Chapter 1 of 5 · 3892 words · ~19 min read

Part 1

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos Se ha consultado el texto de otras ediciones de esta obra para detectarlos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. La modernización ha afectado a las comillas, a algunas tildes y a unos pocos nombres comunes que han pasado de mayúscula a minúscula.

* Al inicio de cada de una de las dos partes de esta obra se han añadido los títulos «Primera Parte» o «Segunda parte», como se hace en otras ediciones.

* Las páginas en blanco y publicitarias han sido eliminadas.

VIDAS CRUZADAS

Imp. Artística Sáez Hermanos. Norte, 21. Teléf. 16244. Madrid.

[Ilustración]

EL TEATRO MODERNO

Director: LUIS URIARTE

Jacinto Benavente Premio Nobel de Literatura de 1922

VIDAS CRUZADAS

Cinedrama en dos partes, dividida la primera en diez cuadros y la segunda en tres y un epílogo, y en prosa

Estrenado en el Teatro Reina Victoria, de Madrid, el día 30 de marzo de 1929

PRENSA MODERNA MADRID

A

D. Manuel Díaz de la Haza,

a quien tanto debe el teatro español en tierras de América.

Jacinto Benavente.

REPARTO

_Eugenia Castrojeriz_ Josefina Díaz de Artigas. _La marquesa de Valladares_ Ana María Quijada. _Guillermina_ María Isabel Pallaré. _María Antonia_ Concepción Ajenjo. _La condesa del Encinar_ Elena Rodríguez. _Fanny_ Rosa Díaz Gimeno. _Una criada_ Consuelo Pallaré. _Otra criada_ Esperanza Iglesias. _El hombre de sociedad_ Agustín Povedano. _El hombre insociable_ Rafael Ragel. _El ladrón de sueños_ Manuel Dicenta. _Manolo Castrojeriz_ Manuel Díaz González. _Enrique Garcimora_ Santiago Artigas. _El marqués de Valladares_ José Trescolí. _Isidoro_ Manuel Kayser. _Ricardo_ Octavio Castellanos. _Damián_ Fulgencio Noguera. _Un camarero_ Francisco García Alajoz. _Un niño_ Rosarito Kayser.

[Ilustración]

PRIMERA PARTE

CUADRO PRIMERO

En primer término, paralelo a la batería, barandal de la terraza de un dancing; sobre los pilastres, grandes jarrones o macetas con profusión de flores. Al fondo, la fachada con grandes puertas de cristales; detrás, un salón de baile. Al levantarse el telón, en el salón bailan y pasean diferentes parejas y grupos. Música de jazz-band. La luz del salón ha de ser algo fantástica, entre azulada y rojiza; la terraza estará también iluminada del mismo modo. Es de noche. Lugar de la acción: un Biarritz cualquiera, playa a la moda.

Se abre una de las puertas del salón, y al abrirse se oye la música con mayor intensidad; entran y vienen a apoyarse en el barandal, frente al público, el _Hombre de Sociedad_ y el _Hombre Insociable_. El público figura que es el mar, y no es mala comparación, porque con ninguno de los dos puede uno confiarse mucho.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Se aburre usted, ¿verdad?

EL HOMBRE INSOCIABLE

De ningún modo, y con usted, tan excelente guía y conocedor de este gran mundo...

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Que es tan pequeño, como usted ve.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Y, para mi, ignorado; mi vida ha sido tan distinta.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Y supongo que nunca habrá usted envidiado esta.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Mal puede envidiarse lo que no se conoce. Si es siempre así...

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Casi siempre, porque cuando quieren escapar de esta vida, su vida social, para vivir un poco de su vida propia, al huir unos de otros, vuelven a encontrarse; porque hasta en sus vicios, en sus pasiones, en sus quimeras, siguen siendo iguales unos a otros, creyéndose distintos.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Si siempre se divierten con tan poco...

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Aquí nadie viene a divertirse: Unos vienen a hacer tiempo para otras diversiones; otros vienen a prepararlas; otros esperan el azar de un encuentro que se les depare, y hay quien, con mayor ambición, espera que ese azar de un encuentro sea la solución de su vida.

