Chapter 1 of 5 · 3994 words · ~20 min read

Part 1

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos, acudiendo a la edición _princeps_ de 1628 para resolver las dudas.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques al modernizarla.

* En algunas ocasiones las acotaciones escénicas han sido desplazadas ligeramente dentro de su estrofa para la mejor comprensión del texto.

TEATRO ESPAÑOL

JUAN RUIZ DE ALARCÓN

LAS PAREDES OYEN

[Ilustración]

EDITORA INTERNACIONAL MADRID · BERLÍN · BUENOS AIRES

SE RESERVAN TODOS LOS DERECHOS QUE INDICA LA LEY DEL 19 DE JUNIO 1901 ASÍ COMO LOS DERECHOS DE TRADUCCIÓN.

COPYRIGHT 1924 BY EDITORA INTERNACIONAL BUENOS AIRES.

PRÓLOGO.

«Las paredes oyen» es la mejor de las comedias de don Juan Ruiz de Alarcón, y se distingue por no encontrarse en ella los defectos que eran comunes a cuantas en aquella época se escribieron.

No tiene escenas enfadosas ni largos recitados, ni se abusa de aquellas conceptuosas retahílas en que para expresar sentimientos de amor se prodigan las metáforas mitológicas; las mutaciones de decoración no son frecuentes; el plan está hecho con una admirable habilidad.

Don Mendo, que es vano y murmurador, pregona sus venturas y corteja a dos damas: doña Ana, a la que ama verdaderamente, y doña Lucrecia, prima de esta; y como por escrito y de palabra habla mal de una y otra, ambas lo llegan a saber y las dos le rechazan, otorgando sus favores respectivamente a dos galanes, que las defendieron de las murmuraciones de don Mendo.

Unas veces oye doña Ana misma lo que don Mendo murmura de ella para impedir que inspire sentimientos de amor al duque Urbino; otras cae en las manos de doña Lucrecia el papel escrito por él en que la ridiculiza ante su propio rival; otra, censura a sus amigos sin sospechar que le escuchan disfrazados de cocheros, y hasta la criada de la dama de sus pensamientos oye que la llama vieja, y desde aquel momento se convierte en su implacable enemiga.

«Las paredes oyen» y todo cuanto murmura se sabe, y se concitan contra él las antipatías y los odios de quienes le profesaban sentimientos opuestos.

Todo esto sucede con tal naturalidad, y el diálogo es tan justo y adecuado, que se puede decir que en este punto es una comedia modelo.

Además, tiene algunos trozos epigramáticos no inferiores a los del mismo Tirso de Molina, como aquella relación del Beltrán, en el primer acto, en la que explica que todo se reduce en la vida a pedir dinero.

Semeja a «La Verdad sospechosa» del mismo autor, en que fustiga en ella el vicio de la murmuración como en la primera se censura el de mentir; pero la trama, el movimiento de los personajes y hasta el diálogo, superan en esta a aquella.

La murmuración es un defecto tan general como censurable, que, aunque prediquen contra él los moralistas y le fustiguen los literatos, no ha de extirparse, porque se engendra en la propia naturaleza dispuesta a apreciar defectos ajenos y que para juzgarlos ven, como dice el Evangelio, la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

San Francisco de Sales decía que la suprema virtud era la benevolencia para juzgar al prójimo, y aconsejaba que al referir alguna cosa se procurara siempre darle la interpretación más benévola; la Biblia nos habla de Datán, Coré y Abirón, a los que se tragó la tierra por murmuradores; pero en cambio en nuestro tiempo se considera indicio de gracia y de cualidades sociales ridiculizar con ingenio a las personas y sus actos, y en un salón, aquel que no murmura resulta aburrido.

Otras personas, para medrar en política, donde es más útil que hacerse amar hacerse temer, emplean la murmuración, y algunos murmuran para defenderse, como la célebre condesa de Campo Alange que, señalando con el dedo su lengua, decía: esta es mi guardia civil.

Todo esto quiere decir que «Las paredes oyen», como cuanto se ha escrito contra los murmuradores, ha servido para enriquecer el tesoro literario del país, pero los resultados para la corrección del defecto seguramente no han de corresponder a la importancia del éxito logrado.

Además de las muchas cualidades de don Juan Ruiz de Alarcón, ofrece un motivo a la consideración de los pueblos de América donde se habla el español, y es la de haber nacido en Méjico o en Nueva España, que es el nombre que llevaba entonces aquel virreinato.

