Part 15
Destinaron a Fago al Provincial de Toro, que mandaba Barrenechea, jefe instruido y de grande arrojo; Arbués le afilió en una de las dos compañías que mandaba, nombrándole cabo. Llevaba el capellán uniforme completo, excelente fusil, y su cartuchera bien provista. No tardó en sentir nuevamente ímpetus guerreros, influencia natural del medio, del compañerismo, de la emulación.
La marcha no fue penosa, y tardaron tres días en llegar a Contrasta. De allí empezaron a franquear las alturas, penetrando por bosques espesos, bordeando abismos, escalando peñas. En los míseros pueblos, esquilmados ya por los carlistas, no encontraban reses, ni alimento de ninguna clase; dormían al fresco en campamentos dispuestos con arte. El jefe de la columna, barón del Solar de Espinosa, era un militar que sabía su oficio, y del general de la división, don Luis de Córdova, nada hay que decir, pues harto se conocen sus altas dotes militares, que más tarde había de enaltecer en la grandiosa jornada de Mendigorría.
Delante de esta división iban otras, trepando a las fragosas alturas, que hallaban absolutamente limpias de facciosos. Esto alegraba a los poco entendidos. Zumalacárregui abandonaba las altas posiciones. Una de dos: o retrocedía hacia la frontera de Francia, o se situaba en la Améscoa Baja, donde su posición era desventajosa, endemoniada. Así razonaban los que, como el bueno de Arbués y otros, no poseían el don estratégico. Pero Fago, viendo que don Tomás abandonaba por completo las alturas, dejando a Valdés internarse y perderse en ellas, empezó a entrever el plan del jefe carlista, el cual no podía ser otro que esperar en la Améscoa Baja hasta el momento preciso en que Valdés _se hiciera un lío_ en la espesura de los bosques y en los picachos inaccesibles de la sierra, viéndose obligado a situar sus batallones en una línea extensísima, donde gran parte de la fuerza no podía revolverse ni acudir aquí o allá, conforme a las exigencias de la lucha.
Interrogado por su pariente, que aún no se apeaba de su optimismo, le dijo Fago:
—_Chiquio_, convéncete de que esto va mal. El plan de ocupar la Améscoa fue bueno mientras otra cabeza no discurrió uno mejor. Zumalacárregui, que sabe mucho, pero mucho, nos deja meter nuestros veinticinco batallones en la sierra, y él acampa tan tranquilo en los pueblos de abajo, confiado en que pasaremos el tiempo mirando a las estrellas, pues la mayor parte de las tropas que van peñas arriba no pueden hacer otra cosa. Verás cómo no pasa de mañana sin atacarnos por la retaguardia. A esta división le tocará aguantar la embestida, para lo cual tendremos que cambiar de frente. Y todo ese ejército que anda a gatas por los montes, ¿de qué nos sirve? ¿Cómo vendrá a auxiliarnos si no puede moverse con agilidad en estas intrincadas espesuras? Los grandes ejércitos son para operar en el llano. La guerra de montaña tiene su táctica especial, que en este caso no he visto aplicada.
