Chapter 6 of 6 · 2991 words · ~15 min read

Part 6

Todo. (_Mirando otra vez a don Lorenzo y luego separando la vista_).

DON LORENZO.

¿Don Tomás les ha dicho?...

BENITO.

¿A nosotros? No.

BRAULIO.

Él habló con el doctor.

BENITO.

¿A nosotros? ¿Con qué objeto? Nosotros en cumpliendo con nuestra obligación...

DON LORENZO.

(_Aparte_). (Siento un sudor frío, como sudor de muerte por todo mi cuerpo. Yo deliro... Nada de esto es verdad). (_Repitiendo maquinalmente_). Con su obligación...

BRAULIO.

Nosotros en estando a la mira por si se desmanda...

DON LORENZO.

Por si se desmanda... ¿Quién?

BRAULIO.

¡Él!

DON LORENZO.

(_Retrocede unos pasos, mirándolos con terror: se pasa la mano por la frente como para desechar una idea: retrocede más, vacila y se apoya en la mesa. Después habla con voz opaca, muy baja y cortando las palabras_). ¿Conque ustedes lo saben todo?

BRAULIO.

Casi todo.

BENITO.

Como hace tanto que esperamos, hemos oído las conversaciones de los criados.

DON LORENZO.

¿Y ellos?...

BRAULIO.

De pe a pa. Parece que anteanoche tuvo don Lorenzo un ataque. Usted lo sabrá mejor que nosotros.

DON LORENZO.

Sí. (_Con voz cada vez más apagada y más sombría_).

BENITO.

Dícese que ahogó a una pobre anciana. (_Lorenzo hace un movimiento de horror y de nuevo se cubre el rostro con las manos_).

BRAULIO.

¡Vaya con el hombre! ¡Bien empieza! Y claro... Siempre sucede lo mismo... La familia...

DON LORENZO.

¡La familia! (_Separando las manos, dando unos pasos como movido por una sacudida eléctrica, mirándolos con suprema ansiedad y hablando con voz sorda_).

BRAULIO.

¡Pues! La familia..., es natural... Como que dicen que quería regalar toda su fortuna; ¡qué sé yo cuántos millones! ¡Diablo de loco! Nada: lo mejor es lo que han dispuesto: fuera, fuera. Nos lo llevamos y quedan las señoras tranquilas.

DON LORENZO.

¿A mí?... ¡¡Ellas!!... ¿Ángela?... ¿Inés?... ¡No!... ¡No!... ¡Imposible! (_Retrocede de nuevo hacia la izquierda. Solo el talento del actor puede interpretar estos gritos desgarradores_).

BRAULIO.

(_Volviéndose hacia don Lorenzo. Aparte_). Pero ¿qué tiene este señor? Mira..., mira... (_A Benito. Ambos loqueros se incorporan un tanto y se inclinan hacia la izquierda, mirando con curiosidad a don Lorenzo: debe estudiarse con cuidado el grupo que formen dichos personajes_).

DON LORENZO.

¡Aire!... ¡Luz!... No..., ¡luz no! ¡Tinieblas!... ¡No quiero ver!... ¡No quiero pensar! (_Cae en el sillón y hunde la cabeza entre las manos_).

BENITO.

¡Toma!... ¿Si yo creo que es?...

BRAULIO.

¡Buena la hicimos!

BENITO.

¡Quién pensara!...

BRAULIO.

Volvámonos a nuestro escondite.

BENITO.

¡Y chitón! No digamos nada. (_Se levantan y con mucha precaución y observando a don Lorenzo sin cesar, se dirigen al gabinete_).

BRAULIO.

Claro: ni una palabra. Nos mandaron que ahí; pues ahí. No debimos movernos.

BENITO.

Como se oían gritos y llantos... (_Llegan a la puerta, se detienen y miran a don Lorenzo, que sigue en la misma actitud. Un criado entra por el fondo, pasa rápidamente y sale por la derecha_). Déjale... Déjale... Mientras esté tranquilo... (_Entran en el gabinete y cierran la puerta_).

