Part 6
Porque mi padre todavía no ha ido a orar sobre la tumba oscura de mi madre, y Gabriel me dijo un día que al querer abrazarnos se abriría entre mi padre y yo su sepultura.
DON RODRIGO
¡Fatal superstición!
DOÑA AURORA
Tal es la mía.
DON RODRIGO
Tal es la ira de Dios. Es un misterio impenetrable. Satanás me ciega sin duda, y nunca a comprenderle llega mi corazón ansioso.
DOÑA AURORA
He respondido a cuanto preguntarme habéis querido. Señor, a vos os toca.
DON RODRIGO
¡Sí, a fe mía! Vais a ver a Gabriel. (¡Oh!, sí; yo quiero apurar este cáliz de agonía.) (_Abre la puerta que da al encierro de Gabriel, mientras Aurora dice_):
DOÑA AURORA
Libres al fin... Para Gabriel ahora libre será mi corazón entero.
ESCENA VIII
DOÑA AURORA, DON RODRIGO y GABRIEL
DON RODRIGO
(_A Gabriel_). Espinosa.
GABRIEL
Heme aquí.
DOÑA AURORA
(_Viendo a Gabriel_). ¡Gabriel!
GABRIEL
(_Abrazándola_). ¡Aurora! ¡Infeliz! ¿Quién aquí te ha conducido?
DOÑA AURORA
La libertad, Gabriel, libres estamos, y cual juntos aquí nos han traído, juntos espero que de aquí partamos.
GABRIEL
(_Pidiendo explicación de estas palabras de doña Aurora_). ¡Santillana!
DON RODRIGO
(_Dándole la orden de libertad_). Leed.
DOÑA AURORA
¿Ves?
GABRIEL
(Lo comprendo todo. La agitación de don Rodrigo, de mi Aurora infeliz la fe tranquila... ¡He aquí el instante para mí tremendo! La hora del martirio y del castigo. Señor, Señor..., mi espíritu vacila; sostenedme hasta al fin... ¡sed vos conmigo!)
DOÑA AURORA
¿Qué te agita, Gabriel?... Tu faz sombría, tu palidez...
GABRIEL
Un poco conmovido estoy; y es natural, Aurora mía. Y también vos estáis descolorido, Santillana...
DON RODRIGO
Espinosa, concluyamos. Yo os llamé...
GABRIEL
No os canséis: el por qué entiendo. ¿A solas con Aurora habéis hablado?
DON RODRIGO
La historia de su madre me ha contado.
GABRIEL
Solo para que a vos os la contara se la he contado yo.
DON RODRIGO
Toda pretendo saberla, pues.
GABRIEL
¡Curiosidad avara!
DON RODRIGO
Pero que vos satisfaréis.
GABRIEL
Sin duda; mas puédeos ser satisfacción muy cara; porque os advierto, juez, que he observado que mis satisfacciones y respuestas, por más que yo riendo os las he dado, han sido siempre para vos funestas.
DON RODRIGO
Hablad..., hablad.
GABRIEL
¡Si os empeñáis en eso! Mas después de tres meses de proceso no sé cómo no estáis escarmentado de interrogarme ya.
DON RODRIGO
¡Siempre lo mismo! Acabemos, Gabriel.
GABRIEL
Sí, concluyamos; hora es de penetrar en este abismo.
DON RODRIGO
Descender quiero a él.
GABRIEL
Y yo os prometo que lo haréis: el momento es oportuno.
DON RODRIGO
Decid, pues.
GABRIEL
Esperad, que este secreto os pertenece a tres y falta uno. Llamad al capitán, que con vos debe penetrarle también.
DON RODRIGO
(_Llama y sale un alguacil_). ¡Hola! Don César.
DOÑA AURORA
¿Qué tienes, Gabriel mío? En tu semblante, en tus palabras y ademanes noto siniestra agitación.
