Chapter 2 of 5 · 3979 words · ~20 min read

Part 2

¿Qué murmuras? Yo soy un buen ciudadano; yo siento que la fortuna nos vuelva la espalda, y son mis intenciones muy puras; pero, en fin, estaba escrito allá arriba, y es locura... Repasaré esos periódicos sin embargo. Ni disputas políticas, ni noticias busco en ellos: son absurdas comúnmente las primeras y fatales las segundas; pero en tanto que me sirven el desayuno, me gusta recrearme con un trozo de amena literatura, descifrar una charada, reírme con una pulla... Así me distraigo un poco, y las lágrimas se enjugan que a mi corazón arrancan las calamidades públicas. (_Se iba con los papeles, y vuelve_). ¡Ah! ¿Viene aquí alguna nueva de nuestra marcial columna?

ISABEL.

¡Nada!

FROILÁN.

¡Pues! ¡Lo que yo digo! ¡Pereció! ¡Todo se frustra! Habrán caído en poder de esa maldecida chusma. La falta de dirección... Alguna mano perjura sin duda los hizo presa de _Tristany_ o _Camas-Cruas_. ¡Qué dolor de juventud! La flor de Cesaraugusta... (_A don Elías que entra_). ¡Oh amigo! Soy con usted. ¡Qué horror!... El almuerzo, Bruna.

(_Yéndose_).

ESCENA III.

ISABEL, DON ELÍAS.

ISABEL.

(¡Ay desgraciada! Su triste presagio me hace temblar.)

ELÍAS.

(Yo la voy a declarar mi amor... y _laus tibi, Christe_.) Para un asunto de urgencia, que diré en lenguaje explícito, concédame usted, si es lícito, cuatro minutos de audiencia. Yo la amo a usted. Más conciso ningún amante sería, y es que entra en mi economía no hablar más que lo preciso. En paz y en gracia de Dios que hemos de vivir entiendo; y no es maravilla, siendo capitalistas los dos. Mi caudal es la salud, el dinero y la alegría; y el de usted, señora mía, la hermosura y la virtud. (Paso en silencio su dote, que es lo que más me acomoda.) Ajustemos pues la boda, y casémonos a escote. Mucho vale el ser hermosa: mi amor sea el testimonio; pero un rico patrimonio también vale alguna cosa. No sé qué será peor en este mundo embustero; si hermosura sin dinero, o dinero sin amor; mas siempre que a lo segundo lo primero unido va, allí la ventura está; o no hay ventura en el mundo. Aunque en la ciudad se suena que soy dado a la avaricia, comer bien es mi delicia... (cuando como en casa ajena.) Ello sí, como está en moda, la economía cursé, y a todo la aplicaré... menos al pan de la boda. Poco avaro en fin soy yo cuando a casarme me allano. Conque... ¿acomoda mi mano? Responda usted: sí, o no.

ISABEL.

Aunque debo celebrar con más risa que sorpresa el sumo donaire de esa declaración singular, merece el que así me honró igual franqueza de mí. No puedo decir que sí.

ELÍAS.

¿Luego dice usted que no? ¡Cruel mujer!

ISABEL.

No. Sincera.

ELÍAS.

¡Tal desvío a mi pasión! ¡Ah! ¿Tiene usted corazón?

ISABEL.

¡Ojalá no lo tuviera!

ELÍAS.

Si no ha de ser para mí, si otro hombre le cautivó...

ISABEL.

No puedo decir que no.

ELÍAS.

¿Luego dice usted que sí? ¿Habrá fortuna más perra? ¿Habrá mujer más ingrata? Si dice que no, me mata; si dice que sí, me entierra.

ISABEL.

¡Ay, don Elías, que el cielo con mayor mal me atormenta! Ese _no_ que usted lamenta fuera para mí un consuelo.

ELÍAS.

¡Cómo!...

ISABEL.

Basta ya, si es chanza. Si habla usted de veras...

ELÍAS.

Sí. ¡Oh!...

ISABEL.

Yo no tengo, ¡ay de mí!, ni puedo dar esperanza. Con harta pena lo digo.

ELÍAS.

¿Qué va a ser de mí, Isabel?

ISABEL.

Sea usted mi amigo fiel... Yo he menester un amigo.

ELÍAS.

