Chapter 4 of 6 · 3994 words · ~20 min read

Part 4

Salta a los ojos: es fuerza que ya la opinión se tuerza del buen pueblo portugués. Interesa a un impostor ahorcar porque más en él no espere, y soy yo, Gabriel, el que os parece mejor. Ya veis que os he comprendido. Vos y ese hombre los traidores sois aquí y los impostores; con él estáis convenido.

DON RODRIGO

¡Yo!

GABRIEL

Traedme otro marqués como ese; aunque sean doce. Ni ese sandio me conoce, ni es noble ni portugués.

(_Gabriel se mete desenfadadamente en su cuarto, dejando estupefactos al marqués y a don Rodrigo_).

ESCENA VIII

DON RODRIGO y el MARQUÉS DE TAVIRA

DON RODRIGO

Ese hombre me va a volver el juicio a mí. ¡Por mi vida que está buena la salida! No me queda más que ver. Mas me pone en confusión su aplomo, su majestad y su audacia... ¿Habrá verdad en esta resurrección?

MARQUÉS

Sandio dijo..., sandio soy, mas contenerme no pude.

DON RODRIGO

¿Es él?

MARQUÉS

No habrá quien lo dude.

DON RODRIGO

¿Estáis seguro?

MARQUÉS

Lo estoy.

DON RODRIGO

¿Engañado no os habrán vuestro error y su apariencia?

MARQUÉS

No.

DON RODRIGO

¿Jurárais en conciencia?

MARQUÉS

Que es el rey don Sebastián.

DON RODRIGO

(_Llamando_). El capitán Santillana.

ESCENA IX

DON RODRIGO, el MARQUÉS y DON CÉSAR

DON RODRIGO

Ruégoos que me perdonéis, señor marqués, mas me obliga mi deber a hacer que el viaje suspendáis.

MARQUÉS

(Ya no podría continuarlo: ya le he visto y a verle nada más iba).

DON RODRIGO

(_Aparte a don César_). Escucha, César.

DON CÉSAR

Decid.

DON RODRIGO

Antes de que apunte el día deben de partir los presos.

DON CÉSAR

¿Adónde van?

DON RODRIGO

A Medina del Campo.

DON CÉSAR

¿Pues qué razones hay?

DON RODRIGO

Dos: aquí la atrevida audacia de algunos pocos que mucho a Gabriel estiman, pudiera hacer un arresto y burlar a la justicia.

DON CÉSAR

¿Sabéis, pues?...

DON RODRIGO

Yo no sé nada. La situación se complica de tal modo, que no hay ciencia ni sagacidad que sirvan para dominarla. Doña Ana de Austria, sobrina del rey y abadesa ahora de las monjas agustinas de Madrigal, y otras muchas personas como ellas dignas de respeto, es menester que declaren. En la villa de Madrigal peligroso fuera instalarme; en Medina hay cárcel segura, estoy casi a la distancia misma de aquí que de Madrigal, y hay algunas compañías de arcabuceros.

DON CÉSAR

¿Pues tantas precauciones son precisas?

DON RODRIGO

Todas son pocas tratándose de una cabeza proscrita, que puede hacer la desgracia de toda una monarquía. Tú le escoltarás, y luego partirás a toda prisa a la corte, para el rey con una consulta mía. Voy a mandar las literas traer, y estar prevenida la escolta que has de llevar. César, la más exquisita vigilancia ten: con ellos vas guardando nuestras vidas. Adiós. Seguidme si os place, señor marqués de Tavira.

ESCENA X

DON CÉSAR; después DOÑA AURORA

(_Don César aguarda a que se vayan don Rodrigo y el marqués, escucha un momento a la puerta del fondo y va a abrir la primera de la izquierda, donde está el cuarto de doña Aurora, llamándola con precaución_).

DON CÉSAR

¿Aurora?... ¿Aurora?... Cerráronla en la cámara vecina, sin duda porque no oyera lo que en esta sucedía. (_Entra y vuelve a salir con doña Aurora_). Venid, Aurora.

