Chapter 2 of 5 · 3984 words · ~20 min read

Part 2

Más parece cautelas de inconstante. Si ya nuevo cuidado te fatiga, el fingido recato, ¿qué pretende? Declárate, enemiga, no el desengaño la mudanza ofende; vete segura, ocúpate entre tanto, el alma en celos, y la vida en llanto.

DOÑA ANA.

Ofendes mi lealtad, si desconfías; mas porque de tu error te desengañes, pon secretas espías, prueba mi fe, como mi honor no dañes.

DON MENDO.

Confianza tendré, mas no paciencia, contra el rigor, señora, de tu ausencia.

Escena XIII.

_Dichos y Celia._

CELIA.

Doña Lucrecia, señora, viene a visitarte.

DOÑA ANA.

¿Quién?

CELIA.

Tu prima.

DON MENDO.

(_Aparte_). A impedir mi bien la trae mi desdicha ahora.

Escena XIV.

_Dichos, doña Lucrecia con manto, y Ortiz._

DOÑA LUCRECIA.

No quise, prima, dejar de verte en esta partida.

DOÑA ANA.

Ni yo, Lucrecia querida, me partiera sin pasar por tu casa, porque el ver al pasar tu rostro hermoso, fuese presagio dichoso del viaje que he de hacer.

DOÑA LUCRECIA.

(_Aparte a don Mendo_). Niégame ahora, traidor, las verdades que estoy viendo.

DOÑA ANA.

¿Qué le dices a don Mendo?

DOÑA LUCRECIA.

Del vestido de color le pregunto la ocasión; porque de irte a acompañar lo indica el tiempo y lugar, y fuera galante acción.

DOÑA ANA.

Tan alto merecimiento con mi humildad no conviene y más que lisonja, tiene malicia ese pensamiento. Mas si conmigo partiera, de parecer, prima, soy, que pues yo de negro voy, de color no se vistiera.

CELIA.

Ya bien te puedes partir, que los coches han venido.

DOÑA ANA.

Que no me olvides, te pido.

DOÑA LUCRECIA.

Por puntos te he escribir.

DOÑA ANA.

Adiós, don Mendo.

DON MENDO.

Señora, en el coche os dejaré.

DOÑA ANA.

Si alguno en la calle os ve, sospechará lo que ahora ha sospechado mi prima. Quedaos y salid después.

(_Vase_).

DON MENDO.

Yo obedezco... (_Aparte de Lucrecia_). y vuestros pies sigue el alma que os estima.

Escena XV.

_Doña Lucrecia, don Mendo y Ortiz._

DOÑA LUCRECIA.

(_Saca un papel, y muéstralo a don Mendo_). ¿Conoces este papel?

DON MENDO.

Yo, Lucrecia, lo escribí.

DOÑA LUCRECIA.

Junta lo que has hecho aquí con lo que dices en él. Traidor, fingido, embustero, engañoso, ¿a ti te dan apellido de Guzmán y nombre de caballero? ¿Qué sangre puede tener quien tiene pecho traidor? ¿Es hazaña de valor engañar una mujer?

DON MENDO.

Oye, señora...

DOÑA LUCRECIA.

No muevas esos fementidos labios, que intentas nuevos agravios con satisfacciones nuevas.

DON MENDO.

Pues ¿qué quieres?, ¿condenarme, sin oír satisfacción por solo una presunción?

DOÑA LUCRECIA.

¿Qué disculpa puedes darme? ¿Presunción llamas, traidor, esta tan clara probanza de mi agravio y tu mudanza?

DON MENDO.

En lo que fundas mi error, fundo la satisfacción: ¿no te dijo de mi parte tu escudero, que de hablarte deseaba una ocasión, donde el descargo sabrías del recelo que te abrasa? Tuve aviso de tu casa que a ver tu prima salías, y vine a esperarte aquí, y adelanteme en llegar, por no dar que sospechar, viéndome venir tras ti. ¡Mira por qué me condenas!

