Chapter 3 of 5 · 3998 words · ~20 min read

Part 3

Si, todo fue así. ¿Pero tú estás seguro?

DAMIÁN

¿Estás tú seguro de mí?

ENRIQUE

Es la primera vez en mi vida que quisiera no estarlo, que casi preferiría dudar de ti, de cualquiera.

DAMIÁN

(_Sacando un sobre del bolsillo._) ¿Era este el sobre en que dejaste los billetes?

ENRIQUE

Un sobre blanco.

DAMIÁN

Un sobre de estos, ¿como el que has encontrado en lugar del otro?

ENRIQUE

Sí, de estos era... Este es. (_Viendo el que tiene Damián._) ¿Entonces es que tú?... ¿Cómo está este sobre en tu poder?... ¿Es que...?

DAMIÁN

No, no es lo que te figuras; yo no hubiera tomado nunca ninguna determinación sin contar contigo.

ENRIQUE

Te lo agradezco. ¿Entonces?...

DAMIÁN

Verás: sin que ellos pudieran notarlo yo salí detrás de ellos, dispuesto a seguirles, fueran donde fueran; más que nada quería saber si la cosa estaba tramada entre los dos o había sido solo el señorito Manolo.

ENRIQUE

Hubieras hecho un buen policía. ¿Y ahora sabes?...

DAMIÁN

Asuntos más difíciles han andado a mi cargo. Si viviera tu padre, él podría decírtelo.

ENRIQUE

Sé que tenía en ti confianza absoluta, la misma que yo tengo; solo por eso puedo creer lo que me dices; pero es horrible llegar a eso, a robar así, a mansalva, contando con que antes se sospecharía de cualquier pobre criado que del amigo.

DAMIÁN

Desde que faltaron el alfiler y la pitillera sospechaba yo del señorito Manolo; no quise decirte nada porque, como a ti, me parecía imposible; no, imposible no hay nada; ha visto uno tanto, me parecía que sería desagradable para ti, que te costaría un disgusto, como ahora.

ENRIQUE

Como ahora, no lo sabes tú bien. Bueno, ¿les seguiste y...?

DAMIÁN

Verás: el señorito Manolo se separó del señorito Isidoro; debió poner un pretexto muy mal urdido, porque el señorito Isidoro se reía con sorna, como si no creyera lo que el otro le estaba diciendo; ello fue que se separaron, y el señorito Manolo empezó a andar y a andar de una calle a otra, como quien no sabe qué hacer ni por dónde tirar; yo ya estaba desesperado de poder averiguar nada más, y tuve que hacerme mucha fuerza para no echarme sobre él y no mandarle detener por ladrón; tuve que acordarme de muchas cosas y pensar en ti mucho.

ENRIQUE

Hiciste bien, Damián, hiciste bien.

DAMIÁN

De pronto pareció que tomaba alguna resolución y echó a andar más aprisa y a mirar a un lado y a otro, y por fin entró en una casa de cambio de muy mal aspecto, una que hay en la esquina de esa calle de escalerillas, que baja al puerto de pescadores; yo, desde enfrente, procurando que no me viera, observé toda la operación; cambió unos billetes de mil pesetas por billetes franceses. Al salir estaba muy pálido y se llevaba una mano al pecho, como si le costara respirar.

ENRIQUE

Lo comprendo. Casi le tengo lástima.

DAMIÁN

Ya lo sabía yo. Muy práctico se ve que no está todavía. Dejé que desapareciera y entré en la casa de cambio, pregunté al dueño si conocía al señor que acababa de salir; me dijo el hombre, judío de lo más puro, que no le había visto nunca ni sabía quién pudiera ser; me dijo que había cambiado diez mil pesetas en francos, y ya al salir, dejando a mi hombre muy escamado, delante del mostrador vi el sobre que el señorito Manolo había cometido la imprudencia de tirar, después de guardarse el dinero en su cartera; lo recogí, y presentándoselo al hombre: «Haga usted el favor de poner alguna contraseña en este sobre», le dije. ¡Vieras su cara! También él debió ver la mía, y sin chistar echó esta rúbrica y puso este sello, «el de la casa», me dijo. Quería que yo le explicara; yo me limité a decirle que estuviera tranquilo, que su dinero no lo perdería, y el hombre me acompañó hasta la puerta haciendo reverencias. Esto es todo; ya lo sabes; ahora tú verás. ¿Cuánto era el dinero?

