CAPITULO VI
Y mirando enternecido al generoso animal, le repite:--mientras viva mi fiel amigo serás. _Romance anónimo._
Habiendo descansado una gran parte del día y toda la noche, despertóse Carlota al amanecer del siguiente, y observando que aun todos dormían, echóse fuera del lecho queriendo salir a respirar en el campo el aire puro de la madrugada. Su indisposición, producida únicamente por la fatiga de una noche de insomnio, y las agitaciones que experimentara en las primeras horas del otro día, había desaparecido enteramente después de un sueño largo y tranquilo, y encontrábase contenta y dichosa cuando al despertar, a la primera lumbre del sol, se dijo a si misma: Enrique vive y está libre de todo riesgo; dentro de ocho días le veré junto a mí, apasionado y feliz; dentro de algunos meses estaré unida a él con lazos indisolubles.
Vistióse ligeramente y salió sin hacer ruido para no despertar a Teresa. La madrugada era fresca y hermosa, y el campo no había parecido nunca a Carlota tan pintoresco y florido.
Al salir de casa llevando en su pañuelo muchos granos de maíz, rodeáronla innumerables aves domésticas. Las palomas berberiscas sus favoritas, y las gallinas americanas, pequeñas y pintadas, llegaban a coger el maíz a su falda y posaban aleteando sobre sus hombros.
Más lejos el pavo real rizaba las cinéreas y azuladas plumas de su cuello, presentando con orgullo a los primeros rayos del sol su tornasolada y magnífica cola; mientras el pacífico ganso se acercaba pausadamente a recibir su ración. La joven sentíase en aquel momento feliz como un niño que encuentra sus juguetes al levantarse del seno de su madre, saliendo de su sueño de inocencia.
El temor de una desgracia superior hace menos sensible a los pesares ligeros. Carlota después de haber creído perder a su amante sentía mucho menos su ausencia. Su alma fatigada de sentimientos vehementes reposaba con delicia sobre los objetos que la rodeaban, y aquel día naciente, tan puro, asemejábase a los ojos de la doncella a los días apacibles de su primera edad.
No había en Puerto Príncipe, en la época de nuestra historia, grande afición a los jardines; apenas se conocían; acaso por ser todo el país un vasto y magnífico vergel formado por la naturaleza y al que no osaba el arte competir. Sin embargo, Sab, que sabía cuánto amaba las flores su joven señora, había cultivado vecino a la casa de Bellavista un pequeño y gracioso jardín hacia el cual se dirigió la doncella, luego que dió de comer a sus aves favoritas.
No dominaba el gusto inglés ni el francés en aquel lindo jardinillo: Sab no había consultado sino sus caprichos al formarle.
Era un recinto de poca extensión defendido del ardiente viento del sur por triples hileras de altas cañas de hermoso verde oscuro, conocidas en el país con el nombre de pitos, que batidas ligeramente por la brisa formaban un murmullo dulce y melancólico, como el de la ligera corriente de un arroyo. Era el jardín un cuadro perfecto, y los otros tres frentes los formaban arcos de juncos cubiertos por vistosos festones de cambustera y balsamina, cuyas flores carmíneas y doradas libaban zumbando los colibríes[13] brillantes como esmeraldas y topacios. Sab había reunido en aquel pequeño recinto todas las flores que más amaba Carlota. Allí lucían la astronomía, de pomposos ramilletes morados, la azucena y la rosa, la clavellina[14] y el jazmín, la modesta violeta y el orgulloso girasol enamorado del rey de los astros, la variable malvarrosa[15], la aleluya con sus flores nacaradas, y la pasionaria[16] ofreciendo en su cáliz maravilloso las sagradas insignias de la pasión del Redentor. En medio del jardín había un pequeño estanque en el que Sab había reunido varios pecesitos de vistosos colores, rodeándole de un banco de verdura sombreado por las anchas hojas de los plátanos.
Carlota recorría el jardín llenando de flores su blanco pañuelo de batista; de rato en rato interrumpía esta ocupación para perseguir las mariposas pintadas que revoloteaban sobre las flores. Luego sentábase fatigada a orillas del estanque; sus bellos ojos tomaban gradualmente una expresión pensativa, y distraídamente deshojaba las flores que con tanto placer había escogido, y las iba arrojando en el estanque.
