Chapter 4 of 5 · 3993 words · ~20 min read

Part 4

¡Ay caro amigo! Este rasgo de cariñosa bondad hace mayor mi quebranto. ¿Qué son todos los tesoros del mundo si los comparo con la delicia de verte, de hablarte?... Mi acerbo llanto no podrá, ¡triste de mí!, arrancarte al duro mármol que te esconde...

ISABEL.

¡Calla, impío! ¡Blasfemo, sella los labios! Guárdate el oro que heredas y no turbes el descanso de aquella alma generosa, que acaso estará penando porque tan mal empleó sus dádivas.

FROILÁN.

Ese agravio...

ISABEL.

¡Calla por piedad! No me hagas testigo del vil escarnio con que insultas las cenizas de tu bienhechor. Huyamos...

PABLO.

(¡Ah, qué ángel!)

FROILÁN.

Oye...

ELÍAS.

Si usted quiere servirse del brazo...

ISABEL.

¡No! Sola me quiero ir. Detesto al linaje humano. ¡Perfidia, maldad, bajeza donde quiera...! ¡Ay, Pablo, Pablo!

ESCENA XIV.

DON PABLO, DON FROILÁN, DON ELÍAS.

PABLO.

(¿Es sueño acaso? ¿Es delirio? ¡Tanto amor...!)

FROILÁN.

¡Qué sinrazón! ¡Qué ruin interpretación de mi profundo martirio!

ELÍAS.

Y en efecto, el testamento...

FROILÁN.

¡Ah! ¡Cuánto dolor me cuesta! Y ahora volver a esa fiesta... He aquí mi mayor tormento. Mas debo forzosamente acompañar a mi hermana.

ELÍAS.

La herencia es más que mediana, y usted que era ya pudiente...

FROILÁN.

Yo baile, ¡oh Dios!, yo concierto, cuando mi pena es tan grave...

ELÍAS.

Yo tenía, usted lo sabe, relaciones con el muerto...

FROILÁN.

No toque usted ese punto, que mi aflicción...

ELÍAS.

Sin embargo... Usted debe hacerse cargo de las deudas del difunto.

FROILÁN.

¿Cuándo volverá la calma a mi pecho?

ELÍAS.

Él me debía unos cuartos...

FROILÁN.

Noche y día he de rezar por su alma.

PABLO.

(El diálogo me divierte.)

ELÍAS.

Si me olvidó, no es portento, que sin duda el testamento Lo hizo...

FROILÁN.

¡Antes de su muerte!

ELÍAS.

Ya; si...

FROILÁN.

¡Mi alma se destroza!

ELÍAS.

(¡Diablo de hombre!) Yo decía...

FROILÁN.

Lo dejó en la escribanía al salir de Zaragoza.

ELÍAS.

Bien; y luego...

FROILÁN.

¡Amigo fiel! Aunque venda mis camisas, mañana doscientas misas mandaré rezar por él.

PABLO.

(Eso me encuentro. Por Dios que de él no esperaba tanto.)

ELÍAS.

Mas yo le hice un adelanto...

FROILÁN.

¡Ah! Sí; lloremos los dos.

ELÍAS.

Pero...

FROILÁN.

Con ojos serenos ¿quién ve a su amigo morir?

ELÍAS.

Pero usted puede decir: los duelos con pan son menos. ¿Y quién vuelve a mi escritorio el dinero?...

FROILÁN.

¡Acerba llaga, cruel!

ELÍAS.

Alma que no paga no sale del purgatorio. Diez onzas...

FROILÁN.

No cuestan tanto las doscientas misas.

ELÍAS.

¡Oh!

FROILÁN.

A peseta...

ELÍAS.

No hablo yo de misas...

FROILÁN.

Me ahoga el llanto.

(_Hablando, han llegado a la casa del baile_).

ELÍAS.

Oiga usted...

FROILÁN.

