Chapter 3 of 21 · 4000 words · ~20 min read

Part 3

«¿No sabes? La belleza marmórea tiene otro novio, Ramón Narváez, no sé si te acordarás, coronel de ejército, cara dura, dejo andaluz, carácter de hierro, más propio para manejar soldados y ganar plazas que para la expugnación de mujeres. Me consta que a la familia de ella agradan estas relaciones, porque el mozo, según dicen, va para general: tales condiciones ha demostrado, y fiereza tanta contra los _anárquicos_ de aquí y los _serviles_ de allá. Pero como sale dentro de unos días para el Norte a mandar el _Infante_, es fácil que sea sustituido por otro, quizá perteneciente a la clase civil, a esa echadura de abogados habladores que la nación empolla para sacar ministros. Así andará ello. Todos estos niños zangolotinos que hablan de Benjamín Constant, de Thiers y Guizot, del Parlamento inglés y del _bill de indemnidad_ me apestan. La petulancia militar, con ser grande, ofende menos que la de los juristas, por lo que voy sospechando y temiéndome que los generales han de ser los principales mangoneadores políticos, cuando lleguemos a la paz. ¿Qué te parece esta observación? En tiempos de guerra mandan los civiles; en tiempo de paz mandarán los espadones..., no será floja empolladura la que nos dejará la guerra civil...

»Me dicen que en el Prado empieza el calorcillo primaveral. El tiempo delicioso favorece la aparición de esas humanas flores que se llaman María Cimera, las dos Malpicas, Pepa Parsent y Encarnación Camarasa. ¿Qué piensas de esto, niño? ¿Has perdido de tal modo el gusto y las aficiones de caballero, que no anhelas la libertad para rendir homenaje a la belleza noble y honrada? ¿No te acuerdas ya de las ilustres casas que no necesito nombrar? ¿No conociste allí damas finísimas, cuya conversación tan solo, honesta y graciosa, te enseñaba las buenas formas, te sugería pensamientos felices, y educaba tu voluntad y tu inteligencia para un porvenir noble y hasta glorioso? ¿No se te ha pasado por las mientes, loco de remate, que podrías hallar, andando el tiempo, y prosiguiendo en el seguro camino que se te trazó, una compañera de tu vida tan bella, tan virtuosa y distinguida como la que hoy es marquesa de Selva-Alegre? ¿Ya no tienes aspiraciones hidalgas? ¿Te has encariñado tanto con las violencias, con el colorido chillón, con la nota discordante, con el contraste duro, que eres ya insensible al buen tono, a la gracia, a la armonía? No, no puedo creerlo... De fijo sientes ya en tu alma la reversión a los pasados gustos. ¿Verdad que deseas ver el _Prado por abril de flores lleno_? La novedad de este año es que se presentarán tres pimpollos, recién salidos del colegio; tres chiquillas monísimas. ¿No aciertas? Son las de Oñate, Juliana, Matilde y Carolina... Rabia, que ninguna ha de ser para ti; y si ante ellas te presentaras, con tu aire jacobino, y esos modales _anárquicos_ que has adquirido ahora, las pobres niñas se asustarían, y echarían a correr chillando: “Que se lleven de aquí a este pillo, y le vuelvan a meter en la cárcel”. Ya ves, ya ves, a lo que has venido a parar... Me figuro que arrugas el ceño por esta fuerte peluca que te estoy echando, y casi, casi sientes impulsos de estrujar la carta y arrojarla sin concluir su lectura. Pues no señor: aguántese usted y lea hasta el fin, que aún falta lo mejor.

