Part 7
El otro, con más miedo que vergüenza, no hacía más que escurrir el bulto, tratando de calmar a Hillo con expresiones conciliadoras. Había referido hechos presenciados por él. No respondía de que fuesen una misma cosa lo que él había visto y oído y la historia de Calpena. Podía ser, podía no ser. Averiguáralo don Pedro si quería... Esto dijo en cortadas frases, temblando, casi lloroso, mientras su colega, cuya mansedumbre se había trocado en bravura, trataba de cogerle las vueltas y cortarle el paso. Habíanse metido en terrenos sembrados entre tapiales y casuchas, que debían de ser guarida de gitanos. Don Pedro gritaba:
—¡Estamos solos..., en el campo estamos, campo del honor...! ¡Yo te reto, Ibraim!... ¡No traemos armas!... ¡Oh, quién tuviera las que han usado hoy esos duelistas de engañifa!... Pero si no hay armas cortantes ni de fuego, tenemos bastones... ¡Dame satisfacción, menguado Ibraim, o te verás conmigo en duelo leal..., en lid de caballeros..., aquí mismo, sin que nadie lo pueda evitar!
—_Satifasión, Jiyo, satifasión_ —decía el clérigo de tropa, siempre a distancia.
—Pero no corras; mala bestia. Ten valor para sostener tus infamias... Y si no quieres admitir el duelo, si como caballero no sabes responder de lo que has dicho, estoy decidido a apalearte... ¡So embustero! ¡Ven acá! ¿Para qué quieres ese corpacho, y ese trapío, y ese testuz, y esos remos?...
Despavorido, y sin malditas ganas de aceptar el caballeresco juicio de Dios que el otro le proponía, don Víctor no pensó más que en ponerse en salvo, y recogiéndose los largos faldones, apretó a correr con toda la ligereza de piernas que le permitía su robusta humanidad, de libras. Sin volver atrás la vista, brincó entre zarzales, franqueó zanjas de inmundicia, y hasta que no se puso a larga distancia, no tomó resuello. Don Pedro le persiguió furibundo, esgrimiendo el palo, hasta que rendida del colosal esfuerzo su máquina respiratoria, cayó en tierra como un tronco, rezongando:
—Canalla, me la pagarás... ¡Decir que es tal!... ¡Difamar a mi señora!... O te desdices, o...
XI
No pudo apreciar el desdichado presbítero el tiempo que tendido estuvo en aquel terreno, más parecido a muladar que a campo de sembradura. Harapientas mujeres le ayudaron a levantarse, y le limpiaron parte mínima del polvo y basura que decoraba su ropa negra. Apenas podía moverse de dolores agudísimos en todo el cuerpo; tardó un rato en recobrar el sentido de su situación, y en traer a su mente claras imágenes de lo que había hecho y dicho. Dudaba de la realidad de la escena que le reproducía su turbada memoria, y cuando trató de dar las gracias a las tarascas que le socorrían, su lengua torpe no acertaba a formular sus pensamientos. Sentáronle sobre una piedra para descansar; pidió agua; se la dieron, y reponiéndose poco a poco, se determinó al fin a emprender la marcha hacia el puente y calle de Segovia.
«No quisiera topar con Ibraim, porque si le veo, me volverá la rabia... ¡Dios mío!, ¿cómo he podido olvidar que soy sacerdote?... ¿Será cierto que hice y dije todo lo que me va repitiendo la memoria? ¿Y qué fue? Que perdí el sentido, que al oír los disparates de ese bruto me volví caballero... ¿Puede uno volverse caballero en momentos dados, aun siendo sacerdote? Se conoce que sí. He faltado a la moderación, a la humildad, a la paciencia que me impone el sacramento; he faltado, y tendré que expiar mi culpa... Es que de algún tiempo acá, desde que la desconocida mamá de Calpena me fue metiendo con suavidad en este berenjenal romántico, no me conozco; no soy el Pedro Hillo de antes, de tantos años pacíficos y oscuros dentro de la paz sacerdotal..., me he convertido insensiblemente en otro ser, menos de Dios y más del siglo... Cuando he soportado que me encarcelaran, como un caso natural, ¿qué me queda ya que ver ni que sentir?... Soy hombre, sí; soy caballero, y no consiento que la llamen _coima_... Al que me lo diga, le enseñaré yo quién es _señó Jiyo_, como dice ese bestia... No quiero, no quiero la deshonra de Fernando, a quien amo con todo mi corazón, y no le amaría más si le hubiera yo engendrado».