Puntualmente se ajustaron los hechos a lo que el capellán pensaba. Al día siguiente por la tarde, fueron atacados por cuatro batallones carlistas en las inmediaciones de Artaza. Los cristinos se batieron con bravura, y a fuerza de constancia conservaban al anochecer sus posiciones. El terreno no les favorecía: era estrecho, limitado aquí por picachos inaccesibles, allá por cortaduras y barranqueras en cuyo fondo mugían torrentes. Pelear en tal sitio era la mejor prueba a que puede someterse el valor y la tenacidad de un ejército: lo que hicieron los constitucionales en aquel día supera con mucho a cuantas proezas pudieran imaginarse. Y para que la prueba fuese más terrible, pasaron toda la noche en la angustiosa expectación de ser atacados con mayores fuerzas al día siguiente. ¿Que harían? ¿Continuar avanzando hacia la sierra? Esto era peligrosísimo, porque al avanzar empujarían hacia el norte a los demás batallones, y en este caso, marchando siempre hacia arriba, la salida tenía que ser por los valles de la vertiente del Cantábrico, o por la frontera pirenaica. El retroceso era también difícil, porque si los realistas, como parecía seguro, se situaban en el portillo de Artaza, podrían, no ya embestir, sino fusilar a los batallones, atacándolos uno por uno. Fago explicó a su primo la situación con un ejemplo:
—Figúrate —le dijo— que nuestros veinticinco batallones son veinticinco barcos, y que nos hemos metido en un canal o bahía larga y estrecha. Esta división es el navío de retaguardia. En la boca del canal nos atacan buques enemigos. Si salimos, mal; si entramos, hemos de navegar empujándonos unos a otros hasta salir por el opuesto extremo del canal. Si nos retiramos por donde hemos venido, a medida que vayan saliendo barcos, el enemigo los irá cazando a su gusto y abrasándolos sin piedad. ¿Lo comprendes ahora?
—Sí; la dificultad y el error están en que, a lo largo de la sierra, nuestros batallones no pueden desplegarse en un extenso frente de combate. Tienen que ir enfilados, con un frente estrechísimo, unos tras otros.
Y no solo les afligió el desaliento durante la noche, sino también la sed. En aquellas alturas no había agua. Un chusco dijo que tenían que contentarse con beberla por las orejas, porque oían ruidos de espumosos torrentes bajo sus pies, a profundidades a que solo con el pensamiento, no con la mirada, podían llegar. Reforzada la columna durante la noche con el batallón más próximo, preparáronse para la pelea del siguiente 22 de abril, que debía de ser, y fue realmente, una página épica. Los carlistas embistieron muy temprano; sus guerrillas habían trepado a alturas donde era increíble que pudiesen hombres mantenerse y pelear, no convirtiéndose en gatos o ardillas. En las espesuras cercanas y en los picachos del otro lado de la barranquera, los fogonazos simulaban el incendio del bosque. Sin la artillería de montaña, manejada con toda la pericia del mundo, la retaguardia cristina habría perecido en la puerta de la ratonera. Al mediodía, Valdés y Córdova acordaron descender, arrostrando las desventajas de la posición, y el 5.º de Ligeros fue el primero que se lanzó impávido por el desfiladero de Artaza, hostilizado por un lado y por otro... El Provincial de Toro y otros cuerpos siguiéronle con el mismo brío. Los carlistas, rechazados en una vuelta del camino, se escabullían por aquellas angosturas para reaparecer luego más abajo, encastillados entre peñas. Caían soldados de la reina sin cesar; los jefes de los cuerpos combatían en primera línea. Córdova y el barón del Solar defendían sus vidas como el último de los soldados. De este modo, y perdiendo mucha gente, llegaron con extraordinaria gallardía al pueblo de Baríndano, que encontraron desierto. Allí ya podían respirar, poner en orden los desconcertados batallones y atender a los heridos que habían podido recoger. Perdieron carros de municiones y víveres; perdieron muchas vidas. Ya no había más plan que emprender la retirada hacia Estella con todo el arte posible.
Y durante la noche, la retaguardia, que por el cambio de frente había llegado a ser vanguardia del ejército de la reina, desde Baríndano seguía viendo nutrido fuego en el desfiladero de Artaza, señal de que las demás divisiones descendían del laberinto con las mismas dificultades. A media noche cesó el fuego, porque a los carlistas se les habían acabado las municiones, y se replegaban hacia Aranarache y Contrasta.
Lo peor de aquella tremenda jornada era que los cristinos no encontraban ningún apoyo en el país: el vecindario huía de los pueblos, poniéndose al amparo de la facción; a ningún precio se encontraban aldeanos ni pastores que quisieran practicar el espionaje; la ignorancia de los movimientos del enemigo y de los puntos en que pernoctaba eran motivo de grande confusión para los generales; nadie sabía nada; había que esperar los hechos, subordinando todo plan a lo que resultara de los del enemigo, por lo cual el verdadero director de la campaña era Zumalacárregui como jefe de su ejército, dueño absoluto del país en que operaba y de todo el paisanaje navarro.
