Chapter 2 of 6 · 3997 words · ~20 min read

Part 2

¡Es lo más bueno..., pero lo más cándido! Y creerá como artículo de fe todo lo que esa pobre anciana le cuente. Y él mismo la ayudará a inventar cualquier historia extravagante. ¡Ay, Ángela! Tenemos que hacer un escrutinio en esa librería como aquel donoso y grande que hicieron el cura y el barbero en la del ingenioso hidalgo.

ÁNGELA.

¡Ah, si yo pudiera! (_Vuelve a entrar don Lorenzo en traje de calle_).

DON LORENZO.

Ea, en marcha: tú vienes conmigo para ayudarme a traerla. (_A Tomás_).

DON TOMÁS.

Siempre estoy a tus órdenes.

DON LORENZO.

Pero ¿crees que pueda venir?

DON TOMÁS.

Muere la infeliz de consunción, y lo mismo puede expirar allá en su buhardilla, que sobre los almohadones de tu coche, que al entrar en este, para ella encantado palacio. Posible es, sin embargo, que la reanime la alegría y que gane algunas horas de existencia.

DON LORENZO.

Pues vamos allá. Adiós, Ángela; adiós, Inés.

INÉS.

Adiós... Y luego..., ¿verás... a la duquesa?... (_Con mimo_).

DON LORENZO.

Sí, hija mía, iré más tarde. Tú puedes esperar, la pobre anciana no; ella es primero.

ÁNGELA.

¿Y casándose mi niña, usted me responde de que no corre ningún peligro? (_Aparte a don Tomás_).

DON TOMÁS.

Los del matrimonio, señora, que no son pocos. (_Tomás y Ángela salen por el fondo hablando en voz baja. Detrás don Lorenzo e Inés: esta le despide en la puerta_).

ESCENA IV.

INÉS.

Vuelve al centro del escenario, alegre como una niña, batiendo palmas.

INÉS.

¡Hoy mismo hablará a la duquesa! Me lo ha prometido, y él es muy formal; cumple siempre lo que promete. Pues claro, le hablará; ¡y mi padre habla tan bien! Vaya, como que es un sabio. La convencerá de seguro. Pues si un hombre como él no supiera convencer a esa señora de que yo debo casarme con Eduardo, ¿de qué le servía haber estudiado tanto? ¿Para qué tener tantos libros en francés, y en italiano, y en alemán, y hasta en griego? ¡Ciencia más inútil! Pero ca: de la duquesa hará él lo que quiera. Además, dicen todos que ella es una santa. ¡Pues no! Como que es la madre de Eduardo. Una santa: lo dicen todos. Pues si siendo santa no me deja casar con Eduardo, ¡buena santidad te dé Dios! ¿Para qué le sirve su santidad? Nada, nada: nos casaremos: digo que nos casaremos. (_Breve pausa_). ¡Si parece mentira; si parece un sueño! ¡No, Dios mío, si es un sueño, que no despierte jamás! Pero no es un sueño. Este es el despacho de mi padre. Esos son sus librotes. (_Acercándose a uno de los estantes_). Newton, Kant, Hegel, Humboldt, Shakespeare, Lagrange, Platón, Santo Tomás... Claro, si fuera un sueño, no me acordaría yo de todos esos nombres, ni ¿qué sé yo de tan ilustres señores? (_Mirando por el balcón_). Cuando repito que no es un sueño: allá fuera la lluvia que cae, y cae, y cae... ¡Qué cosa tan alegre es la lluvia! ¡Parece que el aire se convierte en barritas de cristal! Y allí en el espejo me veo yo. (_Se acerca al espejo con mimo y coquetería_). Yo soy, yo misma, bien me conozco. Yo con mi cara ovalada, que dice Eduardo que es ¡de un óvalo tan perfecto!... ¡Vea usted qué gusto tiene! Y con mis ojos pardos, que dice Eduardo ¡que son tan hermosos! No, para mentir diciendo cosas agradables no hay otro como él. Verdad es que en este momento con la alegría y con el calor de la chimenea brillan mis ojos de un modo... Yo quisiera ser muy bonita; más bonita todavía... para él..., para él, que no viene... ¡Cuánto tarda! Ahora que deseo yo que venga no ha de venir... Ya verá usted como no viene. ¡Ah, los hombres, qué egoístas son y qué malos!

ESCENA V.

INÉS, EDUARDO.

