Chapter 11 of 19 · 3917 words · ~20 min read

Part 11

Las viejas tomaron parte en la conversación, y propusieron a Fago darle un balandrán de cura que cogido habían en el campo de batalla. No le pareció mal este ofrecimiento, y aún le pareció mejor al ver la prenda de ropa enteramente ajustada a su talla y cuerpo, y tan buena que revelaba ser de canónigo. Aceptada desde luego, se la puso para abrigarse: el frío era intenso; seguía nevando, y no había que pensar en salir tan pronto. Los pastores que en cabañas próximas recogían su ganado aseguraban que el rey con toda su corte estaba en la Améscoa Baja, y también el ejército, y que hasta pasada Navidad no habría operaciones, por causa del mal tiempo. El viejo de las antiparras no se separaba de su huésped, tratando de hacerle menos aburridas las horas con su charlar continuo de la guerra, entreverado de anécdotas navarras, y de noticias referentes a linajes, familias y personas: de todo ello coligió Fago que había tenido posición y hacienda muy superiores a la pobreza en que a la sazón vivía. Era ribereño, de Murillo el Cuende, y se llamaba Fulgencio Pitillas. Comprometido en las campañas realistas del 22 y 28, Mina le había quemado sus casas y graneros, y quitádole los ganados. Todo lo perdió por defender una idea; pero no le importaba con tal de ver la idea victoriosa. ¿Qué valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza de la religión católica, y del trono legítimo? Dios sobre todo.

Oía esto con indiferencia el buen Fago, hasta que de concepto en concepto, picando el señor de Pitillas en uno y otro asunto, vino a resultar inopinadamente que había conocido a don Adrián Ulibarri. De tal modo se desconcertó el capellán al oír nombrar a la víctima de Falces, que en un punto estuvo que apretase a correr, poseído de un pánico semejante al que sintió en la batalla de Arquijas. Como el buen Pitillas era tan cegato que no veía _tres sobre un burro_, no advirtió la turbación y palidez del otro, y siguió diciendo que en sus buenos tiempos había tratado íntimamente a Ulibarri, y que la difunta de este, doña Saturnina Dorronsoro, y la difunta de Pitillas, doña Manuela Mendívil, eran primas segundas. Agregó que había sabido el fusilamiento de don Adrián, pena que le estaba bien merecida, por meterse a dar soplo a los cristinos de los movimientos de los leales; cosa fea, porque el buen navarro debía pertenecer en cuerpo y alma a la causa _disoluta_. Titubeó Fago entre nombrar a Saloma o callar este nombre, que removía en su alma heces amarguísimas; pero su ardiente curiosidad pudo más que su miedo, y Pitillas, contestando a la tímida pregunta, dijo:

—Esa desgraciada, que conocía muy bien el genio que gastaba su padre, no se atrevió a presentarse a él después del estropicio, y ahora...

—¿Ahora qué?

—Dicen que dicen... Yo no gusto de conversaciones, y mejor es que me calle.

—¿Luego vive?

—¿Que si vive? Ahora la tiene usted de ama de cura.

—¡Jesús mío!

—Dicen que dicen..., yo no digo nada... Volviose con el mismo que la perdió; este, que es un gran tunante, para esconder sus pecados debajo de la religión se hizo cura, y ella...

—Eso no es verdad, señor Pitillas —afirmó el capellán con acento tan distinto del que comúnmente usaba que el viejo se desconcertó.

—Yo no lo he inventado.

—Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.

—Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora, que sea o no verídica, no sé... Yo he creído que ella y él no se han metido en nuestra religión santísima, sino en otra de esas en que hay _clérigas_, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios casados, y cada canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la ropa... Eso pienso; no sé.

—¿Y dónde están?

—Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe de saberlo, porque una noche contó que había visto a la Saloma tocando las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo nombre no me acuerdo.

Llegose al grupo un pastor cojitranco, con peales y zahones, hirsuto, de color gitanesco. Interrogado por Pitillas, dijo que Saloma era ama de un cura que peleaba en la facción.