ENRIQUE

Treinta mil pesetas; acababa de cobrarlas.

DAMIÁN

Es un pico.

ENRIQUE

Lo de menos es el dinero.

DAMIÁN

Pues el amigo no vale tanto. ¿Guardas el sobre?

ENRIQUE

Sí. Ahora mismo telefonea al señorito Ricardo a su casa, ya sabes.

DAMIÁN

¿A su verdadera casa?

ENRIQUE

Sí, a su casa; anoche le dejé allí. De mi parte, que venga en seguida, en seguida; es el único en quien tengo confianza.

DAMIÁN

Por si acaso, cierra el mueble.

ENRIQUE

No, ese no.

DAMIÁN

Con gente de todas clases andaba tu padre; pero si él viera con la gente que tú andas ahora...

ENRIQUE

No digas disparates.

DAMIÁN

Queda entre nosotros; ya sabes que delante de gente nadie te trata con más respeto; eso sí, perro fiel siempre; le debo la vida a tu padre y yo no he comido desde chiquillo más pan que el de tu casa; pero delante de gente, para mí eres el señor, don Enrique, de usted y hasta de usía, si quieres, y de vuecencia si llegara el caso; yo sé estar en todo. Y no te lleves ningún disgusto; bueno es que sepas a quién tratas y quién es cada uno. Aprender nunca es caro.

ENRIQUE

Anda, anda, haz lo que te he dicho, avisa al señorito Ricardo; si está dormido, que le despierten, que le necesito en seguida.

DAMIÁN

Descuida; si es preciso voy yo mismo y le traigo. (_Sale Damián. Enrique mira el sobre, vuelve a mirar en el mueble. Damián vuelve a entrar y anuncia._) El señorito Isidoro.

ENRIQUE

Que pase en seguida. Entra, Isidoro, entra. Anda, Damián. (_Sale Damián._) (_A Isidoro._) Siéntate, has venido muy temprano.

ISIDORO

A las nueve, como te dije.

ENRIQUE

Es verdad, quedaste en venir a las nueve.

ISIDORO

¿No te acordabas ya?

ENRIQUE

Sí, ¿no había de acordarme? ¿Has visto a Manolo?

ISIDORO

Ahora le dejo; no nos hemos acostado en toda la noche, sin parar en ninguna parte, paseo arriba, paseo abajo. Está loco.

ENRIQUE

Sí, debe estarlo; de otro modo, no... (_Se calla de pronto._)

ISIDORO

¿Qué ibas a decirme?

ENRIQUE

Nada, nada. ¿Es tan grave lo que le ocurre?

ISIDORO

Muy grave; de no serlo, nunca me hubiera atrevido a molestarte; ya nos has hecho bastantes favores; pero no quieras saber; ese Manolo ha firmado todo lo que le han exigido: hay firmas falsificadas, recibos de alhajas y valores en depósito... ¡El delirio! Hay para ir del juzgado a la cárcel en veinticuatro horas. Luego, sobre no pagar, ha querido echarlo a lo bravo, y ha maltratado de palabra y creo que hasta de obra al hombre de los documentos, que, claro está, ya no hay quien le amanse; no sé si aun con las cinco mil pesetas podremos arreglarlo; en fin, de eso yo me encargo. Manolo es imposible; con echar por delante su nombre y su caballerosidad; y en estas cuestiones y con esa gente figúrate si hay nombre ni caballerosidad que valgan.

ENRIQUE

Sí, su nombre, su caballerosidad...

