Chapter 4 of 6 · 3990 words · ~20 min read

Part 4

De ese modo lavaré la mancha que sobre ella arrojó una sentencia inicua. Bastara esto solo para que el silencio que me aconsejas fuera un crimen.

ÁNGELA.

Y esto solo basta para que sea un deber el silencio. ¿No ves, desdichado, que si Juana es inocente del delito que se le imputó, es reo de un delito mayor? ¡Usurpación de estado civil se llama! Bien lo sabes. Falsificar la familia, que es escarnecerla y destruirla; arrancar un inmenso caudal a sus legítimos dueños, que es algo más que recoger del suelo un medallón; cubrir un nacimiento ilegítimo con un nombre honrado, que es envolver en manto de armiño la podredumbre del vicio. Si Juana es tu madre, todo esto ha hecho Juana, y en su maldad ha persistido durante cuarenta años.

DON LORENZO.

(_Separándose de Ángela y oprimiéndose la cabeza con las manos_). ¡Calla, calla, por Dios santo!

ÁNGELA.

Eso te pido yo: ¡calla!

DON LORENZO.

¡Es mi madre!

ÁNGELA.

¿Y qué importa? Quien inmola a la hija inocente, ¿por qué ha de respetar a la madre culpable? ¿No son superiores las leyes divinas a las leyes humanas? ¿No es lo primero la justicia, el deber, la verdad? ¿No han de prevalecer los fueros del alma sobre las flaquezas de la carne?

DON LORENZO.

Tienes razón; pero aun teniéndola, deliras. (_Huyendo de Ángela_).

ÁNGELA.

¿Por qué? Mira que vas siendo tan vulgar y tan débil como esta pobre madre. ¿No exige el deber que dejes morir a tu hija? Pues muera. ¿No exige que tú mismo arrastres a Juana moribunda al calabozo? Pues allá con la anciana. Ya ves como yo también entiendo de estas cosas: ya ves como tengo yo también mi lógica.

DON LORENZO.

¡Lógica del infierno!

ÁNGELA.

Y la tuya ¿de qué sublime esfera descendió?

DON LORENZO.

(_Huyendo de Ángela_). Déjame..., déjame..., no puedo más. ¡Inés de mi alma! ¡Madre mía!... ¿Qué mal te hice, Ángela, para que así me atormentes? (_Viene a caer ya sin fuerzas en el sillón inmediato a la mesa_). ¡Ah, mi cabeza, mi cabeza arde!

ÁNGELA.

Lorenzo..., Lorenzo... (_Con dulzura_).

DON LORENZO.

Sí: tienes razón... Sí: soy un pobre demente... ¿Qué sé yo lo que debo hacer?... ¡Todo es sombra! ¿Qué es la verdad, qué es la mentira?

ÁNGELA.

(_Aparte_). Fui muy cruel, pero salvé a mi hija: no hablará. (_Lorenzo está sentado, desplomado más bien, en el sillón; tiene los brazos sobre la mesa y en las manos oculta el rostro. Ángela se acerca a él con cariño y le habla con dulzura_). Lorenzo, perdóname.

DON LORENZO.

¡Vete, vete por Dios!

ÁNGELA.

Quise mostrarte el abismo en que caías: quise salvar a Inés; quise salvarte a ti de tus propios furores.

DON LORENZO.

Sí..., sí, Ángela..., lo comprendo..., pero déjame.

ÁNGELA.

¿Me perdonas?

DON LORENZO.

Te perdono..., y te amo... ¡Pobre Ángela, tú también padeces! Pero deseo estar solo.

ÁNGELA.

Pues bien, me voy; pero no te aflijas: ya buscaremos camino de salvación. Diré a Inés que quieres verla ¿No deseas estrecharla contra tu pecho?

DON LORENZO.

Si ella quiere... (_Con tono sumiso_).

ÁNGELA.

Pues espérame aquí: vendré a llamarte, y allá, cerca de nuestra pobre niña, todos reunidos, animados del mismo deseo, aunando nuestras voluntades, tú has de ver cómo vencemos la fatalidad que hoy nos abruma.

DON LORENZO.

La venceremos..., sí, la venceremos... (_Repitiendo lo que oye sin saber lo que dice_).

ÁNGELA.

Adiós... y no me guardes rencor.

