Part 3
Todo lo demás alcanzo, y eso postrero no entiendo. ¿Cómo en el amor del Duque funda el tuyo su remedio?
DON JUAN.
Mientras sin contrario fuerte ame a doña Ana don Mendo, ella está en su amor muy firme; a mudarla no me atrevo. Y como el Duque es persona, a cuyas fuerzas y ruegos puede mudarse doña Ana, que la conquiste pretendo, para que andando mudable entre los fuertes opuestos, no estando firme en su amor, esté flaca a mi deseo.
BELTRÁN.
Esa es cautela que enseña el diestro don Luis Pacheco, que dice que está la espada más flaca en el movimiento.
DON JUAN.
Mejor se sujeta entonces: de esa lección me aprovecho.
BELTRÁN.
Y dime, por vida tuya, ¿ahora sales con esto? ¿No eres tú quien me dijiste: «Si de esta vez no la muevo, morirá mi pretensión, aunque vivan mis deseos»?
DON JUAN.
Imita mi amor al hijo de la tierra, aquel Anteo, que derribado cobraba nueva fuerza y valor nuevo.
BELTRÁN.
Pensé que desesperado lo curabas como a muerto, que aunque la traza es aguda, pongo gran duda en su efecto; que el Duque es muy poderoso; llevarala.
DON JUAN.
Por lo menos, si vence, alivio será, que por un duque la pierdo; y si no, consolarame ver que lo que yo no puedo tampoco ha podido un duque.
BELTRÁN.
En fe de aquesos consuelos has cortado la cabeza totalmente a tus intentos, y estando tu mal dudoso has querido hacerlo cierto. Quieres que el Duque la lleve por quitársela a don Mendo, y del daño el daño mismo has tomado por remedio. El epigrama que a Fanio hizo Marcial, viene a pelo.
DON JUAN.
¿Cómo dice?
BELTRÁN.
Traducido, dice así en lenguaje nuestro. «Queriendo Fanio huir sus contrarios, se mató». ¿No es furor, pregunto yo, para no morir, morir?
DON JUAN.
El epigrama es agudo, mas la aplicación te niego, que no es, como tú imaginas, que venza el Duque tan cierto; que si él es grande de España, es el querido don Mendo, y esto es ser grande también en la presencia de Venus.
BELTRÁN.
Grandes son los dos contrarios, y tú, señor, muy pequeño; mas si fortuna te ayuda, juzgo posible tu intento. Dos valientes salteadores por un hurto que habían hecho, riñeron, que cada cual, lo quiso llevar entero; y mientras ellos reñían, un ladroncillo ratero cogió la presa.
DON JUAN.
Dios quiera que me suceda lo mesmo.
(_Vanse_).
Escena III.
Habitación de doña Ana.
_Doña Ana y doña Lucrecia, de camino._
DOÑA ANA.
¿Cómo en los toros te ha ido?
DOÑA LUCRECIA.
Jamás hicieron provecho en las dolencias del pecho los remedios del sentido. Que en un rabioso cuidado, tanto con el alma asisto, que aunque los toros he visto, prima, no los he mirado.
DOÑA ANA.
Yo apostaré que hay amor.
DOÑA LUCRECIA.
Forzoso es ya que te cuente, porque el daño no se aumente, la causa de mi dolor. Doce veces ha vestido Febo la luz a su hermana, después, hermosa doña Ana, que me sujetó Cupido; mas no fácil en mi amor llevó el que adoro la palma, que al postrer precio del alma le rendí el primer favor. Hasta aquí te lo he callado, porque muestra liviandad la que sin necesidad manifiesta su cuidado. Mas ya que teme el amor, si callo, un agravio injusto, viendo que se anega el gusto, se arroja a nado el honor. Don Mendo es pues el sujeto, por quien quiso amor que muera, que menos causa no hiciera en mí tan tirano efeto. Supe que daba en mirar tu belleza soberana, que solo por ti, doña Ana, me pudiera a mí olvidar. A mi celosa querella satisfacer intentó, mas aunque el fuego aplacó, quedó viva la centella. Supe que a Henares venía hoy en galas y librea; ¿por quién quieres tú que sea, si a mí en Madrid me tenía? Pedí a mi padre licencia para venir a Alcalá y porque estabas tú acá me ha permitido esta ausencia; no vine a los toros, no, mas a impedir nuestro daño, con que sepas tú tu engaño y mi desengaño yo. Y porque probar pretendo mi verdad, este papel mira, y confirma con él las traiciones de don Mendo; a los celos satisface de que yo cargo le hice; mira de ti lo que dice, y contigo lo que hace.
