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CAPITULO III

Echábase de ver en su traza que había corrido mucho, y que debía ser en gran manera interesante su mensaje. LABRA. (_El doncel de D. Enrique el Doliente._)

El buque consignado a Jorge Otway había anclado en puerto de Guanaja el día antes de la llegada de Enrique, y a las pocas horas hubiera podido éste volverse a Puerto Príncipe con el cargamento, pero no lo hizo así. El cargamento fué enviado a su padre con un hombre de su confianza, y aunque nada le detenía en Guanaja, Enrique permaneció allí, sin poder explicarse a sí mismo el objeto de esta detención. Cuando sienten la necesidad de tomar una resolución decisiva los espíritus débiles, descansan, en cierto modo, retardándola; y un día, una hora les parece un porvenir, durante el cual esperan algún acontecimiento poderoso a decidirlos. Enrique veía ya positivamente detruídas sus últimas esperanzas; sabía sin ningún género de duda el verdadero estado de la fortuna de don Carlos, y conocía sobradamente a su padre para esperar que consintiese en su unión con Carlota. Al volver a la ciudad seríale forzoso confesar a Jorge la certeza que había adquirido del poco valor de las fincas que el señor de B.... poseía en Cubitas, y la declaración que el mismo don Carlos le había hecho de los considerables atrasos de su caudal. Su casamiento estaba fijado para dentro de un mes, y el joven veía que era llegado el momento de tomar una resolución y comenzar a proceder consecuente a ella. ¿Y cuál sería esta resolución? Momentos hubo en que la idea de renunciar a Carlota le pareció tan cruel, que si no hubiera tenido un padre codicioso, si hubiese sido libre en su elección, acaso la habría dado su mano con preferencia a la más rica heredera de todas las islas; pero aun en estos momentos de exaltación amorosa Enrique no pensó ni remotamente en contrariar la enérgica voluntad de su padre, y ni aun siquiera intentar persuadirle. Según las ideas en que había sido educado, nada era más razonable que la oposición de su padre a un enlace que ya no le convenía, y Enrique se reprochaba como una debilidad culpable el amor que le hacía repugnar la voluntad paterna.

--Esto es un hecho, decía él hablando consigo mismo, esa mujer me ha trastornado el juicio, y es una felicidad que mi padre sea inflexible, pues si tuviese yo libertad de seguir mis propias inspiraciones es muy probable que cometiera la locura de casarme con la hija de un criollo arruinado.

Y sin embargo de raciocinar de este modo, hallábase confuso y casi avergonzado al pensar que Carlota iba a conocerle por fin como a un hombre interesado, y quizás a aborrecerle o despreciarle. ¿De qué modo podría él sustraerse de un compromiso tan público y solemne sin dar a conocer el motivo de su mudanza? ¿Y cómo dejar de aparecer a los ojos de su querida, de su querida tan generosa, tan desinteresada sin el aspecto odioso que su codicia debía darle?

Agitado con estos pensamientos, paseábase a orillas del mar la tarde del segundo día de su llegada a Guanaja, y buscaba modo de decidirse a sí mismo a volver al siguiente a Puerto Príncipe.

--Iré,--decía,--iré sin ver a Carlota, sin detenerme en Bellavista, diré a mi padre la verdad de todo y le suplicaré se revista de prudencia y discreción, para que al romper mis compromisos no hiera demasiado el orgullo ni la sensibilidad de Carlota; le diré que busque, que invente un pretexto plausible, que disfrace en lo posible la verdadera causa de este rompimiento, y luego le pediré permiso para marcharme a la Habana, a Filadelfia, a Jamaica... a cualquier parte. Viajaré cuatro o seis meses para distraerme de esta pasión, que me torna débil como un niño.

