CAPITULO XI
¿Cuál es vuestro designio? ¿Qué significa ese lenguaje misterioso? SHAKESPEARE. Macbeth.
En efecto, aquel brazalete tejido con cabellos de la hermosa hija de don Carlos, y cuyo broche era retrato de ésta, fué regalado a Teresa por su amiga hacía algunos años y desde entonces pocas veces dejaba de llevarlo, pues si su carácter, seco y huraño, la hacía poco afectuosa con Carlota, su corazón, noble y agradecido, sabía apreciar dignamente la preciosa prenda de una amistad tan sincera como aquella que debía a su interesante compañera.
Sab, poseedor de tan inestimable joya, apretábala a su seno mil y mil veces, bendecía a Teresa y buscaba sus miradas deseoso de que leyera en las suyas la inmensa gratitud de su corazón. Pero eran vanos sus esfuerzos. Durante el camino Teresa, sepultada en el fondo del carruaje, no levantó los ojos de un libro que al parecer leía, y llegaron de noche a la estancia sin que Sab hubiese podido dirigirla ni una mirada de agradecimiento.
Inútilmente buscó después proporción de hablarla un momento. Teresa lo evitó con tanto cuidado que le fué imposible conseguirlo.
Dos días más pasaron en Cubitas nuestros viajeros, empleados por don Carlos en hacer conocer a su futuro yerno todas las tierras que le pertenecían, y en mostrar a las señoritas otras curiosidades naturales del país. Entre ellas el río Máximo, llamado de los Cangilones, cuyas límpidas aguas corren mansamente por medio de dos simétricas paredes de hermosas piedras, y en cuyas márgenes pintorescas florecen las clavellinas, y una infinidad de plantas raras y preciosas. Sab les hizo ver también los Paredones, cerros elevados y pedregosos por medio de los cuales se extiende un camino de doce o catorce varas de ancho. El viajero que transita por dicho camino no puede levantar la vista hacia la altura sin sentir vértigos y cierto espanto, al aspecto imponente de aquellas grandes moles, paralelas y de admirable igualdad, que no ha levantado ninguna mano mortal.
Carlota hubiera deseado aguardar en Cubitas la vuelta de su amante, que se veía obligado a ir por algunos días a Guanaja; pero el señor de B.... había determinado de antemano regresar a Bellavista el mismo día que Otway partiese a Guanaja. Estaba impaciente el buen caballero por enviar a Sab a Puerto Príncipe y acercarse él mismo a aquella ciudad, a fin de tener más presto las noticias que deseaba. En el último correo de la Habana no había tenido carta de su hijo ni de sus preceptores. Sab, que había ido a la ciudad, como sabe el lector, llevando entre otros el encargo de sacar las cartas del Correo, había declarado al llegar (el día en que partieron para Cubitas), que no había carta ninguna para el señor de B.... Extraño era este silencio de su hijo que no dejaba de escribirle un solo correo, y extraño también que su corresponsal de negocios no le mandase, como acostumbraba, los periódicos de la Habana, mayormente cuando debían contener la noticia del sorteo de la gran lotería; que ya sabía don Carlos por Enrique haber caído el premio mayor en Puerto Príncipe. Deseaba, pues, con toda la impaciencia de que era susceptible su carácter, tener noticias de su hijo, cuyo silencio le inquietaba, y saber cuál era el número premiado. Aunque, como ya hemos dicho, no era don Carlos codicioso, ni diese demasiada importancia a las riquezas, no dejaba de conocer con dolor cuánto las suyas estaban desmembradas, y cuán bello golpe de fortuna sería, para él sacar 40,000 duros a la lotería. Por tanto, al saber que este premio cayera en Puerto Príncipe, latió su corazón de esperanza y acordándose que tenía dos billetes, y Teresa y Carlota cada una otro;--¿Quién sabe,--dijo,--si uno de estos cuatro billetes será el premiado? ¡Oh! ¡Si fuese el de Carlota! ¡Qué felicidad!--Pero, no,--añadió prontamente el generoso caballero;--más bien deseo que sea el de Teresa; ella lo necesita más. ¡Pobre huérfana, que no ha heredado más que un mezquino patrimonio! Carlota será sin la lotería bastante rica, mayormente casándose con Enrique Otway.