GABRIEL
Aurora mía, tu corazón amante por mí no tenga la inquietud más leve; a mis pesares Dios hoy pondrá coto, y ambos tendremos libertad en breve. ¿Tú no te olvidarás desde este día de tu Gabriel?
DOÑA AURORA
Jamás. ¿Eso preguntas? Juntas caminarán nuestras dos vidas, nuestras almas a Dios subirán juntas.
GABRIEL
Sí, ni la muerte las podrá un instante mantener una de otra divididas.
DOÑA AURORA
¡Dios! ¿A qué mientas la muerte ahora?
DON RODRIGO
Ya está aquí el capitán.
GABRIEL
Silencio, Aurora.
ESCENA IX
DOÑA AURORA, DON RODRIGO, GABRIEL y DON CÉSAR
GABRIEL
¡Hola! Sed, capitán, muy bien venido. Voy muy pronto a emprender un largo viaje y un encargo dejaros he querido...
DON CÉSAR
¡Un viaje!
GABRIEL
Sí, estoy libre; me parece que el portador de la orden habéis sido.
DON CÉSAR
(¡Ay de mí! La infeliz aún nada sabe).
GABRIEL
Decidme, capitán, ¿me habéis traído un pliego de Madrid?
DON CÉSAR
Tomadle.
GABRIEL
Bueno; guardadle por ahora. En esa carta de un gran misterio encontraréis la llave. (_A don Rodrigo_). Vos sois algo curioso, y no me fío de vos: sois padre y juez; os la confío, capitán, solo a vos. Cuando yo parta, dádsela a vuestro padre y que la lea. ¿Me entendéis? Cuando parta: que no sea ni un solo minuto antes.
DON CÉSAR
Os lo juro.
GABRIEL
Vuestra palabra sola es buen seguro. Además, por si acaso no volvemos a vernos, pues yo parto con Aurora del mundo terrenal a otros extremos, quiero un regalo haceros, en memoria de nuestro buen encuentro en esta vida, que os será complemento de mi historia y prenda de amistad y despedida. (_Gabriel saca del pecho un relicario que lleva al cuello con una cadena_).
DON RODRIGO
(Esa calma satánica me aterra).
DOÑA AURORA
(Tiemblo no sé por qué).
DON CÉSAR
(No es ser humano quien así se despide de la tierra).
GABRIEL
Tomad. Es, capitán, un amuleto sagrado; don del Papa. Un relicario que un _lignum crucis_ venerando encierra y guarda como el pliego otro secreto. Con el respeto mismo que a un sagrario contempladlo, y lo mismo que la carta se lo daréis al juez... cuando yo parta. (_A don Rodrigo_). Abridlo solo vos: es mi conciencia, y Dios solo con vos sondarla debe; en ella echad una ojeada breve y reconoceréis la omnipotencia. ¡Mas si un soplo hay en vos de fe cristiana, esperad a que muera, Santillana! ¡Ea! Ya que se acerca mi partida, escuchad, señor juez, el cuento extraño que queríais saber, y por mi vida que oiréis una historia divertida.
DON RODRIGO
(Yo tiemblo).
GABRIEL
Oídme, pues. La escena pasa no importa el día, la estación ni el año, de noche, en Setubal, y en una casa.
DON RODRIGO
(¡Cielos!).
GABRIEL
Temblando estáis si no me engaño, Santillana.
DON RODRIGO
Seguid.