EL HOMBRE INSOCIABLE

¿Cree usted que en un lugar como este puede encontrar nadie la solución de su vida?

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

¿Por qué no? Aquí puede encontrarse hasta la felicidad; lo que hay es que para encontrar lo que más se parece a la felicidad en la vida, que es un amor verdadero, es preciso que dos seres vayan en su busca por el mismo camino, y aquí los caminos se cruzan, como las vidas: se cruzan en un punto y ya no vuelven a encontrarse. El amor se cruza con un deseo: cree que es también el amor; pero el engaño dura poco tiempo. Otras veces el amor se cruza con el interés, y el engaño es el mismo, y el desengaño más triste todavía. (_Por otra puerta del salón entran Eugenia Castrojeriz y Guillermina._)

GUILLERMINA

¿Huyes de la persecución?

EUGENIA

No, Guillermina. ¿Quién hace caso?

GUILLERMINA

No digas, Enrique está loco por ti.

EUGENIA

Ya lo sé.

GUILLERMINA

¿No te gusta? Es guapísimo, y en cuanto a posición...

EUGENIA

Sí, un gran partido, y para mí, figúrate.

GUILLERMINA

Entonces...

EUGENIA

Demasiado sabes que él no piensa en casarse, y menos conmigo. ¿Qué soy yo para él?

GUILLERMINA

Por Dios, Eugenia, no quieras que te regale los oídos con ponderaciones. No sé a qué más podía aspirar Enrique, y él, que no tiene más pretensión que figurar en sociedad, ¿cómo podría colocarse mejor que casándose contigo, una Castrojeriz?

EUGENIA

Enrique no necesita casarse conmigo, que no soy más que una aristócrata pobre, lo peor, lo más triste que se puede ser; Enrique puede casarse con quien quiera, noble y con dinero; ni él necesita de enlaces nobiliarios para figurar en sociedad más de lo que ya figura. Ya lo vemos: en estos tiempos todo va muy de prisa, y cualquiera puede ser descendiente de sí mismo. Por humilde, por bajo que sea su origen, el dinero, los viajes, el trato social afinan a una persona en pocos meses, cuando en otros tiempos eran precisos siglos para afinar a una familia. Yo he leído crónicas de nuestra casa, y al cabo de muchos años y linajudos antepasados, aún había marqueses de Castrojeriz tan bárbaros que hoy no los querría Enrique para mozos de sus caballerizas. Al padre de Enrique son muchos los que le han conocido detrás de un mostrador, en una mala tienda de un pueblecillo de pescadores, y su hijo, ya lo ves, un perfecto gentleman... hasta ahora.

GUILLERMINA

Dices bien, hasta ahora, porque la raza no se improvisa: el plebeyo es siempre plebeyo, y, tarde o temprano, «en la ocasión descubre la hilaza», como suele decirse.

EUGENIA

Enrique ya lo demuestra solo en el modo de pretenderme.

GUILLERMINA

¿Tú crees? Yo solo veo que está muy enamorado, que te quiere.

EUGENIA

Me quiere, eso sí, me quiere y me insulta al quererme.

GUILLERMINA

Yo no puedo creer que él piense...

EUGENIA

Piensa que todo es posible con su dinero.

GUILLERMINA

Pero él debe saber quién eres tú, debe comprender que contigo nunca sería posible...

EUGENIA

¿Qué sabe él de mí? ¿Qué sabrá nunca?

GUILLERMINA

Y tú le quieres.

EUGENIA

No lo sé; ni él habría de creerlo.

GUILLERMINA

¿Por qué?

EUGENIA

Enrique es muy rico; yo soy pobre... ¿Vienes?

GUILLERMINA

Sí, nos esperaban para bailar; vamos. (_Entran en el salón._)

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

De estas dos muchachas, la que estaba más cerca de nosotros es Eugenia Castrojeriz; una muchacha muy interesante; ella y su hermano, únicos vástagos de una nobilísima familia de las más ilustres de nuestra aristocracia, una de esas familias perseguidas por trágicos destinos, como la familia de los Atridas: suicidios, muertes violentas, matrimonios desgraciadísimos, y, por fin, la ruina total. Estos dos hermanos viven de la protección de amigos de su casa, de algún pariente; la muchacha viste desechos de sus amigas, pasea en auto, asiste a teatros y a fiestas de sociedad; veranea, como usted ve, de un lugar en otro, todos de moda y todos caros. El hermano lo mismo, aunque ya no está siempre tan clara la procedencia de sus recursos. Los dos son una especie de asilados de lujo, protegidos por toda su clase. Pepín Solares, que tiene la especialidad de los motes, llamó a esta muchacha el perro del regimiento.

