Chapter 5 of 6 · 3985 words · ~20 min read

Part 5

(_Riéndose_). ¡Sí, por Dios! Y no he muerto ya de hastío, porque, como ahora, me río mil veces.

DON RODRIGO

¿De qué?

GABRIEL

De vos.

DON RODRIGO

¿De mí? En vuestra audacia loca os olvidáis, a mi ver, que os puedo mandar poner una mordaza en la boca.

GABRIEL

Verme mudo os diera pena; de que es, estoy persuadido, mi voz para vuestro oído el cantar de la sirena. ¡Mordaza! De vuestros fieros a pesar, si lo procuro de veras, estoy seguro, señor juez, de adormeceros. Ya me parece, ¡pardiez!, que comenzáis a turbaros y no he hecho más que miraros. Os voy a decir, buen juez, lo que pasa en vuestro pecho: a fuerza de ir y volver sobre quién soy, de mi ser un fantasma os habéis hecho. Ser superior me imagina vuestra razón exaltada, y mi voz y mi mirada os deslumbra y os fascina. Todo se os vuelven antojos; si os miro fijo a la cara, os turbáis como si echara fuego o sangre por los ojos. Si en paz llevando mi suerte alejo de mí el pesar, creéis que voy a evitar con algún filtro la muerte. Si de vuestros hijos hablo y por ellos os pregunto, no parece sino asunto de vendérselos al diablo. Si levanto un poco más estando solos la voz, cual de una bestia feroz teméis, y os echáis atrás. Y si al hablarme con saña vos, os hablo con violencia, os dobláis en mi presencia como ante el viento la caña. Tan hondo y siniestro influjo he adquirido sobre vos, que, ¡no os lo demande Dios!, me estáis suponiendo brujo. No parece, Santillana, sino que sabéis que puedo haceros temblar de miedo cuando me diere la gana. ¿Y no es verdad, don Rodrigo, no es verdad que mi semblante os está siempre delante, que andáis, que soñáis conmigo? ¿No es verdad que se os alcanza que tendrá alguna razón al mostrar mi corazón tan osada confianza? ¿No es verdad que todo cabe en hombres, y que, tal vez, en vuestra vida de juez, hay algún secreto grave que creéis hundido vos en la eternidad oscura, y que teméis por ventura que me lo revele Dios? ¿No es verdad que cuando a solas hablo con vos, don Rodrigo, va vuestra alma en lo que os digo como nave entre las olas, esperando de un momento a otro verse sumergida por la mar embravecida de mi airado pensamiento? ¿No es verdad que habéis cruzado una vez el Portugal, y cerca de Setubal, en mitad de un despoblado, un monasterio habéis visto cuya sagrada vivienda fue teatro de una horrenda profanación?

DON RODRIGO

¡Jesucristo!

GABRIEL

¿No es verdad que cuando clavo mis ojos en vuestro rostro os hielo el alma y os postro a mis pies como un esclavo? De rodillas, Santillana, vuestra vida está en la mía, viviréis más que yo un día: si yo muero hoy, vos mañana.

DON RODRIGO

¡Dios me valga!

(_Don Rodrigo se arrodilla_).

GABRIEL

¡Calla! ¿Y vos lo tomáis como os lo digo? Si esto es farsa, don Rodrigo, serenaos, ¡vive Dios!

DON RODRIGO

¿Conque es decir?...

GABRIEL

Que divierto mi fastidio, Santillana.

DON RODRIGO

(_Furioso_). No haréis lo mismo mañana.

GABRIEL

(_Con calma_). Ahorcándome hoy, no por cierto.

ESCENA III

DICHOS y el ALGUACIL

ALGUACIL

Su merced, el capitán Santillana.

GABRIEL

¡Que nos cae del cielo!

DON RODRIGO

Y que el fallo trae del rey.

GABRIEL

Fin de nuestro afán.

ESCENA IV

DON RODRIGO, GABRIEL y DON CÉSAR

DON RODRIGO

¿Traes tú los despachos?

