Part 3
--¡Decencia!--gritó K a través de la rendija de la puerta--, si quiere que la pensión continúe siendo decente, debería echarme a mí primero.
A continuación, cerró la puerta de golpe e ignoró un suave golpeteo posterior.
Puesto que no tenía ganas de dormir, decidió permanecer despierto y comprobar a qué hora regresaba la señorita Bürstner. Tal vez fuera aún posible, por muy improcedente que resultara, intercambiar con ella algunas palabras. Cuando estaba en la ventana y se frotaba los ojos cansados llegó a pensar en castigar a la señora Grubach y en convencer a la señorita Bürstner para que ambos rescindieran el contrato de alquiler. Pero poco después todo le pareció terriblemente exagerado e, incluso, alimentó la sospecha contra él mismo de que quería irse de la vivienda por el incidente de la mañana. Nada podría haber sido más absurdo y, ante todo, más inútil y más despreciable[14].
Cuando se cansó de mirar por la ventana, y después de haber abierto un poco la puerta que daba al recibidor para poder ver a todo el que entraba, se echó en el canapé. Permaneció tranquilo, fumando un cigarrillo, hasta las once. Pero a partir de esa hora ya no lo resistió más, así que se fue al recibidor, como si al hacerlo pudiese acelerar la llegada de la señorita Bürstner. No es que deseara especialmente verla, en realidad ni siquiera se acordaba de su aspecto, pero ahora quería hablar con ella y le irritaba que su tardanza le procurase intranquilidad y desconcierto al final del día. También la hacía responsable de no haber ido a cenar y de haber suprimido la visita prevista a Elsa. No obstante, aún se podía arreglar, pues podía ir a la taberna en la que Elsa trabajaba. Decidió hacerlo después de la conversación con la señorita Bürstner[15].
Habían pasado de las once y media cuando oyó pasos en la escalera. K, que se había quedado ensimismado en sus pensamientos y paseaba haciendo ruido por el recibidor, como si estuviera en su propia habitación, se escondió detrás de la puerta. Era la señorita Bürstner, que acababa de llegar. Después de cerrar la puerta de entrada se echó, temblorosa, un chal de seda sobre sus esbeltos hombros. A continuación, se dirigió a su habitación, en la que K, como era medianoche, ya no podría entrar. Por consiguiente, tenía que dirigirle la palabra ahora; por desgracia, había olvidado encender la luz de su habitación, por lo que su aparición desde la oscuridad tomaría la apariencia de un asalto y se vería obligado a asustarla. En esa situación comprometida, y como no podía perder más tiempo, susurró a través de la rendija de la puerta:
--Señorita Bürstner.
Sonó como una súplica, no como una llamada.
--¿Hay alguien ahí?--preguntó la señorita Bürstner, y miró a su alrededor con los ojos muy abiertos.
--Soy yo--dijo K abriendo la puerta.
--¡Ah, señor K!--dijo la señorita Bürstner sonriendo--. Buenas noches--y le tendió la mano.
--Quisiera hablar con usted un momento, ¿me lo permite?
--¿Ahora?--preguntó la señorita Bürstner--. ¿Tiene que ser ahora? Es un poco extraño, ¿no?
--La estoy esperando desde las nueve.
--¡Ah!, bueno[16], he estado en el teatro, usted no me había dicho nada.
--El motivo por el que quiero hablar con usted es algo que ha sucedido esta mañana.
--Bien, no tengo nada en contra, excepto que estoy agotada. Venga un par de minutos a mi habitación, aquí no podemos conversar, despertaremos a todos y eso sería muy desagradable para mí, y no por las molestias causadas a los demás, sino por nosotros. Espere aquí hasta que haya encendido la luz en mi habitación y entonces apague la suya.
Así lo hizo K, luego esperó hasta que la señorita Bürstner le invitó en voz baja a entrar en su habitación.
--Siéntese--dijo, y señaló una otomana; ella permaneció de pie al lado de la cama a pesar del cansancio del que había hablado. Ni siquiera se quitó su pequeño sombrero, adornado con un ramillete de flores.
--Bueno, ¿qué desea usted? Tengo curiosidad por saberlo--dijo, y cruzó ligeramente las piernas.
