Chapter 4 of 19 · 3901 words · ~20 min read

Part 4

Llegado que hubieron a la salida de Villafranca, se desviaron de la dirección que llevaba la tropa, y Fago se plantó de pronto diciendo:

—¿Pero a dónde voy yo? Tengo que seguir al ejército, hasta reunirme con el Cuartel Real.

—¿Con esos, va usted con esos?

—Naturalmente... Son los míos.

—Pues los míos, ¡recontro!, son los otros —gritó la moza con ronca fiereza, agitando las manos tan cerca de la cara del cura, que este creyó que le abofeteaba—. Los otros, sí..., y este _don Zamarra, general Meampucheros_, me la tiene que pagar.

—No seas loca, que las mujeres nada tienen que hacer en estas guerras.

—¿Que no? ¿Que no somos guerreras nosotras? Ya lo verán —dijo con exaltación delirante—. ¡Muerto _Mediagorra_! Pus ¡viva _Mediagorra_, vivan los hombres que saben morir con decencia! Soy de Borja, padrico. He mamado de la teta del Moncayo... No sé hablar más que con hombres valientes, ea... Si es usted _falso_ (cobarde), buenas noches.

—Yo no soy _falso_ ni valiente: soy sacerdote.

—Pues oiga: en Cadreita, dos leguas de aquí, hay un cura que ha levantado una partida liberal, y mata faiciosos como moscas.

—_Vade retro_. Ese será un perdido.

—Un ganado... Si quiere, nos vamos allí.

—¿Yo? ¿Por quién me tomas? Soy capellán del Cuartel Real.

—Buen provecho. ¡_Mia_ que rey ese!...

—Es rey, el monarca legítimo, Saloma, y todo lo demás es intriga y usurpación de los impíos y masones de Madrid. Pero el infierno no puede triunfar, aunque Dios le permita ventajas pasajeras para probar a los buenos.

—¿Y los buenos son esos, esos, los de _don Zamarra_? —preguntó la baturra, picaresca, con toda la malicia y desvergüenza del mundo en su bello rostro—. ¿Lo cree usted, padrico?

—Como esta es noche. Creo en la legitimidad, creo en los derechos indiscutibles de don Carlos, creo que los ejércitos carlinos defienden al verdadero rey y al Dios verdadero.

—Y yo creo que es usted bobo. _Mia_ que Dios... ¿Qué tiene que ver Dios con la guerra? ¿A Dios le puede gustar que haigan fusilado a _Mediagorra_?

Fago callaba, sin saber qué decir. Atravesaron solos un campo yermo, y halláronse sin saber cómo en el camino por donde marchaban las tropas. Un mozo de los que habían conocido a Fago en Falces se llegó al grupo, y extrañando ver al clérigo en tal compañía, le dijo:

—_Mosén Custodio_, no se deje engañar de esa. La conozco, y sé que es muy perra.

Trabáronse de palabras y un poco de empujones la moza y el baturro, llevando la mejor parte Saloma, que le dijo:

—Anda allá, _falso_... ¿Tú quién eres? Un hambrón... Has venido aquí pa comer, porque en tu casa no lo hay.

—Vete, vete pronto _a orilla_ de los _guiris_.

—Sí que me voy. Y tú y Zamarra..., detrás de la boñiga del _legítimo_.

—A mucha honra.

—Y yo voy _onde_ quiero. Con _bustedes_ si me da la gana.

Agregáronse otros, y con jovialidades de dudoso gusto la incitaban a subir con ellos a una de las galeras.

—¡_Mia_ que yo...! Voy a Cadreita, donde dejé mi _legítima_..., la burra, hombre... Allí me monto, y muera la _faición_.

—Anda, saltamontes, zanganota.

—Llévense al mosén, que está _arguelladico_.

Apareciose de improviso el capellán Ibarburu, furioso contra los chicos, a los que amenazaba con su bastón, diciéndoles:

—Animales, os estoy buscando hace una hora. ¿En dónde tenéis el carro?

—Allí está, señor. Monte cuando guste.

Reparó Ibarburu en el bulto del capellán, y al pronto no le reconoció por estar encorvado, calladico y pasado de frío, hambre y tristeza.