ESCENA X.

DON LORENZO, DON TOMÁS con el CRIADO por la derecha.

DON LORENZO.

¡Dios mío! ¡Aparta el cáliz de mis labios!... ¡No puedo más, no puedo más!... ¡Si es que no puedo más! (_Solloza con desesperación_). ¡Me hiciste creer en ellas, me hiciste amarlas!... ¡Y ellas, las traidoras!... ¡No!... ¡No! ¡Señor, me has dado la vida, quítamela, pronto... pronto!... ¡Mira, Dios mío, que me asalta horrible tentación de arrancar con mis propias manos la podrida vestidura de mi carne! ¡Morir..., quiero morir!... ¿Lo ves?... ¡De rodillas te lo pido!... ¡De rodillas!... ¡Sé bueno!... ¡Sé compasivo!... ¡La muerte!... ¡La muerte!... ¡La muerte a mí, pálida mensajera de tu amor! (_Cae de rodillas junto al sillón, y apoyándose en él, dobla la cabeza y oculta el rostro en las manos_).

DON TOMÁS.

(_En voz baja al Criado_). ¿Vienen ambos?

CRIADO.

(_Lo mismo a Tomás_). Sí señor, el escribano y el doctor Bermúdez. (_Don Tomás y el Criado se detienen en el centro al reparar en don Lorenzo, que sigue de rodillas y sollozando_).

DON TOMÁS.

¡Infeliz! (_Dando un paso hacia don Lorenzo: luego se arrepiente y se dirige al fondo_). ¿Para qué? Terminemos pronto. (_Salen don Tomás y el Criado_).

ESCENA XI.

DON LORENZO, después DON TOMÁS y el DOCTOR BERMÚDEZ.

Pausa.

DON LORENZO.

¡Ya estoy más tranquilo! ¡La herida es mortal! ¡La siento... aquí en el corazón! ¡Gracias, Dios bueno! (_Don Tomás y el doctor entran por el fondo y se detienen observando a don Lorenzo_).

DON TOMÁS.

Mírelo usted, allí..., junto al sillón.

DOCTOR.

¡Desgraciado!

DON LORENZO.

(_Levantándose y aparte_). ¡Ah, ser miserable! Todavía..., todavía... acariciando esperanzas imposibles... ¿Imposibles?... ¿Y si ellas creen de buena fe que yo?... ¡Ah, si me amasen, no lo creerían! (_Con desesperación. Pausa_). Yo le oí a Inés..., a la hija de mi alma..., decir: «¡Remordimientos!» ¿Por qué decía remordimientos? (_Con agitación creciente y hablando en voz alta_). ¡Todos..., todos... miserables!... Casi se alegrarían de que yo muriese... No..., no moriré hasta cumplir mi obligación de hombre honrado; hasta dar desenlace a mi locura.

DON TOMÁS.

(_Poniéndole una mano en el hombro_). Lorenzo.

DON LORENZO.

(_Volviéndose, y al reconocerle retrocediendo con disgusto_). ¡Él!

DON TOMÁS.

Te presento al señor de Bermúdez, uno de mis mejores amigos. (_Pausa. Don Lorenzo mira a los dos de un modo extraño_).

DOCTOR.

(_A Tomás en voz baja_). Vea usted cómo procura dominarse: él tiene conciencia vaga de su situación: no me queda duda.

DON LORENZO.

Uno de tus mejores amigos..., uno de tus mejores amigos.

DOCTOR.

(_Aparte a Tomás_). Se le escapa la idea y se afana por retenerla.

DON LORENZO.

Pues si es uno de tus mejores amigos, de su lealtad me responde la tuya. (_Con ironía_).

DOCTOR.

(_Aparte a Tomás_). Al fin encontró la frase; pero vea usted qué entonación tan poco natural. (_En voz alta_). Vengo a ser testigo, según me afirma Tomás, de un nobilísimo rasgo.

DON LORENZO.

Y además de una indigna traición.