Enrique partió para Guanaja pasados tres días en Cubitas y la familia de B.... para Bellavista, después de dejar instalada a Martina en su nuevo domicilio, colmándola de regalos y recibiendo en cambio sus bendiciones.
¡Cómo pierden su hermosura los objetos mirados por los ojos de la tristeza! Carlota al restituirse a Bellavista miraba con indiferencia aquellos mismos campos, fértiles y hermosos, que tan grata impresión le causaran tres días antes, admirándolos con Enrique.
Iba a estar ocho días separada de aquel objeto de toda su ternura, y su tristeza era tanto mayor cuanto que una vaga inquietud, un indefinible temor atormentaban por primera vez su imaginación.
En los tres días pasados en Cubitas habíale parecido su amante frecuentemente triste y caviloso, y sus adioses fueron fríos. Cuando Carlota le hablaba de su próxima unión, Enrique callaba o contestaba con cierta confusión; cuando Carlota le reprochaba su displicencia, Enrique se disculpaba con pueriles pretextos. Una desconfianza indeterminada, pero cruel, oprimió por primera vez aquel cándido y confiado corazón.--No me ama tanto como yo le amo, se atrevió Carlota a confesarse a sí misma; alguna cosa le aflige que no se atreve a confiarme.
¡Enrique tiene secretos para mí! ¡Para mí que le he entregado mi alma toda entera! ¡Para mí que seré en breve su esposa!
Trataba en vano de adivinar la causa secreta de las cavilaciones de Enrique, y preguntábasela a su propio corazón. ¡Ah! ¿Cómo había de responderle aquel noble y desinteresado corazón? Carlota oyó decir a su padre que Otway se había sorprendido al saber el poco valor y escasos productos de las tierras que poseía en Cubitas; pero, ¿podía ella sospechar remotamente que aquel descubrimiento influyese en la tristeza y frialdad de su amante?... Si un desgraciado instinto se lo hubiese revelado, Carlota no hubiera podido amar ya, pero acaso tampoco hubiera podido vivir.
Melancólica y preocupada, llegó al anochecer a aquel ingenio del cual saliera tres días antes con tan risueñas disposiciones, y sabiendo que Sab debía partir al día siguiente para la ciudad pretextó tener que escribir varias cartas a algunas de sus conocidas y se encerró en su cuarto, para entregarse toda a su tristeza e inquietud; don Carlos siguió su ejemplo retirándose a su escritorio, con el verdadero objeto de escribir muchas cartas que debía Sab llevar al Correo, y las niñas, fatigadas, no tardaron en dormirse. Así únicamente Teresa permanecía en la sala al cuarto de hora de llegar al ingenio. Todos, al parecer, la habían olvidado y hallóse sola enteramente. Levantóse entonces de la butaca en que se había sentado, y acercándose con cautela a la puerta del cuarto que servía de dormitorio a las dos, y en el cual se hallaba entonces encerrada Carlota, aplicó el oído a la cerraja y escuchó atentamente por espacio de algunos minutos. Luego volvióse muy despacio a su silla.--¡No hay duda!--dijo en voz baja:--¡He oído sus sollozos! ¡Carlota! ¿Qué puede afligirte? ¡Eres tan dichosa! ¡Todos te aman! ¡Todos desean tu amor!... ¡Deja lágrimas para la pobre huérfana sin riquezas, sin hermosura, a la que nadie pide amor, ni ofrece felicidad!
Inclinó lánguidamente la cabeza, y quedó sumida en tan larga y profunda meditación, que durante más de dos horas no hizo el menor movimiento, ni apenas podría percibirse que respiraba. La vela de sebo, que ardía a su lado sobre una mesa, habíase gastado sin que ella lo advirtiese y estaba ya próxima a extinguirse. Por fin, volviendo progresivamente de aquella especie de letargo, exhaló primero un hondo suspiro; levantó luego con lentitud la cabeza y echó una ojeada al reloj de mesa que estaba junto a ella. ¡Las diez!--exclamó:--¡las diez! ¡Hace pues dos horas que estoy aquí sola!--Miró luego la puerta del cuarto en que se hallaba Carlota, y que permanecía cerrada todavía, y por último fijó los ojos en la vela expirante, que ya apenas iluminaba débilmente los objetos, si bien arrojaba por intervalos ráfagas de vivísima luz.--Así un corazón gastado por los pesares,--dijo tristemente,--arroja aún de tiempo en tiempo destellos de entusiasmo, antes de apagarse para siempre: así mi pobre corazón cansado de amargura, despedazado de dolores, vierte todavía sobre mis últimos años de juventud el resplandor siniestro de una llama criminal y terrible!