DON LORENZO.

¡Rencor!... ¡A ti!

ÁNGELA.

¡Adiós!

ESCENA V.

DON LORENZO.

Sentado a la mesa y con aire de profundo abatimiento. La chimenea arde con luz rojiza: la habitación aparece envuelta en grandes sombras que se condensan fantásticamente en los cortinajes. Larga pausa.

DON LORENZO.

Ya estoy solo. ¡Cuántas sombras por todas partes! ¡Qué poco brilla esta luz! Mejor: crezcan las tinieblas: ¡a mí la oscuridad! En ella es donde se nos aparece más luminosa la conciencia. Quiero el bien, pero no sé dónde está: mi voluntad es fuerte, pero mi razón se ofusca. Tres nombres relampaguean ante mis ojos en la negra noche en que me agito. ¡Ángela, Juana, Inés! ¡A mi calvario me lleva mi destino y sin quejarme subo la cruz de mis dolores! Pero vosotras, pero tú, Inés mía, ¿por qué habéis de precederme marcando con vuestras lágrimas el camino que han de ensangrentar mis plantas? Yo solo... sea; pero vosotras, no. ¡Ah, Dios mío, que la luz de mi conciencia se apaga: que mi voluntad desfallece: que la desesperación se apodera de mi espíritu! Yo anhelo el bien, y en ti lo busco. ¡Señor, ven a mí; ven, que yo te llamo! ¡Sombras que me rodeáis; espacio en que dolorido me revuelvo; tiempo que eres para mí eternidad de congojas; y tú, silencio augusto, que por algo compasivo me escuchas, llamad todos a vuestro Dios, que mi voz no le alcanza! ¡Decidle que no quiero que muera mi hija; que aparte de ella el cáliz de la amargura, y que todo lo agote entre mis labios! ¡A mí todo..., a ella no! ¡Es tan hermosa, es tan buena, es tan pura!... ¡Ella no! ¡Ella no, Dios mío! (_Deja caer la cabeza sobre la mesa y llora amargamente. Pausa_).

ESCENA VI.

DON LORENZO, JUANA.

Aparece en la puerta de la izquierda y en ella se detiene.

DON LORENZO.

Jirones de sombra han pasado ante mis ojos. (_Pausa_). ¿Será todo esto un sueño? No: Juana está ahí dentro; y la prueba..., la prueba..., (_Abre el pupitre y saca un pliego_) la prueba es esta. No es un sueño por desgracia: es la realidad implacable y terrible. Cien veces la he leído, y no me sacio de leerla: «Te he querido como hijo aunque no lo has sido nuestro»... ¡Aunque no lo has sido nuestro!...

JUANA.

(_Aparte y observándole_). Está leyendo..., leyendo la carta de la que creyó madre suya. Su madre soy yo: nadie más que yo. (_Avanza, aunque con trabajo, algunos pasos_). ¡Cuánta tristeza en su frente! ¿Hay lágrimas en sus ojos?... ¿En sus ojos? No sé. Quizá estén en los míos que le miran. En él o en mí están: yo veo lágrimas en alguna parte. (_Da algunos pasos más_). ¿Llorar él? ¿Por qué? ¿Porque soy su madre? ¿Sentirá que yo sea su madre? Pero ¿qué le importa si nadie más que él sabe mi secreto, y yo voy a morir? Sí, a morir..., a morir muy pronto. La noche eterna y fría va penetrando hasta lo más profundo de mi ser: algo muy negro está dentro de mí. (_Da un paso más, vacila y se apoya en la mesa para no caer. Lorenzo se vuelve hacia ella_).

DON LORENZO.

¡Juana!

JUANA.

¡Siempre ese nombre!

DON LORENZO.

¡Madre!

JUANA.

Te enoja que lo sea; bien lo conozco.

DON LORENZO.

¡Que tal pienses de mí!

JUANA.

Pues si enojos no son, será vergüenza de tenerme por madre.

DON LORENZO.

¿Avergonzarme yo? Mañana sabrá todo el mundo que yo soy tu hijo.

JUANA.

¡Mañana! ¿Qué intentas? Tardo está ya mi oído, y sin duda no comprendí lo que dijiste. (_Con espanto_).

DON LORENZO.