(_Ya dentro del portal_). Ni a hablar acierto. ¡Adiós!

ELÍAS.

Hombre...

FROILÁN.

¡Pobre Pablo!

ELÍAS.

¡Me plantó! ¡Lléveos el diablo a ti, a la herencia, y al muerto!

ESCENA XV.

DON PABLO, DON ELÍAS. (_Llega don Pablo por detrás de don Elías, y le toca en el hombro_).

PABLO.

Tenga usted más caridad con los difuntos.

ELÍAS.

(_Volviéndose asustado_). ¿Qué voz...? Si yo creyera en visiones diría... (_Reconociéndole_). Sí; ¡él es! Favor...

PABLO.

¡Silencio! No soy fantasma. Vengo...

ELÍAS.

De parte de Dios te digo, sombra iracunda...

PABLO.

No hay tal sombra. Vivo estoy. Acérquese usted sin miedo. Tenemos que hablar los dos.

ELÍAS.

Si en el otro mundo penas como en este peno yo, al heredero le toca procurar tu redención; no a mí, difunto don Pablo; a mí que soy tu acreedor, a mí...

PABLO.

Basta. Sabe usted que soy hombre de razón, y si yo me hubiera muerto, no lo negaría, no. Caí herido de un balazo en medio de la facción. Sin duda al verme tendido sin aliento y sin color todos me dieron por muerto sin más averiguación; y como nadie después de mí ha sabido hasta hoy, no extraño que en mis exequias haya graznado el fagot. Recobrados mis sentidos con el frío y el dolor, medio vivo, medio muerto, me levanté del montón. En vano pedía auxilio; nadie escuchaba mi voz... Por fin llegué como pude a la choza de un pastor. Por buena suerte la herida no era mortal aunque atroz. Aquella familia honrada tuvo de mí compasión; y curándome en sigilo, sin botica y sin doctor, me libertó de las uñas de _Tristany_ o _Caragol_. Recobradas ya mis fuerzas, mi marcha emprendo veloz de regreso a Zaragoza, y hoy llego a puestas de sol para reír desengaños de este mundo pecador.

ELÍAS.

¡Es posible! ¡Ah! Mi alegría...

PABLO.

Usté es un hombre de pro. Usté ha rezado en mi entierro...

ELÍAS.

¡Oh! Sí; con mucho fervor.

PABLO.

Y gracias por su cristiana misericordia le doy. Solo a usted me he descubierto...

ELÍAS.

Usted me hace sumo honor...

PABLO.

Mas nadie sepa que vivo hasta mejor ocasión. Usted sabrá mis proyectos, y cuento con su favor para llevarlos a cabo.

ELÍAS.

Sabe usted que siempre estoy a su obediencia... A propósito: el papel que se quedó sin firmar... Aquí lo traigo. Si a la luz de ese farol (_El que habrá en el portal de la casa donde se baila_), quisiera usted... Pediremos un tintero...

PABLO.

¿No es mejor que se venga usted conmigo y le daré en el mesón las diez onzas consabidas, los réditos y otras dos en muestra de gratitud?...

ELÍAS.

¡Oh, qué bello corazón!

PABLO.

Justamente ya ha debido cobrar mi administrador unas letras...

ELÍAS.

No es decir que yo tenga prisa, no. Solo por acompañar a usted... (¡Dios de Sabaot, no me le mates ahora! ¡Cumpla su buena intención!)

PABLO.

Vamos...

ELÍAS.

Abríguese usted. (_Componiéndole el embozo de la capa. Don Pablo tose_). ¡Cuidarse! — ¿Qué es eso? ¿Tos?

PABLO.

No es nada.

ELÍAS.

Es que usté estará delicado; y el pulmón...

PABLO.

(_Riéndose_). Cálmese usted, don Elías, que mi palabra le doy de no morirme otra vez sin pagarle.

ELÍAS.

(¡Óigate Dios!)

ACTO CUARTO.