ISIDORO

No ha aprendido a tratar con los usureros, que, después de todo, no es tan mala gente. Yo los tengo que, vamos, se dejarían matar por mí; cuestión de coba fina: les convido a comer de cuando en cuando, me los llevo de excursión en el auto, no vuelvo una vez de viaje que no les lleve algún recuerdillo. En el auto he conseguido yo grandes rebajas en los intereses, gracias al acelerador. Manolo no sabe llevar estos asuntos, con su carácter... En fin, vamos a sacarlo del apuro cuanto antes, porque está en un estado... ¡Qué nochecita!

ENRIQUE

Oye: Manolo jugó ayer y perdió bastante. ¿Tú sabes lo que perdió, poco más o menos?

ISIDORO

No ha querido decírmelo. Jugó en el Casino y luego en Posilipo; confiaba en una buena racha para salvar la situación. Por cierto que tuvieron un disgusto, una discusión por una jugada.

ENRIQUE

Sí, ya sé. ¿De modo que perdió todo lo que tenía? Porque tenía bastante para haber pagado, según mis noticias.

ISIDORO

Eso no sé.

ENRIQUE

Sí, por la tarde tenía en su poder treinta mil pesetas.

ISIDORO

¿Tú crees?

ENRIQUE

Estoy seguro; las mismas que faltan aquí. (_Sacando el sobre._)

ISIDORO

¿Qué dices?

ENRIQUE

Recuerda que estabais aquí cuando yo llegué de Bilbao, en donde había cobrado ese dinero; recuerda que saqué los billetes de la cartera y los metí en este sobre, que dejé en ese mueble, y en seguida entré en mi cuarto para vestirme, y dejé el mueble abierto, porque, naturalmente, estando vosotros aquí me parecía una indelicadeza cerrarlo delante de vosotros. Después, ya lo sabes: Manolo se apoderó del sobre, que, como ves, ha vuelto a mis manos, con el sello de la casa en donde cambió parte del dinero.

ISIDORO

No, no es verdad; no puedo creerlo; eso no.

ENRIQUE

¿Tú crees que me atrevería a decirlo, a pensarlo siquiera, si no estuviera seguro de ello?

ISIDORO

Yo te digo que no es verdad, que no puede serlo; no lo creo aunque me lo jures.

ENRIQUE

¡Isidoro!...

ISIDORO

¿Qué?...

ENRIQUE

¿No basta que yo lo diga, que yo lo afirme? ¿Qué crees de mí entonces, si me crees capaz de semejante acusación sin la certeza, la evidencia de que es verdad?... ¿Qué crees de mí?...

ISIDORO

Creo... No sé, perdona; de ti no creo nada; pero menos puedo creer que sea verdad lo que dices; alguien te ha engañado, alguien te ha hecho creer... No, eso no puede ser. Ahora mismo traigo a Manolo, y delante de mí vas a repetir lo que me has dicho; que él lo oiga, que él lo sepa, que pueda defenderse; no puedes negarle ese derecho.

ENRIQUE

Eres un buen amigo, Isidoro; pero temo que tu buena amistad va a tener un cruel desengaño. Está bien, sí, trae a Manolo; es lo mejor. Yo, por mi parte, he avisado a Ricardo; juntos podemos hablar, en la seguridad de que cuanto hablemos aquí no saldrá de nosotros. Comprenderás que yo no voy a ser inexorable, que de antemano he perdonado.

ISIDORO

Es que yo no creo que tengas nada que perdonar.

ENRIQUE

No vas a tardar en saberlo. Anda, trae en seguida a Manolo Castrojeriz.

ISIDORO

Sí, sí; pero yo no le diré nada; has de ser tú, tú mismo quien le digas lo que me has dicho a mí.

ENRIQUE

Lo mismo; puedes estar seguro.

ISIDORO

Está bien. Hasta ahora. (_Sale. A poco entra Damián._)

DAMIÁN

El señorito Ricardo, que viene en seguida. ¿Le has dicho a este...?

ENRIQUE

Sí, no puede creerlo.

DAMIÁN

Lobos de una camada.

ENRIQUE

Ahora volverá con el otro.

DAMIÁN

¿Con el señorito Manolo?

ENRIQUE

Sí.