—¿Y se llama...?

—No lo sé... Solo sé que es aragonés, y que está en el 5.º de Navarra.

—Eso no es verdad. Y ese clérigo, antes de meterse a soldado, ¿era quizás párroco de algún pueblo?

—Capellán del Cuartel Real.

—¿Y es el mismo que...?

—No, señor: es otro.

—Mentira, más mentira todavía. ¿De dónde habéis sacado esas fábulas indecentes?... Otra cosa. ¿Y dónde decís que habéis visto a Saloma Ulibarri tocando las campanas?

—Repicando..., cuando entraba en el pueblo Su Majestad don Carlos Isidro. La vio un pastor que se llama Orden.

—¿Dónde? ¿Qué pueblo era ese?

—Aranarache, en la Améscoa Baja.

—También lo niego. Yo sostengo que es falso de toda falsedad, y a ver quién es el guapo que me desmiente. Sois unos zopencos; hacéis mal en tomar en boca a personas honradas, que ni han escandalizado ni escandalizarán jamás. Saloma no es ama de cura, ni _clériga_, ni nada de eso, y al que diga le enseñaré yo el respeto que se debe a la mujer virtuosa: donde quiera que ahora resida, llorará la muerte de su padre y sus propias culpas. Para mí está o debe estar en algún recogimiento, casa de religión o cosa así.

—No se incomode vocencia —le dijo Pitillas tirándole del balandrán, pues Fago se había puesto en pie y accionaba enérgicamente con el garrote—. ¿A nosotros qué nos va ni qué nos viene en esto?

—Nos va y nos viene, señor mío, que no debemos dar curso a la calumnia, sino cortarla donde quiera que la encontremos. Yo salgo a la defensa de toda persona calumniada, ahora y siempre.

—Bueno, señor. Hágase cargo de que no hemos dicho nada, y vámonos a comer, que ya es hora.

Comió Fago de mal talante, y a cuanto le decían sus patronos contestaba tan solo con monosílabos incoherentes. Por la tarde, con gran sorpresa de toda la familia pitillesca, afirmó que no podía detenerse; y resistiendo a los halagos de aquella gente infeliz, se despidió, ávido de lanzarse a los caminos, de agitarse y correr, movido sin duda de la necesidad de ejercicio físico, o quizás de una impaciencia que ni él mismo sabía si era caballeresco-militar, caballeresco-religiosa, o caballeresco... ¿qué, Señor? El tiempo y los hechos lo dirían.

No acobardado del mal cariz del cielo, ni de la nieve que en espesa capa cubría la tierra, marchó resueltamente hacia el norte en busca del paso del Ega más próximo, que era el de Acedo. Escasos dineros llevaba: dos pesetas columnarias, y una regular porción de cuartos. Sus víveres eran un pan con chorizo entre la miga, que al salir le dieron los Pitillas; su compañía, sus pensamientos y el garrote. No llevaba media hora de marcha, cuando empezó a ser atormentado por una idea, y esta no le abandonó hasta el fin de la jornada. Era como un compañero de viaje que al compás de los pasos, y convirtiendo en voz humana el singular crujido de la nieve bajo los pies, le hablase al oído. ¿Qué decía? Pues que en el bolsillo del balandrán que puesto llevaba, generosa ofrenda de los Pitillas, había, cuando se lo dieron, una carta olvidada. Recordaba que en el momento de tomar la prenda de ropa de manos de la vieja, había registrado los bolsillos, encontrando en ellos un pedazo de yesca, dos cuartos, y un papel escrito. Rompió el papel la anciana, sin que a él se le ocurriese impedirlo, por no sospechar que pudiera ser interesante. Pues bien, al ponerse en camino dio en pensar que el papelejo era una carta de la persona cuyo nombre, pronunciado inopinadamente aquella mañana, había removido su ser todo. La hija de Ulibarri escribía muy mal, y firmaba solo con la sílaba _Me_, abreviatura de Salomé, con que de niña la nombraba su abuela. «Parece que es esto obra del demonio —pensaba—. Ahora veo los pedazos del papelejo, rotos y echados al viento por señá Martina, y creo recordar, creo recordar..., como no sea esto una artimaña del espíritu maligno..., creo recordar que en uno de aquellos pedacitos, que volaba delante de mis ojos, estaba escrito: _Me_... Y yo digo: ¿esto del creer recordar, es como recordar verdaderamente? Si vi pasar la palabra _Me_ por el aire, ¿cómo no me causó la impresión que ahora me causa el querer recordarlo? Luego no hubo tal palabra... ¿Y no podría suceder que viera la sílaba sin darme cuenta de lo que significaba?...».