La luz arrojó en aquel momento una ráfaga más viva que las anteriores; pero fué la última: Teresa quedó en profunda oscuridad, y oyóse entonces su voz proferir con acento más triste:
--Así te extinguirás, desgraciado fuego de mi corazón, así te extinguirás también por falta de pábulo y de esperanza.
--¡No, Teresa! ¡Aún hay para vuestro amor una esperanza! Aún podéis ser dichosa,--respondió otra voz no menos sombría, que Teresa escuchó casi en su mismo oído. Lanzó ella un ligero grito, que al parecer fué sofocado por una mano colocada oportunamente sobre su boca.--¡Silencio!--repitió la misma voz,--silencio si no queréis perdernos a ambos. Teresa, yo os debo mucho y acaso puedo pagaros; vos habéis adivinado mi secreto y yo en cambio poseo el vuestro. Es preciso que haya una explicación entre nosotros: es preciso que me oigáis. ¿Lo entendéis, Teresa? Esta noche, cuando el reloj que hace un momento mirabais, haya sonado las doce, os aguardo en las orillas del río a espaldas de los cañaverales del Sur. Mañana debo partir y es forzoso que me oigáis antes, porque esta conferencia, yo os lo juro, decidirá de mi suerte y la vuestra. ¡Acaso también de la suerte de otros! ¿Juráis
acudir a la cita, que os pido en nombre de todo lo que más amáis?
--Sab,--respondió Teresa con voz trémula y asustada:--¿qué quieres decir? soy una desgraciada a quien debes compadecer.
--Y a la que quiero y puedo hacer dichosa,--repuso con vivacidad su interlocutor.--¡Yo os lo suplico por la memoria de vuestra madre, Teresa! dignaos otorgarme lo que os pido. Mi vida, la vuestra acaso depende de esta condescendencia.
--¡A las doce! ¡Sola! ¡Tan distante!--observó en voz baja la doncella.
--¡Y qué! ¿Tendréis miedo del pobre mulato, a quien creisteis digno de recibir de vos el retrato de Carlota? ¿Me tendréis miedo, Teresa?
--No,--respondió ella con voz más segura:--¡Sab! yo te lo prometo, acudiré a la cita.
--¡Bendita seas mujer! ¡Y bien! a las doce, a orillas del río, a espaldas de los cañaverales del Sur.
--Allí me hallarás.
--¿Lo juras, Teresa?
--¡Lo juro!
A este diálogo habido en las tinieblas sucedió en la sala un silencio profundo, y cuando tres minutos después salió don Carlos de su escritorio llamando a Sab, para entregarle las cartas que debía llevar a la ciudad, encontró a Teresa en la misma butaca en la que la había visto al dejar la sala y al parecer profundamente dormida. A las voces del señor de B...., y al ruido de la puerta del cuarto de Carlota, que se abrió casi al mismo tiempo, despertó de su sueño, y oyó esperezándose la dulce voz de su amiga que la decía abrazándola.
--Teresa mía, perdona el que te haya dejado sola por tanto tiempo.!Tenía tanto que escribir!--Y al momento, como si se arrepintiese de ser poco sincera con su amiga, añadió más bajo:--¡Tenía tanta necesidad de estar sola!
Teresa, sin prestar atención a esta excusa, miró alrededor de sí, como si después de un tan largo sueño apenas recordase el sitio en que se hallaba.--¿Qué hora es?--preguntó seguidamente.
--Mira el reloj,--respondió Carlota,--son las diez dadas y creo justo nos recojamos, tanto más cuanto parece estás muy dispuesta a volver a dormirte. Pero he aquí a Sab que recibe órdenes y cartas; mañana al amanecer marcha a la ciudad; voy a darle dos cartas que he escrito para nuestras amigas. ¿No tienes tú nada que encargar a Puerto Príncipe?
--Nada,--contestó Teresa, levantándose y dirigiéndose hacia el dormitorio, al cual la siguió Carlota después de poner en manos del mulato sus dos cartas, y de recibir un beso y una bendición de su padre.
