Part 16
Block llegó en seguida, pero se quedó esperando en la puerta: parecía reflexionar si debía entrar o no. Elevó las cejas e inclinó la cabeza como si estuviera esperando a que se repitiese la orden del abogado. K habría podido animarle a entrar, pero había decidido romper definitivamente no sólo con el abogado, sino con todo lo que había en aquella casa, así que permaneció imperturbable. Leni tampoco habló. Block notó que nadie, en principio, le echaba, por lo que entró de puntillas, con los músculos del rostro tensos y las manos a la espalda, en una posición artificial. Dejó la puerta abierta para posibilitar una retirada. No miró a K, sino que su vista siempre se dirigió a la manta bajo la que se encontraba el abogado, al que ni siquiera podía ver por la postura adoptada. Pero entonces se oyó su voz:
--¿Block aquí?--preguntó el abogado.
Esa pregunta, que le cogió por sorpresa cuando ya había avanzado un buen trecho, le causó el mismo efecto que un golpe en el pecho y otro en la espalda, se tambaleó, permaneció profundamente inclinado y dijo:
--A su servicio.
--¿Qué quieres?--preguntó el abogado--. Vienes en un momento inoportuno.
--¿No me ha llamado?--preguntó Block, más a sí mismo que al abogado, y puso las manos hacia adelante, como para protegerse, disponiéndose a salir corriendo.
--Te he llamado--dijo el abogado--, pero vienes en un momento inoportuno--y tras una pausa añadió--: Siempre vienes en un momento inoportuno.
Desde que el abogado comenzó a hablar, Block ya no miraba hacia la cama, más bien se quedó como petrificado en una esquina y se dedicaba exclusivamente a escuchar, como si la visión del que hablaba le deslumbrase tanto que no pudiese soportarlo. Pero escuchar al abogado era difícil, pues seguía de cara a la pared y hablaba despacio y rápido.
--¿Quiere que me vaya?--preguntó Block.
--Bueno, ya que estás aquí--dijo el abogado---, ¡quédate!
Se podía creer que el abogado no había satisfecho el deseo de Block, sino que le había amenazado con azotarle, pues Block comenzó a temblar.
--Ayer estuve con el tercer juez, mi amigo, y la conversación terminó centrándose en ti. ¿Quieres saber lo que me dijo?
--¡Oh!, por favor--dijo Block.
Como el abogado no continuó hablando, Block repitió otra vez su súplica y se inclinó como si se propusiera arrodillarse. Entonces K se dirigió a él:
--¿Qué haces?--exclamó.
Leni intentó que no interviniera, por eso K cogió también su otra mano. No las apretaba precisamente con amor. Ella se quejaba e intentaba liberar las manos. Pero por culpa de la exclamación de K, el abogado castigó a Block:
--¿Quién es tu abogado?--preguntó el Dr. Huld.
--Usted--dijo Block.
--¿Quién más?--preguntó el abogado.
--Nadie más--dijo Block.
--Entonces no obedezcas a nadie más.
Block reconoció la situación, dirigió a K miradas malignas y sacudió la cabeza. Si se hubieran podido traducir esos gestos en palabras, habrían sido graves insultos. ¡Con ese hombre había querido hablar amigablemente K sobre su causa!
--Ya no te molestaré más--dijo K reclinado en la silla--. Arrodíllate o ponte a cuatro patas si quieres, haz lo que te dé la gana, a mí no me importa.
Pero Block tenía sentido del honor, al menos frente a K. Se lanzó hacia él con los puños en alto y gritó, tanto como era capaz de hacerlo en la cercanía del abogado:
--No me hable así, eso no está permitido. ¿Por qué me insulta? Y, además, aquí, en presencia del señor abogado, donde ambos, usted y yo, sólo somos tolerados por caridad. Usted no es mejor que yo, pues usted también es un acusado y tiene un proceso. Si a pesar de ello sigue siendo un señor, yo también, y aún más digno que usted. Y quiero que se dirija a mí como corresponde. Si se cree que es un privilegiado al estar sentado ahí y poder escuchar tranquilamente, mientras yo, como usted dice, me pongo a cuatro patas, le recuerdo la vieja máxima judicial: «Para el sospechoso es mejor moverse que sentarse, pues el que cansa puede hacerlo, sin saberlo, sobre una balanza y ser pesado según sus pecados».