INÉS.

(_Saliendo a su encuentro_). ¡Eduardo..., Eduardo!

EDUARDO.

¡Inés de mi vida!

INÉS.

¡Vaya una hora de venir!

EDUARDO.

Siempre vengo a las dos. (_Con tono sumiso_).

INÉS.

Y son las tres.

EDUARDO.

¡Es posible! (_Mirando al reloj_). No, vida mía, las dos menos cuarto.

INÉS.

Las tres. (_Con autoridad_).

EDUARDO.

(_Enseñándole el reloj_). Las dos menos cuarto. ¿Te convences? (_Señalando el reloj de la chimenea_) Y en ese, la misma hora.

INÉS.

(_Ofendida_). Bueno, bueno; tú tienes razón. ¡Qué amante tan fino que me regatea los minutos; que a toda hora le parece temprano para venir, y a toda hora tarde para separarse de su Inés; que sujeta los latidos de su corazón al volante de su cronómetro!

EDUARDO.

(_Suplicante_). ¡Inés!...

INÉS.

Vete... Vete... Si no son las dos todavía..., si faltan quince minutos... Te vas a la Carrera de San Jerónimo: das un paseo mirando la gente: y a las _dos en punto_ vuelves.

EDUARDO.

Inés...

INÉS.

¡Si esa es la hora a que acostumbras venir! ¡Pues no faltaba más! ¿Qué diría el Observatorio astronómico si adelantases?

EDUARDO.

Por Dios, perdóname..., he hecho mal.

INÉS.

No, si quien ha obrado muy de ligero he sido yo. El deseo me adelantaba las horas... y tú, para castigarme, vas, y ¿qué haces? ¡Me pones delante de los ojos un cronómetro de Losada! (_Haciendo con la mano el ademán brusco del que mete, como vulgarmente se dice, un objeto por los ojos_). ¡Qué galán tan poético!

EDUARDO.

Confieso mi culpa, y me arrepiento, y te pido mil veces perdón.

INÉS.

Ya. ¿Lo confiesas? Más vale así.

EDUARDO.

Es que venía tan contento, tan contento, con tanta alegría en el alma que ni supe lo que dije, ni aun ahora mismo sé lo que digo.

INÉS.

Yo también fui injusta al acusarte, Eduardo; pero estaba tan alegre, tan alegre..., deseaba tanto que vinieses, que los instantes me parecían siglos.

EDUARDO.

Has de saber, alma mía...

INÉS.

(_Sin escucharle_). Tengo que darte una gran noticia.

EDUARDO.

(_Lo mismo_). Que al fin somos dichosos.

INÉS.

Ya lo creo: dichosos para toda la vida.

EDUARDO.

¡Si parece mentira!

INÉS.

Porque mi padre me ha prometido que hoy mismo, hoy mismo, ¿lo comprendes?... ¡Pero si no me escuchas!

EDUARDO.

(_Sin atenderla_). Porque mi madre...

INÉS.

¡Tu madre! ¿Qué?...

EDUARDO.

Vendrá dentro de media hora a tratar de nuestro casamiento.

INÉS.

¿Ella?... ¿La duquesa?

EDUARDO.

(_Con solemnidad cómica_). La señora duquesa de Almonte tendrá el honor de pedir a los señores de Avendaño esta blanca mano (_cogiendo la mano de Inés_) para su hijo don Eduardo; aunque Eduardito ya se apoderó de ella, ya la apretó contra su corazón, y no sería fácil que la soltase aunque no se la dieran.

INÉS.

¿Ella..., ella va a venir?... Bien decían todos. ¡Si esa mujer es una santa!

EDUARDO.

Esa mujer es mi madre: me quiere con todo su corazón, y esta mañana me abracé a ella llorando, y llorando en mis brazos, cedió a mi ruego. En mucho tiene los gloriosos hechos de sus antepasados; religioso culto rinde al honor y prefiriera mi muerte a mi enlace con quien en su nombre llevara la menor mancha; pero aprecia en lo que vale a don Lorenzo, sus glorias científicas, que glorias son también; su...

INÉS.

Bueno, bueno: basta ya de historias. De todo ello se deduce que vendrá hoy mismo, que nos casaremos muy pronto y que seremos muy felices, ¿no es verdad? Pues esto es lo que importa: es decir, lo que a mí más me importa: no sé si tú...

EDUARDO.

Ingrata, ¿dudas de mí?