Dije mal. Mañana no. Es preciso que antes salgas de España, y cuando estés en sitio seguro, porque a veces la justicia de los hombres es muy cruel, yo proclamaré la verdad en voz alta; yo me despojaré de un nombre que no es mío; yo devolveré riquezas usurpadas. Es ya cosa resuelta.

JUANA.

¡Jesús de mi vida!

DON LORENZO.

Y después con Ángela y con mi pobre niña iré a buscarte.

JUANA.

¿Tú en la miseria, tú en la deshonra, tú sin más nombre que un nombre escarnecido y manchado? Pero ¿por qué? ¿Por qué? ¿Quién te obliga a ello? Habla, hijo mío, que me haces perder el juicio. ¿Quién?

DON LORENZO.

Mi conciencia, madre, y tu culpa.

JUANA.

Pero ¿piensas decir la verdad?

DON LORENZO.

¿Por qué me la dijiste a mí? (_Con enojo_). Si yo nada hubiese sabido..., no tendría hoy que dar la muerte a mi hija.

JUANA.

¿Por qué?... ¡Y me lo preguntas! ¡Y no lo comprende! ¡Ingrato! (_Oculta el rostro entre las manos y llora amargamente_).

DON LORENZO.

¡Madre!

JUANA.

Porque iba a morir..., porque voy a morir..., y antes era preciso que supieses lo que por tu felicidad hizo esta pobre mujer. Además... quería que una vez al menos me llamases madre. Por esto..., nada más que por esto... Porque del corazón me subía a la garganta y me ahogaba algo, que al fin no pude contener, y tuve que decirte ¡eres mi hijo!

DON LORENZO.

Te comprendo, madre mía, y no te acuso.

JUANA.

Pero tú no piensas hacer lo que has dicho, ¿no es cierto? ¡Fuera una infamia para con tu familia, fuera una crueldad para con esta pobre anciana!

DON LORENZO.

Crueldad, sí; infamia, no: que con esta crueldad otras infamias borro.

JUANA.

¡Lorenzo!

DON LORENZO.

¡Perdóname!

JUANA.

¿Dices que yo cometí una infamia? (_Asombrada_).

DON LORENZO.

Nada digo.

JUANA.

¡Pero fue por ti..., por ti..., por ti, hijo mío! (_Con voz cada vez más ahogada. Lorenzo permanece silencioso, sombrío y sin volverse hacia su madre_). ¡Fue por él, Dios mío, y así me paga! ¡Lorenzo!

DON LORENZO.

El mal no puede prevalecer: la obra de iniquidad se arruina bajo su propio peso: mi sacrificio lavará tu culpa.

JUANA.

¡Lorenzo!

DON LORENZO.

(_Acercándola a la luz, poniendo en su mano la carta y obligándola a leer_). ¿Qué dice ahí?

JUANA.

«Perdóname y que Dios te inspire». (_Sentándose y leyendo con trabajo_).

DON LORENZO.

Pues bien, madre, la perdoné y he pedido inspiración al cielo: tus súplicas son inútiles.

ESCENA VII.

JUANA, DON LORENZO, ÁNGELA por la derecha.

ÁNGELA.

Lorenzo, Inés te llama. (_Desde la misma puerta de la derecha y sin penetrar en la habitación_).

DON LORENZO.

¡Ella!..., ¡mi hija!..., sí, voy... Perdóname, madre mía, volveré muy pronto.

JUANA.

(_Deteniéndole, y en voz baja_). Ya sé que me desprecias; ya sé que me odias...

DON LORENZO.

¡Madre!

JUANA.

Pero no por mí, por ella, por esa niña... (_Incorporándose_).

DON LORENZO.

Ni aun por ella. (_Con desesperación_).

JUANA.

¡Ah! (_Cae en el sillón y se cubre el rostro con las manos. Salen Lorenzo y Ángela_).

ESCENA VIII.

JUANA, queda con el papel en la mano.

JUANA.

