Chapter 2 of 5 · 3995 words · ~20 min read

Part 2

Que no es como tú piensas. Tú crees que toda mi aspiración es el matrimonio, ¿y qué mejor partido que tú? Tú, por tu parte, piensas que para conseguirme basta con tu dinero, sin comprometer tu libertad, y esto, que debía ofenderme como una insolencia, me admira como una valentía; siempre nos admira el valor de que no somos capaces. Sí; en ti es una valentía pretender que yo, una Castrojeriz, pueda ser para ti lo que tantas mujeres cotizables; valentía y desinterés, porque mi nobleza bien vale tu dinero, y en tu afán de figurar en sociedad nada perderías con hacerme tu esposa; pero prefieres tu independencia, no deber a nadie tu situación en sociedad; eres orgulloso. Yo también. Es difícil que podamos entendernos.

ENRIQUE

¿Difícil?... ¿Quién sabe?... Si yo viera rendido tu orgullo, tal vez entonces se rindiera el mío hasta ser esclavo de tu voluntad, si esa voluntad era amor.

EUGENIA

Si yo estuviera segura de rendir tu orgullo al rendirme... Yo he leído, tal vez he soñado, no sé. Era una reina joven y hermosa; reyes y príncipes se disputaban la gloria de reinar a su lado; pero un terrible pirata había logrado hacerse dueño del mar sobre la costa de su reino, y reyes y príncipes, al llegar en sus galeras engalanadas a conquistar un corazón y un reino, eran apresados o puestos en fuga por el pirata de valor temerario. La reina decidió acabar con él, y aprestó todas sus galeras para darle caza; ella misma quiso mandar una de ellas; quería ser ella misma la que trajera cautivo al pirata; pero la galera real más era palacio y jardín que barco de guerra; sus tripulantes más eran galanes cortesanos, músicos y poetas que diestros marinos y aguerridos soldados, y la reina era mal capitán de navío. Perdida la ruta, su galera se halló de pronto, separada de las otras, frente a frente con la galera del pirata, y la reina fue pronto su cautiva, cautiva del pirata, que era en verdad lo que ella había querido, porque en el fondo oscuro de su corazón, donde se ocultan los deseos inconfesables a nosotros mismos, la reina amaba al pirata con toda su alma; pero sabía que una reina no podía ofrecerse a un pirata sin abdicar su dignidad de reina; por eso dejó al azar de la fortuna poder ser su cautiva, que después, en sus brazos, ya contaba ella con su hermosura y su majestad para hacerle, por fin, cautivo suyo. Yo no sé si lo he leído o lo he soñado, pero sé que yo quisiera ser esa reina cautiva del pirata, y, como ella, pedir al azar de la fortuna poder ser tu cautiva, humillado por la violencia mi orgullo; pero ser tuya y que tú nunca seas mío, eso no, eso no; por eso huyo de ti, porque te quiero.

ENRIQUE

Yo no puedo creer en cariño que pone condiciones para rendirse. Rinde tu orgullo, y acaso se rinda el mío.

EUGENIA

No es tiempo de leyendas. Hay en mí sangre de reyes; hay en ti sangre de piratas; mi sangre empobrecida de una raza decadente acaso busca en la tuya la sangre de mis lejanos antepasados, que, como los tuyos cercanos, fueron también piratas y bandoleros rudos y fuertes; pero hoy la fuerza es el dinero, el signo de todo poderío, y rendirse al dinero es siempre humillación. Nadie puede creer en orgullo que se rinde al dinero; si yo me rindiera al tuyo, dejarían de creer en mí.

ENRIQUE

Es verdad.

EUGENIA

Ya lo ves; como yo dejaría de creer en ti si dejaras de creer, en tu orgullo, que una Castrojeriz puede venderse a tu dinero sin hacerla tu esposa.

ENRIQUE

Debemos separarnos para siempre.

EUGENIA

No, eso no; la vida... Acaso yo he soñado.

ENRIQUE

Yo deseo.

EUGENIA

Yo espero.

ENRIQUE

¡La vida!

EUGENIA

Acaso... (_Se van perdiendo las figuras en la oscuridad y la voz alejándose con ellas._)

CUADRO CUARTO

Se descorre el fondo y aparece una parte de la terraza del primer cuadro sin el barandal.

_Eugenia_, _Guillermina_, el _Marqués_ y la _Marquesa de Valladares_, _Enrique_ y _Ricardo_.

MARQUESA

Sí, ya nos retiramos; es muy tarde y está esto muy aburrido, como siempre.