Pero apenas había tomado esta resolución, parecía que algún mal espíritu ponía delante de sus ojos a Carlota más bella, más tierna que nunca, y la veía desolada reconvenirle por su abandono, echarle en cara su avaricia y acaso despreciarle en su corazón. Luego (y este último cuadro le afectaba más vivamente), luego la veía consolada de su perfidia con el amor ardiente y desinteresado de un apasionado criollo, y le juzgaba dichoso y a ella también dichosa. Entonces sentía que la sangre se agolpaba a su cabeza y a su corazón, y que le ahogaba. Porque los celos son a veces más omnipotentes que el mismo amor, y el hombre menos capaz de sentir en su sublimidad esta noble pasión, es acaso susceptible de conocer los celos en toda su terrible violencia. El hombre, egoísta por naturaleza, se irrita de ver gozar a otro la felicidad que él mismo ha despreciado, y muchas veces cesando de amar se cree todavía con el derecho de ser amado. Las almas grandes, como las débiles, los elevados y los bajos caracteres son susceptibles de celos; pero; ¡cuán diverso aparece el mismo sentimiento! ¡Cómo las pasiones se amoldan, por decirlo así, al corazón que dominan! Sab, sucumbiendo a los celos devorados por largo tiempo en el secreto de su alma, Sab sintiendo quebrantarse su corazón a la espantosa idea de un rival indigno y feliz, sólo llora que sus tormentos no compren la felicidad de Carlota. Enrique no puede sufrir esa felicidad de la mujer que abandona, y el pensamiento de que un amante más digno goce un bien que él ha despreciado, le saca de su habitual serenidad para hacerle probar un cáliz de amargura y de furor.

La tarde era cálida y calmosa. Estábase a mediados de junio y ya empezaba la atmósfera a tomar aquel aspecto amenazante que caracteriza el verano de las Antillas. Después de la gran tempestad que se sintiera algunos días antes, el tiempo había quedado fresco y hermoso, pero desde su llegada a Guanaja Enrique había notado los signos que presagian las tempestades, casi diarias en aquellos países desde junio hasta septiembre. En la tarde a que nos referimos la calma era tan profunda que el mar aparecía terso y bruñido como un espejo, y no se percibía ni un soplo, ni un movimiento. La ribera estaba desierta; no se notaba nada de aquel bullicio y de aquella actividad que parece indispensable en un puerto de mar. Dos goletas y algunas otras embarcaciones más pequeñas ancladas en el puerto, yacían tristes e inmóviles, sin que la canción o los gritos de un marinero viniesen a dar vida a aquella inmensa soledad. Solamente algunas grullas aparecían por intervalos en la playa, para recoger silenciosamente los mariscos que la poblaban.

Enrique se había sentado tristemente en una peña, y fijos sus ojos en el mar dejaba vagar su pensamiento.--¿Qué hará ahora Carlota?--decía interiormente,--¿esa alma tan apasionada sentirá un presentimiento que la anuncie que en este momento su Enrique piensa en el modo de abandonarla, o bien confiada y alegre se gozará formando dulces proyectos de felicidad en nuestra próxima unión? Y luego, he aquí este puerto pobre y silencioso,--pensaba él,--cuando yo vuelva a ser tan rico como era, en vez de estos miserables barquichuelos, esta bahía se verá adornada con elegantes buques, que traigan a mis almacenes las producciones de la industria de toda Europa. Sí, porque si yo fuese poseedor de una fortuna mediana, sería centuplicada en mis manos antes de veinte años, y luego ya no sería un triste traficante en una ciudad mediterránea; sería un opulento negociante de New York o Filadelfia, y mi nombre sería conocido por los comerciantes de ambos hemisferios. Y entonces ¿qué me importaría que Carlota de B... tuviese un marido y me olvidase por él? Ella llenaría su destino como yo el mío.