¡Ni aun por ella! (_Sollozando_). Sacrifícate, Juana, por tu hijo: renuncia a sus caricias: clávate las uñas en el pecho al verle besar a otra mujer y llamarla madre: bebe por dentro lágrimas de amargura y recógelas en el corazón hasta que rebose o estalle: recibe en la frente marca infamante: consúmete de miseria y de dolor en una buhardilla veinte años sin más dicha ni más consuelo que verle pasar a lo lejos en su coche. ¡Ay, Dios mío, yo muero! (_Pausa: después reanimándose un tanto_). Más..., más aún... Tú, pobre Juana, sufriendo todo lo que he dicho; y en cambio, hazle rico, sabio, ilustre, bueno, y... a la hora de la muerte preséntate a él, solo a pedirle un beso, solo buscando que te diga: «¡Qué buena eres, cuánto me has querido!...», y él no te dirá nada de eso: te mirará triste y severo..., te dirá que cometiste una infamia..., que es preciso que él borre tu culpa..., que tu obra es... obra de iniquidad... ¡Obra de iniquidad!... ¡Ah, Lorenzo, hijo mío!... ¿Por qué eres tan cruel? ¿Por qué arrojas con desprecio todo lo que a costa de mi felicidad te he dado?... ¡Mira que me cuesta muchas lágrimas! (_Cambiando de tono, levantándose con arranque de desesperación y viniendo a la derecha_). ¡Y mi sacrificio habrá sido inútil! ¡Y habré perdido yo mi dicha y le habré perdido a él! ¡Insensata, egoísta! ¿Por qué le dije la verdad? (_Pausa_). Pues no ha de ser; no ha de ser: la obra de iniquidad no amenaza ruina todavía, pobre visionario. ¡Yo lo negaré todo! (_Con voz apagada_). Serás feliz, y rico, y poderoso a tu pesar. Él puso en mis manos la única prueba. (_Tendiendo el brazo hacia la mesa en que está el papel_). Bueno, bueno: entre su madre y su hija van a salvarle: ¡extraña coincidencia! Ella llamándole le obliga a alejarse, y yo me quedo... Ea... Agotemos las fuerzas que me restan. Ahora me acerco poco a poco, y entre las sombras... Así fue de oscura aquella noche en que mi ama vino a buscarme al lecho y murmuró en mi oído: ¿quieres que tu hijo sea rico y feliz? Y yo dudé..., y luego dije que sí... Y ahora... Y ahora digo que sí. (_Llegándose a la mesa. Pausa_). ¿Vuelve Lorenzo? (_Aplicando el oído_). Sí; me parece que vuelve... ¡Y me pedirá la carta como antes me la pidió!... Vamos..., al fuego... (_Quiere andar, pero no puede_). Oigo su voz..., me faltan las fuerzas..., no me da tiempo... ¡Va a venir!... No..., pues yo no se la doy... Es otra vez mi presa... ¡Ah!... Ya sé... Ya sé... Pondré dentro del sobre un papel en blanco para que al pronto nada note... (_Ejecutando la operación que acaba de indicar_). ¡Obra de iniquidad la llama Lorenzo! ¡Pobre hijo mío, que a veces es inocente como un niño! Así..., así..., lo dejo donde estaba..., y este a las llamas... Oigo su voz siempre... pero aún no viene... Quizá antes de que venga..., sí..., sí..., ya puedo... A las llamas..., a las llamas. (_Arroja el papel al fuego y se inclina para verlo arder_). ¡Llama es ya! Su resplandor ilumina el rostro de mi antigua señora. (_Viendo un retrato que hay en la pared_). Mira, mira, ya es ceniza; y era la única prueba. ¿La única? No: otra queda, pues quedo yo; pero muy pronto seré ceniza también. (_Pausa_). Ahora me voy a mi cuarto... (_Dando unos pasos_). Dios mío, me faltan las fuerzas... (_Haciendo un esfuerzo y dando unos pasos más_). Pero le he salvado..., será rico..., feliz... No veo..., no veo... Esa luz se apaga... ¿Se apaga ella o la de mis ojos? (_Se acerca a la mesa, coge la vela y de nuevo intenta marchar_). ¡Luz!... ¡Luz!... ¿Dónde está mi cuarto? ¡Sombras!..., ¡todo sombras! ¡Ay de mí!... ¡Dios mío!... ¡No puedo..., no puedo! (_Deja caer la luz: solo queda iluminada la habitación por el reflejo rojizo de la chimenea. Ella cae también detrás de la mesa_).

ESCENA IX.

JUANA, DON LORENZO, INÉS, ÁNGELA, DUQUESA.