EL HOMBRE INSOCIABLE

No es muy galante el mote.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

No prosperó, por cierto, y le costó al motejador algunos disgustos; porque el hermano, no tanto, pero esta muchacha, sobre todo, cuenta con muchas simpatías en sociedad: ¡ha llevado siempre su difícil situación con tan noble decoro! A mí también me inspira simpatía. ¡Pobre muchacha! Soporta humillaciones sin volverlas en odio; para mí, la mayor virtud, porque es fortaleza espiritual, virtud en su recto sentido etimológico.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Así es; no hay odio que no tenga su origen en una humillación; es lo que menos se perdona.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Por eso admiro yo tanto a Eugenia Castrojeriz. La he visto soportar tantas humillaciones... Es que es tan difícil proteger sin humillar a nuestros protegidos...

EL HOMBRE INSOCIABLE

Pero entre esta gente distinguida, yo creí...

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

No es la peor, pero es la más inconsciente. Por eso la hora de los grandes cataclismos sociales: revolución francesa, revolución de Rusia, les halla siempre desprevenidos, y ellos son las primeras víctimas sin haber sido los más culpables. (_Entran Manolo Castrojeriz e Isidoro._) A propósito; ahí tiene usted al hermano de esta muchacha, del que yo le hablaba; de los dos, el más joven: Manolo Castrojeriz. Este ya no es tan digno de admiración como su hermana: parásito de los muchachos más ricos de Madrid, es, como ahora se dice, un animador de todos sus jolgorios; sablea con tal elegancia, que todavía hay que agradecérselo, y como los grandes señores del siglo diez y ocho, enmienda los errores de la fortuna convirtiendo un juego de azar en juego de inteligencia, si hay ocasión propicia. Los dos hermanos son la mejor prueba de que lo mismo en los pueblos que en las familias, aun en su decadencia, son siempre las mujeres las que por más tiempo mantienen las nobles tradiciones de una raza. A Eugenia Castrojeriz no la creo capaz de una bajeza indigna de su nombre; a su hermano le creo capaz de todo, y no me extrañaría verle complicado algún día en cualquier delito vulgar y hasta en algún crimen, como alguno de triste memoria. (_Siguen hablando bajo._)

ISIDORO

Cálmate, Manolo; has estado muy duro con Ricardo.

MANOLO

Me molestan los consejos. Si sabré yo cuándo he hecho mal sin que me lo digan.

ISIDORO

Por lo demás, te aconsejaba muy bien; no te conviene el trato con ese Piñuela; todo el mundo le va dando de lado.

MANOLO

Hoy no tenían razón; estoy seguro de que pidió carta sin haber visto que en los dos paños habían ya descubierto las suyas.

ISIDORO

Vamos, Manolo, no me digas; es ya mucha distracción; y se ha repetido tantas veces...

MANOLO

Otras, no digo; pero hoy, te aseguro...

ISIDORO

Todo el mundo sabe que tú juegas a medias con él; te digo que no te conviene; tú verás lo que haces.

MANOLO

No me digas nada. Estoy loco. Era el golpe decisivo... Mañana...

ISIDORO

¿Mañana, qué? ¿Lo de siempre?...

MANOLO

No, ahora es más serio; si mañana no pago, no quiero pensarlo. El tiro, no hay otra solución.

ISIDORO

¿No tienes quien pueda sacarte del apuro? Pídele a Valladares.

MANOLO

¡Imposible! ¡Me ha servido tantas veces!...

ISIDORO

Pídele a Enrique; en estos días lleva una buena racha.

MANOLO

¿A Enrique?... Ni pensarlo; ya sabes que anda haciendo el amor a mi hermana.