Algo más quise alcanzar; mas lo seré. (Y me conviene, porque al fin y al cabo tiene haciendas que administrar.)

ESCENA IV.

LOS MISMOS, JACINTA.

JACINTA.

¡Oh, que está aquí don Elías! Lo celebro mucho.

ELÍAS.

Siempre a los pies de usted. ¿Qué tal? ¿Hay noticias del ausente?

JACINTA.

Ninguna. Nada se sabe, ni hay cartas, ni los papeles públicos me dan indicios de si vive o de si muere.

ELÍAS.

No es extraño que en la guerra los correos se intercepten; mas no tenga usted cuidado, porque la facción rebelde o no osará combatir con nuestra tropa valiente, o pagará su osadía muy cara.

JACINTA.

¡Pero tenerme sin saber de él tanto tiempo! Si es cierto que bien me quiere, ¿cómo no ha hallado camino para hablarme de su suerte, de su amor?... ¡Su amor!... Jacinta ya tal vez no lo merece. Quizá a los pies de otra dama ha puesto ya sus laureles.

ISABEL.

No digas tal de don Pablo, pues ningún motivo tienes para dudar de su fe.

JACINTA.

¡Ah, que la ausencia es la muerte del amor! Los hombres...

ELÍAS.

Son pérfidos, inconsecuentes... ¡Hombres! ¡Oh! Yo no los quiero... Me gustan más las mujeres.

UN CIEGO.

(_Dentro gritando_).

El supimiento al _Patriota Aragonés_ que acaba de salir ahora nuevo, con noticias interesantes.

ISABEL.

¿Qué grita ese ciego? Oigamos...

JACINTA.

Suplemento...

ISABEL.

(¡Ay, Dios! Si fuese...)

EL CIEGO.

Con la completa derrota de la faición del Canónigo por la colufna que salió de esta capital en su presecución.

ISABEL.

¿Has oído...? ¡Ah!, don Elías...

JACINTA.

¡Qué gozo!

ISABEL.

Corra usted, vuele...

ELÍAS.

El suplemento... Sí... Voy... (Es chasco que se me peguen los cuartos...) No tengo suelto...

ISABEL.

¡Oh, Dios mío...!

JACINTA.

(_Dándole el ridículo, del cual saca cuartos don Elías_). Aquí habrá.

ELÍAS.

Nueve... diez... Hay bastante.

JACINTA.

¡Qué plomo!

ISABEL.

¡Vamos!

ELÍAS.

Si lo saco en siete...

(_Yéndose_).

ESCENA V.

JACINTA, ISABEL.

EL CIEGO.

(_Dentro_). El supimiento al _Patriota aragonés_ que ahora acaba de salir nuevo, con la derrota... ¿Quién llama?

ISABEL.

Ya los afanes cesaron. Nuestros milicianos vencen. Pronto a los dulces hogares volverán... ¡Ah! ¡Cuán alegre estoy!

JACINTA.

¡Pablo de mi vida! Vuelve a mis brazos. ¡Oh! Vuelve la dicha a mi corazón.

ESCENA VI.

LAS MISMAS, DON ELÍAS (_con un impreso_).

ELÍAS.

¡Victoria! Escuchen ustedes. (_Lee_).

«La columna expedicionaria de Zaragoza ha dado un día de gloria a la nación. La gavilla del malvado Canónigo ha sido batida, destrozada a las inmediaciones de Gandesa. Así lo afirma de oficio el alcalde constitucional de dicha villa, y se espera de un momento a otro el parte circunstanciado. Mientras llega y lo publican las autoridades, no queremos retardar a nuestros lectores tan fausta noticia. Nuestros bizarros milicianos han rivalizado en pericia y valor con las beneméritas tropas que han tenido parte en la acción. ¡Viva la Libertad! ¡Viva Isabel II!».

ISABEL.

¡Oh cielo, Yo te bendigo!

ELÍAS.

Doy a usted mil parabienes, Jacinta.

JACINTA.

¡Y Pablo no escribe!

ISABEL.

Querrá tal vez sorprenderte...

ELÍAS.

Aquí viene don Froilán. ¡Qué cara de _miserere_!

ESCENA VII.

LOS MISMOS, DON FROILÁN.

FROILÁN.

Todo el barrio se alborota; los ciegos van dando gritos... ¿Qué anuncian esos malditos? Sin duda, alguna derrota.

