Part 15
—De la nuestra, de allá... Vamos, vamos pronto. Póngase el abriguito que le ha traído este buen señor, y arrópese bien, y cálese la capucha, que hace mucho frío... Así, así... ¿Ve qué bien está?
Calpena se ciñó el cinto de las pistolas. En aquel momento entró una vieja, que presurosa recogió del suelo el farol, diciendo en voz muy baja:
—Ocasión como esta para salir, en toda la noche la hallarán. ¡Ánimo y afuera! Abierto todo... Corpas y Berastegui han ido corriendo a la plaza.
—Este buen señor —indicó Calpena viendo que don Alonso se movía con notoria dificultad— ¿está paralítico?
—Le llevaremos entre todos —dijo la niña mayor, angustiada.
—Sancho —ordenó don Fernando a su escudero en tono que no admitía réplica—, tú que eres fuerte, cógele en brazos. Afuera todo el mundo... Demetria, agárrese usted de mi abrigo por este lado... Gracia, por la izquierda. Déjenme los brazos libres... Buena mujer, haga el favor de llevar este lío de ropa, que es mucho peso para la niña. Yo, con mis dos mujeres, delante; sígueme tú, Sancho, con el señor a cuestas... Vamos. Derechos a la salida por la puerta principal. Y luego todo el mundo a la derecha lo más vivamente posible hasta coger el puente y ponernos al otro lado del río. ¡Dios sea con nosotros! Saldremos sin tropiezo, y al que quiera detenernos no le doy tiempo a respirar.
Salieron en el orden dispuesto, con vivo paso, sin mirar a nadie. Por fortuna, en el patio había poca gente. Sentía Fernando el temblor de las dos muchachas, cada una por un lado, y su ardimiento varonil se centuplicaba entre aquellos dos miedos femeninos... Todo fue muy bien hasta que, franqueada la puerta y torciendo hacia el río, pasaban frente a la Universidad. Dos galeras paradas en medio de la calle obligáronles a un largo rodeo, y en esto se les plantaron delante dos hombres, con boina blanca (_chapelchuris_), que parecían servidores de alguna ambulancia:
—Eh, ¿qué es eso, a dónde van estos pájaros?... Atrás —dijo uno de ellos revelando en la pureza del habla que no era vascongado.
Sin contestarle, Calpena le dio un empujón, diciendo a su escudero:
—¡Vivo, Sancho, vivo!
—¡Atrás! ¿quién es usted? —gritó el otro _chapelchuri_ cortándole el paso.
Fernando le apuntó a la cara diciendo:
—¿Que quién soy? Vas a verlo. Un hombre que te dejará seco ahora mismo, si le estorbas el paso...
Y como los otros retrocedieran, más sorprendidos que atemorizados, añadió en el mismo tono:
—Animales, ¿no veis que acompaño a dos señoras? ¿De qué tierra sois, que no respetáis a las damas?...
—_Semos_ de Cascante. ¿Y qué?
—Pues yo soy de _Cascón_. ¡Paso! No somos ladrones... No nos llevamos nada que no sea nuestro.
—_Pensemos_ que venían de la cárcel.
—Abur, amigos... —dijo Calpena avivando el paso, siempre con la impedimenta de las dos aterradas niñas a un lado y otro—. El que quiera media onza, venga por ella; el que quiera una bala, también...
Y diciéndolo llegaron al puente, y pasáronlo a escape, sin mirar atrás. Las señoritas, adquiriendo por el miedo mismo súbita ligereza, no corrían, volaban, y Fernando con ellas. Sancho, con supremo esfuerzo de sus aceradas piernas, se puso prontamente a mayor distancia. La vieja que cargaba el lío de ropa fue la más rezagada; pero llegó la pobre, renqueando, sin tropiezo alguno.
—Si esos brutos —dijo Calpena cuando pudieron tomar aliento— vienen acá, que escojan entre una buena recompensa por ayudarnos y un par de tiros bien certeros por perseguirnos.