EUGENIA

(_A Enrique._) No le he visto a usted en toda la noche.

ENRIQUE

Yo creía que no había usted querido verme; yo sí la he visto a usted, pero no parece sino que huye usted de mí.

EUGENIA

Solo se huye por odio o por miedo; yo no tengo por qué odiarle a usted, y menos por qué temerle. ¿No han visto ustedes a mi hermano? ¿No le has visto, Ricardo?

RICARDO

Si, aquí estaba; le vi con Isidoro.

MARQUÉS

Tengo yo que hablar con Manolo muy seriamente; frecuenta unas amistades...

EUGENIA

Sí, ya me lo han dicho. Harás bien en reñirle; a mí no me hace caso.

MARQUESA

(_A Enrique._) ¿Todavía aquí mucho tiempo?

ENRIQUE

Sí, ya todo el verano.

MARQUESA

¿No se aburre usted? ¿No encuentra usted que está esto muy aburrido este año? Mucha gente, demasiada gente; pero una gente especial.

ENRIQUE

Sí, para quien no tenga algún interés.

MARQUESA

¡Ah! Usted sí le tiene. Entonces comprendo. ¿Reservado? No lo creo; ahora que yo soy tan poco observadora; pero no tardarán en decírmelo: el amor y el dinero... Y el amor con dinero, que es el caso de usted.

ENRIQUE

No hablemos de dinero, marquesa; cuántas veces es un estorbo.

MARQUESA

No lo crea usted; nunca. Hasta siempre, Enrique, Ricardo... (_Despidiéndose._)

ENRIQUE

(_Saludando._) Marquesa... Guillermina, me debe usted una explicación.

GUILLERMINA

¿Yo?...

ENRIQUE

Sí, de unas palabras misteriosas.

GUILLERMINA

No las dé usted importancia.

ENRIQUE

(_Despidiéndose._) Eugenia...

EUGENIA

Adiós, Enrique. (_Salen todos, menos Enrique y Ricardo._)

ENRIQUE

Nos iremos también, si te parece.

RICARDO

Claro que me parece; ya se ha ido ella. Y qué, ¿vas a pasarte así toda la vida? ¿Qué esperas? Sin matrimonio no esperes nada, y este amor de cadete ya va siendo ridículo.

ENRIQUE

Tienes razón. Mañana nos vamos.

RICARDO

¿Mañana?... ¿A que no?

ENRIQUE

Bueno; mañana no es posible; son los partidos de tennis; pero muy pronto, sí, muy pronto. Tienes razón; me estoy poniendo en ridículo.

RICARDO

Oye, ¿te ha pedido dinero Manolo Castrojeriz esta noche?

ENRIQUE

No, hace mucho tiempo que no me ha pedido nada.

RICARDO

Entonces...

ENRIQUE

¿Qué?

RICARDO

Nada; que ha jugado muy fuerte esta noche, y no sé de dónde haya podido sacar el dinero. Después le he visto que hablaba muy acalorado con Isidoro; debe de estar en un mal momento. A propósito, aquí está Isidoro. (_Entra Isidoro._)

ISIDORO

Creí que ya no estaríais aquí, y no sabía dónde podría encontraros a estas horas.

RICARDO

¿Qué te pasa?

ISIDORO

A mí, nada. Oye, Enrique, contra ti vengo.

ENRIQUE

Tú dirás.

ISIDORO

No se trata de mí, es de Manolo; está en un apuro muy grande; habla de matarse; bueno, eso ya no es para creerlo; lo ha dicho tantas veces, pero el caso sí es grave; pueden meterle en la cárcel.

RICARDO

¿Qué te decía yo? Ya me figuraba yo algo.

ISIDORO

No tiene a quién recurrir; ha pedido tanto, y a ti no se atreve, no quiere; él no sabe que he venido a buscarte; pero chico ¿a quién acudía yo? Y ya sabes, con todas sus cosas, yo quiero a Manolo, es como un hermano. ¿Te perturbaría mucho desprenderte de...? Son quince mil pesetas las que necesita; pero con cinco mil podría pararse el golpe; de eso yo me encargo. Y perdona, chico, perdona; abusamos de ti; ahora, ya ves, no es para mí; para mí no te pediría nada. Y que no lo sepa Manolo; yo le diré que... No sé qué voy a decirle, porque cinco mil pesetas, así de pronto, ya sabe él que ningún amigo nuestro las tiene... En fin, ¿puedes salvarnos?