JACINTA.

Derrota. Tienes razón.

FROILÁN.

¿Lo veis? ¡Oh días aciagos!

ISABEL.

Mas quien llora sus estragos es la enemiga facción.

FROILÁN.

Dirán que es suyo el revés, mas yo temo que en el lance...

ELÍAS.

¡Oh...! Lea usted el alcance del _Patriota Aragonés_.

(_Le da el impreso, y lo lee para sí don Froilán_).

JACINTA.

En todo ve mal agüero.

ISABEL.

En nada encuentra placer.

ELÍAS.

Corneja debía ser ese hombre, o sepulturero.

FROILÁN.

Es muy vaga la noticia. Es atrasada la fecha... Si fue la facción deshecha... ¿qué se hizo nuestra milicia? En la guerra hay mil azares; y, además, la exactitud no siempre fue la virtud de los partes militares. Muchos planes y cautelas, y marchas y contramarchas, y tempestades y escarchas, y curvas y paralelas. Mucho de causar zozobras a las fuerzas enemigas; de encarecer las fatigas, de describir las maniobras; mucha recomendación; mucho de Roma y Numancia; y ¿qué nos dice en sustancia el jefe de división? Que anduvimos cuatro leguas; que el faccioso echó a correr dejando en nuestro poder una mochila y dos yeguas; que allí hubieran muerto muchos de la gavilla perjura a no ser la noche oscura y a no faltar los cartuchos; que el cabecilla vasallo huyó a tiempo de la quema y se salvó... por la extrema ligereza del caballo; que por falta de refuerzo deja el campo de batalla y va a esperar la vitualla a Villafranca del Bierzo; que envíen francas de portes diez cruces de San Fernando; y concluye suplicando al ministro y a las Cortes que sin exigir recibo le traigan los maragatos seis mil pares de zapatos y un millón en efectivo.

JACINTA.

Jefes hay que en tu pintura su historia acaso verán; pero no todos, Froilán, merecen esa censura.

ISABEL.

Ver siempre males eternos es fatal filosofía.

ELÍAS.

Se previene por si un día va a parar a los infiernos.

ESCENA VIII.

LOS MISMOS, RAMÓN.

RAMÓN.

Esta carta para usted.

(_Da una carta a Jacinta_).

JACINTA.

¡Es letra de don Matías! ¿Y don Pablo...? ¿No hay más cartas?

RAMÓN.

No hay más que esa, señorita.

ESCENA IX.

JACINTA, ISABEL, DON FROILÁN, DON ELÍAS.

ISABEL.

¡No escribir don Pablo! (¡Oh Dios!)

FROILÁN.

Eso me da mala espina.

JACINTA.

¡Qué ingratitud!

ELÍAS.

Abra usted pronto esa carta, Jacinta, y saldremos de inquietudes, y ahorraremos profecías.

JACINTA.

(_Abre la carta y lee_).

«En el mismo campo de batalla, cubierto de cadáveres enemigos, me apresuro a participar a usted la victoria de nuestras armas. Los restos de la facción huyen dispersos y aterrados, y una parte de la columna los persigue y acosa en todas direcciones. Yo también parto ahora en su seguimiento. La pérdida del enemigo es grave, la nuestra muy corta: cuatro soldados muertos y unos veinte heridos, todos de tropa...».

ISABEL.

(¡Ah! Respiro.)

ELÍAS.

(_A don Froilán_). ¿Lo ve usted?

FROILÁN.

Déjela usted que prosiga leyendo, y harto será que alguna mala noticia...

JACINTA.

Lo demás son cumplimientos, memorias, galanterías... ¡Es tan fino ese muchacho! En el campo, entre las filas, rendido acaso del hambre, de la sed, de la fatiga, me escribe tan obsequioso; y al que en la amarga partida me juró constancia eterna ¡no le merezco dos líneas! Así son todos los hombres. ¡Necia la que en ellos fía!

ISABEL.

No habrá podido escribir.

ELÍAS.

Muchas cartas se extravían...

FROILÁN.

Mi corazón es leal. No en vano me lo decía. Don Pablo es un aturdido. Engolfado en la milicia, ya no se acuerda de ti.

ISABEL.

(¡No tuviera yo esa dicha!)

FROILÁN.

Alguna linda patrona en sus brazos le cautiva.

ISABEL.