En todo el trayecto hasta su casa, que fue lento y penoso, sus ideas sufrían una oscilación de balanza puesta en el fiel, y empujada arriba y abajo por manos invisibles. Ya creía que lo dicho por Ibraim era falso, un embuste, una historia equivocada; ya veía en ello una verdad aterradora; y cuando esta idea de la posible veracidad del odioso cuento se clavaba en su magín, le entraba de nuevo la furia, y ganas de emprenderla a bastonazos con el primerito que encontrase...
«¡Vaya, que si es verdad...! El polizonte, el abanico..., el misterioso resplandor testifical que irradian de sí las cosas verdaderas...».
Así pensaba un largo rato, y luego daba en creer que todo era mentira.
«No puede ser..., no, no. No se finge la nobleza; no hay arte que lleve el engaño a tal extremo de perfección».
Había olvidado las señas de la casa mortuoria que le diera don Víctor; dudaba si había dicho _Fuencarral_ o _Arenal_: era cosa acabada en _al_. Por san Hermógenes bendito, debía buscar a Ibraim, pedirle perdón de las injurias, y recoger de su boca la exacta dirección de la difunta incógnita. ¿Pero qué noticias iba a pedirle a una pobre muerta? ¿Y quién le aseguraba que los adláteres, el de la policía, las mujeres malas, no tirarían a sostenerle en el engaño, a embarullarle más, y acabar de volverle loco?
Con estas dudas angustiosas llegó a Genieys, y agotadas sus fuerzas se arrojó en el lecho; no tenía ganas de comer: ningún alimento pasaría por su abrasado, seco y amarguísimo gaznate. No quería más que dormir, olvidar...
Calpena, que, según le dijo el mozo, había ido a las siete, marchándose después de tomar un copioso desayuno, volvió a casa por la tarde, y le acompañó largas horas. A ratos lloraba el buen presbítero, sin que su amigo obtuviese de él explicaciones sobre los motivos de su pena. A los dos días recobraba la tranquilidad externa; pero su cabeza sufría extraños accidentes, pérdida repentina de la memoria, seguida del fenómeno contrario, esto es, extraordinaria viveza de los recuerdos. Fue Iglesias a visitarle, y se alarmó del lastimoso estado cerebral de su amigo; y como notara que no se le atendía en la fonda con el esmero que su delicada salud requería, propuso llevársele otra vez a la casa de Méndez, lo que realizó aquella misma noche sin aguardar a que el enfermo lo decidiera. Pagada la fonda con los cortos dineros que a Hillo le quedaban, fue trasladado a su antiguo hospedaje, a donde le siguió también Calpena.
—Amigo Nicomedes —le dijo don Pedro una noche, hallándose solos, el clérigo en su lecho, el otro sentado, leyéndole periódicos—. Si usted no se enfada, le diré que no me interesa nada de eso que cuentan los papeles. Ahórrese el trabajo de leer en alta voz, y lea para sí, que yo me estaré aquí calladito, pensando en mis cosas.
—Precisamente, amigo Hillo, leo en alta voz para distraerle de esos pensamientos que le traen tan extenuado. Es preciso que usted se ponga en cura resueltamente.
—A eso voy, y de eso trato. Esta noche pensaba pedirle a usted un favor, en asunto pertinente a mi salud.
—Dígalo pronto, y si es cosa que está en mis facultades, delo por hecho.
