CAPITULO IV
...Por sus miembros todos que abandona la vida, un sudor frio vaga, y triste temblor. QUINTANA.
Era la una de la noche, y todo yacía en silencio y reposo en la aldea de Cubitas; los labriegos de la tierra roja descansaban durmiendo de los trabajos del día, y solamente algunos perros, únicos transeuntes de las desiertas calles, interrumpían por intervalos con sus ladridos el silencio de aquella hora de calma. Sin embargo, el viajero que por acaso atravesase entonces la aldea, notaría en aquella oscuridad y reposo general, la señal evidente de que un individuo, por lo menos, no gozaba las dulzuras del sueño. La ventana principal de una de las casuchas de menos mísera apariencia, estaba abierta, y la claridad que salía por ella probaba haber luz en la habitación a que pertenecía. De rato en rato esta luz parecía mudar de asiento, y el observador hubiera fácilmente adivinado que una persona despierta, en aquella pieza, variaba la posición. Sin embargo, el silencio era tan profundo dentro de la casa alumbrada como fuera de ella, sin que pudiera percibirse ni el ligero rumor de las pisadas.
Nosotros nos permitiremos penetrar dentro y descubrir quiénes eran las personas que velaban solas, en aquella hora de reposo general.
En un pequeño catre de lienzo, entre sábanas gruesas pero muy limpias, aparecía la cara enjuta y cadavérica de una criatura, al parecer de pocos años, pues el bulto de su cuerpo apenas se distinguía en el catre. La inmovilidad de aquel cuerpo era tan completa, que se le hubiera creído muerto, a no ser por el aliento que se le oía exhalar con trabajo por sus labios blancos y entreabiertos. Junto al lecho, sentada en una silla de madera, estaba una mujer anciana de color cobrizo, fijos sus ojos en la lívida cara del enfermo, y cruzados los brazos sobre el pecho con muestras de triste resignación. Un perro estaba echado a sus pies.
De rato en rato levantábase esta mujer y con pasos ligeros se acercaba a una mesilla de cedro colocada cerca de la ventana, abierta sin duda para refrescar la habitación, en la cual por su pequeñez hacía un calor excesivo, y tomaba de ella un vaso y una palmatoria de metal en la que ardía una vela de sebo; volvíase en seguida poco a poco junto al lecho del enfermo, colocando la luz en la silla que había ocupado, examinaba atentamente su rostro, y humedecía sus labios con el licor contenido en el vaso. El perro la seguía cada vez que se levantaba para esta operación, y cuando colocaba otra vez en la mesa la palmatoria y el vaso, y volvía a sentarse en su silla junto a la cama, el animal tornaba también a echarse tranquilamente a sus pies, sin que en todo esto se interrumpiese el silencio. Sin embargo, sobre las dos de la madrugada serían cuando se abrió con cautela una puerta, por medio de la cual se comunicaba aquella habitación con la sala principal de la casa, y un hombre de edad avanzada entró por ella en puntillas hasta colocarse junto a la vieja, a cuyo oído aproximó su boca diciéndole en voz muy baja:--¿Cómo va el enfermo, Martina?
--Ya lo veis,--respondió ésta señalando con su mano afilada el rostro del niño:--no verá el día, aunque son ya las dos de la madrugada.
--¡Cómo! tan pronto creéis que....
--Sí,--dijo Martina moviendo tristemente la cabeza.--Sí, mayoral, muy pronto.
--Pues bien,--repuso el recién llegado:--id a descansar un rato, Martina, y yo quedaré velándole. Hace cuatro noches que no cerráis los ojos; id a descansar y yo quedaré en vuestro lugar.
--Gracias, mayoral, vos no podéis pasar malas noches, porque tenéis harto trabajo durante el día, y don Carlos de B... os ha puesto aquí para atender a sus intereses, y no para cuidar mis enfermos. Volveos a vuestra casa y dejadme ¿qué importa una noche más sin descanso? Mañana,--añadió con triste sonrisa,--mañana ya no tendrá necesidad de mí el pobre Luis, y podré descansar.
--Haré lo que queráis, Martina,--respondió el mayoral de la estancia encogiéndose de hombros,--pero ya sabéis que estoy en la habitación inmediata para si algo se os ofreciere.
--Os doy las gracias, mayoral.
El anciano se volvía de puntillas, cuando al pasar la puerta detúvose, y puso atención al galope de un caballo que se oía distintamente en el silencio de la noche. El perro se alarmó también, pues se levantó derechas las orejas y el oído atento.