(_Da un papel a doña Ana_).
DOÑA ANA.
(_Leyendo_). «Tu sentimiento encareces, sin escuchar mis disculpas, cuanto sin razón me culpas, tanto con razón padeces. Si miras lo que mereces, verás como la pasión te obliga a que sin razón agravies en tu locura, con las dudas, la hermosura, con los celos, la elección. Lucrecia, de ti a doña Ana ventaja hay más conocida que de la muerte a la vida, de la noche a la mañana; ¿quién a la hermosa Diana trocará por una estrella? Deja la injusta querella, desengaña tus enojos, que tengo un alma y dos ojos para escoger la más bella».
DOÑA LUCRECIA.
¿Qué dices de ese papel?
DOÑA ANA.
Si estás viendo, prima, aquí, lo que él ha dicho de mí, ¿qué quieres que diga de él? Pierde el cuidado crüel que te obliga a recelar cuando así me ves tratar, si es cosa cierta el nacer la injuria de aborrecer, y la alabanza de amar. Mas cansada te imagino, entra a reposar un rato, que para hablar de tu ingrato será tercero el camino.
DOÑA LUCRECIA.
Mi celoso desatino el sueño me ha de impedir.
DOÑA ANA.
A las doce es el partir forzoso.
DOÑA LUCRECIA.
Y tú, ¿no reposas?
DOÑA ANA.
No, Lucrecia, que mil cosas me faltan por prevenir.
DOÑA LUCRECIA.
¿Puedo ayudarte?
DOÑA ANA.
Ayudarme, dejarme sola será.
DOÑA LUCRECIA.
El obedecerte es ya forzoso.
(_Vase_).
DOÑA ANA.
(_Aparte_). (Como el matarme.) Celia, ven, ven a ayudarme a lamentar mi tormento, presta tu voz a mi aliento, que en desventura tan grave, por una boca no cabe a salir el sentimiento.
Escena IV.
_Doña Ana y Celia._
CELIA.
¿Qué ha sido?
DOÑA ANA.
Nuevos agravios del vil don Mendo, que en suma firma también con la pluma lo que afirmó con los labios.
CELIA.
Mudar consejo es de sabios; hasta aquí nada has perdido; tu misma vista y oído te han avisado tu daño; agradece el desengaño que a tan buen tiempo ha venido. Quien así te injuria ausente y presente lisonjea, o engañoso te desea, o deseoso te miente; y cuando cumplir intente lo que ofrece, y ser tu esposo, si ordinario, y aun forzoso, es el cansarse un marido, ¿cómo hablará arrepentido, quien habla así deseoso?
DOÑA ANA.
No es, Celia, mi corazón ángel en el aprehender, que nunca pueda perder la primera aprehensión; no es bronce mi corazón en quien viven inmortales las esculpidas señales; mudarse puede mi amor; si puede, ¿cuándo mejor, que con ocasiones tales? No pienses que está ya en mí tan poderoso y entero el gigante amor primero a quien tanto me rendí; desde la noche que oí mis agravios, la memoria en tan afrentosa historia tan rabiosamente piensa que entre el amor y la ofensa dudaba ya la victoria. Pero con tan gran pujanza la nueva injuria ha venido que del todo se ha rendido el amor a la venganza.
CELIA.
¿Serás firme en la mudanza?
DOÑA ANA.
O el cielo mi mal aumente.
CELIA.
