Part 17
—¿Qué cuenta usted, buen Fago? —le dijo el general con melancólica benevolencia—. ¡Ah!... ¿Sabe usted que el famoso cañón que me trajo usted de Ondárroa nos ha prestado grandes servicios? Pero en Villafranca, el pobre _Abuelo_, cascado ya y medio chocho, se nos quedó inútil. Bastante ha servido el infeliz... Todo pasa, todo se gasta y todo se concluye.
—General —replicó el capellán con voz temblorosa—, mi mayor pena es que, por mi incapacidad, no pueda yo prestarle algún servicio con la firme resolución que vuecencia merece.
—Todavía, ¡quién sabe!
—Ya no, ya no... Soy hombre muerto.
Y en aquel mismo instante sintió Fago en su espíritu el fenómeno extraño que en ocasiones diferentes había sentido: la transfusión de su pensamiento en el del insigne guerrero, es decir, que sus ideas se anticipaban a las de este, o que concordaban milagrosamente en dos cerebros distintos.
—Mi general —dijo después de una pausa—, permítame que le felicite por sus triunfos, que la historia ha de consignar. Permítame exponer con sinceridad una idea que tengo aquí... Será temeridad que yo la exprese, será tal vez descortesía... Vuecencia estima que es un desatino la expugnación de Bilbao; vuecencia, esclavo de su deber, obedece órdenes disparatadas del rey...
—¡Eh, cuidado! No puede hablarse así de nuestro soberano... Eso no es cierto, amigo Fago.
—Tenga vuecencia la dignación de oír todos los dislates que se me ocurren. Vuecencia no debe obedecer..., debe presentar la dimisión resueltamente, y que venga otro a ejecutar los propósitos que concibe el cerebro vacío de los que rodean a nuestro buen rey... Si esto que digo merece castigo, mande vuecencia que me den veinticinco, cincuenta palos, y yo resignado los recibiré. Pero déjeme decir todo lo que pienso: se acerca el término fatal de su carrera gloriosa. ¿Cómo lo sé? No sé cómo lo sé; pero muy claro lo veo, y vuecencia lo ve lo mismo que yo.
—Solo Dios sabe lo que puede suceder —dijo Zumalacárregui queriendo sonreír, y sin poder conseguirlo.
Y el otro terminó:
—Vuecencia lo sabe y yo también... El héroe de esta guerra, el restaurador de la monarquía legítima... no tomará a Bilbao... El porqué... él lo sabe... y yo también.
—Mucho saber es ese, amigo Fago —indicó Zumalacárregui sonriendo al fin de veras—. Yo no soy profeta; por lo visto usted lo es.
—Vámonos, vámonos —dijo Ibarburu con gran zozobra, tomando del brazo a su amigo para cortar conversación que tenía por impertinente—. Basta de profecías... Estamos molestando al señor general...
—¡Oh, no!... Pueden quedarse...
Algo más quiso decir Fago; pero el otro, azarado y algo colérico, se despidió brevemente por los dos y salió, llevándose a su amigo casi a rastras. Al tomar aliento en la escalera, le reprendió con aspereza, como a un niño mal criado que acaba de hacer una tontería.
—¿Pero, hombre, está en su juicio?... ¡Qué rato me ha hecho usted pasar!... Al demonio se le ocurre, ¡carape!..., decirle al general que no tomaremos..., que no tomará a Bilbao... ¿Ha querido usted anunciar su muerte?
—He dicho lo que siento, lo que veo..., lo mismo que ve y siente él... Es como la luz, amigo Ibarburu, y me sorprende que usted no lo vea.
—Lo que veo yo —dijo el castrense encalabrinándose— es que si seguimos con esas salidas de tono, le daré a usted por desahuciado, y le abandonaré a su desdichada suerte.
Y el otro, sin parar mientes en la indignación de su amigo, ni cuidarse de aplacarla, se llevaba las manos a la cabeza, exclamando:
—¡Lástima de hombre!... ¡Qué pérdida, Señor!... ¡Inmenso duelo!
—¿Qué rezonga usted, por cien mil carapes? —gritó el capellán furioso enarbolando el palo.