—Sí, sí —respondió tímidamente—: soy José Fago.

—Véngase conmigo, y por el camino comeremos un bocadito.

Al coger del brazo a su colega, Ibarburu reparó en Saloma.

—¿Qué pájara es esta? —preguntó a los chicos.

Y como respondiesen que era _la de Mediagorra_, el capellán echó mano al bolsillo, y sacando una peseta se la dio a la baturra con estas compasivas palabras:

—Toma, hija, y vete con Dios... ¡Pobre Pascual! Mañana le aplicaré la misa.

Sin oír lo que Saloma agradecida le contestaba, dirigiose al vehículo, donde ya un chico de tropa le había puesto las alforjas y la maleta. Fago le siguió silencioso. La baturra se despidió airosamente de sus paisanos con breves palabras despreciativas:

—¡Arre, _asolutos_!

VII

—Vamos a Caparroso —dijo Ibarburu al ponerse en marcha la galera—: buen pueblo, totalmente adicto a la causa. El Cuartel Real ya está allá, y seguirá mañana hacia Carcastillo... Qué, ¿se duerme usted, señor de Fago?

Por un rato intentó este sobreponer su cortesía a su cansancio, sosteniendo con monosílabos la verbosidad del hablador Ibarburu; pero tanto pudo al fin el desmayo de su cuerpo y de su espíritu, que se durmió profundamente, obligando al otro a hacer lo mismo. El horrible zarandeo del carro por tan ásperos caminos no quebrantaba el profundo reposo de aquellos cuerpos, endurecidos ya en las continuas molestias y trabajos de la guerra. Diéronles en Caparroso alojamiento comodísimo en una casa de labradores, a la entrada del pueblo; y bien instalados en la cocina, que era la mejor pieza, ante un fuego de sarmientos que chisporroteaban con alegre sonido, pasaron una mañana agradabilísima, y repararon uno y otro sus estómagos, que bien lo necesitaban, sobre todo el del aragonés por causa de los prolongados ayunos que agravaban sus hondas tristezas. Pero aquel día, animado por el ejemplo de su colega, que quería vivir a todo trance, comió con tanta gana que entre los dos despacharon medio cordero, asado a su vista, echándole encima porción cumplida de vino del país, fresco y confortante. Al fin del almuerzo parecía Fago otro hombre, y hasta se volvió comunicativo, arrancándose a contar a Ibarburu diferentes hechos de su vida que a nadie había querido contar.

Siguieron la misma tarde de aquel día para Carcastillo, donde, de noche ya, les deparó la providencia otra cocina con buena lumbre de sarmientos, el cazuelo de sopas, el cordero, el vinito y una gente obsequiosa y hospitalaria que se desvivía por agasajarles. Con los soldados que allí se alojaban, las mujeres de la casa y dos o tres viejas, rezaron el rosario, y echaron después un parrafito, todos con mucho sueño, acerca de la guerra y de las contingencias favorables que se barruntaban, asegurando Ibarburu que estaba _al caer_ la presentación de muchos _peces gordos del cristinismo_, oficiales de artillería e ingenieros, y tal vez, tal vez más de cuatro generales de los más calificados. Con esto empezaron a roncar los de tropa acomodándose en el suelo, entre mantas; las viejas siguieron rezando para que Dios hiciese bueno todo aquello que el capellán decía; y mientras los chiquillos apuraban el contenido de los platos, y los dos michos de la casa y el mastín afanaban lo que podían, los dos clérigos se fueron a la alcoba de los patrones, que obsequiosamente se les había cedido, y durmieron como príncipes.

