Part 6
En esta situación de ánimo, su olfato finísimo le permitió apreciar que Mendizábal, caído tan a destiempo, víctima de sus propios amigos y de adversarios envidiosos, quedaría con fuerza moral no menos grande que la que tuvo al venir de Londres. En cambio, Istúriz y comparsa, al remontarse en la cucaña, empujados por _Palacio_, triunfaban en pleno estado de debilidad. «Los vencedores —se dijo Iglesias— son gente muerta: en cambio, el vencido vivirá». De aquí que se inclinara a formar en el partido del ministro desairado y aparentemente maltrecho. Pensaba que don Juan de Dios se lanzaría con resolución a la política de venganza, que soplando el cuerno revolucionario, haría revivir su popularidad, para con ella, y los jirones que aún le restaban de sus desgarrados planes, causar terror y desconcierto en los estatuistas de viejo y nuevo cuño. El hombre de mañana era precisamente el ministro despedido y vilipendiado de hoy. Así lo presagiaba el instinto de Iglesias, y con esta presunción bastábale para saber a qué faldones agarrarse debía. «Me voy con todo el que apunte alto y sepa hacer blanco seguro —se decía—. ¿Qué bandera? Supongo que don Juan tremolará la Constitución del 12, para decirle a _Palacio_ que _al que no quiere caldo, taza y media_. Presumo que nos apoyaremos en el elemento popular, la Milicia Urbana. ¡Ay del que toque a la Milicia!».
Revolviendo en su mente estas ideas, preparaba su probable, casi segura reconciliación con don Juan Álvarez, hablando de él, en aquellas críticas circunstancias, con una benevolencia compasiva, que sería precursora de las alabanzas una vez que el largo cuerpo del gaditano acabase de caer al suelo.
—Sí, hay que reconocer que lo que se hace con este hombre es inicuo —decía en un apretado corrillo en que estaban Trueba y Cossío, Donoso y otros muchachos inteligentes—. Nadie le ha combatido como yo, cuando le he visto metido en transacciones peligrosas con el enemigo... Pero ahora que se le quiere atropellar..., ahora, ¡oh! nosotros, los patriotas de toda la vida, no tenemos vergüenza si no nos ponemos a su lado.
Olózaga, que en aquellos días hizo su estreno parlamentario, sentando plaza de orador de primer orden, sostenía lo mismo que Iglesias, aunque con menos ardor, porque su posición le imponía otros miramientos. López y Caballero aspiraban a formar grupito aparte, y los _santones_, con Argüelles a la cabeza, se mostraban fríos en la defensa de Mendizábal, cual si desearan su anulación antes que pudiese adquirir la jefatura indiscutible del poderoso bando popular.
Indiferente a la marejada política; poco atento al drama de la sesión en que unos y otros se peleaban por interpretaciones de conceptos, de poco valor práctico, don Pedro Hillo practicaba en aquel laberinto sus extrañas diligencias. Alguien encontró que podía darle luz: parásitos de las casas grandes; periodistas que democratizaban en las redacciones o en las logias, después de haber asistido a prima noche, vestiditos de fraque, a comidas aristocráticas; procuradores noveles, fruto elegante del nepotismo moderado, que alternaban con lo más florido de Madrid. No tuvo que hacer don Pedro flojas combinaciones dialécticas para formular sus interrogatorios con la debida discreción, y al fin, ¿qué sacó en limpio? Véanse por la muestra los informes que adquirió del mundo elegante: La condesa de S. A., una de las más bellas Montúfares, padecía de horroroso dolor de muelas, que privaba a los amigos del placer de admirar su hermosura. La marquesa de B., ya en meses mayores, no se presentaba en sociedad; se sentía horriblemente molesta. La duquesa viuda de H. iba saliendo de su pulmonía, que ofrecía cuidado por la edad de la señora: ochenta y cinco años. La marquesita de A., la menor de tres hermanas célebres por su gracia y hermosura, estaba en cama, de sobreparto; pero iba bien: contaba veintitrés años y meses.