Ruiz de Alarcón, que vivió y trabajó en España, y que en su obra retrató costumbres netamente españolas, había nacido en Méjico, como en el siglo XIX aconteció con otro ilustre autor dramático que vivió, trabajó y murió en Madrid, y que había nacido en Buenos Aires: don Ventura de la Vega.

Don Juan Ruiz de Alarcón, piadoso como todos los señores de su época, dotó una fundación para religiosos en Madrid, donde yacían sus restos, y el convento, que no sabemos si existe aún, pero que existía hace pocos años, era denominado de «Don Juan de Alarcón», y lo mismo la iglesia.

Nació en América, vivió en España, llevó las costumbres y los personajes de ella a la escena, murió en el seno del catolicismo y dispuso que sus restos reposasen en una iglesia que él había fundado.

Alarcón era un americano español, como lo era la mayor parte.

Un escritor español de peregrino ingenio, comentaba en una crónica enviada a un periódico madrileño que cuando en tierra extranjera declaraba su nacionalidad española le preguntaban:

Pero ¿es usted español de España?

Esta pregunta no demuestra ignorancia, sino, por el contrario, un concepto exacto de que la condición de español no depende del lugar de nacimiento, sino que la determina la raza y la sangre que corre por nuestras venas, y por eso tan español es el de España como el de América, aunque su nacionalidad sea distinta.

Don Juan Ruiz de Alarcón es un español de América, gloria de la Literatura española y símbolo, por tanto, de esa unión hispanoamericana, supremo ideal político de los pueblos llamados a formarla y que, como la estrella Polar marca siempre el Norte, en el horizonte político señala el rumbo del renacimiento de la Raza.

JUAN RUIZ DE ALARCÓN

LAS PAREDES OYEN

PERSONAS.

DON MENDO, _galán._ DON JUAN, _galán._ EL DUQUE, _galán._ EL CONDE, _galán._ LEONARDO, _criado._ BELTRÁN, _gracioso._ DOÑA ANA, _dama viuda._ DOÑA LUCRECIA, _dama._ CELIA, _criada._ ORTIZ, _escudero._ FABIO, MARCELO. _criados del Duque._

ACTO PRIMERO.

Escena primera.

Sala en casa de doña Ana.

_Don Juan, vestido llanamente, y Beltrán._

DON JUAN.

Tiéneme desesperado, Beltrán, la desigualdad, si no de mi calidad, de mis partes, y mi estado. La hermosura de doña Ana, el cuerpo airoso y gentil, bella emulación de abril, dulce envidia de Diana, ¡mira tú cómo podrán, dar esperanza al deseo de un hombre tan pobre y feo, y de mal talle, Beltrán!

BELTRÁN.

A un Narciso, cortesano, un humano Serafín resistió un siglo, y al fin la halló en brazos de un enano. Y si las historias creo, y ejemplos de autores graves (pues, aunque sirviente, sabes que a ratos escribo y leo), me dicen que es ciego amor, y sin consejo se inclina; que la emperatriz Faustina quiso un feo esgrimidor; que mil injustos deseos, puestos locamente en ella, cumplió Hipia noble y bella de hombres humildes y feos.

DON JUAN.

Beltrán, ¿para qué refieres comparaciones tan vanas? ¿No ves que eran más livianas que bellas esas mujeres, y que en doña Ana es locura esperar igual error, en quien excede el honor, al milagro de hermosura?

BELTRÁN.

¿No eres don Juan de Mendoza? Pues doña Ana ¿qué perdiera cuando la mano te diera?

DON JUAN.

Tan alta fortuna goza, que nos hace desiguales la humilde en que yo me veo.

BELTRÁN.

Que diste en el punto, creo, de que proceden tus males. Si Fortuna en tu humildad con un soplo te ayudara, a fe que te aprovechara la misma desigualdad. Fortuna acompaña al dios que amorosas flechas tira, que en un templo los de Egira adoraban a los dos. Sin riqueza, su hermosura pudieras lograr tu intento: siglos de merecimiento trueco a puntos de ventura.

DON JUAN.

Eso mismo me acobarda: ¡soy desdichado, Beltrán!

BELTRÁN.

Trocar las manos podrán fortuna y amor; aguarda.

DON JUAN.

Si a don Mendo hace favor, ¿qué esperanza he de tener?