--¿Oís Martina?--dijo en voz baja el mayoral.
--¡Y bien! ¿Qué os asusta? es alguno que pasa a caballo,--respondió la vieja.
--Es que no pasa: que o yo me engaño mucho o el caballo se ha detenido delante de vuestra puerta.
En acabando estas palabras, dos golpes sonaron sucesivamente en la puerta principal de la sala contigua al cuarto de Martina. El perro empezó a ladrar, y el mayoral exclamó:
--Es aquí, es aquí, ¿no lo decía yo? ¿Pero a estas horas quién puede venir a molestaros? A menos que sea algún enviado del amo, y para que venga a estas horas, preciso es que haya acontecido alguna cosa bien extraordinaria...
--Id a abrir la puerta,--le interrumpió Martina,--he conocido a Sab en los dos golpes... ¡oid, oid!... ya los repite: es Sab, mayoral, corred y abridle la puerta. ¡Leal! silencio que es Sab.
El mayoral obedeció, y sea que el ruido de los cerrojos que descorría para dejar libre la entrada, y los ladridos del perro asustasen al enfermo, sea que en aquel momento su agonía comenzase a hacerse más dolorosa, se estremeció todo y extendió sus bracitos descarnados. Sab se presentó en la habitación y detúvose inmóvil delante del lecho del moribundo.
--Hijo mío,--le dijo Martina,--ya lo ves... acércate, el cielo te ha traído sin duda para recordarme que aun tengo un hijo. Tú solo quedarás en el mundo para consolar los últimos días de esta pobre mujer.
Sab se puso de rodillas junto a la cama y besó la mano de Martina, mientras el perro saltaba en torno suyo acariciándole, y Luis hacía penosos esfuerzos para levantar la cabeza.
--Mírale hijo mío,--dijo Martina--tu presencia le ha reanimado; háblale, sin duda te oye todavía. Sab se inclinó hacia el moribundo y le llamó por su nombre; Luis entreabrió los ojos aunque sin dirigirlos a Sab, y alargó sus manecitas transparentes como para asir alguna cosa. Las tomó Sab entre las suyas, e inclinando el rostro sobre el del niño, dejó caer sobre él una gruesa y ardiente lágrima.
--¿Me conoces?--le dijo,--soy yo, tu hermano.
Luis dirigió su mirada vidriada hacia el paraje de que partía la voz, y apretó débilmente las manos de Sab; en seguida volvió el rostro al lado opuesto y quedóse en su primera inmovilidad, solamente que su respiración se hizo más trabajosa formando aquel sonido gutural y seco que es el estertor de la agonía.
--Es preciso que descanséis, madre mía,--dijo Sab a Martina,--vuestro semblante me dice que habéis pasado muchas noches de vigilia.
--¡Cuatro!--exclamó el mayoral de la estancia,--cuatro noches hace que no cierra los ojos, y no porque yo haya dejado de decirla....
El mulato interrumpió al anciano, y tomando la mano de Martina,--Esta noche descansaréis,--la dijo,--porque yo estoy aquí, yo velaré a mi hermano.
--Sí y tú recibirás su último aliento,--respondió la india con amarga resignación,--porque Luis no vivirá dos horas. ¡Bien! ¡Bien!--añadió poniéndose en pie e inclinándose sobre la cama del niño.--Yo le dejo, porque ya... ya no puedo servirle de nada al infeliz.
--Os engañáis madre mía,--díjola el mulato, mientras ayudado del mayoral disponía una cama para Martina;--Luis no está tan malo como creéis, aun me conoce.
--Sab, hijo mío, yo te dejo a su lado y me retiro tranquila; pero no quieras alucinarme; harto sé que está agonizando. Pero por eso mismo le dejo... he visto ya en igual trance, a mi nuera, y a dos de mis nietos, y he recibido sus últimos suspiros, pero con todo me siento débil junto a esta pobre criatura. Es el último, Sab, es mi último lazo que me une a la vida, y me siento débil en este momento.
Sab tomó la mano de la vieja y la apretó entre las suyas. Martina dejó caer la cabeza sobre su hombro y añadió con voz enternecida:
--Soy injusta, lo conozco, aun tengo un hijo. ¡Tú! tú me restas aún.
--¡Eh! no es ahora tiempo de llorar y hacernos llorar a todos,--dijo el mayoral de la estancia acabando de arreglar la cama para Martina.--Venid a acostaros y dejaos ahora de esas reflexiones; mañana hablaréis largamente con Sab y le diréis todas esas cosas; lo que importa al presente es que durmáis un rato.