Los cuatro últimos por la derecha. Lorenzo entra como huyendo de su hija: esta se detiene en la puerta. Viene vestida de blanco: detrás de ella y medio ocultas por el cortinaje, Ángela y la Duquesa.

DON LORENZO.

(_Viniendo al centro del escenario_). ¡No más! ¡No más! ¡Es la última prueba! La última, sí; pero, ¡ay!, que mi voluntad vacila.

ÁNGELA.

(_Aparte a Inés_). Síguele, no le dejes: cederá.

INÉS.

¿Por qué huyes de mí, padre mío? (_Avanza algunos pasos, muy pocos: detrás de ella Ángela y la Duquesa. Es preciso dar a esta escena todo el carácter fantástico que en sí tiene, para que el efecto corresponda a la idea del drama. Don Lorenzo está en el centro del proscenio manifestando con su actitud, en sus ademanes y en su entonación, que sostiene una última y desesperada lucha consigo mismo. Inés, bella y poética, se aproxima lentamente a su padre: siempre la siguen Ángela y la Duquesa, vestidas de negro, inspirándola cuanto dice. Juana agoniza. El despacho está envuelto en grandes sombras: el reflejo de la chimenea ilumina de lleno a Inés_).

DON LORENZO.

¡Allí está la tentación! Pero ¡qué hermosa es! ¡Qué aureola de divina belleza la circunda! ¡Única luz entre tanta sombra!

ÁNGELA.

(_Aparte a su hija_). ¿Lo ves? Ya no acierta a resistir... Ruégale..., ruégale, Inés mía.

INÉS.

(_Avanzando_). ¡Ven a mis brazos!

DON LORENZO.

(_Retrocediendo_). ¡Ay de mí si los ciñe a mi cuello como dulcísimo dogal!

JUANA.

(_Aparte con voz apagada_). Un dogal al cuello... Tiene razón...

INÉS.

¡Por Dios santo, padre mío, por el amor que me tienes; por las lágrimas de estos ojos que cuando yo era niña tanto querías y tanto besabas! (_Llevándose las manos al rostro, retirándolas después, y dándoselas a besar a su padre_). ¡Mira, mira y cómo se desprenden de mis párpados! Mis dedos las recogieron al caer, bésalas y sentirás en tus labios su amargura.

DON LORENZO.

Sí: las besaré..., las besaré..., pero ¡ay, si una sola de las mías cayese en los tuyos!

JUANA.

(_Aparte_). ¡Caer!... Han dicho caer... ¡Yo también caigo en abismo sin fondo! Pero antes..., antes... quiero abrazar a mi hijo.

INÉS.

¡Padre! (_Lorenzo retrocede. Inés, Ángela y la Duquesa le siguen_).

ÁNGELA.

¡Lorenzo!

JUANA.

¡Han dicho Lorenzo! Allí..., allí... veo algo... (_Avanzando_).

DON LORENZO.

No..., no..., digo mil veces que no... ¡Queréis envilecerme!

INÉS.

Y tú, padre mío, ¿quién lo creyera? ¡Quieres mi muerte! Y si no, ¿por qué te opones a este amor que es mi vida?

DON LORENZO.

Yo, Inés mía..., no..., la duquesa..., la duquesa es.

ÁNGELA.

No es cierto. La duquesa cede.

DON LORENZO.

¡A precio de deshonra!

DUQUESA.

No es cierto, Inés: a trueque de silencio.

INÉS.

Lo estás oyendo, padre mío.

DON LORENZO.

(_Separándose de ellas, rechazándolas y retrocediendo_). ¡Solo oigo voces que me piden mi conciencia!... ¡Solo veo sombras que entre las sombras me persiguen! Fantasmas del espacio..., engendros de la tentación..., ¡dejadme!... ¡Dejadme por Dios vivo; que si sois fuertes para atormentarme el corazón, sois débiles, muy débiles, para torcer mi voluntad!

JUANA.

¡Su voz!... ¡Lorenzo!... ¡Lorenzo!... (_Llegando a él y abrazándole_).

DON LORENZO.

¡Madre! (_Abrazándola también_).

INÉS.

(_Amparándose de Ángela_). ¿Qué voz es esa? ¿Quién es esa mujer? ¿Qué sombra brotó de las tinieblas y ciñó a mi padre con sus brazos? ¡Tengo miedo!