Tus venturas acreciente como contento me ha dado tu pensamiento mudado de un hombre tan maldiciente. Que desde que estando un día viéndote por una reja, la cerré, y me llamó vieja, sin pensar que yo lo oía, tal cual soy, no lo querría si él fuese del mundo Adán.
DOÑA ANA.
Que eran botes mi Jordán, dijo de mí; ¿qué te altera, que a tus años se atreviera?
CELIA.
¡Cuán diferente es don Juan! Ofendido y despreciado es honrar su condición cuanto el lengua de escorpión ofende, siendo estimado. Una vez desesperado, don Juan se quejaba así: «¿Qué delito cometí en quererte, ingrata fiera? ¡Quiera Dios!... pero no quiera, que te quiero más que a mí». ¡Si vieras la cortesía y humildad con que me habló cuando licencia pidió para verte el otro día! ¡Si vieras lo que decía en mi defensa a un criado que porfiaba arrojado que si yo dificultaba la visita, lo causaba ser él pobre y desdichado! ¡Si vieras!... pero ¿qué vieras que igualase a lo que viste, cuando del traidor le oíste defenderte tan de veras? Ya te ablandaras, si fueras formada de pedernal.
DOÑA ANA.
¿Qué te obliga a que tan mal te parezca mi desdén?
CELIA.
Tener a quien habla bien inclinación natural; y sin ella me obligara la razón a que lo hiciera.
DOÑA ANA.
Celia, ¡si don Juan tuviera mejor talle, y mejor cara!...
CELIA.
Pues ¡cómo! ¿En eso repara una tan cuerda mujer? En el hombre no has de ver la hermosura o gentileza: su hermosura es la nobleza, su gentileza el saber; lo visible es el tesoro de mozas faltas de seso, y las más veces por eso topan con un asno de oro; por eso no tiene el moro ventanas, y es cosa clara que, aunque al principio repara la vista, con la costumbre pierde el gusto o pesadumbre de la buena o mala cara.
DOÑA ANA.
No niego que desde el día, que defenderme le oí, tiene ya don Juan en mí mejor lugar que solía; porque el beneficio cría obligación natural y pues el rigor mortal aplacó ya mi desdén, principio es de querer bien, el dejar de querer mal. Pero no fácil se olvida amor que costumbre ha hecho; por más que se valga el pecho de la ofensa recibida, y una forma corrompida y otra forma hace lugar, mas bien puedes confiar, que el tiempo irá introduciendo a don Juan, pues a don Mendo he comenzado a olvidar.
CELIA.
¿Podré yo ver el papel?
DOÑA ANA.
Pide luces, que la oscura noche impedirte procura ver mis agravios en él.
CELIA.
Ya están las luces aquí.
DOÑA ANA.
(_Dale el papel a Celia_). Ten el papel.
Escena V.
_Dichos y un Escudero._
ESCUDERO.
Dos cocheros piden licencia de veros.
DOÑA ANA.
Entren.
ESCUDERO.
Entrad.
Escena VI.
_Dichos, el Duque y don Juan, de cocheros._
DON JUAN.
Pues a ti nunca te ha visto, seguro habla de ser conocido, mientras yo callo, escondido en manto de sombra oscuro.
DUQUE.
El cielo os guarde, señora.
DOÑA ANA.
Bien venido.
DUQUE.
Acá me envía el cochero que os servía, y no puede hacerlo ahora, rendido a un dolor crüel. ¿A qué hora habéis de partir?, que os tengo yo de servir esta jornada por él.
DOÑA ANA.
¿Tanto es su mal?
DON JUAN.
Por lo menos no podrá serviros hoy.
DOÑA ANA.
Pésame.
DUQUE.
Persona soy con quien no lo echaréis menos.
DOÑA ANA.
A media noche esté el coche prevenido a la carrera.
DUQUE.
Y será la vez primera que el sol sale a media noche.
DOÑA ANA.
¿Cómo es eso?
DUQUE.
¿Cómo es eso?
DOÑA ANA.
¿Tierno sois?
DUQUE.