K no dijo nada, se limitó a mirar asombrado, con ojos inmóviles, a ese hombre perturbado. ¡Qué cambios había experimentado en las últimas horas! ¿Sería acaso el proceso el que le confundía de esa manera, y el que no le dejaba reconocer dónde estaba el amigo y dónde el enemigo? ¿No se daba cuenta de que el abogado le humillaba intencionadamente y que no pretendía otra cosa que ufanarse de su poder ante K y así, tal vez, someterlo? Si Block no era capaz de darse cuenta, o si tanto temía al abogado que ese conocimiento no le ayudaba en nada, ¿cómo era posible que repentinamente se tornase tan astuto u osado como para intentar engañar al abogado y ocultarle que tenía a su servicio a otros abogados? ¿Y cómo osaba atacar a K, que en cualquier momento podía revelar su secreto? Pero se atrevió a más, se acercó a la mesa del abogado y comenzó a quejarse de K:
--Señor abogado--dijo--, ¿ha oído cómo me ha tratado ese hombre? Se pueden contar las horas de su proceso y quiere darme lecciones, a mí, que ya llevo cinco años de proceso. Incluso me insulta. No sabe nada y me insulta, a mí, que he estudiado, tanto como mis fuerzas lo han permitido, lo que es decencia, deber y lo que son usos judiciales.
--No te preocupes--dijo el abogado--y haz lo que te parezca correcto.
--Cierto--dijo Block, como si él mismo se animase y, después de a corta mirada de soslayo, se arrodilló junto a la cama--. Ya me arrodillo, mi abogado--dijo.
Pero el abogado calló. Block acarició cuidadosamente la manta con una mano. Leni, liberándose de las manos de K, rompió el silencio que ahora reinaba:
--Me haces daño. Déjame. Me voy con Block.
Se fue hacia él y se sentó al borde de la cama. Block se alegró. Inmediatamente le suplicó por medio de signos enérgicos que le ayudase ante el abogado. Parecía necesitar urgentemente la información del abogado, aunque tal vez sólo para dejarse explotar por el resto de los abogados. Leni sabía muy bien cómo ganarse a Huld, señaló la mano del anciano y frunció los labios como para dar un beso. Sin pensarlo, Block le dio un beso en la mano y repitió el beso a petición de Leni. Pero el abogado seguía callado. Leni, entonces, se acercó a él, su esbelta figura se hizo visible al estirarse sobre la cama, y acarició su rostro inclinada sobre su largo pelo blanco. Eso le obligó a contestar.
--Estoy dudando en decírselo--dijo el abogado y se pudo ver cómo sacudió ligeramente la cabeza, tal vez para sentir mejor las caricias de Leni. Block escuchaba con la cabeza humillada, como si al escuchar estuviese incumpliendo un mandamiento.
--¿Por qué dudas?--preguntó Leni.
K tenía la impresión de que escuchaba una conversación estudiada, que ya se había repetido con frecuencia y se seguiría repitiendo en el futuro. Block era el único para el que no perdería su novedad.
--¿Cómo se ha portado hoy?--preguntó el abogado en vez de responder.
Antes de que Leni le contestase, miró hacia Block y observó un rato cómo elevaba las manos entrelazadas en actitud de súplica. Finalmente, ella asintió, se volvió hacia el abogado y dijo:
--Ha estado tranquilo y ha sido diligente.
Un viejo comerciante, un hombre con toda una barba, suplicaba a una muchacha para que diera un buen testimonio de él. Por más que se reservase sus pensamientos reales, nada podía justificarle ante los ojos de sus congéneres. Casi degradaba al espectador. K no comprendía cómo el abogado podía pensar en ganárselo con semejante representación. Si no hubiese prescindido antes de él, lo habría hecho al contemplar esa escena. Ésos eran, pues, los resultados del método empleado por el abogado, al que K, por fortuna, no había estado expuesto mucho tiempo. El cliente terminaba por olvidarse del mundo y esperaba arrastrarse hasta el final del proceso por ese camino erróneo. Eso ya no era un cliente, eso era el perro del abogado. Si éste le hubiera ordenado meterse debajo de la cama como si fuera una caseta de perro, y ladrar desde allí dentro, lo hubiera hecho con placer. K escuchó todo actitud reflexiva e inquisidora, como si le hubieran encargado que retuviera todo lo dicho para presentar una denuncia y un informe en una instancia superior.
--¿Qué ha hecho durante todo el día?--preguntó el abogado.
--Le he encerrado en el cuarto de la criada--dijo Leni--, donde normalmente duerme, para que no me molestase mientras trabajaba. De vez en cuando le observé por la claraboya para ver qué hacía. Ha estado todo el tiempo arrodillado al pie de la cama, con los escritos que le has dejado abiertos, y no ha parado de leerlos. Eso me ha causado una buena impresión. Además, la ventana da a un pozo de ventilación, por lo que apenas tiene luz. Que Block, no obstante, leyera, me ha mostrado lo obediente que es.