DOÑA LUCRECIA.

¿De modo que te disculpas multiplicando tus culpas y acrecentando mis penas? Causa doña Ana mi daño, ¿y con hallarte con ella das remedio a mi querella?

DON MENDO.

Porque fuese el desengaño en su presencia más fuerte.

DOÑA LUCRECIA.

¿Qué desengaño me diste?

DON MENDO.

Como tu pena encubriste, no quise hablando ofenderte; mas ten cierta confianza, para asegurar tus celos, que en el orden de los cielos, antes que en mí, habrá mudanza. Tuyo soy.

DOÑA LUCRECIA.

Las obras creo.

DON MENDO.

Presto, con la voluntad de tu padre, su verdad te mostrará mi deseo.

Escena XVI.

_Dichos y el Conde._

CONDE.

(_Aparte_). (¿Dónde hay con celos cordura?) Lucrecia hermosa, don Mendo.

DON MENDO.

Conde, que venís entiendo traído de mi ventura. Que Lucrecia ha de saber de vos, lo que hablamos hoy de su amor.

CONDE.

Testigo soy.

DON MENDO.

Eso a solas ha de ser, que pensará que os obligo con mi presencia a abonarme.

(_Vase_).

Escena XVII.

_Dichos menos don Mendo._

DOÑA LUCRECIA.

(_Aparte_). (¡Tú dejas para informarme en tu favor buen testigo!)

CONDE.

¿He de decir la verdad?

DOÑA LUCRECIA.

Para eso quedas aquí.

CONDE.

Pues escúchala de mí, pagues, o no, mi lealtad; y por prevenir el daño, si acaso no me creyeres, ten secreto lo que oyeres, y averigua si es engaño; que pues me dijo don Mendo que cuente lo que pasó, cumpliendo lo que él mandó, nadie dirá que le ofendo; que aunque si intento haya sido que use contigo de engaño, no debo para mi daño darme yo por entendido. Dando hoy para ti un papel don Mendo a Ortiz, tu criado, desdeñoso y enfadado me dijo: «¡Cosa cruel, Conde, es una mujer necia! Después que a doña Ana di en servir, sale de sí de amor y celos Lucrecia». Yo le dije: «¿No es mejor no engañarla?» Y respondió: «Mil veces lo que dejó volvió a desear amor; y este caso previniendo, nada pierdo en conservalla».

DOÑA LUCRECIA.

¿Que enredos inventas? Calla; ¿tal pudo decir don Mendo? Que tu afición agradezca quieres así disponer; ¿piensas que te he de querer aunque a don Mendo aborrezca?

CONDE.

Oye.

DOÑA LUCRECIA.

No me digas nada.

CONDE.

Averígualo advertida, y dame pena ofendida, o premio desengañada. Y si por amarte yo, duda en mi verdad has puesto, sírvate de indicio aquesto, ya que de probanza no. Él va tras ella a Alcalá, y no es este mal testigo del desengaño que digo; despacha tú quien allá con cuidado y sin pasión secretamente lo siga, y si mi verdad te obliga, premia un leal corazón; que será culpable error que prefiera en tu cuidado, un engaño averiguado a un averiguado amor.

DOÑA LUCRECIA.

La verdad diciendo estás; que si negándola estoy, no es que crédito no doy, sino que pena me das. ¡Ah falso! ¡Ah, mal caballero! ¡Plegue a Dios, que en igual grado amante y desengañado pruebes el mal de que muero! Pluguiera a Dios, Conde mío, pudiera en esta ocasión mudarse la inclinación al paso que el albedrío; mas vive cierto, señor, que si me has dicho verdad, te dará mi voluntad, lo que te niega mi amor.

CONDE.

Yo lo estimo de esa suerte.

DOÑA LUCRECIA.

Tanto más me deberás cuanto me forzare más, Conde, por corresponderte.

Escena XVIII.

Decoración de Calle.