No satisfacían al buen clérigo estas gacetillas de sociedad, y en el ardor de su mente empezó a sospechar que quizás era error suponer a la incógnita perteneciente a la clase más alta de la sociedad. ¿Sería de familia de comerciantes acaudalados, de banqueros o asentistas? ¿Sería...? El hombre se volvía loco, y cada vez se ennegrecían más los horizontes que le cercaban, pues también fueron infructuosos los pasos que dio para buscar a _Edipo_. Este había sido destinado a una sección de vigilancia en pueblos cercanos a Madrid, y se ignoraba cuándo volvería. Mas no vencido Hillo con estas contrariedades, siguió metiendo el cuezo en los Estamentos, aficionándose más al de Próceres. Una tarde fue sorprendido por la candente noticia de que Mendizábal e Istúriz se desafiaban. ¡Y habían sido Pílades y Orestes, camaradas en la adversidad, amigos en la próspera fortuna! Istúriz dijo al primer ministro, en un arranque de franqueza oratoria, que _no desempeñaba su destino con dignidad_. Sensación, réplicas airadas de banco a banco, tumulto... Todo esto se lo contó a don Pedro Luis González, y luego vino Ibraim a confirmarlo, dándole las proporciones que el asunto tomó en cuanto lo cogieron de su cuenta las lenguas de la populachería. Corrieron ambos al otro Estamento, donde ya era público y notorio que Mendizábal había designado a Seoane para que le apadrinara, pues estaba decidido a _lavar la afrenta_. Istúriz, a las primeras de cambio, se negó a dar satisfacciones, nombrando su representante al conde de las Navas. Este y Seoane trataron de arreglarlo. A eso de las diez, hallándose los dos clérigos en el café de Solís, agregados a una bulliciosa partida de periodistas, poetas y funcionarios públicos, supieron que no había componenda; que los dos insignes rivales se batirían a pistola, a las seis de la mañana siguiente, en una posesión del señor de la Coreja, más allá del puente de Segovia; que el ministro estaba a la sazón en su despacho arreglando papeles, y dictando las disposiciones que el caso exigía: testamento político, testamento privado quizás; que las pistolas con que se habían de fusilar eran de don Andrés Borrego, armas construidas ex profeso para lances de honor; que aún estaban discutiendo Navas y Seoane si la tragedia sería a veinte o a treinta pasos; que en las logias, los patriotas alborotados declaraban que armarían gran tremolina si el duelo resultaba una _tramoya moderada_ para asesinar al ministro, _venganza de los frailes_, o _represalias del servilismo_..., con otras particularidades, y los mil fantásticos comentos que había de producir un caso tan emocional en aquella situación ya bastante dramatizada por las trifulcas políticas y militares. Para que el romanticismo, ya bien manifiesto en la guerra civil, se extendiese a todos los órdenes, como un contagio epidémico, hasta los ministros presidentes iban al terreno, pistola en mano, con ánimo caballeresco, para castigar los desmanes de la oposición. En los campos del Norte, la cuestión dinástica se sometía al juicio de Dios. Los políticos, ciegos, medio locos ya, no pudiendo entenderse con la palabra que de todas las bocas afluía sin tasa, apelaban a la pólvora.
X
Despidiose Hillo de la sabrosa tertulia y del bruto de Ibraim, que aún permaneció en el café con otros zánganos, para irse desde allí sabe Dios a qué lugares vitandos y pecaminosos. Alguno de aquellos perdidos propuso a don Pedro una bonita excursión matinal: largarse todos temprano al sitio del lance, ya que no para presenciarlo, pues esto era difícil, para estar a la mira, oír los disparos, ver llegar y partir a los duelistas y a los padrinos, enterarse pronto del desenlace, y _acompañar el cadáver_ si del encuentro resultaba, que todo podía ser..., y hasta resultar podía que los dos contendientes quedaran patas arriba.