Al día siguiente pudo Fago reunirse con el señor consejero de Castilla, don Blas Arespacochaga, de quien era capellán, y le explicó las razones de haberse extraviado en el camino, quedándose en la retaguardia del ejército, sin maleta y sin caballo. Recobradas una y otro, tanto él como Ibarburu dieron betún a sus botas, rasparon hasta donde era posible las cascarrias de sus balandranes, se asearon un poco, y se fueron tan ternes al cercano monasterio de bernardos de Oliva, con objeto de besar la mano a la Majestad de Carlos V, que allí tenía su alojamiento. En la Sala Capitular, rodeado de frailes, estaba el rey, por cierto con menos ceremonia y tiesura de la que al absolutismo parecía corresponder, y a todos los que entraban y le hacían la reverencia les agraciaba con una sonrisita bonachona, en la cual era más fácil distinguir al pretendiente que al soberano. Hicieron los dos clérigos puntualmente todo lo que mandaba la etiqueta, mostrándose Ibarburu extremadamente flexible de espinazo; y después de reparar el estómago con bizcochitos y vasos de vino que en el refectorio ofrecían los bernardos, se volvieron a Carcastillo con descansado andar, charlando en tonos de la mayor confianza. En aquel paseo hizo Fago al otro clérigo confidencias tan interesantes que es forzoso reproducirlas punto por punto.

—Puesto que es irresistible en mí el anhelo de manifestar todo lo que siento y todo lo que discurro, ¿qué mejor ocasión que la presente, teniendo al lado al que como amigo y como sacerdote puede escucharme? Esto será confidencia amistosa, y al propio tiempo efusión de conciencia. Luego que usted sepa lo que anda por dentro de este desgraciado, podrá aconsejarme y dirigirme con buen criterio. Creo que no hay que repetir los antecedentes.

—No: recuerdo muy bien lo que usted me contó en Caparroso, su vida licenciosa de seglar. Era usted un libertino; el demonio le tenía entre sus uñas, y no había pecado mortal que usted no cometiese... Perfectamente: el robo de Saloma, su desaparición..., todo lo recuerdo bien. Después vino el arrepentimiento. Dios quiso recobrar el alma perdida... El demonio entregó su presa... Muy bien. Se hizo usted sacerdote, y el estudio y la oración fortificaron su alma, eliminando de ella hasta las últimas heces del pecado y los vicios... Perfectamente.

—Y recordará usted también el suceso terrible de mi encuentro con Ulibarri...

—Sí, sí... Mandáronle a usted auxiliar a un reo de muerte y... ¡conflicto extrañísimo y altamente patético! Dios le puso frente al hombre que había ofendido..., ¡y en qué situación uno y otro! Reo él, usted confesor. ¡Sorprendente caso de conciencia! ¡Cómo se ve la mano de Dios!... Adelante. Comprendo la sacudida, la intensísima emoción que usted sufriría... Sin el favor del cielo, habría usted perdido la razón, amigo mío.

—Así lo creo. No me he vuelto loco por especial favor de Dios, que en aquella ocasión terrible, como en otras de mi vida, ha mirado por este siervo indigno.

—Perfectamente. Cuénteme usted lo demás, pues lo que sigue al entierro del alcalde de Miranda me es desconocido.

—Lo que ha seguido es simplemente un estado de conciencia y de pensamiento que me tiene en grandísima zozobra.

—¿Conciencia?... ¡Hola, hola!

—Aguarde usted... Yo no había visto nunca de cerca la guerra. Me ha impresionado profundamente...

—Inspirándole repulsión, tristeza, lástima de las innumerables víctimas...

—No, señor: eso me ocurrió el primer día; después, no. Ante todo, quiero que me dé usted su opinión sobre un punto que creo elemental, y que desde anoche me sugiere angustiosas dudas. Yo pregunto: ¿Dios autoriza las guerras? ¿Dios puede tomar partido por uno de los combatientes, amparándole contra el otro, o abomina por igual de todos los que derraman sangre humana?

—Amigo mío, Dios ha de mirar mejor a los que defienden sus derechos.

—¡Los derechos de Dios! ¿Qué es eso?

—Hombre, la fe... Me parece que esto es claro. Quiero decir que entre dos que luchan, Dios ensalzará al que le adora, y hundirá al que le escarnece. Paréceme que de esto hay elocuentes ejemplos en la historia sagrada y profana.

—No acabo de convencerme, señor mío... Dios ha dicho: «No matar».

—Sí; pero distingamos: salen dos grupos de hombres, uno que defiende la verdad y la justicia, otro que patrocina el error y el pecado. Cruzan las espadas. Dios ha dicho: «No matéis»; pero...

—¿Pero qué?

—Digo que es forzoso impedir, _como se pueda_, que el mal impere sobre la tierra.