_Don Juan y Beltrán, de noche._

BELTRÁN.

El duque Urbino esta noche bien pudiera perdonarte.

DON JUAN.

¿Qué puede querer?

BELTRÁN.

Llevarte querrá consigo en el coche amarrado al duro banco sin poderte entretener, cuando el decir y el hacer anda por las calles franco; que, noche de san Juan, hallo, si un peón sabe embestir, que suele solo rendir más que treinta de a caballo; que hay mujer, que en el engaño que en esta noche previene, librados los gustos tiene de los deseos de un año; cuál llega al poblado coche de angélica jerarquía, y siendo paje de día, pasa por marqués de noche; cuál si a pensar se acomoda con la viuda disfrazada, que entre galas de casada hurta los gustos de boda; cuál encuentra y desbarata una sarta de doncellas, de quien son las manos bellas engarzadoras de plata; cuál se llega a las que van brindando los retozones y trueca a mil refregones un pellizco que le dan.

DON JUAN.

Quien los encuentros enseña, encuentra con un azar.

BELTRÁN.

¿Es el azar encontrar una mujer pedigüeña? Si eso temes, en tu vida en poblado vivirás; porque ¿dónde encontrarás hombre o mujer que no pida? Cuando dar gritos oyeres diciendo: «Lienzo», a un lencero, te dice: «dame dinero si de mi lienzo quisieres». El mercader claramente diciendo está, sin hablar: «dame dinero, y llevar podrás lo que te contente». Todos, según imagino, piden, que para vivir es fuerza dar y pedir cada uno por su camino: con la cruz el sacristán, con los responsos el cura, el monstruo con su figura, con su cuerpo el ganapán, el alguacil con la vara, con la pluma el escribano, el oficial con la mano, y la mujer con la cara; y esta, que a todos excede, con más razón pedirá, pues que más por todos da, y menos que todos puede; y el miserable que el dar tuviere por pesadumbre, ellas piden por costumbre, haga costumbre el negar; que tanto, desde que nacen, el pedir usado está, que pienso que piden ya sin saber lo que se hacen. Y así es fácil el negar, porque se puede inferir, que quien pide sin sentir no sentirá no alcanzar.

DON JUAN.

Aunque más razones halles no has de quitarme el temor, Beltrán, que el azar mayor es el no tener que dalles; y más si la que he adorado, se dignase de mis dones.

BELTRÁN.

¿Aún te duran tus pasiones?

DON JUAN.

Ardo más, más desdeñado.

BELTRÁN.

Este es el Duque.

Escena XIX.

_Dichos, el Duque y don Mendo, de noche._

DUQUE.

¿Don Juan?

DON JUAN.

Deme los pies vuecelencia.

DUQUE.

Ya acusaba vuestra ausencia.

DON JUAN.

Si don Mendo de Guzmán, Apolo de discreción, acompañándoos está, señor, ¿qué falta os hará el que en su comparación luz de una estrella no envía?

DON MENDO.

Merced recibo de vos.

DUQUE.

La amistad de entre los dos extraña la cortesía.

DON JUAN.

Decidme, pues, el intento con que hemos sido llamados.

DON MENDO.

Aquí tenéis dos criados.

DUQUE.

Dadme, pues, oído atento. Hombre que a la corte viene recién heredado y mozo, pájaro que estrena el viento, nave que se arroja al golfo, que a los ojos de su rey y a los populares ojos, ni debe mostrar flaqueza, ni puede esconder el rostro; ha de regir sus acciones por los expertos pilotos, obligados, por parientes, por amigos, cuidadosos. Con esta ley os obligo y con esta fe os escojo, capitanes veteranos de este soldado bisoño. Acompañadme los dos, advertirme lo que ignoro, decidme el nombre, el estado, y la calidad de todos; y en lo de las cortesías principal cuidado os pongo, advirtiendo que con nadie, pretendo pecar de corto; que el señor siempre es señor, como Apolo siempre Apolo, aunque en lugares indignos entren sus rayos hermosos. Lengua honrosa, noble pecho, fácil gorra, humano rostro son voluntarios Argeles de la libertad de todos. Enseñadme los bajíos en que tocar suelen otros, cuál es Acates fiel, y cuál Sinón cauteloso; ya del dulce lisonjero el veneno en vaso de oro, ya la canora sirena, porque me defienda sordo. Al fin, los dos sois el hilo, la corte el cretense monstruo, por mí corren mis aciertos, y mis yerros por vosotros.