»Corren voces de que dimite Córdova. Se comprende que el hombre esté volado. Aquí se le censura porque no da una batalla por la mañana y otra por la tarde, creyendo que el dar batallas es tan fácil en el campo como en las mesas de los cafés. Y al paso que se hace una crítica estúpida de las operaciones militares, no se le mandan al general los recursos que solicita. Con un ejército descalzo, mal comido, y sin pagas, quieren campañas victoriosas. Oyes en un café a cada instante esta opinión impertinente: “¿Por qué no se ocupa el Baztán?... ¿Por qué no se fortifican los pueblos de la orilla derecha del Arga?...”. “Sí, hombre, les diría yo: vayan ustedes a posesionarse del Baztán, a ver si ello es tan divertido como hacer carambolas en el billar”. Yo mandaría al Norte a los carambolistas de Madrid, y a los vagos que por matar el aburrimiento se dedican a la estrategia... A todos les pondría el chopo en la mano, y les diría: “Hijos míos, id a la guerra y desfogad vuestro bélico ardor, y no volváis sino trayendo la cabeza del último faccioso...”. La prensa no hace más que denigrar al general en jefe. _El Jorobado_ le llena de injurias; el _Eco_ le mortifica con malignas reticencias. Los demás, o le defienden tibiamente, o callan hipócritas, haciendo más daño con su silencio que los otros con su procacidad. Esto es indigno: toda injusticia me subleva, y si en mi mano tuviera yo los rayos, como dicen que los tenía Júpiter, no haría más que repartirlos a diestro y siniestro, aniquilando tontos y malvados.

»¿No piensas tú como yo, pobre iluso?... ¿No ves en Córdova la gran figura militar y política? ¿Has pensado alguna vez en ese hombre, que no nos merecemos, no, que se sale del cuadro de nuestras mezquindades y pequeñeces? Aquí somos miniatura; él retrato de gran talla. ¿No lo ves así? ¿Por ventura tu inteligencia no se recrea en estos ejemplos vivos? ¿Los hombres culminantes, que sobresalen en este hormiguero, no te cautivan ya, despertando en ti la admiración, ya que no el deseo de imitarlos? Medita un poco; y si tus devaneos no te han privado de la facultad de discernir, verás en Córdova la representación más alta de la inteligencia y la voluntad en tres órdenes distintos, el militar, el político y el diplomático. De ese ilustre soldado digo lo que ya te indiqué a propósito de Larra: es de los que no caben aquí. Se me ocurre una comparación, que me parece que no es mía: es de algún poeta, no sé cuál..., en fin, puede que sea mía, y allá va. Córdova es un roble plantado en un tiesto. El árbol crece... Naturalmente el tiesto se rompe...».

—Quien esto escribe —dijo Calpena con gravedad, suspendiendo la lectura— no es mujer... No veo aquí a la mujer.

—Pues yo —replicó Hillo, no menos grave y caviloso que su amigo— te aseguro que ahora..., en este pasaje..., se me representa más mujer que nunca. Sigue, sigue.

V

«No pretendo echármelas de Plutarco... Esto sería ridículo. ¿Y qué podré decirte yo que tú no sepas? Si sigo hablándote de Córdova y haciendo la debida justicia a sus altas prendas, quizás me digas tú: “¿Para qué se me ponen ante la vista ejemplos que no he de poder seguir? Yo no soy militar”. En efecto, militar no eres, porque..., no es ocasión aún de que sepas este _por qué_: a su tiempo lo sabrás. ¿Acaso no se abren a tu inteligencia otros caminos que el de la milicia? La política y la diplomacia ofrecen ancho campo al talento, si es asistido de dos cualidades preciosas: la honradez y la independencia. No me digas que hace falta el paso por las universidades. Eso sí que no: detesto a los leguleyos. Lo que hace falta es el paso por los libros, y esa facultad todo chico aplicado y con posibles la tiene en su casa. Te pongo ante los ojos el ejemplo de Córdova para que veas que los grandes hombres que descuellan en la humanidad se lo deben todo a sí propios, y son hechura de su mismo espíritu. La desgracia de este hombre es haber nacido aquí. En el suelo ancho y fecundo de otro país, habría sido árbol corpulento. Bonaparte y él se parecen como dos gotas de agua. El hecho heroico de la Cortadura es hermano gemelo del estreno de Bonaparte en Tolón. El 7 de julio debía ser otra página como la de Brumario en las calles de París: si no lo fue, no le culpemos a él, sino a la estrechez de tierra en el maldito tiesto. Mendigorría es otro Marengo: si no concluyó la guerra después de aquel brillante hecho de armas, fue por la misma causa..., el tiesto, niño, el tiesto... Como diplomático, Berlín, París y Lisboa le conocen. Sus escritos de cancillería como sus proclamas militares son un modelo, aquellos de precisión y sagacidad, estas de calurosa elocuencia... ¿Y dónde me dejas al político? Observa cómo, aplacados los ardores liberales de la juventud, vino a profesar y sostener el realismo en su noble pureza. Este no es de los que se encastillan en las ideas de la primera edad, quedándose para toda la vida, como unos bobos, en _Las ruinas de Palmira_; este es de los que aprenden a vivir en la realidad, en los hechos. La monarquía tradicional tuvo y tiene en él un acérrimo defensor; pero no quiere el brutal absolutismo, con su siniestro cortejo de verdugos e inquisidores, como lo soñaron don Víctor Sáez y Calomarde, no. Ya sabrás que declaró la guerra al sistema de _purificación_ y a las Comisiones militares hasta acabar con tanta barbarie... Es liberal sin morrión, monárquico sin cogulla. Cree que el despotismo mata a los pueblos por parálisis, como el estado continuo de revolución los mata... por el mal de San Vito».