—Pues usted, hombre de relaciones, conocerá a los señores de la Junta de Beneficencia. ¿No son estos los que han de dar licencia para entrar en las casas de orates?
—Seguramente. ¿Tiene usted que visitar a algún pariente o amigo que esté encerrado en el Nuncio de Toledo, o en Zaragoza?
—Pregunto si hay que dirigirse a esos señores solicitando el ingreso de un enfermo de enajenación.
—En efecto: los individuos de la Junta, previo informe de profesores de Medicina, dan la cédula de ingreso.
—Pues consígame al instante una cédula.
—¿Tiene usted pariente o amigo que se halle en ese triste caso?
—Tengo un amigo íntimo, sí señor; tan íntimo, que usa mi nombre y apellido. El loco que deseo encerrar soy yo mismo, caro don Nicomedes, y dese usted prisa, porque los dineros se me acaban; yo no tengo ya posibles ni de dónde me vengan... y como me siento rematado, en ninguna parte estaré mejor que en el Nuncio de Toledo.
Trató el bueno de Iglesias de apartarle de sus melancolías con festivas bromas; pero Hillo se confirmó más en ellas, añadiendo estas alarmantes expresiones:
—Sí, lo digo a boca llena: estoy más perdido que don Quijote, y que cuantos locos hicieron disparates y simplezas en el mundo. Figúrese usted si lo sabré yo, que a todas horas no hago más que contemplar el barullo de mis ideas, los extraños sentimientos de que me veo acometido. Yo mismo he llegado a tomarme miedo, y quiero que me encierren, sí, señor, que me encierren y me aíslen...
—Don Pedro, ningún loco discurre así sobre su propio desvarío. Pues no me lo diga mucho, porque doy en sospechar si estaré yo también trastornado.
—Cuidado, amigo, que así empecé yo —dijo don Pedro incorporándose en el lecho bruscamente, y mirando a su amigo con refulgentes ojos—. Y no crea que soy tan pacífico; no se fíe usted de mi natural tranquilo y manso..., no, no, no se fíe. Que también me dan terribles arrechuchos, y se me mete en el magín la convicción de que no soy sacerdote, sino caballero, desfacedor de agravios, como quien dice; y cuando me da esa tremolina, hago y digo atrocidades sin número. Desafío a todo el que se me pone por delante, y me siento con ánimo de comerme a bocados al que no diga y confiese...
Oyendo esto, y viendo cómo braceaba el clérigo al decirlo, Iglesias tuvo miedo y retiró hacia atrás la silla en que se sentaba.
—Confío en que su amistad y sentimientos humanitarios —agregó Hillo, calmada su excitación— le inducirán a dar los pasos convenientes para meterme en el Nuncio, antes hoy que mañana. Temo empeorar, ponerme más perdido... ¿Conque lo toma como cosa suya? Crea usted que se lo agradezco, y desde mi encierro pediré al Señor que no siga usted mi camino.
—Hombre, no..., allá me espere usted largo tiempo —dijo Nicomedes tomándolo a broma; pero con la pulga en el oído, más inquieto de lo que parecía.
Viéndole tranquilo, Iglesias le manifestó que él se sentía también un poco trastornado por la maldita política. No sabía ya qué camino tomar, ni a qué aldabas agarrarse, porque ni los caminos conocidos ya le llevaban a ninguna parte, ni las aldabas, repicadas con furor, le abrían ninguna puerta. Su juego de acogerse a Mendizábal, casi en el suelo ya, no parecía resultarle eficaz, porque don Juan de Dios, en su orgullo, acababa de manifestar el deseo de _caer solo_, sin solicitar colchones ni paracaídas del partido en que militaba. No quería que los _santones_ le echaran una mano, ni que le recibieran en las suyas las sociedades secretas.