--Tal vez le parezca--comenzó K--que el asunto no era tan urgente como para tener que hablarlo ahora, pero...
--Siempre ignoro las introducciones--dijo la señorita Bürstner.
--Bien, eso me facilita las cosas--dijo K--. Su habitación ha sido esta mañana, en cierto modo por mi culpa, un poco desordenada. Lo hicieron unos extraños contra mi voluntad y, como he dicho, también por mi culpa. Por eso quisiera pedirle perdón.
--¿Mi habitación?--preguntó la señorita Bürstner, y en vez de mirar la habitación dirigió a K una mirada inquisitiva.
Así ha sido--dijo K, y por primera vez se miraron a los ojos--. La manera en que ha ocurrido no merece la pena contarla.
--Pero es precisamente lo interesante--dijo la señorita Bürstner.
--No--dijo K.
--Bueno, tampoco quiero inmiscuirme en los asuntos de los demás, si usted insiste en que no es interesante, no objetaré nada. Acepto sus disculpas, sobre todo porque no encuentro ninguna huella de desorden.
Dio un paseo por la habitación con las manos en las caderas. Se paró frente a las fotografías.
--Mire--exclamó--, han movido mis fotografías. Eso es algo de mal gusto. Así que alguien ha entrado en mi habitación sin mi permiso.
K asintió y maldijo en silencio al funcionario Kaminer, que no podía dominar su absurda e inculta vivacidad.
--Es extraño--dijo la señorita Bürstner--, me veo obligada a prohibirle algo que usted mismo se debería prohibir: entrar en mi habitación cuando me hallo ausente.
--Yo le aseguro, señorita Bürstner--dijo K, acercándose a las fotografías--, que yo no he sido el que las ha tocado. Pero como no me cree, debo reconocer que la comisión investigadora ha traído a tres funcionarios del banco, de los cuales uno, al que cuando se me presente la primera oportunidad despediré del banco, probablemente tomó las fotografías en la mano. Sí--añadió K, ya que la señorita le había lanzado una mirada interrogativa--, esta mañana hubo aquí una comisión investigadora.
--¿Por usted?--preguntó la señorita.
--Sí--respondió K.
--No--exclamó ella, y rió.
--Sí, sí--dijo K--, ¿cree que soy inocente?
--Bueno, inocente...--dijo la señorita--. No quiero emitir ahora un juicio trascendente, tampoco le conozco, en todo caso debe de ser un delito grave para mandar inmediatamente a una comisión investigadora. Pero como está en libertad--deduzco por su tranquilidad que no se ha escapado de la cárcel--, no ha podido cometer un delito semejante.
--Sí--dijo K--, pero la comisión investigadora puede haber comprobado que soy inocente o no tan culpable como habían supuesto.
--Cierto, puede ser--dijo ella muy atenta.
--Ve usted--dijo K--, no tiene mucha experiencia en asuntos judiciales.
--No, no la tengo--dijo la señorita Bürstner--, y lo he lamentado con frecuencia, pues quisiera saberlo todo y los asuntos judiciales me interesan mucho. Los tribunales ejercen una poderosa fascinación, ¿verdad? Pero es muy probable que perfeccione mis conocimientos en este terreno, pues el mes próximo entro a trabajar en un bufete de abogados como secretaria.
--Eso está muy bien--dijo K--, así podrá ayudarme un poco en mi proceso.
--Podría ser--dijo ella--, ¿por qué no? Me gusta aplicar mis conocimientos.
--Se lo digo en serio--dijo K--, o al menos en el tono medio en broma medio en serio que usted ha empleado. El asunto es demasiado pequeño como para contratar a un abogado, pero podría necesitar a un consejero.
--Sí, pero si yo tuviera que ser el consejero, debería saber de qué se trata--dijo la señorita Bürstner.
Ahí está el quid, que ni yo mismo lo sé.
--Entonces ha estado bromeando conmigo--dijo ella muy decepcionada--, ha sido algo completamente innecesario elegir una hora tan intempestiva--y se alejó de las fotografías, donde hacía rato que permanecían juntos.