DON LORENZO.

¡Juana!... ¡Madre mía!

INÉS.

¡Su madre! ¿Por qué la llama su madre?

DON LORENZO.

Porque es mi madre, y porque... he de decirlo.

JUANA.

¡Yo! ¿Su madre yo? ¡Jesús, qué idea!... ¡Bien quisiera... serlo!

DUQUESA.

¿Oye usted..., oye usted lo que dice?

ÁNGELA.

¡Lo niega!

DON LORENZO.

¡Lo eres! (_Con violencia_).

JUANA.

¡Ah..., pobre Lorenzo mío! (_Con risa forzada_). ¡Hijo de mi alma! (_Al oído, y abrazándole_).

DON LORENZO.

¡Por la tuya, que repitas en voz alta lo que me dices al oído!

JUANA.

Yo..., al oído... ¿Pues qué te dije? ¡Ser su madre!... ¡Qué mayor dicha!

DON LORENZO.

¡Ah!... ¿Lo niegas? (_Con furor_).

ÁNGELA.

¡Lorenzo!

DON LORENZO.

¿Niegas que eres mi madre? (_Con creciente furor_).

JUANA.

¿Y cómo no?

DON LORENZO.

¡De mí renegaste al nacer yo, y vuelves a renegar a la hora de tu muerte! (_Con horrible desesperación_).

JUANA.

(_Abrazándose a él, y formando los dos un grupo tan estrechamente unido, que es imposible en la oscuridad conocer si se abrazan ambos, o si en su furor la estrecha Lorenzo contra sí_). ¡Hijo de mis entrañas! (_Con voz moribunda, al oído_).

DON LORENZO.

¡Eso..., eso!... (_Ya delirante_).

JUANA.

¡Yo muero!

DON LORENZO.

No..., madre mía.

DUQUESA.

¡Jesús mil veces! ¡Ese hombre va a matarla!... ¡Socorro! (_Corriendo hacia la puerta de la derecha_).

ÁNGELA.

¡Eduardo!... ¡Tomás!

DON LORENZO.

¡Madre!... ¡Madre!...

JUANA.

No... Dios mío... No..., ¡eso no!

ESCENA X.

DON LORENZO, INÉS, JUANA, ÁNGELA, DUQUESA, DON TOMÁS, EDUARDO.

Los dos últimos, por la derecha con luces. Todos acuden y procuran separar a Lorenzo de Juana.

DON TOMÁS.

¡Vamos!... ¡Vamos!...

DON LORENZO.

¡Madre mía!... ¡Perdón!... ¡Perdón! Si no quieres no te llamaré madre... ¡Madre mía!

JUANA.

A... diós...

DON LORENZO.

¡¡Juana!!

JUANA.

(_Haciendo un esfuerzo horrible, se levanta como herida en el corazón por el nombre de Juana, y cae_).

DON TOMÁS.

¡Muerta!

DON LORENZO.

¡No..., no es posible! (_Abrazándose a su madre_). Para matarla la llamé ¡madre!..., y el último grito que oyó de mis labios... fue ¡Juana! ¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¿Por qué la castigas así, y por qué me abandonas?

FIN DEL ACTO SEGUNDO.

ACTO TERCERO.

La misma decoración de los actos anteriores.

ESCENA PRIMERA.

DON TOMÁS, después un CRIADO.

DON TOMÁS.

Todo en calma. Ni se oye el llanto de Inés, ni ruge la cólera de Lorenzo. Calma precursora de nueva tempestad. (_Pausa_). Momentos hay en que dudo y vacilo. Él..., él..., mi buen amigo, mi pobre Lorenzo... Esta idea no me da punto de reposo. En fin, muy luego sabremos la verdad: entretanto valor, y cumplamos para con esta atribulada familia deberes sagrados que nadie con mejor deseo que yo ha de cumplir.

CRIADO.

Un caballero a quien acompañan dos... que..., vamos..., yo no sé si lo son..., aunque su traje... En fin, ese caballero me ha dado para usted esta tarjeta, y allá fuera esperan todos.

DON TOMÁS.

(_Mirando la tarjeta_). ¡Ah! ¡El doctor Bermúdez! Que pase, que pase...

CRIADO.

¿Y los otros dos?

DON TOMÁS.