No pudo refrenar Calpena el comentario que de la mente al labio le salía, y dijo, apartando los ojos de la carta:

—Lo que noto yo aquí es una gran incongruencia. ¿A qué viene este panegírico del general Córdova? En ninguna de sus cartas se ha dedicado mi señora incógnita a trazar vidas plutarquinas. Casi siempre trata con dureza o con desdén a los contemporáneos célebres. Las únicas excepciones son Mendizábal y don Luis Fernández de Córdova; pero a este me lo pone por encima de todos..., sin venir a cuento..., digo sin venir a cuento, mi querido Hillo, porque yo y mi prisión, y los motivos de ella, ¿qué relación pueden tener...?

—Hijo, la relación quizás no la veamos nosotros; pero que alguna hay, aunque escondida, no lo dudes. Adelante.

—Sigo:

«Te he pintado la figura, antes de decirte que corre por ahí muy válida la idea de investir a Córdova de las facultades de _dictador_, para salir del atolladero en que estamos metidos. Asumiría las atribuciones de general en jefe del ejército y de presidente del Consejo de Ministros; la corte se trasladaría a Burgos, y los Estamentos..., probablemente a esas logias legales y públicas se les echaría la llave hasta que la guerra quedase definitivamente concluida. ¿Sabes quién ha lanzado esta idea, quién la patrocina y está catequizando a Córdova para que se deje querer? Pues Serafín Estébanez Calderón, auditor en Logroño. No te acordarás: es un malagueño muy despabilado a quien has visto en casa de Puñonrostro...».

—¿Pero yo, por vida de Quinto Curcio y de las once mil vírgenes —dijo Calpena en la mayor confusión—, qué tengo que ver con todo esto?

Hillo meditaba, la barba apoyada en los dedos, la vista fija en el tapete mugriento y agujereado de la mesa.

—¿Qué piensas, clérigo?

—No, hijo, no pienso nada; no digo nada. Pero en tanto que se nos descubre el hondo pensamiento de la autora de ese escrito apologético, hagamos nuestras sus ideas, participemos de su ardiente devoción del afortunado caudillo. Aquí estamos para la obediencia, y no hemos de tocar nosotros el pandero, sino ella... Y a fe que está en buenas manos. A ver, ¿qué más dice?

—Pues sigue el panegírico del santo.

«Córdova tiene todas las cualidades de César... Es guerrero y político... Si él no hace de esta tribu de alborotadores una nación, perdamos la esperanza de redimirnos. Mendizábal ha fracasado, porque no ha sabido rematar la suerte... Córdova la rematará... Es el hombre único... Esperar nuestra salvación del Estatuto o de la Constitución del 12, es vivir en el reino de las pamplinas... Córdova es el Bonaparte sin ambición, bello ideal de los dictadores... Una espada que piense: esto es lo que nos hace falta...».

—¿Y no dice más?

—Dice también que me pone ante los ojos esta noble figura militar y política, para que me familiarice con la grandeza del personaje, aprendiendo en él a juntar la gallardía caballeresca con los primores intelectuales. La caballería, aun con su poquito de romanticismo, encaja, creo yo, dentro de la perfecta disciplina social...