Martina se inclinó y estampó un beso en la frente ya helada de su nieto, dejándose conducir en seguida por Sab a la cama que se le había preparado. El joven la colocó cuidadosamente y la cubrió él mismo con una manta. Luego se volvió al mayoral de la estancia y le dijo con voz que revelaba su agitación:
--Mañana temprano necesito un hombre de confianza para llevar una carta a Puerto Príncipe a casa de mis amos, y os encargo procurármelo.
--Yo mismo iré, si lo permitís,--respondió el anciano.--Pero decidme, Sab, ¿ocurre alguna novedad en la ciudad? Vuestra venida a estas horas y esa carta...
Sab no le dejó concluir.--Ninguna novedad ocurre que pueda importaros mayoral; mañana a las seis saldréis a llevar una carta a la señorita Teresa, sobrina de mi amo, y a poneros a las órdenes de éste, al que diréis el motivo de mi detención en Cubitas. Va a emprender un viaje y acaso necesite un hombre de confianza que le acompañe. Yo debía ser ese hombre, pero vos iréis en mi lugar.
--¡Oh! yo os aseguro, Sab, que aunque viejo soy tan capaz como vos...
--Lo creo,--interrumpió el mulato con alguna impaciencia.--Ahora, mayoral, idos a dormir; buenas noches. Dadme solamente un pedazo de papel y un tintero. Hasta mañana.
El viejo obedeció; había en el acento de aquel mulato un no sé qué de autoridad y grandeza, que siempre le había subyugado.
Cuando Sab quedó solo, se puso de rodillas junto al lecho de Martina, que incorporándose sobre su almohada y fijándole una mirada penetrante y profundamente triste, le dijo:
--Conmigo, Sab, no tendrás reserva; yo exijo que me digas el motivo de tu venida y el de ese viaje que dices debe emprender don Carlos.
El joven abrazó las rodillas de Martina inclinando la cabeza sobre ellas en silencio.
--¡Sab!--exclamó la anciana bajando la suya sobre aquella cabeza querida y oprimiéndola entre sus manos,--tu cabeza arde... el sudor cubre tu frente... tú tienes calentura, hijo mío.
--Tranquilizaos,--la dijo esforzándose en sonreir--es la agitación del viaje; estoy bueno, procurad descansar... mañana, lo sabréis todo, madre mía.
--No, no,--gritó Martina con ansiedad--déjame coger esa luz y alumbrar tu rostro... ¡Dios mío! ¡qué mudanza!... Tus ojos están hundidos y brillan con el fuego de la fiebre. ¡Hijo mío! ¡hijo mío! ¿qué tienes?
Y se puso de rodillas delante de él.
--¡Por compasión!--exclamó el mulato, levantándola con una especie de furor,--callad, callad Martina... tranquilizaos si no queréis verme morir de dolor a vuestros pies.
Martina se dejó llevar otra vez al lecho y se esforzó la pobre mujer en parecer tranquila.
--Siéntate aquí, a mi cabecera, hijo mío; yo no te importunaré más: callaré como el sepulcro...; pero ven, hijo mío, que yo te oiga, que oiga tu voz, que vea tus facciones, que sienta latir tu corazón junto al mío. ¡Oh Sab! piensa que ya nada me queda en el mundo sino tú... que eres mi único hijo, el único apoyo de esta larga y destrozada existencia.
Sab la abrazó estrechamente y regó su frente con dos gruesas y ardientes lágrimas.--Sí, madre mía,--la dijo,--descansad sobre mi pecho; mi voz arrullará vuestro sueño. Yo os hablaré de Dios, y de los ángeles entre los cuales va a habitar nuestro querido Luis. Yo os hablaré del eterno descanso de los desgraciados y de las consoladoras promesas del evangelio. Descansad en mis brazos; ¿estáis bien así?
Martina, agobiada de fatigas y de penas, dejóse colocar por Sab y pareció sucumbir a aquella especie de letargo que sigue a las grandes agitaciones.--Habla,--repetía ella,--habla hijo mío, yo te escucho. Sab sólo murmuraba algunas palabras inconexas; en aquel momento también el infeliz sufría horriblemente. Pero Martina descansando en su pecho se sentía más tranquila, y se durmió por fin cuando Sab comenzaba a hablarle de la resurrección de los justos. Sintiéndola dormida, colocó suavemente su cabeza sobre la almohada; imprimió un largo y silencioso beso en su frente y cayó de rodillas delante de la mesa, en la que el mayoral le había dejado el papel y el tintero.