--Te habrás fastidiado mucho, mi buena Teresa,--dijo cariñosamente a su compañera, después de cerrar la puerta y mientras se desnudaba para acostarse:--¡tan sola como estabas! ¿Qué has hecho?
--Dormir, ya lo has visto,--respondió Teresa, que ya estaba en la cama y al parecer muy próxima a volver a dormirse.
--He sentido mucho dejarte sola,--repuso Carlota;--pero mira: ¡tenía tanta necesidad de soledad y silencio! ¡Estaba tan triste! ¡Tan agitada!
--Estabas triste, ¿qué tenías, pues?--dijo Teresa incorporándose un poco en la almohada.
--Tenía... ¿qué sé yo? ¡Una opresión del corazón!... Necesitaba llorar, lloré mucho y ya me siento aliviada.
--¿Has llorado?--repitió Teresa alargándola una mano, con más ternura en su voz y en sus miradas que la que Carlota estaba acostumbrada a ver en ella. Conmovida en aquel momento, a vista de este inesperado interés, arrojóse la pobre niña en los brazos de su amiga y renovó su llanto. Poco tuvo que insistir Teresa para arrancarla una entera confesión de los motivos de su tristeza. No acostumbrada al dolor, pero dotada de un alma capaz de recibirlo en toda su plenitud, Carlota había padecido tanto aquella noche con sus cavilaciones e inquietudes, que sentía una necesidad de pedir consuelo y compasión. Por otra parte, aunque Teresa con su sequedad genial recibiese sus confianzas por lo común con muestras de poco interés, Carlota había adquirido el hábito de hacérselas, y reprochábala su corazón, como una falta, la reserva que en aquella ocasión había tenido con su amiga. Así pues, abrazada de su cuello y llenos los ojos de lágrimas, refirióle con candor y exactitud todas las quejas que formaba de Enrique. Teresa la escuchaba con atención, y luego que hubo concluído:
--¡Pobre Carlota!--la dijo:--¡Cómo te forjas tú misma motivos de inquietud!
--¡Pues qué!--exclamó con ansiedad de temor y de esperanza,--¿piensas tú que soy injusta?
--Lo eres indudablemente,--repuso Teresa.
--¿Piensas que me ama lo mismo que antes?
--Y ¿por qué no te amaría más cada día, querida Carlota? ¡Eres tan buena, tan hermosa!
--¿Me adulas, Teresa?--preguntó Carlota, que a las primeras palabras de su amiga había levantado su linda cabeza, enjugando sus lágrimas y conteniendo sus sollozos, para oirla mejor.
--No ciertamente, eres amada y mereces serlo. ¿Por qué interpretas en tu daño lo que puede ser, y es indudablemente, efecto de ese mismo amor del cual dudas? ¿Es acaso extraño que Enrique esté triste y de mal humor, cuando, acostumbrado a verte diariamente por espacio de tres meses, y con la esperanza de verte en breve sin cesar, se halla sin embargo al presente forzado por enojosos asuntos de comercio a dejarte con frecuencia y a pasar semanas enteras lejos de ti? Esa frialdad de que te quejas es una aprensión tuya, y además, ¿quieres que un hombre abrumado de negocios esté tan entregado como tú a su ternura? ¿Quieres que no haga otra cosa que suspirar de amor a tus pies? ¡Oh! eres injusta, no lo dudes Carlota: Enrique no merece las sospechas de tu suspicaz ternura.
Escuchaba estas palabras Carlota con inexpresable alegría. Es tan fácil persuadirnos de aquello que deseamos, y tan dulce esta persuasión, que la apasionada joven no necesitó más que aquellas pocas palabras de Teresa, para disipar todas sus inquietudes; y si aun no se mostró convencida fué por el placer de que su amiga le repitiese que era injusta y que Enrique la amaba. ¡Cuánto bien hacían a su corazón aquellas palabras! ¡Cómo se aplaudía de haber confiado a Teresa sus penas, reconviniéndose de no haberlo hecho antes! Teresa la parecía aquella noche adorable, elocuente, sublime. Persuadíase con placer que era mil veces más justa, más sensata que ella, y lloró entonces haber ofendido a su amante con infundados recelos.
--He sido ciertamente muy injusta,--dijo entre sonrisas y lágrimas;--pero merezco perdón. ¡Le amo tánto! Una palabra, una mirada de Enrique es para mi corazón la vida o la muerte, la felicidad o la desesperación. Tú no comprendes esto, Teresa, porque nunca has amado.