DOÑA AURORA

¿Qué pasa, capitán, que así os obliga a llamar? (_Don César cierra la puerta del fondo_). ¿A qué cerráis las puertas con tanta prisa?

DON CÉSAR

¡Aurora, Aurora! Esta casa es ya una cárcel sombría para vosotros.

DOÑA AURORA

¡Dios mío! ¿Qué decís?

DON CÉSAR

De la justicia en poder estáis. Gabriel con pertinacia inaudita se obstina en callar, e inútil todo es con él. Ni le obligan las ofertas, ni le mueven los ruegos, ni le dominan las amenazas. Impávido hacia el abismo camina con el semblante sereno y en los labios la sonrisa, cual si pudiera de un soplo disipar la enfurecida tempestad en que sin rumbo va la nave de su vida.

DOÑA AURORA

Capitán, es inflexible; sus acciones son siempre hijas de una decisión resuelta y de una convicción íntima, y no cede.

DON CÉSAR

Pues os lleva esa condición altiva hoy, antes que raye el alba, a la cárcel de Medina bajo mi custodia.

DOÑA AURORA

¿Entonces?

DON CÉSAR

Ya os he dicho que no había ley ni deber que valiera para mí lo que una mínima insinuación vuestra. Habladle vos, que sois su amor, su hija; habladle y decidle: «Huyamos; don César nos facilita la fuga, huyamos...», y huid, Aurora. Y ya que mi vida, por un tenebroso arcano que vuestro padre no explica, está, ¡ay de mí!, para siempre de la vuestra dividida, huid, y al menos debédmela aunque pierda yo la mía. Huid. Nada hay que me espante: seré traidor, si es precisa la traición para salvaros.

DOÑA AURORA

Dios hará que tal mancilla sobre vuestro honor no caiga. (_Mira por el hueco de la cerradura del cuarto de Gabriel_). Él va a salir... ¡Que me asista rogad al cielo!... Y dejadme con él. (_Vase don César, cerrando la puerta_). Trae embebida su alma en los pensamientos de hiel que le martirizan.

(_Sale Gabriel sombrío, los brazos cruzados, sin ver a Aurora, que se ha retirado a un lado, y habla consigo mismo_).

ESCENA XI

DOÑA AURORA y GABRIEL

GABRIEL

A él solo, sí, desenredar le toca la peligrosa red que se me tiende; solo el rey puede descoser mi boca; él solo; si me salva o si me vende, él con Dios se verá: no es cuenta mía. Yo acepto mi fortuna, tal cual sea la que el cielo me dé; mas vendrá un día en que todo mortal con Dios se vea, y en aquel día en que de Dios espero temblar ante el semblante soberano, yo, de cetro en lugar, tener prefiero una palma de mártir en la mano.

DOÑA AURORA

¿Ni una mirada para mí?

GABRIEL

Mi Aurora, único sol que en mi sombría frente disipa con la luz de una sonrisa las nubes del pesar que la ennegrecen, perdóname si en reflexiones tristes abismado ante ti pasé sin verte. Mas, ¿por qué el llanto tu mirada enturbia? ¿Por qué la agitación que te conmueve? ¿Qué te asusta, mi bien?

DOÑA AURORA

Riesgos traidores te acechan por doquier, tal vez la muerte. ¿Y te admira, señor, de que mi llanto copioso y triste mis mejillas riegue?

GABRIEL

Te engañas.

DOÑA AURORA

Tú, la misteriosa nube que impenetrable tu existencia envuelve, es fuerza que hoy ante la ley se rasgue de un juez, terror de cuantos nobles seres asilo hallaron, nacimiento o nombre de Tajo y Miño en las riberas fértiles.

GABRIEL

¿Quién te lo ha dicho?

DOÑA AURORA

Yo lo sé.

GABRIEL

Pregunto quién te lo ha dicho.

DOÑA AURORA

El capitán, que tiene más de leal, de noble y generoso que tú de franco con quien más te quiere.

GABRIEL

¡Aurora!

DOÑA AURORA

No receles que mis labios dejen salir palabras imprudentes, que a impulso de un amor desatinado compliquen más la situación presente.

