Chapter 21 of 21 · 3128 words · ~16 min read

Part 21

Sin embargo K no se alimentaba diariamente de esas esperanzas, en general aún distinguía con precisión y se guardaba mucho de ignorar o pasar por alto alguna dificultad, pero a veces--normalmente en estados de agotamiento por la noche, después del trabajo--encontraba consuelo en los más pequeños y significativos incidentes del día. Usualmente permanecía tendido en el canapé de su despacho--no podía abandonar su despacho sin tener que recuperarse después una hora en el canapé--y se dedicaba a encadenar en su mente observación tras observación. No se limitaba a las personas que pertenecían a la organización de la justicia, en ese estado de duermevela se mezclaban todos, entonces se olvidaba del enorme trabajo del tribunal, le parecía que él era el único acusado y veía cómo el resto de las personas, una confusión de funcionarios y juristas, pasaban por los pasillos de un edificio. Ni los más lerdos hundían la barbilla en el pecho, todos mostraban los labios fruncidos y una mirada fija de reflexión responsable. Los inquilinos de la señora Grubach siempre aparecían como un grupo cerrado, permanecían juntos uno al lado del otro con las bocas abiertas, como los miembros de un coro. Entre ellos había muchos desconocidos, pues K hacía tiempo que no prestaba ninguna atención a la pensión. A causa de los muchos desconocidos le causaba desagrado acercarse al grupo, lo que a veces se veía obligado a hacer cuando buscaba entre ellos a la señorita Bürstner. Sobrevoló, por ejemplo, el grupo y, de repente, brillaron dos ojos completamente desconocidos que lo detuvieron. No encontró a la señorita Bürstner, pero cuando siguió buscando para evitar cualquier error, la encontró en el centro del grupo, rodeando a dos hombres con sus brazos. No le causó ninguna impresión, sobre todo porque esa visión no era nueva, sino un recuerdo imborrable de una fotografía de la playa que había visto una vez en la habitación de la señorita Bürstner. Esa visión separaba a K del grupo y aun cuando regresaba una y otra vez, sólo lo hacía para atravesar a toda prisa el edificio del tribunal. Conocía muy bien todas las estancias; incluso los pasillos perdidos, que no había visto nunca, le resultaban familiares, como si le hubieran servido de morada desde siempre. Los detalles quedaban grabados en su cerebro con una exactitud dolorosa. Un extranjero, por ejemplo, paseaba por una antesala, vestía como un torero, el talle apretado, su chaquetilla corta y rígida estaba adornada con borlas amarillas, y ese hombre, sin parar de pasear, se dejaba admirar por K. Éste, encogido, le contemplaba con los ojos muy abiertos. Conocía todos los dibujos, todos los flecos, todas las líneas de la chaquetilla y, aun así, no se cansaba de mirarla. O, mejor, hacía tiempo que se había cansado de mirarla o, aún más correcto, nunca la había querido mirar, pero no le dejaba. «¡Qué mascaradas ofrece el extranjero!»--pensó, y abrió aún más los ojos. Y fue seguido por ese hombre hasta que se echó y presionó el rostro contra el canapé[40].

=VISITA A LA MADRE=

De repente, durante la comida, se le ocurrió visitar a su madre. La primavera ya estaba llegando a su fin y con ella se cumplía el tercer año desde que no la había visto. Su madre le había pedido hacía tres años que fuese a su cumpleaños y él había cumplido la promesa, a pesar de algunos impedimentos. Luego le había prometido visitarla en todos sus cumpleaños, una promesa que había dejado de cumplir dos veces. Ahora no quería esperar hasta su cumpleaños: aunque sólo faltaran catorce días, deseaba viajar en seguida. Sin embargo, se dijo que no había ningún motivo para salir tan rápido, todo lo contrario, las noticias que recibía regularmente, en concreto cada dos meses, de su primo, que poseía un comercio en la pequeña ciudad y administraba el dinero que K le enviaba a su madre, eran más tranquilizadoras que nunca. La vista de la madre se apagaba, pero eso, según lo que le habían dicho los médicos, ya lo esperaba K desde hacía años, no obstante su estado había mejorado en general, determinadas dolencias de la edad habían disminuido en vez de agravarse, al menos ella se quejaba menos. Según el primo, se podría deber a que en los últimos años--K ya había advertido algo con disgusto en su visita--se había vuelto muy piadosa. El primo le había descrito en una carta, de manera muy ilustrativa, cómo la anciana, que antes se había arrastrado con esfuerzo, ahora andaba muy bien cogida de su brazo cuando la llevaba los domingos a la iglesia. Y K podía creer al primo, pues éste era miedoso y solía exagerar en sus informes lo malo antes que lo bueno.