LA RESURRECCIÓN.

La decoración del acto segundo.

ESCENA I.

DON PABLO, DON ELÍAS. (_Entran con precaución. El teatro está oscuro_).

PABLO.

Si alguno nos ha observado...

ELÍAS.

Solo lo sabe Ramón, y ese es de satisfacción. Puede usté entrar descuidado. Jacinta está de jolgorio con su novio y los amigos que servirán de testigos para el impío casorio. Luego que apuren los platos del opíparo banquete vendrán a este gabinete para firmar los contratos.

PABLO.

Isabel...

ELÍAS.

No fue posible hacerla entrar en la fiesta. La maldice y la detesta como sacrilegio horrible.

PABLO.

¡Pobrecilla! ¿Y don Froilán?

ELÍAS.

Muerto está de pesadumbre; mas, ya se ve; la costumbre... la etiqueta, el _qué dirán_...

PABLO.

Al bien y al mal se acomoda esa frase; y ¿qué ha de hacer quien por fuerza ha de escoger entre un duelo y una boda?

ELÍAS.

Ya, pero, entre el mundo y Dios, don Froilán gime... y devora; luego apura el vaso... y llora; y así cumple con los dos.

PABLO.

¿Está todo preparado?

ELÍAS.

Todo como usted desea.

PABLO.

Sentiré que alguien me vea.

ELÍAS.

¿Cómo? En un cuarto excusado...

PABLO.

Quisiera un instante hablar con Isabelita... Pero prepárela usted primero.

ELÍAS.

Entiendo. Voyla a buscar. Pues llevan largo el convite y Ramón está advertido, fácil será...

PABLO.

Siento ruido...

ELÍAS.

Traen luces... ¡Al escondite!

(_Don Pablo corre a esconderse en el cuarto del foro y cierra por dentro las vidrieras. Ramón trae luces_).

ESCENA II.

DON ELÍAS, RAMÓN.

ELÍAS.

¿Ha visto alguien a don Pablo?

RAMÓN.

No, señor; nadie le ha visto.

ELÍAS.

¡Vete, y silencio!

RAMÓN.

No chisto.

ELÍAS.

Se va a desatar el diablo.

ESCENA III.

DON ELÍAS.

ELÍAS.

¡Por hacer aquí el rufián dejo la opípara mesa...! Pero servir me interesa al escondido galán. ¿Qué no he de esperar de ti, difunto que expresamente resucitas complaciente solo por pagarme a mí? ¡Y con qué rumbo! Ea, pues; busquemos a Isabelita y anunciemos la visita... Mas ¿quién se acerca...? Ella es.

ESCENA IV.

DON ELÍAS, ISABEL.

ISABEL.

¿Qué hace usted tan solo aquí?

ELÍAS.

Señora, no es de mi gusto esa infame bacanal, y aquí me estoy hecho un búho contemplando las flaquezas y aberraciones del mundo. ¿Dejarán la mesa pronto?

ISABEL.

No sé.

ELÍAS.

Desde aquí descubro... (_Mirando por la puerta de la izquierda_). Los postres sirven. — No acaban ni en veinticinco minutos. ¡Qué contraste! Ellos riendo, ¡y usted vestida de luto!

ISABEL.

Y quizás de mi aflicción se mofan.

ELÍAS.

¡Atroz insulto! ¡Y acaso aún están calientes las cenizas del difunto!

ISABEL.

¡Ah!

ELÍAS.

Si apareciese ahora entre ellos vivo y robusto el mismo a quien juzgan muerto, como figuras de estuco se quedarían.

ISABEL.

¡Ay, Dios!

ELÍAS.

¿Y qué maravilla? Algunos suelen tornar a la vida desde el borde del sepulcro.

ISABEL.

No con vanas ilusiones aumente usted mi profundo dolor.

ELÍAS.