BELTRÁN.

En ese echarás de ver, que es todo fortuna amor. A competencia lo quieren doña Ana y doña Teodora; doña Lucrecia lo adora, todas al fin por él mueren. Jamás el desdén gustó.

DON JUAN.

Es bello, rico y mancebo.

BELTRÁN.

¡Cuánto mejor era Febo, y Dafne lo desdeñó! Y cuando no conociera otro en perfección igual, aquesto de decir mal ¿es defecto como quiera?

DON JUAN.

¿Y no es eso murmurar?

BELTRÁN.

Esto es decir lo que siento.

DON JUAN.

Lo que siente el pensamiento no siempre se ha de explicar.

BELTRÁN.

Decir...

DON JUAN.

Que calles te digo, y ten por cosa segura que tiene aquel que murmura en su lengua su enemigo.

BELTRÁN.

Entre tus desconfianzas en su casa entrar te veo; sin duda que el gran deseo engaña tus esperanzas. Vete en desierto lugar, y no ceses de dar voces, y aunque tu muerte conoces, nadas en medio del mar.

DON JUAN.

Lo que en gran tiempo no ha hecho hace amor en solo un día, venciendo en fin la porfía.

BELTRÁN.

Que te sucede, sospecho, lo que al tahúr que, en perdiendo, solamente con decir: «¡Que no sepa yo gruñir!» está sin cesar gruñendo. Tú dices que desesperas, y entre el mismo no esperar nunca dejas de intentar: ¿qué más haces cuando esperas? ¿Tú piensas que el esperar es alguna confección venida ya del Japón? El esperar es pensar que puede al fin suceder aquello que se desea, y quien hace porque sea bien piensa que pueda ser.

DON JUAN.

(_Saca una carta_). Pues si con esta invención en su desdén no hay mudanza, aunque viva mi esperanza, morirá mi pretensión.

BELTRÁN.

El mercader marinero, con la codicia avarienta, cada viaje que intenta dice que será el postrero. Así tú, cuando imagino que desengañado estás, ya con nuevo intento vas en la mitad del camino. Mas dime: ¿qué te ha obligado a trazar esta invención para mostrar tu afición, pudiendo con un criado de su casa negociar lo que tú vienes a hacer?

DON JUAN.

No he de arriesgarme a ofender a quien pretendo obligar; que como es tan delicada la honra, suele perderse solamente con saberse que ha sido solicitada. Y así del murmurador pretendo que esté segura mi desdicha o mi ventura, su flaqueza o su valor. Que aun a ti mismo callado estos intentos hubiera, si en ti, Beltrán, no tuviera más amigo que criado.

BELTRÁN.

¿Toda esta casa, don Juan, a una mujer aposenta?

DON JUAN.

Seis mil ducados de renta, ¿qué alcázar no ocuparán?

BELTRÁN.

Celia es esta.

Escena II.

_Dichos y Celia._

CELIA.

¿Qué mandáis, señor don Juan?

DON JUAN.

Celia mía, besar las manos quería, si licencia me alcanzáis, a mi señora doña Ana.

CELIA.

Que será imposible, entiendo, porque se está previniendo para partirse mañana a una novena a Alcalá.

DON JUAN.

¿De la corte se desvía cuando el celebrado día de san Juan tan cerca está?

CELIA.

Para los tristes no hay fiesta.

DON JUAN.

Pues, Celia, verla me importa; la visita será corta; solo le quiero dar esta que le ha venido en un pliego, y me dice quien la envía que solo de mí confía el darla.

CELIA.

Yo salgo luego.

Escena III.

_Don Juan y Beltrán._

BELTRÁN.

No hay pobre con calidad: si un villano rico fueras, a fe que nunca tuvieras en verla dificultad.

DON JUAN.

Si ella está tan de camino, que es justa la causa creo.

BELTRÁN.

Lo que con los ojos veo...

DON JUAN.

Malicioso desatino.

BELTRÁN.

¿Cuánto va que no la ves?

DON JUAN.

De no alcanzar no se ofende quien lo difícil emprende; mas doña Ana es muy cortés.

BELTRÁN.

Y ahora, ¿qué hemos de hacer, que ella se parte a Alcalá?

DON JUAN.

En tanto que ausente está, aguardar y padecer.

BELTRÁN.

Bueno fuera acompañarla.

DON JUAN.