Enrique, como todo hombre que siente halagada su pasión dominante por una esperanza, aunque sea remota e incierta, sintióse fuerte en aquel momento contra toda oposición que pudiera presentarse al logro de sus deseos. Amor, celos, todo desapareció entonces, o todo sucumbió a un poder superior; porque la ambición de riquezas, lo mismo que todas las ambiciones, es una pasión fuerte y enérgica. El avaro sediento de oro huella con sus pies sus afectos, su propia ventura, si se le presentan en el camino que sigue para alcanzarlo, así como la ambición más noble, la de gloria, lo sacrifica todo para correr en pos del fantasma engañoso que oculta bajo una corona de luz una frente de ceniza. ¡Oh! ambos son igualmente insensatos, el que acumula oro para comprar un sepulcro, y el que sacrifica su juventud a un porvenir que no alcanza, y expira con la esperanza de que su nombre, pasando de año en año y de siglo en siglo, llegue a perderse más tarde que él en el insondable abismo del eterno olvido. Pero no digáis al sediento de oro que no le dará la felicidad, ni al sediento de gloria que ella le conducirá al infortunio; ellos se levantarán para deciros: no importa, mi alma lo necesita.

--Carlota,--decía Enrique fijando sus ojos en el anillo que brillaba en su mano, prenda de amor que le otorgara su querida--yo no podré amar a otra mujer tanto como a ti, ninguna podrá hacerme tan feliz como tú me hubieras hecho; pero el destino nos separa. Es preciso que yo sea rico, y tú no puedes hacerme rico, Carlota.

Se puso en pie entonces, decidido a volverse a la ciudad al día siguiente, y echó una mirada orgullosa en torno suyo, como hombre que acaba de triunfar de un enemigo poderoso. Detúvose empero esta mirada quedando fija por algún tiempo, y su cabeza en la actitud de quien pone toda su atención en escuchar alguna cosa. Y era que Enrique percibió, primero confusamente y luego con más distinción, la carrera de un caballo, que se aproximaba evidentemente al sitio donde se encontraba. Parece que un instinto del corazón le advirtiera que algo de muy interesante para él se le acercaba en aquel momento, pues anduvo algunos pasos como para encontrar más presto a aquel que se le aproximaba. De repente se paró; había ya descubierto al caballo y al hombre que le montaba; era tan violenta la carrera de aquél, que el jinete, aunque haciendo visibles esfuerzos, no pudo contenerle, como al parecer deseaba; el caballo pasó como una saeta, y sólo se detuvo, poco a poco y como a su pesar, a muchos pasos de distancia del sitio en que se hallaba Enrique. Pudo ver, sin embargo, éste que el jinete echaba pie a tierra y el caballo cubierto de espuma vacilaba, cayendo por fin a sus pies; el hombre se inclinó sobre él, y parecióle a Enrique que hablaba al pobre animal, el cual levantando lentamente la cabeza miró aún una vez a su amo, como si quisiera responderle, y dejándola caer al momento se estremeció en todo su cuerpo por dos o tres veces, y en seguida quedóse inmóvil. El hombre permaneció inclinado y Enrique que se acercaba pudo percibir dos hondos y ahogados gemidos. Detúvose, sin poder defenderse de una cierta conmoción, y como el hombre inclinado levantase al mismo tiempo la cabeza, pudo conocer al mulato.

--¡Sab!--exclamó; y al instante el mulato se puso en pie y se adelantó hacia él.

Enrique le consideró un momento. El sudor empapaba su cabeza y corría por su rostro en gruesas gotas; sus ojos tenían un brillo extraordinario, y su color parecía más oscuro que lo era naturalmente. En toda su fisonomía se notaba aquella especie de vivacidad triste y extraña que presta comunmente la fiebre.

--Sab,--dijo Enrique--¿qué novedad ocurre? Cuando me separé de tu amo no me dijo que vendrías a Guanaja; sin duda te conduce algún motivo extraordinario y exigente, pues parece has hecho un viaje muy apresurado.

--Ya lo ve su merced,--contestó el mulato señalando su caballo.--¡Está reventado! ¡muerto!... Hace poco más de cuatro horas que salí de Bellavista.