Una vez sacóla de su distracción un leve rumor que le pareció producido por las pisadas de alguno que se acercaba. Creyó que despertando Teresa y advirtiendo su ausencia vendría buscándola, y la llamó repetidas veces. Nadie respondió y Carlota volvió a caer insensiblemente en su distracción. No fué larga sin embargo; la más linda y blanca de las mariposas que había visto hasta entonces llegó atrevidamente a posarse en su falda, alejándose después con provocativo vuelo. Carlota sacudió la cabeza como para lanzar de ella un pensamiento importuno, siguió con la vista la mariposa y vióla posar sobre un jazmín cuya blancura superaba. Entonces se levantó la joven y se precipitó sobre ella, pero el ligero insecto burló su diestro ataque, saliéndose por entre sus hermosos dedos, y alejándose veloz y parándose a trechos provocó largo tiempo a su perseguidora cuyos deseos burlaba en el momento de creerlos realizados. Sintiéndose fatigada, redobla Carlota sus esfuerzos, acosa a su ligera enemiga, persíguela con tenacidad, y arrojando sobre ella su pañuelo logra por fin cogerla. Su rostro se embellece con la expresión del triunfo, y mira a la prisionera por una abertura del pañuelo con la alegría de un niño; pero inconstante como él, cesa de repente de complacerse en la desgracia de su cautiva: abre el pañuelo y se regocija con verla volar libre, tanto como un minuto antes se gozara en aprisionarla.
Al verla tan joven, tan pueril, tan hermosa, no sospecharían los hombres inflexivos que el corazón que palpitaba de placer en aquel pecho por la prisión y la libertad de una mariposa, fuese capaz de pasiones tan vehementes como profundas. ¡Ah! ignoran ellos que conviene a las almas superiores descender de tiempo en tiempo de su elevada región: que necesitan pequeñeces aquellos espíritus inmensos a quienes no satisface todo lo más grande que el mundo y la vida pueden presentarles. Si se hacen frívolos y ligeros por intervalos, es porque sienten la necesidad de respetar sus grandes facultades y temen ser devorados por ellas.
Así el torrente tiende mansamente sus aguas sobre las yerbas del prado, y acaricia las flores que en su impetuosa creciente puede destruir y arrasar en un momento.
Carlota fué interrumpida en sus inocentes distracciones por el bullicio de los esclavos que iban a sus trabajos. Llamóles a todos, preguntándoles sus nombres uno por uno, e informándose con hechicera bondad de su situación particular, oficio y estado. Encantados los negros respondían colmándola de bendiciones y celebrando la humanidad de don Carlos y el celo y benignidad de su mayoral Sab. Carlota se complacía escuchándoles, y repartió entre ellos todo el dinero que llevaba en sus bolsillos con expresiones de compasión y afecto. Los esclavos se alejaron bendiciéndola y ella les siguió algún tiempo con los ojos llenos de lágrimas.
--¡Pobres infelices!--exclamó.--Se juzgan afortunados porque no se les prodigan palos e injurias, y comen tranquilamente el pan de la esclavitud. Se juzgan afortunados y son esclavos sus hijos antes de salir del vientre de sus madres, y los ven vender luego como a bestias irracionales... ¡A sus hijos, carne y sangre suya! Cuando yo sea la esposa de Enrique,--añadió después de un momento de silencio,--ningún infeliz respirará a mi lado el aire emponzoñado de la esclavitud. Daremos libertad a todos nuestros negros. ¿Qué importa ser menos ricos? ¿Seremos por eso menos dichosos? Una choza con Enrique es bastante para mí, y para él no habrá riqueza preferible a mi gratitud y mi amor.
Al concluir estas palabras estremeciéronse los pitos, como si una mano robusta los hubiese sacudido y Carlota asustada salió del jardín y se encaminó precipitadamente hacia la casa.
Tocaba ya en el umbral de ella cuando oyó a su espalda una voz conocida que la daba los buenos días; volvióse y vió a Sab.--Te suponía ya andando para la ciudad,--le dijo ella.
--Me ha parecido,--respondió el joven con alguna turbación,--que debía aguardar que se levantase su merced para preguntarla si tenía algo que ordenarme.
--Yo te lo agradezco Sab, y voy ahora mismo a escribir a Enrique; vendré a darte mi carta dentro de un instante.