No quiso ser de la partida don Pedro, conformándose con que le contasen al otro día lo que diera de sí el tremendo lance; y se fue a coger la almohada, ávido de soltar sobre ella la balumba de sus graves pensamientos. Quiso su mala suerte que aquella noche no pareciese por la fonda el don Fernando, lo que puso a su mentor en grande intranquilidad, privándole del sueño. Presumió que andaría de francachela con los chicos de la Guardia, por entonces su sociedad favorita, y que no dejaría de acudir con ellos o con otros, por la mañana, a las inmediaciones del lugar del desafío, para curiosear y traerse a Madrid las primicias informativas del extraordinario suceso, que lo mismo podía concluir en urbana comedia que en tragedia lastimosa. Véase por dónde tuvieron los propósitos de Hillo mudanza total; y no habiendo querido ir a la _feria del duelo_, allá fue, y no de los últimos, con esperanza de encontrar a su Telémaco y echarle el lazo.
No habiendo pegado los ojos en toda la noche, era su cerebro un horno, sus ideas lúgubres, de una melancolía intensa, como si en el alma se le fuera metiendo el romanticismo de la clase nocturna y sepulcral, ese que huele a tierra de osarios y a siemprevivas putrefactas. Caminito de la puente segoviana iba el hombre muy cabizbajo, revolviendo en su magín el grave conflicto que le abrumaba: la desaparición o eclipse inexplicable de la dama incógnita; el tenebroso porvenir del infeliz joven a quien amaba como a hermano, o como a muchos hermanos juntos, y su propia situación, que veía ya comprometida para siempre, por aquel _enredo de comedia de máscaras_ en que tan mansamente y sin pensarlo se había metido. Recorrió todo el trayecto sin darse cuenta de su longitud, y hasta más allá del puente no empezó a volver en sí, fijándose en las personas que encontraba, algunas de las cuales venían ya de la _feria_. En un grupo de muchachos alegres vio a Miguel de los Santos, y le paró para preguntarle el resultado del lance. Afectado de negro pesimismo, creía don Pedro que de los dos combatientes no habían quedado más que _los rabos_, y su sorpresa fue grande cuando el guasón y maleante Miguelito le dijo que los curiosos volvían chasqueados, pidiendo que les devolviesen el dinero.
—Luego, ¿no ha corrido la sangre? —dijo Hillo.
A lo que contestó Álvarez que no, que lo que había corrido era bilis.
—Ha sido un duelo _a primera bilis_, y ya está el honor satisfecho.
Siguieron los jóvenes su camino y don Pedro el suyo, sin ver a Fernando ni encontrar a nadie que de él le diera razón. Luis Bravo le contó que los duelistas habían cambiado un par de tiros a veinte pasos, sin tocarse; antes de repetir, Istúriz dio satisfacción y todo quedó terminado, sin que fuese preciso usar el esparadrapo y tafetán.
—Los dos se han conducido con dignidad y valor. Total, nada. Un escándalo más; un nuevo motivo para que este don Juan Álvarez se vaya pronto a su casa y nos deje el campo libre.
Cuando esto dijo, pasaron los coches que conducían a los rivales, que acababan de recobrar el honor. El postrero, en que iba Istúriz con Las Navas, paró, por indicación de este, para recoger a González Bravo, quien se despidió del presbítero, dejándole en mitad de la carretera. No había concluido de saludar a los del coche, cuando se llegó a él un hombracho formidable, los zapatos y el pantalón blanqueados por el polvo: era Ibraim, que en tal facha, encendido el rostro por las múltiples mañanas que había tomado, parecía más bárbaro que nunca. Apartándose de un grupo que venía del _anfiteatro del suseso_ (de este modo expresaba el capellán andaluz la proximidad del lugar dramático), se mostró gozoso de encontrar a Hillo.
—¿No sigue usted con sus amigos? —le dijo don Pedro.
Y él respondió:
—No. Son unos locos que le comprometen a uno. Me quedo con _usté, selebrando_ el encuentro; tengo que hablarle.
—¿A mí?
—_A usté. ¿Quié que entremoj antej en un merendero a tomá la mañana?_
—Hombre, yo no tomo mañanas ni tardes. Tómelas usted si quiere, aunque me parece que ya las tiene en el cuerpo. ¿Ha visto a Fernando?