Si, como quien soy, pudiera, forzoso el hacerlo fuera si así entendiese obligarla. Mas ni me ayuda el poder, ni ella lo agradecería, por la nota que daría si se llegase a entender.

BELTRÁN.

Ella sale.

DON JUAN.

Di, Beltrán, que la aurora bella y clara.

Escena IV.

_Dichos, y doña Ana hablando aparte a Celia._

DOÑA ANA.

¡Ay Celia, y qué mala cara, y mal talle de don Juan!

DON JUAN.

Aunque me dijo, señora, Celia vuestra ocupación, con que fuera más razón el no estorbaros ahora, la importancia contenida (_Dale la carta_) en esta carta que os doy, me disculpa.

DOÑA ANA.

Nunca estoy, señor don Juan, impedida para recibir merced de tan noble caballero.

DON JUAN.

Vuestro soy; repuesta espero. Si sois servida, leed.

DOÑA ANA.

Ser descortés me mandáis.

DON JUAN.

Leed, que importa una vida, que cerca está de perdida si remedio no le dais.

DOÑA ANA.

Si está su defensa en mí, la pena y temor dejad.

DON JUAN.

El caso es grave, mandad que estemos solos aquí, que tenemos que tratar, y el secreto es importante.

DOÑA ANA.

Dejadnos solos.

BELTRÁN.

Amante fue el inventor de engañar.

(_Vanse Beltrán y Celia_).

Escena V.

_Doña Ana y don Juan._

DON JUAN.

Pues contigo solo estoy, porque mi recato veas (_Va a leer doña Ana, y detiénela_), oye, señora: no leas, que la carta viva soy. Que me atreva no te altere, pues estoy solo contigo, y un agravio sin testigo, al punto que nace muere. Desde que la vez primera vi la luz de tu arrebol, dos veces la ha dado el sol a los signos de su esfera; como al que el rayo tocó de Júpiter vengativo, por gran tiempo muerto, vivo en un instante quedó; como aquel, que la cabeza de la Górgona miraba, por un peñasco trocaba la humana naturaleza; tal en viéndote, me veo, tan absorto y admirado, que en admirarme ocupado, no doy lugar al deseo; que esos divinos despojos tanta gloria me mostraron, que al punto me arrebataron toda el alma por los ojos.

DOÑA ANA.

Tened, don Juan, ¿esto para todo en que amor me tenéis?

DON JUAN.

No, porque ya lo sabéis, y en vano el tiempo gastara.

DOÑA ANA.

¿En que os morís?

DON JUAN.

No, señora; pues ni en morir parará, que en el alma vivirá el amor que os tengo ahora.

DOÑA ANA.

¿Para en pedirme que os quiera?

DON JUAN.

Ni llega, señora, ahí, que no hay méritos en mí para que a tal me atreviera.

DOÑA ANA.

Pues decid lo que queréis.

DON JUAN.

Quiero... Solo sé que os quiero, y que remedio no espero, viendo lo que merecéis. Como el mísero doliente que en el lecho fatigado, a cualquier parte inclinado, los mismos dolores siente; y por huir del tormento, que en cada lado es mayor, busca alivio a su dolor en el mismo movimiento; así yo con mi cuidado vengo a vos, dueño querido, no de esperanza inducido, sino de dolor forzado; por no morir con callarlo, no por sanar con decirlo, pues es imposible el sufrirlo como lo es el remediarlo. Y así no os ha de ofender que me atreva a declarar, pues va junto el confesar, que no os puedo merecer.

DOÑA ANA.

¿Queréis más?

DON JUAN.

¿Qué más que vos? Si entender queréis mi estado, en que os quiero está cifrado.

DOÑA ANA.

Pues, señor don Juan, adiós.

DON JUAN.

Tened, ¿no me respondéis?, ¿de esta suerte me dejáis?

DOÑA ANA.

¿No habéis dicho que me amáis?

DON JUAN.

Yo lo he dicho, y vos lo veis.

DOÑA ANA.

¿No decís que vuestro intento no es pedirme que yo os quiera, porque atrevimiento fuera?

DON JUAN.

Así lo he dicho y lo siento.

DOÑA ANA.

¿No decís que no tenéis esperanzas de ablandarme?

DON JUAN.

Yo lo he dicho.

DOÑA ANA.

¿Y que igualarme en méritos no podéis, vuestra lengua no afirmó?