No quiero decir que Dios, aunque sea sumo su poder, haga un milagro, y se alcen a mis conjuros los que descansan en paz; pero, señor, yo pregunto, ¿quién da fe de que haya muerto don Pablo? Un parte confuso..., la declaración verbal de un amigo infiel, perjuro...

ISABEL.

Y otros ciento que en el campo le vieron yerto, insepulto; y los facciosos también le contaron en el número de los muertos. Si él viviera no podría estar oculto su destino tantos días. ¡Nunca se verán enjutos mis ojos! ¡No hay esperanza!

ELÍAS.

Pues yo la tengo y la fundo en razones poderosas. ¡Oh! ¡Cómo de esos renuncios se cometen en los partes! ¿No ha afirmado más de uno la muerte del _Serrador_, de _Cabrera_ y otros tunos, que han multiplicado luego muertes, incendios y estupros? Bien pudo caer don Pablo herido en el campo y pudo salvarse después... En fin, aunque parezca un absurdo, yo creo... yo tengo datos...

ISABEL.

¡Ah! ¿Cuáles son?

ELÍAS.

Dios es justo...

ISABEL.

¡Insensata! ¿Cómo puedo esperar...?

ELÍAS.

Si de su puño enseñase yo una carta...

ISABEL.

Basta, basta. Yo no sufro que usted se burle de mí tan cruelmente.

ELÍAS.

No me burlo. Vive don Pablo.

ISABEL.

¡Oh Dios mío! ¿Será posible?

ELÍAS.

Lo juro.

ISABEL.

¿Dónde...?

ELÍAS.

Baje usted la voz. Si no temiera que un susto repentino...

ISABEL.

No; mi gozo... Venga esa carta...

ELÍAS.

Presumo que usted daría más crédito a un testigo... y me aventuro a presentarlo...

ISABEL.

¿A quién? ¡Cómo...!

ELÍAS.

Usted le conoce mucho.

ISABEL.

Yo... ¿Dónde está?

(_Junto a la puerta del foro, que había entreabierto don Pablo_).

ELÍAS.

Salga usted. El momento es oportuno.

ESCENA V.

DON PABLO, ISABEL, DON ELÍAS.

PABLO.

¡Isabel!

ISABEL.

¡Ah!... ¡Pablo mío!

(_Al verle grita y retrocede asustada, y después de un instante de silencio le abraza con la mayor ternura_).

¿Es posible que te ven mis ojos? ¡Pablo! ¿Tú vives? Mi alma se anega en placer. ¡Dios de bondad! Si es delirio, muera yo dichosa en él. Mas no; mis brazos amantes le están estrechando. ¡Él es!

(_Avergonzada se desprende de los brazos de don Pablo, y baja los ojos_).

(¿Qué estoy diciendo, insensata? ¡Oh rubor...!) Perdone usted...

ELÍAS.

(_Observando a la puerta_). Ya han retirado los postres y las copas de Jerez.

PABLO.

Isabel, ese cariño que en el alma grabaré viene a endulzar la amargura de un desengaño cruel.

ISABEL.

Dios sabe con qué aflicción tu muerte, Pablo, lloré...

ELÍAS.

Ya recogen la vajilla. Ya levantan el mantel.

PABLO.

Aunque por muerto me dieron, de mis heridas sané. Otra me han hecho en el alma. Yo la curaré también.

ISABEL.

¡Pablo!...

PABLO.

¡Hermana de mi vida!

ISABEL.

(¡Hermana!... ¡Ay de mí!)

PABLO.

Isabel, tú sola sabes que vivo. Otros lo sabrán después. ¿Querrás por breves instantes guardarme el secreto fiel?

ISABEL.

Lo guardaré; mas ¿qué intento...?

ELÍAS.

Ya están tomando café.

PABLO.

A ese contrato nupcial presente quiero que estés.

ISABEL.

¡Tú lo exiges!

PABLO.

Y no importa que les des el parabién. Yo se lo doy desde luego; y ya jamás fiaré ni en lisonjeros amigos ni en palabras de mujer.

