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CAPITULO V

Esta es la vida, Garcés, Uno muere, otro se casa, Unos lloran, otros ríen.... ¡Triste condición humana! GARCÍA GUTIÉRREZ. (_El Paje._)

Reinaba la mayor agitación en la casa del señor de B... que, verificado el casamiento de su hija, había partido para el puerto de Nuevitas, en el cual debía embarcarse para la Habana.

Jorge, que había estado presente a la celebración del matrimonio y partida de don Carlos, volvióse a su casa dejando ya instalado a Enrique en la de su esposa. La inquietud que inspiraba a ésta la situación de su hermano, las dolorosas sensaciones que en ella había producido la primera separación de un padre tiernamente querido, y su repentino matrimonio verificado bajo tan tristes auspicios, teníanla en cierta manera enajenada, e insensible, en aquellos primeros momentos, a la ternura oficiosa que su marido la prodigaba.

Rodeábanla llorando sus hermanitas sin que ella acertase a dirigirles una palabra de consuelo. Unicamente Teresa conservaba su presencia de espíritu, y al mismo tiempo que daba órdenes a las esclavas restableciendo en la casa la tranquilidad, momentáneamente alterada, cuidaba de las niñas y aun de la misma Carlota. Instábala con cariño para que se acostase algunas horas, temiendo que tantas agitaciones y una noche de vigilia alterasen su salud delicada, y, vencida por fin de sus ruegos, ya iba Carlota a complacerla cuando llegó el mayoral de las estancias de Cubitas anunciando la muerte de Sab.

--Esta desgracia,--dijo,--era efecto sin duda de alguna gran caída, pues según decía Martina, que era un oráculo para el buen labriego, Sab tenía reventados todos los vasos del pecho.

Esta noticia, que algunos días antes hubiera sido dolorosísima a Carlota, apenas pareció afectarla en un momento en que tanto había sufrido. Acababa de separarse de su padre, su hermano expiraba tal vez en aquel momento, y la pérdida del pobre mulato era bien pequeña al lado de estas pérdidas.

Enrique manifestó con más viveza su pesar y su sorpresa.

--¡Pobre muchacho!--dijo,--estas muertes repentinas me aterran.--Luego, como si se le presentase una idea luminosa, añadió: Martina tiene razón: una caída del caballo ha sido indudablemente la causa de su muerte. ¡Pobre Sab! Ahora recuerdo lo pálido, lo demudado que estaba ayer cuando llegó a Guanaja. Yo lo atribuí al cansancio del viaje tan precipitado; reventó su jaco negro.

--Aquí traigo una carta sin sobrescrito,--dijo el mayoral,--pero que creo es para la señora.

--¡Para Carlota! ¿Y de quién es esa carta, buen hombre?

--Del pobre difunto, señor,--respondió el mayoral presentándola.--Creo que agonizando la escribió, pues me pidió el papel y la tinta a las tres de la madrugada, y a las seis el desgraciado rindió su alma al Creador. Pero parece que el asunto era de importancia, y luego, como yo debía venir para acompañar al amo a la Habana... pero ya lo veo, he llegado tarde y mi venida sólo habrá servido para traer esta carta.

En el breve tiempo que duró este discurso del mayoral, al que nadie atendía, pasó una escena muy viva en aquella sala. Enrique, que se había apoderado de la carta que decían ser para su esposa, rompió la cubierta apresuradamente, y al abrir la carta cayó en tierra el brazalete, que levantó sorprendido.

--¡Un brazalete!... Carlota..., este brazalete...

--Es mío:--dijo Teresa adelantándose con serenidad.--Es un regalo de Carlota que yo estimo en tanto que sólo he podido cederlo a la persona a quien he creido en este mundo más digna de mi afecto y estimación. Ahora que vuelve a mis manos, quiero conservarle hasta el sepulcro. Dádmele, pues, Enrique y esa carta que también es para mí.

Enrique estaba estupefacto y miraba a Teresa y luego a Carlota, como si quisiese leer en sus rostros la aclaración de aquel enigma. Pero el semblante de Teresa estaba pálido y sereno, y en la hermosa fisonomía de Carlota sólo se veía en aquel momento la cándida expresión de la sorpresa.

--Tened la bondad de darme esa carta y ese brazalete, Enrique,--repitió con firmeza Teresa,--y conducid a Carlota a su aposento: tiene necesidad de descanso.

Enrique echó una mirada sobre la carta, cuya primera línea leyó, y en seguida la alargó con el brazalete a Teresa, diciéndole con una sonrisa maliciosa:

--Efectivamente, para vos es, Teresa, pero yo ignoraba que tuvieseis correspondencia con el mulato, y que os devolviese él una prenda que, según decís, sólo podíais ceder al hombre a quien quisieseis y estimaseis más.

--Pues si lo ignorabais, Enrique,--respondió ella con dignidad,--ya lo sabéis.

Luego abrazó a Carlota rogándola nuevamente fuese a descansar algunas horas con sus hermanitas, cuyos rostros infantiles estaban descoloridos con la mala noche.

Carlota tomó en sus brazos, una después de otra, a las cuatro niñas. Sí,--las dijo,--venid a descansar, pobres criaturas, que en toda la noche habéis velado y llorado conmigo. Y tú, Teresa,--añadió fijando en su amiga una mirada de indulgencia y compasión,--descansa también, querida mía, porque también padeces.

Se levantó entonces y sostenida por Enrique y rodeada de sus hermanas, como de un coro de ángeles, retiróse a su aposento, después de estampar un beso en la frente pálida y resignada de su amiga.

Para obligar a acostarse a sus hermanitas, que no querían apartarse de ella un momento, echóse vestida sobre la cama, y en torno suyo se colocaron las cuatro niñas, que no tardaron en dormirse.

Enrique cerró la cortina recomendando a su joven esposa procurase también dormir, mientras él se ocupaba en arreglar algunos papeles de los que el señor de B... le había encargado.

--Sí,--dijo Carlota,--guardaré silencio para no despertar a estas pobres niñas, pero no salgas del aposento, Enrique, porque, te lo confieso, tengo miedo. Esta muerte de Sab tan repentina me ha causado una fuerte impresión.

¡Oh querido mío! ¡qué tristes auspicios para nuestra unión!... ¡Muertes, despedidas!... No me dejes sola, Enrique, paréceme que veo a la muerte levantarse amenazando todas las cabezas queridas, y que si dejo de verte un momento no volveré a verte más.

--Tranquilízate, vida mía,--contestó su marido,--aquí estaré velando tu sueño. Pero no temas mi muerte porque no se muere uno cuando es tan feliz como yo lo soy. Duerme tranquila, Carlota, para que vuelvan las rosas a tus mejillas. ¿No sabes que quiero verte hermosa el día de nuestra boda?

--¡El día de nuestra boda!--murmuró ella:--¡qué triste ha sido este día!

Pero Enrique se había puesto ya en el escritorio de don Carlos, donde se ocupaba en leer y arreglar papeles, y Carlota sin esperanza de descanso, pero deseando no interrumpir el de sus hermanas, cerró los ojos y aparentó dormir. Cerca de una hora pudo mantenerse en la misma posición, pero no le fué posible permanecer más tiempo, y sacando con cuidado uno de sus brazos, sobre el cual descansaba la cabeza de la más joven de sus hermanas, echóse poco a poco fuera del lecho.

--¿Ya estás despierta?--dijo Enrique llegándose a sostenerla;--¿no quieres descansar una hora más, vida mía?

--No puedo,--contestó ella,--porque he estado pensando, Enrique, que en la perturbación del primer momento de sorpresa y pesar, no me he acordado de que se atendiese al buen hombre que nos ha traído la noticia de la muerte de nuestro pobre Sab; y ciertamente debía haber dado orden para que se le diese para refrescar; el buen viejo se ha apresurado, con la mejor voluntad del mundo, a traernos la desagradable noticia. También es preciso que se vuelva inmediatamente a Cubitas, y que lleve algún dinero a Martina para el entierro de ese infeliz. ¡Y Teresa, Enrique, la pobre Teresa!... La he dejado en un momento... debo hablarla, saber qué misterio se encierra en esa carta y ese brazalete que ha recibido.

