlo. Un malhechor, ¿verdad?
RAIMUNDA.
No, no, Esteban. Pa qué atormentarnos más. Ahora lo que importa es acallar a toos los que hablan. Después ya pensaremos. Mandaré a la Acacia unos días con las monjas del Encinar, que la quieren mucho y siempre están preguntando por ella, y después escribiré a mi cuñada Eugenia, la de la Adrada, que siempre ha querío mucho a mi hija, y se la mandaré con ella. Y quién sabe. Allí pue casarse, que hay mozos de muy buenas familias y bien acomodás, y ella es el mejor partío de por aquí y pue volver casada, y luego tendrá hijos que nos llamarán abuelos, y ya iremos pa viejos y entoavía pue haber alegría en esta casa. Si no fuea...
ESTEBAN.
¿Qué?
RAIMUNDA.
Si no fuea...
ESTEBAN.
Sí. El muerto.
RAIMUNDA.
Ese, que estará ya aquí siempre entre nosotros.
ESTEBAN.
Ties razón. ¡Pa siempre! Too pue borrarse menos eso. (_Sale_).
ESCENA X
RAIMUNDA y la ACACIA.
RAIMUNDA.
¡Acacia! ¿Estabas ahí, hija?
ACACIA.
Ya lo ve usted. Aquí estaba. Ahí está el padre de Norberto con sus criaos.
RAIMUNDA.
¿Qué dice?
ACACIA.
Paece más conforme. Como le ha visto tan mejorao... Esperan al forense, que ha de venir a reconocerle. Ha ido al Sotillo a otra diligencia y luego vendrá.
RAIMUNDA.
Pues vamos allá nosotras.
ACACIA.
Es que antes quisiea yo hablar con usted, madre.
RAIMUNDA.
¿Hablar tú? ¡Ya me ties asustá! ¡Que hablas tan pocas veces! ¿Asunto de qué?
ACACIA.
De que he entendío lo que tie usted determinao de hacer conmigo.
RAIMUNDA.
¿Andabas a la escucha?
ACACIA.
Nunca he tenío esa costumbre. Pero ponga usted que hoy he andao. Es que me importaba lo que había usted de tratar con ese hombre. Quie decirse que en esta casa la que estorba soy yo. Que los que no tenemos culpa ninguna hemos de pagar por los que tien tanta. Y too pa quedarse usted tan ricamente con su marío. A él se lo perdona usted too, pero a mí se me echa de esta casa, naa más que pa quedarse ustedes muy descansaos.
RAIMUNDA.
¿Qué estás diciendo? ¿Quién pue echarte a ti de esta casa? ¿Quién ha tratao semejante cosa?
ACACIA.
Usted sabrá lo que ha dicho. Que me llevará usted al convento del Encinar, y pue que quisiea usted encerrarme allí pa toa mi vida.
RAIMUNDA.
No sé cómo pueas decir eso. ¿Pues no has sío tú muchas veces la que me ties dicho que te gustaría pasar allí algunos días con las monjas? ¿Y no he sío yo la que nunca te ha consentío, por miedo no quisieas quedarte allí? Y con la tía Eugenia, ¿cuántas veces no me has pedío tú misma de dejarte allí con ella? Y ahora que se dispone en bien de toos, en bien de esta casa, que es tuya y naa más que tuya, y a toos importa poder salir de ella con la frente muy alta..., ¿qué quisieas tú, que yo delatase al que has debío tú mirar como a un padre?
ACACIA.
¿Si querrá usted decir, como la Juliana, que yo he tenío la culpa de todo?
RAIMUNDA.
No digo naa. Lo que yo sé es que él no ha podío mirarte como hija porque tú no lo has sío nunca pa él.
ACACIA.
¿Si habré sío yo la que se habrá ido a poner elante e sus ojos? ¿Si habré sío yo la que habrá hecho matar a Faustino?
RAIMUNDA.
¡Calla, hija, calla! ¡Si te entienden de allí!
ACACIA.
Pues no se saldrá usted con la suya. Si usted quie salvar a ese hombre y callar too lo que aquí ha pasao, yo lo diré too a la Justicia y a toos. Yo no tengo que mirar más que por mi honra. No por la de quien no la tiene, ni la ha tenío nunca, porque es un criminal.
RAIMUNDA.
¡Calla, hija, calla! ¡Frío me da de oírte! ¡Que tú le odies, cuando yo casi le he perdonao!
ACACIA.
Sí; le odio, le he odiado siempre, y él también lo sabe. Y si no quiere verse delatao por mí, ya pue venir y matarme. ¡Sí, eso quisiea yo, que me matase! ¡Sí, que me mate, pa ver si de una vez dejaba usted de quererle!
RAIMUNDA.
¡Calla, hija, calla!
ESCENA XI
Dichas y ESTEBAN.
RAIMUNDA.
¡Esteban!...
ESTEBAN.