ENRIQUE

Sí, hombre, sí; cuenta con ellas; si quieres ahora mismo, precisamente esta mañana tomé un dinero que necesitaba; vamos a casa y en seguida...

ISIDORO

No, ahora no; es más urgente tranquilizarle, y si supiera que tenía ahora el dinero tendría que pelearme con él porque querría jugárselo. Le he dejado en el Americán; le diré que todo está arreglado, y mañana a primera hora iré yo por tu casa. ¿Tú madrugas mañana?

ENRIQUE

Sí, aquí madrugo siempre.

ISIDORO

¿A las nueve, entonces?

ENRIQUE

Muy bien; a las nueve.

ISIDORO

Pues hasta mañana, y gracias; no esperaba menos; eres grande. Gracias, chico, gracias. Me estaba dando la noche ese Manolo. Adiós, Ricardo. Enrique, otra vez gracias. (_Sale._)

RICARDO

¿Tú crees que no es Manolo el que le ha mandado?

ENRIQUE

Qué sé yo; ¿pero qué más da? Vamos. (_Salen. Se ven pasar a las parejas bailando por el fondo, y al caer el telón la música sigue con estruendo, que se va perdiendo poco a poco hasta levantarse el telón nuevamente._)

CUADRO QUINTO

Gabinete en la villa de los marqueses de Valladares.

_Marqués_ y _Marquesa de Valladares_; _Eugenia_ y _Guillermina_, entrando.

MARQUESA

No me habléis de volver a ese Posilipo. ¿A quién se le habrá ocurrido ponerlo de moda? No puede haber sido más que a Isidoro Casanueva en complicidad con Filo Manzanares, que los dos se habrán hecho pagar el corretaje. Está más aburrido que Palermo y con peor gente que el Corfú, y casi tan mal como el Misukusko. Claro que todo mejor que el Casino.

MARQUÉS

¿Y a mí qué me cuentas? Si eres tú la que no quiere que nos quedemos en casa ninguna noche.

MARQUESA

¿Yo?... ¡Jesús!... Por mi gusto no iría a ninguna parte; voy por estas chicas, porque no se aburran aquí toda la noche con nosotros solos.

GUILLERMINA

Pues, por nosotras... ¿Verdad, Eugenia?

EUGENIA

Figúrate, por mí... Esta noche me estaba cayendo de sueño.

MARQUÉS

¿Tienes mucho sueño?

EUGENIA

Ya no.

MARQUÉS

Pues siéntate aquí con nosotros, y antes de acostarnos vamos a hablar de tu hermano; es preciso que sepas...

EUGENIA

¿Qué vas a decirme? ¡Ya lo sé! Esta noche ha ocurrido algo desagradable en el Casino, ¿verdad? Por palabras sueltas, por conversaciones cortadas de pronto al acercarme yo, con menos disimulo que si hubieran continuado, he comprendido que algo querían ocultarme todos.

MARQUÉS

Es que tu hermano... Sí, esta noche no sé qué ha ocurrido; pero no es esta noche: es siempre. Tu hermano se reúne con una clase de gente; ese Piñuela, inseparable suyo este verano, conocido de todo el mundo como un vividor de la peor especie, que, según dicen, hasta se ha visto en la cárcel más de cuatro veces, y tu hermano se presenta con él en todas partes, y juega con él en sociedad, y yo sé que han tenido que llamarles la atención por descuidos, incorrecciones en el juego, por no decir trampas, y hace unas noches que en la taquilla del Casino cambiaron un billete de quinientas pesetas falso, y no cabe duda que el billete era de ellos: era el único billete español que se cambió aquella noche. Esta noche también han cometido no sé qué incorrección, y parece que la dirección del Casino les ha llamado al orden muy seriamente. No es eso solo: tu hermano juega y pierde, y nunca le falta dinero. ¿De dónde sale ese dinero? Todo el mundo sabe cuáles son vuestras rentas; todo el mundo sabe que vivís atenidos a pensiones, a regalos de vuestros parientes y de algunos buenos amigos de vuestra familia; suponte el mal efecto para cuantos ponen de su parte todo lo posible para que podáis vivir con decoro, saber que tu señor hermano se juega de esa manera un dinero que no puede ser suyo, mío tampoco; por supuesto, a mí ya no se atreve a pedirme; yo supongo que es a Enrique Garcimora a quien le saca ahora el dinero.

EUGENIA

¿Tú crees?...