--Fácil es de adivinar,--dijo Enrique sonriendo,--Teresa amaba al mulato.

--¡Amarle! ¡amarle!--repitió Carlota con tono de duda,--se me había ocurrido esa sospecha, pero... ¡amarle!... ¡Oh! no es posible.

--Las mujeres, querida mía, tenéis caprichos tan inconcebibles y gustos tan extraordinarios.

--¡Amarle!--repitió Carlota,--¡A él! ¡A un esclavo!... Luego, Teresa es tan fría... ¡tan poco susceptible de amor!

--Acaso nos hemos engañado juzgando su corazón por su semblante, querida mía.

--No, Enrique, yo no he juzgado su corazón por su semblante; sé que su corazón es noble, bueno, capaz de los más grandes sentimientos; pero el amor, Enrique, el amor es para los corazones tiernos, apasionados... como el tuyo, como el mío.

--Es para todos los corazones, vida mía, y Teresa tiene un corazón.

--Ven pues, vamos a verla Enrique, y si es verdad que amó a ese infeliz, compasión merece y no vituperio. El era mulato, es verdad, y nació esclavo; pero tenía también un bello corazón, Enrique, y su alma era tan noble, tan elevada como la tuya, como todas las almas nobles y elevadas.

Al oir estas palabras, la mirada de Enrique, que había estado amorosamente clavada en los bellos ojos de su mujer, vaciló un tanto, y como si su conciencia le hiciese penosa una comparación que sabía bien no era merecida, se apresuró a contestar:

--Ven pues, Carlota, vamos a ver a tu prima, no creo que después de lo que dijo, al pedirme el brazalete, quiera negar sus amores con Sab.

--Yo no trataré tampoco de arrancarla su secreto, pero si llora, lloraré con ella;--contestó Carlota apoyándose en el brazo de su marido; y hablando así salieron ambos del aposento y llegaron a la puerta del de Teresa, que estaba abierta. Enrique se detuvo a la entrada y Carlota se adelantó llamando a su amiga. Pero no estaba en el aposento. Carlota hizo venir a Belén y preguntó por Teresa.

--¡Pues qué!--respondió admirada la esclava,--¿no advirtió a su merced que iba a salir? Hace más de media hora que se marchó.

--¿Dónde? ¿Con quién?

--Dónde, no dijo, pero presumo que a la iglesia porque se puso su vestido negro y se cubrió la cabeza con su mantilla. La acompañó el mayoral que vino de Cubitas.

--¿Oyes, Enrique?--dijo Carlota sentándose tristemente en una silla que estaba delante de la mesa de Teresa.

--¡Y bien! ¿Por qué te asustas, Carlota?

--¿Por qué? Porque Teresa no acostumbra salir a esta hora con un hombre que apenas conoce y a pie, sin decírmelo... ¡Esto es extraordinario!

Carlota, en aquel momento notó un papel escrito sobre la mesa en que se había apoyado, y conociendo la letra de Teresa, lo leyó con apresuramiento. En seguida se lo alargó a su marido, deshaciéndose en lágrimas, y Enrique lo leyó en alta voz. Decía así:

“Pobre, huérfana y sin atractivos ni nacimiento, hace muchos años que miré el claustro como el único destino a que puedo aspirar en este mundo, y hoy me arrastra hacia ese santo asilo un impulso irresistible del corazón.

No te dejara en el día de la aflicción, si me creyese necesaria o siquiera útil; pero tú tienes ya un esposo, Carlota, a quien amas y que ha jurado hoy a Dios y a los hombres amarte, protegerte y hacerte feliz. Con él te dejo, deseándote un porvenir de amor y de ventura. Tu destino se ha fijado y yo quiero fijar el mío.

Por evitarme las reflexiones que me harías, para apartarme de esta resolución en la que estoy irrevocablemente fijada, dejo tu casa sin despedirme de ti sino por estas líneas, y me marcho al convento de las Ursulinas, de donde no saldré jamás. Mi patrimonio, aunque corto, cubre la dote que necesito para ser admitida, y dentro de un año espero que me será permitido pronunciar mis votos.

Adiós Carlota, adiós Enrique... Amaos y sed felices.

TERESA.”

--¡Oh Enrique!--exclamó Carlota:--ya lo ves! todo se reune para afligirme, para hacer triste y sombrío este día de nuestra unión; ¡este día que tan dichoso debía ser!

--Ya no debe quedarte duda,--dijo Enrique, del amor de tu prima por Sab.--Su muerte es la que le inspira esta resolución repentina de hacerse religiosa. A la verdad que tu amiga tiene altas inclinaciones.

--No la condenes, Enrique, ten indulgencia con todas las debilidades del corazón. ¡Pobre Teresa! ¡Harto desgraciada es! Pero ¿no podía esperar y remitir el cumplimiento de su resolución para otro día? ¿Por qué ha tenido la crueldad de añadir un disgusto a tantos como hoy he experimentado? Me deja la ingrata el mismo día que ha partido mi padre, sola..., abandonada.

--¡Sola! ¡Abandonada, Carlota!--repitió Enrique ciñéndola con sus brazos,--cuando estás con tu esposo que te adora, cuando yo estoy aquí, a tu lado, apretándote contra mi corazón. ¡Querida mía! Sensible es la pérdida de un hermano, aunque sea de un hermano que no ves hace tres años, y cuya débil y enfermiza constitución estaba ya de largo tiempo preparando para este golpe; sensible la separación de un padre, aunque esta separación será tan corta; sensible la muerte de un mulato que fué para tu familia un esclavo fiel; y sensible también que una loca amiga enamorada de él se quiera hacer monja, aunque se conozca que es lo mejor que puede hacer. Pero ¿es todo esto motivo suficiente para desconsolarte en estos términos, y amargarme el día más feliz de mi vida? ¿No es esto una injusticia, Carlota, una ingratitud para con tu Enrique?

En vez de dicha ¿has de darme dolor, lágrimas en vez de caricias? ¡Ah! tú me amabas hace cuatro días... hoy... hoy no me amas.

--¡No te amo!--exclamó ella con enajenamiento de pesar y ternura,--¡que no te amo, dices; Ah, no te amo; te idolatro. Tú eres mi consuelo, mi esperanza, mi apoyo... porque eres ya mi esposo, Enrique, y este día será un día de ventura por más contrariedades que el destino arroje sobre él. Acaso era necesario este contrapeso para que mi razón no sucumbiese al exceso de tal felicidad. ¡Porque yo te amo, Enrique!

--Pues bien, pruébamelo, vida mía, no llores más; pruébamelo con una sonrisa, con una mirada de placer... hazme dichoso con tu dicha, Carlota...

--Sí, sí, yo soy dichosa,--le interrumpió ella con una especie de delirio.--Mi padre, mi hermano, Teresa, Sab... ¿qué son todos al lado de tu amor? Yo no tengo ahora a nadie más que a ti... pero tú lo eres todo para el corazón de tu Carlota. Mira, no sientas que llore; son lágrimas de placer, lágrimas muy dulces las que vierto en tu pecho. ¡Porque soy tuya! ¡Porque te amo! ¡Porque soy feliz!

--Carlota, vida mía... dímelo otra vez; ¿qué nos importa todo lo demás amándonos así?--exclamó Enrique transportado.

--Tienes razón,--añadió ella,--amándonos así, el cielo mismo no tiene poder bastante para hacernos desgraciados.

--¡Carlota! ¡ya eres mía!

--¡Tuya para siempre!

--¡Cuán dichoso soy!

--¡Y yo! Enrique, ¡y yo!...