—Señor, no hay que temer —dijo sofocado el escudero, dejando en el suelo a don Alonso—. Esos mostrencos son de Cascante, media legua de mi pueblo, que es Ablitas. Les conozco: están en la facción por compromiso. Son de los que llaman _pasados_, y sirven por los nueve cuartos. Si vienen, con una buena propina le servirán a usted de cabeza.
—No, no; más vale que no vengan. No quiero nada de Oñate, y menos de _chaquelchuris_ o _chapeles_ del infierno. Alejémonos un poco más, y luego tomaremos algún descanso. Ánimo, señoras, que ya estamos fuera. Y tú, Sancho, imita, hasta donde puedas, al bravo Esain, _el burro de don Carlos_. Solo que nuestro pobre don Alonso pesa menos que el rey absoluto. Adelante. Esta buena señora hará el favor de llevar su carga un poquito más lejos. Allí se ve una luz. ¿Qué es aquello? ¿Hacia dónde vamos?
—Es la ermita del Santo Ángel de la Guardia —indicó la vieja.
—Él nos favorezca y nos acompañe —dijo Demetria más animosa, haciendo la señal de la cruz.
—El señor Echevarría ha mandado que se alumbre la imagen toda la noche.
—¡Qué previsión la del señor confesor del rey!, esa luz piadosa nos guía en esta oscuridad —dijo Calpena—. Creo que nadie nos sigue... ¡Eh! Sancho, párate un poco. Cruzamos un camino. ¿Hacia dónde se va por aquí?
—Tirando a la izquierda, vamos a Lamiátegui.
—¿Es camino contrario al que lleva la corte?
—Sí, señor; podremos, faldeando el monte Aloña, subirnos hacia Aránzazu...
—Eso, eso —dijo Demetria prontamente—. Aránzazu... Aránzazu es nuestro camino...
XXIV
Dispuso el jefe de la expedición dirigirse al barrio de Lamiátegui, donde se procurarían medios para alejarse de la villa con más presteza y comodidad. Continuaron su marcha silenciosos, y llegado que hubieron cerca de las primeras casas de la anteiglesia, arrimáronse a un humilladero que les pareció lugar muy apropiado para descansar y orientarse. Puesto en pie don Alonso, sostenido por sus dos hijas, mirábales a todos uno por uno con ojos de sorpresa y terror.
—¿Dónde está Oñate? —preguntó con ronca voz, y mayor espanto en su mirada.
Los cuatro a un tiempo señalaron hacia donde se veían las mortecinas luces de la villa entre montes y espesuras borrosas..., y le hicieron notar el triste son de tambores que hacia aquella parte se oía. Encarose don Alonso, erguido y fiero, con el espacio oscuro salpicado de luces, y cual si estuviera delante de una persona, blandió su bastón, exclamando:
—¡Ca... nallas, lad...!
No pudo concluir: su lengua era como un trapo, y sus esfuerzos por hacerla funcionar no producían más que sordos mugidos. Volvió a gritar:
—¡Ca... nallas!
Y lo que no pudo decir con la boca, decíalo con el bastón, pues más de cinco minutos estuvo apaleando la atmósfera, hasta que sus hijas, haciéndole sentar en el sitio que escogieron como menos incómodo, trataron de sosegarle con palabras cariñosas.
—Sí, sí —dijo Demetria mirando a la villa e increpándola con más amargura que furor—: te hemos maldecido, Oñate; hemos llorado sobre ti más de lo que pudieran llorar por sus pecados todas las generaciones que en ti han vivido. Si logramos perderte de vista para siempre, solo te decimos: «Oñate, quédate con Dios».