ISIDORO

Sí; nunca se le ha visto tan colado. Eso sí que te convendría, que se casara con tu hermana.

MANOLO

Claro que solo podría ser eso: casarse; no creo que él haya pensado otra cosa.

ISIDORO

Hombre, ¿quién va a creerlo? No por él, por tu hermana.

MANOLO

Comprenderás que a Enrique no puedo pedirle nada.

ISIDORO

Sí; en estas circunstancias no te conviene.

MANOLO

Entonces, tú dirás qué recurso me queda.

ISIDORO

¿Pero tan fiera viene ese hombre?

MANOLO

No lo sabes. ¡Me tiene tan cogido! Cuando está uno apurado firmaría uno su sentencia de muerte, y eso será. Te juro por el nombre que llevo que yo no voy a la cárcel.

ISIDORO

¿A la cárcel?... ¿Pero puede ser eso?

MANOLO

¿Si puede ser? Anda, vamos, no quiero que me encuentre mi hermana, no quiero ver a nadie; vámonos; pasearemos por la playa; a esta hora no hay nadie, y... Perdona, chico, perdona; si tú quieres quedarte...

ISIDORO

No faltaría más; yo no te dejo. Pasearemos. Veremos... ¿Quién sabe?... (_Salen._)

EL HOMBRE INSOCIABLE

Bien decía usted. Por la nerviosidad, por palabras sueltas, se advierte que el mozo anda preocupado.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Se le habrá dado mal el tournant esta noche. Cuando los puntos no están en el secreto y no perdonan distracciones... (_Entran Enrique y Ricardo. Al verlos entrar._) Buen contraste. Vea usted: al aristócrata fin de raza, arruinado, que acaba usted de conocer, sucede el plebeyo enriquecido, savia nueva, buen injerto para estirpes nobiliarias en decadencia. Enrique García y Mora, que de dos apellidos vulgares ha formado un apellido que puede parecer aristocrático: Garcimora. Su padre, y no hará muchos años, en un pueblecillo de la costa cantábrica, a la sombra de un miserable tenducho, guarida y refugio de contrabandistas de todo género, amplió sus negocios durante la guerra, sin preferencias por nadie, suministrando a los barcos de unos lo que muy pronto había de perderse en el mar, gracias a los suministros proporcionados a los otros, todo a buen precio. El negocio fue fabuloso. El hijo se educó en Inglaterra; muerto el padre, de la noche a la mañana se presentó en Madrid, y no tardó en ser admitido en la mejor sociedad con las mejores cartas de crédito, autos de las mejores marcas, jacas de polo, balandros, criados ingleses, mecánicos belgas, espléndido en sus obsequios, asequible a las peticiones, anticipándose a ellas muchas veces con generoso desprendimiento; premio gordo en la lotería matrimonial para las muchachas solteras. Flirteo ideal para casadas y equívocas de todas clases, decorativo siempre y siempre provechoso. Detrás de todo eso... ¿Quién sabe?... Lo que ahora se llama honorabilidad se satisface con tan poco, y Enrique Garcimora aún no ha cometido ninguna torpeza que pueda poner en duda su perfecta honorabilidad. (_Siguen hablando bajo._)

RICARDO

Anda, vamos. Esta noche está esto muy aburrido, y hemos quedado en ir; esas pobres chicas nos estarán esperando, y los amigos..., si faltas tú será un desencanto para todos.

ENRIQUE

Ve tú, yo estoy muy cansado; esta noche quiero acostarme pronto.

RICARDO

Es que no hay quien te arranque de aquí mientras veas que no se ha ido Eugenia.

ENRIQUE

No, qué tontería. Para el caso que me hace... Apenas si me ha saludado esta noche.

RICARDO

Táctica.

ENRIQUE

¿Tú crees?

RICARDO

¡Bah! No lo dudes.

ENRIQUE

¿Tú crees que no hay otro medio que casarse?

RICARDO

Y si no hubiera otro, si tan colado estás, cásate; será el único modo de curarte.

ENRIQUE

Tanto como casarme...

RICARDO

En tus condiciones, cuando te aburras, con dinero pronto se deshace uno de una mujer.