—Dios lo quiere, Dios lo ha dispuesto... Así debe ser, sin duda, y así será.
XXX
Dos días después, hacia el 8 de junio, llegaba el general carlista a las inmediaciones de Bilbao con catorce batallones y el tren de batir, bien mezquino por cierto, pues el famoso _Abuelo_, quebrantado por honrosos servicios, había recibido ya la jubilación. Si pobre era la artillería facciosa, la empobrecía más la carencia de municiones, pues para los dos morteros solo había treinta y seis bombas. Con tan reducidos elementos iba a emprender Zumalacárregui el sitio de una plaza defendida por cuatro mil hombres de tropas regulares, mandados por el valiente general conde de Mirasol, y unos dos mil urbanos; tropa y voluntarios igualmente enardecidos en la fe de la causa que defendían, pues ya desde los comienzos de la guerra dominaba en el vecindario de la capital de Vizcaya la opinión liberal, como contrafuerte de la opinión carlista, dominante con absoluto imperio en los campos. Si tenaces eran los habitantes de las villas y anteiglesias en su afecto a don Carlos, no lo eran menos los bilbaínos en su devoción a los principios representados por Isabel II. Al ardiente arrojo, a la terquedad ciega de los unos, respondían los otros con iguales o mayores demostraciones de constancia y bravura. ¡Qué tiempos, qué hombres! Da dolor ver tanta energía empleada en la guerra de hermanos. Y cuando la raza no se ha extinguido peleando consigo misma es porque no puede extinguirse.
Cincuenta piezas, de las cuales la mitad eran de grueso calibre, tenía Bilbao, emplazadas en los fuertes y reductos construidos en todo lo largo del circuito. Las municiones no faltaban. Víveres tampoco, ni faltarían si el asedio no se prolongaba.
Lo primero que hizo Zumalacárregui fue situar sus batallones en los puntos convenientes para circunvalar la plaza, estableciendo un bloqueo eficaz que impidiera la entrada de provisiones de boca. Solo por la ría no pudo cortar la comunicación, porque a ello se opusieron los comandantes de los dos buques de guerra, uno inglés, francés el otro, fondeados entre Deusto y San Agustín. Hecho esto, dispuso levantar frente al santuario de Nuestra Señora de Begoña tres baterías, donde colocó sus cañones y obuses. Inmediatamente rompieron fuego contra los fuertes de la plaza. Desde San Agustín, cabecera de la línea de defensa sobre la ría, hasta Miraflores se habían levantado seis fuertes enlazados entre sí por paredones y otras obras de defensa. El ataque por esta parte era temerario, así como por el extremo opuesto, los fuertes de Miraflores. El punto más débil era Begoña, el camposanto, la batería del Emparrado, el espaldón de tablas que protegía el camino cubierto de Santo Domingo, la batería y línea construida con barricas y sacas de lana junto al Circo. De este grupo de defensas partía el camino de Begoña hasta el santuario del mismo nombre, junto al cual estaba la rectoral, donde Zumalacárregui se alojaba. No lejos de allí, como a cien pasos de la iglesia, se alzaba el llamado Palacio, grande y macizo, y a poca distancia la casa llamada de Landacoeche. Entre estos tres edificios, la iglesia, el palacio y la casa, había emplazado Zumalacárregui un mortero, y junto a Landacoeche un obús: más a la derecha, la batería con las piezas de menor calibre.
Los dos capellanes, Ibarburu y Fago, movidos de ardiente curiosidad, subieron a los altos de Artagán, y de allí dominaron todo el panorama de la villa, que parecía sepultada en el fondo de un pozo. Vieron a su derecha la mole de San Agustín y la casa de Quintana; enfrente todas las obras de Mallona, y a la izquierda los fuertes de Solocoeche y Larrinaga.
—¿Qué le parece a usted, amigo Fago? —dijo Ibarburu con desfallecimiento—. ¿Tomaremos esto? Antójaseme que es hueso muy duro para que podamos roerlo.
—Y tan duro... Fíjese usted además en los fuertes de la otra orilla, del lado de Abando... No se concibe mayor obcecación que la de esos señores áulicos, que han puesto la causa al borde de este abismo. Ya verán, ya verán lo que es bueno.