DON TOMÁS.

Lorenzo...

DOCTOR.

(_Aparte a Tomás_). Déjele usted decir.

DON LORENZO.

Y de un ejemplar castigo.

DOCTOR.

(_Aparte a Tomás_). Muy grave, amigo don Tomás..., muy grave.

DON LORENZO.

Avisa a todos... (_A Tomás_), a todos; a propios y extraños. Que vengan aquí; y que esperen aquí mis órdenes mientras yo cumplo allá mi deber. ¿A qué aguardas?

DOCTOR.

(_Aparte a Tomás_). No hay que contradecirle: avise usted. (_Tomás toca un timbre, aparece un criado, a quien habla en voz baja y el cual luego sale por la derecha_).

DON LORENZO.

Es la última prueba: casi me inspiran lástima los traidores. ¡Ah!, la seguridad del triunfo me sostiene. Calma, corazón. Ya están..., ya están... No quiero verlas... ¡A mí que tanto las amaba!... No quiero... ¡Y a ellas se tornan mis ojos..., y las buscan..., y las buscan!...

ESCENA XII.

DON LORENZO, DON TOMÁS, el DOCTOR. Por la derecha ÁNGELA, INÉS, DUQUESA y EDUARDO.

DON LORENZO.

¡Inés! ¡No es posible! ¡Ella! ¡No es posible!... ¡Hija mía! (_Se precipita con los brazos abiertos hacia ella. Inés corre a su encuentro_).

INÉS.

¡Padre! (_Al ir a abrazarla, se interpone Bermúdez que los separa violentamente_).

DOCTOR.

¡Eh!..., vamos..., don Lorenzo, puede usted causar mucho daño a su hija.

DON LORENZO.

(_Cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con violencia_). ¡Miserable!... ¿Quién eres tú para separarme de ella?

DON TOMÁS.

¡Lorenzo!

EDUARDO.

¡Don Lorenzo!

ÁNGELA.

¡Dios mío! (_Las mujeres se agrupan instintivamente. Inés, en los brazos de su madre; la Duquesa, junto a las dos. Tomás y Eduardo acuden a librar a Bermúdez de las manos de don Lorenzo_).

DON LORENZO.

(_Dominándose, aparte_). ¡Ya!... Pensarán los imbéciles que es un nuevo acceso de locura. ¡De locura! ¡Ja, ja, ja! (_Riendo con carcajada contenida. Todos le observan_).

DOCTOR.

(_Aparte a Tomás_). Evidente.

ÁNGELA.

(_Aparte_). ¡Ah, mi pobre Lorenzo!

INÉS.

(_Aparte_). ¡Ah, padre mío!

DON LORENZO.

(_Aparte_). Ya veréis cómo acaba mi locura. Antes de salir de esta casa con qué placer arrojaré a ese Doctor. ¡Ánimo! La lucha me da fuerzas. ¿Pues qué? ¿No hay más que declarar loco a un hombre porque cumple con su deber? ¡Ah!..., no es posible. La humanidad no es tan ciega o tan infame. ¡Basta ya! ¡Calma! Traición, empieza tú; y empieza tú, castigo. (_En voz alta_). Ha llegado la hora de que cumpla un deber sagrado, aunque por todo extremo doloroso. Inútil es que ustedes presencien formalidades que la ley exige, y que fueran harto molestas. El representante de la ley allí me espera, y yo, cumpliendo otra ley más alta, voy a despojarme de bienes que no son míos, y de un nombre que en conciencia ni yo puedo llevar, ni puede llevar mi familia. Después vendré aquí, y con mi esposa, y con mi..., con mi hija, sin que nadie me lo pueda impedir, sin que podáis resistirme vosotras, saldré de esta casa que fue para mí pasado de amor y de felicidad; que es hoy presente de traición y de infamia. Señores (_A Tomás y Bermúdez_), ustedes me preceden: yo se lo ruego. (_Entran todos lentamente en el gabinete de la izquierda. Al salir dirige Lorenzo una última mirada a Inés_).