ENRIQUE

No lo creas; mujer propia o querida, no es tan fácil deshacerse de una mujer. Ahí tienes al pobre Evaristo, víctima de la suya y de toda su familia.

RICARDO

Por cicatero, le está bien empleado. Tú no lo serías; dejarías a tu mujer en condiciones de vivir. Pero, de veras, ¿te gusta tanto Eugenia?

ENRIQUE

Sí, chico; me trae loco; es la única mujer por quien yo haría cualquier disparate.

RICARDO

No tantos, por lo visto, cuando no te decides al del matrimonio.

ENRIQUE

No, eso no; el matrimonio me asusta; no tengo carácter para soportar aunque no sea más que las atenciones sociales a que se obliga uno con el matrimonio.

RICARDO

No serían tantas como las que ahora te impones, a ti que te gustaba tanto viajar, ir de un lado para otro; te dispones a pasar aquí todo el verano, sin ir a más sitios que donde crees que puedes encontrarte con ella. Pues te advierto que si no has pensado en casarte, aunque yo creo que llegarás a pensarlo, te expones a un disgusto.

ENRIQUE

¿Disgusto?

RICARDO

Sí. Ya sabes que Eugenia está muy protegida... defendida por todos los suyos; se vería entre ellos muy mal que alguien pretendiera la conquista de esta muchacha por medios ilegales. Esta gente, que en apariencia se complace en murmurar unos de otros, en descubrir sus pecados y sus defectos, más por justificar cada uno los propios que por censurar los ajenos, pone el espíritu de clases sobre todo y saben defenderlo cuando les interesa, más también por el prestigio de clases que por el de una persona determinada, y si quien lo pone en peligro no es de los suyos, entonces la defensa se convierte en ofensiva hasta la más sañuda persecución. Ya estás advertido.

ENRIQUE

¿Y no crees tú que Eugenia no pudiera preferir algún día a esa protección de los suyos, que, después de todo, tú lo sabes, todos lo vemos, está pagada a costa de bien tristes humillaciones, otra situación más segura, más brillante, más alegre?

RICARDO

No lo creo. Por muy caídos, por muy arruinados, por muy bajos que estemos, hay siempre en la nobleza, como en los reyes, algo que es de derecho divino, valores morales que aún tienen un valor entre nosotros.

ENRIQUE

Todo lo que tiene un valor puede tener un precio.

RICARDO

Juzgo por mí.

ENRIQUE

Eso es decirme que yo juzgo por mí, a lo plebeyo.

RICARDO

No, Enrique. Nos juzgas por lo que nosotros mismos podemos hacer creer muchas veces con nuestra conducta. Tú juzgas a Eugenia por su hermano Manolo, al que todos creemos capaz de todo y acaso estemos equivocados. Yo estoy seguro de que, en ocasión decisiva en su vida, Manolo tal vez nos sorprendería mostrándose digno de su noble linaje.

ENRIQUE

(_Distraído, mirando al salón._) Es posible.

RICARDO

Sí; es ella, ella, que está con Guillermina Valladares y con María Antonia Santonja. Anda, vamos; no estás deseando otra cosa.

ENRIQUE

Si te dijera que hasta ahora no he sabido lo que era desear a una mujer.

RICARDO

Eugenia. Pues no lo pienses, cásate; a ti, con tu dinero, ¿qué puede importarte el matrimonio? Un capricho más que te pagas; nunca es caro un capricho. (_Entran en el salón._)

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

¿De veras no se ha aburrido usted con mi charla?

EL HOMBRE INSOCIABLE

Nada de eso; ha sido usted mi Virgilio, al penetrar por primera vez en mi vida en estos círculos dantescos que ni aun merecen el nombre de infernales.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Nada de eso; entre el limbo y purgatorio, salvo casos excepcionales en que sobre tanta superficialidad se desencadena algún vendaval de pasión y tragedia; pero a usted, hombre de más graves estudios, poco puede interesarle todo esto.