GABRIEL

¿De don César, al fin, desventurada, al fuego dio tu corazón albergue?

DOÑA AURORA

El corazón entero es de otro hombre y me son los demás indiferentes. Ni te hablara yo de él en esta hora, que habrá de ser para los dos solemne. Yo quiero al capitán porque tú mismo me viniste a decir: «Aurora, quiérele»; mas yo le quiero porque tú lo mandas, porque quiero no más lo que tú quieres.

GABRIEL

Quiérele, Aurora, porque ya es acaso el solo amigo que tu padre tiene.

DOÑA AURORA

¡Mi padre, sí, mi cariñoso padre!... ¿No es este el nombre que emplear conviene en esta situación?

GABRIEL

Silencio, Aurora; que es el encanto de mi vida advierte ese nombre feliz.

DOÑA AURORA

Pero ese nombre, dímelo de una vez, ¿te pertenece?

GABRIEL

¿Quién te lo hizo dudar? ¿Quién te lo dijo?

DOÑA AURORA

La que a tu lado y con placer mil veces y acaso en busca de la paz perdida veló tu sueño y sorprendió inocente tu secreto.

GABRIEL

¡Gran Dios! ¿y nada dije de mi vida anterior? ¿De otros placeres, de otros tiempos, en fin?

DOÑA AURORA

Nada dijiste, nada, señor; mas aunque dicho hubieres en el pecho de Aurora lo enterraras, que en ti a sufrir como a callar aprende.

GABRIEL

(¡Miserable de mí! Porque el misterio que intentan aclarar oculto quede siempre en mi corazón, ¿será preciso que yo mismo la lengua me cercene?).

(_Gabriel escucha desde aquí como distraído en sombrías reflexiones_).

DOÑA AURORA

¡Padre!

GABRIEL

Explícate, Aurora.

DOÑA AURORA

Oye: al impulso de una curiosidad impertinente, o de otro sentimiento inexplicable que en mí se agita y que en mi alma enciende la misteriosa luz de una esperanza lejana, incierta, misteriosa, débil, cedí, señor, y en la callada noche mi lecho abandoné..., porque a mi mente mil visiones de amor se amontonaron en confuso tropel, puras y alegres como las olas que la mar en calma sobre sus lomos incansable mece; como las aves que en el árbol saltan trinando al son de la escondida fuente.

GABRIEL

Prosigue, Aurora.

DOÑA AURORA

Abandoné mi lecho, y al tuyo me acerqué, como quien teme ser sorprendido en criminal intento por un extraño que a su lado duerme. Tu faz un punto contemplé, y mi labio un ósculo filial posó en tu frente. ¿Me oyes, Gabriel?

GABRIEL

Prosigue, Aurora mía, tu voz la voz de un ángel me parece.

DOÑA AURORA

Al contacto sutil del labio mío sonreíste, señor; y tu voz débil oí que el nombre mío murmuraba entre esos ayes conque el mal divierte de una pasión el que vivió en el mundo secretos hondos ocultando siempre; y entonces supe por la lengua misma que hablar en sueños indiscreta suele, que si es la tuya misterioso arcano, espesa sombra mi existencia envuelve.

GABRIEL

¿Y entonces?

DOÑA AURORA

Me aparté ruborizada de quien mi padre no es; sentí más fuerte latir mi corazón; sentí otra sangre circular por mis venas más ardiente; sentí en presencia del mayor cariño mi cariño filial desvanecerse, y al apartarme de tu lecho trémula un ósculo de amor grabé en tu frente.

GABRIEL

No lo digas jamás, Aurora mía. Jamás a nadie tu pasión reveles. Quema los labios que en mi frente seca pusiste; quema el corazón rebelde que el cariño filial de sí arrojando, dio a mi cariño en su lugar albergue.

DOÑA AURORA

Es ya tarde, Gabriel, mi amor es hijo de tu callado amor.

GABRIEL

Tú lo mereces; tú eres la sola flor que brotar hizo en mi camino Dios... Dios, que al ponerme sobre la tierra, me alfombró de espinas la senda que mis pies recorrer deben; pero yo no merezco tu amor santo; yo soy un árbol cuyo tronco estéril despojado de vida por el rayo, ya ni sombra, ni flor, ni aroma tiene.