DON CÉSAR

Sí. Mas ¿que tenéis, padre?

DON RODRIGO

Nada. ¿Traes la sentencia aprobada?

DON CÉSAR

Sí.

DON RODRIGO

¿Dónde está?

DON CÉSAR

(_Dándole un papel_). Vedla aquí.

(_Don Rodrigo toma, abre y lee el pliego que le da don César, y dice llamando_):

DON RODRIGO

¡Hola! (_Entran algunos alguaciles y el Escribano_). Cúmplase la ley. Avisad al confesor y al verdugo ejecutor de las justicias del rey. Escribano, evacuad vos la postrera diligencia, intimadle la sentencia y que se encomiende a Dios.

DON CÉSAR

Señor...

DON RODRIGO

¡Silencio! Leed.

ESCRIBANO

(_Empezando a leer_). Vista y fallada...

DON RODRIGO

(_Interrumpiéndole_). Adelante: la aprobación es bastante, fórmulas a un lado haced.

ESCRIBANO

(_Leyendo_).

«Y en atención a que en los cofres de dicho Gabriel Espinosa han sido halladas muchas prendas y joyas de valor, pertenecientes a la persona de nuestro difunto sobrino don Sebastián, rey de Portugal, sin que haya podido probar Espinosa la legitimidad de su adquisición y posesión; y en atención a que el marqués de Tavira y fray Miguel de los Santos y otros señores castellanos y portugueses han declarado, unos en juicio y otros en tormento, que le tienen y han tenido desde que le vieran por el rey don Sebastián, y habiéndose probado que muchos nobles portugueses le han visitado en Madrigal para reconocerle, y que en su nombre se han escrito cartas, contraído empréstitos y armado gentes para concitar a la rebelión a los pueblos en favor suyo; y teniendo en cuenta que dicho Gabriel Espinosa no ha negado nunca ser él el mismo rey don Sebastián, antes ha contribuido a hacer creer a los incautos que lo es efectivamente, no declarando jamás quién sea en realidad, dándose ya por una persona ya por otra, y aparentando el gesto, las acciones y las señales exteriores, que a su parecer pueden convenir mejor con los recuerdos y las pinturas que de don Sebastián se conservan entre los que en vida le conocieron; y considerando, en fin, que el cuerpo de dicho rey fue por nos rescatado del poder de Muley Mahamet y traído de África al monasterio de Belén, donde yace sepultado; aprobamos y confirmamos la sentencia contra él dada, y le declaramos impostor infame, traidor a su rey, y usurpador del nombre del rey don Sebastián. Por cuyas razones le condenamos a ser arrastrado, y ahorcado y descuartizado, y puesta su cabeza en una lanza a una de las salidas del pueblo de Madrigal, en donde vivió, para desengaño de incautos y escarmiento de traidores. — Yo el rey».

GABRIEL

(_Con ira_). ¿Traidor yo, impostor, infame? ¿Muerte a mí con tal afrenta? (_Serenándose_). Que Dios me lo tome en cuenta cuando a su juicio me llame. (_Al Escribano_): ¿Tenéisme más que leer?

ESCRIBANO

Nada más.

GABRIEL

Pues despachemos y tiempo no malgastemos. Sea lo que haya de ser.

DON CÉSAR

(¡Indomable corazón!)

DON RODRIGO

(¡Incomprensible fiereza! Ni aun inclinó la cabeza para oír la intimación).

GABRIEL

Alcalde, estáis demudado, trémulo..., ¡por vida mía! Cualquiera imaginaría que erais vos el sentenciado.

DON RODRIGO

(_Airado_). Pronto lo viera. Tenéis de vida tres cuartos de hora.

GABRIEL

Son las cinco y cuarto ahora.

DON RODRIGO

Encerradle.

GABRIEL

(_A don Rodrigo_). Hasta las seis.

DON RODRIGO

Despejad.

(_Llevan a Gabriel a su encierro, y vanse el Escribano y los alguaciles por el fondo_).

ESCENA V

DON RODRIGO y DON CÉSAR

DON CÉSAR

¿Padre, qué es esto?