¡Y lo eran en efecto! Aquel era el primer día de su unión, y el primer día de una unión pura y santa, aquel día en que se hace del más vivo y ardiente de los afectos el más solemne de los deberes, es indudablemente un día supremo. Debe haber en este día una plenitud de ventura que no pertenece a esta tierra, ni a esta vida, y que el cielo no concede sino por un día, para hacer comprender con ella la felicidad que reserva en la eternidad de su gloria a las almas predestinadas. Porque la bienaventuranza del cielo no es otra cosa que el eterno amor.

Una horrible tempestad bramaba sobre la tierra. Eran las tres de la tarde y el firmamento, cubierto de un opaco velo, anunciaba una tarde espantosa.

En aquella hora don Carlos, desafiando la tormenta, corría al embarcadero de Nuevitas, pensando que un momento de dilación podía impedirle hallar vivo a su hijo. En aquella hora, Teresa de rodillas delante de un crucifijo, en una estrecha celda, imploraba la misericordia de Dios en favor de los que ya no existían. En aquella hora enterraban en Cubitas dos cadáveres, de un hombre y de un niño; y una vieja lloraba sobre un lecho manchado de sangre, y un perro ahullaba a sus pies. Y en aquella hora Carlota y Enrique eran felices, porque se amaban, porque se habían casado aquel día, y se repetían sin cesar con la voz y con las miradas: ¡Ya soy tuya! ¡Ya eres mía!

Tales contrastes los vemos cada día en el mundo: ¡Placer y dolor! Pero el placer es un desterrado del cielo, que no se detiene en ninguna parte. El dolor es un hijo del infierno que no abandona su presa sino cuando la ha despedazado.

CONCLUSION

Se e ciascun l’interno affanno, Si leggesse in fronte seritto, Quanti mai, che invidia fanno, Ci farebbero pietá! METASTASIO.

Si la frente del hombre anunciase El interno pesar con que lidia, ¡Cuántos hay que nos causan envidia, Y excitarnos debieran piedad!

Era la tarde del día 16 de junio de 18... Cumplían en este día cinco años de los acontecimientos con que termina el capítulo precedente, y notábase alguna agitación en lo interior del convento de las Ursulinas de Puerto Príncipe. Sin duda algo extraordinario producía esta agitación, extraña en la vida monótona y triste de las religiosas. Pero ¿qué cosa nueva o extraña puede acontecer dentro de los muros de un convento? ¡La muerte! Este es el acontecimiento notable que forma época para las solitarias reclusas de un claustro: la muerte de alguna de ellas; la muerte que únicamente vuelve a abrir para la infeliz monja las puertas de hierro de aquel vasto sepulcro, que la arroja a otro sepulcro más estrecho.

En el día de que hablamos era también la muerte la que motivaba el movimiento que se advertía en el convento. Sor Teresa estaba en las últimas horas de su vida, sucumbiendo a una consunción que padecía hacía tres años, y todas las religiosas se consternaban a la proximidad de una muerte que ya tenían prevista.

Sor Teresa era amada generalmente. Aunque fría y adusta, su severa virtud, su elevado carácter, la sublime resignación con que había soportado su larga enfermedad, y mil pequeños servicios que en diversas circunstancias había prestado a cada una de sus compañeras, con la inalterable aunque fría bondad que la caracterizaba, la habían granjeado el afecto de todas, que sentían sinceramente perderla; aunque acaso algunas de ellas gozaban una especie de satisfacción en que un acontecimiento, cualquiera que fuese, diese alguna variedad y movimiento a su triste congregación.

Eran las seis de la tarde y las monjas comenzaban a impacientarse de que no hubiese llegado todavía la señora de Otway, a la que se había despachado un correo a su ingenio de Bellavista, donde se hallaba, informándola de la gravedad del mal de su prima y del deseo que manifestaba de verla antes de morir. Esta dilación enfadaba a las buenas religiosas porque, decían ellas, era una ingratitud de la señora de Otway estar tan perezosa en correr al lado de la moribunda que tanto la amaba, y a la que mostraba tan tierna correspondencia.

En efecto, muchas veces, principalmente en aquellos dos años últimos, las religiosas habían murmurado en secreto las largas visitas de Carlota a su prima, quizás por el enojo que les causaba no poder satisfacer su curiosidad oyendo lo que hablaban las dos amigas en aquellas conferencias, que tenían en frecuentes ocasiones en la celda de sor Teresa. Era un escándalo, decían ellas, aquellas conversaciones a solas infringiendo las reglas del instituto, y sólo las permitía la abadesa por ser la señora de Otway parienta suya, y acaso más aún por los frecuentes regalos que hacía al convento.

Si hubieran podido las pobres religiosas satisfacer su curiosidad oyendo aquellas conversaciones, acaso se hubieran retirado de aquella celda más satisfechas de su suerte y menos envidiosas de la de Carlota; porque habrían oído que la mujer hermosa, rica y lisonjeada, la que tenía esposo y placeres, venía a buscar consuelos en la pobre monja muerta para el mundo. Hubieran visto que la mujer que creían dichosa lloraba, y que la monja era feliz.

En efecto, Teresa había alcanzado aquella felicidad tranquila y solemne que da la virtud. Su alma altiva y fuerte había dominado su destino y sus pasiones, y su elevado carácter, firme y decidido, la había permitido alcanzar esta alta resignación que es tan difícil a las almas apasionadas como a los caracteres débiles. Su pasión por Enrique, aquella pasión concentrada y profunda, única que se hubiese posesionado en toda su vida de aquel corazón soberbio, se había apagado bajo el cilicio, a la sombra de las frías paredes del claustro; su ambición, teniendo por único objeto la virtud, había sido para ella un móvil útil y santo, y a pesar de sus males físicos y de sus combates interiores, coronóse del triunfo aquella noble ambición.

Carlota, por el contrario, era desgraciada, y lo era tanto más cuanto que todos la creían feliz. Joven, rica, bella, esposa del hombre de su elección, del cual era querida, estimada generalmente ¿cómo hubiera podido hacer comprender que envidiaba la suerte de una pobre monja? Obligada pues a callar delante de los hombres, sólo podía llorar libremente dentro de los muros del convento de las Ursulinas, en el seno de una religiosa que había alcanzado la felicidad del alma aprendiendo a sufrir el infortunio.

Pero ¿por qué lloraba Carlota? ¿Cuál era su dolor? No todos los hombres le comprenderían porque muy pocos serían capaces de sentirle. Carlota era una pobre alma poética arrojada entre mil existencias positivas. Dotada de una imaginación fértil y activa, ignorante de la vida, en la edad en que la existencia no es más que sensaciones, se veía obligada a vivir de cálculo, de reflexión y de conveniencia. Aquella atmósfera mercantil y especuladora, aquellos cuidados incesantes de los intereses materiales marchitaban las bellas ilusiones de su joven corazón. ¡Pobre y delicada flor! tú habías nacido para embalsamar los jardines, bella, inútil y acariciada tímidamente por las auras del cielo.

Mientras fué soltera, Carlota había gozado las ventajas de la riquezas sin conocer su precio: ignoraba el trabajo que costaba el adquirirlas. Casada, aprendía cada día, a costa de mil pequeñas y prosaicas mortificaciones, cómo se llega a la opulencia. Sin embargo, de nada carecía Carlota; comodidades, recreaciones y aun lujo, todo lo tenía. Los dos ingleses sostenían su casa bajo un pie brillante. Pero aquellas bellas apariencias, y aun las ventajas reales de la vida, estaban fundadas y sostenidas por la incesante actividad, por la perenne especulación y por un fatigante desvelo. Carlota no podía desaprobar con justicia la conducta de su marido, ni debía quejarse de su suerte, pero a pesar suyo se sentía oprimida por todo lo que tenía de serio y material aquella vida del comercio. Mientras vivió su padre, hombre dulce, indolente como ella, y con el cual podía ser impunemente pueril, fantástica y apasionada, pudo estar también menos en contacto con su nuevo destino, y sólo tuvo que llorar por ver a su esposo más ocupado de su fortuna que de su amor, y por los frecuentes viajes que el interés de su comercio le obligaba a hacer, ya a la Habana, ya a los Estados Unidos de la América del Norte. Mas ella quedaba entonces al lado de su padre que la adoraba, y cuya debilitada salud exigía mil cuidados, que ocupaban su existencia.