GABRIEL
En hora buena. En una alcoba cómoda, alumbrada por una lamparilla perfumada con asiático aroma, bien ajena el alma de inquietud y bien guardado por leales domésticos, el dueño de aquella rica estancia descuidado yacía en brazos de agradable sueño. Era un hombre harto noble y poderoso para que no tuviera por asilo muy seguro su casa, y al reposo se entregaba en su cámara tranquilo. Una noche creyó sobresaltado, a pesar de lo doble de la alfombra, pasos del lecho percibir al lado. Abrió los ojos y miró espantado trazarse en la pared movible sombra: volvió la faz, y con la faz de seda se tropezó de un hombre enmascarado. ¡Frío quedó como el cadáver queda! «Levantaos», le dijo con acento imperioso el incógnito; y vistiose la bata que él le daba. «A ese aposento salid». Obedeció y enfrente hallose de dos hombres plantados a la puerta, una dama como ellos encubierta y un sacerdote pálido, y tenaces sintió pesar sobre su frente yerta las miradas ardientes y voraces lanzadas a su frente descubierta a través de los negros antifaces. Entonces de estos hombres el primero, de la sombría dama el velo alzando, «¿La conocéis?», le dijo, y él, temblando, «Sí», respondió. «Pues bien, sed caballero», repuso el disfrazado; y avanzando el grave sacerdote se dispuso a unirle con la dama en matrimonio, mientras el de la máscara se puso a escribir en silencio el testimonio. El despertado resistirse quiso; pero su daga el disfrazado al pecho le presentó y ceder le fue preciso; firmó, y el matrimonio quedó hecho. Partió la dama y los demás con ella. Mas quedose el primer enmascarado, y dijo gravemente al despertado: «Tenéis una mujer ilustre y bella, gracias a mí y a vuestra buena estrella, que os hizo viudo para ser casado; le quitasteis la honra, y habéis dado nombre a sus hijos; mas seguid su huella y morís, ¡os lo juro!, asesinado». Dijo así el de la máscara, y partiose con los demás; y de la casa el dueño enmedio de la cámara quedose dudando si era realidad o sueño.
DON RODRIGO
Tremenda realidad.
GABRIEL
(_Apartándole a un lado_). Sí, don Rodrigo; la dama, doña Inés; vos, el casado.
DON RODRIGO
¿Y vos, señor?
GABRIEL
El hombre enmascarado.
DON RODRIGO
Tal vez Dios permitió...
GABRIEL
Lo habéis soñado.
DON RODRIGO
¿Y si el sueño es verdad?
GABRIEL
Silencio, digo. Que ellos no os oigan, que la faz no os vean; sueño o verdad, que sepultados sean con vos el sueño, la verdad conmigo.
DON RODRIGO
Pero mi alma concibe en este punto que ese arcano fatal guardar podría una verdad.
GABRIEL
Os dije que era asunto concluido. Escuchadme: si yo fuera el rey don Sebastián, morir debía por la quietud del reino, y mi alma entera ser mártir a ser rey preferiría. Si soy un impostor, y perjudico con mi existencia la quietud de España, debo morir también; debo una hazaña de mi impostura hacer, y sacrifico mi vida a sostener esta patraña que mi historia desde hoy hará famosa. ¿Me comprendéis?
DON RODRIGO
Señor, yo no me atrevo, dudando...
GABRIEL
Ahogad la duda: morir debo, si no por Sebastián, por Espinosa; y deben sepultarse, don Rodrigo, con vos el sueño, la verdad conmigo. No lo olvidéis.
(_Vuelven al centro de la escena_).
DOÑA AURORA
¿No sigues tu leyenda, Gabriel? No está acabada.
GABRIEL
No por cierto; para leer su conclusión horrenda de vuestros ojos quitará una venda el juez cuando haya el relicario abierto.
ESCENA X
GABRIEL, DOÑA AURORA, DON RODRIGO, DON CÉSAR, el DOCTOR N. y ALGUACILES. A la parte exterior de la puerta, soldados. Después, el Verdugo
ALGUACIL
Las seis.
GABRIEL
Partamos, pues.
DOÑA AURORA
¡Virgen María! Gabriel, ¿qué es esto?
GABRIEL
Mi destino, Aurora.
DOÑA AURORA
¡Tu destino!... ¡Mi mente se extravía!
ALGUACIL
(_Anunciando_). El verdugo del rey. (_Se presenta el Verdugo con el dogal en la mano_).