Teresa se sonrió tristemente.
--Estás tan poco acostumbrada a padecer,--la dijo después,--que el menor contratiempo, hallando indefenso tu corazón, se posesiona y le oprime. ¡Oh Carlota! aun cuando la desgracia que sin razón has temido llegase a realizarse, ¿deberías abandonarte así cobardemente al dolor? Si Enrique fuese mudable, pérfido, ¿no tendrías bastante orgullo y fortaleza para despreciarle, juzgando poco digna de tus lágrimas la pérdida de un corazón inconstante?
Carlota desenlazó sus brazos de los de Teresa con un movimiento convulsivo, y pintóse en sus ojos un triste sobresalto.
--¡Qué! ¿Intentas acaso prepararme? ¿Me has engañado al asegurarme que me amaba? ¿Has conocido tú también su mudanza? ¿La sabes? dímelo ¡oh! en nombre del cielo, dímelo, cruel!
--No, pobre niña,--exclamó Teresa,--¡no! no he conocido otra cosa sino que serás desgraciada, no obstante tu hermosura y tus gracias, no obstante el amor de tu esposo y de cuantos te conocen. Serás desgraciada si no moderas esa sensibilidad pronta siempre a alarmarse.
--Sí,--respondió Carlota, con un hondo suspiro, mientras se sentaba tristemente y con aire pensativo sobre su cama:--Sí, seré desgraciada; no sé qué voz secreta me lo dice sin cesar; pero al menos la desgracia contra la cual quieres prepararme, no será la que yo llore más largo tiempo. Si Enrique fuese pérfido, ingrato...., entonces todo habría concluído....; yo no sería ya desgraciada. No son los más temibles aquellos males a los que hay la certeza de no poder sobrevivir.
Concluyendo estas palabras dejóse caer con abatimiento sobre la almohada, y Teresa fijó los ojos en ella con profunda emoción. Miraba con cierta sorpresa, y con la más tierna piedad, impreso el dolor en aquella frente tan joven y tan pura, en la que ni el tiempo ni las pasiones habían grabado hasta entonces su dolorosa huella, y reconveníase por haber turbado un momento su deliciosa serenidad.--Desgracia para aquellos, decía interiormente, que derraman la primera gota de hiel en un alma dichosa. ¿Quiénes son los que, surcado el rostro por las arrugas, que les han impreso los años o los dolores, se acercan atrevidos a la juventud confiada y feliz, para arrebatarle sus ilusiones inocentes y brillantes? Seres fríos y duros, almas sin compasión que pretenden hacer un bien cuando anticipan el momento fatal del desengaño: cuando ofrecen una triste realidad al que despojan de sus dulces quimeras. Hombres crueles, que hielan la sonrisa en los labios inocentes, que rasgan el velo brillante que cubre a los ojos inexpertos, y que al decir: esta es la verdad, destruyen en un momento la felicidad de toda una existencia.
¡Oh vosotros, los que ya lo habéis visto todo, los que todo lo habéis comprendido y juzgado, vosotros los que ya conocéis la vida y os adelantáis a su último término, guiados por la desconfianza! Respetad esas frentes puras, en las que el desengaño no ha estampado su sello; respetad esas almas ricas de esperanzas y poderosas por su juventud....; dejadles sus errores...., menos mal les harán que esa fatal previsión que queréis darles.
Teresa, haciendo estas reflexiones, se había inclinado hacia su prima y la apretaba en sus brazos con no usada ternura. Carlota recibía sus caricias sin devolverlas--tan preocupada estaba--hasta que Teresa renovando la conversación procuró tranquilizarla repitiéndola, con acento de convicción, que Enrique la amaba, que la amaría siempre y que le ultrajaba en dudar un momento de su sinceridad y constancia.
Luego que la vió menos agitada, rogóla procurase dormir y ella misma aparentó necesidad de reposo. Imposible fué sin embargo a Carlota dormirse en algún tiempo; bien que sosegada de sus temores, sentíase sobradamente conmovida, y ya Teresa dormía al parecer profundamente, hacía más de media hora, cuando ella aun daba vueltas en su cama sin poder sosegar. Por fin, después de esta agitación, el deseado sueño descendió a sus ojos, y Carlota se quedó dormida al mismo tiempo que el reloj sonaba distintamente las doce.
SEGUNDA PARTE