Entróse Carlota en la casa, en la que dormían profundamente su padre, sus hermanitas y Teresa, y Sab la vió ocultarse a su vista exclamando con hondo y melancólico acento:
--¡Por qué no puedes realizar tus sueños de inocencia y de entusiasmo ángel del cielo!... ¿Por qué el que te puso sobre esta tierra de miseria y crimen no dió a ese hermoso extranjero el alma del mulato?
Inclinóse su frente con profundo dolor y permaneció un rato abismado en triste meditación. Luego se dirigió a la cuadra en que estaban su jaco negro y el hermoso alazán de Enrique. Puso su mano sobre el lomo del primero mirándole con ojos enternecidos.
--Leal y pacífico animal,--le dijo,--tú soportas con mansedumbre el peso de este cuerpo miserable. Ni las tempestades del cielo te asustan y te impulsan a sacudirle contra las peñas. Tú respetas tu inútil carga mientras ese hermoso animal sacude la suya, y arroja y pisotea al hombre feliz, cuya vida es querida, cuya muerte sería llorada, ¡Pobre jaco mío! si fueses capaz de comprensión como lo eres de afecto, conocerías cuánto bien me hubieras hecho estrellándome contra las peñas al bramido de la tempestad. Mi muerte no costaría lágrimas..., ningún vacío dejaría en la tierra el pobre mulato, y correrías libre por los campos o llevarías una carga más noble.
El caballo levantaba la cabeza y le miraba como si quisiera comprenderle. Luego le lamía las manos y parecía decirle con aquellas caricias:--Te amo mucho para poder complacerte: de ninguna otra mano que la tuya recibo con gusto el sustento.
Sab recibía sus caricias con visible conmoción y comenzó a enjaezarlo diciéndole con voz por instantes más triste:
--Tú eres el único sér en la tierra que quiera acariciar estas manos tostadas y ásperas; tú el único que no se avergüenza de amarme; lo mismo que yo naciste condenado a la servidumbre..., pero, ¡ay! ¡tu suerte es más dichosa que la mía!, pobre animal; menos cruel contigo el destino, no te ha dado el funesto privilegio del pensamiento. Nada te grita en tu interior que merecías más noble suerte, y sufres la tuya con resignación.
La dulce voz de Carlota le arrancó de sus sombrías ideas. Recibió la carta que le presentó la doncella, despidióse de ella respetuosamente y partió en su jaco llevando del cabestro el alazán de Enrique.
Ya se había levantado toda la familia y Carlota se presentó para el desayuno. Nunca había estado tan hermosa y amable; su alegría puso de buen humor a todos, y la misma Teresa parecía menos fría y displicente que de costumbre. Así se pasó aquel día en agradables conversaciones y cortos paseos, y así transcurrieron otros que duró la ausencia de Enrique.
Carlota empleaba una gran parte de ellos gozando anticipadamente con el pensamiento la satisfacción de hacer una divertida viajata con su amante. ¡Tal es el amor! anhela un ilimitado porvenir, pero no desprecia ni el momento más corto. Esperaba Carlota toda una vida de amor, y se embelesaba a la proximidad de algunos días, como si fuesen los únicos en que debiera gozar la presencia de su amante.
Presentía el placer de viajar por un país pintoresco y magnífico con el objeto de su elección, y a la verdad nada es más grato a un corazón que sabe amar que el viajar de este modo. La naturaleza se embellece con la presencia del objeto que se ama y éste se embellece con la naturaleza. Hay no sé qué mágica armonía entre la voz querida, el susurro de los árboles, la corriente de los arroyos y el murmullo de la brisa. En la agitación del viaje todo pasa por delante de nuestra vista como los paisajes de un panorama, pero el objeto amado está siempre allí, y en sus miradas y en su sonrisa volvemos a hallar las emociones deliciosas que produjeran en nuestro corazón los cuadros variados que van desapareciendo.
Aquel que quiera experimentar en toda su plenitud estas emociones indescribibles, viaje por los campos de Cuba con la persona querida. Atraviese con ella sus montes gigantescos, sus inmensas sabanas, sus pintorescas praderías; suba en sus empinados cerros, cubiertos de rica e inmarchitable verdura; escuche en la soledad de sus bosques el ruido de sus arroyos y el canto de sus sinsontes. Entonces sentirá aquella vida poderosa, inmensa, que no conocieron jamás los que habitan bajo el nebuloso cielo del Norte; entonces habrá gozado en algunas horas toda una existencia de emociones... pero que no intente encontrarla después en el cielo y en la tierra de otros países. No serán ya para él ni cielo ni tierra.