DON JUAN.

Yo lo he dicho de este modo.

DOÑA ANA.

Pues si vos lo decís todo, ¿qué queréis que os diga yo?

(_Vase_).

Escena VI.

_Don Juan._

DON JUAN.

¡Oh venga la muerte, acabe con vida tan desdichada, que solo puede su espada remediar pena tan grave! ¿Qué delito cometí en quererte, ingrata fiera? Quiera Dios... pero no quiera, que te quiero más que a mí.

Escena VII.

_Don Juan, Celia y Beltrán._

CELIA.

¡Ah desdichado don Juan!

BELTRÁN.

Ayúdale.

CELIA.

A Dios pluguiera que mi voluntad valiera.

(_Vase_).

Escena VIII.

_Don Juan y Beltrán._

BELTRÁN.

¿Pues qué tenemos?

DON JUAN.

Beltrán: La verdad huye, a la esperanza pido Engaños que alimenten mi deseo eternos contra mí imposibles veo, nado en un golfo, ni de un leño asido; con el vuelo de amor más atrevido no subo un paso, y aunque más peleo, al fin vencido soy de lo que creo, vencedor solo en lo que soy vencido. Así desesperado victorioso niego al deseo engaños, y a la gloria más vivo anhelo, si su muerte sigo. ¡Triste donde es el no esperar forzoso, donde el desesperar es la victoria, donde el vencer da fuerza al enemigo!

BELTRÁN.

¡Triste donde es forzoso andar contigo, donde hallar que comer es gran victoria, donde el cenar es siempre de memoria!

Escena IX.

Sala en casa de don Mendo.

_El Conde, don Mendo y Ortiz._

CONDE.

A mi señora Lucrecia dad, Ortiz, ese papel.

(_Dale un papel_).

ORTIZ.

Guárdeos Dios.

(_Vase_).

DON MENDO.

Cosa cruel Conde, es una mujer necia.

CONDE.

¿Cómo?

DON MENDO.

Con celos y amor sale Lucrecia de sí.

CONDE.

¿Con causa, don Mendo?

DON MENDO.

Sí; mas tanto el yerro es mayor. Si por doña Ana estoy ciego, ella ¿qué ha de remediar con reñir, y con celar, sino añadir fuerza al fuego?

CONDE.

(_Aparte_). (¡Quieran, Lucrecia, los cielos, que te mude esta mudanza, y a mi perdida esperanza abran la puerta tus celos!) Y vos, ¿qué le respondéis?

DON MENDO.

Nunca el negar hizo daño.

CONDE.

Mejor fuera el desengaño si en otra parte queréis.

DON MENDO.

Dañarme, Conde, podría, que su amor causó en mi pecho terrible incendio, y sospecho que hay centellas todavía. Y quien antiguo cuidado arraigado al alma tiene, ha de obligar el que viene, sin despedir el pasado; que mil veces se agradó de la novedad Cupido, y vuelve a buscar rendido lo que arrogante dejó.

CONDE.

Avariento sois de amor.

DON MENDO.

Más el de doña Ana estimo.

CONDE.

¿Y ella os quiere?

DON MENDO.

Pienso, primo, que merezco su favor.

CONDE.

¿Qué hay de Teodora?

DON MENDO.

Quería que yo fuese su marido, como si hubieran nacido mis abuelos en Turquía.

CONDE.

Sin ser loca, yo no creo que ninguna mujer pida la esclavitud de una vida por la muerte de un deseo.

DON MENDO.

Pues ya después que mi amor sacó pies amedrentado, en ello crece el cuidado, y al paso de él, mi rigor. Ya sin esa condición estimara mis favores.

CONDE.

Dichoso sois en amores.

DON MENDO.

En el signo del León Marte y Venus concurrieron de mi nacimiento el día, y si hay cierta astrología, ellos amable me hicieron... Mas adiós, primo, que es tarde, y a doña Ana quiero ver, que hoy su sol se va a poner en Alcalá.

CONDE.

Dios os guarde.

(_Vase el Conde_).

Escena X.

_Don Mendo y Leonardo._

LEONARDO.

El coche a la puerta está; que ya se para imagino.

DON MENDO.

Tenme el coche de camino a la puerta de Alcalá. Parta al punto el repostero, y encárgales, por mi vida, que esté a punto la comida en la venta de Vivero. Haz cómo doña Ana vea en mi prevención mi amor.

