Chapter 1 of 6 · 3962 words · ~20 min read

Part 1

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* Las abreviaturas y los nombres de los personajes han sido expandidos para mayor facilidad de lectura.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

O LOCURA O SANTIDAD

O LOCURA O SANTIDAD,

DRAMA EN TRES ACTOS Y EN PROSA,

POR JOSÉ ECHEGARAY.

Estrenado en Madrid, en el Teatro Español, el 22 de enero de 1877.

MADRID: Imprenta de José M. Ducazcal. Plaza de Isabel II, núm. 6. — 1877.

Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en España y sus posesiones de Ultramar, ni en los países con los cuales haya celebrados o se celebren en adelante tratados internacionales de propiedad literaria.

El autor se reserva el derecho de traducción.

Los comisionados de la Galería Lírico-Dramática, titulada _El Teatro_, de DON ALONSO GULLÓN, son los exclusivamente encargados de conceder o negar el permiso de representación y del cobro de los derechos de propiedad.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

AL EMINENTE ACTOR

DON ANTONIO VICO.

Cumplo deber ineludible, ejerzo acto de justicia y procuro dar público testimonio de cuánto admiro su gran talento y su inagotable inspiración, dedicando a Usted esta obra que fue la elegida para su beneficio y en que a tal altura raya Usted.

Usted, que desde mi primer ensayo en _El libro talonario_, ha venido ganándome aplausos y triunfos; Usted, que ha sido sucesivamente sobre la escena: el don Carlos de Quirós de _La esposa del vengador_, el Banquero de aquel epílogo de _La última noche_, el Fernando de _En el puño de la espada_, el Pablo de _Cómo empieza y cómo acaba_ y el Lorenzo de _O locura o santidad_, bien merece, y es harto humilde recompensa, ya lo conozco, a cambio de tantos y tantos arranques sublimes, de tantos y tantos gritos desgarradores, de tantas maravillas de expresión, esta muestra de mi gratitud, de mi admiración y de mi amistad.

_Echegaray._

PERSONAJES. ACTORES.

DON LORENZO DE AVENDAÑO[1] SEÑOR VICO (DON ANTONIO). ÁNGELA SEÑORA MARÍN. INÉS SEÑORITA CONTRERAS. LA DUQUESA DE ALMONTE SEÑORA FENOQUIO. EDUARDO SEÑOR CALVO. JUANA SEÑORITA BOLDÚN. DON TOMÁS SEÑOR OLTRA. EL DOCTOR BERMÚDEZ SEÑOR BENAVIDES. BRAULIO SEÑOR RIQUELME. BENITO SEÑOR ROMEA. UN CRIADO SEÑOR CASTRO.

La escena, en Madrid, en casa de Don Lorenzo. — Época moderna.

[1] Por enfermedad del señor Vico se encargó a la quinta representación del papel de don Lorenzo el SEÑOR CEPILLO.

ACTO PRIMERO.

La escena representa el despacho de don Lorenzo: forma octógona. — A la izquierda del espectador, y en primer término, una chimenea encendida: encima un gran espejo de marco negro: en segundo término, una puerta. — A la derecha, en primer término, otra puerta; en segundo término, una ventana. — En el fondo, la puerta principal. — En los dos chaflanes o lados oblicuos del octógono, grandes estantes con libros. — A la izquierda, una mesa de despacho con pupitre y sillón. — A la derecha, un sofá. — Sobre algunas sillas, sobre la mesa, en las repisas de los estantes y en las paredes, libros y objetos artísticos en confusión, pero sin que aparezca recargado el conjunto. — El adorno, elegante y rico, pero de gusto muy severo: cortinajes y muebles oscuros. — Es día de invierno: la luz muy escasa.

ESCENA PRIMERA.

DON LORENZO.

Sentado a la mesa y leyendo atentamente.

DON LORENZO.

«Las misericordias, respondió don Quijote, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad con mi muerte». (_Suspende la lectura y queda pensativo largo rato_). ¡Locura luchar sin tregua ni reposo por la justicia en esta revuelta batalla de la vida, como luchaba en el mundo de sus imaginaciones el héroe inmortal del inmortal Cervantes! ¡Locura amar con amor infinito, y sin alcanzarla jamás, la divina belleza, como él amaba a la Dulcinea de sus apasionados deseos! ¡Locura ir con el alma tras lo ideal por el áspero y prosaico camino de las realidades humanas, que es tanto como correr tras una estrella del cielo por entre peñascales y abrojos! Locura es, según afirman los doctores; mas tan inofensiva, y, por lo visto, tan poco contagiosa, que para atajarla no hemos menester otro Quijote. (_Pausa. Después se levanta, viene al centro del escenario, y de nuevo se queda pensativo_).