(¡Ay! ¡Eso no!)

JACINTA.

¡Quién creyera que su amor fuese mentira!

UNA CIEGA.

(_Dentro_).

¡El supimiento al _Boletín Oficial_! ¡El supimiento extraudinario!

ISABEL.

¿Habéis oído? Otro parte sin duda...

ELÍAS.

Será la misma relación...

JACINTA.

Manda a comprarlo, Froilán.

FROILÁN.

Alguna engañifa...

ESCENA X.

LOS PRECEDENTES, RAMÓN.

RAMÓN.

Aquí está el impreso.

ELÍAS.

Venga.

RAMÓN.

Parece que se confirma...

FROILÁN.

Bien está, sí. Ya sabemos leer. Vete a la cocina.

ESCENA XI.

LOS MISMOS, _menos_ RAMÓN.

ELÍAS.

(_Lee_).

«Capitanía general de Aragón.— Hago saber al público para su satisfacción, que los rebeldes han sido en efecto batidos completamente entre Mora y Gandesa por la valerosa columna de milicianos y tropa que salió últimamente de esta capital. Mientras se imprime y publica el parte circunstanciado, me complazco en asegurar a este heroico vecindario que nuestra pérdida solo ha consistido en seis hombres muertos, entre ellos un oficial, y dieciocho heridos, ascendiendo la del enemigo a ciento veinte de los primeros, sobre trescientos de los segundos, y más de quinientos prisioneros. Zaragoza, etc.».

ISABEL.

¡Ah!¿ Quién será ese oficial muerto? ¿Será por desdicha... don Pablo?

FROILÁN.

¡Pues! ¡Si lo dije!

JACINTA.

Jesús, ¡qué fatal manía de presagiar infortunios!

ELÍAS.

Si alguno de la milicia hubiera muerto en la acción, en su carta lo diría don Matías.

JACINTA.

Cierto. Esa reflexión me tranquiliza.

FROILÁN.

Aún seguían nuestras tropas a las huestes fugitivas cuando se escribió la carta; esto y el no haber noticias de don Pablo hacen temer que alguna bala enemiga abrevió, ¡desventurado!, la carrera de sus días.

ISABEL.

¡Ah! ¡Fundado es su temor!

JACINTA.

Que lo tema y no lo diga. Parece que se deleita en afligir...

ELÍAS.

¿Y no había más oficiales allí? ¿Qué razón nos autoriza a suponer que entre tantos tocó a don Pablo la china? Otro pudo ser el muerto; quizá el mismo que escribía tan gozoso...

JACINTA.

¡Oh! Sí. ¿Quién sabe?... Dice en su carta que él iba a marchar segunda vez contra la infame gavilla.

FROILÁN.

Pues bien; el uno o el otro, ya no hay duda, han sido víctimas. ¡Tal vez entrambos! ¡Oh guerra, guerra infausta, fratricida! ¡Pobres muchachos!... En fin, ¡estaba escrito allá arriba! No han de dar vida a los muertos nuestras lágrimas tardías. Yo me voy a mis negocios. Esas cosas me contristan sobremanera. De hoy más nadie me hable de política. Soy sensible... (_A Jacinta e Isabel_). ¡Eh! No lloréis... Dios guarde a usted, don Elías.

ESCENA XII.

ISABEL, JACINTA, DON ELÍAS.

ELÍAS.

Maldita sea tu estampa, y otra vez sea maldita. ¿Por qué no lleva a una gruta su negra misantropía? Malo está ese hombre. Yo creo que padece de ictericia.

JACINTA.

(¡Mi Pablo! ¿Será posible...? ¡La prenda del alma mía...! ¡Ah! ¡Qué amargura! Y el otro... El amable don Matías... Lástima fuera por cierto...)

ELÍAS.

(Y ello..., si bien se examina... no es temerario el pronóstico. Lo cierto es que los carlistas no tiran con algodón. ¡Broma pesada sería haberse muerto don Pablo dejándome a mí _per istam_ sin cobrar aquella cuenta, y en circunstancias tan críticas!)

ISABEL.

(Saber la verdad anhelo..., y tiemblo de descubrirla.)

JACINTA.

(¡Tan bizarros y morir en lo mejor de su vida!)

ELÍAS.