—¿Y no sería conveniente renunciar a batir los fuertes y entretenernos en arrojar bombas y granadas sobre el caserío para que se produjeran incendios y ruinas? De este modo el vecindario, lleno de terror, impondría la rendición.
—Esa barbarie no es militar, ni tampoco política, señor de Ibarburu, y pongo mi cabeza a que Zumalacárregui no ha de darle a usted gusto.
Siguieron observando toda la mañana. Los sitiadores atizaban candela; pero la plaza les contestaba con brío, y pasó el día sin que se viese resultado favorable a la santa causa. Bilbao continuaba impávido, deseando función más brillante y decisiva.
—Es seguro —dijo Ibarburu al bajar de Artagán— que mañana dispondrá don Tomás el asalto de San Agustín.
—Don Tomás —replicó Fago secamente— no puede cometer el desatino de asaltar San Agustín hasta no batir los fuertes de Mallona, y apagarles parte de sus fuegos, si no todos.
—Me parece que usted entiende poco de asaltos de fortalezas.
—Y usted menos.
—¿Desconfía usted de la bravura de nuestros batallones?
—No..., pero tampoco creo que sean paja los batallones de Trujillo y Compostela, que defienden los fuertes de Mallona.
—Entonces, ¿qué cree usted, gran táctico?
—Creo que mañana castigará don Tomás los fuertes del Emparrado y del Circo, y luego quizás lance sus batallones al asalto.
—¿Contra San Agustín?
—No, hombre; contra Mallona, que es la parte más débil; y conquistada esta, desde allí intimará la rendición a la plaza, la cual, seguramente, contestará que no se rinde.
—¿Usted qué sabe?
—Lo sé.
—¿Tan poco puede don Tomás?
—Puede; pero no tanto como Dios.
—Ya sale usted con Dios... ¡Bah!... Es irreverencia pensar que Dios puede estar en contra nuestra.
—Lo está.
Parose Ibarburu para mirarle con enojo despreciativo, y sin decir nada más bajaron hacia Begoña.
El señor Mendigaña, pagador del ejército, a quien hallaron muy cabizbajo junto a la casa de Landacoeche, les dijo que el general no estaba bien de salud, y se había retirado a su alojamiento, donde daba las órdenes que se habían de ejecutar antes del amanecer del día siguiente. Pero aunque manifestara el propósito de recogerse pronto, lo mismo Mendigaña que el intendente señor Lázaro, que sus hábitos conocían, aseguraron que pasaría toda la noche discurriendo arbitrios y combinaciones para la decisiva jornada próxima.
Ibarburu retirose a su alojamiento, en una casa del camino de Lezama, y durmió como un santo. El capellán aragonés se pasó en claro la noche, que era hermosísima, revolviendo en su mente los probables episodios del sitio. Grabada en su memoria tenía la configuración de la villa en la hondura, los montes que la rodeaban, sus líneas de defensa. Todo lo veía como si delante tuviera un bien detallado plano. Veía el entusiasmo de los bilbaínos, sus vehementísimos anhelos de rechazar cuantos asaltos diesen los de arriba con todo el coraje del mundo. No eran ellos menos corajudos y tercos: eran del propio pedernal que sirvió de componente a toda la raza. La contienda sería por de pronto reñidísima. ¡Sabe Dios qué sucedería después, cuando no tuviera la facción un grande ingenio militar que la dirigiese!... Llegose hasta Begoña; vio luz en la habitación del general, y estuvo contemplando el cuadro de claridad un buen espacio de tiempo. Allí pensaba el grande hombre. Lo mismo que él, pensaba fuera, a la luz de las estrellas, el hombre pequeño e insignificante a quien todos tenían por tonto o lunático.