Pero don Carlos sólo sobrevivió dos años a su hijo, y su muerte que privó a Carlota de un indulgente amigo, y de un tierno consolador, fué acompañada de circunstancias que rasgaron de una vez el velo de sus ilusiones, y que envenenaron para siempre su vida.

Durante las últimas semanas de la vida del pobre caballero, Jorge no se apartaba un instante de la cabecera de su lecho, velándole las noches en que Carlota descansaba. Agradecía ella esta asistencia con todo el calor de su corazón sensible y noble, incapaz de penetrar sus viles motivos; pero al descubrirlos, su indignación fué tanto más viva cuanto mayor había sido su confianza.

Débil de carácter don Carlos y más débil aún después de dos años de enfermedad, que habían enflaquecido a la vez su cuerpo y su espíritu, fué una blanda cera entre las manos de hierro del astuto y codicioso inglés, que logró hacerle dictar un testamento en el cual dejaba a Carlota todo el tercio y quinto de sus bienes. Ignoró Carlota esta injusticia hasta que, muerto su padre, se la enteró de sus últimas disposiciones, en las cuales vió la prueba inequívoca de la avaricia y bajeza de su suegro. Explicóse franca v enérgicamente con Enrique, declarando su resolución de no aprovecharse de aquel abuso cometido, devolviendo a sus hermanas, injustamente despojadas, aquellos bienes arrancados a la debilidad por la codicia.

Carlota se había persuadido que su marido pensaría lo mismo que ella, pero Enrique encontró absurda la demanda de su mujer y la trató como fantasía de una niña que no conoce aún sus propios intereses. Aquel testamento era legal y Enrique no concebía los escrúpulos delicados de Carlota, ni por qué le llamaba injusto y nulo.

Todas las súplicas, las lágrimas, las protestaciones de Carlota sólo sirvieron para malquistarla con su suegro, sin que Enrique la escuchase jamás de otro modo que como a un niño caprichoso, que pide un imposible. La acariciaba, la prodigaba tiernas palabras y concluía por reírse de su indignación.

Carlota luchó inútilmente por espacio de muchos meses, después guardó silencio y pareció resignarse. Para ella todo había acabando. Vió a su marido tal cual era; comenzó a comprender la vida. Sus sueños se disiparon, su amor huyó con su felicidad. Entonces tocó toda la desnudez, toda la pequeñez de las realidades, comprendió lo erróneo de todos los entusiasmos, y su alma que tenía necesidad, sin embargo, de entusiasmos y de ilusiones, se halló sola en medio de aquellos dos hombres pegados a la tierra y alimentados de positivismo. Entonces fué desgraciada, entonces las secretas y largas conferencias con la religiosa Ursulina fueron más frecuentes. Su único placer era llorar en el seno de su amiga sus ilusiones perdidas y su libertad encadenada; y cuando no estaba con Teresa huía de la sociedad de su marido y de su suegro. Muchas veces se iba a Bellavista y pasaba allí meses enteros en una absoluta soledad, o sin otra compañía que sus hermanas; que eran sin embargo demasiado jóvenes para poder consolarla. En Bellavista respiraba más libremente; sentía su pobre corazón necesidad de entregarse, y ella le abría al cielo, al aire libre del campo, a los árboles y a las flores.

Así en el día en que comienza este último capítulo de nuestra historia, hallábase fuera de la ciudad, mientras las monjas la esperaban con impaciencia y Teresa agonizaba. Había ya cumplido ésta con todos sus deberes de católica, pero parecía escuchar con distracción las bellas cosas que le decía el religioso que la auxiliaba, y profería por momentos el nombre de Carlota.

Por fin llegó ésta. Un carruaje se detuvo delante de la puerta del convento, y la señora de Otway, pálida y asustada, se precipitó en la celda de la moribunda.

Teresa pareció reanimarse a la vista de su amiga, y con voz débil pero clara pidió que las dejasen solas.

Carlota se puso de rodillas junto al lecho, a cuya cabecera ardían dos velas de cera, alumbrando una calavera y un crucifijo de plata. Teresa se incorporó un poco sobre sus almohadas y le tendió la mano.

--Yo muero,--dijo después de un instante de silencio,--y nada poseo, nada puedo legar a la compañera de mi juventud. Pero acaso pueda dejarle un extraño consuelo, un triste pero poderoso auxilio contra el mal que marchita sus años más hermosos.

Carlota, tú estás cansada de la vida, y detestas al mundo y a los hombres... sin embargo, tú has sido una mujer feliz, Carlota: tú has sido amada con aquel amor que ha sido el sueño de tu corazón, y que hubiera hecho la gloria de mi vida si yo le hubiese inspirado. Tú has poseído sin conocerla una de esas almas grandes, ardientes, nacidas para los sublimes sacrificios, una de aquellas almas excepcionales que pasan como exhalaciones de Dios sobre la tierra. Y bien, Carlota ¿te cansa la existencia material? ¿necesitas la poesía del dolor? ¿anhelas un objeto de culto?... Desata de mi cuello este cordón negro... en él está una pequeña llave; abre con ella ese cofrecito de concha... ¡bien! ¿No ves dentro de él un papel ajado por mis lágrimas?... Toma ese papel, Carlota, y consérvale como yo le he conservado.

No recibí del cielo una rica imaginación, ni un alma poética y exaltada; no he vivido, como tú, en la atmósfera de mis ilusiones. Para mí la vida real se presentó siempre desnuda, y la triste experiencia del infortunio me hizo comprender y adivinar muchos horribles secretos del corazón humano; sin embargo de eso, Carlota, muero creyendo en el amor y en la virtud, y a ese papel debo esta dulce creencia que me ha preservado del más cruel de los males: el desaliento.

La voz de Teresa se extinguió por un momento; pidió a su prima un vaso de agua y después le reveló con más firmeza el noble sacrificio del mulato.

El te dió el oro,--la dijo,--que decidió a Enrique a llamarte su esposa, pero no desprecies a tu marido, Carlota; él es lo que son la mayor parte de los hombres. ¡Y cuántos existirán peores!...

Quiera el cielo que no vuelvas algún día los ojos con dolor hacia el país en que has nacido, donde aun se señalan los vicios, se aborrecen las bajezas y se desconocen los crímenes; donde aun existen en la oscuridad virtudes primitivas. Los hombres son malos, Carlota, pero no debes aborrecerlos ni desalentarte en tu camino. Es útil conocerlos y no pedirles más que aquello que pueden dar; es útil perder esas ilusiones que acaso no existen ya sino en el corazón de una hija de Cuba. Porque hemos sido felices, Carlota, en nacer en un suelo virgen, bajo un cielo magnífico, en no vivir en el seno de una naturaleza raquítica, sino rodeadas de todas las grandes obras de Dios, que nos han enseñado a conocerle y amarle.

Acaso tu destino te aleje algún día de esta tierra en que tuviste tu cuna y en donde yo tendré mi sepulcro; acaso en el ambiente corrompido de las ciudades del viejo hemisferio buscarás en vano una brisa que refresque tu alma, un recuerdo de tu primera juventud, un vestigio de tus ilusiones; acaso no hallarás nada grande y bello en que descansar tu corazón fatigado. Entonces tendrás ese papel; ese papel es toda un alma; es una vida, una muerte; todas las ilusiones resumidas, todos los dolores compendiados... el aroma de un corazón que se moría sin marchitarse. Las lágrimas que te arranque ese papel no serán venenosas, los pensamientos que te inspire no serán mezquinos. Mientras leas ese papel creerás como yo en el amor y en la virtud, y cuando el ruido de los vivos fatigue tu alma, refúgiate en la memoria de los muertos.