—¿Sabe usted, amigo don Pedro, lo que ha dicho hoy en los pasillos del _Casón_? Yo mismo se lo oí. «Me voy a una casita que tengo a noventa millas de Londres, y allí me estaré con mi familia, _viendo la marcha de las cosas de este país..._». Y luego en otro corrillo le dijo al propio Argüelles: «Sé vivir con _ochocientos reales mensuales_ en Londres, con mi familia, y vivir feliz. Traje mucho, y nada me llevo. Que ustedes se diviertan».
—Gran filosofía es esa. El señor don Juan Álvarez merece toda mi admiración.
—Se retira..., al menos así lo asegura. Y henos aquí abandonados, los que no hemos querido hacer causa común con el _santonismo_.
—De modo que ahora se encuentra usted como el alma de Garibay —dijo don Pedro con una risa atronadora que puso muy en cuidado a su compañero de casa—. Pues decídase de una vez, Iglesias, y véngase conmigo.
—¿A dónde?
—Al Nuncio de Toledo. Allá estaremos tan ricamente, y nos contaremos uno a otro nuestras cuitas: yo le diré por qué peno, y usted me hará la historia de sus desairadas tentativas. Créame, no se puede luchar con el destino, y el mío, como el de usted, es no llegar nunca... Hemos nacido con desgracia: la obstinación en esta desigual batalla nos ha trastornado la cabeza. Aún estamos a tiempo, señor don Nicomedes; vámonos, encerrémonos antes de que salgamos por las calles tirando piedras. Corremos el peligro de hacer una barbaridad inesperadamente, y si no coincidimos en la ocasión de hacerla, es fácil que nos enchiqueren por separado, a mi en una parte, a usted en otra, y en este caso no hallaremos en la compañía el consuelo que deseamos.
Al siguiente día, repitió Hillo su cantinela del Nuncio de Toledo, ya con verdadera reiteración monomaníaca, lo que puso en mayores cuidados a Iglesias. Conceptuando peligroso contrariarle, le aseguró que ya había pedido la recomendación para ingresar los dos en cualquier casa de orates; y a este propósito dijo don Pedro cosas tan oportunas y juiciosas que Nicomedes hubo de enmendar su opinión respecto a él, teniéndole por la misma cordura.
—A usted y a mí, señor de Iglesias, nos pasan tantas desventuras por habernos salido de nuestra jurisdicción, del terreno en que por nacimiento, por naturales gustos y por ley del tiempo y de la vida debimos permanecer. En vez de mantenernos en jurisdicción, nos hemos ido por los cerros de Úbeda, y henos aquí desorientados, _huidos_, en una palabra, sin saber qué rumbo tomar, pues ya no hay fin seguro para nosotros, como no sea el de la perdición. Yo, presbítero, me salí de mi terreno, arrastrado por un noble afán del bien, eso sí; y aquí me tiene usted castigado por Dios, que no ha visto con buenos ojos el abandono de mis deberes eclesiásticos, por meterme en caballerías impropias de la milicia cristiana a que pertenezco. Verdad que mi conciencia no me arguye ningún pecado grave; pero en religión, como en moral, no solo es menester ser bueno, sino parecerlo, y yo no parezco un buen sacerdote. La nobleza de los fines que me arrastraron a esta vida de sobresalto no me exime de responsabilidad ante el clero; no, señor, no me exime, y hoy todo mi afán es volver humilde y sumiso al rebaño eclesiástico, prosternarme ante el Sacramento y elevar a Dios mi alma, haciéndome digno de celebrar nuevamente el Santo Sacrificio... Pues expresada mi situación, voy a la de usted, que estimo muy semejante a la mía, aunque a primera vista no lo parezca. Por lanzarse a este vértigo de la política, donde esperaba satisfacer legítimas ambiciones, abandonó usted el bienestar y la paz rústica de su casa manchega; dio usted de lado a sus padres y hermanos, y trocó la tranquilidad oscura y modesta por los afanes ruidosos. Reconozco que sus aspiraciones eran rectas y nobles: servir al