En tanto Calpena daba estas órdenes a Sancho, acompañadas del dinero preciso:
—Necesitamos a todo trance víveres y un carro del país. Este pobre señor no puede moverse; ya lo ves. En caballería, si alguna se encontrara, tampoco podríamos llevarle. Busca por las casas de Lamiátegui un carro de bueyes, y lo tratas sin reparar en precio. De paso que haces esta diligencia, te traes la comida que encuentres, y un par de botellas de vino, todo bien acondicionado en una cesta. ¡Figúrate qué noche nos espera si nos lanzamos por esos caminos llevando a cuestas a don Alonso, con estas pobres niñas hambrientas y nosotros desfallecidos! Si tuviéramos la suerte de que bajaran tropas cristinas a ocupar a Oñate, menos mal. Pero me temo que no nos caerá esa breva... Anda, hijo, no perdamos tiempo. Toma más dinero si quieres, y tráeme lo que te digo.
—Un carro si lo hay, que no lo habrá..., y víveres si los encuentro, que los encontraré..., pero no querrán dármelos. Bueno.
—Anda, y no seas agorero... Ya oíste que las señoritas quieren llegar hasta Aránzazu. Tratas el carro; si te preguntan qué clase de pasajeros han de ocuparlo, dices que peregrinos..., que un enfermo..., que un monje..., en fin, di lo que quieras. A tu talento y agudeza lo fío... Vete volando.
Partió el escudero con más diligencia que confianza, desesperanzado de hallar lo que deseaban los fugitivos, y estos aguardaron su vuelta sentados al abrigo del humilladero. Don Alonso, arropado por la vieja, reclinó su cabeza sobre el hombro de Gracia, que le mimaba y arrullaba como a un niño. A la izquierda de este grupo, Demetria y Fernando permanecían en silencio, hasta que la joven lo rompió con estas o parecidas expresiones:
—Aprovecho este descanso, señor mío, para dar a usted noticia de las infelices personas a quienes concede hidalgamente su protección sin conocerlas. Si en todo caso merecería usted nuestra gratitud, amparándonos sin conocernos merece reconocimiento más grande, de esos que nunca pueden extinguirse. Sabrá usted, ante todo, que somos de Laguardia, villa de Álava, tan famosa por su antigüedad como por la riqueza que le dan sus campos de viñedo y sembradura; sepa también que mi padre, a quien ve usted en estado tan lastimoso, es uno de los señores de más ilustre abolengo en el país, y que a su nobleza corresponde un rico mayorazgo, que se extiende por las mejores tierras de Páganos y Elciego. No estará de más decirle también que en nuestra familia no solo es tradicional la nobleza, sino la virtud, y que tuvimos y conservamos, y Dios quiera que siempre nos dure, el respeto y el amor de nuestros deudos y convecinos. Perdió mi padre a su esposa, nuestra querida madre, el año 33, y fue tan extremado nuestro duelo que no creíamos que el tiempo nos pudiera consolar de aquella desgracia, porque..., ¡ay!, no tiene usted idea de lo que valía mi madre, en quien la virtud y la suma discreción se juntaban, persona única, sin semejante, y tan hermosa además, para que nada le faltara, que a nosotras nos parecía tener en casa a la Virgen Santísima, así como veíamos en mi padre al primer caballero del mundo. Solo me falta decirle, para darle a conocer la familia, que mis padres no tuvieron hijos varones, y que su única descendencia son estas dos pobres niñas, mujer y niña más bien, que hoy tiene usted bajo su amparo.