—Ya, ya voy viendo algo...

—Pues yo no veo nada...

—¿Y qué más dice?

—Nada más.

Miráronse los dos largo rato, como si cada cual quisiera leer en la cara del otro un pensamiento, una conjetura, una sospecha... Suspiraron luego casi al unísono, y algo se dijeron, sin que ninguno diera a conocer lo que pensaba.

—Fernandito —indicó Hillo, poniendo término a sus cavilaciones—, ¿no te parece que debemos pedir que nos den de comer? Porque con estas cosas de dictaduras, y de generales de la cepa de los Césares y Bonapartes, se le despierta a uno el apetito de un modo horroroso.

—Soy de la misma opinión, clérigo insigne, y comeré lo que nos traigan, aunque sean los hígados de Chaperón, conservados en vinagre.

El señorito se encontraba en un estado de ánimo favorable a las picantes bromas. Mientras comían un cocido de caldo flaco y de garbanzo duro, dijo a su mentor y capellán:

—En vez de dedicarse con tanto ahínco a la literatura plutarquina, podía decirnos cuándo piensa sacarnos de aquí. Si esto es una humorada, que venga Dios y me diga si no es ya insostenible.

—Dame tu palabra de que irás conmigo a donde yo te lleve, y mañana mismo estamos en la calle.

—No puedo dar esa palabra, y si la diera no la cumpliría. Mi voluntad es libre, ya que mi cuerpo no lo es hoy, por causa de un bárbaro atropello... Pero esto no puede durar, y si durara, sería preciso creer que la justicia es aquí un nombre vano.

—¡Y tan vano!

—Y la política una farsa.

—Un sainete que hace llorar a algunos.

—Y la policía un hato de bandoleros, vendidos a la intriga o a la venganza... Bien, Señor: murámonos aquí.

—Morirnos no, porque todo es broma, y por mi cuenta, no han de pasar las semanas de Daniel sin que se nos eche, por no resultar nada contra nuestras honradas personas.

Fernando no dijo más. Antes de concluir de comer abandonó la mesa, y se puso a medir con febril paseo la habitación, así a lo largo como a lo ancho. Luego, a media tarde, propuso que dieran una vuelta por los patios. Esto no le hacía maldita gracia a don Pedro, temeroso de ser visto de la canalla, y con prudentes razones intentó quitárselo de la cabeza. Mas tanto machacó el joven prisionero, que no pudo disuadirle su amigo del propósito de salir. Verdaderamente, tal vida de quietud no era para llegar a viejo. Deseaba moverse, estirar las piernas, respirar otro aire, aunque no fuera menos infecto que el de su cuarto; y como no le importaba nada codearse con la chusma del patio, bajó a dar una vuelta por aquella triste región. Don Pedro no quiso acompañarle, y se quedó en el corredor alto, paseando en corto, sin alejarse de la puerta de su madriguera, para escabullirse dentro en caso de sentir pasos de carceleros o visitantes.

Vio Calpena en el patio diferentes tipos de presos y detenidos, algunos chicos vagabundos, y un cabo que cuidaba del orden en el departamento. Cuatro hombres de aspecto mísero, las carnes bronceadas del sol, los vestidos hechos jirones, robustos, con calañés terciado sobre la oreja, eran los únicos que tenían aspecto de criminales. Hallábanse sentados en ruedo, jugando con piedrecillas blancas y negras sobre un tablero trazado con carbón, y no apartaban de su juego la mirada más que para fijarla en el cabo, que iba de un lado a otro, las manos a la espalda, y a ratos se aproximaba familiarmente a un grupo de presos pacíficos, que parecían gente habituada a tal vida y a tal sociedad. El tono de su conversación, su aire y modos reposados eran como de quien no siente la menor extrañeza de hallarse donde se halla. Miroles Calpena, y ellos le miraron, sin denotar curiosidad ni interés alguno. Algo les dijo el cabo, y siguieron charlando de cosas que debían de ser amenas, plácidas, quizás de lo buena que es la vida, y de lo acertado que estuvo Dios al criar al hombre, y este al hacer las leyes y las cárceles.