¿Es contra ley? Alma, tengo, como el rey, aunque este oficio profeso. No huyo del amor los males, que si por ellos no fuera, yo os juro que no estuviera cubierto de estos sayales.
DOÑA ANA.
¡Pues qué! ¿Son disfraz de amor por infanta pretendida?
DUQUE.
Puede ser.
DOÑA ANA.
Bien por mi vida. El cochero tiene humor.
CELIA.
Don Mendo viene.
DOÑA ANA.
Id con Dios y a media noche os espero.
DUQUE.
Tengo por mi compañero también que tratar con vos; que es suyo el coche en que va vuestra gente, y esta noche ya veis cuanto vale un coche, y concertado no está. La visita recibid, que los dos esperaremos.
DOÑA ANA.
Por eso no reñiremos, si con bien llego a Madrid.
DUQUE.
Señora, entre padres e hijos parece bien el concierto.
(_Se aparta el Duque_).
Escena VII.
_Dichos, don Mendo y Leonardo._
DON MENDO.
¡Gloria a Dios que llego al puerto de combates tan prolijos!
DUQUE.
Escuchar pretendo así, si a don Mendo favorece doña Ana.
DON JUAN.
Pues ¿qué os parece?
DUQUE.
Que por mi daño la vi.
Escena VIII.
_Dichos, doña Lucrecia y Ortiz, al paño._
DOÑA LUCRECIA.
¡Don Mendo con ella, cielos!
ORTIZ.
¿Si sabe que estás acá?
DOÑA LUCRECIA.
(_Pónese a escuchar_). Cerca el desengaño está.
ORTIZ.
Hoy averiguas tus celos.
DON MENDO.
¿Qué es esto, doña Ana hermosa? ¿No me respondes? ¿Qué es esto? ¿Quién ha mudado tan presto mi fortuna venturosa? ¿Tú, señora, estás así grave y callada conmigo? ¿Quién me ha puesto mal contigo? ¿Quién te ha dicho mal de mí? Habla, dime tu querella.
DOÑA ANA.
¿Tú puedes causarme enojos, teniendo una alma y dos ojos para escoger la más bella?
DON MENDO.
(_Aparte_). (Palabras son que escribí a la engañada Lucrecia.) Esperado habrá la necia Lucrecia tener de mí favor con hacerme daño; mas no pienso que le importe; vamos, señora, a la corte, verás si la desengaño.
DOÑA LUCRECIA.
(_Aparte_). ¡Ah falso!
DON MENDO.
Que su favor no estimo, porque concluya, lo que una palabra tuya aunque la engendre el rigor.
DOÑA ANA.
¿Cómo, pues si el labio mueve mi mediano entendimiento, helado queda mi aliento entre palabras de nieve?
DON MENDO.
(_Aparte_). (Don Juan le debió de dar cuenta de nuestra porfía; mas aquí la industria mía las suertes ha de trocar; que si la verdad confieso, y que el amor y el poder temí del Duque, es mujer, y despertará con eso.) Vuelve ese rostro en que veo cifrado el cielo de amor.
DOÑA ANA.
Don Mendo, así está mejor, quien tiene el cerca tan feo.
DON MENDO.
Ya colijo que don Juan de Mendoza, mal mirado, la contienda te ha contado de la noche de san Juan; que conozco esas razones que el necio dijo de ti, porque yo le defendí tus divinas perfecciones.
DON JUAN.
(_Aparte al Duque_). ¡Ah traidor!
DUQUE.
(_Aparte a don Juan_). Disimulad.
DON MENDO.
Pero don Juan bien podía callar, pues que yo quería perdonar su necedad. Mas ya que estás de esa suerte de mí, señora, ofendida, porque le dejé la vida a quien se atrevió a ofenderte, no me culpes, que el estar el duque Urbino presente, pudo de mi furia ardiente el ímpetu refrenar.
CELIA.
¡Qué embustero!
DOÑA ANA.
¡Qué engañoso!
CELIA.
Mira con quien te casabas.
DON MENDO.