--¿Poco más de cuatro horas?--exclamó Enrique.--¡Diez leguas en cuatro horas reventando tu jaco tan querido!... Sin duda es muy exigente el motivo.

--Esta carta informará a su merced,--respondió Sab alargándole un papel y dejándose caer quebrantado junto a su caballo. Enrique rompió el sello con mano mal segura, y mientras leía, el mulato tenía en él fijos los ojos, sonriendo con amargura al ver la notable turbación que se pintaba en el rostro del inglés. La carta era del señor de B..., y decía así:

“Son las dos de la tarde, Enrique, y aun no hace una hora ha venido Sab de la ciudad trayéndome la correspondencia de la Habana del correo pasado, que no recibí a su debido tiempo, por no sé qué fatalidad maldecida. Esperaba carta de mi hijo y en vez de ella he recibido una del Director del colegio, en la que me participa que la tisis, que parecía amenazar a mi hijo hace tantos años, que ya habíamos cesado de temerla, se ha declarado súbitamente con extraordinaria violencia. Eugenio se hallaba tan malo a la salida del correo que los médicos le daban pocos días de vida. El hijo de mis entrañas mostrábase resignado a la muerte cuya proximidad conocía, pero atormentado por el deseo de verme una sola vez antes de dejarme para siempre. Ya conocerás, Enrique, la fuerza que semejante deseo debe tener en el corazón de un padre. Mañana mismo salgo para la Habana y no sé si podré volver; no sé si me será posible resistir a este golpe después de tantos otros, y si podré sobrevivir a mi hijo. Como quiera que sea, quiero al marcharme dejar con su esposo a Carlota. Mis orgullosos parientes me han renunciado y yo no puedo dejar solas a mis hijas. Por tanto, no salgo hoy mismo para la Habana, porque quiero presenciar antes tu enlace con Carlota. Sab marcha inmediatamente con toda la prontitud posible a llevarte esta carta, y tú no debes dilatar ni un minuto tu regreso a Puerto Príncipe, para donde salgo con mi familia dentro de dos horas. A tu llegada todo estará dispuesto para que puedas casarte en mi casa inmediatamente, y un minuto después partiré dejándote entregada mi familia, mis adoradas hijas, que acaso no tendrán otro apoyo, ni otro padre que tú.

Ven sin dilación, hijo mío, a recibir el precioso depósito que quiere confiarte,

CARLOS DE B.”

Enrique temblaba y una palidez lívida había sucedido, mientras leía esta carta, al bello color de rosa que teñía comunmente sus mejillas. El mulato, siempre fija en él su mirada penetrante.

--Y bien,--le dijo,--¿qué determináis?

Enrique tartamudeó algunas palabras, de las cuales Sab sólo pudo comprender:--¡Imposible! no puedo sin orden de mi padre dejar a Guanaja.--Sab calló, pero su mirada siempre fija en el inglés parecía devorarle. Enrique lleno de turbación y desconcierto, apenas pudo leer la posdata que seguía a las últimas líneas de la carta de don Carlos, y que el mulato le indicó con un gesto expresivo. La posdata, decía:

“La suerte, por una cruel irrisión, ha querido compensar el golpe mortal dado en mi corazón con la pérdida de mi hijo, otorgando fortuna a mi hija mayor. Carlota ha sacado el premio de cuarenta mil duros en la última lotería. Enrique, tú que no pierdes un hijo, puedes dar gracias al cielo por este favor”.

Al concluir de leer Enrique estas palabras, Sab volvió a preguntarle:

--Y bien, señor ¿qué determina su merced?

--Marchar inmediatamente a Puerto Príncipe,--contestó el joven con resolución.

--Ya lo sabía yo,--dijo el mulato con sonrisa sardónica, y apartó de Enrique su mirada, que expresaba en aquel momento un profundo desprecio.

--Ven, vamos a marchar ahora mismo.

--Su merced marchará solo,--respondió Sab volviendo a sentarse junto a su caballo,--estoy rendido de cansancio.