Por todo el camino, sobre la blancura inmaculada de la nieve, fue viendo algo como huellas de una cabra, un signo que evidentemente decía: _Me, Me, Me_...

XX

La noche le cogió en el arrabal de Acedo: pidió y le cedieron albergue en una choza humilde, y a la mañana siguiente, muy temprano, se agregó a una cuadrilla de campesinos que le llevaron en borrico unas cuatro leguas. El tiempo había mejorado; pero al deshacerse la nieve, los caminos y senderos se ponían intransitables. Sin desmayar por esto, el peregrino seguía, y a medida que se aproximaba a las alturas de la Améscoa, iba encontrando gente que iba o venía, caballerías cargadas de provisiones, y alguna descubierta de soldados a pie o a caballo. En Galbarra encontró a dos conocidos, el uno aragonés, el otro navarro, y por ellos se informó de las posiciones de la tropa, sin dar a entender que deseaba conocerlas para evitar su encuentro. Agregaron que el Cuartel Real estaba en Artaza, y que allí permanecería cuando el ejército saliese a operaciones, pasada la fiesta de Navidad. Con estas noticias determinó emprender un largo rodeo, a fin de meterse en Artaza sin pasar por los pueblos donde acampaban las tropas de Zumalacárregui. Esto le ocasionó una tardanza de tres días, durante los cuales iba viendo el _Me, Me_, ya representado por la huella de cabras, ya por letreros diferentes, trazados con negro en esquinazos de iglesias o en tapiales de caserones.

Llegó a Artaza de noche. El pueblo dormía; los centinelas obligáronle a esperar el día para entrar en las calles, y arrimose a un vivac, donde encontró conocidos y amigos, entre ellos uno del propio Oñate. Este le notificó que se le tenía por muerto en la batalla de Arquijas, y que el señor Arespacochaga había mandado echarle responsos. Hablando de operaciones, díjole el mismo que pasada Navidad se emprendería la guerra por la parte de Guipúzcoa, donde andaban muy envalentonadas las divisiones de Espartero y Jáuregui.

No sentía Fago ningún interés por estas noticias de guerra; pero se guardó de dar a conocer su desencanto. Tales confianzas no podía tenerlas más que con su protector y amigo, el señor Arespacochaga, ante quien se presentó por la mañana, no causándole menos impresión que si fuese alma del otro mundo. Era el tal cortesano de don Carlos persona de muy cortas luces, ambicioso forrado en beato, de ideas comunes y palabras rebuscadas y ampulosas. Su edad no pasaba de los cincuenta años; era de buenas carnes, de rostro frío y redondo, afeitado; facciones que podrían llamarse eclesiásticas, con la salvedad de que carecían de toda expresión mística. Su mirada se esforzaba en ser aguda y luminosa; pero no lograba la vanidad lo que solo es privilegio de la inteligencia: resultaba un mirar de desconfianza oficinesca, o de comerciante en mercedes palatinas. Usaba en el trato social tosecillas, pausas, caídas de ojos, y otros medios auxiliares de expresión que conceptuaba indicadores de pensamientos recónditos: realmente eran un juego que respondía a la vaciedad de su inteligencia. Y como había otros más negados que él, para estos tenía un repertorio de frases comunes, adquiridas en lecturas o cosechadas en el trato de otros prohombres burocráticos, las cuales le servían para deslumbrar a la muchedumbre de casacón y sombrero de tres picos, que es sin duda la más fina y selecta variedad en la familia extensísima del humano vulgo.