DOÑA AURORA

No, no: tú eres un árbol cuya sombra cobijó mi niñez: cuyo ámbar bebe mi pobre corazón, de quien tú solo sombra, delicia y alimento eres. Dios me entregó a tus brazos en mi infancia, porque Dios quiso que en tu pecho ardiente brotase, para encanto de tu vida, de esta pasión correspondida el germen.

GABRIEL

Tienes razón, Aurora, reconozco en tu amor la piedad omnipotente. Tienes razón, Aurora, Dios del cielo te envía..., un ángel de los cielos eres.

DOÑA AURORA

Escúchame, Gabriel.

GABRIEL

Habla.

DOÑA AURORA

En el nombre de esa pasión que en nuestras almas hierve, desaparezcan hoy esos misterios que nuestras dos historias oscurecen.

GABRIEL

Imposible.

DOÑA AURORA

No temas que me espante, Gabriel, ni me arrepienta, conociéndote, de haberte amado nunca.

GABRIEL

Es imposible.

DOÑA AURORA

Habla. Dime quién soy, dime quién eres. Si eres villano y en tus venas viles la sangre impura y maldecida tienes de raza hebrea o de morisca tribu, yo te amaré, Gabriel; si reales puedes ostentar de tu estirpe en el escudo coronados y espléndidos cuarteles, yo te amaré, Gabriel; si eres acaso criminal fugitivo y por mí temes de un patíbulo infame la deshonra, yo te amaré, Gabriel; llama si quieres a un sacerdote, y que con lazo eterno anude nuestras almas; y no pienses que el deshonor de criminal memoria me humille. Te amo con amor tan fuerte, que oraré mientras viva en tu sepulcro, orgullosa del nombre que me dejes.

GABRIEL

¡Calla, Aurora, deliras!

DOÑA AURORA

Un momento, Gabriel, óyeme aún, no te impacientes. Si eres un impostor, un ambicioso, cogido al fin entre sus propias redes, huyamos; tienes ocasión y tiempo. Sí, nuestra fuga el capitán protege, huyamos, nuestro amor y nuestra infamia arrastrando a remoto continente.

GABRIEL

¡Aurora!

DOÑA AURORA

Hoy a la cárcel de Medina rayando el alba trasladarnos deben, y el capitán que en nuestra guarda parte...

GABRIEL

Silencio, Aurora. ¿Deshonrarle quieres para salvarte tú? ¿Sabes que si huyo cuando en su guardia el infeliz me lleve, morirá en mi lugar, y que al fugarme me doy por criminal siendo inocente? Yo no huiré jamás; ni sé, ni quiero, ni nací para huir: ya muchas veces la he visto cara a cara, y en el pecho, no por la espalda, me herirá la muerte.

DOÑA AURORA

Hiéranos a los dos un mismo golpe.

GABRIEL

Tú no debes morir; aún que hacer tienes sobre la tierra.

DOÑA AURORA

¿Qué, sin ti?

GABRIEL

Llorarme.

DOÑA AURORA

¿Me lo mandas?

GABRIEL

Yo, no: Dios. Obedece. Dios me pone en los labios un candado, no lo intentes romper. Pura, inocente, noble eres tú; si a deshonrada tumba mi silencio me lleva, Dios lo quiere. Inclina, Aurora, la cabeza humilde bajo la voluntad omnipotente, y ora en mi tumba sin vergüenza, Aurora. Mártir me quiere Dios, y obedecerle es fuerza. Vive; y si te dice el mundo que he sido un impostor, el mundo miente. Yo no he dicho jamás que era el que buscan, y a morir me enviarán sin conocerme. Ora en mi tumba sin vergüenza, y ora mientras los hombres libertad te dejen; y si te culpan como a mí, en silencio, digna siempre de mí, como yo muere.

DOÑA AURORA

¿Tú me lo mandas? Obedezco: sea, Gabriel; digna de ti quiero ser siempre.