Fernando la oía con toda su alma, y ella, tomado aliento, prosiguió así:
—La ocupación constante de mi padre, desde los tiempos que yo puedo recordar, fue siempre el gobierno de su casa y hacienda, la dirección de la labranza, en que empleaba, y empleamos aún, muchos caseros y servidores, el cuidado de los lagares y bodegas, de donde salen los más afamados, los más ricos vinos de aquella tierra. Distracción única o descanso de sus quehaceres era la caza, por la que tenía verdadero delirio. Su colección de escopetas y otros arreos era la envidia de todos los aficionados de la villa, y sus perros no conocían rivales. Salía mi buen padre con sus amigos, y se pasaba días enteros en aquel ejercicio saludable, del cual volvía siempre gozoso, pensando en nuevas campañas contra los pobres conejos o contra las perdices que en la Sonsierra tanto abundan. La vida, como usted ve, no podía ser más placentera en mi casa; los días se sucedían felices, empleados unos tras otros en el trabajo productivo y sin afanes, como de familia rica a quien todo le sobra, en socorrer a los necesitados, y en los deberes religiosos, que entre nosotros se han cumplido siempre con puntualidad y hasta con rigidez. Toda esta paz la trastornó la muerte de mi madre, ocurrida el 29 de septiembre del 33, de una enfermedad que empezó sin inspirar cuidado, hasta que hubo de complicarse con un fuerte mal de corazón; y acometida de síncopes, en uno de ellos se nos quedó, y la perdimos, y Dios se llevó, ¡ay!, en un momento toda la felicidad de mi casa. Fíjese usted, señor, en la coincidencia de que perdimos a mi madre el día mismo del fallecimiento del rey don Fernando VII, a quien tengo por causante de los males que nos ocurren, no solo a nosotras, sino a toda España; hombre funesto, del cual no puedo decir, por estar en el otro mundo, sino que le perdone Dios el mal que ha hecho... Si se cansa usted de oírme, callaré, señor don Fernando.
—No, hija mía, no; estoy encantado. Siga usted. Ya noté la coincidencia al oír la fecha. Con efecto: ese tiranuelo ha dejado a su patria una herencia lamentable, la espantosa guerra, estas discordias que hacen y harán de España por mucho tiempo un inmenso manicomio suelto. A ver: dígame ahora cómo pudo influir la muerte del rey en las desventuras de su familia.
—Pues como ha influido en las de toda la nación, no solo la muerte, sino la vida de aquel rey que no supo gobernar en paz en sus estados, teniendo, como tuvo, medios de sobra para hacerlo, solo con apoyarse en el cariño que le tenían los pueblos cuando vino de Francia. ¿Es esto un disparate?
—¿Qué ha de ser, Demetria? No es sino una observación muy atinada, que revela su buen juicio y superior talento. Adelante. La muerte del rey desató el infierno, y su padre de usted, que hasta entonces había sido un señor muy pacífico, atento a sus intereses, se dejó tentar de uno de los partidos, de una de las banderías en que se dividió la nación... ¿Es esto?
—Parece que me adivina usted. Es eso mismo, señor don Fernando. Mi padre, que jamás había parado mientes en la política, pues ni aun el año 20, según oí contar, tomó partido por nadie, en cuanto se quedó viudo, por influencia quizás de la soledad y tristeza, varió completamente de costumbres y aficiones, desviándose hasta de su placer favorito, la caza. En aquellos días, Laguardia era un torbellino de pasiones y entusiasmos por esta o la otra causa, por estos o los otros derechos malditos, y mi padre fue arrastrado en aquellos oleajes, alzando bandera por la reina niña con tanta fe, con tanto calor, que nos puso en gran desasosiego a mi hermana y a mí... porque ha de saber usted que en la villa andaban a tiros cada lunes y cada martes por un _Quítame allá un Carlos_, o un _Ponme acá una Isabel_. No puede usted figurarse qué alborotos, qué trapisondas, qué sustos... Siempre había sido mi padre aficionado a las buenas lecturas, y por las noches, en las veladas de invierno, se recreaba en su escogida biblioteca, y a mi madre y a nosotras nos leía masajes entretenidos de viajes, novelas, o de historias muy interesantes. Pero desde que le tocó la demencia política, ¿usted sabe los libros y papeles que entraban en casa? Tres veces por semana nos traía el bagajero de Vitoria un fajo así, de folletos y periódicos, todos echando chispas, vomitando veneno. Y con los papelotes chicos venían después carros cargados de enciclopedias, de obras como misales, que trataban de libertad y cortes, de revoluciones y demonios coronados. En fin, que mi padre se pasaba los días y las noches devorando todo aquel fárrago, o discutiendo de política con los amigos que iban a darle tertulia, y de tanto leer y de tanto pensar en aquellos maldecidos negocios, se fue poniendo como don Quijote con los libros de caballería, enteramente perdido de la cabeza, sin hablar de cosa alguna que no fuera aquel cansado tema, y llegando hasta creer que Dios le mandaba realizar no sé qué hazañas fabulosas, por las cuales reinaría en España y en todo el mundo la Dulcinea que adoraba... Advierta usted que la Dulcinea de mi buen padre era la Libertad, esa señora hermosísima, según dicen, pero que a mí me parece tan imaginaria como la del Toboso; vamos, que no existe más que en la voluntad de los caballeros que la han tomado por divisa y bandera de sus aventuras.