Al amanecer agregose a unos amigos que estaban tomando la mañana, y departió con ellos. Dijéronle que algunos batallones se preparaban para el asalto. Había, pues, confianza en que pronto les abrirían camino los morteros y obuses que sostuvieron el fuego el día anterior. Después se encontró a Ibarburu, que salía de su alojamiento, radiante de ilusiones. Dos oficiales que con él venían, manifestaron la convicción de que antes de tres días almorzarían en Bidebarrieta. A las ocho, próximamente, llegáronse los dos capellanes al alojamiento de Zumalacárregui, y le vieron salir, seguido de sus ayudantes y llevando a su izquierda a Mendigaña. Aproximándose al grupo todo lo que la etiqueta les permitía, oyeron decir a don Tomás:
—No he pegado los ojos en toda la noche.
Su mirada era febril, lívido el color de su rostro; su tristeza se disimulaba con la animación que quiso dar a sus palabras. Saludó sonriendo: más encorvado aún que de costumbre, se dirigió al palacio, desde cuyas ventanas observar solía con su anteojo las posiciones enemigas.
Rompiose el fuego. De abajo respondían con cañonazos, y algunos, pocos, disparos de fusilería. Los curiosos se guarecieron tras de la iglesia, y no había pasado un cuarto de hora cuando les sobrecogió un rebullicio de gente, saliendo del palacio. Algo había ocurrido que era motivo de grande alarma.
—¿Qué hay, qué pasa? —preguntaron.
Y nadie supo nada hasta que salió el cura de Begoña, pálido y descompuesto, y dijo:
—Herido el general..., poca cosa...
Y luego apareció Mendigaña con ampliaciones balbucientes de la noticia...
—No es nada, no hay que asustarse..., una rozadura...
Todo esto pasaba en menos tiempo del que en referirlo se emplea. Vieron bajar a Zumalacárregui por su pie, no más pálido que cuando subió.
—Creo que no es nada —dijo a los que con grande azoramiento y ansiedad le rodearon.
Pero al decirlo dio un paso en falso..., cojeaba del pie derecho. Dos pasos más, y ya no pudo andar. Entre Fago y otro le llevaron a su alojamiento en volandas, y él seguía diciendo:
—No es nada..., no es nada.
XXXI
El ayudante Plaza explicó lo sucedido, que fue... _de la manera más tonta_ que puede imaginarse. El general observaba con su anteojo los fuertes enemigos. Algo hubo de ver que le inspiró una resolución súbita... Vuélvese para ordenar a su ayudante que mande avanzar inmediatamente el mortero emplazado entre el palacio y la iglesia, y en el momento en que lo dice, una bala de fusil rebota en el hierro del balcón, y le hiere en la pierna, por bajo de la rodilla. No dijo más que... «Vamos, ya está aquí...».
Por momentos se confirmaba la noticia de que la herida no era de gravedad..., cuestión de media semana. El fuego seguía: a las once acudió Eraso. Poco después sé dijo que Zumalacárregui resignaba el mando en su lugarteniente: por todo el ejército corrió la triste noticia, y los cañones enmudecieron durante un rato.
—Yo sé —dijo a Fago un oficial de Guías, que se mostró afligidísimo, y no lloraba por creer que las lágrimas deshonran el uniforme—, yo sé quién ha disparado el tiro infame, aleve, diabólico, que ha herido a nuestro general. Ha sido un soldado de Compostela, un bribón ferrolano que tiene la más asombrosa puntería que puede imaginarse. Ya sabe usted que algunos gallegos aborrecen a don Tomás por los tremendos castigos que aplicó en el Ferrol, en sus tiempos de coronel, para exterminar a los bandidos que infestaban aquella tierra. Llámase este asesino tirador Juan Bouzas, y me consta que juró quitarle la vida al general si ponía sitio a Bilbao.
—¿Y cómo sabe usted eso, amigo Elizalde?
—Lo sé por una prójima que al gallego conoce, amiga de un capellán aragonés que sirvió con nosotros hasta lo de Arquijas.
—Ese capellán —dijo Fago con sobresalto, deseando echar a correr— no es el que usted cree, ni ha tenido nada que ver con..., con la... Ese aragonés señor mío, no existe, no ha existido nunca..., yo lo aseguro. Los que hablan de él no saben lo que dicen... Quédese usted con Dios.