ISABEL.

(¡Qué oigo!)

PABLO.

¡En la tumba se aprende mucho!

ELÍAS.

¡Que ya están en pie!

PABLO.

Adiós... Yo seré más cauto por si me muero otra vez.

(_Se entra en el cuarto del foro, cerrando las vidrieras_).

ESCENA VI.

ISABEL, DON ELÍAS.

ELÍAS.

¡Confidente y centinela de mi rival! ¡Por usted, solo por usted haría tan subalterno papel; papel que entrará en el fárrago de deuda sin interés!

ISABEL.

(_Sin oírle_). ¡No me ama! ¡Infeliz de mí! Mas al fin no le veré en los brazos de Jacinta. Y si otra me roba el bien que el alma anhela... ¡No importa! ¡Perezca yo, y viva él!

ESCENA VII.

LOS PRECEDENTES, DON FROILÁN, JACINTA, DON MATÍAS, DON ANTONIO, DON LUPERCIO, DAMAS, CABALLEROS. (_Toman todos asiento en varios grupos. Don Matías, Jacinta con otras damas y caballeros a un lado; don Lupercio con los demás convidados a otro; don Antonio junto a don Froilán; don Elías e Isabel a un extremo_).

MATÍAS.

Adentro. Sin ceremonia.

JACINTA.

Tomen ustedes asiento.

LUPERCIO.

¡Oh, que está aquí don Elías!

ELÍAS.

Buenas noches, don Lupercio.

MATÍAS.

¿Cuándo viene ese notario? que en verdad, ya me impaciento esperándole.

JACINTA.

Ya poco puede tardar.

MATÍAS.

Mira: luego que se firmen los contratos conyugales, bailaremos.

UNA SEÑORA.

Sí, sí; un poquito de baile.

UN CABALLERO.

Y será el día completo.

FROILÁN.

(_Aparte con don Antonio_). Esa boda se va a hacer bajo auspicios muy funestos, don Antonio.

ANTONIO.

¿Qué se yo?... Se quieren y están contentos...

JACINTA.

(_Aparte con don Matías_). Por fin ya nos favorece mi hermana. ¡Pero qué gesto! Y es un insulto el entrarse aquí con vestido negro.

MATÍAS.

Como es tan sentimental, no me admiro...

JACINTA.

Pues yo creo que tiene más de envidiosa que de santa.

MATÍAS.

Y aun por eso, a falta de otro galán, se resigna a los obsequios del buen don Elías.

JACINTA.

Siempre tuvo ruines pensamientos.

UNA DAMA.

(_En voz baja_). ¿Qué dote lleva la novia?

LUPERCIO.

No es gran cosa. Seis mil pesos.

ISABEL.

(_Aparte con don Elías_). ¿Cuáles serán los designios de don Pablo?

ELÍAS.

Es un secreto, señorita; y como yo de económico me precio, quiero ahorrar las conjeturas, pues al fin he de saberlo.

FROILÁN.

(_Aparte con don Antonio_). Es un cargo de conciencia; sí señor; y yo no debo autorizar...

ANTONIO.

¡Bobería! Los que se casan son ellos, no usted.

FROILÁN.

¡Casamiento horrible!

ANTONIO.

Peor sería no hacerlo.

FROILÁN.

¡Don Pablo amaba a Jacinta!

ANTONIO.

Sí señor...; pero se ha muerto.

FROILÁN.

Don Matías fue su amigo.

ANTONIO.

Ya; pero no es su heredero.

FROILÁN.

¡Yo lo soy a mi pesar!

ANTONIO.

¡Cómo ha de ser! Ya lo veo.

FROILÁN.

Mis lágrimas...

ANTONIO.

Yo también las vertería... a ese precio.

MATÍAS.

Ya está aquí el notario. ¡Viva!

ESCENA VIII.

LOS PRECEDENTES, EL NOTARIO.