—Y esto solo se consigue matando.

—Justo.

—Luego las guerras pueden tener su lado humano y su lado divino, y hay o puede haber ejército de Dios y del diablo.

—¿Qué duda tiene?

—Bueno: pues admitido que Dios autoriza el matar, surge nueva duda en mí, que me confunde y anonada. Se me ocurre que el _exequatur_ de Dios, o sea su permiso para que nos matemos, se concreta exclusivamente a los actos de agresión que constituyen el combatir propiamente dicho. En la lucha, muy santo y muy bueno que haya muertes, pues de otro modo no habría lucha, ni victoria del bien sobre el mal. Lo que no me ha entrado todavía en la cabeza es que Dios consienta el matar frío y carnicero, como sacrificio de reses, por las llamadas leyes de guerra, bien con el fin de asegurar la disciplina, bien con el de aterrorizar al enemigo, y quitarle auxiliares o medios de comunicación. ¿Me explico?

—La guerra no puede ser eficaz de otra manera, amigo mío. Si no admitimos el eclipse total de la benignidad y compasión por motivos de disciplina, o de organismo militar, no hay victoria posible, y el matar, que es un mal, sería interminable, y la paz, el supremo bien, no se restablecería nunca. Las crueldades que vemos un día y otro son actos de política, absolutamente necesarios.

—¿Y hay política de Dios, como hay guerra de Dios?

—¡Oh!, seguramente.

—Y admitido que, para resolver el tremendo litigio entre la verdad y el error, no hay más remedio que armar soldados y efectuar con ellos todo lo que manda el arte de la guerra, hemos de admitir necesariamente los duros castigos, las represalias, etc., etc. Luego ¿todo el organismo bélico, con la matanza del enemigo, el burlarle con engaños, la continua destrucción de vidas y haciendas, el castigo de inocentes conforme a la política militar, la guerra, en fin, puede ser y es en algunos casos de Dios?

—Así lo creo, y en conciencia lo afirmo.

—Muy bien: opinión tan resuelta me tranquiliza sobre el punto capital; pero aún andan rondándome el espíritu ciertas dudas. Vamos a ver. Yo pregunto: ¿este ejército que defiende la causa de Carlos V contra la causa de la hija de Fernando VII, podemos y debemos considerarlo como verdadera milicia cristiana? Me parece bastante dar este nombre a lo que antes llamábamos _ejército de Dios_.

—Hombre, no sé cómo abriga usted tales dudas. Supongo que habrá estudiado el caso histórico. Un sacerdote no debe tener escrúpulos en lo tocante a los derechos augustos de la legitimidad, ni vacilar tampoco en la creencia de que don Carlos es la religión, la virtud, la moral, el bien de los pueblos.

—Contra el mal, contra la impiedad y el libertinaje: estamos conformes. Por consiguiente, si esta es milicia cristiana, la otra es milicia impía, verdadero ejército del demonio o de todos los demonios. ¡Si no lo pongo en duda!... Quería yo que usted confirmase esta opinión con su autoridad. Yo dudé, tenía mis escrúpulos: deseaba que el dictamen de un hombre de estudio los disipara. Ya no dudo, ya sé a qué atenerme: puedo manifestarle sin rebozo ese estado singularísimo de mi espíritu de que antes le hablé.

Apenas llegaban a las primeras casas de Carcastillo, vieron movimiento de tropas. No tardaron en informarse de que pronto saldrían el ejército y el Cuartel Real en dirección a Sangüesa, por lo que se dieron prisa a entrar en su alojamiento y a disponer la marcha.

