Chapter 5 of 5 · 1423 words · ~7 min read

Part 5

DOÑA LUCRECIA.

Mi gusto en doña Ana vive.

DOÑA ANA.

Ahora sabe que escribe don Mendo a Lucrecia en él.

DON JUAN.

¿Don Mendo a Lucrecia?

DOÑA ANA.

Sí; decirlo puede mi prima.

DON JUAN.

Si tanto tu gusto estima, más que eso dirá por ti. Pero aquí el mismo papel es bien que el testigo sea.

DOÑA LUCRECIA.

Satisfacerme desea, y audiencia me pide en él.

(_Toma don Juan el papel y lee_).

DON JUAN.

«El que sin oír condena, oyendo ha de condenar, y esto me obliga a pensar, que es sin remedio mi pena: ya que el cielo así lo ordena dadme solo un rato oído, que si culpado lo pido, para más pena ha de ser, sino que os dañe saber que jamás os he ofendido». (_Prosigue don Juan_). Doña Ana, ¿qué te ha obligado a pretenderme a engañar? ¿Qué te puedo yo importar no querido y engañado? A ti vienen dirigidas las razones que he leído, que sobre lo sucedido son palabras conocidas.

DOÑA ANA.

Cuando a mí venga el papel, ¿da gracia de algún favor, o quejas de mi rigor? Luego te obligo con él.

DON JUAN.

Mejor modo de obligar fuera no haberlo leído, que quien escucha ofendido, no huye de perdonar. ¿Ajeno papel recibes cuando mía te has nombrado? O poco me has estimado, o livianamente vives. De donde he ya conocido que vivir me está más bien desdichado en tu desdén que en tu favor ofendido. Yo me iré, donde jamás pueda otra vez engañarme tu favor.

DOÑA ANA.

¿Quieres matarme, señor?

DON JUAN.

Suelta.

DOÑA ANA.

No te irás sin oírme. Prima mía, ayúdamele a tener.

DON JUAN.

Soltad.

DOÑA LUCRECIA.

Ya es esto perder la debida cortesía.

CELIA.

Don Mendo está en el jardín.

DOÑA ANA.

¿Don Mendo?

CELIA.

Por fuerza ha entrado.

DOÑA ANA.

A coyuntura ha llegado que daré a tus celos fin. Los dos tras ese arrayán os entrad, donde escondidos los ojos y los oídos satisfacción os darán.

DON JUAN.

Sola tu mano ha de ser quien me tenga satisfecho.

DOÑA ANA.

Señor eres ya del pecho; poco te queda que hacer.

(_Escóndense don Juan y doña Lucrecia_).

Escena XVII.

_Dichos y don Mendo._

DON MENDO.

Ni quiero que me perdones, ni volver quiero a tu gracia, y si tal pidiere, cierra el oído a mis palabras. Mis descargos solamente quiero que escuches, doña Ana, por volver por mi opinión, no por culpar tu mudanza. Si al duque Urbino de ti dije una noche mil faltas, fue temor de que en su pecho engendrase amor tu fama; porque don Juan de Mendoza contaba tus alabanzas, y a la pólvora de un mozo la menor centella basta. A tu prima le escribí mil agravios por tu causa, desengañando su amor y encareciendo tus gracias. Si ella te ha dicho otra cosa, presto verás que te engaña, que el traslado traigo aquí; oye sus mismas palabras: (_Lee_): «Tu sentimiento encareces sin escuchar mis disculpas: cuanto sin razón me culpas, tanto con razón padeces. Verás cómo la pasión si miras lo que mereces, te obliga a que sin razón agravies en tu locura, con las dudas, la hermosura, con los celos, la elección. Lucrecia, de ti a doña Ana ventaja hay más conocida que de la muerte a la vida, de la noche a la mañana. ¿Quién a la hermosa Diana trocará por una estrella? Deja la injusta querella, desengaña tus enojos, que tengo una alma y dos ojos para escoger la más bella». (_Prosigue_). Mira si más claramente, pude yo desengañarla; si ella lo entendió al revés, en mí no estuvo la falta. Que quise en el campo usar de fuerza, dirás. ¡Ah, ingrata! Como a esposa lo intenté, si te ofendí como a extraña; y delinquir en el campo no fue mucho, si llevaba anticipado el castigo con mil flechas en el alma. Tus quejas y mis disculpas estas son, la furia amansa, huya de tu hermoso cielo la nube de mi desgracia; que el cielo, el aire, la tierra son testigos de mis ansias; no hay quien dude mis verdades sino tú, que eres la causa. Esta es mi mano de esposo, y con disculpa tan clara, o no niegues mi firmeza, o confiesa tu mudanza.

DOÑA LUCRECIA.

Aquí se casan sin duda.