MARQUÉS

No puede ser a otro, o había que creer en algo peor. Sí, no te quepa duda; es a Garcimora, y tú debes ser la primera en comprender lo que eso te perjudica; en el concepto de Enrique todos vemos, todos sabemos que está muy enamorado de ti; pero su actitud contigo no es nada correcta; no es la actitud del hombre que pretende a una señorita; te pretende como se pretende a una mujer casada o a otra clase de mujeres; lo ve todo el mundo.

EUGENIA

¡Dios mío!...

GUILLERMINA

¡Eugenia!...

MARQUESA

Qué cosas tienes, hombre.

MARQUÉS

Perdona, hija mía; comprenderás que hablo por vuestro bien, por ti sobre todo; no podrás dudar lo que todos te queremos en esta casa, lo que eres para nosotros.

EUGENIA

Sí, sí; si no me dices nada que yo no sepa, en que yo no hubiera pensado antes; pero ¿qué puedo hacer yo? ¿Qué puedo hacer? Yo no tengo autoridad sobre mi hermano; tampoco creo que él sea tan malo; es por ligereza, eso sí; pero yo no le creo capaz de una indignidad. En cuanto a Enrique, sí; dices bien; su actitud conmigo no es la del hombre que pretende honradamente a una mujer honrada. Aunque tuviera motivos para pensar de mi hermano lo que quisiera, de mí no puede haberlo pensado, no ha debido pensarlo nunca; pero si su actitud es incorrecta por lo que calla, hasta ahora nunca lo fue por sus palabras; comprenderás que yo no puedo perder toda la razón al advertirle que su actitud me ofende, cuando él pudiera decir con más razón todavía que mis agravios se habían anticipado a sus ofensas.

MARQUESA

Eso es verdad; él hasta ahora... ¿Y qué sabemos si su actitud no es más bien cortedad, si él no teme que tú, a pesar de todo su dinero, no le creas digno de ti?

MARQUÉS

¿Cómo ha de creerlo? Estos ricachos de ahora no creen que hay nada imposible para ellos, y hay que confesar que entre todos, altos y bajos, les damos sobrado motivo para que lo crean. Ahora, dices muy bien: tú aún no puedes darte por agraviada si solo ha pecado por omisión; claro que tratándose de pretender a una muchacha soltera, no hablar para nada de matrimonio ya es una omisión muy significativa; pero dices bien: hay que esperar, acaso estemos equivocados; si él, por su parte, ha interpretado mal tu actitud, que, naturalmente, había de ser reservada hasta la frialdad, otra cosa hubiera sido para que él se creyera que tú solo veías en él al hombre de dinero, y que sin haberle apenas tratado, sin esperar a conocerle bien, no hubiera más que hablar. De todos modos, el asunto es muy delicado. Yo creo, en mi opinión... ¿Me autorizas para que yo hable con él, como cosa mía, por supuesto, sin decirle que tú...?

EUGENIA

Te agradezco la buena intención; pero temo lo que él pueda pensar de mí; lo que piense, que lo piense por él; que nunca pueda decir, si ha pensado mal, que tuvo razón para pensarlo.

MARQUESA

Eugenia dice muy bien: hasta ahora no hay razón para llamarle al orden; esperemos. Él, claro es que no ha dicho a nadie que quiere casarse contigo, pero tampoco ha dicho que no piense casarse.

GUILLERMINA

Yo estoy segura de que se casará, por lo mismo de que quizás no lo piensa.

MARQUÉS

No sería un mal matrimonio por ningún estilo; todos nos alegraríamos.

EUGENIA

¿Deseas decirme algo más? Estoy rendida de sueño.

MARQUÉS

Sí; todos vamos a acostarnos tardísimo, como siempre. Buenas noches, Eugenia, hija, y perdona si te he dado un mal rato.

EUGENIA

Por Dios, vosotros sí que tenéis que perdonarnos. Hasta mañana a todos.

MARQUESA

Que descanses bien, hija mía. (_Sale Eugenia._) No sé por qué le has dicho nada.

MARQUÉS

Esta misma tarde me decías que era necesario decírselo.

MARQUESA

Sí; pero nosotros éramos los menos indicados; estos muchachos tienen su familia; la familia es la llamada a intervenir en sus asuntos; nosotros bastante hacemos con lo que hacemos.

MARQUÉS

Es que si no fuera por nosotros...

MARQUESA

Sí, al principio la gente promete mucho. Cuando estos chicos se quedaron sin sus padres y en la más completa ruina, todos eran a prometer pensiones, tantos mensuales; pero poco a poco todos han ido desentendiéndose, algunos hasta dándose por ofendidos con cualquier pretexto.