Teresa imprimió un beso en la frente de su amiga. Carlota la estrechó entre sus brazos... pero ¡ay! ¡sólo abrazada ya a un cadáver!

A la melancólica luz de las velas, que alumbraban la calavera y el crucifijo, Carlota de rodillas, pálida y trémula, leyó junto al cadáver de Teresa la carta de Sab. Luego... ¿para qué decir lo que sintió luego? Esa carta nosotros, los que referimos esta historia, la hemos visto; nosotros la conservamos fielmente en la memoria. Hela aquí:

CARTA DE SAB A TERESA

Teresa: la hora de mi descanso se acerca: mi tarea sobre la tierra va a terminar. Cuando dejo este mundo, en el que tanto he padecido y amado, solamente de vos quiero despedirme.

He venido a morir cerca de mi madre y de mi hermano; pensé que su presencia,--la presencia de estos dos seres que me han amado,--dulcificaría mi agonía; pero me engañaba. Dios me guardaba aquí mi última prueba, mi postrer martirio.

Ella duerme, la pobre anciana, y la muerte la rodea; ella duerme junto a dos moribundos: ¡sus dos hijos que van a abandonarla! Os lo confieso; al ver hace un momento su frente calva, surcada por los años y por los dolores, reposar fatigada sobre mi pecho, y cuando su voz, aquella voz que me ha dado el dulce nombre de hijo, me decía: Sólo tú me quedas en el mundo; en aquel momento he deseado la vida y he llevado convulsivamente las manos sobre mi corazón, para arrancar de él el dolor que me mata.

¡Ah! sí: la muerte era mi único deseo, mi única esperanza, y al sentir su mano fría apretar mi corazón, he gozado una alegría feroz y he levantado a Dios mi corazón para pedirle: Yo reconozco tu misericordia.

Pero al aspecto de esta anciana, que duerme arrullada por el estertor de un moribundo junto al cadavérico cuerpo de su último nieto, y que aun durmiendo me tiende los brazos y me dice: Sólo tú me quedas en el mundo; sufro un nuevo género de combate, una terrible lucha. Siento el deseo de vivir y la necesidad de morir. Sí, por ti quisiera vivir, pobre anciana, que te has compadecido del huérfano y que le has dicho: Yo seré tu madre; por ti que no te has avergonzado de amar al siervo, y que le has dicho: Levanta tu frente, hijo de la esclava, las cadenas que aprisionan las manos no deben oprimir el alma. Por ti quisiera vivir, para cerrar tus ojos y enterrar tu cadáver, y llorar sobre tu sepultura; y el abandono en que te dejo hace amarga para mí mi hora solemne y deseada.

Y bien ¡Dios mío! yo acepto esta nueva prueba y agoto, sin hacer un gesto de repugnancia, la última gota de hiel que has arrojado en el cáliz amargo de mi vida.

Yo muero, Teresa, y quiero despedirme de vos. ¿No os lo he dicho ya? Creo que sí.

Quiero despedirme de vos y daros gracias por vuestra amistad, y por haberme enseñado la generosidad, la abnegación y el heroísmo. Teresa, vos sois una mujer sublime, yo he querido imitaros; pero ¿puede la paloma tomar el vuelo del águila? Vos os levantáis grande y fuerte, ennoblecida por los sacrificios, y yo caigo quebrantado. Así, cuando precipita el huracán su carro de fuego sobre los campos, la ceiba se queda erguida, iluminada su cabeza vencedora por la aureola con que la ciñe su enemigo; mientras que el arbusto, que ha querido en vano defenderse como ella, sólo queda para atestiguar el poder que le ha vencido. El sol sale y la ceiba le saluda diciéndole: Veme aquí; pero el arbusto sólo presenta sus hojas esparcidas y sus ramas destrozadas.

Y sin embargo, vos sois una débil mujer. ¿Cuál es esa fuerza que os sostiene y que yo pido en vano a mi corazón de hombre? ¿Es la virtud quién os la da?... Yo he pensado mucho en esto; he invocado en mis noches de vigilia ese gran nombre: ¡la virtud! Pero ¿qué es la virtud?, ¿en qué consiste?...., yo he deseado comprenderlo, pero en vano he preguntado la verdad a los hombres. Me acuerdo que cuando mi amo me enviaba a confesar mis culpas a los pies de un sacerdote, yo preguntaba al ministro de Dios qué haría para alcanzar la virtud.--La virtud del esclavo,--me respondía,--es obedecer y callar, servir con humildad y resignación a sus legítimos dueños, y no juzgarlos nunca.

Esta explicación no me satisfacía. ¡Y qué! pensaba yo ¿la virtud puede ser relativa?

¿La virtud no es una misma para todos los hombres? ¿El gran jefe de esta gran familia humana, habrá establecido diferentes leyes para los que nacen con la tez negra, y la tez blanca? ¿No tienen todos las mismas necesidades, las mismas pasiones, los mismos defectos? ¿Por qué pues tendrán los unos el derecho de esclavizar y los otros la obligación de obedecer? Dios, cuya mano suprema ha repartido sus beneficios con equidad sobre todos los países del globo, que hace salir al sol para toda su gran familia dispersa sobre la tierra, que ha escrito el gran dogma de la igualdad sobre la tumba, Dios ¿podrá sancionar los códigos inicuos en los que el hombre funda sus derechos para comprar y vender al hombre; y sus intérpretes en la tierra dirán al esclavo: Tu deber es sufrir; la virtud del esclavo es olvidarse de que es hombre, renegar de los beneficios que Dios le dispensó, abdicar la dignidad con que le ha revestido, y besar la mano que le imprime el sello de la infamia? No, los hombres mienten; la virtud no existe entre ellos.

Muchas veces, Teresa, he meditado en la soledad de los campos y en el silencio de la noche, en esta gran palabra: ¡la virtud! Pero la virtud es para mí como la providencia: una necesidad desconocida, un poder misterioso que concibo pero que no conozco. Entre los hombres la he buscado en vano. He visto siempre que el fuerte oprimía al débil, que el sabio engañaba al ignorante, y que el rico despreciaba al pobre. No he podido encontrar entre los hombres la gran armonía que Dios ha establecido en la naturaleza.

Nunca he podido comprender estas cosas, Teresa, por más que se las he preguntado al sol, y a la luna, y a las estrellas, y a los vientos bramadores del huracán, y a las suaves brisas de la noche. Las densas nubes de mi ignorancia cubrían a pesar mío los destellos de mi inteligencia, y al preguntaros ahora si debéis a la virtud vuestra fortaleza, se me ocurre una nueva duda, y me pregunto a mí mismo si la virtud no es la fortaleza, y si la fortaleza no es el orgullo. Porque el orgullo es lo más bello, lo más grande que yo conozco, y la única fuente de donde he visto nacer las acciones nobles y brillantes de los hombres. Decídmelo, Teresa, esa grandeza y abnegación de vuestra alma ¿no es más que orgullo?... ¡Y bien! ¿qué importa? Cualquiera que sea el nombre del sentimiento que dicta las nobles acciones, es preciso respetarle. Pero ¿de qué carezco que no puedo igualarme con vos? ¿Es la falta del orgullo?... ¿Es que ese gran sentimiento no puede existir en el alma del hombre que ha sido esclavo?... Sin embargo, aunque esclavo yo he amado todo lo bello y lo grande, y he sentido que mi alma se elevaba sobre mi destino. ¡Oh! sí, yo he tenido un grande y hermoso orgullo; el esclavo ha dejado volar libre su pensamiento, y su pensamiento subía más allá de las nubes en que se forma el rayo. ¿Cuál es pues la diferencia que existe entre vuestra organización moral y la mía? Yo os la diré, os diré lo que pienso. Es que en mí hay una facultad inmensa de amar; es que vos tenéis el valor de la resistencia y yo la energía de la actividad; es que a vos os sostiene la razón y a mí me devora el sentimiento. Vuestro corazón es del más puro oro, el mío es de fuego.