—_No señó... Der propio señorito hamos de platicá._
Fue todo oídos don Pedro, sobresaltado por el tonillo misterioso que en sus palabras el otro ponía, y no tardó en escuchar de los labios gitanescos una interesantísima declaración. Don Víctor Ibraim, la noche anterior, después de las horas pasadas en el café, había tenido ocasión de ver absolutamente disipadas las tinieblas que rodeaban la persona de Calpena, su origen, sus padres..., en fin, ya no había enigma. Todo estaba descubierto y tan claro como la luz del sol. En su estupor, no pudo articular palabra don Pedro, y a la terrible sorpresa siguieron ansiosas dudas. O Ibraim se chanceaba, o alguien le había llenado la cabeza de mentiras. Hubo de insistir en sus terminantes afirmaciones el capellán de tropa, entrando en la explicación del cómo y cuándo de su portentoso descubrimiento.
—¿De modo —dijo Hillo— que ya sabemos quién es la incógnita dama... que...?
Preparábase el buen presbítero a oír un retumbante título de princesa o duquesa, y notó con disgusto que su amigo retardaba la declaración final, poniendo una cara burlona y guiñando los ojazos del modo más impertinente. Exasperado Hillo de tal falta de respeto, le incitó a expresarse claro, pronto, y con la formalidad que el caso requería, pues la cuestión de parentescos y filiaciones de personas ilustres no era para tratada como los chismes de café. El demonio del clérigo gitano, mientras más serio se ponía su colega, más tentado parecía de la risa.
—La madre..., la madre..., ¡una gran señora...! —dijo don Pedro, cuya curiosidad se iba convirtiendo en coraje.
—Compañero, si _ej usté_ un simple..., si no hay tal gran señora, ni _prinsesa_, ni archipámpana..., si es una grandísima _coima_...
Don Pedro sintió que toda su sangre se le agolpaba en la cabeza... se le nublaron los ojos... se agarró a un árbol. Y el otro, con fiera boca y alma llena de vileza, continuó su terrible información. La madre de Calpena era mujer de historia, que había ganado mucho dinero con tratos nefandos, de esos que la sociedad consiente por una inexplicable aberración de la moral pública. Su casa era muy conocida en Madrid. Pronunció Ibraim el nombre, que aquí no se estampa. «La...». Para don Pedro fue el tal nombre como si le entrara un rayo por el oído. ¿Pero cómo, cómo había podido averiguar...? No, no tenía ni visos lejanos de verosimilitud tal infamia. La señora invisible revelaba en sus cartas una cultura que no podía existir en ninguna hembra de tal estofa... ¡No podía ser..., no, mil veces no! A esto replicó Ibraim que la persona que había dado el ser a don Fernando Calpena, aunque de origen humilde y viviendo en la degradación de su comercio vil, era mujer de excepcionales dotes, de un talento superior no cultivado, y si no sabía escribir como los primeros literatos, secretarios tenía que le llevaban la correspondencia, distinguiéndose uno, el íntimo, el favorito, que era un célebre poeta...
Por un momento flaqueó la sólida convicción de Hillo; pero se rehizo al punto, diciendo con gran entereza:
—Repito que no puede ser. Lo niego rotundamente. Aunque admitiéramos el engaño del estilo, hay algo en las cartas en que no cabe artificio ni fingimiento, y es la nobleza..., eso que da el nacimiento, la clase... No; repito que es un execrable embuste, y extraño mucho que un sacerdote, un caballero se preste a propalarlo.
Sin hacer caso de este arañazo, Ibraim prosiguió con fría crueldad, rebatiendo el argumento de la nobleza, y oponiendo a las razones de su amigo otras que le desconcertaron.
—Además, nuestra buena incógnita es persona de posición, de riqueza —dijo don Pedro creyéndose seguro en este terreno lógico.
Pero el otro paró el golpe afirmando que la tal poseía un capitalito, que dedicaba en parte, tocada ya de arrepentimiento, a obras de caridad, y a sostener parientes pobres.