DOÑA AURORA
¡Dios mío! ¡Ahora lo comprendo!... ¡Ay de mí!... (_Se desmaya en los brazos de don César, que la coloca en el sillón_).
DON CÉSAR
¡Mísera!
GABRIEL
El día concluye. Vamos, pues me faltaría valor para dejarla si volviera en sí. Pronto, marchemos.
DOCTOR
(_A Gabriel, poniéndose a su lado_). Vos, conmigo.
GABRIEL
Es inútil.
DOCTOR
Mirad.
GABRIEL
Todo es en vano.
DOCTOR
¿Sin confesión iréis?
GABRIEL
Ha que os lo digo cuatro semanas ya.
DOCTOR
¿No sois cristiano?
GABRIEL
Porque lo soy, si a confesarme accedo, os tendré que decir lo que no puedo. Velad por ella, capitán; se encierra en ella sola cuanto amé en la tierra.
DON RODRIGO
Señor...
GABRIEL
No os fatiguéis; empresa es vana. Llegó, rey o impostor, mi último día y moriré cual debo, Santillana. Si impostor, con impávida osadía, y si rey, con fiereza soberana.
(_Vase, y todos tras él_).
ESCENA ÚLTIMA
DON RODRIGO, DOÑA AURORA y DON CÉSAR
DON RODRIGO
A concebir mi mente no se atreve de la verdad el espantoso arcano. Por ser y por no ser perecer debe, sí; pero no mi desdichada mano a ciegas al patíbulo le lleve. César, dame esa joya.
DON CÉSAR
Cuando muera.
DON RODRIGO
Sepamos antes la verdad entera, César.
DON CÉSAR
Padre, excusad vana porfía; con su secreto perecer quería y he de cumplir su voluntad postrera.
DON RODRIGO
¡César!
DON CÉSAR
Se lo juré.
DOÑA AURORA
(_Volviendo en sí_). ¡Ay! ¿Quién hablaba aquí? ¿Sois vos, don César? ¡Qué terrible pesadilla!
DON CÉSAR
(_Aparte_). (¡Infeliz!).
DOÑA AURORA
Sí, yo soñaba sin duda... ¡Eran quimeras! Mas ¡qué horrible sospecha! Ese silencio..., esa tristeza... ¿Qué sucede? ¡Ay de mí! Los pensamientos no acierto a combinar en mi cabeza. ¿Y Gabriel? Aquí estaba unos momentos hace. ¿Y Gabriel? Decid: ¿dónde está ahora? ¿Dónde está? Yo he soñado que venían por él. Mas ¡qué rumor!...
(_Ruido de voces dentro; doña Aurora se abalanza a la ventana, que abre, a pesar de don César que intenta impedírselo_).
DON CÉSAR
Tened, Aurora; tened, no os asoméis.
DOÑA AURORA
¡Ah! Me querían engañar. (_Se asoma_). Allí va. Luces, soldados, gente... ¡Ay! Yo veo, pero no concibo lo que veo... Me envuelve el pensamiento una niebla, un vapor calenturiento, y no sé comprender lo que percibo. Allí va. ¿Pero dónde se lo llevan sin mí? Se paran... ¡El afán me ahoga! ¿Qué palos son aquellos que se elevan allí? ¿Quién es aquel que con él sube? ¿Qué le ponen al cuello?... Es una soga. ¡Dios mío! Rasga la sangrienta nube que me ofusca la mente... Un sacerdote. ¡Ah! Le van a matar... ¡Desventurados, deteneos!... ¡Gabriel!... ¡Y yo, insensata, que lo miraba estúpida! Malvados, tened... Las manos sin oírme le ata. (_Volviéndose de repente a don Rodrigo_). Pero vos, ¡miserable!, que sois hombre, venid..., gritad..., gritad..., alma cobarde, conmigo... ¡Deteneos! Santillana, gritad, a mí no me oyen, ¡en el nombre de Dios! Gritad..., le quitan la escalera... Gritad.