(Pausa. Fernando reía).
—Pero ¡qué!, ¿se ríe usted?
—Sí señora: tiene usted muchísima gracia. Adelante.
—Pues a tal extremo llegó su desatino, que abandonó por completo los asuntos de su casa, y la labranza, y las bodegas, y tuve yo que entrar a gobernarlo todo, lo que no me fue difícil, por los ejemplos que había visto en mi madre y en él. Me puse al frente de la casa; me entendí con los caseros, pastores y criados, y gracias a esto se pudo evitar el trastorno grande que se nos venía encima. Mi padre, erre que erre en su política, soñando despierto, inventando constituciones, leyes, y echando discursos de cortes y embajadas. Mi hermana y yo, asistidas de un tío de mi madre, cura párroco del pueblo, ideamos quemarle un día todos los libros y papeles, y tapiarle la puerta de su librería; pero no nos atrevimos, temiendo que con esto se entristeciera demasiado y cayese en locuras más peligrosas. Estalló luego la guerra civil, y no quiero decirle a usted cómo se ponía cuando le contaban las batallas y encuentros de cristinos y facciosos... Nuestra pobre villa fue de las primeras que sufrieron la calamidad de la guerra. Un día se nos entraban allí los liberales, otro los carlistas. Tan pronto estábamos bajo el poder de Córdova o Rodil como bajo el de Zumalacárregui, y en uno y otro poder las bodegas y los graneros pagaban el gasto. ¡Qué días, señor, qué meses angustiosos! Felizmente, llevamos algún tiempo bajo la dominación cristina, y ojalá no tuviéramos allí más peripecias.
—Hasta ahora —dijo Fernando— no veo en el buen don Alonso más que un entusiasmo platónico. Sin duda se lanzó después a empresas de acción...
—¡Ay, cómo lo acierta usted!... Pues sí, sin decirnos nada, antes bien, llevando sus propósitos con gran reserva, organizó una partida volante en la cual entraron algunos caseros de nuestras tierras, y dos o tres cabezas ligeras de la villa, gente toda muy al caso para cualquier barbaridad: valientes, cazadores que conocían palmo a palmo toda la Sonsierra. Una mañana, callandito, salieron por la puerta del corral, y ya tiene usted a mi padre dispuesto a romper una lanza por Isabel II, y a comerse crudos a todos los malandrines del otro bando.
—Ya..., y le derrotaron, y...
—¡Quiá! espérese un poco... Ahora no ha sido usted muy buen adivino. Lo que hizo fue dar un palizón tremendo a la partida de un guerrillero que llaman Lucus, matándole seis hombres y cogiéndole no sé cuántos prisioneros... A los dos días se batió con la vanguardia de no sé qué tropa carlista, y también les dio un revolcón muy grande...
—¡Vamos!