Había nacido con un tesoro de entusiasmos. Cuando en mis primeros años de juventud Carlota leía en alta voz delante de mí los romances, novelas e historias que más le agradaban, yo la escuchaba sin respirar, y una multitud de ideas se despertaban en mí, y un mundo nuevo se desenvolvía delante de mis ojos. Yo encontraba muy bello el destino de aquellos hombres que combatían y morían por su patria. Como un caballo belicoso que oye el sonido del clarín, me agitaba con un ardor salvaje a los grandes nombres de patria y libertad; mi corazón se dilataba, hinchábase mi nariz, mi mano buscaba maquinal y convulsivamente una espada, y la dulce voz de Carlota apenas bastaba para arrancarme de mi enajenamiento. A par de esta voz querida, yo creía escuchar músicas marciales, gritos de triunfos y cantos de victorias; y mi alma se lanzaba a aquellos hermosos destinos hasta que un súbito y desolante recuerdo venía a decirme al oído: eres mulato y esclavo. Entonces un sombrío furor comprimía mi pecho y la sangre de mi corazón corría como veneno por mis venas hinchadas. ¡Cuántas veces las novelas que leía Carlota referían el insensato amor que un vasallo concebía por su soberana, o un hombre oscuro por alguna ilustre y orgullosa señora!... Entonces escuchaba yo con una violenta palpitación, y mis ojos devoraban el libro; pero ¡ay! aquel vasallo o aquel plebeyo eran libres, y sus rostros no tenían la señal de reprobación. La gloria les abría las puertas de la fortuna, y el valor y la ambición venían en auxilio del amor. Pero ¿qué podía el esclavo a quien el destino no abría ninguna senda, a quien el mundo no concedía ningún derecho? Su color era el sello de una fatalidad eterna, una sentencia de muerte moral.

Un día Carlota leyó un drama en el cual encontré por fin a una noble doncella que amaba a un africano, y me sentí transportado de placer y orgullo cuando oí a aquel hombre decir: “No es un baldón el nombre de africano, y el color de mi rostro no paraliza mi brazo”. ¡Oh sensible y desventurada doncella! ¡cuánto te amaba yo! ¡oh Otelo! ¡qué ardientes simpatías encontrabas en mi corazón! ¡Pero tú también eras libre! Tú saliste de la Libia ardiente y brillante como su sol; tú no te alimentaste jamás con el pan de la servidumbre, ni se dobló tu soberbia frente delante de un dueño. Tu amada no vió en tus manos triunfantes la señal de los hierros, y cuando le referías tus trabajos y hazañas, ningún recuerdo de humillación hizo palidecer tu semblante. ¡Teresa! el amor se apoderó bien pronto exclusivamente de mi corazón; pero no le debilitó, no. Yo hubiera conquistado a Carlota a precio de mil heroísmos. Si el destino me hubiese abierto una senda cualquiera, me habría lanzado en ella... la tribuna o el campo de batalla, la pluma o la espada, la acción o el pensamiento... todo me era igual; para todo hallaba en mí la aptitud y la voluntad... ¡Sólo me faltaba el poder! Era mulato y esclavo.

¡Cuántas veces, como el paria, he soñado con las grandes ciudades ricas y populosas, con las sociedades cultas, con esos inmensos talleres de civilización en que el hombre de genio encuentra tantos destinos! Mi imaginación se remontaba en alas de fuego hacia el mundo de la inteligencia. ¡Quitadme estos hierros! gritaba en mi delirio ¡quitadme esta marca de infamia! yo me elevaré sobre vosotros, hombres orgullosos; yo conquistaré para mi amada un nombre, un destino, un trono.

No he conocido más cielo que el de Cuba; mis ojos no han visto las grandes ciudades con palacios de mármol, ni he respirado el perfume de la gloria; pero acá en mi mente se desarrollaba, a la manera de un magnífico panorama, un mundo de opulencia y de grandeza, y en mis insomnios devorantes pasaban delante de mí coronas de laurel y mantos de púrpura. A veces veía a Carlota como una visión celeste, y la oía gritarme: ¡Levántate y marcha! Y yo me levantaba, pero volvía a caer al eco terrible de una voz siniestra que me repetía: ¡Eres mulato y esclavo!

Pero todas estas visiones han ido desapareciendo, y una imagen única ha reinado en mi alma. Todos mis entusiasmos se han resumido en uno solo: ¡el amor! Un amor inmenso que me ha devorado. El amor es la más bella y pura de las pasiones del hombre, y yo la he sentido en toda su omnipotencia. En esta hora suprema, en que víctima suya me inmolo en el altar del dolor, paréceme que mi destino no ha sido innoble ni vulgar. Una gran pasión llena y ennoblece una existencia. El amor y el dolor elevan el alma, y Dios se revela a los mártires de todo culto puro y noble.

En este momento, Teresa, yo le veo grande en su misericordia y me arrojo confiado en su seno paternal. Los hombres le habían disfrazado a mis ojos, ahora yo le conozco, le veo, y le adoro. El acepta el culto solitario de mi alma... El sabe cuánto he amado y padecido; esas blancas estrellas, que velan sobre la tierra y oyen en el silencio de la noche los gemidos del corazón, le han dicho mis lamentos y mis votos. ¡El los ha escuchado! Yo muero sin haber mancillado mi vida ¡yo muero abrasado en el santo fuego del amor! No podré hacer valer delante de su trono eterno las virtudes de la paciencia y de la humildad, pero he poseído el valor, la franqueza y la sinceridad. Estas cualidades son buenas para la fuerza y la libertad, y en el esclavo han sido inútiles a los otros y peligrosas para él, pero han sido involuntarias.

Los hombres dirán que yo he sido infeliz por mi culpa; porque he soñado los bienes que no estaban en mi esfera, porque he querido mirar al sol, como el águila, no siendo sino un pájaro de la noche; y tendrán razón delante de su tribunal, pero no en el de mi conciencia: ella respondería:

Si el pájaro de la noche no tiene ojos bastante fuertes para soportar la luz del sol, tiene el instinto de su debilidad, y ningún impulso interior más fuerte que su voluntad le ha lanzado a la región a que no nació destinado. ¿Es culpa mía si Dios me ha dotado de un corazón y de un alma? ¿Si me ha concedido el amor de lo bello, el anhelo de lo justo, la ambición de lo grande? Y si ha sido su voluntad que yo sufriese esta terrible lucha entre mi naturaleza y mi destino, si me dió los ojos y las alas del águila para encerrarme en el oscuro albergue del ave de la noche ¿podrá pedirme cuenta de mis dolores? ¿podrá decirme: ¿Por qué no aniquilaste el alma que te di? ¿porqué no fuiste más fuerte que yo, y te hiciste otro y dejaste de ser lo que yo te hice?

Pero si no es Dios, Teresa, si son los hombres los que me han formado este destino, si ellos han cortado las alas que Dios concedió a mi alma, si ellos han levantado un muro de errores y preocupaciones entre mí y el destino que la providencia me había señalado, si ellos han hecho inútiles los dones de Dios, si ellos me han dicho: ¿Eres fuerte? pues sé débil ¿Eres altivo? pues sé humilde ¿Tienes sed de grandes virtudes? pues devora tu impotencia en la humillación ¿Tienes inmensas facultades de amar? pues sofócalas, porque no debes amar a ningún objeto bello y puro y digno de inspirarte amor. ¿Sientes la noble ambición de ser útil a tus semejantes y de emplear en el bien general y en tu gloria, las facultades que te oprimen? Pues dóblate bajo su peso y desconócelas, y resígnate a vivir inútil y despreciado, como la planta estéril o como el animal inmundo.... Sí, son los hombres los que me han impuesto este horrible destino, ellos son los que deben temer al presentarse delante de Dios; porque tienen que dar una cuenta terrible, porque han contraído una responsabilidad inmensa.