VIII

No sin dificultad pudo Ibarburu conseguir un mulo y una yegua, y caballeros los dos fueron juntos y en agradable conversación por todo el camino; mas Fago no tocó el tema que había quedado pendiente, pues tales cosas, según dijo, no eran para tratadas a la ligera, galopando entre el bullicio de la tropa en marcha. En Sangüesa fueron alojados, juntamente con el brigadier La Torre y el auditor Lázaro, en una de las mejores casas de la población, y por la noche, después de cenar en buena compañía, con señoras y todo (a las cuales La Torre, hombre de refinado trato social, entretuvo con donaires del mejor gusto), se les destinó una alcoba con tres camas para ellos dos y el auditor, no siendo posible mejor acomodo, porque la ciudad le venía muy chica a ejército tan grande. Decididos a esperar el sueño de su compañero de cuarto para charlar a gusto, tuvieron la suerte de que el señor Lázaro, apenas puso la cabeza en la almohada, rompiera en ronquidos profundos. Al son de esta música, que más era molestia que estorbo, hizo Fago a su amigo la confesión siguiente:

—Ha de saber usted que desde que ando entre soldados, mejor dicho, desde que vi al general Zumalacárregui, se me ha metido en el alma un ardentísimo deseo de tomar las armas.

—¡Hola, hola!...

—De lo que he luchado en mi conciencia para combatir este sentimiento guerrero, que me parecía inspiración del demonio, no puede usted tener idea. Porque lo que siento, créame usted, es una furia, un frenesí impulsivo, y al propio tiempo un profundo desprecio de la vida de mis semejantes, sobre todo si son del bando o facción contraria a nuestras ideas. Y como conceptúo que este sentimiento se da de trompicones con la mansedumbre, cualidad primera del sacerdote, de aquí mi confusión, mi terror más bien, viendo perdida en un instante la serenidad conquistada por mi pobre alma en tres años de oración y quietud, de comercio intelectual y moral con varones sapientísimos y virtuosos... Yo había conseguido la paz de mi alma, y ahora me siento, ¡ay de mí!, abrasado en loca ambición, ansioso de que mi nombre suene en todos los oídos, ávido de imponer mi voluntad, y de satisfacer un diabólico prurito de acción, de acción, señor Ibarburu, que me abrasa las entrañas y enciende llamaradas en mi cerebro. ¿Qué es esto? ¿Es que el demonio me vuelve a coger entre sus garras?

—Poco a poco, amigo mío; no se exalte usted, y estudiemos el asunto —dijo Ibarburu un tanto inquieto—. Bien podría ser que eso no fuese cosa del demonio.

—Pues de Dios no es..., ¡oh!, de Dios no —exclamó Fago levantándose para estirar su cuerpo entumecido.

—No podemos afirmarlo tan pronto.

—¿Cree usted que es de Dios?

—No sé... Examinémoslo... Puede ser de Dios... ¿Por qué teme que no lo sea? ¿Por la orden sagrada que le obliga...?

—A la modestia, a la pasividad, a la obediencia, a la humildad, a la vida oscura, al amor de los semejantes, sin distinción alguna.

—Distingamos, amigo Fago.

—No, no distingo. Si soy guerrero, si Dios lo quiere así, no puedo ser sacerdote, no quiere Dios que lo sea, me autoriza para dejar de serlo... Resultará que me equivoqué, amigo Ibarburu; que una falsa vocación, producida por debilidad mental, por pesadumbres, por cansancio, no sé por qué, extravió mi espíritu. Lo diré más claro: yo sospecho ahora que todo esto, como cosa postiza y mal pegada, se descompone, dejando al descubierto el antiguo ser, el hombre pendenciero, el bravo, el que jamás conoció el miedo... Porque ha de saber usted, y no lo digo por alabarme, que no había nadie capaz de medirse en arrogancia con José Fago.

—¿Fue usted militar?

—No, señor; pero tenía todos los instintos militares, la rapidez de la acción en las aventuras, el golpe de vista audacísimo, el desprecio de todo obstáculo, la resistencia física, la persistencia en mis fines, la energía indomable para imponer mi voluntad. Y en el fondo de todo eso, una gran rectitud moral, un sentimiento profundísimo del bien, que interpretaba a mi manera.

—¿Y cómo, señor mío —preguntó Ibarburu con asombro—, pasó usted de ese estado a otro tan diferente?

—Fijándome en ello, veo ahora que la diferencia no es tan grande. Al entrar en la vida eclesiástica, aun entrando por equivocación, yo llevaba los elementos de mi ser antiguo; yo ambicionaba la lucha por la fe, el martirio, la predicación a infieles, las misiones... No es tan diferente, señor Ibarburu, no es tan diferente... Resultó que no encontré terreno apropiado a mis anhelos... Sin saber cómo, en vez de las glorias eclesiásticas, fui a parar a la política cristiana, y de la política cristiana a la guerra de Dios...