DON RODRIGO

Que es fuerza que ese hombre muera.

DON CÉSAR

Dadle un día.

DON RODRIGO

Ni siquiera una hora.

DON CÉSAR

Que dispuesto muera al menos cual cristiano.

DON RODRIGO

Muera, y sea como fuere.

DON CÉSAR

¡Sin confesión!

DON RODRIGO

No la quiere; es un hereje, un pagano.

DON CÉSAR

Padre, estáis ciego de ira.

DON RODRIGO

Ira es lo que aparento, ira, César; pero miento, es terror lo que me inspira ese hombre de Satanás. Y yo, ¡imbécil!, que le daba tormento porque no hablaba; no, no: que no hable jamás, que le lleven al cadalso con una mordaza puesta; que no hable con nadie; en esta hora cuanto diga es falso.

DON CÉSAR

Padre, sospecho, ¡ay de mí!, que se os desvanece el juicio.

DON RODRIGO

Es obra de un maleficio.

DON CÉSAR

¿Os maleficiaron?

DON RODRIGO

Sí.

DON CÉSAR

¡Superstición!

DON RODRIGO

Ya lo ves. Gabriel me malefició, y él ha de morir o yo. Ya firmó el rey: muera, pues.

DON CÉSAR

¡Padre!

DON RODRIGO

¡César..., hijo mío!

DON CÉSAR

¡Estáis delirando!

DON RODRIGO

¿Alguno me escuchó acaso?

DON CÉSAR

Ninguno.

DON RODRIGO

(De mí propio desconfío).

DON CÉSAR

Padre, algún mal os acosa; tembláis..., estáis demudado.

DON RODRIGO

Algún vértigo; he velado tantas noches de Espinosa con el proceso maldito, me ha dado tanto que hacer, que en mí no estoy hasta ver que de en medio me lo quito. Mas no fue nada, pasó ya, César. Veamos, pues, los despachos de la corte.

DON CÉSAR

Tomad: aquí los tenéis.

DON RODRIGO

Esta es la consulta mía, esta la aprobación es del consejo; esta la carta de su majestad el rey; ¿y este otro pliego sellado, de quién es?

DON CÉSAR

¡Yo no lo sé! me fue entregado en palacio con todos ellos.

DON RODRIGO

¿Por quién?

DON CÉSAR

Por el rey mismo.

DON RODRIGO

A ver: ábrele.

DON CÉSAR

Una real orden.

DON RODRIGO

Pues lee.

DON CÉSAR

(_Leyendo_).

«En nombre del rey. — Por la presente, pondréis en libertad en la hora en que la recibiereis, y sobreseyendo en su causa, si hubiereis procedido a formarla contra ella, a doña Aurora Espinosa, detenida y a vuestras órdenes en la cárcel de Madrigal; dejando disponer libremente de sí misma a dicha doña Aurora, como fuere su voluntad. — Madrid, etcétera. — A don Rodrigo Santillana».

DON RODRIGO

¿En libertad? No comprendo tal orden del rey.

DON CÉSAR

Y está bien terminante.

DON RODRIGO

Y será cumplida. Sigue leyendo.

DON CÉSAR

Otro pliego para mí.

DON RODRIGO

Rompe la nema y aparta la cubierta. ¿Qué hay?

DON CÉSAR

Aquí viene un papel y otra carta.

DON RODRIGO

Lee.

DON CÉSAR

Dice el papel así:

(_Lee_).

«En nombre del rey. — Otorgamos licencia para dejar el servicio de Su Majestad, temporal o absolutamente, como más le conviniere, al capitán del primer tercio de Flandes don César de Santillana».

DON RODRIGO

¿Y para qué?

DON CÉSAR

¿Qué sé yo?

DON RODRIGO

¿Tú no la has pedido?

DON CÉSAR

No.

DON RODRIGO

Sigue. (¿Qué es esto? ¡Ay de mí!).

DON CÉSAR

(_Lee_).