Que esperen. (_Sale el Criado_). A medida que se aproxima el momento crece mi ansiedad y crecen mis dudas. ¡Pobre Ángela, qué golpe! ¡Pobre Inés!... ¡En qué estado de excitación nerviosa se halla la desdichada niña! ¡Qué lucidez en su mirada! ¡Qué claridad en sus juicios! Nadie le explicó lo que ocurre... y yo creo que lo sabe todo; y adivina lo que no sabe, y sospecha lo que no adivina. No: esta situación no puede prolongarse más: afrontemos la realidad por triste que sea.

ESCENA II.

DON TOMÁS, DOCTOR BERMÚDEZ, después dos loqueros vestidos decentemente, pero dando a conocer en su fisonomía y en sus maneras que no son lo que aparentan.

DON TOMÁS.

¡Doctor!... (_Saliendo al encuentro, y dándole la mano_).

DOCTOR.

¡Don Tomás!...

DON TOMÁS.

Puntual como de costumbre.

DOCTOR.

No, vengo con alguna anticipación..., para dejar convenientemente instalados a esos dos...

DON TOMÁS.

Sí, sí, comprendo.

DOCTOR.

Los he hecho vestir de manera que don Lorenzo no sospeche..., porque como solo se trata de esas precauciones generales...

DON TOMÁS.

Ya, ya..., muy bien. Es preciso caminar con prudencia. Rapto de furor; verdadero rapto de furor, como dije a usted, solo ha tenido uno; el de la otra noche. Pudiera ser que yo me equivocase...

DOCTOR.

Mucho lo celebraría..., y usted lo celebraría también.

DON TOMÁS.

¡Ay, amigo mío, estoy que no sé lo que me pasa! En fin, su ciencia de usted, su práctica, su profundísima penetración han de sacarnos de dudas.

DOCTOR.

¡Usted me lisonjea! Estando usted...

DON TOMÁS.

No cuente usted conmigo, doctor; no estoy para nada: me declaro incompetente: se trata de mi mejor amigo: casi de un hermano. Además, siempre me ha parecido... Usted conoce mi escuela: entre la razón y la locura no hay una línea divisoria...

DOCTOR.

Evidente, evidente; y todos los sabios tienen algo...

DON TOMÁS.

Cabal; la excitación del cerebro pasa de cierto límite y...

DOCTOR.

Justo. Veremos, veremos lo que puede hacerse por don Lorenzo. Conque esos dos chicos...

DON TOMÁS.

Fácil ha de ser inventar cualquier historia: serán los testigos... o se le dirá que vienen con el escribano... Cualquier cosa. El pobre Lorenzo no está para fijarse en estos pormenores.

DOCTOR.

¿Y dónde esperan?

DON TOMÁS.

Ahí dentro. (_Señalando la puerta de la izquierda_).

DOCTOR.

(_Asomándose al fondo_) ¡Eh! ¡Braulio! ¡Benito! (_Entran los dos loqueros algo cortados y mostrando en sus ademanes toscos y torpes lo que son_).

DON TOMÁS.

Entren ustedes ahí en ese gabinete: si son ustedes necesarios ya se les avisará, y entretanto, quietos. (_Los loqueros saludan y entran por la izquierda_). Desde que murió Juana no ha vuelto a entrar Lorenzo en esa habitación. (_A Bermúdez_). En cerrando la puerta... (_La cierra_).

DOCTOR.

(_Mirando el reloj_). Vuelvo en seguida: antes de que llegue el escribano estoy aquí. Voy... muy cerca...

DON TOMÁS.

¿Una visita?

DOCTOR.

Sí: un caso muy bonito de locura. (_Ángela entra por el fondo y se detiene al ver a Bermúdez_). ¿Es?... (_Aparte a Tomás, indicándole con la mirada a Ángela_).

DON TOMÁS.

Sí: la esposa. No hable usted con ella.

DOCTOR.

Hasta luego. (_Aparte a Tomás_). Señora... (_Saludando. Sale por el fondo_).

ESCENA III.

ÁNGELA, DON TOMÁS.

Ángela sigue con la vista a Bermúdez; después mira hacia el gabinete en que entraron los loqueros.

ÁNGELA.

¿Quién es ese que sale? ¿Quiénes son dos hombres que vinieron con él?

DON TOMÁS.