DAMIÁN

¿Y qué vas a decirle?

ENRIQUE

Qué voy a decir... Lo que él pueda decir es lo que importa.

DAMIÁN

El negará de todas maneras; pero a mí, no; a mí no podrá decirme que no es verdad todo lo que he visto, lo que ya sabes. (_Viendo entrar a Ricardo._) Aquí está el señorito Ricardo.

ENRIQUE

Hola, Ricardo.

RICARDO

¿Qué te ocurre?

ENRIQUE

Algo muy grave, muy desagradable que no va a sorprenderte. Recuerda que anoche mismo me preguntabas si Manolo Castrojeriz me había pedido dinero en estos días.

RICARDO

Sí.

ENRIQUE

Que tú sabías que anoche había jugado fuerte en el Casino y en el Posilipo, y no podías explicarte de dónde había sacado el dinero.

RICARDO

Exactamente.

ENRIQUE

El dinero era mío.

RICARDO

Ya decía yo.

ENRIQUE

No, tú supones que me lo hubiera pedido; no podías sospechar que lo hubiera robado.

RICARDO

¿Eh?

ENRIQUE

Robado, sí, robado. Damián te dirá lo que él ha visto, lo que él sabe. (_A Damián._) Díselo todo. Voy a escribir unas cartas urgentes, unos telegramas, perdona un momento; Damián te contará.

RICARDO

¡Ese Manolo! No me sorprende, dices bien; pero nunca le creía capaz de una cosa así.

ENRIQUE

Escucha, escucha.

DAMIÁN

Verá usted: (_Mientras Enrique escribe, Damián habla con Ricardo; por sus gestos y ademanes se ve que refiere lo mismo que ha referido antes: escena muda que queda encomendada a los actores. Cuando se crea oportuno entran Isidoro y Manolo, que se quedan parados sin atreverse a entrar, hasta que Enrique deja de escribir y repara en ellos._)

ISIDORO

Aquí nos tienes.

ENRIQUE

(_A Damián._) Estas cartas y estos telegramas; manda a cualquiera y vuelve aquí en seguida, puedo necesitarte. (_Sale Damián y entra a poco._)

MANOLO

(_A Enrique._) Me ha dicho Isidoro que tenías que decirme algo, tú dirás.

ENRIQUE

Ven aquí; sí, es verdad, tenía que decirte algo y no sé cómo decirlo; yo quisiera que fueras tú el que lo dijeras todo, que tuvieras ese buen impulso. (_A Isidoro._) ¿Tú no le has dicho nada?

ISIDORO

Nada, ya te dije que habías de ser tú quien le repitiera delante de mí lo mismo que me has dicho antes.

ENRIQUE

Sí, sí.

MANOLO

¿Pero qué pasa? ¿Qué caras tenéis todos? ¿Qué sucede?

ENRIQUE

No, Manolo, así no; eres tú el que, antes que nosotros lo digamos, debes confesarnos la ligereza, ya ves que no la califico de otro modo, la ligereza que has cometido sin pensar, estoy seguro; un momento que lo hubieras pensado...

MANOLO

¿Pero qué dices? ¿De qué me hablas? No entiendo, no quiero entenderte. ¿De qué se me acusa?

ENRIQUE

¿Lo ves? Eres tú el acusado, y más parecemos nosotros los culpables; por eso puedes comprender la violencia que me cuesta decirte lo que ya debías haber tú dicho. Los tres somos amigos tuyos, los tres te queremos a pesar de todo...

MANOLO

¿A pesar de qué? ¡Basta! ¿De qué se me acusa? ¿Qué tienes qué decirme? ¡Pronto!

ENRIQUE

(_A Ricardo._) ¿Estás viendo?

ISIDORO

Tienes razón; no se acusa a nadie por sospechas, por indicios.

ENRIQUE

¿También tú? Pues bien; habrá que decirlo todo. Ven aquí, Damián: ¿Qué has visto tú? ¿Qué sabes? Dilo todo.

MANOLO

¡Ah! Es un criado, ¿un criado tuyo el que va a acusarme? ¿Y crees que voy a consentirlo?