Pero K se había decidido a partir. Desde hacía tiempo había confirmado en su temperamento, entre otras cosas desagradables, una cierta inclinación a quejarse, así como una ansiedad irrefrenable por satisfacer todos sus deseos. Bien, en este caso particular, ese defecto serviría para una buena acción.

Se acercó a la ventana para ordenar un poco sus pensamientos, luego mandó que se llevasen la comida, envió al ordenanza a casa de la señora Grubach para que le anunciase su partida y para recoger el maletín, en el que la señora Grubach podía meter lo que considerase conveniente. A continuación, dejó unos encargos, referentes a algunos negocios, al señor Kühne, para que los realizase durante el tiempo en que iba a estar ausente; esta vez apenas se enojó por las malas maneras con que últimamente recibía sus encargos, sin ni siquiera mirarle, como si supiera de sobra lo que tenía que hacer y sólo tolerase ese reparto de encargos como una ceremonia. Finalmente, se fue a ver al director. Cuando le pidió dos días libres para visitar a su madre, el director preguntó, naturalmente, si la madre de K estaba enferma.

--No--dijo K, sin más explicaciones. Permanecía en medio de la habitación, con las manos entrelazadas a la espalda. Reflexionaba con la frente arrugada. ¿Acaso se había precipitado con los preparativos del viaje? ¿No era mejor quedarse? ¿Quería viajar sólo por puro sentimentalismo? ¿Y si por ese sentimentalismo descuidaba algo allí, por ejemplo perdía una importante oportunidad para actuar, que, además, podía surgir en cualquier momento, sobre todo ahora, cuando el proceso, desde hacía semanas, no había experimentado cambio alguno y no había surgido ninguna noticia referente a él? ¿Y no asustaría a la pobre mujer, ya mayor? Eso era algo que no pretendía en absoluto y, sin embargo, podía ocurrir contra su voluntad, pues ahora muchas cosas ocurrían contra su voluntad. Y la madre tampoco había manifestado su deseo de verle. Antes, en las cartas de su primo, se habían repetido regularmente las urgentes invitaciones de la madre, pero desde hacía un tiempo se habían interrumpido. Así que por la madre no iba, eso estaba claro. Si iba, no obstante, por alguna esperanza referida a él, entonces era un completo demente y allí, en la desesperación final, recibiría la recompensa por su demencia. Pero, como si estas dudas no fueran las suyas propias, sino que intentasen convencer a gente extraña, mantuvo, al despertar de su ausencia mental, la determinación de viajar. El director, mientras tanto, casualmente o, lo que era más probable, por especial consideración a K, se había inclinado sobre el periódico, pero ahora elevó los ojos, estrechó la mano de K y le deseó, sin plantearle más preguntas, un buen viaje.

K esperó en su despacho al ordenanza paseando de un lado a otro, rechazó casi en silencio al subdirector, que quiso entrar varias veces para preguntarle por los motivos de su viaje y, cuando al fin tuvo el maletín, se apresuró a llegar hasta el coche. Se encontraba aún en la escalera, cuando arriba apareció el funcionario Kullych con una carta en la mano, con la que aparentemente quería solicitar algo de K. Éste le rechazó con la mano, pero terco y necio como era ese hombre rubio y cabezón, interpretó mal el gesto de K y bajó las escaleras con el papel dando unos saltos en los que ponía en peligro su vida. K se enojó tanto que, cuando Kullych le alcanzó en la escalinata, le arrebató la carta y la rompió. Cuando K se volvió ya en el coche, Kullych, que probablemente aún no había comprendido el error cometido, permanecía estático en el mismo sitio y miraba cómo se alejaba el coche, mientras el portero, a su lado, se quitaba la gorra. Así que K aún era uno de los funcionarios superiores del banco, el portero rectificaría la opinión de quien lo quisiera negar. Y su madre le tendría, incluso, y a pesar de todos sus desmentidos, por el director del banco y, eso, desde hacía años. En su opinión jamás descendería de rango, por más que su reputación sufriese daños. Tal vez era una buena señal que justo antes de salir se hubiera convencido de que aún era un funcionario que incluso tenía conexiones con el tribunal, podía arrebatar una carta y romperla sin disculpa alguna. Pero no pudo hacer lo que más le hubiera gustado, dar dos sopapos en las mejillas pálidas y redondas de Kullych.