La mañana del 23 se empleó en organizar la retirada a Estella. La vanguardia debía marchar aquel mismo día hacia Abárzuza. Era probable que los carlistas, repuestos del cansancio y provistos de víveres, atacarían por Arlabia o Echevarri. Manteníase aún bravo y arrogante el ejército cristino, confiando siempre en sus jefes. También él tenía fe en su causa, aunque no la mostrara por modo tan vehemente e infantil como su hermano el faccioso. Se había hecho a la desgracia, soportaba resignado la enemiga y desafecto del país, y sobre esta desventaja hacía recaer la culpa de su vencimiento en aquella jornada.
La última división que quedaba en la cumbre emprendió el descenso por el desfiladero de Goyano, que ofrecía la ventaja sobre el de Artaza de tener una cumbre accesible. Apoderándose de ella, la retirada podía efectuarse en buenas condiciones. Quiso tomar Zumalacárregui la eminencia; pero Valdés, con Aldama y Seoane, anduvieron más listos, y con supremo esfuerzo lograron emplazar en lo más alto dos obuses; hazaña de gigantes que no se creyera si no se la viese con tanta prontitud realizada. No tuvieron los carlistas más remedio que abandonar las posiciones. Zumalacárregui, que personalmente les mandaba, viendo el desaliento de su tropa, les dijo:
—Mejor: dejémosles que bajen, que allá tenemos otra angostura en que les sacudiremos con más comodidad.
En efecto, al descender de Goyano por pendientes llenas de cadáveres, hubieron de sufrir otro ataque en el camino de Abárzuza, en una vuelta del río Urederra. Zumalacárregui reapareció en una altura formidable, donde les hizo más bajas, cogió algunos prisioneros y dos carros. Al anochecer, entraban Seoane y Aldama en Abárzuza con sus tropas más que diezmadas, muertas de fatiga, de hambre y sed. Y lo peor era que al día siguiente tendrían que sostener nuevos encuentros, pues el carlista no cejaba; quería recoger todas las ventajas de su victoria, y acosar hasta en su último refugio a las heroicas cuanto desgraciadas tropas de la reina.
Dos días después entraban en Estella los veinticinco batallones, sin convencerse aún de que había llevado la peor parte la causa que defendían; tristes y fatigados, pero sin dar su brazo a torcer; seguros de poder repetir la hazaña, si sus jefes, con error o sin él, les llevaban a un nuevo combate. La tenacidad, la gallardía caballeresca, componen toda la historia de una raza que, al inclinarse para caer en tierra, ya está pensando en cómo ha de levantarse.
XXVII
No extrañó al comandante Arbués perder de vista a su primo el capellán durante la acción de Artaza. En la confusión de la pelea en retirada, cada cual atiende a sí propio y a su obligación y defensa, sin parar mientes en los demás. En Abárzuza no pareció tampoco el aragonés; pero aún esperaba su primo encontrarle en Estella, pues nadie le había visto caer muerto ni herido, y las últimas noticias de él eran que se batía heroicamente. Bien pudo quedar rezagado, agregarse a la división de Méndez Vigo o caer prisionero en los combates que esta sostuvo. Desgraciadamente, fueron inútiles todas las investigaciones que hizo Arbués en Estella, cuando ya descansaban allí del trágico duelo los soldados de la reina. Nadie pudo dar noticia cierta del pobre capellán. ¿Debía contársele entre los muertos o entre los prisioneros? Lo probable, según Arbués, era que se hubiera dejado matar antes que rendirse, conforme a su temple de aragonés legítimo.