ENRIQUE

Es lo mismo. Damián, que no es un criado, es una persona de toda confianza, que ha vivido en mi casa toda la vida.

MANOLO

En tu casa, ¡es una garantía!; en la casa de tu padre, una caverna de ladrones y contrabandistas.

ENRIQUE

(_Va a arrojarse sobre él._) ¿Qué dices?

DAMIÁN

(_Sujetándole._) Deja, Enrique.

RICARDO

(_Sujetando a Manolo, que también va a arrojarse sobre Enrique._) ¿Qué vas a hacer tú?

ISIDORO

Tiene razón: le insultan, se defiende.

ENRIQUE

Pues bien; ya no diré nada. (_A Damián._) No digas nada tú tampoco. Ya no eres para mí el amigo: eres el ladrón que abusa de la confianza del amigo y a quien se trata como a un ladrón.

MANOLO

(_Arrojándose sobre Enrique._) ¿Qué estás diciendo, miserable?

ENRIQUE

(_Forcejeando con él y sujetándole._) Miserable tú, ¡canalla!

DAMIÁN

Enrique.

RICARDO

Vamos. (_A Isidoro._) Llévatele.

ISIDORO

Vamos, sí, vamos; pero comprenderás...

RICARDO

Luego, luego hablaremos más en calma; ahora salid los dos.

ISIDORO

¿Pero es que tú crees?

RICARDO

No creo nada, todavía no creo nada.

MANOLO

Y será él quien diga que no puede batirse conmigo.

ENRIQUE

Claro está que no. ¡No faltaría otra cosa! Es en otro lugar donde los dos responderemos de todo: yo, de mis palabras; tú, de tus hechos.

MANOLO

Piensa lo que vas a hacer.

ENRIQUE

Antes debías haberlo pensado tú. ¡Fuera de aquí, fuera!

ISIDORO

(_Llevándose a Manolo._) Vamos, vamos. (_Salen Isidoro y Manolo._)

ENRIQUE

(_A Ricardo._) ¿Has oído a Damián?

RICARDO

Sí.

ENRIQUE

¿Estás convencido de que todo es verdad?

RICARDO

Sí, Enrique, por desgracia, lo creo; creo que todo es verdad.

ENRIQUE

Tú sabes que yo estaba dispuesto a perdonar; tú sabes que el dinero era lo que menos significaba para mí, que solo quería que él me hubiera confesado su falta, que se hubiese arrepentido, y ya has visto: su orgullo, su soberbia de raza han podido más que todo; ya lo has oído.

RICARDO

Sí, Enrique.

ENRIQUE

Ahora comprenderás que tengo razón para todo.

RICARDO

Sí, Enrique; pero cuando se tiene razón es cuando es más fácil y más noble perdonar.

ENRIQUE

No, eso sí que no, no. También yo tengo mi orgullo de raza, la mía, esa que él me echaba en cara. Quiero demostrarle que tenía razón, ya ves si soy generoso, que tenía razón, que procedo de esa caverna de ladrones y contrabandistas, como él ha dicho. Figúrate mi orgullo, mi satisfacción cuando haya demostrado a todos que un Castrojeriz, un noble de más ilustre prosapia, es igual a los míos, ¡igual a mí!... ¡Ya ves qué alegría!... ¡Ya ves!...

TELÓN

CUADRO OCTAVO

El cuarto de Manolo en una modesta pensión.

Entran _Manolo_ e _Isidoro_.

MANOLO

¿Por qué me traes? Necesito andar, andar hasta caer rendido. ¿No ves que aquí encerrado voy a volverme loco? Déjame salir, déjame.

ISIDORO

No, Manolo, no sales. ¿Para qué? ¿Para seguir bebiendo? Siéntate aquí; vamos, Manolo.

MANOLO

Y no poder matarle, no poder matarle.

ISIDORO

No, no puedes matarle, no podéis mataros. Vamos, escúchame; atiende, hazme ese favor; por lo que más quieras, escucha.

MANOLO

Sí, sí.