—¡Como que Oráa le felicitó delante de las tropas, y Córdova le dio una cruz! ¡Vaya! ¿Pues usted qué se creía? Siguió guerreando por esos montes, sacudiendo de firme a las partidas que encontraba, hasta que le hirieron en la cabeza y volvió a casa muy alicaído. Sus compañeros de hazañas se dispersaron, no quedándole más que dos: un tal Polación y José Díaz, que le llevaron a Laguardia. Desde entonces se nos volvió taciturno, desconfiado, de genio regañón; y aunque curó de su herida, quedó muy propenso a padecer desvaríos, a veces accesos de furor. Tomamos cuantas precauciones puede usted imaginar para retenerle y apartarle de aventuras tan peligrosas, hasta que llegó un día funestísimo en que se alborotó la villa por una cuestión entre alojados del general Oráa y algunos vecinos del pueblo. Hubo tiros, sustos, carreras, un infernal barullo. En esta confusión, mi desgraciado padre saltó por la ventana de la bodega; uniéronsele dos de su anterior partida, el tal José Díaz y otro muy pendenciero a quien llaman _Puche_, escaparon a la sierra los tres solitos, a caballo, y de allí se fueron al cuartel general de Córdova. Sin duda esperaban encontrar otros desalmados que se les agregaran; tal vez soñaban que el jefe del ejército les daría soldados, para con ellos y el ardimiento que los tres llevaban en su alma, conquistar medio mundo. Ante esta nueva desdicha no pude contenerme; no vi más solución que correr yo misma en busca de mi padre, y traérmele. Mi genio es vivo, mis resoluciones prontas. Cuando se me ocurre una idea que creo salvadora, me persuado de que Dios la inspira. Pensado y hecho. Mandé preparar un coche... Mi hermana no quiso separarse de mí, y abrazándose a mi cuello, me pidió llorando que fuésemos juntas; cedí..., salimos una tarde acompañadas de dos criados de casa, de mi absoluta confianza, y a todo escape nos dirigimos a Vitoria. Mi pensamiento era suplicar al general que ordenase a mi padre la vuelta a Laguardia, negándole todo auxilio de guerra... No creía yo difícil obtener esto. En Vitoria contábamos con la ayuda de familias que nos aprecian... Todo lo vi fácil, todo realizado prontamente, conforme a mi deseo... Iba, pues, alentada por el amor filial, por el recuerdo de mi madre, por la satisfacción de ver representados en mí los sentimientos de la familia, el honor y la respetabilidad de nuestro nombre, y no bien llegamos a Vitoria...
Aquí fue interrumpida la historia por la llegada de Sancho.
XXV
El cual con cara gozosa dio cuenta de haber reunido algunas vituallas, que fue sacando ordenadamente de una cesta:
—Cuatro quesitos, dos botellas de vino, tres panes de a dos libras, docena y media de sardinas saladas, que, si a usted le parece, las tiraremos, pues esta no es buena comida para señores, y menos en viaje..., cuatro bizcochos de Oñate más viejos que mi abuelo..., pero, en fin, valen, y nueces. Ya ve usted cuántas. Las he probado, y más de la mitad salen fallidas. Del carro le diré que al fin encontré uno pequeño; pero quieren, por la subida hasta Aránzazu, onza y media, y además que el señor responda de la pareja, abonando su valor, si la secuestran carlistas o isabelinos. Esto es un abuso...
—Mayor abuso es que nos quedemos aquí toda la noche, o que tengamos que subir a pie, llevando en brazos al señor don Alonso. Anda y cierra trato en seguida, por lo que quieran, y venga pronto... Cuídate de que le unten bien los ejes para que no chille, pues no tiene gracia ir cantando por esos valles..., y haces que pongan un buen fondo de yerba seca, para que podamos llevar al enfermo acostado. Supongo que el carro tendrá toldo. Si no, que se lo pongan, y si no quieren ponérselo, no por eso deje de venir, que a mal tiempo buena cara... Si de paso encuentras algo más de bucólica, venga, cueste lo que cueste. Deja aquí la cesta, y llévate las sardinas para tirarlas, si no quieres comértelas. No te entretengas, que es tarde.