ESCENA II.

DON LORENZO, DOÑA ÁNGELA, DON TOMÁS.

Los dos últimos se detienen en la puerta de la derecha, primer término, y desde allí, medio ocultos por el cortinaje, observan a don Lorenzo. Este en el centro y volviéndoles la espalda.

ÁNGELA.

¿Le ve usted? Como siempre; leyendo y pensando.

DON TOMÁS.

Ángela, su esposo de usted es todo un sabio; pero no abusemos de la sabiduría. Si la cuerda, cuanto más tensa, da sonidos más agudos, también con mayor facilidad se rompe; y al romperse, a la divina nota, sucede un eterno silencio. Mientras el cerebro se agita en sublimes espasmos, la locura acecha: no lo olvide usted. (_Pausa_).

DON LORENZO.

¡Extraño libro, libro sublime! ¡Cuántos problemas puso Cervantes en ti, quizá sin saberlo! ¿Loco tu héroe? Loco, sí: loco. (_Pausa_). El que no oyera más que la voz del deber al marchar por la vida; el que en cada instante, dominando sus pasiones, acallando sus afectos, sin más norte que la justicia ni más forma que la verdad, a la verdad y la justicia acomodase todos sus actos, y con sacrílega ambición quisiera ser perfecto como el Dios de los cielos..., ese, ¡qué ser tan extraño sería en toda sociedad humana! ¡Qué nuevo don Quijote entre tanto y tanto Sancho! Y al tener que condenar en uno el interés, la vanidad en otro, la dicha de aquel, los desordenados apetitos de este, las flaquezas de todos, ¡cómo su propia familia, a la manera del ama y la sobrina del andante caballero; cómo sus propios amigos, de igual suerte que el cura y el barbero y Sansón Carrasco; cómo jayanes y doncellas, y duques y venteros, y moros y cristianos a una voz le declararan loco, y por loco él mismo se tuviera, o al morir lo fingiría, porque le dejasen al menos morir en calma!

DON TOMÁS.

(_Acercándose a don Lorenzo y poniéndole una mano en el hombro. Doña Ángela se acerca también_). Lorenzo.

DON LORENZO.

(_Volviéndose_). Tomás... Ángela... ¿Estabais ahí?

DON TOMÁS.

Sí, escuchábamos a medias tu filosófico monólogo. ¿Y a cuenta de qué son esos sublimes desahogos de mi buen amigo?

DON LORENZO.

Lecturas del don Quijote, que se me suben a la cabeza y allá se mezclan con otras modernas filosofías, que andan vagando, como diría mi empedernido doctor, por las celdillas de la sustancia gris.

DON TOMÁS.

Como diría todo el que quisiera decir algo puesto en razón.

ÁNGELA.

¡Qué espanto! ¿Van ustedes a empezar una de esas interminables disputas sobre el positivismo y el idealismo y todos los demás _ismos_ del diccionario, que son otros tantos abismos del sentido común?

DON TOMÁS.

No se alarme usted, Ángela, que algo más interesante tengo que decir a Lorenzo.

DON LORENZO.

Y algo más urgente tengo yo también que preguntarte. (_A Tomás_).

ÁNGELA.

Ya lo creo: más interesante y más urgente que los disparates y embelecos de que se llenan ustedes la cabeza, es la salud de nuestra niña.

DON LORENZO.

¿Cómo encuentras hoy a la hija de mi vida? (_Con afán_).

ÁNGELA.

¿Cómo está Inés? (_Pausa_).

DON LORENZO.

¡Vamos!... ¡Responde!... ¡No nos tengas en esta ansiedad! (_Nueva pausa. Don Tomás mueve la cabeza con aire de disgusto_).

ÁNGELA.

¡Don Tomás, por Dios! ¿Peligra acaso?

DON LORENZO.

¡Qué dices, mujer! No pronuncies esa palabra.

DON TOMÁS.

Alto, alto. ¡Qué de prisa van ustedes! Es cosa grave, no lo niego.

DON LORENZO.

¡Qué dices!

ÁNGELA.