ISIDORO

No dudarás que yo soy tu amigo, suceda lo que suceda; ya has visto que me he puesto de tu parte contra Enrique, contra Ricardo, que no parecía muy convencido; ahora ya los dos solos, vas a decirme la verdad, la verdad, Manolo; mira que ya me asusta lo que has hecho. Sí, Enrique tiene razón; tú no sabes que era él quien me había ofrecido las cinco mil pesetas que habían de librarte por lo pronto de ese hombre; que a eso fui a su casa esta mañana, y entonces fue cuando me dijo lo que ya sabes, lo que has oído, lo que él cree, y comprende que no se afirma una acusación semejante sin un convencimiento, sin una seguridad. Aunque no fuera cierta, bastaría con que se sospechara para que todas las apreciaciones estuvieran en contra suya. Todo el mundo sabe que ayer jugaste fuerte y perdiste un dinero que nadie se explica de dónde has podido sacarlo. ¿Podrías explicarlo? La misma vehemencia con que te has anticipado a rechazar una acusación que aún no era terminante, nada te favorece. Yo no he podido hacer más que aparentar, aparentar a pesar mío que no podía creerlo; pero ahora ya estoy pesaroso si al ponerme de tu parte, con mi actitud he agravado la indignación de Enrique, al que has ofendido con agravios de esos que nunca se perdonan porque nunca pueden olvidarse, y ofensa que no se olvida, no se perdona nunca... Ahora hay que esperarlo todo, hay que temerlo todo.

MANOLO

(_Rompe en llanto de desesperación._) Sí, sí; tienes razón; es verdad: soy un miserable, un canalla. ¿Qué he hecho yo? ¿Qué he hecho yo?

ISIDORO

¿Era verdad? Entonces, ¿por qué no se lo confesaste todo a Enrique? Y aunque hubieras negado, ¿por qué insultarle, por qué ofenderle todavía?

MANOLO

¿Qué quieres? Cuando uno comete una canallada y a pesar de haberla cometido, la verdad es que no es uno un canalla, al oírse acusar por los demás hay algo que se revuelve, que se rebela en todo uno: es que al oírlo ya nos parece mentira; es cuando se comprende que no ha debido ser, cuando nos parece que no ha sido, y así me pareció a mí; si te dijera que yo creía en mí al rebelarme contra la acusación, que era sincero al defenderme, porque ese era yo, el que se defendía, el que creía en mí; el que hizo lo que hice era otro, era otro. ¿Cómo he podido serlo? ¡Estoy loco! Creí que podía salvarlo todo, que podría restituir... Tú lo sabes: yo no soy un canalla; yo no soy malo; yo no había nacido para ser esto, esto...; ¡un ladrón..., un ladrón miserable!

ISIDORO

Vamos, Manolo; hay que ser hombre, hay que pensar con serenidad.

MANOLO

¡Pensar!... Ya lo tengo pensado.

ISIDORO

¿El qué?... ¿Matarte? Sí, es una solución. ¿Y tu hermana? ¡Tu pobre hermana!

MANOLO

Para mi hermana sería un bien perderme para siempre.

ISIDORO

No digas eso.

MANOLO

Estoy seguro de que si Enrique no ha pensado en casarse con ella ha sido por mí; que es por mí por quien ha creído posible conseguir a mi hermana de otro modo. Y ahora, ¿cómo podrá comprender él?... ¿Cómo podrás comprender tú, cuando anoche mismo me decías: pídele a Enrique, y yo te decía que a Enrique de ninguna manera, sabiendo que pretendía a mi hermana? ¿Cómo podrás comprender que el mismo que tenía la delicadeza de no querer pedirle nada, momentos antes le había robado? ¡Este orgullo nuestro, que solo estima nuestras acciones por lo que de ellas puedan pensar los demás!... Yo confiaba que nadie supiera que yo había robado, aunque yo lo supiera siempre, y temía en cambio que alguien supiera que Enrique me había dado dinero.

ISIDORO

Y ese hombre, que esperaba...

MANOLO

¡Ya! ¿Qué importa, qué importa nada?