¿Saben ellos lo que puedo haber sido?... ¿Por qué han inventado estos asesinatos morales aquellos que castigan con severas penas al que quita a otro hombre la vida? ¿Por qué establecen grandezas y prerrogativas hereditarias? ¿Tienen ellos el poder de hacer hereditarias las virtudes y los talentos? Por qué se rechazará al hombre que sale de la oscuridad diciéndole: ¡Vuelve a la nada, hombre sin herencia, y consúmete en tu cieno, y si tienes las virtudes y los talentos que faltan a tus dueños, ahógales, porque te son inútiles!

¡Teresa! qué multitud de pensamientos me oprime... la muerte que hiela ya mis manos, aun no ha llegado a mi cabeza ni a mi corazón. Sin embargo, mis ojos se ofuscan..., paréceme que pasan fantasmas delante de mí. ¿No veis? Es ella, es Carlota, con su anillo nupcial y su corona de virgen... ¡Pero la sigue una tropa escuálida y odiosa!..., son el desengaño, el tedio, el arrepentimiento... y más atrás ese monstruo de voz sepulcral y cabeza de hierro... ¡lo irremediable! ¡Oh! ¡las mujeres! ¡Pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos, ellas arrastran pacientemente su cadena y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo, eligen un dueño para toda la vida. El esclavo al menos puede cambiar de amo, puede esperar que juntando oro comprará algún día su libertad; pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada, para pedir libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita: En la tumba. ¿No ois una voz, Teresa? Es la de los fuertes que dice a los débiles: Obediencia, humildad, resignación... esta es la virtud. ¡Oh! yo te compadezco, Carlota, yo te compadezco aunque tú gozas y yo expiro, aunque tú te adormeces en los brazos del placer y yo en los de la muerte. Tu destino es triste, pobre ángel, pero no te vuelvas nunca contra Dios, ni equivoques con sus santas leyes, las leyes de los hombres. Dios no cierra jamás las puertas al arrepentimiento. Dios no acepta los votos imposibles. Dios es el Dios de los débiles como de los fuertes, y jamás pide al hombre más de lo que le ha dado.

¡Oh, qué suplicio!... No es la muerte, no son vulgares celos los que me martirizan; sino el pensamiento, el presentimiento del destino de Carlota... ¡Verla profanada, a ella! ¡a Carlota, flor de una aurora que aun no había sido tocada sino por las auras del cielo...! ¡Y el remedio imposible!... ¡Lo imposible! ¡Qué palabra de hierro!... ¡Y estas son las leyes de los hombres, y Dios calla... y Dios las sufre! ¡Oh! adoremos sus juicios inescrutables... ¿Quién puede comprenderlos?... ¡Pero no, no siempre callarás, Dios de toda justicia! no siempre reinaréis en el mundo error, ignorancia y absurdas preocupaciones; vuestra decrepitud anuncia vuestra ruina. La palabra de salvación resonará por toda la extensión de la tierra, los viejos ídolos caerán de sus inmundos altares y el trono de la justicia se alzará brillante, sobre las ruinas de las viejas sociedades. Sí, una voz celestial me lo anuncia. En vano, me dice, en vano lucharán los viejos elementos del mundo moral contra el principio regenerador; en vano habrá en la terrible lucha días de oscuridad y horas de desaliento... el día de la verdad amanecerá claro y brillante. Dios hizo esperar a su pueblo cuarenta años la tierra prometida, y los que dudaron de ella fueron castigados con no pisarla jamás; pero sus hijos la vieron. Sí, el sol de la justicia no está lejos. La tierra le espera para rejuvenecer a su luz; los hombres llevarán un sello divino, y el ángel de la poesía radiará sus rayos sobre el nuevo reinado de la inteligencia.

¡Teresa! ¡Teresa! La luz que ha brillado a mis ojos los ha cegado... no veo ya las letras que formo... las visiones han desaparecido... la voz divina ha callado... una oscuridad profunda me rodea... un silencio... ¡no! lo interrumpe el estertor de un moribundo, y los gemidos que arranca la pesadilla de una vieja que duerme. Quiero verlos por última vez... ¡Pero yo no veo ya!... quiero abrazarlos... ¡Mis pies son de plomo!... ¡Oh! ¡la muerte! la muerte es una cosa fría y pesada como... ¿cómo qué? ¿con qué puede compararse la muerte?

¡Carlota!... acaso ahora mismo...; muera yo antes. ¡Dios mío!... mi alma vuela hacia ti... adiós, Teresa... la pluma cae de mi mano... ¡adiós!... yo he amado, yo he vivido... ya no vivo... pero aun amo.

Pocos días después de la muerte de la religiosa, Carlota cuya delicada salud declinaba visiblemente, manifestó a su marido el deseo de probar si la mejoraban los aires de Cubitas, reputados generalmente por muy saludables.

En efecto, a principios del mes siguiente dejó la ciudad, y acompañada únicamente de Belén y dos de sus más fieles esclavos, trasladóse a Cubitas, donde fué recibida por todos aquellos honrados labriegos con manifestaciones del mayor regocijo.

Su primer cuidado fué preguntar por la vieja Martina al mayoral de la estancia, pero con gran pesar supo que había muerto hacía seis meses.

--La buena vieja,--añadió el mayoral,--desde la muerte de Sab y de su último nieto, puede decirse que no vivía. Constantemente enferma, sólo se la veía salir todas las tardes, cerca del anochecer, amarilla y flaca como un cadáver, par ir a su paseo favorito seguida de su perro.

Carlota no tuvo necesidad de preguntar cuál era su paseo favorito, pues un labriego que se hallaba presente añadió inmediatamente:

--Es muy cierto lo que dice mi compadre; todas las noches cuando venía yo de mi estancia veía dos bultos, uno grande y otro más pequeño, a los dos lados de la cruz de madera que pusimos sobre la sepultura del pobre Sab, y donde también enterramos al nieto de Martina. Aquellos dos bultos no llamaban ya la atención de nadie; todos sabíamos que eran la vieja y el perro. Desde que murió la una, ya no vemos más que un bulto, pero ese está constantemente allí. De día y de noche se ve al pobre Leal tendido al pie de la cruz y sólo desampara su puesto alguna que otra vez, para venir a recibir de mi compadre algún hueso o piltrafa.

--Eso no es exactamente verdad,--repuso el mayoral,--que no pocas veces son buenas presas de vaca, y no piltrafas ni huesos, las que se engulle el tal animalito. Pero ¿quién ha de tener corazón para negarle un bocado a ese perro tan fiel, que pasa su vida al lado de los huesos de sus amos, y que además está ya viejo y ciego?

La señora de Otway despidió a los dos interlocutores dándoles pruebas de su generosidad, y manifestándose agradecida al mayoral de la que, según decía, había usado con el pobre animalillo que ya no tenía dueño.

Permaneció más de tres meses en Cubitas, pero su salud continuaba en tan mal estado y vivía en un retiro tan absoluto, que nadie volvió a verla en la aldea. Al principio hablábase mucho entre los estancieros de aquella rara dolencia de la señora de Otway, que nadie, ni aun su esclava favorita, acertaba a calificar; y se murmuraba la indiferencia de su marido que la dejaba sola en situación tan delicada. Pero bien pronto la atención de los pocos habitantes de la aldea fué llamada hacia otra parte y se dejó de pensar en Carlota.

Circulaba rápidamente la voz de un acontecimiento maravilloso, cual era que la vieja india, al cabo de medio año de estar enterrada, volvía todas las noches a su paseo habitual, y que se la veía arrodillarse junto a la cruz de madera que señalaba la sepultura de Sab, exactamente a la misma hora en que lo hacía mientras vivió y con el mismo perro por compañero. Este rumor encontró fácil acceso, pues siempre se había creído en Cubitas que Martina no era una criatura como las demás. Los más incrédulos quisieron observar aquella pretendida aparición, y el asombro fué grande y la certeza absoluta cuando éstos mismos confirmaron la verdad del hecho; sólo sí que adornado con la extraña circunstancia de que la vieja india al volver a la tierra, se había transformado de una manera singular, pues los que la habían sorprendido en su visita nocturna aseguraban que no era ya ni vieja, ni flaca, ni de color aceitunado, sino joven, blanca y hermosa cuanto podía conjeturarse, pues siempre tenía cubierto el rostro con una gasa.