DON MENDO.

Yo confieso que es muy débil, para ese cielo este polo; mas suplirán mis deseos el defecto de mis hombros.

DON JUAN.

De no ser un Quinto Fabio hoy con mi suerte me enojo; mas el que soy, obediente a serviros me dispongo.

DUQUE.

Con eso, en nombre de Dios, seguro a la mar me arrojo; vamos andando las calles, mientras pregunto y me informo.

DON MENDO.

Esta es la calle Mayor.

DON JUAN.

Las Indias de nuestro polo.

DON MENDO.

Si hay Indias de empobrecer yo también Indias la nombro.

DON JUAN.

Es gran tercera de gustos.

DON MENDO.

Y gran corsaria de tontos.

DON JUAN.

Aquí compran las mujeres.

DON MENDO.

Y nos venden a nosotros.

DUQUE.

¿Quién habita en estas casas?

DON JUAN.

Don Lope de Lara, un mozo muy rico, pero más noble.

DON MENDO.

Y menos noble que tonto. (_Hacen dentro ruido de baile_).

DUQUE.

Tened, que bailan allí.

DON JUAN.

San Juan es fiesta de todos.

DON MENDO.

Yo aseguro que van estos más alegres que devotos.

DUQUE.

¿Quién vive aquí?

DON JUAN.

Una viuda muy honrada, de buen rostro.

DON MENDO.

Casta es la que no es rogada; alegres tiene los ojos.

BELTRÁN.

(_Aparte_). ¡Bien haya tan buena lengua! ¡Vive Cristo que es un Momo!

DON JUAN.

Esta imagen puso aquí un extranjero devoto.

DON MENDO.

Y entre aquestas devociones no le sabe mal un logro.

DON JUAN.

Un regidor de esta villa hizo este hospital famoso.

DON MENDO.

Y primero hizo los pobres.

BELTRÁN.

(_Aparte_). Por Dios que lo arrasa todo.

Escena XX.

_Dichos, doña Ana y Celia a la ventana._

DOÑA ANA.

Hoy hace, Celia, tres años que mi esposo, con sus días, dio fin a mis alegrías, y dio principio a mis daños.

CELIA.

Si de Alcalá te viniste, solo a gozar la alegría que Madrid hace este día, ¿por qué quieres estar triste? ¿Por que con esta memoria tan injusta guerra mueves contra el contento que debes a noche de tanta gloria? Ya que tu luto funesto te impide salir de casa hoy, que los límites pasa el estado más honesto, y estar quieres encerrada noche que el uso permite que los altares visite la doncella más honrada, con quien pasa, tus enojos divierte, señora mía, y niegue esta celosía lo que conceden tus ojos. Las doce han dado, señora; oye del segundo esposo el pronóstico dichoso.

DOÑA ANA.

A don Mendo el alma adora.

DON MENDO.

Don Juan de Mendoza...

DOÑA ANA.

¡Ay, Dios! ¿Don Mendo no es el que habló?

CELIA.

Sí, mas a don Juan nombró.

DOÑA ANA.

¿Quien duda que de los dos es don Mendo de Guzmán pronóstico para mí, pues antes su voz oí, que no el nombre de don Juan?

CELIA.

Mas ¡qué fuera que ordenara el destino soberano que tu blanca hermosa mano para don Juan se guardara!

DOÑA ANA.