INÉS.

No dudo; pero no es poca dicha que tu madre haya cedido, porque si no... Tú me quieres mucho, ya lo sé..., pero tu... A una madre se le debe respeto..., y si ella te hubiera dicho que no, como buen hijo que eres, ¿no es verdad, Eduardo?, no le hubieras dado un disgusto; y con mucho dolor de tu alma hubieras dejado a esta pobre Inés que te ama..., ¡ no lo oigas ingrato; que no lo oiga nadie!..., que te ama tanto, que sin ti..., ¡mira si es locuela!, se hubiera muerto de dolor.

EDUARDO.

¡Inés mía!

INÉS.

Conque ya ves si debo estar agradecida a tu madre; porque no es a ti, es a ella, a quien debo mi felicidad.

EDUARDO.

¡Cruel! ¿Sabes tú lo que yo hubiera hecho ante los obstáculos, lo sabes tú?

INÉS.

Sí; ceder, dejarme.

EDUARDO.

Eso nunca; por nada, por nadie.

INÉS.

Júramelo.

EDUARDO.

¡Te lo juro por lo más sagrado!

INÉS.

¡Cuánta dicha!

EDUARDO.

¡Qué felicidad!

ESCENA VI.

INÉS, EDUARDO, JUANA, DON LORENZO, DON TOMÁS.

Juana aparece en la puerta del fondo, sostenida por Lorenzo y Tomás: se detiene un instante para tomar aliento y después avanza. Viste traje de color oscuro y muy pobre.

EDUARDO.

(_Volviéndose_). ¡Qué grupo tan sombrío! ¿Por qué viene esa negra nube a empañar el azul de nuestro cielo?

INÉS.

Es Juana: la nodriza de mi padre: ya verás qué novela: luego te la contaré.

DON LORENZO.

Despacio, despacio, Juana.

JUANA.

¿Quién es aquella señorita?

DON LORENZO.

Inés, mi hija. Acércate, Inés. (_Inés se aproxima. Eduardo la sigue_).

JUANA.

¡Qué hermosa! ¡Un ángel me parece! Que al cerrar yo los ojos para siempre vea un ser como tú a mi lado y será que estoy en el cielo.

DON LORENZO.

Otro paso más.

DON TOMÁS.

Un esfuerzo todavía: el último. (_Llegan hasta el sofá y en él sientan a Juana, quedando todos a su alrededor_).

JUANA.

Quisiera darle un beso. (_Señalando a Inés. Inés se acerca aún más: Juana le coge una mano y la atrae a sí_). No..., tu mano abrasa y mi aliento hiela..., no he de besarte..., fuera mi beso el beso de la muerte. (_La separa dulcemente de sí y le suelta la mano_). Con el pensamiento te besaré..., con los labios no.

DON TOMÁS.

(_En voz baja a Inés y Eduardo_). Vámonos. La pobre mujer desea hablarle a solas. (_A Juana_). Hasta luego y buen ánimo: acabaron ya las penas.

JUANA.

Las de este mundo, sí.

INÉS.

¡Pobre mujer! (_Deteniéndose un momento para mirarla_).

EDUARDO.

Ven, Inés mía. (_Salen Tomás, Inés y Eduardo por la derecha_).

ESCENA VII.

DON LORENZO, JUANA.

JUANA.

¿Se fueron ya? (_Después de una pausa_).

DON LORENZO.

Sí, mi querida Juana; ya estamos solos.

JUANA.

Al fin..., al fin llegó este instante tan deseado. Todo llega..., pero todo pasa. Oye, Lorenzo; la vida se va..., se va muy aprisa y antes he de decirte muchas cosas. Lo primero, que soy inocente; que yo... no pensé..., que yo... no quise..., que yo... (_Acongojándose_).

DON LORENZO.

Lo sé, Juana..., lo sé.

JUANA.

No lo sabes. Todo está contra mí..., todo.

DON LORENZO.

Por Dios, no te agites: olvida, descansa.

JUANA.