En tanto, Zumalacárregui se había ido a Asarta, donde quiso disimular la falta de cartuchos con una orden del día en que daba ocho de descanso a sus valientes tropas. Comunicada al rey su carencia de municiones, el Cuartel Real, que estaba en Segura, se conmovió con la triste noticia. La Real Hacienda acudió con arbitrios mil al remedio de tan gran daño; se organizó de prisa y corriendo un activo contrabando para traer de Francia _el pan de la guerra_, y se enviaron comisionados a los que lo amasaban en diferentes puntos del Baztán, para que activasen todo lo posible la fabricación. Gracias a estas medidas, pudo Zumalacárregui tener provisión bastante para lanzarse a nuevo combate antes de la semana, engañando una vez más a los cristinos, pues nunca pensó en que sus tropas estuvieran tanto tiempo en la ociosidad. Si no reanudó las operaciones antes de los ocho días, no fue por falta de ganas, ni porque careciera de planes bien determinados, sino porque la Majestad de Carlos V le ordenó que permaneciese en Asarta hasta recibir la visita de los enviados del gobierno de Inglaterra, lord Elliot y sir Gurwood, para proponer a uno y otro ejército un convenio que diese a la guerra carácter humanitario, poniendo fin a las sangrientas represalias.
Ya don Carlos había recibido a los ingleses, que eran personas distinguidísimas, ambos conocedores de España; y mostrándose dispuesto a entrar por el aro de la benignidad y templanza, nada quiso resolver sin el parecer de su general en jefe. Este recibió a los extranjeros con la cortesía concisa y un tanto seca que gastar solía. Los de Albión, que también eran secos y lacónicos, simpatizaron extraordinariamente con el caudillo del absolutismo; conferenciaron; admitió Zumalacárregui lo que se le propuso, que en rigor de verdad significaba el reconocimiento de beligerancia por las potencias, y acordadas las bases de arreglo, don Tomás convidó a los ingleses a compartir con él un modesto cocido, que era su habitual sustento en campaña.
Aceptaron gustosos los comisionados; _trincaron_ del buen vinito navarro, sin cortedad de genio, y fuéronse luego camino de Logroño, donde les recibió Córdova, por delegación del general Valdés. Nueva conferencia, acuerdo por entrambas partes. No consta que hubiera cocido y vino riojano; pero sí que los emisarios de Inglaterra partieron muy satisfechos de la _politesse_ de Córdova, que además de experto general era un fino diplomático. Puesto en vigor a los pocos días el convenio Elliot, ya no se fusilaba sin piedad a los infelices prisioneros. Este espantoso resorte de guerra, propio de hordas salvajes, quedaba totalmente abolido en los ejércitos que guerreaban en el norte; se establecían reglas clarísimas para el canje de oficiales y soldados, conforme a las prácticas militares de todas las naciones del mundo. Por desgracia nuestra y baldón de España, otros caudillos carlistas y liberales de gran renombre, en las asperezas del Maestrazgo, o la montaña de Cataluña, habían de olvidar pronto los procederes humanitarios, derramando a torrentes la sangre cristiana, y escarneciendo con sus crueldades los ideales que decían defender: el honor patrio, la religión, la fe.
Reanudadas las operaciones, Zumalacárregui mandó a Gómez a Vizcaya, donde se unió al guerrillero Sarasa y juntos atacaron a Guernica. Los generales Iriarte y Espartero salieron mal librados. No bien se enteró de la toma de Guernica, don Tomás fue contra Treviño, plaza fortificada, y la sitió en las mismas barbas de Valdés, y la tomó a las cuarenta y ocho horas, cogiendo prisioneros a los seiscientos hombres de la guarnición, y arramblando con los cañones. Cuando Valdés acudió al socorro de Treviño con las tropas de Estella, ya era tarde. La plaza estaba desmantelada, y los carlistas vencedores en la Berrueza. Antes de que Valdés determinara qué camino seguir, Zumalacárregui, sabedor de la evacuación de Estella, se dirigió a esta ciudad, y en ella hizo su entrada triunfal, aclamado con entusiasta delirio por los habitantes, en su gran mayoría frenéticos sectarios del pretendiente. Hombres y mujeres rodeaban a la tropa realista, saludándola con ardientes demostraciones, cantos guerreros y populares. Las coplas sonaron todo el día por calles y plazuelas, y el famoso estribillo _Ay, ay, ay, Motilá_ pasaba de las bocas de los ancianos a las de las mujeres, y por fin a las de los chiquillos... ¡Gran día de expansión febril y de entusiasmo loco fue aquel para los soldados de Zumalacárregui! La pintoresca ciudad ardía en regocijo y triunfal estruendo; las campanas de sus iglesias románicas, de venerable antigüedad, no cesaban de voltear con alegres repiques; aquí y allí convites parciales a la intemperie, mesas en medio de la calle, libaciones copiosas, alegría, seguridad del triunfo de la fe.