ESCENA XII

DOÑA AURORA, GABRIEL, DON CÉSAR

DON CÉSAR

Don Rodrigo sube.

GABRIEL

(_A don César_). Oíd antes. Si en algo apreciáis a Aurora, ved cómo enviáis ese papel a Madrid. (_Gabriel da una carta a don César, que la toma rápidamente_).

DON CÉSAR

Sabéis que mi fe la aprecia en más que en mi mismo honor. Yo lo llevaré.

GABRIEL

Al señor embajador de Venecia.

ESCENA XIII

DICHOS, un ALGUACIL, después DON RODRIGO

ALGUACIL

(_Entrando_). Su señoría.

GABRIEL

Aguardamos sus órdenes.

DON RODRIGO

(_Entrando_). Os espera allá abajo una litera, señor Gabriel.

(_Gabriel, tomando de la mano a doña Aurora y dirigiéndose a la puerta, dice_):

GABRIEL

Pues partamos.

DON RODRIGO

¿Ni inquirís adónde vais ni tomáis vuestro equipaje?

GABRIEL

Vos que disponéis mi viaje sabréis cómo me lleváis.

DON RODRIGO

Conmigo.

GABRIEL

Pues ya tardamos.

DON RODRIGO

Vuestros cofres van con sellos.

GABRIEL

Haced lo que os plazca de ellos.

DON RODRIGO

Pues cuando gustéis.

GABRIEL

Pues vamos.

(_Vanse delante Gabriel con doña Aurora, luego don Rodrigo y don César_).

FIN DEL ACTO SEGUNDO

ACTO TERCERO

Sala de juicio en la cárcel de Madrigal; decoración ochavada; puerta en el fondo, balcón a la derecha; al mismo lado, en la segunda caja, puerta del calabozo de Gabriel; puerta a la izquierda de otros calabozos; mesa con papeles, plumas, etc.

ESCENA PRIMERA

DON RODRIGO y el ESCRIBANO sentados a la mesa. GABRIEL, al otro lado, en un sillón, reclinado tranquilamente y como ajeno a lo que pasa a su alrededor.

ESCRIBANO

Señor, no duerme.

DON RODRIGO

¡Y qué mal halláis en que esté despierto!

ESCRIBANO

Que escucha.

DON RODRIGO

Es un hombre muerto; que escuche o no, ya es igual. Seguid leyendo.

ESCRIBANO

(_Tomando un papel de la mesa_). Un oficio del doctor don Juan de Llanos.

DON RODRIGO

¿Qué dice?

ESCRIBANO

Que siendo vanos interrogatorio y juicio, mandó dar a fray Miguel el día cinco tormento.

DON RODRIGO

¿Y qué dijo?

ESCRIBANO

Que era invento suyo lo de que Gabriel fuese el rey de Portugal, y que le movió a este engaño el intento de hacer daño al rey don Felipe.

DON RODRIGO

Mal salió. Leed.

ESCRIBANO

(_Otro papel_). Petición de la nominada Aurora.

DON RODRIGO

¿Y qué pide esa señora?

ESCRIBANO

Ver a su padre.

DON RODRIGO

Ocasión llegará de que le vea cuando ya esté confirmada su sentencia, y no haya nada que temer de que así sea.

ESCRIBANO

(_Otro papel_). Novena solicitud del preso llamado Arbués.

DON RODRIGO

¿Qué solicita?

ESCRIBANO

Que pues vivirá poco, en virtud de haberle dado tormento, se quisiera despedir de su amo antes de morir.

DON RODRIGO

No ha lugar, hasta el momento de la real confirmación de su sentencia, si vive.

ESCRIBANO

(_Otro papel_). Una carta que os escribe un anónimo.

DON RODRIGO

Cuestión diaria: amenazas, fieros contra mí y contra los jueces; juramentos y sandeces de rebeldes o embusteros. Adelante.

ESCRIBANO

(_Una carta_). Para el juez don Rodrigo Santillana; carta que hoy por la mañana llegó de Madrid.

DON RODRIGO

¡Pardiez! ¿Y así os estabais con ella? Dadme acá.