—No puede ser... Esto es una farsa injuriosa, una burla sangrienta —gritó Hillo en tal exaltación, que su amigo hubo de retirarse cauteloso—. Si usted, señor don Ibraim o don Diablo, no quiere que yo le tenga por un embustero, ahora mismo, sin perder un minuto, lléveme a la vivienda de esa mujer; quiero verla, quiero hablarla, quiero conocer por ella misma el oprobio del desgraciado Fernando, a quien miro como hermano querido... En otras circunstancias, habría creído deshonrarme entrando en esa casa, a donde usted me llevará; pero ahora más puede mi ansiedad que mis escrúpulos, y voy, sí señor, pero ahora mismo... Vamos.
Y viendo que el otro vacilaba, se exaltó más, y cogiéndole por un brazo quiso arrastrarle hacia el puente.
—No, si no tiene usted más remedio que llevarme. Quiero ir, quiero ver a esa persona, sea quien fuere, y aunque sus vicios sean tales que desaten el infierno en derredor suyo, la he de ver, por san Judas Tadeo... ¿Pues qué, se dicen cosas de tal ignominia, sin probarlas al instante?
—Se probará, _señó Jiyo_, se probará —replicaba el otro, acoquinado, tratando de tomarlo a risa, y luchando con las contracciones de su rostro, que se le alargaba—. Si quiere _usté que vayamoj, iremo_; pero sepa que la tal está de cuerpo presente. Ha _fallesido_ anoche.
Agregó a esto que le habían llamado sus amigos para prestar a una señora moribunda los auxilios espirituales; pero la muerte le había cogido la delantera. Subió a la casa, cuyas señas indicó. La difunta no se había enfriado aún. Las personas de ambos sexos que en la cámara mortuoria estaban, algunas de las cuales éranle a Ibraim bien conocidas, le contaron la historia. Cierto que no habían nombrado a Calpena; pero todas las referencias que del hijo de la muerta daban aquellas bocas deshonradas, concordaban con el individuo, circunstancias y calidades del don Fernando. Al llegar a este punto, se rehizo don Pedro, y vio que se desmoronaba el edificio lógico fabricado con podridos materiales por don Víctor; pero su curiosidad seguía siendo ardorosa, y le incitó a seguir narrando, a referir textualmente lo que en aquel lugar nefando y fúnebre le dijeron, las cosas y objetos que allí vio, todo, en fin, cuanto pudiera esclarecer el tremendo enigma, más inexcrutable ahora, representado por una esfinge muerta.
Contó Ibraim lo que su frágil memoria recordaba, y lo refería mal, con torpeza y desorden. Las personas que rodeaban el cadáver de la prójima revelaban sentimiento de su muerte, y ponderaron sus buenas prendas y excelente corazón, que algo bueno puede existir en los seres más envilecidos. Mujeres eran cuatro; hombres, tres: una de aquellas debía de ser parienta de la difunta, pues tenía las llaves de las cómodas y alacenas donde guardaba sus riquezas la que no había de disfrutarlas ya. A eso de las dos de la madrugada empezaron a sacar cosas, para hacer examen y aproximada valoración de todo. ¡Dios, lo que allí sacaron!... encajes, aderezos, tabaqueras, abanicos, joyas diversas, pedrería suelta, grandes cantidades de esas perlitas que llaman _arjofa_, y cartuchitos de onzas y ochentines. La mujer que parecía parienta, otra más joven que no cesaba de llorar por la muerta, y un señor de mediana edad, muy calvo, efectuaron el rápido escrutinio, alumbrados por una vela que hubo de mantener en sus manos el señor de Ibraim, quien más ganas tenía de largarse a la calle que de hacer el desairado papel de candelero. Entre tanto, las otras dos individuas y los dos amigos de Ibraim (uno de ellos oficial de la Guardia) que le habían llevado a presenciar escenas tan desagradables, ocupábanse en amortajar a la que pronto había de vestirse de tierra y gusanos. Una de ellas dijo, besando el cadáver:
—¡Pobre _tal_..., parece que estás viva!
—¡Quién sabe si lo estaría! —dijo Hillo, que echaba chispas de puro nervioso—. Otra cosa: y ese señor calvo, ¿no sabe usted cómo se llama?