NOTARIO.

Buenas noches, caballeros.

UNA SEÑORA.

(_Aparte a don Lupercio_). Ese curial incivil no saluda al bello sexo.

MATÍAS.

Vamos; ¿vienen ya extendidos los contratos?

NOTARIO.

Sí por cierto. No falta más que firmar; los contrayentes primero y los testigos después en sus respectivos huecos.

FROILÁN.

(_A don Antonio bajo_): Ese hombre, que para mí es una especie de cuervo, despierta en mi corazón atroces remordimientos.

NOTARIO.

Si ustedes me lo permiten, calo las gafas y leo...

MATÍAS.

¡No, por Dios! ¿A qué cansarnos con este eterno proceso?

NOTARIO.

No tal. Yo soy muy lacónico. Tendrá veintisiete pliegos...

MATÍAS.

¡Misericordia...! ¡Una pluma! (_Llega a la mesa y la toma_). ¿Da usted fe de que en efecto me caso con la que adora mi corazón?

NOTARIO.

Por supuesto. Con doña Jacinta...

MATÍAS.

Basta. Firmo como en un barbecho. (_Firma_).

Froilán.

(_Tapándose los ojos_). ¡Ah! ¡Qué horror! ¿Y sufro yo tan bárbaro sacrilegio?

ELÍAS.

(_A Isabel_). ¿Qué le ha dado a don Froilán? Suspira; se pone trémulo...

NOTARIO.

Ahora la novia.

JACINTA.

(_Se acerca a la mesa_). Volando, que mi gloria cifro en esto.

FROILÁN.

¡No puedo más!

(_Se levanta, y se acerca también a la mesa_).

JACINTA.

¿Dónde?

NOTARIO.

Aquí.

FROILÁN.

¡Detén en nombre del cielo esa mano temeraria! ¿Olvidas tus juramentos? ¿Menosprecias tu opinión? ¿No sabes que hay un infierno para los perjuros? ¡Ah...!

MATÍAS.

¿Qué dice ese majadero?

FROILÁN.

¿Vas a casarte con otro cuando la sangre del muerto está humeando? Aun escucho las campanas de su entierro...

JACINTA.

¡Eh! ¿Quieres dejarme en paz?

UN CABALLERO.

Ese hombre ha perdido el seso.

UNA DAMA. (_A don Antonio_). ¡Qué hipocresía!

ANTONIO.

¡La herencia!

ELÍAS.

(_A Isabel_). Cómo soy que me divierto.

MATÍAS.

Ea, firma, y no hagas caso de un fastidioso agorero.

JACINTA.

Sí; el corazón me lo manda... ¿Aquí...? (No sé por qué tiemblo. ¡Ánimo!) (_Firma_). Ya está.

FROILÁN.

¡Gran Dios! ¡Ella ha firmado! ¡Esto es hecho! ¡Ah! ¿Qué sería de ti, falsa mujer, si del centro de la tumba aquí se alzase don Pablo y con voz de trueno...?

MATÍAS.

¡Oiga...!

(_Todos los interlocutores a excepción de Isabel ríen estrepitosamente_).

LUPERCIO.

¡Donosa ocurrencia!

UNA DAMA.

¡Qué visionario!

UN CABALLERO.

¡Qué necio!

ANTONIO.

Se nos viene con sandeces del siglo décimo-tercio.

MATÍAS.

No hablaba usted de ese modo dos días ha.

FROILÁN.

Me arrepiento...

ELÍAS.

(_A Isabel_). Oportuno es el sermón. Parece que está de acuerdo con don Pablo. Mas ¿qué aguarda, que no sale del encierro?

FROILÁN.

Don Matías, no es la herencia la que ha obrado este portento. Mueve mi labio divina inspiración. Yo preveo...

MATÍAS.

¡Eh! Basta ya de simplezas, que estamos perdiendo el tiempo. Concluyamos... ¡Los testigos!