Después de pasear un rato, se fijó Calpena en tres individuos que permanecían inmóviles, arrimados a la pared junto al portalón cerrado del segundo patio, que ya en aquel tiempo se llamaba _de los micos_. Eran jóvenes, mal vestidos; el uno parecía no tener camisa, y se había levantado el cuello del levitín para disimularlo; otro llevaba por sombrero una gorra como las de cuartel, y el tercero botas de montar, zamarra muy ceñida con cordones y un sombrero de ala ancha. Observó Fernando que ninguno de los tres le quitaba los ojos desde que le vieron, y le seguían con la vista por donde quiera que fuese, demostrando, no solo que le conocían, sino que algo y aun algos tenían que decir de él. No era ciertamente hostil ni burlona la mirada de los tres desconocidos, por lo cual se le despertó a Calpena la curiosidad, y después las ganas de entrar en coloquio con ellos. Encendió un cigarro, y este fue el incidente feliz que determinó la aproximación. Destacose del grupo el de la gorra de cuartel, y con donaire campechano pidió a Fernando candela; diósela este, y al devolver el otro el cigarro, todo con los mejores modos, le dijo:

—Señor de Calpena, muchas gracias, y que no sea esta la última vez que tengamos el gusto de verle por este patio.

—¿Me conoce usted? —dijo Fernando vivamente—. Pues yo a usted..., no recuerdo.

—Zoilo Rufete... No se acordará. Soy hermano de un valiente militar perseguido por sus opiniones libres.

—En efecto: ese nombre...

—Nos conocemos de la logia, señor de Calpena; solo que está usted trascordado... En una misma noche hablamos los dos, y fuimos aplaudidos bárbaramente.

—Ya, ya voy haciendo memoria.

—Usted habló de la responsabilidad ministerial, y de la manera de hacerla cumplir; yo de la intervención extranjera, sosteniendo que los españoles nos bastamos y nos sobramos para defender la libertad contra todos los déspotas de la Europa y del Asia... Después me metí con los frailes, y probé que entre ellos y los palaciegos nos han traído la guerra civil...

—Es verdad, sí... ¿Y qué hacemos por aquí?

—Pues esperar... Creen que por prendernos adelantan algo... Yo me río de las prisiones... ¿Qué es ello? _Maquiavelismo_..., y si me apuran, miedo... Es la cuarta vez que me traen aquí, y aquellos dos compañeros llevan ya nueve encerronas... Si patriotas entramos, más patriotas salimos. Hoy más _libres_ que ayer, y mañana más que hoy. ¿No piensa usted lo mismo?

—Exactamente lo mismo. Y dígame, ¿nos soltarán pronto? Porque la verdad, este es un bromazo...

—No creo que nos suelten hasta que se abran los Estamentos. Están locos... Créame usted, amigo Calpena: prenden a treinta o cuarenta por aquello de que vea _Palacio_ que miran por el orden, y mientras usted y yo, y otros mártires del despotismo, nos aburrimos en este _pandemonio_, cientos y miles de compañeros trabajan fuera de aquí por la causa del pueblo, sin meter bulla. Yo soy de los que dicen: revolución, revolución, y siempre revolución.

—Siempre, siempre. Vengan terremotos, y encima... el diluvio.

—Lo que es ahora no tardará en estallar el trueno gordo. ¿Y qué me dice de la guarnición? ¿La tenemos ya bien catequizada?...

—¿Sé yo acaso...?

—¿Que no sabe...? ¡Bah, señor Calpena, misterios conmigo! Si aquí todos somos unos..., todos _apóstoles_ de la revolución, y cada uno trabaja en su terreno.

Comprendiendo que aquel tipo le tomaba por un conspirador de oficio, Fernando siguió la broma: de algún modo le convenía justificar ante el vulgo su permanencia en la cárcel. Prisión por _patriotismo_, antes enaltecía que deshonraba.

—Pues sí —dijo tomando el tonillo y los aires de un perfecto muñidor de motines—, el ejército es nuestro.