Entonces aquel humilde recinto presentó un cuadro dramático. Entre el sueño de la vejez, y la tranquila muerte de la inocencia, aquella vida juvenil despedazada por los dolores era un espectáculo terrible. Al lado de Luis, frágil criatura que se doblada sin resistencia, débil caña que cedía sin ruido, echábase de ver aquella fuerza caída, aquel hombre lleno de vigor sucumbiendo como la encina a las tempestades del cielo.
Parecía que su alma a medida que abandonaba su cuerpo se trasladaba toda a su semblante. ¡Ay! aquella terrible agonía no tuvo más testigos que el sueño y la muerte. Nadie pudo ver aquella alma apasionada que se revelaba en su hora suprema.
Pero Sab escribía y aquella carta fué todo lo que quedó de él.
Pasó desconocido el mártir sublime del amor, pero aquella carta le sobrevivió y le conquistó el solo premio que sin esperarlo deseaba: ¡una lágrima de Carlota!
Sab escribía con mano mal segura y que fué poniéndose más y más trémula. Dejó por un instante la pluma y sacó de su pecho un objeto que contempló largo rato con melancólica atención. Era el brazalete de Carlota que Teresa le había regalado por mano de Luis en aquella misma habitación cinco días antes.
--¡Hela aquí!--murmuró fijando sus ojos en el retrato.--¡Tan bella! ¡tan pura! ¡para él! ¡toda para él!...
Sus dedos crispados dejaron caer el brazalete y un momento después volvió a escribir. Pero era claro que sus fuerzas se debilitaban rápidamente. Sin embargo escribió sin descanso más de una hora, interrumpiéndose únicamente para acercase algunas veces a la cama de Luis y humedecer sus labios, como lo había hecho Martina. Esta continuaba sumida en una especie de letargo y de vez en cuando se la veía agitarse y tender los brazos exclamando:
--¡Sab! no tengo otro hijo que tú.
El mulato la escuchaba y su mano temblaba más en aquellos momentos; pero seguía escribiendo. La claridad del día penetraba ya por la ventana cuando concluyó su carta.
Puso dentro de ella el brazalete, cerróla, quiso rotularla, pero su mano no obedecía ya al impulso de su voluntad, y violentas convulsiones le asaltaron en el momento.
Hubo entonces un instante en que el exceso de sus dolores le comunicó un vigor pasajero y probó a ponerse en pie por medio de un largo y penoso esfuerzo, pero volvió a caer como herido de una parálisis, y sus dientes rechinaron unos contra otros al apretarse convulsivamente.
Sin embargo, consiguió arrastrarse trabajosamente hasta la cama de Luis, y su mirada delirante y ardiente se encontró allí con la mirada vidriada e inmóvil del moribundo. Sab quiso dirigirle un último adiós, pero se detuvo espantado del sonido de su propia voz, que le pareció un eco del sepulcro.
Entonces pasaron por su mente multitud de ideas y multitud de dolores. Pensó que iba a morir también, y que en aquel mismo instante que él sufría una dolorosa agonía, Enrique y Carlota pronunciaban sus juramentos de amor. Luego ya no pensó nada: confundiéronse sus ideas, entorpecióse su imaginación, turbóse su memoria; quebrantóse su cuerpo y cayó sobre la cama de Luis bañándola con espesos borbotones de sangre que salían de su boca.
El mayoral de la estancia había consultado al sol, su reloj infalible, y no dudó fuesen ya las cinco. Dejó pues preparado su caballo a la puerta de la casa, y acercándose poco a poco a la habitación de Martina, y tocando ligeramente la puerta, para no despertar a la anciana si por ventura dormía, llamó repetidas veces a Sab. Pero Sab no respondía. En vano fué levantando progresivamente la voz y golpeando con mayor fuerza la puerta, aplicando en seguida el oído con silenciosa atención. Reinaba un silencio profundo dentro de aquella sala, y alarmado el mayoral descargó dos terribles golpes sobre la puerta. Entonces ladró el perro y despertó Martina, y echó en torno suyo una mirada de terror. ¡No vió a Sab! Precipitóse con un grito hacia el lecho de su nieto. Allí estaban los dos... Luis muerto, Sab agonizando.
Martina cayó desmayada a los pies de la cama, y el mayoral, echando abajo la puerta, entró a tiempo de recoger el último suspiro del mulato.
Sab expiró a las seis de la mañana; en esa misma hora Enrique y Carlota recibían la bendición nupcial.