NOTARIO.

Don Antonio Mollinedo...

ANTONIO.

(_Va a la mesa y firma_). Servidor. Sea mil veces en buen hora.

NOTARIO.

Don Lupercio...

LUPERCIO.

Allá voy... (_Firmando_). Y con el alma y la vida lo celebro.

NOTARIO.

Don Elías Ruiz...

ELÍAS.

(_Va y firma_). Presente. Sea enhorabuena, y _laus Deo_.

NOTARIO.

Hemos concluido.

PABLO.

(_Dentro_). ¡No! ¡Falta un testigo!

(_Sorpresa general_).

MATÍAS.

¿Qué es eso?

JACINTA.

¿Qué voz...?

FROILÁN.

Por allí ha sonado...

MATÍAS.

¿Quién es el testigo?

(_Óyese una fuerte detonación en el cuarto del foro; ábrese la puerta y aparece don Pablo cubierto de pies a cabeza con un manto blanco. Un vivo resplandor rojizo alumbra el cuarto de donde sale_).

PABLO.

¡El muerto!

ESCENA IX.

LOS PRECEDENTES, DON PABLO.

(_Al aparecer don Pablo retrocede Jacinta aterrada; las demás señoras chillan, y una o dos se desmayan en brazos de los caballeros que las rodean; don Froilán se queda extático; don Elías suelta la carcajada, y hace notar a Isabel los gestos de los demás; don Matías calla, entre dudoso y amostazado; don Antonio y don Lupercio dan muestras de admiración, y el Notario se esconde detrás de la mesa_).

JACINTA.

¡Cielos!

NOTARIO.

¡Oh!

MATÍAS.

¡Don Pablo!

FROILÁN.

¡Es él!

ELÍAS.

¡Lindas figuras!

UNA DAMA.

¡Qué espanto!

FROILÁN.

¡Yo no lo dije por tanto!

JACINTA.

¡Aparta, sombra cruel!

UN CABALLERO.

Señora...

(_Abanicando a una que está desmayada_).

UNA DAMA.

(_Volviendo del desmayo_). ¡Qué horrible vista!

UN CABALLERO.

(Yo tengo más miedo que ella.)

ELÍAS.

(_Aparte a Isabel_). La tramoya ha estado bella. ¡Se ha portado el polvorista!

JACINTA.

(¡La imagen de mi conciencia veo en su rostro fatal!)

FROILÁN.

(Si es aparición, tal cual; si está vivo, ¡adiós la herencia!)

JACINTA.

Yo confieso mi locura, Pablo, y te pido perdón.

MATÍAS.

¡Locura!

JACINTA.

Ten compasión de una frágil criatura. A tus plantas...

(_Va a arrodillarse, y don Matías la detiene_).

MATÍAS.

¡Eso no, por vida de san Matías! ¿Tú a sus plantas? ¡No en mis días! Él ha muerto, y vivo yo. Y nos veremos las caras, pues ya se firmó el concierto, si quiere meterse el muerto en camisa de once varas. Ni él ha muerto; no hay tal cosa; que si difunto estuviera no alzara así como quiera la yerta y pesada losa. Yo no le disputo a Dios el poder de hacer milagros; mas los muertos están magros, y este abulta como dos. Le quisiste vivo, es cierto; y ahora a mí. ¡Norabuena! Eso no vale la pena de resucitar a un muerto. Si él ha muerto, ¿qué hace aquí? Vuelva al panteón profundo...; y si vive para el mundo, muerto sea para ti. En fin, que viva o que muera, tuyo no ha de ser jamás. Veremos quién puede más; él muerto, y yo... calavera.

PABLO.