--Pero no, señorita--dijo K--, no bromeo en absoluto. ¡Que no me quiera creer! Le he contado todo lo que sé, incluso más de lo que sé, pues no era ninguna comisión investigadora, le he dado ese nombre porque no sabía cómo denominarla. No se ha investigado nada, sólo fui detenido, pero por una comisión.
La señorita Bürstner se sentó en la otomana y rió de nuevo:
--¿Cómo fue entonces?--preguntó.
--Horrible--dijo K, pero ya no pensaba en ello, se había quedado absorto en la contemplación de la señorita Bürstner, que, con la mano apoyada en el rostro, descansaba el codo en el cojín de la otomana y acariciaba lentamente su cadera con la otra mano.
--Eso es demasiado general--dijo ella.
--¿Qué es demasiado general?--preguntó K. Entonces se acordó y preguntó:
--¿Le puedo mostrar cómo ha ocurrido?--quería animar algo el ambiente para no tener que irse.
--Estoy muy cansada--dijo la señorita Bürstner.
--Vino muy tarde--dijo K.
--Y para colmo termina haciéndome reproches: me lo merezco, pues no debería haberle dejado entrar. Tampoco era necesario, como se ha comprobado después.
--Era necesario, ahora lo comprenderá--dijo K--. ¿Puedo desplazar de su cama la mesilla de noche?
--Pero, ¿qué se le ha ocurrido?--dijo la señorita Bürstner--. ¡Por supuesto que no!
--Entonces no se lo podré mostrar--dijo K excitado, como si le causaran un daño enorme.
--Bueno, si lo necesita para su representación, desplace la mesilla--dijo la señorita Bürstner, y añadió poco después con voz débil:
--Estoy tan cansada que permito más de lo debido.
K colocó la mesilla en el centro de la habitación y se sentó detrás.
--Debe imaginarse correctamente la posición de las personas, es muy interesante. Yo soy el supervisor, allí, en el baúl, se sientan los dos vigilantes, al lado de las fotografías permanecen tres jóvenes, en el picaporte de la ventana cuelga, lo que menciono sólo de pasada, una blusa blanca. Y ahora comienza la función. Ah, se me olvidaba la persona más importante, yo estaba aquí, ante la mesilla. El supervisor estaba sentado con toda comodidad, las piernas cruzadas, el brazo colgando sobre el respaldo, tamaña grosería. Y ahora comienza todo de verdad. El supervisor me llama como si quisiera despertarme del sueño más profundo, es decir grita, por desgracia tengo que gritar para que lo comprenda, aunque sólo gritó mi nombre.
La señorita Bürstner, que escuchaba sonriente, se llevó el dedo índice a los labios para evitar que K gritase, pero era demasiado tarde, K estaba tan identificado con su papel que gritó:
--¡Josef K!
Aunque no lo hizo con la fuerza con que había amenazado, sí con la suficiente como para que el grito, una vez emitido, se expandiera lentamente por la habitación.
En ese instante golpearon la puerta de la habitación contigua; fueron golpes fuertes, cortos y regulares. La señorita Bürstner palideció y se puso la mano en el corazón. K se llevó un susto enorme, pues llevaba un rato en el que sólo había sido capaz de pensar en el incidente de la mañana y en la muchacha ante la que lo estaba representando. Apenas se había recuperado, saltó hacia la señorita Bürstner y tomó su mano.
--No tema usted nada--le susurró--, yo lo arreglaré todo. Pero, ¿quién puede ser? Aquí al lado sólo está el salón y nadie duerme en él.
--¡Oh, sí!--susurró la señorita Bürstner al oído de K--, desde ayer duerme un sobrino de la señora Grubach, un capitán. Ahora mismo no queda ninguna habitación libre. También yo lo había olvidado. ¡Cómo se le ocurre gritar así! Soy muy infeliz por su culpa.
--No hay ningún motivo--dijo K, y besó su frente cuando ella se reclinó en el cojín.
--Fuera, márchese--dijo ella, y se incorporó rápidamente--, márchese. Qué quiere, él escucha detrás de la puerta, lo escucha todo. ¡No me atormente más!
--No me iré--dijo K--hasta que se haya calmado. Venga a la esquina opuesta de la habitación, allí no nos puede escuchar.