¡Qué dice usted!

DON LORENZO.

¿Cuál es su enfermedad? ¿Qué nombre tiene?

ÁNGELA.

¿Cómo se cura? Porque debe curarse de algún modo. Es preciso, Tomás, es preciso que usted salve a mi hija.

DON TOMÁS.

¿Cuál es su enfermedad? Una de las que causan más estragos entre los vivientes. ¿Qué nombre tiene? Amor, le llaman los poetas: nosotros los médicos le damos otro nombre. ¿Cómo se cura? Hoy por hoy con el cura; y es tan probado específico, que al mes de haberlo usado ni memoria queda en ambos cónyuges de la fatal dolencia.

ÁNGELA.

¡Qué bromas tiene usted, don Tomás! Me ha dejado usted sin gota de sangre en las venas.

DON TOMÁS.

Ello es que hablando seriamente, y dadas las condiciones de esa niña, su temperamento nervioso, su sensibilidad extrema y ese su romántico amor, la dolencia es grave; y si no se busca pronto remedio en la dulce calma de la vida conyugal, Ángela, amigo mío, me duele decirlo, pero el deber me lo ordena, no cuenten con Inesita. (_Con seriedad_).

DON LORENZO.

¡Tomás!

ÁNGELA.

¿Usted cree?...

DON TOMÁS.

Creo que Inés ha heredado la imaginación exaltada y fantástica de su padre; que hoy la fiebre del amor circula por todas sus venas en olas de fuego. Y si no la casan ustedes, y muy pronto, con Eduardo; si ella llega a comprender que sus esperanzas no han de realizarse, los delirios de su fantasía y las violencias de su pasión, aunque no sé en qué forma, sé por desdicha que han de herirla de muerte.

DON LORENZO.

¡Dios mío!

ÁNGELA.

¡Hija mía!

DON TOMÁS.

Ya saben ustedes mi opinión: opinión expuesta sin rodeos ni ambages, cual lo exige lo urgente del caso, y con la lealtad a que me obligan el cariño que nos une y el que profeso a esa inocente niña.

ÁNGELA.

(_A Lorenzo con tono resuelto_). Tú lo has oído: es preciso que Inesita y Eduardo se casen.

DON LORENZO.

Bien lo quisiera, Ángela. Eduardo es bueno, es inteligente, quiere a nuestra hija con delirio; pero...

ÁNGELA.

Pero ¿qué? ¿Que no somos nobles y que la madre de Eduardo, la duquesa viuda de Almonte, se opone a esta unión? Y ¿qué importa si él quiere, y no es ella la que ha de casarse?

DON LORENZO.

Ángela, piénsalo bien; ¡dar pábulo nosotros a la rebeldía del hijo contra la madre!...

ÁNGELA.

Piénsalo bien, Lorenzo; ¡sacrificar nuestra hija a las vanidades de esa mujer!

DON LORENZO.

Lamentar vanidades y desdichas, cosa fácil me parece: buscar remedio al daño es lo que importa.

ÁNGELA.

¿Por qué no hablar a la duquesa? Dicen que, aparte de sus preocupaciones aristocráticas, es buena mujer, y que con delirio quiere a su Eduardo. Vas allá y le suplicas y le ruegas...

DON LORENZO.

¡Yo suplicar! ¡Yo rogar! ¡Humillarme yo! No soy yo ciertamente quien ha de ir a pedirle su hijo: ella es la que debe venir a mi casa a pedirme la mano de Inés. Las conveniencias sociales, el respeto a la mujer, mi propio decoro así lo exigen.

ÁNGELA.

Aquí tiene usted al filósofo, al sabio, al hombre perfecto, rebosando vanidad y orgullo. (_Dirigiéndose a don Tomás, que se habrá acercado a la mesa y estará hojeando libros_).

DON LORENZO.

Ángela, eres injusta: no es orgullo, es dignidad. Dignidad, sí; porque no es decoroso que mendiguemos para la frente de Inés, que en sí lleva la mejor corona, la corona ducal que desdeñosa nos niega otra familia; no es decoroso, repito, que vayamos de puerta en puerta, y menos si en sus dinteles hay labrados blasones, tendiendo la mano para que nos hagan la limosna de un nombre, cuando Inés tiene el mío, tan bueno, por limpio y por honrado, como otro cualquiera que lo sea mucho.

DON TOMÁS.