país, ilustrarle; aspiraba usted a manifestar en las Cortes sus ideas y el fruto de sus estudios, a desempeñar un ministerio, cosas muy santas y muy buenas... Empezó mi hombre su campaña con entusiasmo y brío, metiéndose en todo, huroneando en el periodismo, cultivando amistades; sin sentirlo se fue metiendo en intrigas de mala ley, porque es la política un terreno movedizo y desigual, y andando por ella, ya se pone el pie en firme, ya se hunde en ciénagas malsanas. Cuando ha querido recordar, ya estaba el hombre metido hasta el cuello. Quizás por su misma inquietud, por el afán de llegar pronto, se ha perdido en estos laberintos, y ahora los esfuerzos para salir le meten en mayor confusión y en más cenagosos atolladeros... Trajo usted con sus aspiraciones legítimas una dosis no corta de soberbia, amigo mío, y por querer sentar plaza en los altos puestos, como a su parecer le correspondía, despreció los secundarios que se le ofrecieron, y ahora se dará con un canto en los pechos si obtener puede un destinillo de tercero o cuarto orden. No ha sabido usted esperar; ha olvidado aquel sabio precepto que se atribuye al último rey: _vísteme despacio, que estoy de prisa_; y por vestirse atropelladamente se ha puesto el chaleco donde debió estar la camisa, y la camisa en la cabeza a guisa de turbante. Está usted hecho un mamarracho.
Sonreía Iglesias oyendo este retrato, en el cual vio la destreza del pintor, y alentándole a seguir, continuó el clérigo de este modo:
—Compare usted está tracamundana en que ahora se encuentra, abandonado de sus amigos, y sin saber a qué santos o _santones_ encomendarse, con la paz y la dulce _mediócritas_ de su casa. En su querido Daimiel dejó usted padres y hermanos labradores; su hacienda bastaba para sostén de la familia, y con el trabajo de todos podía ser aumentada. Vino y pan abundantes, caza de lagunas, caza de jarales le sustentaban, ofreciéndole los esparcimientos y el saludable ejercicio del campo. Todo lo dejó usted por venir a quitarle motas a don Martín de los Heros, o a ver escupir por el colmillo a Ramoncito Narváez. De estos esperaba usted la ínsula que ambicionó su compatriota Sancho Panza, y la ínsula no parece, y don Martín, don Juan de Dios, don Salustiano, don Javier, don Francisco y don Fermín no hacen más que marearle y traerle de Herodes a Pilatos con una soga al pescuezo. Y en tanto su familia, según usted mismo me ha contado, yo no lo invento, se ha cargado de deudas por sostenerle aquí, siempre en espera de que llegue carta con la feliz nueva de que el señorito es procurador, ministro, o por lo menos director de Rentas, y lo que llega es la requisitoria angustiosa del madrileño, pidiendo más dinero, más, porque la vida de la corte es cara, y no se pescan truchas a bragas enjutas; que si buena cartera se ha de ganar, buenos cuartos le cuestan las apariencias y ostentaciones que trae consigo la posición política. Total, que los viejos no saben ya qué hacer para el sostenimiento en Madrid del hijo _que va para gobernador_, y ya no tienen tierras que empeñar, ni granos que vender, ni tinajas de vino que malbaratar, y su único recurso será desprenderse de la camisa que llevan puesta para atender al grande hombre. ¿Es esto cierto, si o no? ¿No estaría usted mejor allá, muy tranquilito en su labranza, comiendo buenas sopas de ajo y suculentas migas, harto más sabrosas, ¡ay!, que los bodrios indecentes que le da Genieys cuando usted convida o le convidan sus amigotes? Allá no le dirían que es un Mirabeau en agraz, ni que tiene el cuerpo lleno de _espíritu del siglo_, ni le meterían en la cabeza tanto viento y hojarasca; pero viviría usted en paz con Dios y con los hombres, y sería usted un hijo ejemplar y un buen padre de familia..., pues usted