«Y ordenamos al dicho capitán don César, por ser así del agrado de Su Majestad, conducir con todo honor y escoltar con toda seguridad, durante su viaje por tierras de sus dominios y mares guardados por su real marina, a doña Aurora de Espinosa, hasta ponerla sana y salva en Estados de Venecia, por cuyo embajador ha sido reclamada, como hija adoptiva de la República Serenísima».

DON RODRIGO

¡Ira de Dios! Todo ahora lo comprendo.

DON CÉSAR

¿Qué es, señor, lo que comprendéis?

DON RODRIGO

Tu amor, ¡desventurado!, a esa Aurora.

DON CÉSAR

Es cierto: un amor profundo; mas no os traiga con cuidado, que es el más desesperado que hubo jamás en el mundo.

DON RODRIGO

¿Lo ves? ¡Ah! También a ti te han maleficiado; pero responde, César. Yo quiero saberlo ya todo; di. Tú con ella en connivencia, huir con seguridad queriendo, su libertad conseguiste y tu licencia.

DON CÉSAR

No, a fe mía.

DON RODRIGO

Sí, arrastrado por sus sortilegios has trabajado en contra mía con temeridad impía y en favor suyo.

DON CÉSAR

Jamás. Que tuve siempre, confieso, simpatía misteriosa e interés por Espinosa, pero no obré en su proceso. Amé a Aurora, la amo aún; mas mi pasión despechada es imposible, y no hay nada entre los dos de común. Mientras viva la amaré; pero este amor solitario de mi pecho en el santuario solo yo conservaré.

DON RODRIGO

¡Otro misterio!

DON CÉSAR

Tremendo sin duda, padre; mas puede conmigo, y mi brío cede a su poder.

DON RODRIGO

No lo entiendo.

DON CÉSAR

Ni yo sé decir más de él sino que Aurora, señor, no nació para mi amor.

DON RODRIGO

¿Quién te ha dicho eso?

DON CÉSAR

Gabriel.

DON RODRIGO

¡Infeliz! Es su manceba.

DON CÉSAR

Quien tal os dijo ha mentido, señor.

DON RODRIGO

Ella misma ha sido.

DON CÉSAR

¿Ella?

DON RODRIGO

En la primera prueba del tormento.

DON CÉSAR

¡Cielo santo! ¿La habéis puesto en el tormento?

DON RODRIGO

Es débil, y habló al momento.

DON CÉSAR

¡Me paralizo de espanto! ¿Qué abismo es este de males que por doquier nos circunda? ¡Qué trama esta tan fecunda de misterios!

DON RODRIGO

Los fatales hilos de esa negra trama tan solo puede romper la muerte, y hoy ha de ser. Que mueran él y su dama.

DON CÉSAR

¡Imposible! Mintió.

DON RODRIGO

¿Quién?

DON CÉSAR

Ella: no puede tampoco ser de Gabriel.

DON RODRIGO

¿Quieres loco volverme?

DON CÉSAR

No. Sé muy bien lo que digo: esa mujer es prenda de una venganza. Solo con esa esperanza la conserva en su poder.

DON RODRIGO

¿Ella de venganza prenda y en su poder? ¡Dios me asista! De este arcano ante mi vista se aclara la sima horrenda. ¡Hola! (_Toca la campanilla y entra un alguacil_). En libertad a Aurora poned al punto, y aquí traedla. Escucha, ¡ay de mí!, escucha, César, ahora un secreto horrible: ese hombre, que no es nada y que lo es todo, de quien de saber no hay modo religión, patria ni nombre; ese hombre, a quien nada espanta, cuya altivez nadie doma, penitente humilde en Roma, peregrino en Tierra Santa, soldado en Flandes, marqués en Madrid, corso en Venecia, que alma y vida menosprecia como al polvo de sus pies; a quien no rinde el tormento, y cuyo espíritu fuerte ve a un paso de sí la muerte y se sonríe contento, no es criatura, es fantasma; no es vivo, es aparición, quimera, ensueño, visión, más que de terror me pasma. Es un hombre de otra edad: un hombre que estando muerto halló su sepulcro abierto y huyó de la eternidad mis pasos para seguir; es la sombra de otro ser que sale a la tierra a ver nuestra sepultura abrir.