Calla, necia, ¿quién pensó tan notable desatino? ¿qué importará que el destino quiera, si no quiero yo? Del cielo es la inclinación, el sí o el no todo es mío; que el hado en el albedrío no tiene jurisdicción. ¿Cómo puedo yo querer hombre cuya cara y talle me enfada solo en miralle?

CELIA.

El amor lo puede hacer.

DOÑA ANA.

Solo quitará el morirme, Celia, a don Mendo mi mano; que está el plazo muy cercano, y mi voluntad muy firme.

DUQUE.

¿Cúyos son estos balcones?

DON JUAN.

De doña Ana de Contreras; el sol por sus vidrieras suele abrasar corazones.

DOÑA ANA.

Escucha, que hablan de mí.

DUQUE.

¿Es la viuda de Siqueo?

DON JUAN.

La misma.

DUQUE.

Verla deseo.

DON MENDO.

Pues ahora no está aquí. (_Aparte_). (Ni yo en mí, que estoy sin ella.)

DUQUE.

¿Dónde fue?

DON MENDO.

Velando está a san Diego, en Alcalá.

DUQUE.

La fama dice que es bella.

DON JUAN.

Pues por imposible siento que en algo la haya igualado el dibujo que ha formado la fama en tu pensamiento; que en belleza y bizarría, en virtud y discreción vence a la imaginación, si vence a la noche el día.

DON MENDO.

(_Aparte_). (¡Plegue a Dios que esta alabanza no engendre en el Duque amor, que con tal competidor mal vivirá mi esperanza! Yo quiero decir mal de ella, por quitar la fuerza al fuego.) Ciego sois, o soy ciego, o la viuda no es tan bella; ella tiene el cerca feo, si el lejos os ha agradado, que yo estoy desengañado porque en su casa la veo.

DUQUE.

¿Visitáisla?

DON MENDO.

Por pariente alguna vez la visito, que si no, fuera delito, según es de impertinente.

DOÑA ANA.

¡Ah traidor!

DON MENDO.

Si el labio mueve su mediano entendimiento, helado queda su aliento entre palabras de nieve.

BELTRÁN.

(_Aparte con don Juan_). ¡Ya escampa!

DON JUAN.

(_Aparte a Beltrán_). ¿Que trate así un caballero a quien ama?

BELTRÁN.

Esto dice de su dama, ¡mira que dirá de ti!

DON MENDO.

Pues la edad no sufre engaños, aunque la tez resplandece.

DOÑA ANA.

¡Ah falso! ¿Qué te parece? Aun no perdona mis años.

DON MENDO.

Mil botes son el Jordán con que se remoza y lava.

DUQUE.

(_Aparte los dos_). Pues ¿cómo don Juan la alaba?

DON MENDO.

Para entre los dos, don Juan es un buen hombre; y si digo que tiene poco de sabio, puedo, sin hacerle agravio; vuestro deudo es, y mi amigo. Mas esto no es murmurar.

DON JUAN.

¡Que queráis poner defeto en tan hermoso sujeto!

DON MENDO.

En la rosa suele estar oculta la aguda espina.

DON JUAN.

Ellos son gustos, y al mío, o del todo desvarío, o esta mujer es divina.

DON MENDO.

Poco sabéis de mujeres.

DON JUAN.

Veréisla, Duque, algún día, y acabará esta porfía de encontrados pareceres.

DON MENDO.

(_Aparte_). Don Juan me quiere matar, y aquello mismo que he hecho para sosegar el pecho del Duque, me ha de dañar.

CELIA.

¿Qué te parece?

DOÑA ANA.

Estoy loca.

CELIA.

¿A este hombre tienes amor?

DOÑA ANA.

¡El pecho abrasa el furor! ¡Fuego arrojo por la boca! ¿Posible es que tal oí? ¡Vil!, ¿a quien te quiere infamas? ¿Así tratas a quien amas?

CELIA.

No ama, quien habla así; él te engaña.

DOÑA ANA.