Pues bien: serían las nueve de la mañana cuando el asendereado presbítero se presentó al señor Arespacochaga, el cual habría desmentido su carácter si no le recibiera con toda la gravedad que gastar solía, así en los actos ordinarios como en los más solemnes de la vida. A poco de entrar Fago, sirvieron a los dos el chocolate. Su Excelencia oyó, frunciendo el ceño, las explicaciones que el capellán le diera de su desaliento militar, de aquella inesperada fuga, que parecía una deserción, pues no estando herido debió incorporarse inmediatamente al 5.º de Navarra.

—Con estas cosas, señor de Fago, y estas rarezas de su carácter —dijo el consejero de Castilla— me ha puesto usted en ridículo, pues yo le aseguré al señor general en jefe que usted era un gran soldado y un sagaz estratégico: así me lo manifestaron personas que le conocen desde su juventud. Y ahora pregunto: ¿usted sirve o no sirve para las armas? Porque si en el terreno militar no ha de hacer nada en gloria y provecho de nuestro augusto soberano, lo mejor será que vuelva a ponerse la sobrepelliz y procure sernos útil en la esfera eclesiástica...

—Señor —replicó Fago con efusión humilde—, yo no sirvo: ni en una ni en otra esfera podré hacer nada de mediano provecho.

—Pues entonces, ¿a qué aspira usted?

—Aspiro a encerrarme en un recogimiento, y a dar de mano a todas estas contiendas, así políticas como militares, pues unas y otras las creo de una vanidad absoluta.

—Hubiera usted empezado por manifestarme esas ideas egoístas —dijo el consejero sin mirarle— y yo no le habría sacado de Oñate. Le tuve por un gran hallazgo, como hombre de inteligencia; después salimos con que era usted hombre de acción, y, a la primera prueba, nos resulta fallido... Hábleme con franqueza: ¿es que le falta a usted la primera condición de todo militar, el valor?

—De sobra he tenido esa cualidad en algunos momentos; en otros, la verdad, me ha faltado.

—Pero yo pregunto: ¿el valor personal, el arrojo del soldado, son indispensables en quien, como usted, según repetidas veces me han dicho, descuella por el sentido estratégico y las combinaciones?

—El valor personal es necesario siempre. Sin él todas las aptitudes guerreras no sirven para nada.

—Hombre, hombre..., no estamos conformes... Y yo pregunto: ¿cree usted poseer la ciencia estratégica, ese don innato, ese...?

—Francamente, señor, creí poseerla: en mi obcecación y soberbia llegué a imaginar que los pensamientos del general en jefe no eran más que una reproducción de mis propios pensamientos; pero ya me he curado de esa presunción ridícula... Yo no sé nada; yo no sirvo para nada.

—Hombre, hombre... Pues estamos bien. Me deja usted lucido... Aquí nos desvivimos por traer a la causa todos los elementos útiles, así religiosos como políticos y militares; descubro a Fago; creo haber hecho una adquisición, y ahora, usted mismo, con esa santa pachorra, me dice: «Señor, soy un necio», lo que significa que más necio fui yo al considerarle discreto.

Al llegar a este punto, el señor Arespacochaga, apurado el chocolate, y bebida con gran fruición el agua, empezó a medir la estancia, las manos a la espalda, jugando con los faldones de su larga levita. Fago continuaba sentado, y aun mojaba bizcochitos en el soconusco.

—No, no, señor mío —prosiguió el cortesano, alardeando de penetración y agudeza—, aquí hay algo que usted no quiere decir, algo que se propone ocultarme con esos artificios de su ineptitud, de su supuesta cobardía, etc., etc. Aquí hay algo, y yo, que veo mosquitos en el horizonte, veo el oculto pensamiento de usted, y le demostraré ahora mismo que a todos engañará, pero a mí no.