—Ya lo sabía yo... ¿Pues por qué está usted aquí sino por ser el que pone los puntos a la Guardia Real?... Yo se los pongo a la Milicia, y puedo asegurarle que toda ella respira por la santísima libertad...

—Así tiene que ser... ¡Buena se armará!

—¿De modo que la Guardia...?

—Como un solo hombre.

—Chitón... El cabo viene para acá. Disimulemos. Si tiene usted cigarrillos, señor de Calpena, le agradeceríamos que nos prestase media docena. Andamos mal de tabaco.

—Tome usted... Coja más. Arriba tengo para muchos días.

—Basta con diez. Muchísimas gracias. Esta tarde han de traernos tabaco, y yo pondré a su disposición buenos puros... El cabo nos mira... Me temo que me diga algo con la vara... Disimulemos... Es muy bruto ese cabo. Ha sido lego de convento y voluntario realista.

—Yo me vuelvo a mi cuarto.

—Usted allá, y nosotros aquí... _Meditemos_..., el triunfo es cosa de días. Bájese acá mañana, y hablaremos: tenemos mucho que hablar... Conviene que nos pongamos de acuerdo...

—Enteramente de acuerdo...

—Sobre este y el otro punto... ¿Usted qué opina? ¿Constitución del 12?

—Hombre, pues claro está...

—No deje de correrse al patio mañana..., antes de la comida, de diez a once. A esa hora tenemos un cabo muy bueno: Francisco, de apodo _Resplandor_, uno que estuvo con Porlier... Podremos hablar... Mi compañero Canencia desea echar con usted un parrafito, para quedar también de acuerdo...

—¿Quién es Canencia?

—El del sombrero ancho y botas. Ahora nos mira y se sonríe. Ha llegado hace días de Zaragoza. Ese es un lince para los de Artillería. Les tiene sorbido el seso.

—¿Y el otro quién es?

—¿Pero no le conoce? Si es Fonsagrada, primo hermano de los amigos de usted.

—¿Los Fonsagrada..., dos mocetones muy guapos, sargentos de la Guardia?

—Cabal. Este chico vale más que pesa. Tiene minada la Caballería por dentro, por donde no se ve..., como la carcoma.

—Conozco a sus primos.

—Eleuterio, el mayor, estuvo ayer a vernos..., y hablamos de usted..., y encargó a Zacarías..., así se llama este..., que le diese a usted memorias, y...

—¿Y qué más?

—¡Oído!..., que viene el cabo... Compañero Calpena, hasta mañana.

—Hasta mañana, compañero Rufete.

VI

Subió Calpena a su cuarto, muy dichoso de haber hecho aquel conocimiento, no solo porque rompía el monótono y acompasado tedio de la vida carcelaria, sino porque del trato de aquella desdichada hez de la plebe turbulenta esperaba obtener noticias de sucesos exteriores para él muy interesantes. Encontró a Hillo muy embebecido en la lectura de un librote que el segundo alcaide le había prestado, y era nada menos que la _Vida de Carlos XII de Suecia_, del amigo Voltaire.

—¿No sabes, clérigo —le dijo gozoso—, lo que me pasa? Pues sin sospecharlo, ni tener de ello la menor noticia, he sido un conspirador terrible... Mi especialidad es seducir a los cabos y sargentos de la Guardia Real, encariñándoles con la libertad y con el _venerando código_ del 12.

—Hijo, de algún modo se ha de justificar tu prisión. ¿Y de mí qué se dice?

—¿De ti? Que armabas un complot tremebundo para implantar una republiquita a estilo ateniense..., poniendo de protector o de _tirano_ democrático...

—¿A quién?

—Al espejo de los caballeros, general Córdova...

—Pues mira, no estaría mal... Me satisface haber tenido esa idea —dijo Hillo siguiendo la broma—. Pero en mi calidad de eclesiástico, más cuerdo sería proponer para cabeza de esa república a fray Cirilo de Alameda y Brea.

—¡Si ese está con don Carlos...!

—Pues entonces..., crearíamos una Tetrarquía que representara los cuatro brazos, o las cuatro patas del cuerpo social. Yo por el Clero; tú por la Aristocracia; por el Ejército pondríamos a Rufete, y por el Pueblo al gran Aviraneta.