—Explíqueme usted otra cosa —dijo Ibarburu, lleno de dudas y buscando la lógica en las fluctuaciones del carácter de aquel extraño sujeto—. En presencia de la horrible tragedia de Ulibarri, ¿no sintió usted que se le desgarraba el alma; no sintió espanto de la guerra, y piedad inmensa del inocente sacrificado?

—Sí, señor: sentí desgarrado mi corazón, porque yo había ofendido a Ulibarri, porque este era un hombre honrado y bueno, porque me habían llevado a su presencia para que le perdonase los pecados, y él era, él, quien debía perdonarme a mí los míos. Por eso se conturbó mi alma horrorosamente.

—Y después, al enterrarle, ¿no derramó usted lágrimas amargas, ofrenda de piedad al muerto, y a Dios, que nos enseñó las obras de misericordia?

—Sí, señor: lloré, y lloré con el alma, porque yo había ofendido a don Adrián... Su desastroso fin me anonadaba. Parecíame que era yo quien le había matado.

—Y en aquellos angustiosos minutos, ¿empezó usted a sentirse guerrero?

—Todavía no. En Falces, en Peralta, yo no sé lo que deseaba. El ardiente anhelo de tomar las armas estalló furibundo cuando vi por primera vez de mi vida al general Zumalacárregui, en el momento aquel de bajar de la torre las mujeres de los urbanos.

—¿Cuando las azotó?

—Cuando las azotó... No, no; antes, en el momento de verle aproximarse, látigo en mano.

—Explíqueme usted por qué la presencia del grande hombre del absolutismo, del realismo, mejor dicho, despertó tan súbitamente en usted ese anhelo...

—En mí son frecuentes las explosiones de un sentimiento... ¿lo llamaré virtud, lo llamaré defecto? No sé cómo llamarlo. Lo mismo puede ser una cosa que otra. ¿Sabe usted lo que es? La emulación. Yo soy un hombre que en presencia de cualquier individuo que en algo se distinga, siento un irresistible empeño de sobrepujarle y hacer más que él.

—Cualidad es esa, amigo mío, que puede conducir a la gloria, o a grandes desastres y miserias... Ya comprendo. Vio usted al general y se dijo: «Todo lo que tú has hecho lo habría hecho yo. Aquí hay un hombre que se siente con bríos para eclipsar tus empresas».

—Exactamente.

—Antes de pasar adelante, dígame usted: al abrazar el estado eclesiástico, guiado, como ha dicho, por una vocación más o menos verdadera, ¿sintió usted también el estímulo de sobreponerse a las personas religiosas?

—No he visto personas religiosas que despertaran en mí esa emulación. Ya ve usted que digo todo lo que pienso con absoluta sinceridad... Yo sentía, sí, anhelo de igualarme a los santos.

—¿A los santos? Brava ambición a fe mía.

—Pero no he hallado atmósfera donde pudiera fomentarla. He conocido sacerdotes ejemplarísimos, sí; pero me ha parecido tan fácil igualarles y aun superarles, que la emulación apenas se ha manifestado en mí, y no he sentido por ello la menor inquietud... Pero si no he encontrado atmósfera de santidad, sencillamente porque no la hay, he encontrado atmósfera guerrera y política. La historia viva, tan patética y hermosa; la presencia de un hombre que rebasa la línea de la multitud, me han trastornado. Aquí, en el seno de esta dulce confianza que entre los dos se ha establecido, hablando con el amigo, con el confesor, yo me despojo de todo artificio de falsa modestia para decir: «Lo que ha hecho Zumalacárregui, lo habría hecho yo...», no se ría usted de mí..., lo habría hecho yo tan bien como él..., y si me apuran, diré que mejor. Mi carácter ha sido siempre de una franqueza escandalosa. No oculto nada de lo que siento.

—Señor mío —dijo Ibarburu, con un granito de sal irónica—, hace usted bien en manifestar tan sin artificio sus pensamientos. Ahora, vengan los hechos a demostrarnos que usted no se equivoca.