ESCENA XIII.

ÁNGELA, INÉS, DUQUESA, EDUARDO.

Las tres mujeres en primer término. Eduardo, escuchando en la puerta del gabinete.

INÉS.

¡Dios mío, sálvale!

ÁNGELA.

(_Abrazando a su hija_). Sí, tienes razón. Pensemos solo en él; pidamos solo por él.

DUQUESA.

Deber sagrado es en ustedes anteponer a su dicha la de don Lorenzo; pero en todo caso obligación no menos sagrada es conformarse con una más alta voluntad que la nuestra. (_Pausa_).

INÉS.

(_A Eduardo_). ¿Qué dice?... ¡Por Dios!... ¿Qué dice?

EDUARDO.

Está hablando: su frase es fría y severa, pero sin vacilaciones ni ambigüedades. (_Eduardo vuelve a la puerta_).

ÁNGELA.

¡Qué angustia, qué ansiedad! ¡La muerte es preferible a este suplicio!

INÉS.

¿Y qué importa lo que diga mi pobre padre si de antemano está juzgado?

ÁNGELA.

No, hija mía; no digas eso.

INÉS.

Sí: lo digo porque yo lo siento; porque yo lo veo en los que son ahora sus jueces.

ÁNGELA.

Pero ¿qué ves?

INÉS.

En esa gente, la monomanía del oficio...

ÁNGELA.

¿Y en Tomás?

INÉS.

Sus opiniones científicas..., qué sé yo..., sus propias locuras...

ÁNGELA.

¿Pero en mí?...

INÉS.

(_Abrazándose a ella_). ¡El amor que me tienes!

ÁNGELA.

¡Calla, Inés, calla!

INÉS.

¡Todos contra mi padre! ¡Pobre padre mío!

DUQUESA.

Usted delira, Inés.

INÉS.

Sí, deliro: como usted y como todos nosotros, ¡menos él..., menos él!... ¡Me lo dice el corazón! Usted misma, señora, lo que desea es la felicidad de Eduardo; y Eduardo, mi amor; y su amor, yo; y mi padre, su virtud, su honradez son obstáculos para todos nosotros, y en todos nosotros se agita algo oscuro que envuelve en sombras nuestras conciencias. ¡Padre mío! ¡Padre mío!

ÁNGELA.

¡Por Dios, Inés, qué ideas!

INÉS.

¿Qué dice?... ¿Qué dice? ¡Oigo su voz!

EDUARDO.

(_Acercándose_). Habla de una prueba terminante.

INÉS.

¡Ojalá! (_A Eduardo_). ¿Y ahora?

EDUARDO.

Le exigen la presentación de la prueba para que conste en el acta y para su entrega al juez.

ÁNGELA.

¿Y él?...

EDUARDO.

Él sonríe con sonrisa de triunfo. Está pálido, muy pálido; pero sereno y digno. Aquí se acerca... (_Viene Eduardo al proscenio y dice aparte_): (¡Este hombre me da miedo!)

INÉS.

(_Aparte_). ¡Ojalá..., aunque muera mi amor!

ÁNGELA.

(_A la Duquesa_). ¿Será verdad?

DUQUESA.

(_A Ángela_). ¿Será verdad?

EDUARDO.

(_Aparte, viendo entrar a don Lorenzo_). ¡Ah! ¡Seré yo el insensato!...

ESCENA XIV.

ÁNGELA, INÉS, DUQUESA, EDUARDO, DON LORENZO, DOCTOR, DON TOMÁS.

La situación de los personajes es la siguiente: las tres mujeres, formando un grupo, estrechamente unidas junto al sofá, en el cual se apoyan: Eduardo, detrás del sofá, mirando a don Lorenzo, con temor y como dominado por él: don Lorenzo, avanzando tranquilo y altivo hacia el centro del escenario. Tomás y Bermúdez vienen detrás de él y se detienen a algunos pasos de la puerta.

DON LORENZO.