MARQUÉS

Sí, es muy cómodo disgustarse a la hora de soltar los cuartos; cualquier pretexto es bueno para ahorrarse unas pesetas.

MARQUESA

Ello es que los únicos que no hemos faltado a lo que prometimos hemos sido nosotros.

MARQUÉS

No es que me pese; en nuestra clase estamos más obligados que en ninguna otra a dar ejemplo de solidaridad.

MARQUESA

Y Eugenia hasta ahora se lo merece todo.

GUILLERMINA

A propósito, mamá; Eugenia anda muy mal de vestidos de noche; los dos que tiene están ya muy desluciditos.

MARQUESA

Dale el tuyo rosa, que apenas te lo pones.

GUILLERMINA

Me da no sé qué darle mis vestidos usados; esta mañana hemos visto unos modelitos muy monos y baratos; cuatrocientos francos, ya ves. Me compraré yo uno también para que no crea que se lo compramos a ella solo por ser baratos.

MARQUESA

Lo que tú quieras.

MARQUÉS

No he insistido en hablarle de su hermano por no disgustarla y porque ella le defiende en seguida; es que ella no sabe, no puede creer; ¡pero ese Manolo!... Quisiera equivocarme, pero el día menos pensado... Va por mal camino, muy malo.

MARQUESA

Los muchachos, aunque hagan locuras, no pierden nada; no es como las muchachas. Lo mejor que podían hacer los dos hermanos es casarse pronto; sería un descanso para todos. Es lo que trae el favorecer: sin darse cuenta, se impone uno obligaciones y adquiere responsabilidades.

MARQUÉS

Eso sí que no; ¿responsabilidades nosotros? Los dos hermanos ya no son unas criaturas, y Eugenia es juiciosa. ¿Nos acostamos?

MARQUESA

(_A Guillermina._) ¿Tú te pondrás todavía a escribir cartas?

GUILLERMINA

No, esta noche no; estoy muy cansada.

MARQUESA

Pues no has bailado mucho.

GUILLERMINA

No, no me he separado de Eugenia en toda la noche, jugando al escondite por no encontrarnos con Enrique.

MARQUÉS

La verdad, yo no me explico lo que pretende ese hombre. ¿Qué te ha dicho a ti Eugenia?

GUILLERMINA

Eugenia le quiere más de lo que ella misma se figura.

MARQUESA

¿Querer?... Que le convendría mucho casarse con él.

GUILLERMINA

Estás equivocada, mamá; yo creo que le querría aunque no tuviera dinero.

MARQUESA

Si no tuviera dinero, ni le hubiéramos conocido.

GUILLERMINA

Eso es verdad.

MARQUESA

Es una tontería desear que las personas que conocemos fueran de otra manera de como las hemos conocido; porque son lo que son las conocemos, y por lo que son se las quiere o no se las quiere. Buenas noches, hija. Y mañana no me habléis de ningún dancing. ¡Qué aburrimiento! Mejor lo pasamos en cualquier cine. (_Toca un timbre y sale un Criado._) Que apaguen, que se acuesten todos. (_Salen todos, y el Criado apaga las luces y sale._)

TELÓN

CUADRO SEXTO

La habitación de Eugenia. Ventana al fondo.

_Eugenia_, en quimono o deshabillé de noche, sentada, cose el vestido que ha llevado puesto junto a una mesita con neceser de costura y una lámpara con pantalla. Después, _Guillermina_. Se oye cantar en la calle una canción francesa como por un grupo de gente que va algo bebida. Después suena también un gramófono más lejano.

GUILLERMINA

(_Llamando a la puerta._) Eugenia.

EUGENIA

¡Ah! Guillermina, entra.

GUILLERMINA

¿Qué haces?

EUGENIA

Ya lo ves: coso. Está tan pasadita la tela de este vestido...

GUILLERMINA

Mañana vamos a comprarnos uno de los modelitos que hemos visto; es un regalo de mamá.

EUGENIA

No, Guillermina.

GUILLERMINA

No digas nada, porque si no compramos el tuyo no me compran a mí el mío. Me gustan a mí esos modelitos, son una monada.

EUGENIA

¡Qué buena eres!

GUILLERMINA

He querido venir antes de acostarme para saber si no te has disgustado por lo que te ha dicho papá.