EL HOMBRE INSOCIABLE

¿Por qué no? Nunca he sido hombre de sociedad, y al lado de usted bien puedo parecer el hombre insociable; pero me intereso por todo, y para abismar nuestro pensamiento en el infinito misterio de todo lo creado, lo mismo es la contemplación de esta inmensidad del mar y del cielo que contemplar un hormiguero o, sobre la lente de un microscopio, el pulular de millares de infusorios en una gota de agua: todo abisma y confunde por igual.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Pues entre las hormigas y los infusorios podemos colocar a las gentes de este pequeño mundo.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Y usted, tan admirable observador de todo lo observable, ¿no ha pensado usted nunca en aprovechar sus observaciones?

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

¿Para qué? ¿Para escribir alguna obra literaria? De ningún modo. Detesto esa literatura porteril de menudencias y chismes de sociedad. En general detesto la literatura, y, si me apura usted, todo lo que es arte. El arte solo sirve para los espíritus inferiores. Un espíritu superior labora para él solo su arte; el suyo, que sería incomprensible para los demás; si procura comunicarlo, su arte se empequeñece al ponerse a nivel de los espíritus mediocres. El artista no puede dar la medida de su valor al comunicarse. Poco vale el artista que no vale más que su obra, por perfecta que nos parezca, y no merece el nombre de artista el que no sabe medir su propia grandeza por el desprecio que le inspiran sus obras y el juicio que a los demás les merecen. Y ahora, como limpieza espiritual, ¡contemplemos el mar y la majestuosa serenidad del cielo en esta noche; en el silencio de la contemplación se perderá nuestro pensamiento hasta no sentirnos vivir, hasta olvidarnos de lo que somos, pobres criaturas humanas!

TELÓN

CUADRO SEGUNDO

Un telón oscuro con estrellas doradas, y como cola de las estrellas todos los colores del Iris. _El ladrón de sueños_, vestido de farolero fantástico; en la mano el palo de encender.

LADRÓN

La noche es mi reino, y en la noche las almas, al sumergirse en el profundo mar del sueño, entre sus sombras, exploran la verdad de su vida, como los submarinos al sumergirse bajo las aguas turbulentas observan más seguros la ruta de los barcos sobre ellas navegantes. Y en este reino de la noche, poblado de almas en letargo, soy el Ladrón de sueños, minador de luz, captador de verdades, tesoros que los hombres, más cobardes que avaros, ocultan y guardan hasta de sí mismos, sin pararse a contarlos, sin querer saber de ellos, aunque yo los muestre a sus ojos, más cerrados despiertos que dormidos. Como en las noches de la ciudad, de calle en calle va el farolero rasgando la oscuridad con pinchazos de luz, así yo por la ciudad de los sueños rasgo de claridad las almas que, a la luz de sus sueños, pudieran conocerse y saber de sí mismas si el despertar no fuera para ellas caer en sueño más profundo: el de no querer saber nunca la verdad de su vida. Hoy se ha entrado la ciencia por mis dominios con gran aparato investigador; mas, como siempre, antes que los hombres de ciencia supieron los poetas las verdades del misterioso abismo de mi reino. Como los cuerpos, para su descanso, se desnudan de vestiduras al acostarse, también al dormir para soñar se desnudan las almas, y si pudieran así hablar y entenderse unas con otras, nadie se engañaría en la vida. Una mujer y un hombre van a hablarse así ahora, sin saber ellos mismos que hablan ellos, desnudas sus almas en la desnuda verdad de sus deseos. Al despertar lo habrán olvidado todo; volverán al engaño, a la mentira, entre sospechas y traiciones, entre miedos y sombras. Animador de luz, captador de verdades, la noche es mi reino; soy el Ladrón de sueños.

MUTACIÓN

CUADRO TERCERO

Se descorre la cortina, y sobre un fondo negro, solo visibles y apenas iluminados los rostros de las figuras, aparecen Eugenia y Enrique.

EUGENIA

Cuando nos encontramos en sociedad me dices siempre: «No parece sino que huyes de mí».

ENRIQUE

Te haces desear.

EUGENIA

Sí; eso es lo que tú piensas, lo que tú crees: coquetería, habilidad, ¿no es eso? Y como tú lo creerán todos.

ENRIQUE

Y haces bien. Tú sabes que yo te quiero; procuras hacerte querer como tú quieres.

EUGENIA