Salió de estampía, y de la arrancada se alejó más de una legua sin fijarse en la dirección que llevaba. Hasta más de mediodía estuvo dando vueltas por el campo, en lugares donde nada se veía del terrible asedio de la villa y solo se oía el lejano zumbar de los cañonazos. Las dos eran ya cuando vio que por el camino adelante venían tropas, en número de cincuenta hombres, y bastantes paisanos. No tardó en reconocer a los granaderos de Zumalacárregui, y cuando se aproximaban pudo ver que en el centro del pelotón transportaban una camilla. Al punto comprendió que la herida de don Tomás se había agravado, y que le llevaban al Cuartel Real, a que le vieran y curaran los médicos del rey. Ni lo uno ni lo otro era verdad, pues la herida se seguía considerando poco menos que leve, y conducían al general a Cegama, residencia de sus hermanos, no de su mujer y niñas, que vivían en Francia.
Incorporose al convoy, movido de una adhesión ardiente al mártir glorioso de su deber, y en la primera parada suplicó a los granaderos que le permitieran cargar la camilla; mas no quisieron aquellos valientes ceder a ningún nacido el honor de transportar carga tan preciosa. A medida que avanzaba el convoy, se iban quedando atrás los paisanos y mujeres que lo acompañaban; agregáronse otros que salían de los pueblos, y al enterarse de la triste noticia, prorrumpían en exclamaciones de dolor. Profundamente turbado el espíritu del capellán, se apropiaba toda la pena que en los semblantes veía, y juntábala con la suya. No tenía consuelo; el corazón, rebosando amargura, le anunciaba infortunios terribles, los cuales no se referían exclusivamente a los demás, ni al general herido, sino a todos: a la causa, al país, a él mismo, al pobre capellán que se creía responsable, sin saber por qué, de las catástrofes que al mundo amenazaban. A su tristeza se mezclaba el terror, una ansiedad semejante a la que le acometió en el campo de Arquijas.
Obedeciendo a un instintivo impulso, reconocía los rostros de todas las mujeres que salían al camino. Las había feas, las había hermosas, algunas de atlética estatura, como la Ignacia de Elosua; otras contrahechas y desmedradas. Pero todas eran quienes eran, y nada más. Al propio tiempo que estas extrañas cosas sentía, no podía pensar que fuese leve la herida del general, como todos aseguraban. Teníala por gravísima, mortal, y cuando Zumalacárregui, en la parada de Zornoza, le llamó a su lado y, ofreciéndole un cigarrillo, le dirigió palabras afectuosas, le miraba como a un muerto que hablase... La idea de que el general sería pronto cadáver, si ya no lo era, se aferraba a su mente, sin que ninguna consideración pudiera desecharla.
—¿Y cómo se encuentra vuecencia? —le preguntó, intentando poner en su rostro una confianza que no tenía.
—Así, así... —le contestó Zumalacárregui no más triste que antes de la desgracia—. Los dolores de la pierna se me han calmado con la untura que me puso este señor médico que me acompaña. Más me molesta mi enfermedad que la herida, y creo que, aun sin este accidente, habría tenido que dejar el mando para atender a mi salud.
—La salud es lo primero —dijo Fago—, y que busque la causa otros generales. En el grado de robustez en que, por obra y gracia de vuecencia, está la causa, ya puede andar sola... Vengan otras cabezas, y Dios dispondrá lo que nos convenga a todos.
Tirando con fuerza la colilla, Zumalacárregui dio orden de seguir. Y a los pocos pasos entabló Fago conversación con fray Cirilo de Pamplona, hombre muy apersonado, como de cuarenta años, que no gastaba hábito sino la usual vestimenta de los capellanes. Era pariente de la esposa del general, y sobre este tenía gran ascendiente. Hallábase con Eraso en Bolueta cuando tuvo noticia del suceso, y acudió al instante, determinando acompañarle hasta el propio Cegama. Charlando con el aragonés, mostrose confiado en la pronta curación del general, sobre todo si este seguía el consejo que le había dado, y era llamar sin pérdida de tiempo a un curandero del país, nombrado Petriquillo, hombre muy práctico en sanar heridas y en entablillar miembros rotos. El tal vivía en Ermua, y ya se le había mandado un emisario para que saliese al camino, al pase del enfermo. Más confianza que en los médicos tenía fray Cirilo en aquel practicón sin estudios que de continuo realizaba curas maravillosas, empleando los ungüentos y pócimas que, con hierbas de su conocimiento, él mismo confeccionaba. A todo asintió Fago, por urbanidad, pues creía firmemente que los enfermos se pierden o se salvan por sentencia superior, sin que pueda la ciencia humana precipitar ni atajar la muerte.