¿Olvidar? Sí, pronto olvidaré. ¿Descansar? Me queda tanto tiempo para descansar, que hoy quiero vivir..., aunque sufra, aunque llore..., quiero llevarme a la fosa lágrimas y besos y sollozos... para llenar aquel silencio y aquella soledad con algo que recuerde la vida. (_Pausa_). Por eso quisiera decirte una cosa... Pero ¿cómo, sin prepararte?, ¿cómo, sin que antes de la revelación venga la duda, y antes de la duda la sospecha, y antes de la sospecha el presentimiento, y antes del presentimiento ese no sé qué, sombra que proyecta en el alma algo que allá a lo lejos viene?... Tú no me comprendes, ni yo sé explicarme, aunque hace cuarenta años que estoy siempre con la misma idea: mira tú si yo debía explicar bien estas cosas.

DON LORENZO.

Di lo que quieras; pero sin agitarte.

JUANA.

Sí; lo diré. ¿Cómo he de morir yo sin decírtelo? En primer lugar, para que te convenzas de que yo no fui una miserable... la... dro... na... (_Ocultándose el rostro_).

DON LORENZO.

Calla, calla... No pronuncies esa palabra.

JUANA.

Y además..., porque abrirte mi corazón es el último consuelo que me resta. Perdóname, Lorenzo. ¡Los que van a morir son tan egoístas! Para ti será dolor horrible... lo que para mí ha de ser suprema dicha.

DON LORENZO.

¿Cómo puede ser para mí dolor lo que es dicha para ti, mi buena Juana?

JUANA.

¿Cómo puede ser?... Pues lo será; lo será, hijo mío... ¡Hijo mío!... Permíteme que te dé este nombre. ¿No te enfadas, verdad?

DON LORENZO.

¡Por Dios, Juana!

JUANA.

Bueno... Pues yo te llamaré hijo... y tú me llamas madre... Llámame madre. Alégrese el cielo o regocíjese el infierno, has de llamarme madre.

DON LORENZO.

¡Madre mía!

JUANA.

No..., así no..., no es de ese modo. ¡Cruel! (_Arrojándose a Lorenzo para abrazarle, pero conteniéndose y cayendo en el sofá_). ¡Insensata!

DON LORENZO.

¡Pobre mujer! Delira.

ESCENA VIII.

JUANA, DON LORENZO, INÉS.

Inés entra corriendo y muy contenta por el fondo y se acerca a su padre. Viene agitada y apenas articula las palabras.

INÉS.

Padre..., Padre... La duquesa... viene..., viene... ¿no adivinas?

DON LORENZO.

¿Ella?

INÉS.

Sí... Para tratar de aquello... Eduardo ha vencido.

DON LORENZO.

¡Qué felicidad! ¡Inés mía!... Al fin quiso Dios...

INÉS.

¿Estás contento?

DON LORENZO.

¿Y tú? (_Abrazándola_).

INÉS.

Yo..., si tú lo estás... Conque vamos..., vamos pronto.

JUANA.

(_Cogiéndose a Lorenzo_). No..., no quiero que vayas; no has de dejarme.

DON LORENZO.

Voy al instante. (_A Inés_).

INÉS.

No tardes... Que no tardes... Si se ofende...

DON LORENZO.

No temas: que la reciba Ángela allá en el salón... con toda solemnidad. Llevaré a Juana a su cuarto y saldré en seguida. (_Sale Inés por el fondo_).

ESCENA IX.

JUANA, DON LORENZO.

DON LORENZO.

(_Queriendo llevarla, pero ella se resiste_). Vamos, Juana, ven a descansar; luego hablaremos cuanto quieras.

JUANA.

Luego no. ¿Y si muriese antes?

DON LORENZO.

No pienses tal cosa. (_Con impaciencia_).

JUANA.

Veinte años ha que no te veo, y ahora no me dejan estar contigo ni un solo instante. ¡Son muy crueles!

DON LORENZO.

Después, mi buena Juana. (_Queriendo levantarla_).

JUANA.

¿Y tú también quieres irte?... ¡Tú también! ¡Ah!, yo haré que te quedes conmigo.

DON LORENZO.

¡Juana!

JUANA.

Oye... esto no más; después vete, si quieres: yo, yo misma cogí el medallón.

DON LORENZO.

¿Tú?

JUANA.

Sí.

DON LORENZO.

¿Para qué?

JUANA.

Para que tú no lo vieses.

DON LORENZO.

Y ¿por qué?

JUANA.

Porque dentro había un papel, y en ese papel escritas por tu madre unas palabras, y esas palabras no quería yo que tú las leyeras.

DON LORENZO.

Y ¿qué palabras eran?

JUANA.