DON RODRIGO
Sí, que se salve aunque yo muera. (_Se acerca a la ventana y grita_). ¡En el nombre del rey!...
DOÑA AURORA
¡Ay, es ya tarde! (_Cayendo de rodillas junto a la ventana_).
DON CÉSAR
(_Dando el relicario a don Rodrigo_). ¡Tomad: sepamos la verdad postrera!
(_Don Rodrigo toma y abre con ansia el pliego y el relicario que le da don César. El relicario contiene un papel y un retrato envuelto: el pliego varios papeles. Lo primero que lee don Rodrigo es el papel del relicario: después registra con ansia los papeles del pliego, y después desenvuelve el retrato; todo con la mayor agitación y ansiedad. Doña Aurora permanece unos momentos de rodillas y se acerca después al grupo que forman don Rodrigo y don César_).
DON RODRIGO
(_Leyendo_). «En nombre de Dios. Quienquier que fueres, juez, sacerdote o asesino, pena de excomunión después que lo leyeres, arroja al fuego este papel. El muerto ha sido el rey don Sebastián».
DOÑA AURORA
¡A buena hora lo ves, imbécil asesino!
DON RODRIGO
(_Registrando el pliego_). Mi firma. Una escritura..., mi contrato de boda... (_Desenvuelve el retrato_). Y esta, doña Inés Aldino.
DOÑA AURORA
(_Quitándoselo_). ¡Mientes! Es de mi madre ese retrato.
DON RODRIGO
(_Tendiéndole los brazos_). ¡Hija mía!
DOÑA AURORA
(_Rechazándole_). ¿Tu hija?... Eso tan solo me faltaba. ¡Hija tuya! Alucinarme quieres con ese nombre; mas el dolo miserable comprendo. No lo intentes. Tú no has podido la existencia darme. Mientes, viejo feroz; dime que mientes. Tú para que su muerte te perdone me llamas hija tuya; mas te engañas. Nada hay en mí que tu maldad abone; para ti solo hay odio en mis entrañas.
DON RODRIGO
(_De rodillas_). ¡Hija mía!
DOÑA AURORA
¡Otra vez! No me lo digas, no me lo expliques; comprender no quiero que el ser infame que en tu seno abrigas me pudo dar el ser. Muerta primero.
DON RODRIGO
(_Asiéndola del vestido_). ¡Calla, hija mía!
DOÑA AURORA
Suelta, no me sigas.
DON RODRIGO
¡Huyes de mí!
DOÑA AURORA
Por siempre.
DON RODRIGO
¿Me abandonas?
DOÑA AURORA
Como a mi madre tú.
DON RODRIGO
¿Nada en mi abono te dice el corazón? Que me perdonas dime.
DOÑA AURORA
Mi madre, contra ti, ante el trono de Dios, venganza pide.
DON RODRIGO
¡Horrendo encono!
DOÑA AURORA
Si eres mi padre tú, ¿por qué te extrañas del infernal rencor que arde en mis venas? La que tiene tu sangre en sus entrañas, solo puede tener sangre de hienas. Suéltame, pues, de tu sangrienta mano. Mi padre era Gabriel, y su asesino y el de mi madre, tú.
DON RODRIGO
Pero el destino te une hoy a mí.
DOÑA AURORA
(_Desprendiéndose de él_). Lo intentarás en vano. Muerta mejor que a tu existencia unida. Reniego, huyo de ti; mi ser olvida y el nombre de hija que tan mal empleas; y ¡ojalá que infeliz como ellos seas!, y ¡ojalá en mi lugar, fiero homicida, de mi madre y Gabriel, junto a ti veas la doble aparición toda tu vida!
(_Don Rodrigo cae desplomado. Doña Aurora se va por la puerta del fondo. Don César la sigue tristemente. Cae el telón_).
FIN DEL DRAMA