Lorenzo tiene razón; pero usted, Ángela, también la tiene.

ÁNGELA.

Pues bien, no vayas tú; conserva incólume tu dignidad de sabio y de filósofo. Yo, que no soy más que una pobre madre, yo iré. A mí no me causa sonrojo ir de puerta en puerta mendigando, no coronas ni blasones, sino la felicidad y la vida de mi hija.

DON LORENZO.

Ni a mí tampoco, Ángela: tienes razón. Diga el mundo lo que quiera, piense lo que pensare la duquesa, iré. ¿No es verdad que debo ir? Tú que tienes un criterio recto y severo, y que juzgas de las cosas a sangre fría, dime tu opinión con franqueza. (_A Tomás_).

ÁNGELA.

¡Ah! ¡Qué hombre! ¡Pues no está discutiendo si debe o no debe ir! Estas cosas, señor filósofo y señor marido, se resuelven con el corazón, no con la cabeza. Mucho es que no empezaste a revolver librotes, buscando en ellos la solución del problema. A maravilla tengo que no estés ya escudriñando si entre los filósofos alemanes, o entre los clásicos griegos, o en la ininteligible maraña de tus obras matemáticas, no hubo algún autor que tratase concretamente el caso peregrino del futuro casamiento de la señorita doña Inés de Avendaño con don Eduardo de Almeida, duque de Almonte; y cuenta que si por _a_ más _b_, te demostrase alguno de tus predilectos sabios la inconveniencia del casamiento, por _a_ más _b_ dejarías morir a la pobre hija de mi alma.

DON LORENZO.

No te burles de mí, Ángela. Tú sabes que adoro a Inés.

ESCENA III.

DON LORENZO, ÁNGELA, DON TOMÁS, INÉS.

Esta última entra por la derecha, primer término, al pronunciar don Lorenzo las últimas palabras y se detiene al oír su nombre.

DON LORENZO.

¡Que es por su vida! ¡Que es por su felicidad! No: por secar una lágrima suya, diera yo todas las de mis ojos: por una hora de ventura para mi Inés, trocara yo contento en horas de martirio todas las que me restan de existencia. (_Inés sin que la vean todavía, tiende sus brazos hacia su padre con expresión de cariño y agradecimiento y le manda un apasionado beso_). Vaya, no hablemos más del asunto. Iré hoy mismo a ver a la duquesa: rogaré, suplicaré, me humillaré si es preciso, y cederá. ¿No ha de ceder? (_Movimiento de alegría en Inés; Ángela se acerca y coge de la mano a su esposo con efusión_). No tengo títulos de nobleza, pero tengo un nombre que si por el trabajo y el estudio no he podido hacer ilustre...

DON TOMÁS.

Ilustre, sí, mi buen Lorenzo.

DON LORENZO.

Ilustre, no, pero sí respetable. Y tengo además muchos millones, que heredé de los míos y que cederé a Eduardo y a la duquesa, para que doren de nuevo sus soberbias coronas un tanto deterioradas por el tiempo. Conque ya lo sabes: (_A Ángela_) se casará Inés, y será feliz, y su felicidad será la nuestra.

ÁNGELA.

Y la tuya, la de todos nosotros que viviremos mirándonos en ti. ¡En ti, Lorenzo mío, que cuando no te embrutece la ciencia, eres el más amante, el más bondadoso y el mejor de los hombres!

INÉS.

¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío! (_Desfalleciendo y apoyándose en la puerta para no caer_).

ÁNGELA.

¡Inés, hija mía! (_Corriendo a sostenerla_).

DON LORENZO.

¡Inés, Inés!... ¿Qué tienes? (_Lo mismo_).

DON TOMÁS.

Vamos, niña, ¿qué mimos son esos? (_Acercándose a ella_).

INÉS.

(_Acercándose al sofá de la derecha y sentándose en él. Todos los demás la rodean con solicitud_). Nada, no es nada..., es... que quiero llorar..., y tengo tanta alegría, que no puedo... Es que quiero reír... y siento que acuden lágrimas a mis ojos... ¡Es que te quiero mucho..., mucho..., mucho, padre mío! (_Abrazándole y haciéndole mimos_). ¡Qué bueno eres!... ¡Qué bueno te hizo Dios!... Soy feliz..., feliz..., muy feliz. (_Rompe a llorar en los brazos de su madre_).

ÁNGELA.