me ha contado, yo no lo invento, que le tenían preparado el ayuntarle..., repito que no lo invento..., con una hija de ricos labradores, _alta de pechos y ademán brioso_, como Dulcinea; y usted despreció el partido, porque la lozana joven comía cebolla cruda..., ¡vaya una tontería!... Y no es sino que al niño se le metió en la cabeza que aquí estaban las hijas de duques y marqueses esperándole para darle su blanca mano, y ambicionaba el trato social muy fino, las etiquetas y bobadas cortesanas... Confiésemelo: ¿era como lo digo?... Pues la moza de allá se casó con otro, y ha parido dos hijos ya, como terneros..., yo no lo invento, y es feliz, y usted anda por aquí con la cabeza a pájaros, buscando un acomodo que no encuentra, ni en lo social, ni en lo político, ni en nada, ea. De buena gana, si pudiera volver los hechos al punto de lo pasado, y desandarlo todo, renegaría el buen Iglesias de su vida de estos años, amando lo que despreció, y amparándose a lo que antes tan mal le parecía. Hoy le viniera bien poder cambiar la fragancia de droguería que usan estas damiselas enfermizas, como disimulo de las pestilencias de la civilización, por aquel tufillo de cebolla, compañero de la salud del alma y del cuerpo. ¿Verdad que desharía usted la tela del tiempo, amigo Nicomedes, y la volvería a tejer con la urdimbre aquella..., y con la labradora de la Mancha?
XII
Iglesias se reía, ocultando con el humorismo su tristeza.
—¿No nos vendría bien a los dos —prosiguió el presbítero— volver a nuestra jurisdicción, yo a mi clerecía y al humilde magisterio de retórica, usted a la paz de su Daimiel? Diría usted con el gran poeta:
¡Oh campo, oh monte, oh río, oh secreto seguro deleitoso! Roto casi el navío, a vuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestuoso.
Y a mí me tocaría decir con el mismo poeta, volviendo la espalda al tráfago social:
No condeno del mundo la máquina, pues es de Dios hechura: en sus abusos fundo la presente escritura, cuya verdad el campo me asegura.
Interrumpió esta grata y al propio tiempo triste conferencia, la llegada de una esquela para don Pedro, la cual bruscamente llevó la atención de entrambos a negocio de mayor interés. La letra del sobrescrito revelaba la mano de Calpena. Hillo se puso de veinticinco colores previendo una nueva desdicha que llorar, y rogó a Nicomedes que leyese, pues él sentía gran debilidad de vista y de cerebro. Iglesias leyó:
«Amado clérigo, mi dulce amigo, perdóname si me ausento sin despedirme. La despedida sería harto penosa, y en ella, si mi locura se viera combatida por tu razón, todos los esfuerzos de esta serían inútiles, y prefiero que mi desobediencia no vaya precedida de una discusión inútil. Me voy. ¿Adónde? Ya te lo diré. He averiguado dónde está el único fin de mi vida, y tras ese fin sin fin corre mi destino ciego... Nunca te olvida tu — _Fernando_».
—Y con su poquito de culteranismo —dijo Iglesias dejando la carta sobre la mesa—. Ese chico está más trastornado que nosotros.
—¡El romanticismo, el gran monstruo, es la tromba que a todos nos arrastra! —exclamó don Pedro dando un gran suspiro—. Bien, hijo, bien; la noticia no me coge de nuevas. Me lo temía. El destino sobre todo... Arrojémonos a los profundos abismos, pues así lo quiere Dios... Dios, sí, que obra suya es el romanticismo, como lo es la vida clásica... Bien, hijo, bien; vete en busca de tu ídolo, y que Dios te ampare y te guíe por ese despeñadero. Y bien mirado, si eres nacido de _esa_, vale más que huyas y desaparezcas... Deshonra por deshonra, no sé con cuál me quede... Pero si me engañó el maldito gitano, si no es _esa_, sino _aquella_... Dios decidirá de su suerte y de la mía. Venga la luz, y cualquier forma que traiga la verdad, admitámosla y acatémosla.