Ella se dejó llevar.
--Piense que se trata sólo de una contrariedad, pero que no entraña ningún peligro. Ya sabe cómo me admira la señora Grubach, que es la que decide en este asunto, sobre todo considerando que el capitán es sobrino suyo. Se cree todo lo que le digo. Además, depende de mí, pues me ha pedido prestada una gran cantidad de dinero. Aceptaré todas sus propuestas para una aclaración de nuestro encuentro, siempre que sea oportuno, y le garantizo que la señora Grubach las creerá sinceramente y así lo manifestará en público. No tenga conmigo ningún tipo de miramientos. Si quiere que se difunda que la he sorprendido, así será instruida la señora Grubach y lo creerá sin perder la confianza en mí, tanto apego me tiene.
La señorita Bürstner contemplaba el suelo en silencio y un poco hundida.
--¿Por qué no va a creerse la señora Grubach que la he sorprendido?--añadió K. Ante él veía su pelo rojizo, separado por una raya, holgado en las puntas y recogido en la parte superior[17]. Creyó que le iba a mirar, pero ella, sin cambiar de postura, dijo:
--Discúlpeme, me he asustado tanto por los golpes repentinos, no por las consecuencias que podría traer consigo la presencia del capitán. Después de su grito estaba todo tan silencioso y de repente esos golpes, por eso estoy tan asustada. Yo estaba sentada al lado de la puerta, los golpes se produjeron casi a mi lado. Le agradezco sus proposiciones, pero no las acepto. Puedo asumir la responsabilidad por todo lo que ocurre en mi habitación y, además, frente a cualquiera. Me sorprende que no note la ofensa que suponen para mí sus sugerencias, por más que reconozca sus buenas intenciones. Pero ahora márchese, déjeme sola, ahora lo necesito mucho más que antes. Los pocos minutos que usted había pedido se han convertido en media hora o más.
K tomó su mano y luego su muñeca.
--¿No se habrá enfadado conmigo?--dijo él.
Ella retiró su mano y respondió:
--No, no, soy incapaz de enfadarme.
K volvió a tomar su muñeca y ella, esta vez, lo aceptó, pero le condujo así hasta la puerta. Él estaba firmemente decidido a irse, pero al llegar a la puerta, como si no hubiera esperado encontrarse allí con semejante obstáculo, se detuvo, lo que la señorita Bürstner aprovechó para desasirse, abrir la puerta, deslizarse hasta el recibidor y, desde allí, decirle a K en voz baja:
Ahora váyase, se lo pido por favor. Mire--ella señaló la puerta del capitán, por debajo de la cual asomaba un poco de luz--, ha encendido la luz y nos está espiando.
Ya voy--dijo K, salió, la estrechó en sus brazos y la besó en la boca, luego ávidamente por todo el rostro, como un animal sediento que introduce la lengua en el anhelado manantial. Finalmente la besó en el cuello, a la altura de la garganta: allí dejó reposar sus labios un rato. Un ruido procedente de la habitación del capitán le obligó a mirar.--Ya me voy--dijo él, quiso llamarla por su nombre de pila, pero no lo sabía. Ella asintió cansada, le dejó la mano, mientras se volvía, para que la besara, como si no quisiera saber nada más y se retiró, encogida, a su habitación. Poco después K yacía en su cama. Se durmió rápidamente, aunque antes de dormirse pensó un poco en su comportamiento. Estaba satisfecho, pero se maravilló de no estar aún más satisfecho. Se preocupó seriamente por la señorita Bürstner a causa del capitán.
NOTAS:
[13] Max Brod fundió los dos primeros capítulos en uno. Del manuscrito, sin embargo, se puede deducir que Kafka los concibió como dos capítulos independientes.
[14] Tachado en el manuscrito: «Ante la casa paseaba un soldado con el paso regular y fuerte de un centinela. K se tuvo que inclinar mucho para poder verlo, ya que se encontraba muy cerca de la pared. "¡Hola!"--le gritó, pero no tan alto como para que pudiera oírle. Por lo demás, resultó que sólo estaba esperando a una criada que había ido a la cervecería de enfrente para traerle una cerveza y que ahora aparecía en la puerta iluminada. K se planteó la pregunta de si realmente había creído por un momento que el soldado estaba allí por él. Pero no pudo responderla».