(¡Diez onzas me debe el uno y el otro solo una fina amistad. Si el uno de ellos expiró, Virgen Santísima, que sea el vivo don Pablo y el difunto don Matías!)

ISABEL.

(¡No quiero que nadie muera; quiero que don Pablo viva, aunque otra mujer le goce..., y yo me muera de envidia!)

MATÍAS.

(_Dentro_). ¿Dónde están?

JACINTA.

¡Qué oigo!

ISABEL.

Esa voz...

ESCENA XIII.

LOS MISMOS, DON MATÍAS.

ELÍAS.

¡Amigo!

ISABEL.

¡Cielos!

MATÍAS.

¡Jacinta!

JACINTA.

¡Bien venido el vencedor!

ISABEL.

¿Y don Pablo?

JACINTA.

¡Cuánto polvo!

MATÍAS.

Apenas hace una hora que llegué...

ISABEL.

Pero...

ELÍAS.

Usted solo...

MATÍAS.

Solo. Yo he traído el parte de nuestro triunfo glorioso. En casa del general me han tenido hasta hace poco; he abrazado a mi familia, y sin quitarme este lodo vengo a saludar a ustedes.

JACINTA.

¿Y sabes que viene gordo, Isabel? Pero don Pablo...

ISABEL.

¡Ah! ¿Qué es de él? ¿Vive?

MATÍAS.

El destrozo del enemigo fue grande; pero los humanos gozos ¡cuán rara vez son completos!

JACINTA.

Cómo...

ISABEL.

¡Acabe usted!

MATÍAS.

El rostro de la fortuna no siempre sonríe al valor heroico.

JACINTA.

¿Será posible...?

ISABEL.

¡Ah! ¡Murió!

JACINTA.

¡Cumplióse el fatal pronóstico de Froilán!

MATÍAS.

Siento afligir a ustedes. Su ciego arrojo...

ISABEL.

¡Ay dolor! ¡Ay desventura!

(_Se deja caer en una silla y llora amargamente_).

ELÍAS.

(¡Mi dinero!) ¡Pobre mozo!...

JACINTA.

Bien mi corazón temía...

MATÍAS.

Justo es, Jacinta, ese lloro; mas si la flor de su vida cortó el enemigo plomo, al menos murió vengado, y en los siglos más remotos vivirá inmortal su nombre.

ISABEL.

¡Dios mío! ¡Salvarse todos, y él solo morir!

JACINTA.

¡Mi Pablo!

MATÍAS.

Persiguiendo a los facciosos con más valor que cautela...

ISABEL.

¿Y nadie le dio socorro?

MATÍAS.

¿Y quién detiene una bala traidora? En su ciego encono contra la servil caterva se desvió de nosotros demasiado cuando ya la columna, después de ocho o diez horas de pelea, necesitando reposo, se acantonaba triunfante en los pueblos del contorno.

JACINTA.

¡Ah! ¿Quién se lo hubiera dicho? ¡Infeliz!

ELÍAS.

(¡Diez onzas de oro!)

ISABEL.

¡Y abandonado en el monte será presa de los lobos su cadáver insepulto! ¡Y quién sabe si esos monstruos ceban la impotente saña en sus sangrientos despojos! ¡Ah!

(_Queda abismada en su dolor_).

ELÍAS.

¡Qué horror!... ¿Murió sin duda _ab intestato_?

MATÍAS.

Supongo...

ELÍAS.

(Y no tenía herederos forzosos... ¿De dónde cobro? ¿De quién reclamo?... Ese hombre estaba dado al demonio. ¿A quién le ocurre morirse sin arreglar sus negocios?)

(_Se sienta en otra silla junto a Isabel, y de cuando en cuando le dirige la palabra como para consolarla_).

MATÍAS.

También yo corrí peligro de quedar allí.

JACINTA.

(_Con interés_). ¿Pues cómo...?

MATÍAS.

Me pasó el chacó una bala, y otra me alcanzó en el hombro.

JACINTA.

¡Cielos! ¿Fue grave la herida?

MATÍAS.

No; me lastimó muy poco. Venía cansada. Y siento no haber caído redondo en el campo de batalla.

JACINTA.

No diga usted despropósitos.

MATÍAS.

Más vale morir amado que pasar el purgatorio en vida siendo el objeto del menosprecio, del odio de una ingrata.

JACINTA.