Así, hija mía: llora, llora; desahógate. ¿Ves qué bueno es tu padre? Quiérele mucho.

INÉS.

Con toda mi alma... ¿Y cuándo vas a ir? ¿Hoy mismo, verdad?

DON TOMÁS.

¡Ah, egoistilla! ¿Conque queremos mucho a papá cuando hace lo que nos agrada? Y si no fuese a casa de la duquesa ¿le querríamos tanto..., tanto..., tanto como ahora? (_Burlándose de sus protestas de cariño_).

INÉS.

Lo mismo.

DON TOMÁS.

¿Conque lo mismo? (_En tono de duda_).

INÉS.

De veras; pero estaría tan triste que no se me ocurriría decírselo. (_Con cierta malicia_).

DON TOMÁS.

Ya.

INÉS.

Antes algo me oprimía el pecho y me apretaba la garganta. Ahora, sin esfuerzo alguno..., así..., espontáneamente, a la par que corren dulces lágrimas de felicidad, brotan palabras de cariño. Antes... solo hubiera podido decirte: ¡qué desdichada soy, padre mío!... Ahora ya no pienso en mí, pienso en él, y de corazón me sube a los labios este grito de amor: ¡cuánto te quiero! (_De nuevo abraza a su padre_).

DON LORENZO.

¡Inés, hija mía!

INÉS.

Y a ti también, madre..., a ti también. (_Abrazando a su madre. Don Lorenzo y don Tomás se separan del sofá en que quedan Ángela e Inés, y vienen al centro_).

DON TOMÁS.

¡Pobre filósofo! Mira, ninguna de las dos ha leído una sola página de todos esos libros, y saben más que tú. Te crees fuerte, y en sus manos eres cera blandísima: te crees sabio, y en sus brazos eres un inocente, por no decir que un tonto. Te crees justo e incorruptible, y la voluntad de esas dos mujeres te llevaría a todas las injusticias y a todas las flaquezas.

DON LORENZO.

No, Tomás; cuando la idea del bien me sostiene, mi voluntad es de hierro.

DON TOMÁS.

No digo «Lo veremos», porque son dos ángeles; pero ¡ay, si no lo fuesen! Déjame parodiar al gran poeta y decir en romance: «¡Tentación, llevas nombre de mujer!».

DON LORENZO.

«¡Palabras, palabras y palabras!» había dicho antes sin duda en previsión de que tú le parodiases. (_Con cierta exaltación_).

DON TOMÁS.

¡Ya te subes al trípode!

INÉS.

No incomode usted a papá.

DON LORENZO.

No me incomodan, hija mía, las extravagancias de este doctor.

DON TOMÁS.

Conque quedamos en que por cariño, por amistad, por amor, por esas que tú llamas atracciones misteriosas de un alma sobre otra alma se puede y se debe llegar...

DON LORENZO.

Hasta el sacrificio, sí; jamás hasta la culpa.

DON TOMÁS.

¡Bonita máxima para un libro de moral!

DON LORENZO.

Y aún mejor para una conciencia.

DON TOMÁS.

¿Y no habrá casos en que para evitar males mayores tenga que transigir esa catoniana conciencia con uno tan pequeño, tan pequeño, que no llegue a ser ni grano de arena?

DON LORENZO.

Al echarlo sobre sí, bien pronto pesaría como montaña de granito.

DON TOMÁS.

¿A la montaña te subes, no bastándote el trípode?

INÉS.

Vamos, don Tomás... Que no le diga usted esas cosas a papá.

DON TOMÁS.

En resumen: guerra a muerte al mal, bajo todas sus formas y disfraces. ¿No es cierto?

DON LORENZO.

Tú lo has dicho.

DON TOMÁS.

Pues aplicación inmediata de tu teoría. Y en verdad que lo había olvidado y es toda una novela. Escúchame atento: oigan ustedes.

DON LORENZO.

¿Qué es ello? (_Ángela e Inés se acercan a don Tomás_).

DON TOMÁS.

Rogome esta mañana una mujer que en su nombre te trajera...

DON LORENZO.

¿Qué?

DON TOMÁS.

Un beso.

ÁNGELA.

¡Para él!

DON LORENZO.

¡Para mí!

DON TOMÁS.

Sí; pero no se alarme usted. (_A Ángela_). Es el beso de una anciana, y en lágrimas viene empapado: es la última y dolorosa contracción de unos labios moribundos: es el postrer adiós de un ser que dentro de breves horas no existirá.