[15] Tachado en el manuscrito: «Pasaban de las once y media cuando escuchó a alguien en la escalera. K, que se encontraba en el vestíbulo sumido en sus pensamientos, dando fuertes caladas al cigarro según su costumbre, se vio obligado a reflexionar un poco antes de huir hacia su habitación. A través del agujero de la cerradura comprobó que no se trataba de la señorita B, sino del capitán...».
[16] Tachado en el manuscrito: «Si quería hablar conmigo--aunque no me puedo imaginar de qué--ha tenido muchas oportunidades para hacerlo».
[17] Tachado en el manuscrito: «La felicidad de estar en su habitación, en su proximidad, podía terminar en cualquier momento».
=PRIMERA CITACIÓN JUDICIAL=
A K le habían comunicado por teléfono que el domingo próximo tendría lugar una corta vista para la instrucción procesal de su causa. Se le advertía que esas vistas se celebraban periódicamente, aunque no todas las semanas. También le comunicaron que todos tenían interés en concluir el proceso lo más rápidamente posible; sin embargo, las investigaciones tenían que ser minuciosas en todos los aspectos, aunque, al mismo tiempo, el esfuerzo unido a ellas jamás debía durar demasiado. Precisamente por este motivo se había elegido realizar ese tipo de citaciones cortas y continuadas. Se había optado por el domingo como día de la vista sumarial para no perturbar las obligaciones profesionales de K. Se presumía que él estaría de acuerdo, pero si prefería otra fecha se intentaría satisfacer su deseo. Las citaciones podían tener lugar también por la noche, pero K no estaría lo suficientemente fresco. Así pues, y mientras K no objetase nada, la instrucción se llevaría a cabo los domingos. Era evidente que debía comparecer, ni siquiera era necesario advertírselo. Le dijeron el número de la casa: estaba situada en una calle apartada de los suburbios en la que K jamás había estado.
Una vez oído el mensaje, K colgó el auricular sin contestar; estaba decidido a ir el domingo: con toda seguridad era necesario; el proceso se había puesto en marcha y tenía que dejar claro que esa citación debía ser la última. Aún permanecía pensativo junto al aparato, cuando escuchó detrás de él la voz del subdirector, que quería llamar por teléfono. K le obstruía el paso.
--¿Malas noticias?--preguntó el subdirector sin pensar, no para saber algo, sino simplemente para apartar a K del teléfono.
--No, no--dijo K, que se apartó pero no se alejó.
El subdirector cogió el auricular y, mientras esperaba la conexión telefónica, se dirigió a K:
--Una pregunta, señor K, ¿le apetecería venir a una fiesta que doy el domingo en mi velero? Nos reuniremos un buen grupo y encontrará conocidos suyos, entre otros al fiscal Hasterer. ¿Quiere venir? ¡Venga, anímese!
K intentó prestar atención a lo que decía el subdirector. No carecía de importancia para él, pues esa invitación del subdirector, con el que nunca se había llevado bien, suponía un intento de reconciliación de su parte y, al mismo tiempo, mostraba la importancia que K había adquirido en el banco, así como lo valiosa que le parecía al segundo funcionario más importante del banco su amistad o, al menos, su imparcialidad. Esa invitación suponía, además, una humillación del subdirector, por más que la hubiera formulado por encima del auricular mientras esperaba la conexión telefónica. Pero K se vio obligado a ocasionarle una segunda humillación, dijo:
--¡Muchas gracias! Pero por desgracia el domingo no tengo tiempo, tengo un compromiso.
--Es una pena--dijo el subdirector, que se concentró en su conversación telefónica. No fue una conversación corta y K permaneció todo el tiempo pensativo al lado del teléfono. Cuando el subdirector colgó, K se asustó y dijo para disculpar su pasiva permanencia allí:
--Me acaban de llamar por teléfono, tendría que ir a algún sitio, pero se les ha olvidado decirme la hora.
--Pregunte usted--dijo el subdirector.