Si por eso me privabas de ver ese cielo hermoso, vuelve, que presto por mí cortada verás la lengua que en tus gracias puso mengua.
DOÑA ANA.
Pues guárdate tú de ti.
DON MENDO.
¡Yo de mí! ¿Luego yo he sido quien te ofendió?
DOÑA ANA.
Claro está. ¿Quien sino tú?
DON MENDO.
¿Cuánto va que ese falso fementido, lisonjero universal, con capa de bien hablado, por adularte ha contado que él dijo bien y yo mal? Mas brevemente verán esos ojos, dueño hermoso, castigado al malicioso.
DOÑA ANA.
Para entre los dos, don Juan es un buen hombre, y si digo que tiene poco de sabio, puedo, sin hacerle agravio; vuestro deudo es, y mi amigo; mas esto no es murmurar.
DON MENDO.
Eso dije a solas yo al Duque; que se admiró de verle vituperar lo que yo tanto alabé.
DOÑA ANA.
Dilo al revés.
DON MENDO.
Según esto, quien contigo mal me ha puesto el Duque sin duda fue. ¡Aún no ha llegado a la corte, y ya en enredos se emplea! ¿O piensa que está en su aldea, para que nada le importe su grandeza o calidad al necio rapaz conmigo, para no darle el castigo?
DUQUE.
(_Aparte a don Juan_). ¡Ah traidor!
DON JUAN.
(_Aparte al Duque_). Dismulad.
DOÑA ANA.
¿Qué sirven falsas excusas, qué quimeras, qué invenciones, donde la misma verdad acusa tu lengua torpe? ¿Hablas tú tan mal de mí sin que contigo te enojes, y enójaste con quien pudo contarme tus sinrazones? Quien te daña es la verdad de las culpas que te ponen; si pecaste, y yo lo supe, ¿qué importa saber de dónde? Pues nadie me ha referido lo que hablaste aquella noche; verdad te digo, o la muerte en agraz mis años corte. Y siendo así, sabes tú que son las mismas razones las que aquí me has escuchado, que las que dijiste entonces. Y pues las sé, bien te puedes despedir de mis favores, y a toda ley hablar bien, porque las paredes oyen.
(_Vase_).
Escena IX.
_Dichos, menos doña Ana y después los demás._
DON MENDO.
Vuelve, escucha, dueño hermoso, lo que mi fe te responde, y pues oyen las paredes, oye tú mis tristes voces.
DOÑA LUCRECIA.
Mas que de tristeza mueras.
(_Vase_).
CELIA.
Mas que eternamente llores.
DUQUE.
¿De dónde pudo doña Ana saber lo que aquella noche hablamos?
DON JUAN.
Yo no lo he dicho.
DUQUE.
Ni yo.
DON JUAN.
Las paredes oyen.
(_Vanse_).
DON MENDO.
Óyeme tú, Celia, así tus floridos años logres.
CELIA.
Las que ya llamaste canas, ¿cómo ahora llamas flores?
DON MENDO.
¿Quien te ha dicho tal de mí, Celia?
CELIA.
Las paredes oyen.
(_Vase_).
Escena X.
Decoración de calle.
_Don Mendo y Leonardo._
DON MENDO.
¿Qué es esto, suerte enemiga? ¡Por tan falsas ocasiones, tan verdadera mudanza en voluntad tan conforme! ¡Que pueda ser quien me ha dado los más estrechos favores, a mi acusación de cera, y a mi descargo de bronce! ¿A mis contrarios escuchas? ¿A malos terceros oyes? ¿A mí el oído me niegas? ¿A mí la cara me escondes?
LEONARDO.
Con la pasión no discurres; ¿posible es que no conoces que tan extraños efetos a mayor causa responden? No por las culpas que dice, hay mudanza en sus amores; antes por haber mudanza aquestas culpas te pone. Que si el enojo que ves causaran tus sinrazones, no tan resuelta negara los oídos a tus voces; que a quien obligan ofensas de quien ama que se enoje, las satisfacción desea cuando la culpa propone. Doña Ana no quiso oírte, y así me espanta que ignores que culpas ha menester, pues huye satisfacciones; y el que anda a caza de culpas intención resuelta esconde, y pretende dar color de castigo a sus errores.