¿Y es posible que cuando lloran mis ojos la desgracia de don Pablo usted me hable de ese modo?

MATÍAS.

¡Ah! Si el muerto fuese yo, no bañara usted su rostro en lágrimas de amargura.

JACINTA.

¿Por qué no? ¿Soy algún tronco insensible?

MATÍAS.

Usted me dijo..., burla fue; bien lo conozco, que me amaría a no estar comprometida con otro.

JACINTA.

Y crea usted... Pero, ¡ay Dios!, dejemos ese coloquio. Necesito desahogar mi corazón en sollozos. No debo pensar ahora sino en mi Pablo. Aún le oigo decirme el último adiós tan tierno, tan amoroso... ¡Y eterna fidelidad le juré yo! Si de pronto aquí se alzara su sombra, ¡cuál sería mi sonrojo!

MATÍAS.

No. Don Pablo desde el cielo aprueba nuestro consorcio. ¿Sabe usted lo que me dijo... (apelemos al embrollo) cuando rompimos el fuego contra el rebelde Canónigo? «Tú eres mi mejor amigo, Matías. Si cierro el ojo, a ti dejo encomendada mi Jacinta. Sé su esposo, y el Ser Supremo bendiga vuestro casto matrimonio».

JACINTA.

¿Eso dijo?

MATÍAS.

Ah, sí, señora; y lo dijo con un tono de solemnidad profética que llenó mi alma de asombro.

JACINTA.

¡Pobrecillo! ¡Ay Dios! Ahora con más motivo le lloro.

MATÍAS.

Yo también lloro y me aflijo, y más cuando reflexiono, Jacinta, que no merezco heredar tanto tesoro.

JACINTA.

Merecerlo... ¡Ah! Sí...

MATÍAS.

¿De veras? Esa palabra es el colmo de mi gloria.

JACINTA.

¿Yo qué he dicho? Por ahora nada respondo. La memoria de don Pablo es un cordel, es un tósigo que me mata. Si algún día la paz del alma recobro...

MATÍAS.

¡Bien mío!

JACINTA.

(_Bajando la voz_). ¡Ah! Váyase usted que no estamos entre sordos.

MATÍAS.

(Dice bien.)

JACINTA.

Usted vendrá fatigado, y es forzoso descansar. (_Siguen hablando aparte_).

ELÍAS.

(_Se levanta_). (No me responde. Veo que en vano la exhorto a consolarse. Y a mí ¿quién me consuela? Hoy no como de pena..., aunque esto no entraba en mis planes económicos. Vámonos de aquí.) Señora...

MATÍAS.

Si viene usted hacia el Coso, vamos juntos. Señoritas... (_Bajo a Jacinta_). No olvide usted que la adoro. (_Alto_). Hasta luego.

JACINTA.

Adiós, señores.

ELÍAS.

(Otra vez yo ataré corto al que me pida dinero. Sin recibo... y testimonio de no morir insolvente, no vuelvo a prestar al prójimo.)

ESCENA XIV.

ISABEL, JACINTA.

JACINTA.

¡Tú, Isabel, llorando así! Me admira tu amargo duelo. ¿Habrá de darte consuelo quien lo esperaba de ti?

ISABEL.

(_Se levanta_). ¡Viendo en mi frente la pena dices que admirada estás!... Yo debo admirarme más de ver la tuya serena.

JACINTA.

¡Ah, que es mucha mi aflicción aunque ves mi rostro enjuto!

ISABEL.

Cuando en el rostro no hay luto no hay pena en el corazón.

JACINTA.

Sabe el cielo...

ISABEL.

Sabe el cielo que en desesperado amor no es verdadero dolor dolor que pide consuelo. No hipócrita al cielo implores. ¡Aún el cuerpo no está frío del que te dio su albedrío y de otro escuchas amores!

JACINTA.

Siempre me amó don Matías; y aunque en tan mala ocasión me recuerda su pasión, yo no sé hacer groserías. No es culpa mía, Isabel, que ese muchacho me quiera; ni porque Pablo se muera he de enterrarme con él. Yo le amé mientras vivió. Si el cielo cortó sus días, y no ha muerto don Matías, ¿puedo remediarlo yo? No es decir que esté dispuesta a admitir amante nuevo, aunque en justicia no debo darle una mala respuesta. Don Pablo, que era su amigo, le dijo que si él moría, y yo en ello consentía, se desposase conmigo. Harto en mi dolor demuestro cuán de veras he sentido que se haya, ¡ay de mí!, cumplido aquel presagio siniestro; mas yo ahora te pregunto: si al otro llego a querer, ¿hago más que obedecer la voluntad del difunto?