Claro está; di que me traigan un coche; volvamos, Celia, esta noche a amanecer a Alcalá, que lo que ahora escuché castigo del cielo ha sido, por haber interrumpido las novenas que empecé.

CELIA.

Antes este desengaño le debes a esta venida.

DOÑA ANA.

Si con él pierdo la vida, mejor me estaba el engaño.

(_Vanse_).

Escena XXI.

_Dichos, menos doña Ana y Celia._

DON MENDO.

(_Hacen dentro ruido de cuchilladas_). Allí suenan cuchilladas.

DUQUE.

Estas damas, de mi voto sigamos.

(_Vase_).

DON MENDO.

(_Aparte con don Juan_). Es más devoto de mujeres que de espadas.

(_Vase_).

DON JUAN.

Y así el más amigo abona, para que advertido estés.

BELTRÁN.

Su lengua en efecto es la que a nadie no perdona.

(_Vanse_).

ACTO SEGUNDO.

Escena primera.

Sala en casa del Duque.

_El Duque, don Juan y Beltrán, todos de color._

DUQUE.

¿Cómo los toros dejáis?

DON JUAN.

Viéndome sin vos en ellos, estaba de los cabellos. Del juego ¿cómo quedáis? Que era robado el partido.

DUQUE.

Cogiéronme de picado; he perdido, y me he cansado.

DON JUAN.

Mil cosas habéis perdido; el descanso y el dinero, y los toros.

BELTRÁN.

¿Que haya juicio que del cansancio haga vicio, y tras un hinchado cuero, que el mundo llama pelota, corra ansioso y afanado? ¡Cuánto mejor es, sentado, buscar los pies a una sota que moler piernas y brazos! Si el cuero fuera de vino, aun no fuera desatino sacarle el alma a porrazos. Pero ¿perder el aliento con una y otra mudanza, y alcanzar, cuando se alcanza, un cuero lleno de viento; y cuando, una pierna rota, brama un pobre jugador, ver al compás del dolor ir brincando la pelota?

DON JUAN.

El brazo queda gustoso si bien la pelota dio.

BELTRÁN.

Séneca la comparó al vano presuntuoso, y esa semejanza ha dado sin duda al juego sabor; porque no hay gusto mayor que apalear a un hinchado. Mas si miras el contento de un jugador de pelota, y un cazador que alborota con halcón la cuerva al viento, por dicha, ¿tendrás la risa, viendo que a presa tan corta, que vencida nada importa, corre un hombre tan deprisa que apenas tocan la yerba los caballos voladores? Válgaos Dios por cazadores; ¿qué os hizo esa pobre cuerva?

DUQUE.

De la guerra has de pensar que es la caza semejanza, y así el ardid, la asechanza, el seguir y el alcanzar es gustoso pasatiempo.

BELTRÁN.

¿Mil contra una cuerva? Sí, bien dices que son así las pendencias de este tiempo.

DON JUAN.

¡Beltrán, satírico estás!

BELTRÁN.

¿En qué discreto, señor, no predomina ese humor?

DON JUAN.

Como matas morirás.

BELTRÁN.

En Madrid estuve yo en corro de tal tijera, que la pegaba cualquiera al padre que la engendró; y si alguno se partía del corro, los que quedaban mucho peor de él hablaban que él de otros hablado había. Yo, que conocí sus modos, a sus lenguas tuve miedo, y ¿qué hago?, estoyme quedo hasta que se fueron todos. Pero no me valió el arte, que, ausentándose de allí, solo a murmurar de mí hicieron un corro aparte. Sí el maldiciente mirara este solo inconveniente, ¿hallárase un maldiciente por un ojo de la cara?

DON JUAN.

¿Fuera por eso peor?

BELTRÁN.

Espántome que eso ignores; más que cíen predicadores importa un murmurador. Yo sé quién ni con sermones, ni cuaresmas, ni consejos de amigos sabios y viejos, puso freno a sus pasiones; ni sus costumbres redujo en gran tiempo, y solamente de temor de un maldiciente, vive ya como un cartujo.