DON MENDO.
Bien imaginas.
LEONARDO.
Señor, ciego estás, pues no conoces su desamor en su ausencia, su engaño en sus dilaciones. Dilató por las novenas el matrimonio: engañote; que no hay mujer que al amor prefiera las devociones. Con secreto caminaba a otro fin su trato doble, y por si no lo alcanzase entretuvo tus amores. Ya lo alcanzó, y te despide sin que en descargo le informes, que ha menester que tus culpas su injusta mudanza abonen.
DON MENDO.
Agudamente discurres; mas por los celestes orbes juro que me he de vengar de su rigor esta noche.
LEONARDO.
Poderoso eres, señor.
DON MENDO.
De allá han salido dos hombres.
LEONARDO.
Cocheros son de doña Ana.
DON MENDO.
La fortuna me socorre.
Escena XI.
_Dichos, el Duque y don Juan._
DUQUE.
Ni vi hermosura mayor, ni tal discreción oí.
DON JUAN.
¿Luego a don Mendo vencí?
DUQUE.
Pregúntaselo a mi amor. Vive el cielo que estoy loco.
DON JUAN.
(_Aparte_). Mi invención es ya dichosa.
DUQUE.
Será mi esposa.
DON JUAN.
¡Tu esposa!
DUQUE.
Sí.
DON JUAN.
(_Aparte_). Ni tanto ni tan poco.
DON MENDO.
Dios os guarde, buena gente.
DUQUE.
¿Quién va allá?
DON MENDO.
Don Mendo soy de Guzmán.
DUQUE.
(_Aparte_). Por darle estoy el castigo aquí.
DON JUAN.
Detente, que es de doña Ana esta puerta.
DUQUE.
¿Qué mandáis?
DON MENDO.
Que me digáis, pues a doña Ana lleváis, ¿a qué hora se concierta la partida?
DUQUE.
A media noche.
DON MENDO.
Una cosa habéis de hacer, que me obligo a agradecer.
DUQUE.
Decidla.
DON MENDO.
Apartar el coche en que fuere vuestro dueño, de camino un trecho largo, haciendo del yerro cargo a la oscuridad o al sueño.
DUQUE.
¿Para qué fin?
DON MENDO.
Solamente hablarla pretendo, amigos, con espacio y sin testigos.
DUQUE.
¿Cosa que algún hecho intente que nos cueste...?
DON MENDO.
No os dé pena, cuando yo os amparo, el miedo; la obligación en que os quedo publique aquesta cadena, que podéis los dos partir.
DUQUE.
No, señor.
DON MENDO.
Esto ha de ser.
(_Dale una cadena, y tómala el Duque_).
DUQUE.
Una cosa habéis de hacer, si os habemos de servir.
DON MENDO.
Hablad pues.
DUQUE.
Que a la ocasión no vais más de dos amigos; porque cuantos son testigos, tantos enemigos son.
DON MENDO.
Solos iremos los dos; de esto la palabra os doy.
DUQUE.
Con eso a serviros voy.
DON MENDO.
Y yo a seguiros.
DUQUE.
Adiós, que es hora ya de partir.
DON JUAN.
¿Dónde con tu intento vas?
DUQUE.
Presto, don Juan, lo verás.
(_Vanse los dos_).
Escena XII.
_Don Mendo y Leonardo._
DON MENDO.
Manda luego apercibir, Leonardo, los dos rocines de campo, para alcanzar esta fiera. Hoy he de dar a esta caza dulces fines.
LEONARDO.
No lo dudes, pues está tan de tu parte el cochero.
DON MENDO.
Como eso puede el dinero.
LEONARDO.
Contra su dueño será, si de su favor te ayudas.
DON MENDO.
El primer cochero ahora no será que a su señora haya servido de judas.
(_Vanse_).
Escena XIII.
Decoración de Campo.