NOTAS:

[40] En el manuscrito hay varios intentos para continuar el fragmento: «Así permaneció largo tiempo y realmente pudo descansar. Aunque seguía reflexionando, lo hacía en la oscuridad y sin que nadie le molestara. Pensaba en Tit. Tit. estaba sentado en una silla y K permanecía arrodillado ante él, acariciando sus brazos y adulándolo de todas las maneras posibles. Tit. sabía lo que K pretendía, pero hacía como si no lo supiera y así le atormentaba un poco. No obstante, K sabía que al final conseguiría lo que se proponía, pues Tit. era un imprudente, un hombre fácil de convencer, sin conciencia del deber. Era incomprensible cómo el tribunal podía tener tratos con un tipo así. K se dio cuenta: era posible influir en él. No se dejó confundir por su sonrisa desvergonzada, dirigida al vacío, se mantuvo en su petición y alzó las manos hasta acariciar con ellas las mejillas de Tit. No se esforzaba mucho, lo hacía casi con pereza, prolongó su gesto por puro placer, estaba seguro de su éxito. ¡Qué fácil era engañar al tribunal! Como si obedeciera a una ley natural, Tit. se inclinó hacia él y un guiño de ojos amigable y lento le mostró que estaba dispuesto a concederle su favor. Estrechó la mano de K con fuerza, éste se levantó, sintió que era un momento solemne, pero Tit. no toleró ninguna solemnidad, abrazó a K y se lo llevó. Llegaron en seguida al edificio del tribunal y se apresuraron a subir las escaleras, pero no sólo subieron, se deslizaron hacia arriba y hacia abajo como si estuvieran en una barca. Y precisamente cuando K observaba sus pies y llegaba a la conclusión de que esa bella forma de desplazarse no era propia de su vida vulgar, precisamente en ese momento se produjo la transformación sobre su cabeza inclinada. La luz, que hasta ese momento procedía de la parte de atrás, cambió y les dio de frente, cegándoles. K miró hacia arriba, Tit. asintió y se dio la vuelta. Otra vez se encontraba K en el pasillo del juzgado, pero estaba mucho más tranquilo, no había nada que llamase la atención. K lo contempló todo, se soltó de Tit. y siguió su propio camino. K llevaba un traje nuevo, largo y negro, era pesado y cálido. Sabía lo que acababa de ocurrirle, pero estaba contento de no querer reconocerlo. En un rincón del pasillo, en el que había una gran ventana abierta, encontró sus ropas, la chaqueta negra, los pantalones y la camisa arrugada».

=ANOTACIONES EN LOS DIARIOS DE KAFKA REFERENTES A EL PROCESO=

«Josef K, el hijo de un rico comerciante, se dirigió una noche, después de una gran disputa con su padre--el padre le había reprochado su vida licenciosa y le había exigido que cambiase de vida--, hacia la casa de comercio, situada en las cercanías del puerto, sin ninguna intención definida, inseguro y cansado. El guardián ante la puerta se inclinó profundamente. Josef le miró fugazmente sin saludarle. "Estas personas mudas y subordinadas hacen todo lo que se espera de ellas pensó--. Si pienso que me observa con mirada impertinente, así lo hace en realidad". Y se volvió de nuevo hacia el guardián de la puerta sin saludar. Éste se volvió a su vez hacia la calle y contempló el cielo cubierto» (29 de julio de 1914).

«Comencé con tantas esperanzas y ahora rechazado por las tres historias, hoy más que nunca. Tal vez sea conveniente trabajar en la historia rusa después del Proceso. En esta ridícula esperanza, que sólo se apoya en una fantasía maquinal, comienzo de nuevo el Proceso. No fue del todo en vano» (21 de agosto de 1914).

«Fracaso al intentar terminar el capítulo, otro ya comenzado no podré continuarlo tan bien, mientras que aquella vez, por la noche, me habría sido posible. No puedo abandonarme, estoy completamente solo» (29 de agosto de 1914).

«Frío y vacío. Siento demasiado los límites de mi capacidad, que, cuando no estoy plenamente concentrado, se estrechan» (30 de agosto de 1914).

«Un completo desamparo, apenas 2 páginas escritas. Hoy he estado muy cansado, aunque he dormido bien. Pero sé que no puedo doblegarme si quiero llegar a la gran libertad que tal vez me espera más allá de los padecimientos más bajos de mi actividad literaria, tan nimia a causa de mi forma de vida» (1 de septiembre de 1914).

«Otra vez sólo 2 páginas. Al principió pensé que la tristeza provocada por las derrotas austríacas y el miedo ante el futuro (un miedo que me parece al mismo tiempo ridículo e infame) me impedirían seguir escribiendo. No ha sido así, sólo una abulia que me asalta una y otra vez y que tengo que superar continuamente. Para la tristeza hay tiempo suficiente cuando no escribo» (13 de septiembre de 1914).

«He tomado una semana de vacaciones para dar un impulso a la novela. He fracasado, estoy en la noche del miércoles, el lunes se acaban las vacaciones. He escrito poco y débil» (7 de octubre de 1914).