ESCRIBANO

Tomad, señor.

DON RODRIGO

De César. (_Leyendo_). «Del portador mañana sobre la huella partiré; media jornada ante mí llegará a esa; ni puedo darme más priesa, ni hasta hoy el rey hizo nada». ¡Gracias a Dios que tocamos con el fin de ese proceso! Llevaos vos todo eso, escribano.

ESCRIBANO

¿Os esperamos?

DON RODRIGO

Afuera; y si algún correo de la corte de Madrid llega, que suba decid al punto.

ESCRIBANO

Está bien.

(_Vase el Escribano_).

ESCENA II

GABRIEL y DON RODRIGO

DON RODRIGO

(_Aparte_). (Deseo salir de este laberinto de una vez, y de ese hombre a quien no hay nada que asombre... Me repugna por instinto su faz sombría, su calma imperturbable, su irónica conversación, su sardónica sonrisa eterna en el alma me infunde honda inquietud; no me acusa la conciencia de nada; di la sentencia con severa rectitud, conforme a ley; mas presiento que hay en todo esto un arcano que sondar pretendo en vano, y deja sin complemento la obra de la justicia. Exhala ese hombre satánico no sé qué de frío y pánico... creo que me maleficia. En fin, poco resta ya. Si el rey la sentencia envía firmada, el último día es hoy que calor le da). ¿Dormís, señor Espinosa?

GABRIEL

Casi, casi, señor juez.

DON RODRIGO

¿Cansado estáis?

GABRIEL

¡Psé!

DON RODRIGO

¿Tal vez sufrís dolor?

GABRIEL

Poca cosa.

DON RODRIGO

Aquí estaréis menos mal que en la torre.

GABRIEL

Así, así.

DON RODRIGO

Que apreciarais más creí mi caridad.

GABRIEL

Me es igual.

DON RODRIGO

¿Tal vez me guardéis rencor por la cuestión?

GABRIEL

¡Brava pena, por Dios!

DON RODRIGO

La prueba fue buena.

GABRIEL

Pudo haber sido mejor.

DON RODRIGO

Confieso que fue cruel el tormento.

GABRIEL

Pero inútil.

DON RODRIGO

¿Lo creéis prueba tan fútil?

GABRIEL

Ya lo veis.

DON RODRIGO

Volver a él podemos aún.

GABRIEL

Volvierais a ver lo que visteis ya.

DON RODRIGO

La segunda vez quizá vuestro silencio rompierais.

GABRIEL

Sería inútil fatiga; y ahora que hablamos de esto: de hoy para entonces protesto contra todo cuanto diga, y ya podéis calcular que si en negar doy después lo dicho, el tormento es cuento de nunca acabar.

DON RODRIGO

¡Por Dios que sois hombre fuerte, y gastáis bizarro humor!

GABRIEL

Soy terco y sufro el dolor; soldado soy, y a la muerte voy como iba a la pelea. Más despacio o más aprisa hallarla es cosa precisa, mas temerla es cosa fea.

DON RODRIGO

Vuestra fortaleza envidio; mas noto en vos ha un momento tristeza y decaimiento. ¿Qué tenéis?

GABRIEL

Que me fastidio.

DON RODRIGO

¡Que os fastidiáis!

GABRIEL

Sí, ¡a fe mía! Tres meses ha que aquí estoy, y lo mismo hacemos hoy que hicimos el primer día. «Traed ante mí a Gabriel». Vuelta vos a preguntar, vuelta yo a no contestar. «Al calabozo con él». Vuelve a amanecer el día, y vuelta a sacar al preso, y vuelta a leer el proceso, y vuelta a nuestra porfía. «Hablad, señor Espinosa». «No quiero, señor alcalde». «Que habéis de hablar». «Que es en balde». Y siempre la misma cosa. No hubo más que la semana en que me disteis tormento que variara..., y ya me siento casi bueno, Santillana.

DON RODRIGO

Me amedrenta, ¡vive Dios!, vuestra eterna sangre fría.

GABRIEL

También me amedrentaría a mí si fuera que vos.