EUGENIA

¿Cómo puedo yo disgustarme con tu padre? ¿Cómo puedo yo olvidar nunca lo que en tu casa habéis sido para nosotros?

GUILLERMINA

No hay que hablar de eso. (_Acercándose a la ventana._) ¿Hay todas las noches tanto ruido en esta calle? Como mi cuarto da al jardín, allí no se oye nada.

EUGENIA

En esta calle hay dos o tres cabarets, y hasta muy tarde pasa gente cantando, gente alegre.

GUILLERMINA

Sí debe pasar mucha gente, porque son muchos los que algunas noches han visto pasar a Enrique.

EUGENIA

Saldría de alguno de estos cabarets con amigos.

GUILLERMINA

Los cabarets de esta calle no son para que Enrique los frecuente. Le han visto pasar solo, pasar y pararse delante de esta ventana; sin duda veía luz, si estaban las maderas sin cerrar, como ahora, y acaso esperaba...

EUGENIA

Alguna vez me asomo a la ventana antes de acostarme. No le he visto nunca.

GUILLERMINA

Pues ya lo sabes: ha pasado más de una noche. Si eso no es pensar en ti...

EUGENIA

Eso es querer que otros piensen lo que no es; tú lo sabes. (_Se levanta y va a cerrar las maderas._)

GUILLERMINA

¿Vas a cerrar?

EUGENIA

Por si acaso.

GUILLERMINA

Tal vez haya sido casualidad otras noches. Yo creí que ibas a alegrarte al saberlo. Está visto que hoy todos nos hemos propuesto disgustarte.

EUGENIA

No, Guillermina, no me hables así; pero yo no quiero que tú creas... No, no es verdad. Yo no puedo querer a Enrique, no quiero quererle. (_Se echa a llorar._)

GUILLERMINA

Vamos, ¡por Dios! Van a oírte, ¿y qué van a creer? Vamos, acuéstate; no pienses en nada. Si supieras que yo estoy muy segura de que vas a ser muy dichosa... Lo creo, lo creo. Hasta mañana, Eugenia; dame un beso. (_Sale Guillermina. Eugenia apaga la luz, abre las maderas, suelta las cortinas de la ventana y por entre ellas mira a la calle._)

TELÓN

CUADRO SÉPTIMO

Un gabinete-despachito en la villa de Enrique Garcimora.

_Enrique_, en pijama, entra, abre un mueble-secreter, busca y rebusca, sale de escena, vuelve a poco y busca de nuevo en el secreter, con muestras de impaciencia y de extrañeza. Entra _Damián_.

ENRIQUE

(_Al verle._) ¡Damián!

DAMIÁN

Ya sé. No te canses, no busques; era un sobre con dinero, un sobre como ese. (_Señalando uno que tiene Enrique en la mano._) No busques, lo han robado.

ENRIQUE

¿Tú sabes?

DAMIÁN

Lo he visto.

ENRIQUE

Algún criado. Se despidió a uno cuando faltaron el alfiler y la pitillera, y por lo visto el ladrón sigue en casa.

DAMIÁN

No, el ladrón no es de casa; yo no lo había creído nunca; ya sabes que siempre me opuse a que se despidiera al pobre Tommy; le gustaba beber, pero era un buen muchacho. No fue él el que robó el alfiler y la pitillera; ya lo sabía yo; por eso he vigilado, y ahora ya sé.

ENRIQUE

¿Qué sabes?

DAMIÁN

Ayer tarde estuvieron aquí el señorito Isidoro y el señorito Manolo.

ENRIQUE

¿Eh?

DAMIÁN

Tú habías sacado una porción de billetes de tu cartera, los metiste en un sobre y guardaste el sobre en ese mueble, que dejaste abierto mientras pasabas a vestirte a tu cuarto; recuerda. Yo estaba allí, detrás de esa puerta entornada, frente al mueble. El señorito Isidoro se puso a leer estos periódicos; el señorito Manolo se paseaba por la habitación y no dejaba de mirar al mueble y a la puerta de tu cuarto. En uno de sus paseos, como distraído, tomó de ahí otro sobre, fue hacia el mueble y con gran rapidez cambió por este sobre (_Señalando el que tiene Enrique en la mano._) el que tú habías dejado, que se guardó en un bolsillo de la americana y en seguida se sentó al lado del señorito Isidoro. Y recuerda que antes de que tú salieras, se despidieron diciéndote desde aquí que al señorito Manolo se le había olvidado una cita que tenía a aquella hora y que te verían por la noche.

ENRIQUE