(_Cantan dentro:_)
UN ARRIERO. _Venta de Viveros,_ _¡dichoso sitio,_ _si el ventero es cristiano_ _y es moro el vino!_ _¡Sitio dichoso,_ _si el ventero es cristiano_ _y el vino es moro!_
OTRO.
_Con mi albarda y mi burro_ _no envidio nada,_ _que son coches de pobres_ _burros y albardas._
UNA MUJER.
_Tan gustosa yo vengo_ _de ver los toros,_ _que nunca se me quitan_ _de entre los ojos._
TERCERO.
_Unos ojos que adoro,_ _llevo a las ancas;_ _¿quién ha visto los ojos_ _a las espaldas?_
UN ARRIERO.
(_Dentro_). ¿Gruñes, o gritas, o cantas?
CUARTO.
Mis males espanto así.
ARRIERO.
¿Somos tus males aquí?, porque también nos espantas.
CUARTO.
Calla y toma mi consejo, que no es la miel para ti.
ARRIERO.
¿Fuiste a ver los toros?
CUARTO.
Sí.
ARRIERO.
¿Pues no hay en tu casa espejo?
ARRIERO SEGUNDO.
¡Ah del coche! ¿Dónde bueno? Del camino se han salido.
PRIMERO.
O el cochero se ha dormido, o han de hacer noche al sereno.
SEGUNDO.
¡Ah Faetón de los cocheros, que te pierdes! Por acá.
PRIMERO.
Por esos trigos se va.
SEGUNDO.
Y tras él dos caballeros.
PRIMERO.
De malas lenguas se quita quien va al desierto a morar.
SEGUNDO.
No van ellos a rezar, que por allí no hay ermita.
PRIMERO.
Arre, mula de Mahoma, ella hace burla de mí; dale, Francisco.
SEGUNDO.
Echa aquí.
PRIMERO.
Arre, ¿qué diablo te toma?
(_Vanse_).
DON MENDO.
(_Dentro_). Para, cochero.
DOÑA ANA.
¿Quién es?
DON MENDO.
Don Mendo soy.
DOÑA ANA.
¡Anda!
DON MENDO.
¡Para!
Escena XIV.
_Don Mendo, doña Ana, doña Lucrecia y Leonardo._
DOÑA ANA.
¿Quien sino tú se mostrara conmigo tan descortés?
DON MENDO.
Mi exceso y atrevimiento disculpo con tu mudanza.
DOÑA ANA.
Llámala justa venganza, y cuerdo arrepentimiento.
DON MENDO.
¿Quien lo causó?
DOÑA ANA.
Tus traiciones.
DON MENDO.
¡Ah falsa! ¿Engañarme piensas? ¿Acreditas mis ofensas por abonar tus acciones? Pues no lograrás tu intento.
DOÑA ANA.
¿Qué es esto?
(_Llega don Mendo a pelear con doña Ana, doña Lucrecia a ayudarla, y Leonardo a tener a doña Lucrecia_).
DON MENDO.
Justo castigo de tu mudanza.
DOÑA ANA.
¿Conmigo tan grosero atrevimiento?
DOÑA LUCRECIA.
¡Justicia de Dios!
LEONARDO.
¡Teneos!
DOÑA ANA.
¿Hay excesos más extraños?
DON MENDO.
A pesar de tus engaños he de lograr mis deseos.
Escena XV.
_Dichos, el Duque y don Juan, de cocheros, que sacan las espadas y dan sobre ellos._
DUQUE.
La venganza nos convida.
DOÑA ANA.
¿Dónde están mis escuderos? Vendido me han los cocheros.
DUQUE.
Por vos, señora, la vida vuestros cocheros darán.
DON MENDO.
¿A don Mendo os atrevéis, viles?
LEONARDO.
Cocheros, ¿qué hacéis?, que es don Mendo de Guzmán. A vuestro coche os volved.
DON MENDO.
Furias del infierno son.
DOÑA LUCRECIA.
¡Qué pena!
DOÑA ANA.
¡Qué confusión!