ISABEL.

¿Su voluntad? ¡Impostura! ¡Maldad! Quien de veras ama, con el amor que le inflama desciende a la sepultura. Si el pago que tú le das sabido hubiera al morir, pudiérate maldecir, pero ¿olvidarte? ¡Jamás! ¡Así tu lengua le infama! ¿Qué amante, si de este nombre es merecedor, a otro hombre deja en herencia su dama? No; que es la dulce mitad de su alma, y en la agonía tras sí llevarla querría a la inmensa eternidad.

JACINTA.

Tanta exaltación me asombra y tan extraña amargura. ¿Le amabas tú por ventura, que así defiendes su sombra?

ISABEL.

Le amaba... ¿Qué digo? Le amo, le idolatro todavía, y él solo me arrancaría las lágrimas que derramo. Él ignoró mi tormento —¡triste ley de la mujer!—, y ni aun pude merecer cortés agradecimiento. Ahora sin rubor quebranto del silencio la cadena; ¡ahora que la dicha ajena no turbaré con mi llanto! Ya no temo adversa suerte, ni rivales, ni baldón. Sagrada es ya mi pasión. ¡La divinizó la muerte!

JACINTA.

¿Tú le amabas, Isabel? Absorta me dejas.

ISABEL.

¡Cielos! Sin esperanza..., ¡con celos!... ¿Hay suplicio más cruel? Y otra vez le sufriría aunque penando muriera porque a la vida volviera el dueño del alma mía. Yo infeliz no borraré su imagen de mi memoria; Y tú que fuiste su gloria ¡le guardas tan poca fe!

JACINTA.

Deja ya reconvenciones. No porque celos te di te quieras vengar de mí con importunos sermones.

ISABEL.

¡Jacinta!

JACINTA.

¡Calla por Dios! Amar sin consuelo es duro; mas también es fuerte apuro el verse amada por dos. Mujeres hay más de diez que a dos suelen contentar; pero yo no puedo amar más que uno solo a la vez. Pues basta con un esposo, querer a dos es punible; pero mi pecho es sensible y no puede estar ocioso. Iguales galanterías debí a los dos de que hablo; mas mientras vivió don Pablo no quise yo a don Matías. ¿Y no será un desacierto, si ahora de amarle me privo, matar sin piedad al vivo porque no se ofenda el muerto? Su especial filosofía cada cual tiene en secreto, y pues la tuya respeto, déjame en paz con la mía.

ESCENA XV.

ISABEL.

ISABEL.

¡Alma a quien el alma di, si a las dos nos escuchaste, mira a qué mujer amaste! ¡Júzgala y júzgame a mí!

ACTO TERCERO.

EL ENTIERRO.

El teatro representa una plazuela con fachada y puerta de iglesia en el foro. Entre las casas hay una cuyo portal está abierto y alumbrado. Enfrente de dicha casa hay una barbería.

ESCENA I.

DON FROILÁN, DON ELÍAS, JACINTA, DON MATÍAS. (_Don Matías viene delante con Jacinta de bracero; los cuatro se dirigen al portal abierto. Todos con capas_).

MATÍAS.

Mucho sufriré esta noche, Jacinta.

JACINTA.

¿Por qué lo dices?

MATÍAS.

Porque estás bella en extremo, y vendrán de quince en quince a colmarte de lisonjas los que conmigo compiten.

JACINTA.

¿Qué importa, si solo a ti el alma mía se rinde?

MATÍAS.

¡Oh dicha! Solo te ruego que no bailes con el títere de Ferminito.

JACINTA.

Contigo solo, mi bien.

MATÍAS.

¡Qué felices seremos cuando el enlace suspirado...!

(_Sigue hablando en voz baja con Jacinta. Los cuatro se han parado junto a la puerta_).

FROILÁN.

(_A don Elías_). ¿Usted no asiste al baile?

ELÍAS.

Tengo un asunto...

FROILÁN.

Pues yo también pienso irme a la ópera y volver; porque los bailes me embisten, aun siendo de confianza como este.

ELÍAS.