DON CÉSAR

¡Ay de mí! El continuo afán del proceso de Gabriel os hizo concebir de él esas quimeras que están trastornándoos la razón.

DON RODRIGO

Dices bien..., sí..., no comprendas jamás las causas horrendas de mi ruin superstición.

ESCENA VI

DON RODRIGO, DON CÉSAR y DOÑA AURORA

DOÑA AURORA

¡Libre!.. Jamás esperé que nos olvidara Dios; (_A don César_) ni de haber fiado en vos jamás me arrepentiré, pues duda no queda en mí de a quién debo, capitán, la libertad que me dan cuando os vuelvo a ver aquí.

DON RODRIGO

Despeja. Escuchad, Aurora.

DOÑA AURORA

¿Por qué le mandáis salir?

DON RODRIGO

Porque nadie debe oír nuestras palabras ahora.

DOÑA AURORA

¡Dios mío! ¿Qué extraño afán os agita? ¿Es, por ventura, mi libertad impostura? ¡Ah! No os vayáis, capitán; quiere volverme tal vez al tormento.

DON RODRIGO

Oíd, os digo. Sois libre, y yo vuestro amigo.

DOÑA AURORA

¿Cabe entre el reo y el juez amistad? ¿Entre el verdugo y la víctima? Jamás os conoceré por más que por juez.

DON RODRIGO

¡A Dios no plugo que fuese de otra manera! Mas acaso desde ahora variéis de opinión, Aurora.

(_Vuelve a don César, que permanece en pie junto a la puerta_).

¿Qué esperáis vos? Idos fuera.

(_Vase don César_).

ESCENA VII

DON RODRIGO y DOÑA AURORA

DON RODRIGO

Nada receléis de mí, pobre niña: en libertad estáis: vuestra voluntad no tendrá ya coto aquí. Serenaos, pues; oídme, Aurora, y por cuanto améis ruégoos que me contestéis la verdad.

DOÑA AURORA

Pues bien, decidme vos en conciencia primero: ¿mi libertad se me dio con la de Gabriel? Si no es así, yo no la quiero.

DON RODRIGO

Solo depende de vos la libertad; si un secreto me aclaráis vos, os prometo la libertad de los dos.

DOÑA AURORA

¿Es mío solo el secreto que me pedís?

DON RODRIGO

Sí, en verdad.

DOÑA AURORA

¿Y vale la libertad de Gabriel?

DON RODRIGO

Me comprometo a dársela.

DOÑA AURORA

Preguntad.

DON RODRIGO

¿Qué tiempo hará que de Gabriel al lado vivís?

DOÑA AURORA

Desde muy niña.

DON RODRIGO

¿Y qué memoria de vuestra infancia conserváis?

DOÑA AURORA

Apenas una vaga memoria me ha quedado de aquellas horas al pesar ajenas.

DON RODRIGO

No espero yo que recordéis la historia de vuestra infancia, cuya edad se olvida pronto, y muy fácilmente con las penas o los placeres de la inquieta vida; mas del lugar en donde habéis nacido, donde pasasteis los primeros años, tendréis alguna idea.

DOÑA AURORA

Muy confusa; tal, que puedo decir que la he perdido mezclándola después con mil extraños recuerdos posteriores.

DON RODRIGO

¿De manera que imposible os será, pues lo rehúsa vuestra memoria ya, la más ligera noticia dar de vuestra edad primera?

DOÑA AURORA

Tan imposible, no. ¿Quién en su mente a un recuerdo infantil no da guarida? ¿Quién no vuelve los ojos tiernamente hacia las puertas de oro de la vida? ¿Quién no recuerda en ocasión alguna el pobre hogar o la lujosa estancia, cuya techumbre guareció en su infancia el dulce sueño que gozó en la cuna?

DON RODRIGO

¿Vos recordáis ese lugar?