Estas: de memoria las sé: «Lorenzo, hijo mío; en el relicario que está a la cabecera de mi cama hay oculto, y en sobre cerrado, un pliego. Cuando yo muera, ábrelo, lee lo que en él, durante una noche de remordimiento, escribí, perdóname y que Dios te inspire».

DON LORENZO.

«¡Perdóname y que Dios te inspire!» ¿Decía? (_Con extrañeza_).

JUANA.

Sí.

DON LORENZO.

Y además, he oído no sé qué de remordimiento. (_Con creciente curiosidad_).

JUANA.

Remordimiento era la palabra. Ahora vete si quieres.

DON LORENZO.

(_Pensativo_). No. (_Pausa_). ¿Y ese pliego?

JUANA.

Que tu madre lo había escrito, no era un misterio para mí; dónde estaba oculto, he ahí lo que ignoraba. Que algo encerró en el medallón, bien me lo dijo mi tenaz vigilancia; y lo que el papel contenía bien lo adivinaron mis recelos. Por eso cogí el medallón. Era mi legítima presa: me había costado aquel secreto veinte años de lágrimas y de dolores que ni más amargas ni más intolerables se conciben.

DON LORENZO.

¡Perdón..., remordimiento..., un secreto..., mi madre!... No adivino lo que quieres decir... Sombras confusas pasan por mi mente..., y así como relámpagos de angustia por mi corazón. Tú deliras, y me haces delirar.

JUANA.

No.

DON LORENZO.

¿Pero aquel pliego oculto en el relicario?...

JUANA.

Fue mío, y tú no lo viste, porque no debías verlo. Como tu madre iba a morir, a ella ¿qué le importaba? Bien te lo dije: nada hay más egoísta que la muerte.

DON LORENZO.

¿Pero ese pliego?

JUANA.

Yo lo tengo.

DON LORENZO.

¿Aquí?

JUANA.

Aquí: (_Llevando la mano al pecho_) aquí: mira, es una hoja no más de papel, y sin embargo, ¡me pesa tanto sobre el corazón!

DON LORENZO.

Pues he de verlo.

ESCENA X.

JUANA, DON LORENZO, DON TOMÁS por el foro.

DON TOMÁS.

¡Lorenzo... Lorenzo!...

DON LORENZO.

¿Qué? (_En tono brusco e impaciente_). ¿Qué quieres?

DON TOMÁS.

Ha llegado la duquesa.

DON LORENZO.

Sea en buen hora.

DON TOMÁS.

(_Aparte_). ¡Qué tono! (_En voz alta_). Ven a recibirla.

DON LORENZO.

Ya iré.

JUANA.

¡No me dejes, por Dios! ¡Por la salvación de tu alma! (_En voz baja_). Si supieras...

DON TOMÁS.

¿Vienes?

DON LORENZO.

Sí..., pero..., pero no me hostigues... Digo que iré.

JUANA.

No te vayas... y te lo diré todo..., todo. Te daré ese pliego..., el que escribió tu madre hace veinte años..., es su letra..., es su firma..., tú verás..., pero no me dejes.

DON TOMÁS.

(_Cada vez más impaciente_). ¡Vamos, Lorenzo!

DON LORENZO.

Ya he dicho que iré..., iré luego... Yo sé cuándo debo ir. Ahora vete. (_Aparte a Juana_). Dame el pliego.

JUANA.

Cuando se marche ese hombre. (_Aparte a Lorenzo_).

DON LORENZO.

¡Vete! (_Con violencia_).

DON TOMÁS.

Pero la duquesa...

DON LORENZO.

Que espere. ¿No hace ella esperar a nadie en sus antesalas? Pues mejores que las suyas son las mías.

DON TOMÁS.

¿Estás en tu juicio?

DON LORENZO.

En el mío, sí; en el tuyo, no, que mal estuviera. Vete pronto.

DON TOMÁS.

¿Qué tienes, Lorenzo? (_Acercándose a él con interés_).

DON LORENZO.

Nada, nada..., cansancio de oírte... ¡Déjame por Dios santo!

DON TOMÁS.

Bueno..., bueno..., pero, Señor, ¿qué le pasa a este hombre?

ESCENA XI.

DON LORENZO, JUANA.

DON LORENZO.

¡Ya estamos solos!

JUANA.

¡Lorenzo!

DON LORENZO.