--No es tan importante--dijo K, aunque así dejaba sin fundamento su ya débil disculpa anterior. El subdirector habló todavía sobre algunas cosas mientras se iba, K hizo un esfuerzo para responderle, pero sólo pensaba en que lo mejor sería ir el domingo a las nueve de la mañana, pues ésa era la hora en que todos los juzgados comenzaban a trabajar los días laborables.
El domingo amaneció nublado. K se levantó muy cansado, ya que se había quedado hasta muy tarde por la noche en una reunión de su tertulia. Casi se había quedado dormido. Deprisa, sin apenas tiempo para pensar en nada ni para recordar los distintos planes que había hecho durante la semana, se vistió y salió corriendo, sin desayunar, hacia el suburbio indicado. Curiosamente, y aunque apenas tenía tiempo para mirar a su alrededor, se encontró con los tres funcionarios relacionados con su causa: Rabensteiner, Kullych y Kaminer. Los dos primeros pasaron por delante de K en un tranvía, Kaminer, sin embargo, estaba sentado en la terraza de un café y se inclinó con curiosidad sobre la barandilla cuando K pasó a su lado. Todos miraron cómo se alejaba y se sorprendieron por la prisa que llevaba. Era una suerte de despecho lo que había inducido a K a no coger ningún vehículo para llegar a su destino, pues quería evitar cualquier ayuda extraña en su asunto, por pequeña que fuera; tampoco quería recurrir a nadie ni ponerle al corriente de ningún detalle; finalmente tampoco tenía ganas de humillarse ante la comisión investigadora con una excesiva puntualidad. No obstante, corría, pero sólo para llegar alrededor de las nueve, aunque tampoco le habían citado a una hora concreta.
Había pensado que podría reconocer la casa desde lejos por algún signo, que, sin embargo, no se había podido imaginar, o por cierto movimiento ante la puerta. Pero en la calle Julius, que era en la que debía estar, y en cuyo inicio permaneció K un rato, sólo se alineaban a ambos lados casas grises de alquiler, altas y uniformes, habitadas por gente pobre. En aquella mañana de domingo estaban todas las ventanas ocupadas, hombres en camiseta se apoyaban en los antepechos y firmaban o sostenían cuidadosamente entre sus brazos a niños. En otras ventanas colgaba la ropa de cama, sobre la que de vez en cuando aparecía por un instante la cabeza desgreñada de alguna mujer. Se llamaban unos a otros a través de la calle: una de esas llamadas provocó risas sobre K. Repartidas con regularidad, a lo largo de la calle se encontraban, algo por debajo del nivel de la acera, algunas tiendas a las que se descendía por unas escaleras y en las que se vendían distintos alimentos. Se veía cómo entraban y salían mujeres de ellas: otras permanecían charlando ante la puerta. Un mercader de fruta, que pregonaba su mercancía y circulaba sin prestar atención, casi atropella a K, también distraído, con su carro. En ese momento comenzó a sonar un gramófono de un modo criminal: era un viejo aparato que sin duda había conocido tiempos mejores en un barrio más elegante.
K avanzó lentamente por la calle, como si tuviera tiempo o como si el juez de instrucción le estuviera viendo desde una ventana y supiera que K iba a comparecer. Pasaban pocos minutos de las nueve. La casa quedaba bastante lejos, era extraordinariamente ancha, sobre todo la puerta de entrada era muy elevada y amplia. Aparentemente estaba destinada a la carga y descarga de mercancías de los distintos almacenes que rodeaban el patio y que ahora permanecían cerrados. En las puertas de los almacenes se podían ver los letreros de las empresas. K conocía a alguna de ellas por su trabajo en el banco. Aunque no era su costumbre, permaneció un rato en la entrada del patio dedicándose a observar detenidamente todos los pormenores. Cerca de él estaba sentado un hombre descalzo que leía el periódico. Dos muchachos se columpiaban en un carro. Una niña débil, con la camisa del pijama, estaba al lado de una bomba de agua y miraba hacia K mientras el agua caía en su jarra. En una de las esquinas del patio estaban tendiendo un cordel entre dos ventanas, del que colgaba la ropa para secarse. Un hombre permanecía debajo y dirigía la operación con algunos gritos.