DOÑA AURORA

Sin duda; mas no por la virtud de mi memoria sola, tan fiel en esa edad no cabe tenerla: sé de mi infantil historia lo que fui recordando con ayuda de la voz de Gabriel, que es quien la sabe.

DON RODRIGO

¿Gabriel la sabe?

DOÑA AURORA

Sí.

DON RODRIGO

¿Y os la ha contado?

DOÑA AURORA

Incompleta.

DON RODRIGO

(También la habrá engañado). Mas yo quiero saber solo la idea que hayáis vos en la mente conservado.

DOÑA AURORA

Tengo, aunque muy confuso, algún recuerdo.

DON RODRIGO

¿De qué?

DOÑA AURORA

De mil objetos.

DON RODRIGO

Aunque sea en confusión, decídmelos.

DOÑA AURORA

Me acuerdo de una ribera donde yo cogía yerbezuelas y conchas; del rugiente mar, que sus ondas sin cesar mecía; de un monasterio triste y solitario fundado al pie de un monte; y vagamente me acuerdo de la iglesia, con su coro enverjado, sus techos con pinturas, su altar lleno de flores, su sagrario iluminado con mecheros de oro; y me acuerdo también, porque me daban miedo, de las inmóviles figuras de mármol que tendidas reposaban encima de sus anchas sepulturas.

DON RODRIGO

¿Qué monasterio era ese?

DOÑA AURORA

Era un convento de monjas.

DON RODRIGO

¿Qué país?

DOÑA AURORA

No lo he sabido nunca.

DON RODRIGO

¿Jamás Gabriel os ha contado lo que hacíais allí? ¿Quién conducido os había a aquel claustro?

DOÑA AURORA

No ha querido decírmelo jamás; sé que aposento tenía allí mi madre, y que he pasado los tres primeros años de mi vida allí.

DON RODRIGO

¿Con ella?

DOÑA AURORA

Sí.

DON RODRIGO

¿De vuestra madre, os ha hablado Gabriel?

DOÑA AURORA

Mil y mil veces.

DON RODRIGO

¿La recuerda a menudo?

DOÑA AURORA

No la olvida jamás, y sé que en sus nocturnas preces la reza como a mártir.

DON RODRIGO

¿Sabéis de ella la historia, el nombre, la familia?

DOÑA AURORA

Nada. Sé que fue un día festejada y bella, y luego escarnecida y ultrajada. Sé que el relato de su triste historia es una horrible e infernal leyenda que conserva Gabriel en su memoria, de expiación y de venganza prenda.

DON RODRIGO

¿Y qué es lo que sabéis de este relato vos?

DOÑA AURORA

Yo, nada tal vez, y acaso todo; porque sus hechos sé, mas nunca supe ni las personas, ni el lugar, ni el modo.

DON RODRIGO

Pero en fin, ¿qué sabéis de vuestra madre?

DOÑA AURORA

Sé que era noble dama; que vivía en la corte de un rey a quien la unía una amistad profunda y verdadera; que era para aquel rey casi una hermana, pues juntos cuando niños se criaron, y fraternal amor constantemente uno a otro los dos se conservaron. Sé que era cuanto rica, generosa; y que el encanto de las gentes era por su virtud y ciencia prodigiosa; que el vulgo la quería, la corte la admiraba y con ella secretos no tenía el rey, que como hermana la trataba.

DON RODRIGO

¿Mas ese rey?...

DOÑA AURORA

Murió.

DON RODRIGO

¿Cómo?

DOÑA AURORA

En la guerra, y concluyó con él su dinastía, y otro rey vino a gobernar su tierra, y a otras manos pasó su monarquía.

DON RODRIGO

¿Y vuestra madre entonces?...

DOÑA AURORA

Fue mirada como enemiga del monarca nuevo, y al fin de algunos meses acusada de traición; por diabólica su ciencia tomaron, y la dieron por culpada, diciendo que hizo creer que el rey vivía no sé a quién, a favor de un sortilegio, mostrando a sus conjuros evocada la aparición de su fantasma regio.