ISIDORO

¡No, Manolo, no; no pienses locuras; no pienses en matarte! ¡Júrame que no harás una locura, júralo por la memoria de tu madre!

MANOLO

Sí, sí. ¿Pero ya qué puedes tú hacer por mí?... ¿Qué puede hacer nadie?

ISIDORO

¿Qué sabemos? Enrique... Yo aún confío; en el fondo es un buen muchacho; ha sido nuestro amigo; yo hablaré antes con Ricardo; espérame aquí, no saldrás de aquí hasta que yo vuelva. Mira, si nada se consigue, si Enrique es inexorable, como debemos temer, entonces...

MANOLO

Sí, entonces ya sé lo que tengo que hacer.

ISIDORO

Espérame aquí.

MANOLO

Sí, te esperaré; entretanto escribiré unas cartas.

ISIDORO

Déjate de cartas, ¿qué cartas ahora? Reza, será mejor; reza mientras yo vuelvo; reza como rezábamos de niños; no digas que lo has olvidado, y si no recuerdas más oraciones di con toda tu alma: «¡Dios mío!... ¡Madre mía!...». ¿Qué mejor oración? Con eso basta.

MANOLO

Dios mío... Madre mía... (_Rompe a llorar, pero ya sin desesperación._)

ISIDORO

Así, así. Bueno es que llores. Espérame, espérame. (_Sale._)

TELÓN

CUADRO NOVENO

La habitación de Eugenia, lo mismo que en el cuadro sexto.

DONCELLA

(_Dentro._) Señorita Eugenia, señorita Eugenia.

EUGENIA

(_Detrás de un biombo que figura ocultar el lecho._) ¿Quién?

DONCELLA

Soy yo, Filomena.

EUGENIA

Voy en seguida. (_En salto de cama o deshabillé sale y va a abrir la puerta._)

DONCELLA

Usted perdone, señorita Eugenia; ¿la he despertado a usted?

EUGENIA

No, no dormía. ¿Qué ocurre?

DONCELLA

El señorito Isidoro desea ver a usted.

EUGENIA

Que pase en seguida. Eso es que le ha ocurrido algo a mi hermano... Venir así a estas horas... ¡Dios mío!...

DONCELLA

No se asuste usted, señorita. Voy corriendo. (_Sale la doncella. Eugenia se dirige a la puerta y espera con ansiedad a Isidoro. Entra Isidoro._)

ISIDORO

Hola, Eugenia. Perdona...

EUGENIA

¿Qué ocurre? Es a Manolo, ¿verdad? ¿Qué le sucede?

ISIDORO

No te asustes; vas a saberlo todo; no le ocurre nada; verás...

EUGENIA

Dímelo todo por malo que sea. Si anoche mismo hablábamos de él y todos temíamos que algo le hubiera sucedido. Anoche jugó, ¿verdad?

ISIDORO

Sí, hoy tenía que pagar una cantidad; le amenazaban con un escándalo si no pagaba; jugó por ver si conseguía ganar ese dinero que necesitaba, y al mismo tiempo podía restituir lo que había pedido para jugar.

EUGENIA

¿Que había pedido dinero?... ¿A quién?

ISIDORO

Verás, fue una locura; por la tarde estuvimos en casa de Enrique...

EUGENIA

¿Ha sido a Enrique a quien ha pedido el dinero?

ISIDORO

Peor, Enrique había dejado en un secreter una cantidad, el secreter estaba abierto...

EUGENIA

¿Eh?... ¿Y mi hermano?...

ISIDORO

Sí.

EUGENIA

¡No, no es verdad; eso es una infamia de Enrique!... ¿Quién lo ha visto?... ¿Qué pruebas hay de que es verdad?

ISIDORO

Soy el primero en lamentarlo, Eugenia; por desgracia, es verdad; todo le acusa: le siguieron, le vieron cambiar parte del dinero, hubo quien recogió el sobre que lo contenía... No es posible dudar.

EUGENIA

¡Dios mío!... ¡Madre mía!...

ISIDORO