--Tienes razón, pobre Sab, yo no puedo perder un minuto, pero tú quédate hasta mañana.

--Sí,--dijo Sab,--apresúrese su merced; yo tengo necesidad de reposar un momento.

Enrique se alejó: Sab le siguió con los ojos hasta que le perdió de vista, y luego dejóse caer sobre el cadáver del pobre animal tendido a su lado.--Ya no existes,--dijo con triste voz:--ya no existes, mi pobre amigo; has muerto, cumpliendo con tu deber, como yo moriré cumpliendo el mío. ¡Pero es terrible este deber! ¡es terrible! mi corazón está reventado como tú, mi pobre amigo, pero tú no sufres ya y yo sufro todavía. ¡Esto es hecho!--añadió en seguida, levantando su cabeza abatida y echando una mirada extraviada en torno suyo. ¡Esto es hecho; ya no hay remedio!... ¡no hay esperanza! ¡Algunas horas más y ella será suya! ¡Suya para siempre! ¡Para siempre! El cielo para él en esta vida y para mí el infierno; porque el infierno está aquí, en mi corazón, y en mi cabeza.

Levantóse y tendió su mirada en la extensión del mar que estaba delante de él. Entonces se estremeció todo, y como si quisiera apartar de sí un objeto importuno, extendió las manos con fuerza, desviando los ojos al mismo tiempo: ¡La muerte! Era una terrible tentación para el desventurado, y aquel mar se abría delante de él como para ofrecerle una tumba en sus abismos profundos. ¡Mucho debió costarle resistir a esta terrible invitación! Levantó al cielo su mirada y con ella parecía ofrecer a Dios aquel último sacrificio, con ella parecía decirle: Yo acepté el cáliz que me has mandado apurar, y no quiero arrojarlo mientras tú no me lo pidas. Pero ya está vacío, rómpele tú, Dios de justicia.

El cielo oyó sin duda sus votos y Dios tendió sobre él una mirada de misericordia, pues en aquel momento sintió el infeliz quebrantarse todo su cuerpo, y helar su corazón el frío de la muerte. Una voz interior pareció gritarle: Pocas horas de sufrimientos te restan, y tu misión sobre la tierra está ya terminada.

Sab aceptó aquel vaticinio, miró al cielo con gratitud, dejó caer la cabeza sobre el cadáver de su caballo y le bañó con un caño de sangre que brotó de su boca.

Un pescador que venía a tender sus redes a orillas del mar, pasando un minuto después por aquel sitio, vió el extraño espectáculo de un hombre y un caballo tendidos, y sangre en derredor. Creyó que acababa de descubrir un asesinato, y su primer movimiento fué huir; pero un gemido que oyó exhalar al que creía cadáver le obligó a acercarse. Registró en vano todo su cuerpo buscando la herida de que saliese aquella sangre; y con no poca admiración le halló ileso. Entonces le tomó en brazos para transportarle a su casa que estaba cerca, y mientras se ocupaba en levantarle con piadoso cuidado, el moribundo hizo un violento esfuerzo para soltarse de sus brazos, y con pasmo indecible le vió el pescador ponerse en pie, como un espectro pálido y cubierto de sangre.--¡Un caballo! ¡Dadme un caballo en nombre del cielo! buen hombre;--exclamó Sab--aun no estoy tan malo que no pueda andar siete leguas con el fresco de la noche; dadme un caballo.

--Si me pidierais una barca, podría serviros,--respondió todavía sobrecogido el pescador,--pero un caballo, no le tengo. Sin embargo, aquí cerca vive el tío Juan mi compadre, que podrá prestaros el suyo.

--Bien, llevadme adonde está ese hombre. El pescador presentó su brazo a Sab, que se apoyó en él porque estaba trémulo; echó una lenta y última mirada sobre el cadáver de su caballo, y se dejó conducir por el pescador a la casa del tío Juan.