Llegaron de noche a Durango, y no bien paró el convoy en el palacio de los Emparanes, llegó un mensajero del rey, diciendo fuese el médico señor González Grediaga a informar a Su Majestad del estado del herido. La visita del soberano se fijó para la siguiente mañana, a fin de que el general descansase toda la noche. Acudieron no pocos personajes de la corte trashumante a visitar a don Tomás; pero este no quiso recibir a nadie. En los arcos de Santa María y en el paseo de la Olmeda, hubo hasta hora muy avanzada de la noche corrillos, donde se comentaba con ansiedad el triste accidente. Los más lo creían adverso, algunos favorable, y no faltó persona bien informada que aseguró no mandaría el general Eraso las reales tropas por mucho tiempo, pues ya era seguro que sería nombrado González Moreno, de quien se esperaba la toma de Bilbao en un abrir y cerrar de ojos.
Tan a disgusto se encontraba Fago en la llamada corte, y tan malas tripas le hacía el encuentro probable con don Fructuoso, que se fue a dormir a Abadiano, para incorporarse a la mañana siguiente al convoy que por aquel pueblo tenía que pasar. Don Carlos visitó a su general muy temprano. Cuentan que le reconvino cariñosamente por exponer al peligro vida tan preciosa. Y el herido contestó:
—Señor, sin exponerse, nada se adelanta... Bastante he vivido ya... En esta guerra tan desigual y destructora, por necesidad hemos de morir cuantos la hemos comenzado.
Sin penetrarse bien de la profunda tristeza de estas palabras, ni del sentido pesimista que contenían respecto al curso futuro de la guerra, don Carlos quitó a la herida de su general toda importancia. Los médicos González Grediaga y Gelos le habían asegurado que dentro de quince días podría volver a campaña. Movió la cabeza en señal de duda Zumalacárregui, y no quiso contradecir los felices augurios de su señor y rey. Este le incitó a quedarse en Durango, donde le asistirían los facultativos de la Casa Real, y se le prodigarían exquisitos cuidados. Pero el herido se defendió con tenacidad de la obsequiosa protección de Carlos V, insistiendo en que le llevaran al retiro y quietud de Cegama. Fácil es al historiador penetrar en la mente del héroe, y ver en ella su repugnancia de la corte, y su aborrecimiento de los intrigantes que en ella bullían. Despidiéronse sin que mediara ninguna observación acerca del sitio de Bilbao, ni de las dificultades que ofrecía la desdichada operación impuesta por los conspicuos del Cuartel Real. Ya no volverían a verse más en este mundo don Carlos y Zumalacárregui, representación viva del absolutismo el uno, representación el otro de la formidable fuerza nacional que lo amaba y lo defendía. La idea y el brazo se separaban para siempre. En su respetuosa despedida, el gran caudillo parecía decir: «Ahí queda eso, señor. El que tanto ha hecho por Vuestra Majestad, no puede hacer más».
Y no bien salió don Carlos del alojamiento, se dieron órdenes para continuar el transporte de la camilla. Contento iba el general al partir de Durango, y al perder de vista las enfatuadas figuras de los cortesanos que acudieron a despedirle. Su amigo Mendigaña, pagador del ejército, le había dado treinta onzas a cuenta de las pagas atrasadas, y con ellas obsequió espléndidamente durante el camino a los granaderos que le conducían. Anhelaba llegar pronto a Cegama, donde le esperaban deudos y amigos cariñosos; perder de vista el ejército; descansar de la continua brega; olvidar sus propios esfuerzos físicos y espirituales, y la ingratitud, irrisorio galardón de tanta inteligencia y desinterés.