¡Qué! ¿Dudas? ¡Mira que te dejo!... ¡Prometiste darme ese papel! La ventura de mi hija me espera allí; y, sin embargo, una mano de hierro, la férrea mano de la implacable fatalidad, me tiene a tu lado. Considera, Juana, si estoy decidido a averiguar ese secreto.

JUANA.

¡Lorenzo!

DON LORENZO.

¡El papel!... ¡Pues que para mí lo escribió mi madre, es mío!

JUANA.

No te incomodes conmigo, Lorenzo de mi alma. Aquí está... Este es... (_Sacándolo del pecho_).

DON LORENZO.

Venga... (_Queriendo cogerlo_).

JUANA.

Espera..., espera..., yo misma he de leerlo..., leeré más despacio que tú..., y de este modo... lo que... aquí dice no se te entrará de un golpe por los ojos...

DON LORENZO.

Pues lee. ¡Vamos!

JUANA.

Sí, Lorenzo mío; pero no mires; oye no más. (_Colocándose de modo que Lorenzo no vea lo escrito en el papel_). «Lorenzo, hijo mío, perdóname». (_Leyendo_).

DON LORENZO.

¡Otra vez!

JUANA.

(_Sigue leyendo_). «Conozco que se acerca el fin de mi vida, y los remordimientos han hecho presa en mí». (_Pausa_).

DON LORENZO.

¡Sigue!

JUANA.

«Quisiera decirte la verdad, y te amo demasiado para decírtela. Lee en estos reglones que mancho con mis lágrimas el secreto de tu existencia, y hágase después tu voluntad».

DON LORENZO.

¡El secreto de mi existencia! ¡Dame! (_Queriendo coger el papel_).

JUANA.

No.

DON LORENZO.

¿Qué pesadilla es esta, Juana? ¿Qué círculo de hierro has puesto sobre mi frente que con intolerable presión me oprime las sienes?... Dame...

JUANA.

¡No, por Dios!

DON LORENZO.

¡Ha de ser! (_Cogiendo el papel y leyendo con horrible angustia_). «Tu padre era rico, muy rico; por millones, por muchos millones se contaba su caudal; yo era pobre: no tuvimos hijos». ¡No tuvimos hijos, dice!

ESCENA XII.

DON LORENZO, JUANA, ÁNGELA, después EDUARDO.

ÁNGELA.

(_Entrando precipitadamente_). ¡La duquesa!...

DON LORENZO.

(_Da un grito de ira. Juana le arranca el papel y lo oculta_). ¡Otra vez! ¡Vete!... ¿A qué vienes?

ÁNGELA.

Lorenzo..., Lorenzo...

EDUARDO.

(_Entrando precipitadamente_). ¡Don Lorenzo!

DON LORENZO.

¿Tú también? ¡Idos!... ¡Idos todos!

ÁNGELA.

¿Qué es esto, Dios mío? ¿Qué es esto? ¿Qué tienes, Lorenzo? Vuelve en ti.

DON LORENZO.

Idos... Idos..., os lo suplico..., si es preciso de rodillas..., pero dejadme... ¡Ah! ¡El egoísmo humano!... ¡Piensan que no hay más que sus pasiones y sus intereses! ¡Tomás!... ¡Ángela!... ¡Eduardo!... ¡La duquesa!... ¡Todos! ¡Ah! ¡La gota de agua sobre el cráneo!

EDUARDO.

Es que mi madre viene...

ÁNGELA.

Es que la duquesa, impaciente de esperar, viene aquí...

EDUARDO.

Dice que quiere buscar al sabio en su antro.

DON LORENZO.

¡Pues que venga, pero vosotros dejadme! ¡Dejadme..., o me volveré loco de desesperación!

ÁNGELA.

No, imposible: su madre de usted no puede verle en tal estado. (_A Eduardo_).

EDUARDO.

Venga usted, Ángela; venga usted. Ganemos tiempo, detengámosla en la galería, y a ver si entretanto logra Inés calmarle. (_Salen Ángela y Eduardo por el foro_).

ESCENA XIII.

DON LORENZO, JUANA.

DON LORENZO.

¡El papel!... Ese papel funesto, ¿dónde está?... Tú lo tienes...

JUANA.

Sí. (_Sacando el papel_).

DON LORENZO.

Pues dámelo... ¡No tuvimos hijos, decía! (_Procurando leer, pero sin conseguirlo_). ¿Dónde está?... ¡No sé! ¡No veo las letras! ¡Una nube me pasa por delante de los ojos! ¡No tuvimos hijos!... ¡No puedo!... ¡No puedo!... Lee tú..., por favor... (_Juana toma el papel_). Ahí..., ahí... donde dice «¡No tuvimos hijos!».