(_Acercándose a la mesa y poniendo la mano con aire de triunfo sobre el pupitre_). Aquí está la prueba... Aquí está la verdad. (_Pausa. Abre el pupitre y saca el sobre con el pliego en blanco. Después avanza hacia el proscenio: Tomás y Bermúdez por un lado, Eduardo por otro, se aproximan a él_). ¡Desdichados los que imaginaban sacrificarme a su interés o a su pasión! ¡Cuán amargo será el desengaño! ¡Cuán cruel será el castigo! ¡Ojalá pueda mitigarlo mi perdón! (_Profundamente conmovido_).

ÁNGELA.

(_Acercándose_). ¡Lorenzo!

INÉS.

¡Padre!

DON LORENZO.

¡Esta es la prueba, Tomás: esta es la prueba, Ángela: esta es la prueba, hija mía! Oíd. (_Pausa. Don Lorenzo rompe el sobre. Todos se acercan a él y le rodean_). Esta es... ¡Qué es esto! (_Separando el papel de sus ojos y pasando por ellos la mano_). ¿Qué sombras empañan mis ojos?... ¿Hay lágrimas en ellos y me impiden ver?... ¡No!... Antes lloré... Ahora no estoy llorando. (_Vuelve a mirar el papel con horrible ansiedad, lo extiende, lo vuelve, busca por todas partes lo escrito_). Pero ¿dónde está lo que escribió aquella mujer?... Si yo lo he leído mil veces... Y ahora no puedo... (_A Tomás, mostrándole el papel_). ¿Qué dice aquí?... Lee..., lee pronto... Pero ¿qué dice?

DON TOMÁS.

Nada, pobre Lorenzo.

DON LORENZO.

¡Nada!... (_Mirando otra vez el papel_). ¡Me engañas! Bermúdez, ese me engaña. ¡Es uno de los miserables que han urdido esta infame traición!... Lea usted..., lea usted...

DOCTOR.

Está en blanco el papel.

DON LORENZO.

¡No hay nada escrito! ¿Dice usted que no hay nada escrito? No es verdad..., no..., no es verdad. ¡Inés, hija mía, mi único amor, ven, salva a tu padre!... ¿Qué dice aquí?

INÉS.

¡Nada veo, padre mío!

DON LORENZO.

Nada... Tampoco ella... Pero esto ¿no es una prueba?

DON TOMÁS.

Sí, desdichado amigo..., una prueba... y harto cruel.

DON LORENZO.

(_Dándose una palmada en la frente_). ¡Ah, lo comprendo! (_Mirando a Tomás y a Ángela_). ¡Antes hablaban de una prueba!... ¡Tú!... ¡Y tú! (_A Ángela y a Tomás_). ¡¡La quitaron de allí!!... ¡¡Jesús!!... ¡¡Jesús!! (_Se aparta de ellos con horror: todos se separan de él, que de este modo queda en el centro, pero un poco aislado. El actor interpretará este momento como crea oportuno. Pausa_). ¡Sea!... ¡Sea!... ¡Vencido!... ¡Miserablemente vencido! ¡Cómo se gozan en su triunfo! ¡Con qué hipócrita dolor me contemplan! ¡Y fingen que lloran! ¡Todos lo fingen! (_Pausa_). ¡Ay..., mi corazón! ¡Ay..., ilusiones de la vida!... ¡Ay..., el amor!... ¡Ay..., mi hija!..., ¡mi hija!... ¡Fantasmas que giran y huyen..., huid para siempre!... ¡Y yo creía en todo! ¡Qué azul era el cielo! ¡Qué blanca la frente de Inés!... Y ahora ¡en qué voy a creer! Ya lo veis: no lucho. Cedo: vuestra es la victoria. Aquellos hombres ¿para qué han venido si yo no resisto? Iré a donde queráis. ¡Adiós!... (_A Tomás que se le acerca y le coge la mano_). ¡No me toques! ¡Cuando la piel humana me roza, me parece que sobre mi carne deslizan víboras! Yo solo..., solo, subiré a mi calvario con la cruz de mis dolores, sin infame cirineo que me ayude. Adiós, amigo leal (_Siempre a Tomás_), tú que has salvado la fortuna de esta desconsolada familia de entre las manos de un loco. Adiós, Ángela..., mi tierna esposa... ¡Veinte años hace que te di, loco de amor, el primer beso! ¡Hoy, también loco, te envío el último! (_Le envía un beso con un grito de horrible desesperación_).