DON RODRIGO

Vuestra osada impavidez cada día toma creces.

GABRIEL

Sí; parecemos a veces el reo vos y yo el juez.

DON RODRIGO

Es que a veces hallo en vos un misterio que me espanta.

GABRIEL

Es que tal vez se levanta tras mí la sombra de Dios.

(_Pausa_).

DON RODRIGO

Yo creo, señor Gabriel, que no es Dios, es Satanás quien de vos está detrás y os dejáis llevar por él. ¿A qué hombre de sano seso no hartarán vuestras pesadas continuas balandronadas que llenan vuestro proceso? ¿Qué son, pues, vuestras preñeces y siniestras reticencias?

GABRIEL

Tembladlas si son sentencias; reídlas si son sandeces.

DON RODRIGO

Pues bien, hablad de una vez; si ese secreto fatal existe en vos, hacéis mal de ocultarlo a vuestro juez. Si sois quien juzgan, decid: «Yo soy...», probadlo y mañana...

GABRIEL

(_Variando de tono_). ¿Cuándo vendrá, Santillana, el capitán de Madrid?

DON RODRIGO

Hoy mismo.

GABRIEL

¡Gallardo mozo! ¿Le queréis mucho?

DON RODRIGO

¡Pues no, si es mi hijo!

GABRIEL

También yo le quiero bien, y me gozo con su vista. ¿No tenéis más hijos que él?

DON RODRIGO

Nada más.

GABRIEL

¿Ni los tuvisteis jamás?

DON RODRIGO

Las preguntas que me hacéis, Espinosa...

GABRIEL

Son sencillas.

DON RODRIGO

No sé qué se me figura que hay en ellas...

GABRIEL

¿Por ventura os pregunto maravillas? Tenéis un hijo mancebo, y si hubisteis os pregunto más que él: no hay en el asunto de mi cuestión nada nuevo.

DON RODRIGO

¡Jamás podré conseguir arrancar de vuestra faz ese sarcasmo tenaz! ¿Qué me tenéis que decir? Acabemos, Espinosa. Esa burlona altivez que excita en mí alguna vez una duda misteriosa, ¿qué significa? Parece que no os habéis convencido de que juzgado habéis sido, de que ya no os pertenece vuestra acotada existencia, y de que según la ley, no falta sino que el rey confirme vuestra sentencia. ¡Parece que en vuestro pecho hay una firme esperanza que os da audacia y confianza contra esa ley!

GABRIEL

Es un hecho.

DON RODRIGO

¿Creéis que no firmará el rey?

GABRIEL

Esa es cuenta suya: Dios por sus obras le arguya. ¿Le habéis vos escrito ya que pido verle?

DON RODRIGO

Y respuesta aguardo; ¿mas si apeláis al rey en vano?

GABRIEL

Me ahorcáis, y se concluyó la fiesta.

(_Don Rodrigo mira a Gabriel con asombro; Gabriel permanece sereno_).

DON RODRIGO

Sospéchome que estáis loco.

GABRIEL

Tal vez.

DON RODRIGO

Aunque más bien creo que es otro vuestro deseo.

GABRIEL

¿Cuál creéis?

DON RODRIGO

Ir poco a poco dilatando la sentencia, dando a entender que aún hay más que esperar de vos.

GABRIEL

Quizás.

DON RODRIGO

Pues os protesto en conciencia que hoy tendrá fin vuestro afán; si el rey no manda otra cosa, morís hoy por Espinosa o por rey don Sebastián. Basta ya de dilaciones, harto estoy de toleraros, y me es ya en mengua trataros con tales contemplaciones. Vos sois un villano artero, un taimado embaucador que esperáis suerte mejor dándoos por un caballero. ¡Un necio, que aguarda en vano negándose a confesar, que nunca le han de matar como a un infame pagano sin confesión! Mas caéis en un miserable error: si no queréis confesor, sin confesor moriréis. Y no tenéis que cansaros, no me habéis de aventajar; si os obstináis en callar, yo me obstinaré en ahorcaros. ¿Ahora os reís?

GABRIEL