«14 días, en parte un buen trabajo, comprensión completa de mi situación» (15 de octubre de 1914).

«Desde hace 4 días no he trabajado apenas nada, alguna hora y un par de líneas, pero he dormido mejor, los dolores de cabeza prácticamente han desaparecido por esta razón» (21 de octubre de 1914).

«Paralización casi completa del trabajo. Lo que he escrito no parece espontáneo, sino el reflejo de un buen trabajo realizado con anterioridad» (25 de octubre de 1914).

«Ayer, después de un largo espacio de tiempo, avancé un buen trecho, hoy de nuevo casi nada, los 14 días de vacaciones se han perdido prácticamente del todo» (1 de noviembre de 1914).

«--...A causa del miedo al dolor de cabeza, que ya ha comenzado, como he dormido poco por la noche, no he trabajado nada, en parte también porque temo estropear un pasaje soportable escrito ayer. El cuarto día desde agosto en el que no he escrito nada» (3 de noviembre de 1914).

«No puedo seguir escribiendo. He llegado al límite definitivo en el que tendré que permanecer otra vez muchos años, luego comenzaré, a lo mejor, otra historia, que probablemente también quedará inconclusa. Este destino me persigue. También estoy frío y confuso, sólo me ha quedado el amor senil a la completa tranquilidad. Y como un animal cualquiera apartado del hombre vuelvo a balancear el cuello y quisiera intentar conseguir de nuevo a F durante el tiempo intermedio. Realmente lo volveré a intentar, si las náuseas que me causo a mí mismo no me lo impiden» (30 de noviembre de 1914).

«(...) Seguir trabajando como sea. Triste de que hoy no sea posible, pues estoy cansado y padezco dolores de cabeza, ya los tuve por la mañana, como una premonición, en la oficina. Seguir trabajando como sea, tiene que ser posible a pesar del insomnio y de la oficina» (2 de diciembre de 1914).

«Ayer, y por primera vez desde hace mucho tiempo, con la capacidad para realizar un buen trabajo. Sin embargo, sólo he escrito la primera página del capítulo de la madre. Puesto que no había dormido en dos noches, padecí ya desde por la mañana dolores de cabeza y tenía demasiado miedo al día siguiente. Otra vez he comprobado que todo lo escrito fragmentariamente y no a lo largo de la mayor parte de la noche (o durante toda ella) es de escaso valor y que estoy condenado a esa calidad inferior debido a mis condiciones de vida» (8 de diciembre de 1914).

«En vez de trabajar (sólo he escrito una página--exégesis de la leyenda--), he leído los capítulos concluidos y los he encontrado en parte buenos. Siempre con la conciencia de que tendré que pagar todo sentimiento de satisfacción o de felicidad, como el que por ejemplo tengo frente a la leyenda, y, además, para no disfrutar jamás de descanso, lo tendré que pagar con posterioridad» (13 de diciembre de 1914).

«El trabajo se arrastra lamentablemente, tal vez en el lugar más importante, donde hubiera sido necesaria una buena noche» (14 de diciembre de 1914).

«No he trabajado nada» (15 de diciembre de 1914).

«He trabajado desde agosto, en general bastante y bien, pero ni en el primer sentido ni en el segundo hasta los límites de mi capacidad, como debería haber sido, sobre todo considerando que mi capacidad, según todos los indicios (insomnio, dolores de cabeza, insuficiencia cardíaca), no durará mucho. He trabajado en algunos textos incompletos: _El proceso_, _Recuerdos del Kaldabahn_, _Un maestro rural_, _El ayudante del fiscal_ y pequeños inicios. Completado sólo: _En la colonia penitenciaria_ y un capítulo de _El ausente_, ambos durante los 14 días de vacaciones. No sé por qué hago este repaso, no es propio de mí» (31 de diciembre de 1914).

«He resistido los muchos deseos de comenzar una nueva historia. Todo es inútil. No puedo seguir escribiendo las historias durante las noches, se interrumpen y se pierden, como con _El ayudante del fiscal_» (4 de enero de 1915).

«He dejado provisionalmente _Un maestro rural_ y _El ayudante del fiscal_, pero también incapaz de continuar _El proceso_» (6 de enero de 1915).

«También se lo he leído a ella (Felice), las frases irrumpían repugnantes y confusas, ninguna conexión con la oyente, que yacía en el canapé con los ojos cerrados y muda. Una tibia solicitud para llevarse el manuscrito y copiarlo. Gran atención a la historia del centinela y buena observación. En ese momento comprendí la importancia de la historia, también ella la comprendió correctamente, luego hicimos algunos burdos comentarios acerca de ella, yo comencé» (24 de enero de 1915).