--Me alegra oírlo--dijo el abogado--, pero, ¿se enteraba de lo que leía?
Block, durante esa conversación, movía continuamente los labios, aparentemente formulaba así las respuestas que esperaba de Leni.
--A eso no puedo responder con seguridad--dijo Leni--. Lo único que sé es que le he visto leer concentrado. Ha leído durante todo el día la misma página y al leer ha seguido las líneas con el dedo. Siempre que le he mirado, suspiraba como si la lectura le costase un gran esfuerzo. Los escritos que le has dejado son, con seguridad, difíciles de entender.
--Sí--dijo el abogado--, sí que lo son. No creo que los entienda. Sólo tienen que darle una idea de lo dura que es la lucha que yo dirijo en su defensa. Y ¿para quién dirijo esa dura lucha? Es ridículo decirlo, para Block. También tiene que aprender lo que eso significa. ¿Ha estudiado sin interrupción?
--Casi sin interrupción--respondió Leni--, una vez pidió agua. Le di un vaso a través de la claraboya. A las ocho le dejé salir y le di algo de comer.
Block miró a K de soslayo, como si se estuviera contando algo honorable de él y también tuviera que impresionar a K. Ahora parecía tener buenas esperanzas, se movía con más libertad y, de rodillas como estaba, se giraba a un lado y a otro. Pero sólo sirvió para que se notase más su confusión al oír las palabras siguientes del abogado.
--Le alabas--dijo el abogado--, pero precisamente eso es lo que me impide hablar. El juez no se ha manifestado de un modo favorable, ni sobre Block ni sobre su proceso.
--¿No ha sido favorable?--preguntó Leni--. ¿Cómo es posible?
Block le dirigió a Leni una mirada tensa, como si le atribuyese la capacidad de convertir en positivas las palabras pronunciadas por el juez.
--Nada favorables--dijo el abogado--. El juez, incluso, se mostró desagradablemente sorprendido cuando comencé a hablar de Block. «No me hable de Block», dijo. «Pero es mi cliente», dije yo. «Deja que abusen de usted», dijo él. «No creo que su causa esté perdida», dije yo. «Deja que abusen de usted», repitió él. «No lo creo», dije yo, «Block sigue su proceso con diligencia. Prácticamente vive en mi casa para estar al corriente. No se encuentra a menudo un celo semejante. Cierto, no es una persona agradable, tiene malos modales y es sucio, pero desde una perspectiva meramente procesal, es irreprochable». Dije irreprochable y exageré intencionadamente. Él respondió: «Block es astuto. Ha acumulado mucha experiencia y sabe cómo retrasar el proceso. Pero su ignorancia es mucho más grande que su astucia. Qué diría si supiera que su proceso ni siquiera ha comenzado; que ni siquiera se ha dado la señal para el comienzo del proceso». Tranquilo, Block--dijo el abogado, pues Block había comenzado a levantarse sobre sus inseguras rodillas y parecía querer una explicación. Era la primera vez que el abogado se dirigía directamente a Block. Le miró desde arriba con los ojos cansados, aunque no fijamente. Block volvió a arrodillarse lentamente.
--Esa opinión del juez no tiene para ti ninguna importancia--dijo el abogado--. No te asustes por cada palabra que oigas. Si se vuelve a repetir, no te diré nada más. No se puede comenzar ninguna frase sin que mires como si se fuera a pronunciar tu sentencia definitiva. ¡Avergüénzate ante mi cliente! También tú quebrantas su confianza en mí. ¿Qué quieres? Aún vives, aún estás bajo mi protección. ¡Es un miedo absurdo! Has leído en alguna parte que la sentencia definitiva, en algunos casos, pronuncia de improviso, emitida por una boca cualquiera en un momento arbitrario. Eso es verdad, con algunas reservas, pero también es verdad que tu miedo me repugna y que en él sólo veo una falta de confianza en mí. ¿Qué he dicho? Me he limitado a repetir la opinión de un juez. Ya sabes que las opiniones más distintas se acumulan en el proceso hasta lo inextricable. Ese juez, por ejemplo, acepta el inicio del proceso en una fecha diferente a la mía. Una diferencia de opiniones, nada más. En una determinada fase del proceso se da una señal con una campanilla según una vieja costumbre. Según la opinión de este juez a partir de ese preciso momento es cuando se inicia el proceso. Ahora no te puedo decir todo lo que se puede objetar a esa opinión. Tampoco lo entenderías, te basta con saber que hay mucho que habla en contra.