DON LORENZO.

No adivino...

DON TOMÁS.

Ella..., esa pobre mujer me hizo llamar esta mañana: subí a la buhardilla en que muere: me dijo su nombre, que a no decírmelo, jamás la hubiera conocido; y jurándome que fue inocente, rogome, sin embargo, que intercediera contigo para que la perdonases.

DON LORENZO.

Estás hablando un lenguaje del cual ni una sola palabra comprendo.

DON TOMÁS.

¿Recuerdas la muerte de tu madre?

DON LORENZO.

¡Qué pregunta, Tomás! No conocí a mi padre, murió cuando yo era muy niño; pero mi madre... ¡Ah, madre mía! (_Conmovido_).

DON TOMÁS.

¿Recuerdas que al sentirse de improviso herida de muerte, quiso hablarte y no pudo, y que entonces, arrancándose convulsivamente del cuello un rico medallón de que jamás se desprendía, lo puso en tus manos fijando en ti con suprema angustia sus ojos velados ya por la eterna sombra?

DON LORENZO.

Bien lo recuerdo. Sigue..., sigue...

DON TOMÁS.

¿Recuerdas, por fin, que al morir tu madre y al perder tú el sentido, desapareció el medallón, y que fue acusada de robo?...

DON LORENZO.

¡Ella!... ¿Es ella?... ¡Juana, mi nodriza!... ¡Mi pobre Juana!

DON TOMÁS.

Juana es la que a dos pasos de aquí agoniza en una miserable buhardilla: Juana, la que en el triste beso que te traigo, implora tu perdón.

DON LORENZO.

¡Juana!... ¡Mi segunda madre!... ¡La que durante veinticinco años fue, para mí, madre verdadera! Pero ¿qué hablabas de perdón? ¿Qué de transigir con el mal? Ni perdonar es transigir, ni de mi perdón ha menester la pobre anciana. ¡Ella..., ella ser capaz!... ¡Imposible!

DON TOMÁS.

No tan imposible. Cuando la doncella que guardaba las joyas de tu madre dio parte al juez de la pérdida del magnífico medallón de brillantes, y se hicieron las primeras investigaciones, Juana negó tenerlo; y, sin embargo, averiguose que ella lo había arrancado de tus manos al perder tú el sentido, y dos días después fue sorprendida al dejar el medallón tras unos jarrones de porcelana. Redújosela a prisión, fue condenada, en cárcel infamante sufrió la pena de su delito, y solo tus influencias y tus eficacísimas recomendaciones pudieron devolverle, ya que no la honra perdida, la libertad al menos.

DON LORENZO.

(_Con exaltación_). Y bien, yo digo que Juana acusada, que Juana en el banquillo del reo, que Juana en infamante reclusión, es inocente, y que la justicia humana se equivoca.

DON TOMÁS.

Las apariencias...

DON LORENZO.

Engañan no pocas veces.

DON TOMÁS.

Y ¿cómo se explica?...

DON LORENZO.

Alguna explicación tendrá; algún misterio hay aquí que ignoramos.

DON TOMÁS.

(_A Ángela_). Ya se lanzó a caza de misterios, y en busca de explicaciones sobrenaturales para un hecho que, a mi modo de ver, tiene sencilla y natural explicación en la flaqueza humana.

DON LORENZO.

Pues yo sé que mi pobre nodriza era incapaz de acción tan baja. Yo la hubiera defendido, a no impedírmelo la enfermedad que sufrí a la muerte de mi madre; y cuando libre ya la pobre mujer, desapareció, lágrimas de verdadero dolor vertí por ella. Dios sabe si con afán la busqué por todas partes; Dios sabe si deseaba que viniese a mí..., y ella..., cruel..., ¿por qué no vino? No, Juana, mi buena Juana, no morirás sin que yo te estreche en mis brazos, sin que te devuelva tu beso de despedida. (_Con agitación creciente. Toca un timbre, y sale un criado de librea_). ¡Hola! ¡El coche!... ¡Al momento, al momento! Voy a traerla a mi casa..., ahora mismo... ¿No es cierto, Ángela, que debo traerla? ¿No es cierto, Inés?

ÁNGELA.

En todo caso es una obra de caridad.

DON LORENZO.

¡Es una justísima reparación! (_Sale un momento por la puerta de la izquierda_).

DON TOMÁS.