Mas no era Zumalacárregui hombre que permitiera a sus tropas adormecerse en el triunfo, ni perder su fiereza en las fiestas obsequiosas y en los enervantes descansos. Sabedor de que partían de Pamplona tres mil infantes y trescientos caballos, salió de Estella para cortarles el paso. Le había dado en la nariz que la tal columna iba en auxilio de algún convoy salido de la Ribera, y no se contentaba con menos que con batir la columna y apoderarse del convoy. Con celeridad pasmosa se plantó en Puente la Reina, y de allí, con dos batallones y toda su caballería, ocupó las alturas del Perdón. Al propio tiempo esparcía una nube de espías por todos los pueblos y caminos circundantes, y preparó el golpe antes de que los cristinos sospecharan el mal encuentro que en su marcha les esperaba. Pelearon unos y otros con gran bizarría casi a la vista de Pamplona. Ganó Zumalacárregui, si se mira tan solo a la conquista de la posición y a los cien prisioneros que hizo; pero la jornada le fue desfavorable en otro respecto, porque perdió al jefe y organizador de su caballería, don Carlos O’Donnell. Viéndole moribundo, dijo:
—Pérdida irreparable. Valía él mucho más que todo lo que hemos ganado en este encuentro.
Mientras esto ocurría en el Perdón, en Velate las columnas facciosas de Elío y Sagastibelza atacaban a Oraa, el cual se retiraba con pérdidas. Con esto, y con la evacuación por los cristinos de tantas plazas de segundo orden fortificadas, Navarra, a excepción de Pamplona y de los pueblos de la Ribera, era ya totalmente del dominio carlista, comprendiendo la línea de la frontera hasta el mismísimo Irún. ¿Qué faltaba? Tomar a San Sebastián y a Pamplona. Mas para esto urgía ganar antes a Vitoria, y la llave de Vitoria eran las plazas fortificadas de Villafranca, Vergara y Tolosa, en Guipúzcoa. Pensado y hecho: ya le tenéis en marcha, trasladando de un punto a otro sus masas de hombres con presteza increíble. En aquella expedición debía tropezar con Jáuregui, con Iriarte y con Espartero, que ya ilustraba su nombre con gallardas valentías, y ganaba el aplauso y la admiración de las muchedumbres.
En el asedio de Villafranca hubo de sufrir Zumalacárregui desfallecimientos de sus tropas; pero su energía supo trocar el desánimo en loco frenesí de combate. Acude Espartero desde Durango en auxilio de la plaza guipuzcoana; sábelo Zumalacárregui y, con la celeridad del rayo, corren sus batallones a cortarle el camino. Trábase furioso combate en Descarga; Espartero se ve obligado a retroceder; vuelven los vencedores de Descarga sobre Villafranca; el asedio es formidable, épico; los cristinos rinden las armas en condiciones honrosas; la facción gana en aquel día una posición importantísima, mil quinientos fusiles y víveres abundantes. Y velozmente, siguiendo la acción a la idea, como el disparo al requerimiento del gatillo, Eraso caía sobre Éibar, Gómez sobre Tolosa.
Y cuando el mismo Zumalacárregui disponíase a tomar a Vergara, recibe un apremiante aviso de don Carlos llamándole a su Cuartel Real de Segura.