Confuso, Block pasaba la mano sobre la manta, el miedo a las declaraciones del juez le hizo olvidar provisionalmente su sumisión frente al abogado. Sólo pensaba en él mismo y no cesaba de dar vueltas a las palabras del juez.
--Block--dijo Leni con un tono admonitorio, y le tiró un poco hacia arriba del cuello de la chaqueta--, deja la manta y escucha al abogado.
NOTAS:
[33] Tachado en el manuscrito: «No habla sinceramente conmigo y nunca lo ha hecho. Por esto no se puede quejar si no le comprendo. Yo, sin embargo, soy sincero. Se ha hecho cargo de mi proceso como si yo fuera libre, pero a mí me parece que no sólo lo ha llevado mal, sino que ha intentado ocultármelo, sin emprender en él nada serio, para impedir que actuara por mí mismo, y con el fin de que un día se pronuncie la sentencia en mi ausencia».
=EN LA CATEDRAL=
K había recibido el cometido de enseñar algunos monumentos históricos a un buen cliente italiano del banco, que visitaba la ciudad por primera vez. Era una obligación que, en otro tiempo, hubiera considerado un honor, pero que ahora, cuando apenas lograba con esfuerzo mantener su prestigio en el banco, asumía con desagrado. Cada hora que no podía permanecer en el despacho le preocupaba. Por desgracia, tampoco podía aprovechar como antes sus horas laborales, pasaba mucho tiempo aparentando que trabajaba. Sin embargo, sus cuitas se hacían más grandes cuando permanecía ausente de su despacho. Imaginaba que el subdirector, siempre al acecho, entraba en su despacho, se sentaba a su mesa, registraba sus papeles, recibía a los clientes con los que K, desde hacía años, sostenía incluso una relación de amistad, les enemistaba con él, descubría fallos, que K, durante el trabajo, cometía sin darse cuenta y ya no podía evitar. Si se le encargaba realizar una salida de negocios o irse de viaje, aunque fuese como una distinción--semejantes encargos se habían hecho, casualmente, muy frecuentes en los últimos tiempos--, siempre sospechaba que se le quería alejar del despacho para examinar su trabajo o, simplemente, porque creían que podían prescindir de él. Podría haber rechazado todos esos encargos sin mayores dificultades, pero no se atrevió, pues, aunque sus temores no estuvieran justificados, un rechazo significaba una confesión del miedo qué sentía. Por este motivo aceptaba los encargos con aparente indiferencia, incluso llegó a silenciar un serio enfriamiento antes de emprender un agotador viaje de negocios de dos días, para no correr el peligro de que suspendieran el viaje a causa del mal tiempo otoñal. Cuando regresó de ese viaje con furiosos dolores de cabeza, supo que le habían encomendado que acompañase al día siguiente al hombre de negocios italiano. La tentación de negarse por una sola vez fue muy grande, además no se trataba de un encargo vinculado a su trabajo, por más que el cumplimiento de ese deber social fuese lo suficientemente importante, aunque no para K, que sabía muy bien que sólo se podía mantener con éxitos laborales y que si no lo lograba, no poseería el menor valor, por mucho que llegara a embelesar, de forma inesperada, al italiano. No quería que le apartaran del trabajo ni siquiera un día, pues el miedo de que lo dejasen atrás era demasiado grande, un miedo que él, como reconocía, era exagerado, pero era un miedo que le asfixiaba. En este caso, sin embargo, era casi imposible encontrar una excusa aceptable. El conocimiento que K tenía de la lengua italiana no era bueno, pero bastaba para un caso así. Lo decisivo, sin embargo, era que él poseía ciertos conocimientos artísticos adquiridos hacía tiempo y conocidos en el banco, si bien se exageraban un poco por el hecho de que K, aunque sólo por motivos de negocios, había sido miembro de la Asociación para la Conservación de los Monumentos Urbanos. El italiano, como habían sabido a través de fuentes distintas, resultaba ser un amante del arte, así que la elección de K era algo evidente.
Era una mañana fría y tormentosa. K, enojado por el día que le esperaba, llegó a su despacho a las siete para, al menos, trabajar algo antes de que la visita se lo impidiese. Estaba muy cansado, puesto que había pasado parte de la noche estudiando algo de gramática italiana. La ventana, junto a la que, últimamente, permanecía sentado con demasiada frecuencia, le tentaba mucho más que la mesa, pero resistió y continuó el trabajo. Por desgracia, al poco tiempo entró el ordenanza y anunció que el director le había enviado para comprobar si el gerente ya se encontraba en su despacho. Le pidió que fuese tan amable de acudir a la sala de recepción, donde ya se encontraba el señor de Italia.