El ruido de esta visión ocupaba exclusivamente las noches ociosas de los labriegos y nadie se acordó más de Carlota, hasta el día en que agravándose su dolencia, se vió precisada a volverse a Puerto Príncipe.

Por una coincidencia singular, aquel mismo día murió Leal y dejó de verse la visión. Los observadores de la visitadora nocturna, cuando fueron aquella vez, sólo encontraron el cadáver del fiel animalito, que por dictamen del mayoral fué sepultado junto a sus amos; honor debido justamente a su prodigiosa lealtad.

Desde entonces nadie ha vuelto sin duda a orar al pie de la tosca cruz de madera, único monumento erigido a la memoria de Sab; pero acaso se acuerde todavía algún sencillo labrador de la tierra roja, del tiempo en que una vieja y un perro venían a visitar aquella humilde sepultura, y de la visión misteriosa que posteriormente se dejó ver todas las noches, por espacio de tres meses, en el mismo lugar.

Desearíamos también dar noticias al lector de la hermosa y doliente Carlota, pero aunque hemos procurado indagar cuál es actualmente su suerte, no hemos podido saberlo. Verosímilmente su marido, cuyas riquezas se habían aumentado considerablemente en pocos años, muerto su padre, habrá creído conveniente establecerse en una ciudad marítima y de más consideración que Puerto Príncipe. Acaso Carlota, como lo había previsto Teresa, existirá actualmente en la populosa Londres. Pero, cualquiera que sea su destino y el país del mundo donde habite ¿habrá podido olvidar la hija de los trópicos, al esclavo que descansa en una humilde sepultura bajo aquel hermoso cielo?

_Fin de la novela._

NOTAS:

[1] Sólo el que haya estado en la isla de Cuba y oído estas canciones en boca de la gente del pueblo, puede formar idea del dejo inimitable y la gracia singular con que dan alma y atractivo a las ideas más triviales y al lenguaje menos escogido.

[2] El yarey es un arbusto mediano, de la familia de los guanos, de cuyas hojas largas y lustrosas se hacen en el país tejidos bastante finos para sombreros, cestos, etc.

[3] Ingenio es el nombre que se da a la máquina que sirve para demoler la caña, mas también se designan comunmente con este nombre las mismas fincas en que existen dichas máquinas.

[4] Zafra: el producto total de la molienda, que puede llamarse la cosecha de azúcar.

[5] Los esclavos de la Isla de Cuba dan a los blancos el tratamiento de su merced.

[6] Mayoral se llama al director o capataz que manda y preside el trabajo de los esclavos. Rarísima vez se confiere a otro esclavo semejante cargo: cuando acontece, lo repita éste como el mayor honor que puede dispensársele.

[7] El tratamiento de vos no ha sido abolido enteramente en Puerto Príncipe hasta hace muy pocos años. Usábase muy comunmente en vez de usted, y aun le empleaban algunas veces en sus conversaciones personas que se tuteaban. No tenía uso de inferior a superior y sólo lo permito a Sab por disculparle la exaltación con que hablaba en aquel momento que no daba lugar a la reflexión.

[8] Taranquela: Son unos maderos gruesos colocados a cierta distancia, con travesaños para impedir la salida del ganado, etc.

[9] Se da el nombre de estancias a las posesiones pequeñas de labranza, pero en Cubitas se llaman así particularmente los plantíos de yucas, raíz blanca y dura, de la que se hace una especie de pan llamado casabe. En cada una de estas estancias hay regularmente su choza en la que habita el mayoral, y estas chozas forman el caserío de las aldeas de Cubitas.

[10] Las cuevas de Cubitas son una obra admirable de la naturaleza, y dignas de ser visitadas. Más adelante hablaremos de ellas con alguna más extensión.

[11] El aura es un ave algo parecida al cuervo, pero más grande. Cuando amenaza la tempestad innumerables bandadas de estas aves pueblan el aire, y por lo bajo de su vuelo conocen los del país la densidad de la atmósfera.

[12] Bohío; choza o cabaña.

[13] El colibrí es un pájaro muy pequeño conocido únicamente en las tierras más cálidas de América. Su plumaje es hermosísimo por el matiz y brillo de sus colores. Liba las flores como la abeja haciendo oir un zumbido parecido al de los mosquitos, por lo cual en algunos países le llaman rezumbador, y en otros pica flores.

[14] La clavellina cubana, llamada también lirio en algunos pueblos de la isla, es una planta que no tiene analogía con la del clavel; su flor, que despide un aroma suavísimo, es blanca al nacer y después rosada.

[15] La malvarrosa es blanca por la mañana y encarnada por la tarde.

[16] Esta flor extraordinaria la produce una planta parecida a la vid silvestre blanca. Antes de abrirse es de color de jacinto claro, y abierta descubre otras hojas más blancas formando un círculo que imita una corona. Del centro de la flor se eleva un tallo cilíndrico a manera de una columna que remata en una especie de cáliz del cual nacen tres clavos. Presenta además lo interior del cáliz la figura de un martillo, y por todos estos signos se la llama flor de pasión o pasionaria.

[17] Campanilla: es una flor silvestre de la figura de una campana; la produce un bejuco muy común en aquellos campos.

[18] El yuraguano es un arbusto de la familia de los guanos con muchas hojas parecidas algún tanto a las de la palma; aquellos a que se hace referencia en esta historia, y que abundan en las inmediaciones de Cubitas, son más altos que los yuraguanos comunes. No crece este arbusto recto y airoso como la palma, antes por el contrarío su tronco se tuerce por lo regular, y a veces se tiende casi horizontalmente.

[19] El jagüey al principio no es más que un bejuco que se enreda a un árbol. Crece prodigiosamente: cubre y oprime con sus ramas el tronco que le ha sostenido y acaba por secarle. Entonces conviértese él en árbol corpulento; y la multitud de sus ramas que tiende de una manera caprichosa, sus raíces gruesas y visibles sobre la superficie de la tierra y las desigualdades de su tronco le dan un aspecto particular.

[20] Los cocuyos son en clase de luciérnagas las más raras y vistosas, como también las más grandes. Su alimento es el jugo de la caña de azúcar y por eso abundan en los cañaverales. Tienen cuatro alas, dos depósitos de luz en el cuerpo y dos en la cabeza.

[21] Los cubiteros han forjado en otros tiempos extraños cuentos relativos a una luz que decían aparecer todas las noches en aquel paraje, y que era visible para todos los que transitaban por el camino de la ciudad de Puerto Príncipe y Cubitas. Desde que dicha aldea fué más visitado y adquiriá cierta importancia en el país, no ha vuelto a hablarse de este fenómeno cuyas causas jamás han sido satisfactoriamente explicadas. Un sujeto de talento, en un artículo que ha publicado recientemente en un periódico con el título de «Adición a los apuntes para la historia de Puerto Príncipe», hablando sobre este objeto dice que eran fuegos fatuos, que la ignorancia calificó de aparición sobrenatural. Añade el mismo que las quemazones que se hacen todos los años en los campos pueden haber consumido las materias que producían el fenómeno.

Sin pararnos a examinar si es o no fundada esta conjetura, y dejando a nuestros lectores la libertad de formar juicios más exactos, adoptamos por ahora la opinión de los cubiteros y explicaremos el fenómeno, en la continuación de la historia, tal cual nos ha sido referido y explicado más de una vez.

[22] El curujey es una especie de planta parásita que nace en el tronco de los árboles viejos.

[23] Evangelio de San Mateo, capítulo 42.