DON JUAN.

Aquí sin duda se casan. ¿Saldré, Celia?

CELIA.

No la enojes, cuando te importa obligalla.

Escena XVIII.

_Dichos, el Duque con un escudero, y quédanse al paño._

ESCUDERO.

De aquí podéis aguardar a que don Mendo se vaya.

DOÑA ANA.

Don Mendo, yo te confieso que tu descargo es muy llano, y que con darme la mano, puede cerrarse el proceso; pero tu intento no tiene remedio: ya me has perdido, y resuelto el ofendido, tarde la disculpa viene. Digo que fue la intención con que hablaste mal de mí al Duque, querer así librarme de su afición; mas fue público el hablar, la intención oculta fue, si por lo escrito juzgué, no te me puedes quejar; y ahora te desengaña de cuán malo es hablar mal, pues con ser la causa tal, y el fin tan bueno, te daña. Por el mal medio condeno el buen fin; todo lo igualo, en que verás que lo malo aun para buen fin no es bueno. Tu lengua te condenó sin remedio a mi desdén; a toda ley, hablar bien, que a nadie jamás dañó. Con esto si eres discreto, mudar intento podrás.

DON MENDO.

¿Resuelta, en efecto, estás?

DOÑA ANA.

Resuelta estoy en efeto.

DON MENDO.

Mira lo que dices.

DOÑA ANA.

Digo que es vana tu presunción, porque esta, resolución es, don Mendo, no castigo.

DON MENDO.

Ya lo que dice de ti la fama creer es justo, que informa de tu mal gusto el aborrecerme a mí. Del cochero que me hirió se habla mal, y mal sospecho, que tal brío en bajo pecho de tus favores nació.

DOÑA ANA.

Tente, no me digas más, yo estorbaré mis afrentas: por donde obligarme intentas del todo me perderás. El cochero que te hirió, don Mendo, mostrarte quiero. Bien podéis salir, cochero.

(_Salen al teatro, y empuñan todos las espadas_).

DON JUAN.

Yo soy el cochero.

DUQUE.

Y yo.

DOÑA ANA.

Caballeros, deteneos, que a mí ese daño me hacéis.

DUQUE.

Basta que vos lo mandéis.

DON JUAN.

Serviros son mis deseos.

DOÑA ANA.

Estos los cocheros son, por quien mi opinión se infama; y por quitar a la fama de mi afrenta la ocasión, le doy la mano de esposa a don Juan.

(_Danse las manos_).

DON JUAN.

Y yo os la doy.

CELIA.

¡Buena pascua!

BELTRÁN.

¡Loco estoy!

DUQUE.

Vuestra amistad engañosa castigaré.

(_Empuña el Duque contra don Juan_).

DON JUAN.

Deteneos, que yo nunca os engañé; recato y no engaño fue encubriros mis deseos; que si os queréis acordar, solo os tercié para verla, y en empezando a quererla, os dejé de acompañar.

DOÑA ANA.

Y en fin, si bien lo miráis, el dueño fui de mi mano, y sobre mi gusto en vano sin mi gusto disputáis. A don Juan la mano di, porque me obligó diciendo bien de mí, lo que don Mendo perdió, hablando mal de mí. Este es mi gusto, si bien misterio del cielo ha sido, con que mostrar ha querido cuanto vale el hablar bien.

DON MENDO.

Antes sospecho que fue pena del loco rigor, con que por ti el firme amor de tu prima desprecié; mas con llorar mi mudanza y gozar su mano bella estorbaré su querella, y mi engaño, y tu venganza.

DOÑA LUCRECIA.

¿Quién os dijo que sustenta hasta ahora el alma mía vuestra memoria?

BELTRÁN.

Él hacía sin la huéspeda la cuenta.

DOÑA LUCRECIA.

Vos hablasteis, pretendiendo a doña Ana, mal de mí.

DON MENDO.

¡Yo a doña Ana mal de ti!

DOÑA LUCRECIA.

Las paredes oyen, Mendo. Mas puesto que en vos es tal la imprudencia, que queréis ser mi esposo, cuando habéis hablado de mí tan mal, yo no pienso ser tan necia, que esposa pretenda ser, de quien quiere por mujer a la misma que desprecia; y porque con la esperanza el castigo no aliviéis, lo que por falso perdéis, el Conde por firme alcanza. Vuestra soy.

(_Da la mano al Conde_).

DON MENDO.

¡Todo lo pierdo! ¿Para qué quiero la vida?

CONDE.

Júzgala también perdida, si en hablar no eres más cuerdo.

BELTRÁN.

Y pues este ejemplo ven, suplico a vuesas mercedes miren que OYEN LAS PAREDES; y a toda ley, hablar bien.

F I N.