No he muerto, gracias al cielo (_Soltando el manto y dando algunos pasos_), ni por una infiel y un loco quiero exponerme tampoco a dar la vida en un duelo. Que perdone este mal rato pido a la tertulia toda, pues mal sienta en una boda el funeral aparato; pero hombre de calidad, cuya muerte es tan sentida, justo es que vuelva a la vida con cierta solemnidad. Conozco que algún menguado en esta cómica escena más me quisiera alma en pena que muerto resucitado; pero si alguno desea ser pasto a la muerte avara, yo no: ya he visto su cara y me parece muy fea; y puesto que debo tanto al Sumo Hacedor, no es justo que por dar a nadie gusto me vuelva yo al camposanto.— Mis quejas no escucharán los amigos fementidos; no; porque a muertos y a idos... Conocido es el refrán. Que matan los desengaños dice la gente... No a mí, que como muerto los vi, no han de abreviarme los años.— Nada de rencor, Matías. Querer a una dama hermosa más que a un fiel amigo, es cosa que se ve todos los días. Siempre amor en tal pelea ha de triunfar; esto es cierto; y más si el amigo ha muerto y la dama pestañea. Yo la quise..., tú la quieres... Tuya debe ser la bella, pues yo he muerto para ella y tú por ella te mueres.— Ni a ti, Jacinta del alma, culparé. ¿Con qué derecho pidiera yo a tu despecho una tumba y una palma? Se olvida al galán más pulcro vivo, lozano, fornido, y ¿no ha de echarse en olvido al que yace en el sepulcro? El amor en nuestros días como el Fénix se renueva, que ya no hay almas a prueba de balas y pulmonías. Yo te creía más firme; mas si otro me reemplazó, la culpa me tengo yo. ¿Quién me mandaba morirme?

MATÍAS.

No haya duelo. ¿En qué lo fundo si no hay rival a mi amor? Mucho aplaudo el buen humor con que vuelves a este mundo.

JACINTA.

Pablo, la sorpresa..., el gozo... Pero... ya ves..., he jurado... (Después que ha resucitado me parece mejor mozo.)

PABLO.

Señoras, cese ya el susto, que si lo causo viviente, me moriré de repente estando sano y robusto.— ¿Y el notario fugitivo adónde fue?

NOTARIO.

(_Sacando la cabeza_). Me escondí...

PABLO.

Ea, salga usted de ahí a dar fe de que estoy vivo. Aquiete usted la conciencia, que, a fe del nombre que tengo, del purgatorio no vengo a tomarle residencia. ¡Don Lupercio! ¡Don Antonio! De ustedes muy servidor. Hasta ahora, aunque pecador, no me ha llevado el demonio.

ANTONIO.

Yo lloraba...

PABLO.

Sí, por cierto.

LUPERCIO.

Yo...

PABLO.

Como hablan las paredes, ya sé que me han hecho ustedes justicia... después de muerto. ¡No era tan feliz mi suerte cuando vivo...! ¿Conque soy un ángel ahora? Doy muchas gracias a la muerte. Ruego a ustedes, pues advierto que me va mejor así, que siempre que hablen de mí se figuren que estoy muerto.

ANTONIO.

(_Aparte a don Lupercio_). ¡Pullas, después que en mil puntos su elogio hicimos ayer! Ya no se puede tener caridad... ni con difuntos.

PABLO.

Don Froilán, siento en verdad decir a un amigo fiel que el consabido papel no es mi postrer voluntad.

FROILÁN.

Es acción muy baladí que perdonarse no puede el resucitar adrede para burlarse de mí.

(_Risa general_).

Señores, nada de risas, que es sobrada impertinencia despojarme de la herencia y quedarse con las misas.

ELÍAS.

Agorero cejijunto, justo es que a Dios satisfagan herederos que no pagan los créditos del difunto. Era insigne mala fe, riendo de mi abstinencia, comerse, amén de la herencia, lo que yo economicé. No era usted quien merecía tanta dicha, alma de Anás, Tartufo... No digo más...

MATÍAS.

¿Por qué...?

ELÍAS.

Por economía.

FROILÁN.

Por vida...

PABLO.