ÁNGELA.

¡Lorenzo!

DON LORENZO.

¡Pero no te acerques, que pudiera ahogarte entre mis brazos! (_Ángela retrocede_). Adiós, Inés, hija mía... (_Con voz llorosa_). Si puedes..., sé feliz... A ti nada te digo... No puedo hablarte con enojo. (_Da algunos pasos y se detiene falto de fuerzas: quieren acercarse a él, pero los rechaza_). Dejadme: no necesito a nadie. El sudor empapa mi frente, y la sed seca mis labios, y algo que quema mucho me hincha los párpados. (_Deteniéndose_). Oye..., Inés..., ¡hija mía! ¡Si aún me conservas algún amor; si por ventura sientes compasión hacia tu padre; si te pesa lo que entre todos habéis hecho..., ven por última vez a mis brazos! ¡Que yo lleve a ese infierno de dolor que me aguarda una lágrima de tus ojos en mi frente y un beso de tus labios en mis labios!

INÉS.

¡Padre! (_Quieren sujetarla, pero se desprende de todos y corre hacia don Lorenzo, que se precipita hacia ella y la oprime frenético contra su pecho_).

DON LORENZO.

¡Hija! (_Todos se precipitan hacia ellos, pero sin pretender separarlos todavía_).

INÉS.

¡No!... Que no te lleven. ¡Yo te amo!... ¡Todos mienten menos tú!

DON LORENZO.

¿Tú no quieres que me lleven aquellos hombres?

INÉS.

No..., no... Defiéndete... ¡Defiéndeme a mí!...

DON LORENZO.

Sí... Yo te defenderé... Que te arranquen de mis brazos. (_Quiere huir con ella, oprimiéndola contra su pecho_).

ÁNGELA.

¡Mi hija!... ¡Mi hija!... ¡Socorro! (_Eduardo, Tomás y Bermúdez pugnan por separar al padre de la hija_).

DON LORENZO.

¡No la soltaré!... ¡Eternamente contra mi pecho!

INÉS.

¡Sí, sí, padre mío! ¡Defiéndeme!

DOCTOR.

Es preciso.

EDUARDO.

¡Don Lorenzo!

DON TOMÁS.

¡Lorenzo!

DUQUESA.

¡Dios mío! ¡Va a matarla como mató a Juana!

ÁNGELA.

¡Inés! (_Todos estos gritos casi simultáneos: la lucha, rápida: los loqueros salen. Por último, los hombres sujetan a don Lorenzo y las dos mujeres contienen a Inés, arrancando de este modo a viva fuerza a la hija de los brazos del padre_).

EDUARDO.

¡Al fin!

INÉS.

¡Padre! (_Tendiendo hacia él los brazos_).

DON LORENZO.

No he podido más, hija..., no he podido más... Aquí sobre mi rostro siento tus lágrimas y tus besos... Ella me amaba..., era inocente... ¡Dios mío, ya lo veo, tú aceptaste mi martirio en aquella noche de lucha y de tentación a cambio de su dicha! ¡No me arrepiento! ¡Hazla dichosa..., muy dichosa!..., ¡y para mí..., para mí solo su cáliz de amargura!...

INÉS.

¡Adiós! ¡Yo iré a salvarte!

DON LORENZO.

¡Qué podrás tú..., hija mía..., si Dios no me salva! (_Queda cerca del gabinete entre los loqueros, Eduardo, Tomás y Bermúdez, que le sujetan. Inés, en primer término tendiendo hacia él los brazos_).

FIN DEL DRAMA.