LEONARDO.

Toda tu gente, señor, su vida en tu gusto emplea.

(_Vanse_).

Escena XI.

Sala en casa de doña Ana.

_Doña Ana, de camino, y Celia._

DOÑA ANA.

¿De qué vas triste? ¿De qué lo van todas mis doncellas? Habla, dime sus querellas.

CELIA.

Señora, verdad diré, pues obligación me pones: tienen tus criadas todas en la esperanza sus bodas y en la corte sus pasiones; y como de aquí a seis días es la noche de san Juan, cuando los amantes dan indicios de sus porfías, sienten el ver que esa noche en la corte no han de estar.

DOÑA ANA.

Pues pierdan, Celia, el pesar, que por la posta en un coche conmigo entonces vendrán; porque se alegre mi gente, gozaré secretamente de la noche de San Juan, y volvereme a la aurora a proseguir mis novenas.

CELIA.

Alivie el cielo tus penas; mas ¿no era mejor, señora, dilatar esta partida?

DOÑA ANA.

Si sabes que estoy muriendo por dar la mano a don Mendo, y no hay cosa que lo impida sino el cumplir las novenas, que a san Diego prometí, ¿dilataré, estando así, el remedio de mis penas? Con esta traza que doy ninguna queda quejosa.

CELIA.

Hágate el cielo dichosa; a darles la nueva voy.

DOÑA ANA.

Encárgales por mi vida el secreto.

CELIA.

Así lo haré. Don Mendo viene.

DOÑA ANA.

Tendré buen agüero en la partida.

Escena XII.

_Doña Ana y don Mendo._

DON MENDO.

Los campos de Alcalá, bella señora, desdeñan los favores del verano, y de la fértil flora no solicitan ya la diestra mano, después que primavera les reparte la dichosa esperanza de mirarte. Los arroyos, que esperan ser espejos, en quien de esos dos soles celestiales, se miran los reflejos, transforman sus corrientes en cristales; y el agua en cambio de besarlos, grata hace a tus blancos pies, puente de plata. Al nuevo sol que nace, agradecidas en verdes ramos las cantoras aves a coros divididas, dando a los vientos músicas süaves, para explicar la gloria de este día articular intentan su armonía. Parte, oh feliz, que el céfiro süave lisonjear pretende codicioso la voladora nave, de nueva Europa, Júpiter dichoso por quien en Indias vuelto, Manzanares, España de sus glorias hace a Henares. Parte, oh primero móvil adorado, de quien siguiendo voy el movimiento, si bien arrebatado, pues tras mi centro corro no violento; que yo, si lo merezco, gloria mía, voy a ser el lucero de este día.

DOÑA ANA.

Los campos de esperanza matizados, la consonancia dulce de las aves, los cristales cuajados, las lisonjas del céfiro süaves, en nada estimo, y estimara solo llevar por mi lucero al mismo Apolo. Mas cuando el corazón lo solicita forzosa acción de amor correspondiente, ni el honor acredita, ni el estado que tengo lo consiente.

DON MENDO.

Es imán de mis ojos tu presencia.

DOÑA ANA.

Justo efecto de amor es la obediencia.

DON MENDO.

¿Sin ti queréis dejarme?

DOÑA ANA.

Yo, don Mendo, parto sin ti.

DON MENDO.

¿Qué mucho? Vas helada cuando yo quedo ardiendo.

DOÑA ANA.

Segura fuese yo, como abrasada.

DON MENDO.

No me apartes de ti si desconfías.

DOÑA ANA.

Vive el recato entre las ansias mías.

DON MENDO.

¿No me llamas tu dueño?

DOÑA ANA.

Y de mis ojos, cierta lengua del alma, lo has sabido.

DON MENDO.

¿De quién temes enojos, cuando te adoro yo, de ti querido?

DOÑA ANA.

Hasta el sí conyugal temo mudanza, que no hay dentro del mar cierta bonanza. En tanto que a mis deudos comunico la dichosa elección de vuestra mano, y devota suplico en Alcalá a su dueño soberano, que lleve a fin feliz mi intento nuevo, y las novenas pago, que le debo, puede mudarse vuestro amor ardiente, y quedar mi opinión en opiniones del vulgo maldiciente, que a lo peor aplica las acciones.

DON MENDO.

¿Mudarme yo?

DOÑA ANA.

Temores son de amante.

DON MENDO.