DUQUE.

Digo que tenéis, don Juan, entretenido criado.

DON JUAN.

Es agudo, y ha estudiado algunos años Beltrán.

DUQUE.

¿Qué hay de doña Ana?

DON JUAN.

Esta noche parte sin duda a Madrid.

DUQUE.

Nuestra invención prevenid.

DON JUAN.

Ella, Duque, va en su coche, su gente en uno alquilado.

DUQUE.

Bien nos viene.

DON JUAN.

Así lo espero.

DUQUE.

¿Apercibiose el cochero?

DON JUAN.

Ya, señor, lo he concertado.

DUQUE.

¿Y está en los toros doña Ana?

DON JUAN.

No la he visto; pero sé que cuando en ellos esté, ni en andamio ni en ventana de suerte estará que pueda ser de nadie conocida; que no por fiestas olvida obligaciones que hereda.

DUQUE.

¿Cuántos toros viste?

DON JUAN.

Tres, y entró don Mendo al tercero, despreciando en un overo al amor y al interés. Salió con verde librea, robando así corazones, que aun el toro a sus rejones con su muerte lisonjea.

DUQUE.

¿Tan bueno anduvo el Guzmán?

DON JUAN.

En todo es hombre excelente don Mendo.

DUQUE.

(_Aparte_). (¡Cuán diferente suele hablar él de don Juan!) Cansado estoy.

DON JUAN.

Reposar podéis, señor, entre tanto que da Tetis con su manto a nuestra invención lugar.

DUQUE.

Que a su tiempo me despiertes te encargo. (_Vase_).

DON JUAN.

Tendré cuidado.

Escena II.

_Don Juan y Beltrán._

BELTRÁN.

¿Por qué, señor, no has pintado caballos, toros y suertes? que con eso, y con tratar mal a los calvos, hicieras comedias con que pudieras tu pobreza remediar. A que te cuenten, me obligo, seiscientos por cada una.

DON JUAN.

Pues supongamos que en una eso que me adviertes digo, en otra ¿qué he de decir?, que a un poeta le está mal no variar, que el caudal se muestra en no repetir.

BELTRÁN.

Para dar desconocidos estos platos duplicados, dar aquí calvos asados, y acullá calvos cocidos. Pero, señor, a las veras vuelva la conversación: ¿no me dirás la intención que llevan estas quimeras? ¿Para qué se han prevenido los dos capotes groseros? ¿Qué es esto de los cocheros?

DON JUAN.

Escucha, irás advertido. Desde aquella alegre noche, que al gran Precursor el suelo celebra por alba hermosa del sol de justicia eterno, de la encontrada porfía en que me puso don Mendo a mil gracias que conté de doña Ana, mil defetos; en el corazón del Duque nació un curioso deseo de someter a sus ojos la definición del pleito. A don Mendo le explicó el Duque este pensamiento, y para ver a doña Ana quiso que él fuese el tercero. Él se excusó, procurando divertirlo de este intento, o temiendo mi victoria o anticipando sus celos. Creció en el mancebo Duque el apetito con esto, que sospechando su amor, hizo tema del deseo. Declarome su intención, y yo en su ayuda me ofrezco, dándome esperanza a mí lo que temor a don Mendo; y como doña Ana estaba aquí velando a san Diego, vinimos hoy a los toros más por verla que por verlos. Y sabiendo que esta noche se parte mi dulce dueño, por quien ya comienza Henares el lloroso sentimiento; por poder gozar mejor de su cara y de su ingenio, porque las gracias del alma son alma de las del cuerpo, trazamos acompañarla, sirviéndole de cocheros, nuevos faetones del sol, si atrevidos, no soberbios. Con los cocheros ha sido para este fin el concierto, para esto la prevención de los capotes groseros; que a tales trazas obliga en ella el recato honesto, en el Duque sus antojos, y en mí, Beltrán, mis deseos.

BELTRÁN.