Como jarro de agua fría cayó este aviso sobre la ardiente voluntad del caudillo guipuzcoano, y de malísimo talante se puso en marcha hacia Segura, pasando por Ormáiztegui, su pueblo natal, donde sus paisanos y amigos le acogieron llorando de entusiasmo y cariño, apenados de ver cómo se acentuaba en su rostro la tristeza, que atribuían a la falta de salud, efecto del desmedido trabajo. Los laureles ganados en tan corto tiempo, las ventajas adquiridas en la conquista del suelo español para la monarquía absoluta, más parecían entristecer que alegrar al héroe de aquella campaña. Su mirada penetrante se fijaba con mayor tenacidad en el suelo, y su cuerpo se encorvaba hacia la tierra, cediendo más al peso de las aprensiones y cuidados, que al de las triunfales coronas que su frente ceñía. En Segura fue recibido afablemente por don Carlos, que se mostró benévolo y agradecido, estimando mucho el ánimo, la perseverancia y abnegación que en el mando del ejército desplegaba. Abrevió el caudillo su visita cuanto pudo, no solo por la prisa de expugnar a Vergara, sino porque le asfixiaba la atmósfera, el tufo de camarilla; y aunque ninguno de los corifeos del Cuartel Real le mostraba desafecto, no ignoraba que en la tertulia del rey y en los corrillos de toda aquella caterva de vagos y aduladores, se le iba formando una opinión adversa, regateándole sus méritos o servicios, censurando sus actos. Las victorias que uno y otro día alcanzaba la facción, se atribuían al valor de las tropas realistas, y al desmayo y falta de fe de las de la reina. Indudablemente Zumalacárregui, según los habladores y comentaristas del Cuartel Real, había hecho bastante, quizás mucho; pero sin duda pudo hacer más, y seguramente otro general se habría plantado ya en tierra de Castilla, abriendo al rey legítimo el camino de Madrid. Los estratégicos de gabinete, o de corrillos callejeros, hormigueaban en la corte trashumante, y los últimos covachuelistas y acólitos se permitían planes de guerra. Ganaba terreno la opinión de que el propio rey debía ponerse al frente del ejército y dirigir por sí mismo las operaciones, en la seguridad de que el Espíritu Santo, como a predilecto de Dios, le asistiría con luces de ciencia militar, concediéndole los laureles de Pelayo, los Alfonsos y el Cid.
Sabía todo esto Zumalacárregui, y lo sufría con cristiana paciencia, sin desmayar en el cumplimiento de sus deberes. Su honradez era tan grande como su talento militar. Al rey que proclamó, a la idea monárquica pura pertenecía, y ajustando su conducta a un proceder de línea recta, por nada del mundo de ella se desviaba. A esta excelsa cualidad unía otra, la de no tener ambición política, virtud rara en los militares de su tiempo, de uno y otro bando. Realzada con tan hermosa modestia su figura guerrera, el hijo de Ormáiztegui oscurece a todos sus contemporáneos ilustres, y a cuantos en el gobierno de las armas, así cristinos como liberales, le sucedieron.
Expugnó, pues, a Vergara, cuya guarnición, tras una débil resistencia, capituló quedando prisionera, y el vencedor penetró en la plaza con gloria, pero sin salud. El mal que padecía y con el cual luchaba de continuo su voluntad, pudo más que esta al fin, obligándola a rendirse. Tres días pasó en cama con horrible sufrimiento, quejándose poco, y empleando los cortos instantes de alivio en completar sus disposiciones militares. En medio de las tristezas de su estado, no dejaba de llegar hasta él el rumor de las envidias del Cuartel Real, y en un acceso de negra melancolía, complicada con dolores físicos, escribió su dimisión y se la mandó al rey. No quiso admitirla don Carlos, y para darle testimonio de su real aprecio, fue a Vergara al siguiente día. Algo mejorado de su enfermedad, salió Zumalacárregui a recibirle, a caballo, con su Estado Mayor, y rey y general atravesaron la ciudad con aclamaciones del pueblo y tropa, entre el estruendo de las campanas echadas a vuelo y de las salvas de artillería.