Respondió don Víctor que no había oído su nombre; mas por algo que habló el tal con las mujeronas, dio a conocer que era de la policía.
—Bien. Pues ahora, procure usted recordar qué objetos vio en aquel escrutinio, a la luz del candelero que usted mantenía. ¿Vio retratos de familia, alhajas de precio...? ¿Y no había paquetes de cartas?
Contestó Ibraim que había visto sacar, ya de estuches primorosos, ya de envoltorios de papel, cosas lindísimas: un retrato de militar, joyeles de diamantes, hilos de perlas, y un abanico que los presentes alabaron como la mejor y más rara pieza que había en el mundo, tanto por su antigüedad como por su belleza.
La cara de Hillo parecía de cera: apenas respiraba. Pidió la descripción del abanico, y el otro, rascándose la cabeza y plegando los ojos, como si aquel juego muscular le sirviese para atizar el mortecino rescoldo de su memoria, refirió que la joya había sido adquirida poco antes por la difunta, a un alto precio. De la cifra no se acordaba.
—¿Y el vendedor?
Creía recordar Ibraim que más bien habían hablado de vendedora; pero el nombre, si es que lo dijeron, no se le quedó presente. En cuanto al abanico, era en verdad cosa linda... Varillaje de nácar caladito con mucho primor, y las figuras de señorío a lo pastoril, con sus borreguitos correspondientes. En fin, pintura más bonita no se podía ver.
—¿Y no reparó usted si al extremo de la derecha, en la base de una columna decorativa —dijo Hillo, poniendo toda su alma en la pregunta—, había...? Me refiero al país del abanico...
—Comprendido.
—¿No reparó si en ese basamento..., a la derecha, junto a una pastora con peluca muy alta, había un letrero en latín, una divisa heráldica, que dice...?
—¿Qué _dise_?
—_Virtus in arduis._
Tenía don Víctor idea de haber visto unas letras, así como imitando inscripción en piedra jaspe, al modo de los epitafios..., pero no se fijó en si expresaban aquellos u otros latines.
Oído esto, fue acometido el buen Hillo de un temblor epiléptico, y montando después en cólera, se fue derecho a Ibraim, le agarró de las solapas, y con tremebunda voz, acompañada de ademanes descompuestos, le soltó esta andanada:
—Usted me engaña, usted se ha propuesto burlarme y escarnecerme, usted es un vil. Hasta aquí he podido oírle con paciencia; pero ya no sufro más, y le digo a usted que esas historias que me cuenta son fábulas de su grosera invención... ¡Yo, yo lo digo, y lo sostengo en el terreno que usted quiera!
Desprendió el otro con no pequeño esfuerzo sus solapas de la furibunda garra de Hillo, y de un brinco se puso a seis pasos; de otro brinco a una distancia considerable, que bien querría fuese de un par de leguas. Con atropelladas frases protestó de su veracidad, presa de un terror convulsivo que la espantosa ira del buen don Pedro justificaba. Corrió este en seguimiento del andaluz, enarbolando el palo, y aterrándole más con estas roncas expresiones:
—Sepa usted, mal caballero, que aquí está Pedro Hillo, el hombre pacífico y apocado, ahora dispuesto a volver por el decoro de una ilustre dama entre las más ilustres, y a no permitir que ese decoro sufra la menor mancilla en boca de quien ha intentado confundir su persona con la de una miserable cortesana. Ahora mismo se desdice usted de los embustes que ha contado o, de lo contrario, no volveremos los dos a Madrid: volverá uno solo.
Echó a correr Ibraim, que era el primer gallina del mundo, con toda su estampa de perdonavidas, y no hacía más que decir:
—_¿Se ha güerto loco?... ¡Señó Jiyo..., por lo clavoj e Cristo!_
—No hay clavos que valgan —gritaba don Pedro, que invadido se sintió inopinadamente de un ardor caballeresco, el cual en un punto hizo gran revolución en su alma—. No habla el sacerdote, no habla el amigo: habla el caballero, y sostiene que no debe consentir el ultraje que un deslenguado infiere a la madre de Calpena, a la señora entre todas las señoras del orbe, a la dama nobilísima...