—Ni a usted ni a nadie —dijo el capellán mirando fijamente al consejero, el cual se paró ante él, y puso entre ambos una silla, en cuyo respaldo reforzaba con golpes sus severas palabras.

—Toda esa historia que usted me cuenta es una fábula grosera con que quiere ocultarme sus recientes inclinaciones al cristinismo, al liberalismo, al bando infame contra el cual peleamos... ¡Ah!, es esto, y no puede ser otra cosa... ¿Por qué no lo dice usted claro?

—Ni claro ni oscuro puedo decirlo, porque no es verdad. Grandes turbaciones he sentido; pero eso..., líbreme Dios. ¡Yo cristino, yo liberal! Señor don Fructuoso, es usted conmigo injusto, cruel, despiadado.

—¿Me negará usted que estuvo en el campo de Córdova en la mañana siguiente al combate de Arquijas?

—Estuve, sí señor, porque me perdí..., porque...

—Se perdió usted..., y tan perdido... Ya lo veo.

—Si yo me hubiera pasado al cristinismo, no estaría en este momento donde estoy...

—Es que..., bien podría suceder que acá se nos viniera con fines de espionaje... Valor se necesita para ello... De su conducta, señor capellán, deduzco que usted podrá ser todo lo que se quiera, pero cobarde no es.

—Sí que lo soy, señor don Fructuoso —dijo el otro poniéndose en pie—, pues usted me injuria gravemente, usted me llama espía, y yo... lo aguanto; yo... continúo respetando al que ha sido mi protector y mi amigo.

Viendo pasear al consejero con las manos en los faldones, Fago se sintió acometido de un vivísimo impulso: coger a su protector, y tirarle por la ventana.

—Permítame usted que me retire —le dijo, temiendo que su sangre impetuosa le lanzara bruscamente a una brutal acción.

—¡Ah!, no... ¿Cree usted que he concluido? ¿Cree que renuncio a obtener las explicaciones que estimo pertinentes?

—¿Explicaciones? Ya las he dado todas.

—Ahora lo veremos. Siéntese usted... Considere que, si se me alborota, me será fácil mandarle preso..., y un consejo de guerra decidirá si el curita Fago es simplemente un desertor medroso, o un valiente vendido a los enemigos de la fe.

—Mándeme, si gusta, al consejo de guerra, pues nada temo, ni me importa. Que me juzguen como quieran.

—Le digo a usted que se siente, y oiga.

—Oigo sentado...

—Pues... yo pregunto al capellán Fago: ¿quién es una mujer, una mujer digo, que la víspera de la batalla de Arquijas, se presentó en el Cuartel Real pidiendo noticias de usted?

—¿De mí?... ¿Una mujer? Lo ignoro —replicó el capellán palideciendo.

—Y bien se comprendía que no preguntaba la tal por un desconocido. Su lenguaje y el interés de sus interrogaciones demostraban confianza y antiguo conocimiento con el señor capellán.

—¿La vio usted? —dijo Fago con apagada voz, tragando saliva—. ¿Qué señas tenía?

—Alta, buena presencia, ojerosa..., vestida de negro.

—¿Edad?

—Como unos veinticinco años..., quizás menos.

Y creyendo ver en la intensísima palidez del clérigo indicio seguro de culpa, prosiguió con hueca severidad:

—Le vende a usted su turbación, y todo lo que diga no le servirá más que para enredarse en sus propias mentiras.

—Yo no miento... Por las señas, esa mujer es la hija de Ulibarri...

—¿Y cuándo hizo usted conocimiento con ella?

—¡Ah!, es cosa muy antigua, anterior a la época en que abracé el estado eclesiástico.

—¿Y que clase de relaciones...? ¿Se puede saber...?

—Se puede saber; pero no se sabe, porque yo no he de decirlo, ni a usted le importa nada ese asunto, enteramente personal y que nada tiene que ver con la guerra.

—¿Que nada tiene que ver con la guerra? Muy pronto lo dice.