DON RODRIGO

¿Y después?

DOÑA AURORA

¡Oh! Después..., eso es lo horrible de la historia, señor. Se apoderaron de ella, de su palacio, de su hacienda, los vendieron, sus armas infamaron, y ocupó un extranjero su vivienda, y su nombre y su raza se olvidaron.

DON RODRIGO

¿Y ella?

DOÑA AURORA

Como las hojas del otoño despareció de encima de la tierra, y en ella más los hombres no pensaron solo pensando en libertad y guerra.

DON RODRIGO

¿Pero vos?

DOÑA AURORA

No lo sé... Sé que mi madre pobre, triste, ofendida y no vengada, en aquel solitario monasterio tejía su existencia desdichada, y yo existía ya, bajo el misterio de aquellas santas bóvedas velada.

DON RODRIGO

¿Y luego?

DOÑA AURORA

No sé más.

DON RODRIGO

¿Gabriel no os dijo nada de vuestro padre?

DOÑA AURORA

Le tenía siempre por padre a él, y él me quería más que el padre mejor quiere a su hijo.

DON RODRIGO

¿Pero cómo supisteis?...

DOÑA AURORA

En su sueño sorprendí su secreto: y como me era necesario su amor de una manera u otra, el amor filial hallé pequeño, y del amor de la mujer y el niño formé para Gabriel solo un cariño.

DON RODRIGO

¿Pero al saber que vuestro padre no era, no preguntasteis vos?

DOÑA AURORA

Quién era el mío.

DON RODRIGO

¿Y qué dijo Gabriel?

DOÑA AURORA

Que él lo sabía: mas que de él a acordarme no volviera, porque mi amor filial no merecía.

DON RODRIGO

Siempre merece un padre...

DOÑA AURORA

No lo ha sido jamás el mío para mí.

DON RODRIGO

¡Aurora!

DOÑA AURORA

¿Creéis que una razón me fue bastante para echar su memoria en el olvido? ¡Insistí, porfié, lloré y ahora sé que nunca mi amor ha merecido! Sé que me echó a la vida despojada de su nombre, y sin pan y sin abrigo. Sé que dejó a mi madre deshonrada en medio de la tierra abandonada para llorar y perecer conmigo.

DON RODRIGO

¿Y creéis a Gabriel?

DOÑA AURORA

¿Que si le creo? Es la verdad del cielo descendida; su palabra es mi fe, y en esta vida por su fe juzgo, por sus ojos veo.

DON RODRIGO

¿Nunca os dijo Gabriel nada en abono de vuestro padre?

DOÑA AURORA

Nada; y si lo hubiera, yo sé bien que Gabriel me lo dijera.

DON RODRIGO

¿Es decir?...

DOÑA AURORA

Que es mi padre y le perdono, como amor exigir de mí no quiera. Mi madre, que al dolor ha sucumbido, de Dios le aguarda ante el excelso trono. Yo, a quien solo dio el ser, nada le pido; pero como él nos olvidó, le olvido, como él me abandonó, yo le abandono.

DON RODRIGO

¿Vive, pues?

DOÑA AURORA

No lo sé.

DON RODRIGO

¿Mas si viviera?

DOÑA AURORA

Como él no me buscó, no le buscara.

DON RODRIGO

¿Y si una vez en la vital carrera con él os encontrarais?

DOÑA AURORA

Le mirara sin ira, mas la espalda le volviera.

DON RODRIGO

¿Y si al veros partir él os llamara?

DOÑA AURORA

De su paterna voz no hiciera caso.

DON RODRIGO

¿Y si llorando el mísero os siguiera?

DOÑA AURORA

Apresurara, sin volverme, el paso.

DON RODRIGO

Pero, ¿y si os alcanzara y os asiera de los vestidos él?

DOÑA AURORA

Los rasgaría dejándole en la mano los pedazos.

DON RODRIGO

¿Y si os tendiera sus paternos brazos?

DOÑA AURORA

Su abrazo paternal rechazaría.

DON RODRIGO

¿Por qué?

DOÑA AURORA