¡Tie razón, tie razón! ¡No es ella la que tie que salir de esta casa! Pero yo no quieo que sea ella quien me entregue a la Justicia. Me entregaré yo mismo. ¡Descuida! Y antes de que puean entrar aquí, les saldré yo al encuentro. ¡Déjame tú, Raimunda! Te queda tu hija. Ya sé que tú me hubieas perdonao. ¡Ella no! ¡Ella me ha aborrecío siempre, Raimunda!
RAIMUNDA.
No, Esteban. ¡Esteban de mi alma!
ESTEBAN.
¡Déjame, déjame, o llamo al padre de Norberto y se lo confieso too aquí mismo!
RAIMUNDA.
Hija, ya lo ves. Y ha sío por ti. ¡Esteban, Esteban!
ACACIA.
¡No le deje usted salir, madre!
RAIMUNDA.
¡Ah!...
ESTEBAN.
¿Quies ser tú quien me delate? ¿Por qué me has odiao tanto? ¡Si yo te hubiea oído tan siquiera una vez llamarme padre! ¡Si tú pudieas saber cómo te he querío yo siempre!
ACACIA.
¡Madre, madre!...
ESTEBAN.
Malquerida habrás sío sin yo quererlo. Pero antes, ¡cómo te había yo querío!
RAIMUNDA.
¿No le llamarás nunca padre, hija?
ESTEBAN.
No me perdonará nunca.
RAIMUNDA.
Sí, hija, abrázale. Que te oiga llamarle padre. ¡Y hasta los muertos han de perdonarnos y han de alegrarse con nosotros!
ESTEBAN.
¡Hija!..
ACACIA.
¡Esteban!... ¡Dios mío, Esteban!...
ESTEBAN.
¡Ah!...
RAIMUNDA.
¿Aún no le dices padre? ¡Qué!, ¿ha perdío el sentío? ¡Ah! ¿Boca con boca y tú abrazao con ella? ¡Quita, aparta, que ahora veo por qué no querías llamarle padre! ¡Que ahora veo que has sío tú quien ha tenío la culpa de too, maldecía!
ACACIA.
Sí, sí. ¡Máteme usted! Es verdad, es la verdad. ¡Ha sío el único hombre a quien he querío!
ESTEBAN.
¡Ah!...
RAIMUNDA.
¿Qué dice, qué dice? ¡Te mato, maldecía!
ESTEBAN.
¡No te acerques!
ACACIA.
¡Defiéndame usted!
ESTEBAN.
¡No te acerques, te digo!
RAIMUNDA.
¡Ah!... ¡Así! ¡Ya estáis descubiertos! ¡Más vale así! ¡Ya no podrá pesar sobre mí una muerte! ¡Que vengan toos! ¡Aquí! ¡Acudid toa la gente! ¡Prended al asesino! ¡Y a esa mala mujer, que no es hija mía!
ACACIA.
¡Huya usted, huya usted!
ESTEBAN.
¡Contigo! ¡Junto a ti siempre! ¡Hasta el infierno! ¡Si he de condenarme por haberte querío! ¡Vamos los dos! ¡Que nos den caza si puen entre esos riscos! ¡Pa quererte y pa guardarte seré como las fieras, que no conocen padres ni hermanos!
RAIMUNDA.
¡Aquí, aquí! ¡Ahí está el asesino! ¡Prendedle! ¡El asesino! (_Han llegado por diferentes puertas el Rubio, Bernabé, la Juliana y gente del pueblo_).
ESTEBAN.
¡Abrid paso, que no miraré naa!
RAIMUNDA.
¡No saldrás! ¡Al asesino!
ESTEBAN.
¡Abrid paso, digo!
RAIMUNDA.
¡Cuando me haigas matao!
ESTEBAN.
¡Pues así! (_Dispara la escopeta y hiere a Raimunda_).
RAIMUNDA.
¡Ah!...
JULIANA.
¡Jesús! ¡Raimunda! ¡Hija!
RUBIO.
¿Qué ha hecho usted, qué ha hecho usted?
UNO.
¡Matadle!
ESTEBAN.
¡Matadme si queréis; no me defiendo!
BERNABÉ.
¡No; entregarle vivo a la Justicia!
JULIANA.
¡Ese hombre ha sío, ese mal hombre! ¡Raimunda! ¡La ha matao! ¡Raimunda! ¿No me oyes?
RAIMUNDA.
¡Sí, Juliana, sí! ¡No quisiea morir sin confesión! ¡Y me muero! ¡Mía cuánta sangre! ¡Pero no importa! ¡Ha sío por mi hija! ¡Mi hija!
JULIANA.
¡Acacia! ¿Ande estás?
ACACIA.
¡Madre, madre!
RAIMUNDA.
¡Ah!... ¡Menos mal, que creí que aún fuea por él por quien llorases!
ACACIA.
¡No, madre, no! ¡Usted es mi madre!
JULIANA.
¡Se muere, se muere! ¡Raimunda! ¡Hija!
ACACIA.
¡Madre, madre mía!
RAIMUNDA.
¡Ese hombre ya no podrá naa contra ti! ¡Estás salva! ¡Bendita esta sangre que salva, como la sangre de Nuestro Señor!
FIN DEL DRAMA