—Lo digo y lo sostengo, sin más explicaciones.

La actitud resuelta y valiente del aragonés desconcertó al señor Arespacochaga, que se pasaba la mano por la frente, anunciando con este movimiento la pronta emisión de una idea luminosa.

—Si no se tratara más que de los grandísimos pecados mortales cometidos por usted en su vida de seglar licencioso, nada tendría que decir. Debo creer que usted limpió su conciencia de aquellos crímenes contra la ley de Dios, y que fue absuelto en el tribunal de la penitencia. Pero no se trata de eso. La mujer de quien hablamos no es, no puede ser extraña a la deserción de usted, ni a su visita al campamento enemigo.

—¡Qué absurdo! Pruébemelo usted.

—A eso voy. Dos días antes de aquel en que se presentó en Orbiso la señora esa, se recibió una carta dirigida al capellán don José Fago.

—¿Y la abrió usted?

—Naturalmente. Su Majestad me ha encargado del servicio de correos y policía. El estado de guerra me autoriza a leer todas las cartas, y mayormente las de mis subalternos. Usted es mi capellán; pero aunque no lo fuera..., aunque no lo fuera... La carta, muy mal escrita, le decía a usted que saliera al anochecer a la primera venta que hay en el camino de Antoñana, _Parador del Manco_ se llama, donde la firmante le esperaba para hablarle de un asunto.

—¿Y firmaba...?

—Firmaba _Me_.

XXI

—Es ella, es ella —dijo Fago poseído de febril inquietud, levantándose para espaciar su espíritu y respirar fuerte—. Pero, pero...

—¿Pero qué?... No sabe usted por dónde salir.

—¿La carta...?

—La mandé a su destino, y por mis vigilantes supe que el señor capellán acudió a la cita.

—Eso no es verdad, como no lo es que yo recibiera tal carta: se lo juro. Tiene usted un servicio de espías detestable. Le han engañado, señor mío.

—Para que vea usted que soy leal y que no quiero cogerle en una trampa —manifestó el consejero empleando toda su gravedad—, le diré que mis informes sobre el particular no son de los que alejan toda duda. Al punto de cita acudió un hombre de balandrán. No me han asegurado que fuese usted. Bien pudo suceder que la señora _Me_ citara a varios clérigos para celebrar algún concilio, o junta de rabadanes.

Esta broma no le pareció bien a Fago que sentándose otra vez dio un golpe en la silla que les separaba, diciendo:

—La señora _Me_ no tiene por qué celebrar concilios, ni es persona capaz de andar en tratos de mala ley, en enredos políticos o militares.

—¿Que no? ¿Se atreve usted a decir que no? Pues sepa que esa señora pasó la noche del 14 al 15 de diciembre en el alojamiento de los ayudantes del general; sepa usted que algunos días antes, el 10 o el 11, estuvo en Los Arcos en compañía del capellán de Gerona, con quien parece ha vivido o vive en gran intimidad. Es indudable que ha pasado de un campamento a otro, trayendo y llevando recados. Hay sospechas de que para sus espionajes se disfraza de monja, en compañía de otra mujer, figurando que pertenecen a la comunidad de dominicas de Los Arcos, desalojadas por los cristinos... ¿Qué tiene usted que decir? ¿Por qué me pone esa cara de estupor y atontamiento?

—Pongo esta cara porque realmente me siento atontado y estúpido. Paréceme que sueño; que oigo contar cuentos de duendes y trasgos. Yo me vuelvo loco, señor Arespacochaga, y no sé si creer o no creer lo que escucho.

—Pues yo, en mi sano juicio, sostengo que esa señora, disfrazada de monja, se ha visto con usted el día antes de Mendaza, quizás el mismo día, y le ha inducido a llevar proposiciones de componenda, quizás de traición al general don Luis Fernández de Córdova. Y usted ha visto a Córdova, no me lo niegue, y usted, antes de venir aquí, ha llevado a Zumalacárregui algún mensaje del jefe cristino, y usted...