JUANA.

(_Leyendo_). «Sabía mi esposo que una enfermedad incurable minaba rápidamente su existencia. El infeliz llevaba la muerte en el corazón. Loco de amor, quiso asegurarme toda su fortuna, y yo... hice mal, ahora lo conozco, hice mal porque él tenía padre, pero yo..., perdóname, Lorenzo, tú que eres tan bueno y tan honrado; yo acepté». (_Pausa_).

DON LORENZO.

Sigue... Sigue...

JUANA.

«Buscamos un niño..., no puedo, no puedo escribir más. Juana conoce este secreto. Juana te lo dirá todo. Una vez más te ruego que me perdones. Adiós, Lorenzo mío, y que él te inspire. Te he querido como a hijo, aunque no lo has sido nuestro».

DON LORENZO.

¡Yo! ¡Yo! ¡Yo no era!... ¿Qué dice?... ¡Yo no era su hijo! ¡Yo llevo un nombre que no es mío! ¡Cuarenta años ha que gozo bienes ajenos! ¡Yo lo he robado todo!... ¡Posición social, apellido, riquezas! ¡Todo, todo! ¡Hasta las caricias de mi madre, porque no era mi madre!... ¡Hasta sus besos, porque yo no era su hijo!... ¡No! ¡Esto no es posible!... ¡Yo no soy tan miserable!... ¡Juana..., Juana..., por Dios vivo que me digas la verdad! Mira; ya no es por mí: sea de mí lo que Dios quiera: es por mi familia..., por esas desdichadas mujeres..., es por mi hija... por mi Inés de mi vida..., que se morirá..., ¡y yo no quiero que se muera! (_Llorando con desesperación_).

JUANA.

Es verdad, sí; pero, calla... ¿Qué importa, si nadie lo sabe?

DON LORENZO.

Pero ¿es verdad?

JUANA.

Lo es. (_En voz muy baja_).

DON LORENZO.

¡Pues parece mentira! ¡Aquella mujer que tanto me amaba no era mi madre!

JUANA.

No. ¡Tu madre te amaba más!

DON LORENZO.

Pues ¿quién era?

JUANA.

¡Lorenzo!

DON LORENZO.

¿Cómo se llama?

JUANA.

Mírame sin cólera y te lo diré.

DON LORENZO.

¿Dónde está?

JUANA.

¡Luchando con las torturas de un infierno!

DON LORENZO.

¿Murió también?

JUANA.

¡Muriendo está! (_En la última parte de este diálogo, Juana se levanta, y ella y Lorenzo forman un grupo agitado, ardiente, delirante. Al pronunciar ella la última frase, cae de nuevo y sin fuerzas en el sofá_).

DON LORENZO.

¡Juana!

JUANA.

(_Retorciéndose de angustia_). ¡¡No, ese nombre, no!!

DON LORENZO.

¡¡Madre!!

JUANA.

¡¡Sí..., ese nombre, sí, hijo mío!! (_Se levanta de nuevo por arranque supremo, y se abraza a Lorenzo_).

ESCENA XIV.

DON LORENZO, JUANA, DON TOMÁS.

DON TOMÁS.

Ya está ahí..., ya llega...

JUANA.

(_Desprendiéndose de los brazos de Lorenzo_). Déjame..., vienen..., vienen..., que no me vean...

DON LORENZO.

¡No..., espera..., yo no sé qué voy a decirte... pero tengo que decirte muchas cosas!...

JUANA.

Luego... Adiós... ¡Ya puedo morir! ¡Le llamé hijo! (_Juana se dirige lentamente a la puerta de la derecha: Lorenzo la sigue: Tomás en observación en el fondo_).

DON LORENZO.

No, todavía no... (_Juana desaparece tras los cortinajes; Lorenzo quiere entrar; Tomás acude desde el fondo y le detiene a la fuerza, cerrándole el paso y obligándole a retroceder. La actitud de Lorenzo en esta escena y en la siguiente queda encomendada al talento y a la inspiración del actor_).

ESCENA XV.

DON LORENZO, ÁNGELA, INÉS, DUQUESA, EDUARDO, DON TOMÁS.

Los nuevos personajes vienen por el foro.

DUQUESA.